Capitulo 5

La noble Casa de los Uchiha

—¡Esto es exasperante! —Bramó Naruto golpeando con su jarra de cerveza, la desvencijada mesa de madera—. Llegamos a una aldea y lo que sea que está saqueando desaparece en la nada.

—Apuntar lo obvio tampoco nos hará avanzar.

Naruto lanzó una mirada fulminante, pero Sasuke ni siquiera se inmutó y terminó de engullir el pan con queso que aún tenía en su plato.

—Si hemos avanzado —dijo Kakashi—. No hay rastro de destrucción, así que es imposible que se tratase de trolls. Más bien, creo que nos hemos encontrado con un bandido bastante hábil.

—Tenemos los caballos más rápidos del reino, ¿Cómo es posible que no le demos alcance?

—Talvez… no estamos mirando en la dirección correcta.

Naruto bufó, deslizándose en su asiento.

—No lo entiendo —masculló, malhumorado—. ¿Tú lo haces? —preguntó a Sasuke.

El chico se encogió de hombros, aun desmigando parte de la hogaza restante, sin darle la menor importancia a las palabras del príncipe y haciéndolo bufar nuevamente.

—Buenas tardes, caballeros —saludó una mujer joven, acercándose a ellos con una bandeja entre sus manos. Los tres guerreros fijaron sus miradas agudas, pero ninguno logró intimidarla. Al contrario, le sonrió con un brillo divertido en sus ojos.

Colocó la bandeja en el borde de la mesa, lleno sus jarras –casi vacías- con cerveza fría y espumosa, y empujó hacia ellos un gran plato lleno de quesos, trozos de bagre y pan.

—Creo que se ha equivocado de mesa —apuntó Kakashi con recelo.

—Por supuesto que no —respondió, esbozando para él una encantadora sonrisa—. Es cortesía de la casa, no siempre tenemos el honor de recibir caballeros de la orden del Rey en una taberna tan humilde como esta; y mucho menos en estas tierras norteñas.

—En ese caso… —murmuró Naruto. Una sonrisa comenzaba a partir su rostro—. ¡Gracias!

Se apresuró a tomar un trozo de pan, mojándolo en la salsa del pescado; pero antes de que pudiera siquiera tocar sus labios. Sasuke se lo arrebató de un brusco movimiento, con su rostro transmutado en una combinación de furia e incredulidad.

—No es necesario que os preocupéis, mi señor. ¿Por qué quisiera yo haceros daño? — La doncella colocó una mano en su cadera, con una expresión tan perpleja como la del príncipe—. No tengo ni la osadía, ni los motivos para disgustar a Su Majestad.

—Te ruego que lo perdones, bella dama. —Intervino Kakashi—. No son más que un par de escuderos, que aún están aprendiendo a conjugar las buenas maneras con la atención permanente que se nos exige.

Naruto soltó un sonido despectivo, y para el asombro de todos, dio un largo trago a la cerveza frente a él.

Sasuke lo miró perplejo. Con su corazón detenido y casi esperando que de un momento a otro, el príncipe convulsionara, o se desmayara frente a ellos. Sin embargo, ninguna de las dos pasó y el príncipe les sonreía con temeridad, limpiándose la barbilla despreocupadamente.

Sasuke suprimió el instinto básico de golpearlo.

Tal vez Naruto no era consciente de su posición como heredero de uno de los reinos más grandes del continente. Tal vez, estaba demasiado acostumbrado a la vida en el palacio donde su padre, Fugaku, y el rey Minato habían diseñado todo un protocolo para mantenerlo vivo esos diecinueve años –un deber exhausto a su parecer-. Tal vez, era demasiado confiado, con mucha fe en las personas. O, simplemente, era estúpido.

Cualquiera que fuera la razón, Sasuke estaba seguro, que algún día, Naruto moriría por su boca. Literalmente.

—¿Serias tan generosa, de brindarnos tu compañía por un instante? —agregó Kakashi, cambiando su semblante, por lo general taciturno, a uno galante—. Nos honraría compartir mesa, con tan bella dama.

Sus pálidas mejillas se colorearon levemente, y sus ojos brillaron de una forma sutil hacia el caballero peliplateado.

—No podría negarme a vuestra petición.

Una sola mirada de Kakashi bastó para que Sasuke y Naruto se apretujaran en el fondo de la mesa. Dejando suficiente espacio para que la doncella estuviera frente al caballero.

—Creo que has aprendido todo de Kakashi —murmuró Naruto solo a su amigo, atento al intercambio de sonrisas.

—Tú, en cambio, has sido su peor aprendiz.

—Yo no lo diría de esa forma. Tengo decencia, de la cual ambos carecen… y una madre que me mataría.

—Hn. Miedoso —se burló Sasuke con una risa despectiva, antes de volver su atención a su maestro.

—¿Y, la hermosa dama, nos dirá quién es? —preguntó Kakashi, inclinándose ligeramente hacía ella.

