4

El príncipe, el guerrero y la guardiana


El sol del atardecer beso la piel de Sakura, con su luz dorada iluminó los arboles de gruesos troncos que crecían esparcidos en aquel viejo bosque. El suelo estaba cubierto de hojas secas y quebradizas, y la luz se colaba entre las ramas que cada vez perdían más hojas.

A los ojos de Sakura, el lugar estaba lleno de magia. Su hermosura era hipnotizante y retuvo su aliento mientras contemplaba los paisajes que solo habían llegado a ella por visiones.

—Sakura —la llamó Gaara, sacándola de su ensueño.

Siguió al chico pelirrojo, que parecía relajado en aquel ambiente. Sabía que Gaara había llegado incluso antes que ella al reino de Agartha, ninguno de los dos había salido antes ya que era completamente prohibido, mientras su educación mágica no estuviera completa. La guerra había hecho más complicado el abandonar el reino subterráneo.

Anduvieron unos minutos en el bosque, hasta que los árboles se separaron formando un gran claro y en medio de este se alzaba un templo de tres plazas. Era de mármol blanco, sucio por el tiempo y, a simple vista, abandonado. De columnas lisas, apoyadas en grandes placas del mismo material. Frente a ellos, el camino se convertía en una escalera de granito, que subía hasta el primer nivel del templo. Su forma era, al parecer, rectangular y las columnas se distribuían en el interior hasta perderse en la oscura recamara.

—El templo tripartita —dijo Shizune—. Se encuentra en la intersección de dos caminos. De este a oeste, comunica desde el reino de Yami hasta el cabo de Helios, donde se encuentra el puerto hacia Cimeria. De norte a Sur, avanza desde la ciudad central de Caeli, Suna, hasta la frontera del reino caído.

Llegaron al inicio de las escaleras y los tres magos, desmontaron, dejando sus caballos libres para pastar y descansar.

—El primer nivel —continuo, mientras admiraba la fachada de aquel templo—. Era utilizado para ceremonias del pueblo en general, el segundo es reservado para hechiceros y el tercero para los seres aún más místicos.

—¿Iremos al segundo? —preguntó Sakura, tomando una de las teas que estaban colocadas en la entrada. Todas apagadas y cubiertas de polvo.

Shizune soltó una ligera risa y avanzó hacia la oscuridad del templo.

—Solo si quieres declararte enemiga del continente.

Un par de pasos después, la morena se giró hacia los más jóvenes, deteniendo su andar y encendiendo con su poder la tea que cargaba. Los dos chicos la imitaron y sus rostros se iluminaron con la flamante luz cálida.

—Recuerden que nadie puede vernos utilizar nuestro poder. Es muy diferente que sospechen de nuestro origen, a que realmente lo sepan. Especialmente tú, Gaara, que estarás bajo la mirada de todos.

El pelirrojo asintió secamente, y en silencio reanudaron su marcha.

No podían ver más allá de lo que las llamas alumbraban. El lugar estaba completamente abandonado, una gruesa capa de polvo cubría el suelo de mármol y un poco de vegetación comenzaba a crecer alrededor de las infinitas columnas que se extendía por donde miraran. Sin duda, era fácil perderse en ese laberinto blanco, pero los pasos de Shizune eran firmes.

Después de unos minutos llegaron a un salón circular. Un gran agujero se abría sobre sus cabezas hasta los pisos superiores, sin embargo, las escaleras estaban destruidas después de la mitad, incomunicándolos. Los dos chicos más jóvenes se sobre cogieron al ver eso.

El eco de unos pasos captó la atención de todos, un poco después una débil llama naranja apareció en la oscuridad iluminando una joven guerrera. No vestía ninguna armadura, pero si una espada que sobresalía en su cintura en la parte superior y se ocultaba luego en la capa café. Se detuvo al estar frente a ellos, y los hechiceros observaron su rostro serio de profundos ojos castaños, y su cabello verde atado en un apretado moño.

