Capítulo 6
Los dominios del Mago Oscuro
La arena danzaba. Se elevaba por los aires en forma de enormes columnas. Ascendía, y con giro dramáticos retomaba nuevamente el suelo como una cascada, hundiendo en su marea cada construcción, animal o persona que se encontrara.
Era el caos total, la destrucción de una ciudad por el mismo suelo que le había permitido crecer, y justo al fondo se alzaba un enorme castillo de cristal. La arena ascendía en torno a él y no se acercó a sus muros hasta que todos los gritos cesaron.
Todos a la expectativa… y luego, la arena aprisionó al castillo y miles de fragmentos volaron por los aires, aprisionando a los gobernantes en un ataúd de arena…
—No persiguen— murmuró Sakura.
El susurro de sus capas contra el suelo amortiguaba la pequeña conversación, pero, también les impedía determinar el origen de las rápidas pisadas a sus espaldas. Las habían intentado perder, sin embargo, eran muchas y si sus instintos no fallaban, los árboles y rocas no eran un impedimento para esos seres.
El espesor del bosque disminuía a cada paso, y pronto, la luz de la luna les dio de lleno en el rostro.
El estrecho sendero que hasta ese momento habían seguido se unía a uno más grande, empedrado y completamente despejado de todo tipo de maleza y que cruzaba el valle hasta llegar a la última ciudad del reino del viento. La cordillera que servía de línea divisora natural, se alzaba imponente detrás de los muros de piedra y ocultaba de la vista los secretos que se guardaban en Yami, el corazón del continente.
—Vamos —. Shizune tomó del brazo a Sakura y con una ráfaga de viento se zambulleron en un vórtice. El viento las golpeaba de todos lados, la presión las dejaba inmóviles y sentían que caían al vacío… De repente, sus pies tocaron el suelo de piedra; y todas las sensaciones terminaron en menos de un segundo.
Aparecieron en medio del Gran Camino del Este, unos cuantos metros adelante.
—Bien, —dijo Shizune, sacudiendo el polvo de su capa— este es terreno de humanos, no creo que se atrevan a seguirnos más.
Sakura volteo, mirando el bosque y aunque no había ningún movimiento, sabía que estaba siendo observada por docena de furiosos seres enanos. Aun inquieta, siguió a Shizune.
—¿Crees que solo se traten de los enanos?
—Si —contesto Shizune—. Seguramente siguen molestos. Vamos, Sakura. Debemos conseguir una posada.
Sakura siguió avanzando, con la varita sujetada por fuerza dentro de su capa y sus dedos cosquilleando por la magia que pugnaba en salir.
A medida se acercaban más a las murallas, la actividad humana era evidente, el bosque desaparecía a sus costados para dar lugar a campos de cultivos y granjas, alejando cada vez más al bosque y los seres mágicos que ahí habitaban. El Gran Camino del Este, era similar a un rio empedrado, tan amplio que podían pasar dos carretas a la vez aunque estuvieran personas caminando. Cruzaba el Reino de Caeli, desde la ciudad amurallada de Dera Dupahira en la cordillera de Empódio, hasta la bahía de los naufragios en el mar del Este, atravesando la capital, Suna. Y a él se unían infinidad de caminos similares a los que Shizune y Sakura habían utilizado.
Las personas lo atravesaban en carretas, caballos o caminando, entrando al sendero en cualquier momento o saliendo de él por los caminos aledaños. Hasta que finalmente, las hechiceras se encontraron cruzando los portones de la cuidad en medio de un tumulto de personas.
Dera Dupahira se extendía uniformemente en la falda de la cordillera de Empódio, con múltiples edificios de madera, piedra y techos rojos; con lo cual ganaba su popular nombre como Ciudad del Atardecer y era el acceso principal al reino Caeli desde Yami. Las puertas permanecían abiertas hasta altas horas de la noche, debido a la alta migración. Los centinelas estaban apostados en cada calle, todas, iluminadas con abundantes antorchas; eran limpias, rectas y dirigidas hacia un grupo de torrecillas que gobernaban el sitio, el hogar de Lord Nara.