Naruto y Sasuke no eran inconscientes de la belleza a la que tanto se refería el caballero Hatake. Y era claro, por sus maneras confiadas de andar y ese juego de seducción disimulado, pero, certero; que ella misma era conocedora de sus atributos y los utilizaba a su antojo. Aun así, bajo su mirada almendrada, y apartó su cabello verde de su rostro - tal vez para que pudieran admirarlo con más detalle, un truco más de su arsenal de encantos-, colocándolo detrás de su oreja.

—Mi nombre es Hanare, soy la hija mayor del dueño de este pub. Y os pido que ya no me llaméis con tantos halagos.

—Perdonadme, mi lady, si mi franqueza la perturba. Pero, no ha sido mi intención incomodarla. Mi nombre es Kakashi, y como bien habéis adivinado, soy caballero del Rey. Y estos dos mozos, son Sasuke y Shisui.

Naruto junto sus cejas, contrariado; pero, un disimulado y certero golpe de Sasuke lo obligó a disimular.

—Vuestras insignias os delatan. No es común ver los escudos de la ciudad de Ignis en estas zonas del reino, tan alejadas del palacio de Su Majestad.

—Estamos en una búsqueda. Tal vez puedas ayudarnos… —Kakashi sonrió, y casi de inmediato se fijó en la mesa llena de comida, sobresaltándose, como si hubiera olvidado por completo que ahí se encontraba—. Por favor, comed y bebed con nosotros. No quiero que mis aprendices piensen que soy un mal anfitrión.

Hanare soltó una suave y armónica risa, echo su cabello verde hacia atrás, y sus ojos volvieron a brillar por el caballero.

—No seré yo, quien contribuya a tales injurias contra un noble caballero.

Alargó su mano, de dedos largos y delgados, y tomó una holganza empapada en caldo. Kakashi alzó su jarra en un mudo brindis y dio un corto sorbo. La cerveza estaba fría, refrescante y amarga. Y al menos su sabor no había dado ninguna señal de alteración. Volvió a inclinar el vaso, dando un trago más grande.

Naruto consideró aquello como un permiso para comer. Lo cierto, es que estaba bastante hambriento, y era la primera comida decente que había encontrado desde su salida del castillo. El resto del camino se había entretenido con raciones de pan de trigo y manzana que Sasuke se encargaba de racionar. Sabía que estaba en una misión, que no contaba con los lujos del palacio; pero, también estaba seguro que su padre no consideraría un despilfarro alojarse en una posada digna para su condición de heredero del reino.

Por lo visto, Kakashi pensaba diferente y la bolsa de oro apenas había sido tocada.

—Me intriga saber en qué puedo ayudar a un caballero del Rey.

Kakashi dejó se bebida a un lado, y se inclinó hacia ella con un gesto de confidencialidad.

—Veras, ha llegado un rumor hasta el palacio. Un hábil ladrón que ronda por estos territorios, y que hemos comprobado en los poblados que hemos dejado atrás. ¿Acaso aquí también han sido afectados?

—No, gracias al cielo. Sin embargo, he escuchado algo al respecto…

Hizo una elocuente pausa. Sus palabras habían logrado captar la atención de los tres guerreros; pero, su silencio aumentaba la curiosidad y la tensión. Lo que tenía ser dicho, suponía la completa atención de todos; y Hanare se encargó de ello, sosteniéndole la mirada a cada uno de sus espectadores.

La comida quedo en segundo plano, sus voces bajaron un decibel y el ruido de la taberna ayudó a opacar la charla de cualquier oído experto de algún espía.

—Es una banda, sin embargo no se han dejado ver, pero se dicen que son alrededor de tres. Son como sombras y se mueven más rápido que el viento.

—Sería difícil no notar tres hombres y mucho más que fueran tan rápido. Si solo fuera un bandido podría pasar más rápido desapercibido —opinó Naruto.

Hanare le sonrió.

—Tendrías razón, pero no son personas normales… Se dicen que son hechiceros.

Tan rápido como ella lo dijo, Sasuke no pudo evitar soltar una audible risa burlesca. El ambiente misterioso que tan hábilmente había tejido la mujer, se deshizo por completo con la misma facilidad de quien quita una telaraña, y los la mirada almendrada de ella se clavó en Sasuke con fiereza.

Lo examinó por unos momentos, tirando su cuerpo hacia el respaldo de la silla y cruzando sus brazos frente al pecho.

—Vaya —dijo con cierto deje de sorna—. Tenemos un no creyente.

—¿Creyente de qué? —preguntó Sasuke altanero—. ¿Cuentos infantiles?

—De la magia.

—Te equivoca, sé que existe, no soy idiota. Conozco elfos y se dé la magia de los elementales, pero… ¿en humanos? —Volvió a soltar un sonido despectivo, y desvió su vista de la mujer, en un gesto lleno de arrogancia—. No son más que un mito, para no temerles a esos seres. No he visto ningún mago, más allá de los bufones que visitan las cortes.

—Aun eres joven, podrías encontrarlo donde menos lo esperes.

Sasuke sonrió con condescendencia, dándole a entender lo poco que creía en sus palabras. Sin embargo, Naruto, era todo lo contrario.

—¿Has visto alguno? —preguntó el príncipe pasmado.

Ella sonrió.

—Eso no podría deciros. Me retiro, caballeros, ha sido un placer.