La chica hizo una reverencia frente a Gaara, en cuanto llego y luego se enderezó. Una pequeña ventisca se formó a sus pies de manera esporádica, y Shizune respondió con el mismo gesto.

—Es una manera sutil de identificarnos entre nosotros —explicó Shizune—, cuando nos encontramos en la superficie.

—¿Tu eres Pakura? —preguntó Gaara.

—Así es, mi señor. Seré yo quien lo escolte hasta su carruaje.

—¿Ellos también son…?

—No —respondió rápidamente—. Su hermano ha pedido que sea de esta forma y eso es muy beneficioso para todos.

Pakura buscó entre los pliegues de su capa y extrajo una caja de madera, no más grande que la palma de la mano. Era de elaboración complicada, rematada sus esquinas con oro brillante y toda su superficie tallada con palabras de un idioma olvidado, de curvas elegantes y trazos largos. Se la tendió a Shizune y la morena la guardó, con cuidado, en su bolso.

—Estará a salvo —aseguró.

—Será mejor que nos marchemos, mi señor. Seria sospechoso entretenernos demasiado.

Pakura le señalo el camino a seguir a Gaara, y esperó pacientemente que el joven se despidiera. Solo se habían alejado lo suficiente de Sakura y Shizune, cuando Gaara la obligó a detenerse. El rostro de la guerrera no mostro ninguna señal de sorpresa, más bien parecía que estaba esperando ese momento.

—¿A quién le eres fiel? —preguntó directamente Gaara, mirándola fijamente a los ojos.

—Puedo cambiar mi residencia, —respondió—puedo olvidar donde nací. Pero, no soy capaz de cambiar mi naturaleza y esa es ser una bruja.

—¿Saben lo que eres?

—Solo la familia real. Su padre —agregó después de unos segundos, esbozando una pequeña sonrisa—, era una persona muy peculiar. A pesar de declararse a favor de la eliminación de la magia, no estoy muy segura de que fuera su intención. Y tampoco conozco las intenciones de su hermano al pedir su retorno, pero estoy segura que van más allá de tener su presencia en el funeral y restituirlo como nuestro príncipe.

—Entiendo —dijo Gaara, y reanudó el camino—. En ese caso, tenemos mucho por hacer.

La oscuridad ocultaba su semblante contrariado e instintivamente llevó una de sus manos hasta el costado, donde guardaba su varita, sintiéndose de inmediato más seguro.

-1-

Cuando Itachi finalmente emergió de las entrañas de la tierra, el sol comenzaba a ocultarse y una franja oscura se dibujaba contra las montañas orientales. Cabalgó un par de minutos antes de llegar al punto más alto de la colina. Frente a él los árboles se extendían cada vez más escasos, hasta la falda de la montaña, y luego se ensanchaba una larga planicie despejada, llena de cultivos y pequeñas casas. La silueta de Ignis se recortaba al fondo. Las torres del castillo eran apenas visibles desde donde estaba, pero Itachi recordó aquel lugar de su infancia y sonrió.

Desmontó de su caballo y le permitió pastar un momento. Aún faltaban varias horas de camino, así que decidió acampar en ese mismo lugar donde se encontraba. Disfrutar de un momento de soledad en el mundo exterior, ya que sabía que no tendría una oportunidad así muy pronto.

Miró con disimulo a su alrededor y luego saco, de su cinto, su varita. Era larga y torcida, de madera tan oscura como sus ojos y un elaborado mango de acero donde estaba grabada la llama de Ignis. Con una floritura de su muñeca, convirtió su capa oscura en una improvisada tienda. Entró, hasta cuando las estrellas cubrieron por completo el firmamento, y no fue capaz de observar el pequeño hombrecillo de grandes ojos grises, que se ocultaba entre las rocas, salir corriendo hacia el bosque, sonriendo con sus puntiagudos dientes y penetrando directamente en un viejo árbol.