La ciudad estaba dividida en tres sectores, separados los uno de otros por murallas. Sakura y Shuzine se quedaron en el primero; lleno de cantinas, posadas y mercadillos. Con casas agrupadas y sobrepoblación. Aun así, el lugar era bello. Sakura estaba embelesada, no había visitado antes un lugar tan animado y vivaz, Yami y las ciudades de Agartha tendían a ser mucho más sombrías. Atravesaba torpemente las calles, golpeando a las personas, disculpándose sin ser escuchada y recibiendo variados improperios. Incluso casi siendo derribada por una cuadrilla de jinetes.
—¡Sakura, por aquí! —apresuró Shizune, bajo el letrero de una posada que rezaba "La luna titilante".
Era un sencillo edificio de madera, de dos plantas y ventanas grandes que se iluminaban con la luz de las lámparas de aceite. En el interior habían mesas esparcidas, una barra al fondo y cerca de esta un pequeño estrado donde un chico joven distraía a los comensales con historias cantadas con su laud. El tabernero no lo escuchaba cantando alegremente y algunas personas también lo acompañaban sujetando sus tarras de cervezas.
Cuando el tabernero, de una prominente barriga, ojos pequeños y cara sonrosada, las observó mostró sorpresa y luego con una ligera inclinación de cabeza las saludo.
—Es de lo nuestros —susurró Shizune a Sakura, empujándola hacia las escaleras que estaban menos abarrotadas que el comedor—. Y muchos de los que frecuentan este lugar lo son.
Sakura estaba asombrada, había logrado divisar una serie de varitas colgadas en la pared cual si fuesen espadas.
—No creí que… pensé que éramos menos. ¿No estábamos siendo perseguidos?
Shizune saco su varita y golpeo la puerta del final del pasillo con casualidad. Esta se desvaneció dejando ver otro pasillo iluminado con fuegos flotantes. La puerta apareció nuevamente al traspasarla y las dos chicas quedaron solas. El pasillo era similar al que habían dejado atrás, de madera oscura y con puertas de madera a ambos lados, la única diferencia era que el sonido del piso inferior llegaba con menos intensidad.
Una puerta a la derecha se abrió, y por ella entró en gordo tabernero.
—Mi señora —saludó con una inclinación a Shizune y luego su mirada cayó en Sakura. —Joven aprendiz.
—Me alegro mucho de verte, Choza. Veo que está todo muy movido por aquí.
—Por supuesto, el país esa de fiesta. El príncipe ha regresado. Usted sabe lo que significa eso para nosotros en especial —. Rio lleno de júbilo e hizo un ademan despreocupado—. Claro que lo sabe, usted más que nadie.
Shizune rio.
—Espero que esta llegada sea de buenas oportunidades para los nuestros.
—¿La misma habitación de siempre? —pregunto Choza, buscando las llaves en su delantal.
—Con una cama adicional si es posible, y la cena. Por favor.
Choza camino por el pasillo hasta una de las puertas de la izquierda. La abrió y con su varita mágica dividió la enorme cama en dos.
Hizo una graciosa reverencia, invitando a las damas a pasar y antes de irse recibió unas monedas por parte de Shizune.
—Si estamos siendo perseguidos— aclaró Shizune, al cerrar la puerta—. Pero hay magos por todo el continente. Espías de Su Majestad, de no ser así nos aislaríamos de los eventos de la superficie. No es nuestra labor aquí —se apresuró a añadir—, pero es necesario que sepas que no estarás sola. Solo debes buscar nuestros símbolos.
Shizune dejo su capa a un lado y colocó la bolsa con el Indirendi Chaos en un taburete, murmurando rápidos hechizos de protección. Sakura miraba ávida todo lo que hacía. Era una misión, una misión real no como las que había hecho en las ciudades subterráneas.
—Tomaré un baño —dijo la pelinegra al terminar—. Hemos tenido unos días terribles en el bosque.
Sakura dejo su capa también. Sacó algunas cosas de su bolso y se asomó a su ventana. Miró la actividad burbujeante. Tropas de centinelas, los cantantes y algunas damas de compañía afuera de las posadas, las personas yendo y viniendo sin detenerse. Quería conocer ese mundo, disfrutarlo… pero no tenía con quien. Sus amigos ya no estaban ahí, y el mundo era demasiado grande para explorarlo sola.