Los tres hombres se pusieron de pie, y su vista quedo prendida en ella hasta que la falda roja de su vestido quedo oculta tras las cocinas.

—Sasuke —llamó Kakashi quedamente—, prepara los caballos y oculta cualquier signo de la familia real en ellos. Naruto y yo, iremos por nuevas ropas. Nos vemos en la pensión dentro de una hora.

Kakashi y Naruto recorrieron la aldea. Por un par de monedas de plata, lograron conseguir nuevas capas oscuras y ropa más sencilla que dejaba cubierta sus cotas de malla.

—¿Iremos disfrazados? —Murmuró Naruto con mohín disgustado en sus labios—. ¿Cómo cobardes?

—Como estrategia —corrigió Kakashi, abriendo la puerta de la habitación. Tiró el contenido de los sacos en uno de los camastros—. Esta misión requiere un grado de cautela que no hemos tenido, y por lo cual aún no hemos dado con los responsables.

—Pero no hay honor —repuso indignado—. Escondernos como bribones.

Naruto se lanzó a la cama desocupada, fulminando con sus ojos claros los ropajes que habían conseguido. Ahogó un bostezo y luego clavó su mirada en el techo.

—Es astucia —dijo Kakashi, separando la ropa para cada uno—. Cualquiera puede coger una espada y desafiar a cuantos se crucen frente a él. Sin embargo, analizar a tu enemigo, definir un plan… eso conlleva inteligencia.

—Y es diametralmente más complicado —susurró ente bostezos.

Kakashi soltó una leve risa, sentándose en el borde del camastro.

—Por supuesto. Es eso lo que ha levantado las bases de nuestra civilización. Recuerda, príncipe: el exceso de valentía se convierte en estupidez.

Naruto murmuró algo ininteligible, lanzó un bostezó más y perdió la lucha que llevaba con sus parpados. Kakashi soltó un suspiro de derrota, mirando como el pecho de Naruto comenzaba mostrar un patrón de respiración más rítmica.

—Vamos, Naruto, vístete. Sasuke no tardará en llegar.

Cada vez las exhalaciones eran más largas. Respiraciones más profundas. Kakashi bostezo al verlo, contagiado por la tranquilidad del rubio. Parpadeó varias veces, una mucho más larga de lo normal y luego, levantó su cabeza alarmado.

La respiración de Naruto eran tan lenta que apenas lo notaba. Kakashi corrió hacía él alarmado, le sujeto la mano y buscó las pulsaciones en su muñeca.

—Maldición —masculló.

Pero, Kakashi no pudo hacer mucho más. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se deslizó con lentitud hasta el suelo.

Sasuke, mientas tanto, había hecho como Kakashi le ordenara.

Las telas rojas que cubrían los lomos de los animales habían sido cambiadas por retazos raídos y descoloridos, que se miraban incluso más lamentables, en animales tan majestuosos como lo eran esos tres caballos.

Quitó los estandartes del fuego de Ignis, el orgulloso escudo bordeado en hilos de oro. Los dobló con sumo cuidado, según el ritual establecido y los alzó en una de las aljabas que cargaba Aoda, su caballo, y en la cual solo tenían los salvoconductos. Solo dejó las monturas, que a pesar de la suciedad que habían ido acumulando en el camino, se miraban reluciente en comparación con los demás accesorios.

En ese momento, Sasuke regresaba al establo, después de dar de bebe a los caballos del príncipe y su maestro; y se disponía a hacer lo mismo con el propio.

Le acarició el lomo, de un color negro como la noche mientras el caballo le acariciaba la mano con su hocico. Piafó, inquieto, y Sasuke soltó un suspiro cansado.

—Lo sé —le dijo—esto es estúpido.

Sasuke cerró los ojos, intentado concentrarse en un sonido bajo, pero, inconfundible. Pisadas.

Cuando abrió los ojos, su vista se clavó en el fondo del establo, sin un atisbo de duda. Llevó la mano con la que acariciaba a Aoda hasta el mango de su espada y giró de forma amenazadora.

—¿Quién eres? Es inútil que te ocultes.

El intruso se acercó sin ningún temor, cubierto por completo con una capa verde desvencijada que solo dejaba entrever el dobladillo sucio de una falda roja.

—No debería de sorprenderme.

Sasuke apretó el entrecejo al escuchar la voz de la intrusa, sin embargo, ella no esperaba darle ninguna oportunidad de reaccionar. Sacó su manó de la capa con un velocidad impresionante, y un destello de luz lo cegó al mismo tiempo que sentía un fuerte golpe que lo lanzó volando por los aires.

El caballo relinchó asustado y Hanare se acercó hasta él sin vacilar. Alzó una mano frente al caballo, y lentamente la bestia volvió a cobrar la tranquilidad. Se quitó la capucha, revelando su cabello verde y sonrió al ver el cuerpo de Sasuke tendido sobre el heno.