-2-

Al llegar la noche, Sakura y Shizune no tuvieron más opción que detener su viaje. El bosque era frondoso y no permitía la entrada de los rayos de luna. Ellas fácilmente encendieron un fuego, sin necesidad de leña, la llama simplemente flotaba, suspendida a unos centímetros del suelo, emanado luz y calidez.

Las dos brujas se sentaron juntas, examinando un viejo pergamino que habían extendido frente a ellas.

—Nos encontramos aquí —dijo Shizune señalando el comienzo de una cordillera que se extendía a lo largo del reino del viento hasta Yami—. Al otro lado de las montañas está el reino caído y debemos evitarlo a toda costa. El rey de Cimeria tiene espías por todos lados. —El dedo de la morena recorrió el pergamino, siempre junto a la montaña hasta llegar a los límites de Yami.

—Lo mejor es por esta vía —siguió Shizune—. Caeli está llena de desiertos, cruzarlos conlleva riesgos que es mejor evitar, y mientras estemos cerca de Yami estaremos más seguras.

—¿No sería mejor llevarla a Shambala? Esta la protección de la ciudad y de la reina Tsunade, sin contar a todos los de nuestra clase.

Shizune negó, con su rostro ensombrecido.

—Recuerda que hay muchas criaturas mágicas bajo tierra, no solo magos. El poder del Indirendi Chaos, será más fuerte. Puedes sentirlo, ¿No? —Sakura miró hacia el sitio donde guardaba Shizune la pequeña caja. No sabía exactamente lo que sentía, era una atracción casi gravitacional que mantenía sus poderes enfocados en ese punto. Asintió a Shizune—. En cualquier ciudad subterránea su poder será mayor. Atraerá magos y otras criaturas por igual. Su existencia es vetada, Sakura, solo sus guardianes lo conocemos.

—¿Y no será lo mismo en las ciudades blancas?

—La magia élfica es mucho más antigua que la nuestra y se han preparado para esta tarea durante muchos siglos.

Sakura se enderezó, cruzando los brazos bajo su pecho y frunciendo sus labios.

—Pareciera —comenzó con cierto resentimiento en su voz—. Que todo está sucediendo en nuestro tiempo. A veces me pregunto cómo era vivir sin tener que esconder lo que somos, cuando humanos, magos, driades, elfos... Cuando todos podían vivir sin ocultarse.

Shizune soltó una ligera risa, enrollando el pergamino.

—Las personas temen lo que no comprenden. Sepan o no de nuestra existencia, su temor está ahí, es parte de su naturaleza.

—Ya. Pero, al menos no tenían que esconder sus varitas.

—Duérmete —ordenó, negando con su cabeza divertida—. Yo haré la primera guardia.

Sakura se tumbó en el suelo, sobre su capa de viaje, mirando el cielo lleno de hojas de árboles y con la calidez de la llama alejando el frio de ella. Se movió intentando buscar una forma cómoda y por primera vez en ese día echo de menos su vieja habitación en Shambala.

El sueño la acobijó casi de inmediato, transportándola a su lejana infancia.

Sakura observo sus manos regordetas y pequeñas, ocultaba algo entre ellas y su sonrisa traviesa se escapaba de tanto en tanto. Alzó sus ojos y frente a ella había un niño, de profundos ojos negros, observándola con curiosidad.

—No te asustes —pidió Sakura.

El niño le sonrió y negó con su cabeza, alborotando aún más su oscuro cabello.

No lo haré.

Sakura abrió sus manos y el botón de flor blanca que ocultaba comenzó a florecer lentamente. Abriendo sus pétalos con pereza, hasta convertirse en una bella flor.

La pequeña planta comenzó a flotar y el niño soltó una exclamación de asombro. Saltó del suelo, donde ambos estaban sentados, y atrapó el tallo de la flor. Volvió a sentarse frente a la pequeña, y colocó la flor entre su cabello rosa.