Tocó el anillo de su mano derecha, pensando en sus amigos y cogió un pergamino entre sus cosas. En la habitación había plumas y tintas, y sin pensarlo dos veces comenzó a escribir a sus amigos.
Suspiró. Aquella misión era larga y apenas comenzaba. Con un toque de su varita, las letras del pergamino serpentearon, arrastrándose por las superficies en una desordenada fila.
-2-
—¿Cómo se encuentra? — pregunto Kankuro al entrar a la habitación de su hermano. Temari, que hasta ese momento se encontraba frente a las grandes ventanas, con sus brazos cruzados sobre su pecho; se giró con su sello fruncido y caminó lentamente hacia su hermano mayor. El médico y sus ayudantes se levantaron de inmediato, frente a su gobernante.
—Los episodios de fiebre comienzan a ser menos frecuentes —dijo el médico, lavando sus manos en el cuenco que le tendía su asistente—. Sus heridas son menores, solo rasguños, y ya han sido tratadas.
—¿Cuándo despertará? —demandó el rey.
—No lo podemos saber con certeza, Majestad, pero esperamos que sea cuando las fiebres cesen por completo.
—Esos desgraciados… —murmuró Kankuro y tan repentinamente como había entrado, se marchó azotando la puerta a sus espaldas.
Temari no tardó en seguirlo hasta su despacho, con sus pasos retumbando en el pasillo. Entró después de él, azotando la puerta al cerrarla.
—Largo —ordenó a todos los sirvientes y guardias, mientras Kankuro se servía una copa por sí mismo. —¿Qué crees que haces?
—A tu salud, querida hermana —dijo, alzando su copa.
Temari avanzó, apretando sus puños y sus labios, furibunda.
—¿Cómo se te ocurre presentarte de esa forma?
—No creo que preocuparme por mi hermano, sea algún motivo de sospechas. Más bien lo seria no hacerlo.
—Para eso estoy yo ahí. Si le damos mucha importancia, comenzaran a hablar y pueden pensar que nuestra familia es vulnerable.
Kankuro se sentó, dejo su copa sobre el escritorio y sus ojos café miraron a Temari con enfado.
—Entonces haz que ese niño despierte ya. Recibí una carta de las tribus, invitan a la negociación en sus tierras y bajó sus términos… y lo piden a él. Como si no supieran lo que han hecho —masculló con cólera.
—No lo conocen, podemos enviar a alguien de nuestra confianza.
—Consígueme un mago, entonces.
—¿Solo lo enviaras a él? —preguntó la princesa, tomando asiento.
—No. Camuflado estará el ejército, si las cosas no están a nuestro favor mataran a todos. Incluido a Gaara… una buena excusa para acabar con ellos. Esta maldita guerra civil me tiene cansado.
—No te precipites, —dijo ella mientras se retiraba de la habitación— podemos ganar todo o perder todo. Yo me encargare de darte a tu príncipe.
Temari se retiró, caminando a sus habitaciones y encomendándole a su sirvienta.
—Trae a Pakura, esta noche.
-3-
Sasuke resopló por enésima vez. El calor de ese día era asfixiante, y cambiaban bajo el sol abrasador en una pradera interminable… o más bien dicho, caminaba.
Miro, a su costado. Naruto, alias el príncipe inepto, se dejaba llevar por el paso lento de su caballo mientras él solo se dejaba caer sobre el caballo lanzando quejas de clima como si no lo hubiesen notado antes. Kakashi, leía despreocupadamente sobre su montura haciendo caso omiso de él o de Naruto, mientras los arrastraba a ambos a casa. Dos días atrás, había perdido a Aoda, su corcel negro a manos de una ladronzuela y su banda. Había sido el único en intentar detenerla, pero le había tendido una trampa. Cuando recobró la conciencia, ya atardecía. Sasuke había corrido buscando a Naruto y su maestro, y los había encontrado en la posada inconsciente. Por un momento, pensó lo peor, pero ambos despertaron y Kakashi le explicó que habían utilizado algún veneno en sus comidas. No habían sido atacados personalmente, solo durmieron el tiempo necesario para que ella pudiera perderse en otro camino.