Se inclinó sobre él, buscando entre sus ropas por algún objeto de valor, pero Sasuke solo llevaba una pequeña bolsa con una cantidad de monedas casi insultante. Resopló con fastidio, después de todo era un simple escudero. Llevó una mano hasta el mentón del chico, girándole el rostro para apreciar sus bellas facciones sin la mueca de pasmosa superioridad que había mantenido en su previo encuentro.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta de la única joya que cargaba. Una tira de cuero colgaba de su cuello, casi oculto entre su camisa. Hanare descubrió el colgante de plata pura, en forma de un abanico redondo. El emblema inconfundible de su familia.

Abrió sus ojos como plato al verlo y casi enseguida soltó una carcajada llena de júbilo.

—Vaya, vaya. Así que eres un repugnante Uchiha —dijo para sí misma, moviéndolo para poder apreciarlo mejor—. Ahora entiendo tanta arrogancia en un simple mozo. Como sea… —arrancó la joya de un solo tirón y se lo colocó en ella misma—. Considerémoslo mi medalla de parte de tu presuntuosa familia.

Hanare rio gozosa y en un arrebato poco femenino, lanzó una patada al estómago del chico. Subió en Aoda, y el caballo obediente, comenzó a cabalgar sin detenerse.

-1-

Dos golpes sordos interrumpieron la conversación entre el rey Minato y Fugaku. Los dos hombres voltearon hacia la puerta, en el momento en el que esta se abría, dejando pasar al secretario general, Yamato.

Era un hombre robusto, de mandíbula fuerte y facciones duras que contrarrestaban enormemente con la amabilidad de sus ojos. También era sumamente callado y sus apariciones en la corte se reducían a las estrictamente necesarias.

—Su Majestad, el caballero Shisui y el joven Itachi solicitan una audiencia con usted —anunció con voz potente.

Minato sonrió, y mirando a su viejo amigo, colocó una mano en su hombro.

—Ya ha llegado —Fugaku solo asintió con una leve mueca en sus labios, y el rey soltó una pequeña risa—. Hazlos pasar, los hemos estado esperando. Y encárgate que traigan un poco de vino.

Yamato asintió y casi al instante en el que él desapareció por la puerta, los dos jóvenes ingresaron. Hincaron su rodilla en el suelo y bajaron su mirada. Los pasos de Minato resonaron por la estancia, llena de mesas y papeles.

—Levantaos — ordenó.

Itachi se sorprendió al sentir los brazos del rey rodeándolo en un fraternal abrazo, pero tan rápido como había empezado terminó.

—Nos alegra que finalmente llegaras —. El rey volvió a sonreír y miró sobre su hombro a Fugaku, que aún seguía sin moverse de su posición.

Itachi siguió la mirada de Minato, encontrándose con los oscuros ojos de su padre. Le devolvió la mirada con la misma curiosidad que Fugaku lo hacía y se preguntó cómo habrían cambiado las cosas en los diez años que había permaneció ausente.

Lo había visto en algunas ocasiones, por lo que su apariencia un estaba fresca en su memoria, pero no podía decir lo mismo de su desenvoltura como padre.

El Comandante General de los ejércitos de Ignis, había realizado una serie de misiones diplomáticas en el reino vecino. Ya sea acompañando al rey Minato, o como su representante; y contaba con tal confianza de la reina Tsunade que era uno de los poco No Magos que podían presumir el haber pisado la mítica tierra de Shambala.

Itachi sabía que muchos de los habitantes de la ciudad subterránea no estaban de acuerdo con esa decisión, pero Fugaku no era el tipo de hombre del que pudieran hacerse muchas recriminaciones. Más bien era alguien poco cambiante, al menos en su carácter firme y regio se mantenía imperturbable como el roble ante la tempestad; su valor en la batalla era innegable y era el mítico sobreviviente de la caída de Puskara.

Ni siquiera Itachi sabía cómo había sobrevivido, y mucho menos podía imaginar la razón por la que su padre se encontraba en el reino de las flores. Lo que se contaba es que había llegado con los rayos del amanecer a las puertas de la ciudad de Ignis, cabalgando un triste caballo alquilado, con su armadura llena de sangre, una herida profunda ya cicatrizada y la mirada desolada de quien ha ido a la guerra.

Había salido de la ciudad con la escolta real, y había regresado sin ningún hombre. Dio la alerta máxima a la nación, dirigió las tropas de la cuidad y rechazó el descanso que el rey le ofrecía.

Se había convertido una leyenda viva entre los caballeros y habitantes de la ciudad de Ignis… y todos esperaban proezas similares de sus hijos.

Era una carga pesada, que Itachi había aprendido a llevar en soledad. Sin embargo, estaba seguro que el destino de Sasuke no había sido menos difícil.

—Bienvenido —dijo Fugaku, con su voz severa y un pequeño asentimiento de su cabeza.

—Gracias, padre.

—Tomad asiento —ofreció el rey con su acostumbrada jovialidad.

El despacho del rey era un lugar amplio, con grandes ventanales por donde se observaba el jardín trasero del palacio, y el bosquecillo que se extendía en el horizonte terminando en las múltiples cascadas. Las dos paredes laterales, estaban cubiertas por estanterías repletas de libros y rollos, y una amplia mesa de madera roja cruzaba la habitación. Tenía papeles apilados en columnas, pergaminos y na serie de figurillas de plata que Itachi no logro identificar. Cómodas sillas de respaldo amplio estaban distribuidas a lo largo de la mesa. La más majestuoso de todas, se encontraba a la cabeza de la mesa y correspondía al Legitimo Rey del Ignis. Era de color oscuro, gravado en oro, en la parte más alta del respaldar, estaba el escudo de Ignis –La llama sostenida por dos espadas doradas y debajo de ellas un enorme animal dormido.