El rostro de Sakura se tornó rojo y sus ojos se abrieron de par en par, mientras el niño, avergonzado, desviaba su miraba. Sakura lo vio abrir su boca para hablar, pero no había sido la voz infantil la que la había llamado.

Ven a mí.

Llamó una voz profunda y filosa.

Un fuerte viento azotó a Sakura, obligándola a cerrar sus ojos. Su cabello se movía violentamente y la blanca flor se perdió entre las ráfagas de viento.

Cuando volvió a separar sus párpados, ya no era una niña ni estaba en el prado con el niño de ojos negros. Sakura estaba sobre un risco, azotado por el mar negro, los árboles sin hojas se alzaban por millares y el suelo era rocoso y liso. Había un hombre frente a ella, alto y de porte regio, infundado en una negra capa que ocultaba la mayor parte su rostro.

Sakura sintió su estómago dar un giro sobre sí mismo y retrocedió un paso asustada.

¿Quién eres? —preguntó con más seguridad de la que realmente sentía.

Tú lo sabes —respondió con una sonrisa torcida.

Ella negó, retrocedió un paso asustada y trastabilló al golpear una filosa piedras.

No me temas ahora hechicera. Únete a mi...

Sakura fue violentamente sacudida, lanzada fuera de visión. Se sentó de un salto, boqueando profundamente. Sin embargo, Shizune captó su atención y apresurada, llevo un dedo hasta sus labios, indicándole silencio.

El fuego flotante de Shizune había desaparecido y el frio de esa noche comenzaba a hacerse notar. Una rama se quebró de pronto, sobresaltando a la pelirosa, y luego llegaron una serie de voces como gruñidos. La sangre de las dos chicas se congeló y lograron ver, entre el follaje, las sombras colosales de las criaturas.

Los ojos de Sakura viajaron con velocidad hacia los caballos. Sin embargo, Shizune la retuvo en su escondite.

Tenía que pensar rápido.

Los caballos sin duda les darían velocidad, pero también las delataría, ya sea que los dejara o los tomaran. Sakura sentía como un sudor frio comenzaba a cubrirla. Retrocedió junto Shizune hasta unos matorrales y tomó su capa, cubriéndose nuevamente.

Shizune le tendió la pequeña caja que custodiaba y con gestos le señaló el camino contrario al que ellas iban.

La morena se levantó, y caminó sigilosamente hasta los caballos, los desató y colocó una de sus manos en la cabeza de cada uno. Una cálida luz azul surgió de sus manos y un segundo después, los caballos salieron galopando y relinchando; captando la atención de los trols.

Sakura corrió en la dirección indicada por Shizune. El ruido de los trol destruyendo todo a su paso, amortiguaba los sonidos de su huida. Miró sobre su hombro, Shizune iba unos metros detrás de ella. Las ramas arañaban sus rostros y atoraban en los pliegues de sus capas, que más de una vez tuvieron que halar, rasgándolos.

El camino se tornó en una pendiente inclinada, cada vez con menos árboles y más rocas, terminando en una explanada desértica. Sin embargo, Sakura no podía controlar la velocidad con la que corría, tropezando en las rocas.

Dejó soltar un gemido de dolor y la caja de madera negra, voló de sus manos varios metros por delante. Se levantó lentamente, sintiendo el escozor en sus manos y rodillas. El estruendo de los trolls era cada vez más lejano, pero una risa traviesa la hizo saltar, tomando su varita en ristre.

Miró hacia todos lados, pero no encontró a nadie.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Shizune dándole alcance.

—Sí, solo me he tropezado.

Otra vez un risa y esta vez ambas brujas alzaron sus varitas.

Les costó poder identificar al ser que corría entre las rocas, ya que eran muy pequeño, apenas un palmo del piso; su piel era del color de la tierra y sus ropas grises y café se disfrazaban con las rocas. Sin embargo, fue la caja de madera que sostenía sobre su cabeza, lo que lo delató.

¡El indirendi Chaos! —exclamó la morena.