Mientras Sasuke había tenido la prudencia de no probar nada, se había enfrentado a la ladrona y había perdido su dinero, el emblema de su familia y su caballo; ganado en cambio una contusión en su costado y un fuerte dolor de cabeza que lo persiguió durante el primer día. Kakashi había dado la misión por termina alegando que habían encontrado al ladrón y ahora mandarían palomas para que todos los señores feudales estuvieran alerta. No habían podido comprar otro caballo, el oro lo había llevado ella, al igual que los escasos víveres. Sin embargo, los salvoconductos del rey y los estandartes habían sido dejados sobre los caballos. Eran demasiado llamativos y nadie los tomaría, solo servirían para rastrearla.
—Bien —dijo Kakashi, deteniendo su caballo—. Descansaremos aquí.
Habían cruzado la pradera, acobijados por los primeros arboles de un pequeño bosque de naranjos, el camino comenzaba a ser más irregular y pequeñas colinas aparecían dispersas.
—Levanten campamento.
Naruto se tiró de su caballo de forma pesada, desperezando lentamente su cuerpo. Sasuke sin embargo, sentía sus piernas arder por caminar sin descansar durante dos días, con el peso asfixiante de su cota de malla.
—Estamos cerca de las propiedades de mi primo Inabi —comentó Sasuke, mirando los primeros trazos del atardecer—. Podemos llegar a la caía de la noche. Estoy seguro que nos recibirá…
—No —sentenció tajante Kakashi—. Ya sé que tienes familia por todo el reino, pero acamparemos aquí.
—Al menos déjame ir por un caballo.
—¿Eres un caballero o una damisela que necesita la ayuda de la familia para hacer rescatada? —preguntó iracundo. Su único ojo visible brillaba de enojo. Sasuke apretó su mandíbula molesto—. Las visitas familiares son para otra ocasión, durante las misiones asumimos nuestro papel. Ahora ve por leña y levanta el campamento.
Sasuke giró sobre sus talones, molesto era poco. Tomó su espada y la descargo en una árbol lo suficientemente largo de Kakashi.
—Oye… —dijo Naruto, acercándose con pasos precavidos. Sasuke lo miró sobre su hombro encolerizado. —Damisela.
La risa de Naruto sonó estridente entre los árboles. Sasuke dejó caer su espada y apretó sus dientes hasta crujir. Se lanzó hacia el rubio con sus puños, asestándole el golpe en el rostro, dejándolo caer.
—Maldito imbécil —masculló.
—¡La niña Uchiha tiene puños! —exclamó aun muerto de la risa, sin importarle mucho la ira de su amigo.
Sasuke se descargó en el príncipe. Ninguno de los dos escuchó una suave risa entre las hojas. Hanare se encontraba sentada sobre una de las ramas, mirando entretenida a los chicos discutir. Se levantó, parándose sobre la rama y miro hacia la dirección de la fortaleza.
—Creó que iré a fastidiar a más Uchihas.
Se colocó una vieja capa sobre su hombro, desapareciendo.
-4-
El relinchar de los caballos las despertó abruptamente. La luna aún gobernaba el cielo, pero los gritos ya inundaban el lugar. Era su segunda noche en el lugar, apenas había sentido la tranquilidad que le brindaba estar con humanos cuando el caos parecía adueñarse de la ciudad. Era diferente a la noche anterior, que aunque bulliciosa, tenía el manto de la paz acobijándolas.
Esta noche, era diferente.
Sakura corrió hacia la ventana y miró las personas corriendo agitadas, lo guardias corrían de un lado a otro y de repente una explosión. Sakura abrió sus ojos de forma desmesurada. Los había visto correr, con sus pequeños gorros puntiagudos.
—¡Kappas rojas! —exclamó— acaban de provocar una explosión.
Shizune fue a la ventana y miró como el animoso pueblo comenzaba a arder.
—Debemos marcharnos ahora. Nos están buscando.
Sakura corrió a colocarse su ropa y su capa, mientras Shizune recogía sus pertenencias y anulaba los hechizos de protección.
—Nos mantendremos en el camino de las montañas –dijo la pelinegra— No lejos de aquí hay un templo élfico donde nos podremos refugiar por los momentos.
—¿No ayudaremos a esta gente?