Minato se sentó en ella, y Fugaku ocupó su asiento a su derecha. Itachi y Shisui se sentaron uno al lado del otro, a la izquierda del Rey; esperando ansiosos por sus órdenes.

—Ya has sido ordenado caballero, Itachi —comenzó a hablar Minato, con la sonrisa placida que usualmente se posaba en sus labios—. Has servido como tal para el reino de Yami, y ahora has vuelto para servir tu reino natal y a tu Casa. La reina Tsunade me ha informado de tu desarrollo como guerrero y como hombre, de tu asombrosa inteligencia y tu destrezas en batalla, tal y como se esperaba del hijo De Fugaku Uchiha. Ahora te pido, que sirvas con el mismo esfuerzo a este reino que te vio nacer.

—Así será, majestad.

El golpe sordo en la puerta interrumpió la conversación. Una joven, ataviada en un peplo blanco, entró sosteniendo la bandeja con copas. Y con la misma velocidad con la que entró, se machó, dando curiosas miradas a Itachi.

—Harás equipo con Shisui y Kakashi, creemos, con tu padre, que te será más fácil adaptarte de nuevo al reino.

—Su misión es muy importante, pero comenzareis vosotros dos. Kakashi os alcanzara cuando regrese —agregó Fugaku, participando por primera vez en la charla.

—Fugaku, hoy es un día para festejar. Espera hasta mañana para dar órdenes.

El general rodó los ojos, pero con un leve movimiento de su cabeza le indicó a Minato su aprobación.

—Por ti, Itachi —dijo el Rey levantando su copa. Al instante, los tres caballeros lo imitaron—. Y por tus futuras victorias.

Levantaron las copas, y por primera vez en diez años, Itachi saboreo el vino no creador por la magia. No era mejor que el creado por los enanos sureños, pero tenía algo diferente, algo completamente humano desde su olor hasta el calor embriagador que recorría su garganta.

Tenía esa esencia de los hombres que ningún hechizo podía imitar.

—Podéis retiraros —dijo el rey, sacando al chico de sus pensamientos—. Imagino que Mikoto estará ansiosa por veros.

Los jóvenes caballeros se despidieron con una reverencia, y sus pasos retumbaron por el despacho del Rey hasta penetrar las grandes puertas rojas.

—También te lo decía a ti —dijo Minato.

Fugaku lanzó una elocuente mirada a la mesa atiborrada de papeles y el rey no pudo evitar reír.

—Te aseguro, mi querido amigo, que todo este trabajo no desaparecerá si nos damos libre —. Lanzó un suspiro, hundiéndose en la silla—. Lastimosamente es algo que sé muy bien.

—¿Acaso estoy escuchando que te quejas de tu posición?

—¡Oh, no! Tan solo del papeleo. Pero si debo de ser honesto, extraño los días de mocedad. Donde podía dedicarme a cabalgar y yacer plácidamente en un valle cada cierto tiempo.

—Como tanto gusta hacer el joven príncipe, dices —dijo con burla el Uchiha.

—No —río Minato—. Lo que daría porque Naruto disfrutara de cosas sencilla, pero ha heredado el carácter aventurero de Kushina…

Fugaku resopló y se puso de pie con premura.

—Me marcho, antes de que me hagáis hablar de la reina.

—Tantos años, y siguen pareciendo unos críos frente al otro. A veces actuáis igual que Naruto y Sasuke.

—Por favor, si seguís mencionándola harás que aparezca en esta habitación.

—Lo dice el padre del brujo —río Minato.

—Ella es un demonio, no una bruja.

Minato soltó una carcajada. No podía contradecir a su amigo, la reina era de un temperamento especial y algunas actitudes aterradoras en ocasiones. Sin embargo, no era lo usual, y la enemistad infantil entre ella y el general siempre le ocasionaban un morboso entretenimiento que lo sentía como un lujo.

—Podéis venir a cenar con nosotros —dijo Fugaku alcanzando la puerta —. Si es que escapáis de las garras de tu demoniaca esposa.

Fugaku dibujo una media sonrisa y el rey resoplo divertido.

—Lo intentaré —prometió, indicándole que se marchara con un gesto de su mano.

Fugaku atravesó los terrenos del castillo, siguiendo los mismos pasos que su hijo.

La Casa de los Uchiha había sido la fundadora de la ciudad de Ignis, mucho antes de que esta fuera el centro del reino de fuego. El poder militar y la perpetua cercanía con la Familia Real, habían hecho de Ignis el lugar idóneo para gobernar. Pero los Uchiha no habían cedido del todo su ciudad.

Una pequeña fortaleza se alzaba junto al castillo, y era gobernada directamente por Fugaku Uchiha. Cada casa alzaba en sus torrecillas el estandarte de la familia, y fuera, en la ciudad; quien contara con el favor de los Uchiha, también alzaba el estandarte.