Las dos chicas corrieron detrás de la criatura. Sin embargo, las rocas no suponían para el duende mayor resistencia, atravesándolas y adelantando considerablemente a las hechiceras.

Un rayo de luz verde brotó de la varita de Sakura, impactando detrás del duende. Luego otro y después uno más. Ninguno lograba impactar al duende. Hasta que finalmente uno lo golpeo en la espalda.

El duende quedo suspendido en el aire, paralizado, y sus ojos grandes y negros observaban a Sakura con enojo, mientras ella recuperaba la caja.

—Te quedarás así hasta que estemos lo suficientemente lejos para que no puedas molestarnos —dijo Sakura con tono burlón.

El rostro anciano del duende seguía petrificado, pero sus ojos fulminaban a la pelirosa.

Sakura guardó la caja entre los pliegues de su capa, acercándose a Shizune.

—Nos hemos alejado demasiado en la dirección contraria —dijo la morena con preocupación—. Lo mejor es regresar a los bosques.

—Si lo hacemos, estaremos dirigiendo la directamente a la manada de trolls.

—No tenemos opción, es el único camino.

—Pero si atravesamos el reino caído, acortaremos mucho camino.

—No podemos.

—Shizune —renegó Sakura —. Solo es un pequeño terreno del reino que debemos recorrer. Estaremos en Yami al anochecer.

—No, Sakura. Es demasiado peligroso.

—Apenas hemos estado aquí una noche y ya nos hemos topado con una manada de trolls y un duende que seguramente tiene sus compañeros cerca de acá. ¿Qué más podemos encontrar?

—Hay cosas mucho peores que eso. —La morena giró sobre sus talones y reemprendió el camino hacia la ladera de la montaña, mientras los primeros rayos de sol comenzaban a iluminar el cielo.

-3-

Gaara quedó maravillado con la primera vista de la ciudad de Suna. Habían dejado el bosque pocas horas antes del anochecer, y a la primera hora de la mañana habían comenzado a deambular por un interminable desierto.

El chico pelirrojo conocía la geografía de su país natal más de libros que de recuerdos, y el calor agobiante no tardó en sofocarlo; pero más que eso, la desconfianza de no saber su rumbo. El desierto lo había logrado desorientar, con sus explanadas interminables de arena caliente. Luego, como una pequeña irregularidad en el terreno, se alzaron las montañas que salvaguardaban Suna.

Había una pequeña comitiva de guerreros apostados entre el paso que se formaba entre ambas montañas. Gaara sujetó con fuerza su varita, debajo de su ropa, y observó a cada guardián. Sentía todos los ojos fijos en él, llenos de curiosidad, pero no podía descifrar nada más ya que los rostros de ellos se ocultaban ente sus ropas.

Al cruzar el estrecho, dos grandes muros se alzaron frente a ellos. Las puertas de la ciudad los recibían abiertas y los ciudadanos se agrupaban para poder ver al príncipe. La alegría de esas personas al verlo golpeó a Gaara, que no esperaba nada de eso, y una sonrisa tímida se asomó a sus labios mientras atravesaba la calle principal y escuchaba los gritos de júbilo y admiración de sus súbditos.

Vio una decoración festiva embelleciendo la calle principal, aunque no era demasiada. Se admiró por las casas de extrañas formas, como torrecillas; vio una plaza cercana al camino principal, donde los mercaderes se juntaban con sus puestos de ventas rebosando de hierbas y verduras. Pasó una segunda muralla, y las edificaciones comenzaron a ser más separadas, sin ningún local de ventas y con jardines alrededor. Le pareció casi mágico encontrar tanta variedad de flores en medio de ese desierto y mientras agradecía las reverencias que los habitantes de esas casas le ofrecían, se preguntó si alguno de ellos era como él, un mago.

Una vez más, atravesó un muro de seguridad y esta vez entro al jardín más bello de todos. Era mucho más amplio y el césped verde brillaba. Había una cantidad innombrable de distintos tipos de flores; las fuentes se esparcían por todo el lugar, algunas de bellas doncellas, héroes de batallas o seres divinos; manaban agua fresca y llenaban el lugar de un sonido tranquilizador. Desde la muralla nacía un camino de piedras y arena que llevaba hasta las puertas del palacio.