—Te aseguró que los magos que se encuentras aquí, resolverán esto.
—Pero…
—Sakura —dijo Shizune, parándose frente a la chica. Su tono menos amigable y su semblante ensombrecido por la preocupación—. Nosotras no nos involucramos. Entiende eso.
La chica apretó sus labios y desvió su mirada; el fuego se reflejaba en sus verdes iris, y con cólera e impotencia, marchó tras su mentora.
La posada estaba vacía cuando ellas salieron, corrieron por las calles junto al resto de las personas. Miraron un puesto de verduras, prenderse en fuego de manera espontánea y los pequeños diablillos rojos correr haciendo estragos. Solo los magos y los niños podían ver esas criaturas, o algunos adultos realmente especiales.
Cuando Sakura y Shizune llegaron a la salida principal, se toparon con una multitud enardecida. Las puertas, que siempre se mantenían abiertas, estaban cerradas, y por otro lado el fuego avanzaba. Las personas enloquecidas, empujaban a quien estuviera cerca por llegar a las puertas, por ser los primeros en abrir. Los gritos, los llantos, las peleas… y pronto, las dos brujas estaban en medio de la turba. Empujadas y siendo arrastradas.
Shizune tomó a Sakura de un brazo, manteniéndose muy juntas, y a punta de empujones, salieron de la marea de personas. Corrieron por callejones, ya no saliendo del pueblo, sino adentrándose a él.
En su recorrido, lograron ver a Choza y dos magos más saltar a un edificio en llamas, con sus varitas en ristre, mientras perseguían un grupo de Kappas. A Choji, el hijo regordete del posadero, escondido, murmurando conjuros para llenar el agua que cargaban los soldados del castillo. Miraron la tienda donde compraron sus vestidos esa tarde, hecha cenizas, y Shizune entró por el callejón que estaba junto al local. Dejó de correr y sacó su varita. Sakura se detuvo junto a ella, imitándola.
—Cruza la muralla, y ve lo más cerca que puedas del castillo, a la plaza de armas. —ordenó Shizune, dándole su bolso. —Habrán más soldados y espero que estés más segura. Nos miraremos ahí al amanecer.
—¿Tu qué harás?
La repuesta vino por si sola. Los kappas rojas comenzaron a salir uno por uno de las sombras. Sus ojos brillaban debajo de los sobreros de ala ancha, mientras mostraban su sonrisa de dientes puntudos. El fuego se creció de nuevo, dejándolas atrapadas entre la muralla y los edificios en llamas. Shizune alzo su varita, y su voz sonó potente y sobrecogedora.
—¡Bombarda!
El muro explotó, levantando una nube de humo. Sakura corrió por la abertura, apretando la bolsa contra su pecho y sintiendo el poder del Indirendi Chaos abrasándola. Escuchó el sonido de los hechizos de Shizune y los chillidos de los demonios.
Cuando el polvo comenzó a ser menos denso, pudo tener un vistazo de esa parte de la cuidad donde las casas eran más altas, los locales ordenado y las calles amplias y limpias.
—¡Oye, tu! —gritó un soldado, sorprendiéndola.
Tenía que huir en ese momento. Una cuadrilla de ellos corría en su dirección, seguramente alarmados por la explosión. Las torres del castillo se alzaban a un costado, indicándole el camino pero, un grito agudo corto su respiración.
Shizune lanzó un segundo alarido de dolor que surco el aire nocturno y Sakura no lo pensó, giro sobre sus talones y regresó a la parte más pobre de la ciudad.
Alzó su varita y lanzó hechizo que lograron repeler los demonios que se encontraban sobre Shizune. No era solo su poder, era el Indirendi Chaos que la sobrecogía y canalizaba su poder mediante ella. Era algo más grande de lo que había conocido jamás. Era el poder puro y embriagador.
Entró con paso firme, lanzando un hechizo tras otro. Logro ver a Shizune mirarla con asombro, para luego levantarse, combatiendo juntas por primera vez.
Pero los kappas eran demasiados, se levantaban una y otra vez solo por la ambición de lo que representaban su trofeo si lograban ganar. Y Sakura los comprendió.
…pero los humanos se acercaban…
—Shizune— alzó su voz por encima del caos—. En el templo.