Para algunos, era el recordatorio silencioso de a quienes pertenecían esas tierras.

Fugaku atravesó las puertas que daban la entrada a los terrenos Uchiha. Los guardias lo saludaron con la misma reverencia que si se tratara de su rey. Dentro, las casas estaban muy separadas unas de las otras. Contaban con jardines y plazas; y pocos negocios, algunas herrerías y un gran establo en común para todos los miembros.

Era un espacio bello, la muestra perfecta del poder de la Familia.

Cuando Fugaku atravesó las puertas de su casa, fue su esposa, Mikoto, quien lo recibió con una deslumbrante sonrisa.

Era una mujer mucho más joven que Fugaku. Sus ojos, que parecían dos perlas negras, brillaban con las lágrimas retenidas. Y en sus brazos a un sujetaba a su hijo, como si no quisiera separarse de él nuevamente.

—Nuestro hijo —dijo en un murmullo, con la voz constipada de la emoción. Fugaku asintió con una leve sonrisa, y se acercó hasta ellos.

Ella se separó de Itachi casi de inmediato, intentado volver a recuperar la compostura.

—Ordenaré un banquete para esta noche —murmuró.

—Es posible que nos acompañe el rey.

—¿Vendrá también la reina? —dijo con voz esperanzada.

—No lo dudo —respondió Fugaku, casi en un murmullo.

—Padre, casi lo olvido —dijo de pronto Itachi. Revolvió entre sus ropas, extrayendo una carta de un resistente papel amarillo, sellada con lacra de un brillante color esmeralda. —La reina envía esta carta.

—¿La reina? —pregunto Mikoto, deteniéndose en su camino. —Te refieres a la reina… ¿Tsunade?

Itachi asintió y la mandíbula de la mujer se apretó en un gesto tenso. Su barbilla se elevó y sus ojos perdieron la calidez.

—¿Frecuentabas mucho a la reina? —pregunto en un tono de falsa curiosidad. Itachi miro extrañado hacia su padre, pero antes de poder responder, Fugaku habló.

—Estuvo bajo la instrucción del príncipe Dan, esposo de la reina. ¿Lo olvidas?

Mikoto apretó sus labios por un segundo, antes de soltar una suave carcajada.

—Por supuesto, perdonadme. Supongo que es una mujer interesante, solo he podido verla en un par de ocasiones.

—Así es madre. Es hermosa, y de carácter fuerte e indomable.

—Debe ser debido a su posición —comentó con ligereza.

—Te equivocas, —interrumpió Fugaku —es debido a ese carácter que ella está en esa posición. Recuerda que en Yami no existe una sucesión sanguínea. Sin duda ella mostraba las aptitudes necesarias.

—Siempre he pensado que dirigir un reino no es muy diferente a dirigir un hogar… en una escala mucho más grande, por supuesto, pero…

—Mikoto.

La mirada afilada de Fugaku fue más que suficiente para callar. Hizo una reverencia, y con pasos seguros se perdió entre los pasillos de aquella casa. Fugaku guardo la carta, sin darle un segundo vistazo o alterar en lo absoluto su expresión.

—Itachi, sígueme.

Caminaron juntos, en completo silencio, hasta la habitación de joven caballero. La tensión era palpable, había quedado impregnado en la presencia de Fugaku e Itachi solo podía preguntarse qué era lo que había presenciado. Aunque estaba claro, que no debía preguntar al respecto. No recordaba que sus padres fuesen de esa manera.

La habitación de Fugaku solo estaba unos pasos más delante que las de sus hijos. Puso la carta de la reina sobre su escritorio, y se despojó de la pechera de su armadura. Recorrió lentamente las líneas de la cicatriz en su hombro, de una piel más clara y lisa. Sentía un cosquilleo cada vez que lo hacía, no importaba los años que pasaran y él creía que era la magia que había dejado un rastro ahí.

Se sentó en un mullido sofá, cerrando los ojos y dejándose transportar a ese lejano día.

-3-

Su frenética marcha terminó abruptamente, cuando se topó con un colosal muro de roca. Su pecho subía y bajaba de forma errática, la sangre recorría su brazo izquierdo y llevó su mano hasta la herida, intentando contener una hemorragia que amenazaba con eliminarlo antes que sus enemigos.

Escuchaba los casquillos de caballos acerarse cada vez más, y la algarabía propia de guerreros sedientos de una nueva batalla, de una victoria total. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos, y todos los músculos de su cuerpo quemaban preparados para morir luchando, si así lo demandaba el destino.

Se giró, blandiendo su espada, y en ese momento una pared de piedra se alzó frente a sus ojos. Escuchó el bramido de los animales al detenerse de forma abrupta y las exclamaciones de los guerreros, tan asombrados como él, llegaban amortiguadas por la sólida pared. De repente, los gritos cambiaron a unos de guerra y escuchó la batalla que comenzaba a desarrollarse. No lo pensó dos veces, rodeo el montículo que lo protegía y se internó en la lucha.