Su comitiva se detuvo frente a las escaleras de piedra y la guardia de honor le dio la bienvenida alzando sus lanzas y gritando el nombre del príncipe.

Gaara descendió de su caballo, los guardias se apostaron a cada lado de él, flaqueando su camino y Pakura se apresuró en darle alcance.

Ninguno de sus hermanos lo recibió. En cambio la guerrera lo dejó a manos de una joven doncella.

—Su majestad —dijo ella con una inclinación. Su cabello era largo y negro, enmarcando un rostro fino de delicadas y risueñas facciones. Poseía unos grandes y hermosos ojos negros, y una sonrisa encantadora—. Mi nombre es Yukata estoy a su disposición. Su hermano, el rey, y la princesa Temari se reunirán con usted en breve. Por los momentos, permítame escoltarlo hasta su habitación.

Gaara asintió y caminó una serie de entrecruzados castillos hasta las habitaciones de la Familia Real. La doncella abrió una pesada puerta de madera y Gaara entró a una habitación amplia de paredes de piedra oscura y columnas de madera. Una gruesa cortina de color rojo vino ocupaba la mayor parte de la pared del fondo y ocultaba la entrada al balcón del príncipe. La habitación estaba casi vacía, pero lo poco que contenía era lujoso y elegante. La cama de dosel estaba ubicada en la pared contraria a una rustica chimenea de piedra y sobre ella colgaba el escudo de la familia real tallado en madera de roble roja. Una espada curva se entrelazaba con un bastón con cayado, representando los dos grupos dominantes de la zona y eran unidos por una cinta en su centro, que tenía grabada la leyenda: Tacet, fortis et stabilis. También había un gran ropero, cerca de la cama y luego un escritorio.

Dos doncellas más estaban esperándolo en la habitación, junto a una puerta más pequeña que la principal, pero del mismo material oscuro. Ellas hicieron una reverencia al velo. Sus vestidos blancos las cubrían por completo, pero dejaban sus brazos níveos al desnudo. Eran jóvenes, incluso más que él mismo, sus rostros aun guardaban la redondez de la niñez pero sus cuerpos comenzaban a dar una muestra de las mujeres hermosas que serian.

—Ellas son Sari y Matsuri —presentó Yukata. Ambas tenían el cabello castaño, y una similitud en sus rostros que delataba algún parentesco. Sari era de cabello largo y liso y unos ojos grises alegres; Matsuri poseía su cabello en un tocado bajo y sus ojos completamente negros analizaban a Gaara con curiosidad—. También están a su disposición.

—El baño está listo, mi señor —dijo Sari—. La princesa Temari nos ha ordenado ayudarlo en su instalación y que usted se sienta completamente cómodo.

Gaara asintió. Las chicas se apartaron velozmente de la puerta que conducía al baño, y Yukata se apresuró a ayudarlo con su capa de viaje. Pero el movimiento de ellas se volvió más torpe y cuando Gaara caminó hacia la tina, ellas lo siguieron intentando ayudarlo. Él se detuvo por un momento, observándolas, y descubrió el fuerte rubor en sus mejillas.

Comprendió de inmediato lo que ellas se proponían a hacer y no pudo evitar sentirse un poco avergonzado.

—Pueden retirarse —ordenó—. Las llamaré si necesito su ayuda.

Las chicas suspiraron con alivio y casi corrieron hacia la salida. Ellas no estaban en la habitación cuando el terminó de cambiarse, utilizando la ropa fresca que estaba en el guarda ropa. Tampoco estaban en el pasillo de su habitación, así que decidió aventurarse y conocer lo que sería su nuevo hogar.