Solo una décima de soldados de Cimeria lo había seguido. Vestían armaduras oscuras, y sus escudos eran circulares de un color escarlata como la sangre; poco les servía para ocultarse, pero en conjunto resultaban amenazadores, como un mar de sangre embravecido reclamando por más víctimas. Estaban adornados por tres tomoes negras, con sus puntas hacia afuera, formando un círculo.

Fugaku aprovechó su intervención sorpresa para aniquilar silenciosamente a dos soldados, y otro más salió disparados hacía los bosques, de una forma que no pudo comprender en ese momento.

Se internó en una batalla contra dos más, y finalmente pudo ver a su salvadora.

Le sorprendió por tantas razones, que solo el instinto de sobrevivencia lo impulsaba a luchar. En primer instancia, no era un escuadrón era una sola persona. Luego, era una mujer, de una belleza impactante. Su cabello rubio y largo, se encontraba desordenado y su larga capa negra estaba cubierta de barro hasta la mitad; pero su aspecto sucio solo le otorgaba un salvajismo interesante. Tenía la piel como la porcelana, facciones finas y una silueta femenina que se marcaban con sus movimientos.

Hasta momentos después, mientras se sumergiría en sus recuerdos, Fugaku se percataría que no había ninguna armadura que la protegiera, ni blandía ninguna espada.

La reconoció de inmediato, no por su apariencia. Sino por el rombo esmeralda que adornaba su frente.

Tsunade de la Casa Senju, Reina de Yami y Regente de Agartha, el reino oculto.

¡Repelutum! —gritó la reina.

Un fuerte viento arrastró a todos sus enemigos al bosque. Fugaku sintió el poder intenso empujándolo, sin embargo, no lo movió más que unos centímetros.

Miró a la reina, y ella hacía él.

Tsunade sonrió y él asintió secamente.

Olvídate del protocolo —dijo Tsunade al ver el amago de reverencia—. En este momento solo somos compañeros de batalla.

Por un momento, el guerrero Uchiha no supo que hacer. Se sintió vulnerable frente a esa poderosa mujer, como nunca se había sentido anteriormente. Guardó esa sensación en su interior, recordándola exactamente igual a través de los años, estudiándola y temiendo nombrarla de cualquier forma.

Gracias —dijo finalmente, guardando su espada.

Ven acá. Puedo hacer algo por ese hombro. No os preocupéis —agregó al ver la forma en la que el guerrero oteo a los alrededores —. Dudo mucho que estén vivos, y si lo están no podrán acercarse. Fue un hechizo de repulsión.

Fugaku se acercó, con sus hombros tensos y sin bajar en ningún momento la guardia. No estaba acostumbrado a trabajar conjuntamente con la magia, y esa confianza ciega que mostraba la reina, él no la podía sentir.

Siéntate.

El hizo como se le ordenó y la observó arrodillarse frente a él. Casi de inmediato apartó su mirada, con su rostro ardiendo. No había sido su intención, pero el prominente busto de la reina estaba casi frente a sus ojos.

Desvió su mirada hacia cualquier otro lado, venciendo el impulso de verla.

La reina, había colocado sus manos sobre el hombro herido y mientras recitaba un conjuro en voz baja, la herida se cerraba lentamente.

—Os quedara una minúscula cicatriz, pero solo nosotros dos sabremos que está ahí —. Le guiño un ojo coquetamente, y nuevamente Fugaku no supo cómo reaccionar.

Gracias —repitió con torpeza.

Intentó levantarse, pero, la reina lo sostuvo con firmeza; con más fuerza de lo que sus delgados brazos aparentaban.

Tsunade tomó la mano de Fugaku entre la suyas, inspeccionándolas detenidamente.

Fugaku Uchiha —murmuró, esbozando una triste sonrisa—. Sois, infinitamente, más noble que otro miembro de vuestra familia a quien he conocido.

Creo saber a quién se refiere, Su Majestad. Mi primo destituido.

Es una pena que la magia no se herede junto a las virtudes, y que el nombre Uchiha se manchara de esa forma —Fugaku, repentinamente incomodo, intentó retira su manos. Sin embargo, el agarre de Tsunade seguía siendo firme. Ella levantó sus ojos hacia él, de un bello color almendrado, y sus siguientes palabras resonaron por años en su cabeza —. La magia en tu familia es poderosa, y será la siguiente generación quien limpie el honor de la casa Uchiha.

¿Te refieres a…?

Tsunade asintió, soltó lentamente la mano del guerrero y se puso de pie.

Tus hijos. El mayor tiene un gran poder, será mi aprendiz. Sin embargo, el más pequeño no tendrá sus poderes en esta vida.

Fugaku frunció su entrecejo. Recordó a Sasuke corriendo por los jardines, intentando ocultarse de su mirada; y un sentimiento le oprimió el pecho.

¿Qué significa eso? —exigió, poniéndose de pie.

Tsunade se detuvo, y giró sobre sus talones. Por un instante sus miradas se enfrentaron, no con el respeto de un caballero hacia su Señora, sino como iguales.

La reina se encogió de hombros con una fría indiferencia.

No siempre logró comprender este tipo de augurio, pero, tenemos tiempo aun. Nos veremos pronto, Uchiha.

Un movimiento veloz de la capa y la reina había desaparecido. Fugaku permaneció de pie por unos minutos más, ya no estaba sorprendido por las hazañas de la magia. No, en su espíritu el temor comenzaba a crecer.

El miedo por un futuro ya dictaminado.

-4-

Dos golpes secos contra el suelo fue lo único que bastó para callar la algarabía que se desataba en el salón frente a ellos.

Gaara miró la espalda de su hermano, oculta tras su capa de terciopelo rojo oscuro. Investía a corona real, hecha de oro macizo y decorado con turquesas; y él había sido provisto de una menos ostentosa que lo señalaba como príncipe.

Luego volteo hacia su derecha, mirando a su hermana Temari, que se erguía orgullosa a su lado. La había conocido tan solo unas horas atrás, en los ritos de sepultura de su padre, y dio cuenta enseguida que era una mujer de carácter fuerte, similar a la reina Tsunade. Era hermosa, alta y esbelta. De cabello rubio y sus ojos de un color verde azulado, eran un poco más oscuros que los de Gaara. Sintió la mirada de Gaara en ella, e hizo un breve contacto con él, asintiendo quedamente antes que las puertas dobles se abriera.

—Su majestad, El Rey Kankuro de Suna. Sus altezas reales, la princesa Temari de Suna y el príncipe Gaara de Suna.

Todas las personas que se encontraban en el salón dedicaron una reverencia a la Familia Real, y el silencio se prolongó mientras los tres miembros se dirigían a sus asientos. Con un ademan de Kanguro, la música se reanudo y junto a ellas las pláticas. No tardaron en hacerse presente los miembros más importantes del Consejo. Gaara aprendió sus rostros, sus nombres; pero fue su hermano quien gobernaba las conversaciones.

Fue Temari quien lo invito a acompañarla, mientras recorría el salón.

—Siempre debemos dar una ronda —dijo ella, tomándolo del brazo—. Comenzando primero con nuestros invitados más importantes. Eso le dará privacidad a Kanguro, de tocar algunos puntos importantes para el gobierno.

Gaara asintió, y se dejó arrastrar por ella. Fue presentado incontables veces, a embajadores y ministros. Temari comenzaba y terminaba las conversaciones de una forma completamente natural y Gaara admiró la forma en la que siempre tenía el control sobre estas. Ella reía y jugaba con el abanico purpura, dándoles todos una cantidad similar de atención. Pero él, podía notar que todo era una actuación.

—Espero que disfrutes la noche, esta recepción es en tu honor —dijo Temari, cuando finalmente se alejaron de la multitud. Gaara se acercó a la ventana, mirando las estrellas iluminando los kilómetros de arena. Una vista espectacular para alguien que nunca antes había tenido el placer de contemplarlos—. Aunque debes de comprender, que la reciente muerte de nuestro padre me impide organizaros algo mejor.

—No debéis preocuparos, comprendo que la importancia de este evento radica en presentarme ante todos vuestros aliados.

Temari se cruzó de brazos y cerró el abanico de un movimiento brusco.

—¿Cuál era tu posición en el reino extranjero, hermano? Supongo que siendo príncipe, habéis tenido algunos privilegios.

—Te equivocas —respondió con una minúscula sonrisa—. Tan solo era un aprendiz, y tenía los mismos privilegios que los demás. Es un reino con una estructura diferente, y ninguno de nosotros sirve a otro. Es nuestro poder y capacidades lo que nos diferencia.

—En ese caso, espero que no tratéis de replicar esa extraña forma de gobierno.

—Por supuesto que no, hermana. No he sido yo quien ha pedido regresar o tomar el puesto que por nacimiento me corresponde. Al contrario, has sido tú y nuestro hermano, quienes han exigido mi regreso y cuya razón aun no me habéis revelado.

—¿La muerte de nuestro padre no es suficiente?

—No.

La rotunda respuesta sorprendió a la princesa, quien abrió desmesuradamente sus ojos. Abrió su abanico en un veloz movimiento, y sopló para ella, inquieta. Abrió su boca un par de veces, solo para volver a cerrarla. Y luego, apretó sus labios en un mohín lleno de indignación.

Su réplica, Gaara nunca la escuchó, quedo ahogada bajo el rugido feroz de la tierra.

El suelo tembló, las lámparas de cristal bailaron y el delicado repiqueteo apenas fue escuchado por las decenas de invitados, quienes asombrados y temerosos, lanzaban exclamaciones y corrían sin ninguna dirección. En un segundo, la tranquila velada se convirtió en un pináculo de actividad. Gaara se apoyó en la pared más cercana, y por uno de los grandes ventanales pudo observar una masa gigante de arena elevarse. Escuchó un rugido sangriento y una voz que se filtraba directamente a su cabeza.

Eres mío.

Y una punzada de dolor le taladro el cuerpo.

El grito del príncipe apenas se escuchó sobre los del resto de invitados, cayó de rodillas al suelo y sintió las manos de Temari tratando de levantarlo. Pero, el dolor era demasiado y la voz, gruesa y sedienta de sangre, no dejaba de enviar punzadas paralizantes a todos sus miembros.

Las ventanas estallaron en un sinfín de fragmentos, y la conciencia del mago cayó al vacío.