Bajo hasta la planta principal, y cada sirviente o guardia parecía nervioso al verlo y huían con una rápida reverencia. Finalmente salió al jardín trasero, desde ahí podía ver algunas casas del reino y luego una franja de arena que se extendía hasta él horizonte

—¡Hermano!

Antes de poder darse cuenta, Gaara se encontró atrapado entre los brazos de un tipo alto y musculoso. Se liberó de inmediato, fulminando al hombre con su mirada aquamarina. El tipo volvió a sonreírle, con un efusividad que molesta a al hechicero

—¿Tu eres kanguro? —El hombre frente a él asintió.

Gaara no sabía exactamente cómo actuar. No guarda ningún lazo afectivo con ese hombre y por lo tanto no podía decir que se sentía feliz de verlo. Si acaso había algo que se revolvía dentro de él, era solamente curiosidad. Así que se limitó a observar a su hermano mayor.

No eran muy similares entre ellos. Kanguro era fornido y su rostro cuadrado y tosco; su cabello castaño se asimilaba un poco al color rojo del de Gaara; y sus ojos eran oscuros. No llevaba ostentosas ropas como el pelirrojo lo había imaginado. En su lugar vestía botas altas para montar, un pantalón similar al de Gaara y una camisa de un material fresco muy similar a la que la mayoría de los hombres que había visto. Tal vez era el único modo de vestir en un sitio con esa temperatura.

—¿Cómo has sabido que era yo?

Kaguro rio.

—Ha sido fácil. Es como ver a nuestro padre, todo el castillo esta anonadado con el inmenso parecido entre ustedes. —Gaara frunció el ceño como respuesta, sin responder a ninguna de las sonrisas del mayor—. Temari vendrá dentro de poco. Esta con los últimos detalles de tu recepción y el funeral de papa. Te ruego que la disculpes.

—Lo entiendo perfectamente.

—¡Vaya! Eres más serio de lo que imagine... Creo que Temari estará encantada, le preocupaba que te desviaras del protocolo.

Gaara se encogió cuando la pesada mano de Kanguro palmó su hombro con un gesto que intentaba ser cariñoso.

—Disfruta hoy —le dijo mientras se marchaba a los jardines, Gaara no tardó en seguirle el paso-. Mañana comenzaremos con tus deberes como príncipe. Hay algunas cosas que debes conocer antes de partir.

—¿Partir?

Kanguro soltó una sonrisa nerviosa.

—Una competencia de justas -explicó restándole importancia-. Había aceptado unos meses atrás, pero con todo esto de la sucesión es imposible que vaya. Iras tú en representación de Caeli.

—Ni siquiera sabes si soy bueno.

—Ganar no importa. Hay asuntos diplomáticos que nos interesan y estoy seguro que eres bueno en eso... Además —Kanguro dio un rápido vistazo al rededor. Ellos eran los únicos en medio del jardín—, tienes habilidades muy útiles.

Gaara se tensó de inmediato. Su mano voló hasta su cintura, donde guardaba su varita.

—Tranquilo —se apresuró Kanguro- solo yo lo sé. Ni siquiera Temari. No me importa lo que digan otros reinos, estoy seguro que tenerte es ventajoso para nosotros.

—¿Hay más...?

—¡Por supuesto que no! —lo interrumpió—. Sería demasiado arriesgado. Vrotris es un país fuerte.

—También lo es Yami y las tierras blancas.

—Pero los elfos no se meten en esta batalla.

Gaara arrugó su entrecejo y Kanguro sonrió nuevamente. Solo que esta vez, su sonrisa no parecía tan sincera, más bien lucia nerviosa... O eras simplemente la desconfianza de Gaara que lo hacía percibir ese tipo de cosas.

Con una rápida despedida Kanguro se marchó. El pelirojo lo observó alejarse a la distancia y distraídamente caminó hasta unos grandes jarrones, que se esparcían junto al camino por el que habían estado avanzando. Hundió su mano en la tierra tomando un pequeño puchado de esta.

Jugó con ella por un rato, mientras su mirada permanecía clavada en la espalda de su hermano y sus labios se movían imperceptiblemente.

La tierra se secó y brilló, convirtiéndose en una fina arena dorada. Gaara abrió su mano y la arena voló con el viento, siguiendo los pasos de Kanguro sin que nadie se percatara.

-4-

Itachi divisó los muros de Ignis cuando la mañana terminaba. Había dejado atrás un par de aldeas pequeña y le sorprendió la actitud de los aldeanos.

Cuando se acercó a las primeras casas, se había tensado por completo. Vestía su armadura por completo, exceptuando el caso que descansaba entre sus piernas y su capa oscura ondeaba a su espalda, demostrando su rango de caballero.

Se miraba majestuoso y temible.

Pero estaba solo y era un blanco fácil para cualquier emboscada. Él no temía. Confía mucho en sus habilidades como guerrero, y mucho más en sus poderes como mago, pero no podía usarlos frente a un pueblo. Su primera restricción era justamente esa: No podían saber de sus poderes.

Las miradas no se hicieron esperar cuando las primeras personas lo divisaron y por un momento pensó en desviarse. Rodear el poblado. Sin embargo, era un caballero del rey, sería muy sospechoso ese comportamiento y podía alarmar incluso a otros caballeros.

Atravesó el primer poblado y las miradas extrañadas se convirtieron en efusivos saludos. Itachi sonrió, viendo en ese un buen indicio del reino que ahora habitaría. Mientras vivía en Shambala, poco había importado los gobiernos de la superficie, había escuchado un par de veces sobre el rey Minato y su apoyo incondicional a Yami, pero ahora sentía realmente curiosidad por ese hombre.

Cuando llegó a las puertas de la ciudad de Ignis, se bajó del caballo y comenzó a andar a través del puente de madera.

Ignis era una ciudad muy comercial y siempre mantenía sus puertas abiertas; pero también tenía una seguridad impenetrable.

Un par de guardias lo recibieron en la entrada, e Itachi les mostro el salvoconducto concedido por la reina Tsunade.

—¡Dejadlo pasar! ¡Dejadlo pasar! —gritó una voz atrayendo la atención de todos.

Un chico se apresuraba en su caballo. Su cabello era negro y corto, vestía una armadura similar a la de Itachi y sobre su brazo izquierdo poseía una banda con un símbolo de un pequeño abanico blanco y rojo. Se detuvo junto a ellos, alzando una ráfaga de polvo, y desmontó de un salto.

—Es mi primo —anunció, con una gran sonrisa —. El hijo mayor de Fugaku Uchiha.

Los dos guardias lo saludaron de inmediato, devolviendo el salvoconducto y dejando pasar a los dos jóvenes.

El chico pasó uno de sus brazos sobre los hombros de Itachi, y este lo miró curiosos.

Tenía una mirada que anunciaba travesuras, de ojos oscuros, ligeramente rasgados y largas pestañas.

—¿Shisui? —Preguntó finalmente Itachi.

—¡Pensé que no me reconocerías! Eres condenadamente igual que cuando eras un crio.

Los dos primos se abrazaron, sin dejar de sonreír.

—Bienvenido a Ignis —dijo Shisui arrastrándolo por las calles atestadas de personas.

Itachi miró a su alrededor emocionado. Las personas se apretujaban en todas las calles, los niños jugaban y corrían, vendedores mostraban sus mejores cosechas. El lugar era hermoso, lleno de plazas y fuentes; y la alegría de sus ciudadanos era palpable.

—No tienes ni idea de lo que te has perdido todos estos años —dijo Shisui—. Pero has llegado a tiempo para el próximo torneo. Tenemos las mejores celebraciones y también las mejores mujeres —agregó un poco más bajo y con la picardía asomándose en sus palabras.

Itachi soltó una carcajada y le dio un ligero golpe.

—Tú tampoco has cambiado.

Los Uchiha se adentraron entre la multitud, caminando directamente al castillo.