La morena, a observó extrañada. Pero Sakura, que se sentía capaz de todo, lanzó la bolsa hacia su maestra y con un suave murmullo atrajo a todos los demonios hacia ella.
—Accio Kappas rojas.
Los duendecillos no pudieron resistir ente el poder más grande que el de ellos. Volaron hacia la chica como proyectiles, mientras Shizune corría para atrapar la bolsa. Y Sakura giro sobre sí misma en una ágil pirueta que la hizo desaparecer a ella y a los demonios.
Los Kappas rojas abandonaron la ciudad. Shizune había quedado sola en una calle destruida, a salvo aunque herida… Y Sakura había olvidado un punto importante en su plan.
Las reglas de aparición eran sencillas y lógicas. La confianza era indispensable y se iba fortaleciendo mientras más se practicaba. La pirueta rápida, también era importante. Pero lo principal, era el destino. Sin ello no se tenía un lugar al cual aparecer, debía ser un lugar existente, no se podía aparecer a un lugar de la imaginación o un lugar que no se conocía o se corría el riesgo de vagar sin rumbo.
Y Sakura nunca había salido de las tierras de los magos.
Su cuerpo intento desprenderse en varios puntos, mientras el hechizo de desaparición intentaba dar con el lugar que ella había tenido en su mente al momento de hacer la pirueta.
Algunos Kappas se habían desprendido en algún punto, otros habían sido cercenados.
Sakura finalmente cayó en una tierra árida y rocosa. Rodó, haciéndose rasgullos con las piedras afiladas. Un par de Kappas rojas quedaban junto a ella se escondieron en la oscuridad, mientras ella se ponía de pie con dificultad.
Estaba salpicada de sangre mágica, y tenía un tajo en su brazo provocado por la desaparición fallida. No habría reparado en el lugar en el que se encontraba, si no hubiera sido por el viento frio que parecía envolverla.
El suelo era negro, como si se encontrara cubierto de cenizas, y los pocos árboles que se alzaban estaban muertos, solo viejos cascarones de alimañas. El cielo era oscuro, las nubes se arremolinaban furiosas y Sakura sentía el viento frio y cortante que se deslizaba al ras del suelo, y habían cientos de criaturas que se mantenían en las sombras.
¿Debía esconderse también? Solo ella estaba parada en aquel prado desolado, blanco fácil de cualquier ataque. Pero era tarde, estaba petrificada si era por miedo o por magia, no lo sabía. Pero podía ser su corazón palpitar desembocado ante un peligro inminente.
Escuchó un par de pasos a su espalda, romper el agudo silencio.
—¿Quién eres?
Sakura cerró sus ojos, y llevó sus manos al pequeño dije de su pecho, apretándolo con fuerza. La voz era grave, curiosa y atrayente; pero a la vez era fría y filosa como una espada. No era la primera vez que la escuchaba. ¿Acaso, este era el momento de sus visiones? ¿El momento para el que se había preparado toda su vida?
Sintió la mano de aquel hombre, cubierta por su guante de cuero y acero, tocar su hombro, mientras él se deslizaba frente a ella.
—¿Quién eres pequeña bruja? —le dijo mientras la sujetaba de su barbilla.
Sakura apretó aún más sus ojos, aferrándose a una idea. "Falta el mar, falta el mar".
—Contéstame.
Abrió sus ojos, y se perdió en aquellos ojos rojos como la sangre. El poder brillaba en ellos como un fuego inextinguible.
—Sa… Sak… Saku…ra
El hechicero sonrió. En sus pupilas rojas aparecieron tres aspas negras que comenzaron a girar lentamente.
La chica apretó aún más su collar y su terror logró hacerla reaccionar, retrocedió primero un paso y luego otro, cayendo al suelo. El brujo rio, pero ella no se preocupó. Tenía que salir o moriría, lo había visto en los ojos del hechicero. Se arrastró por el suelo, mientras pensaba desesperadamente en un lugar.
—Destino, destino, destino… —susurraba una y otra vez, desapareciendo y apareciendo solo unos pasos más adelante.
Las lágrimas salían de sus ojos desbordadas, mientras ella avanzaba como podía, arrastrándose, desapareciendo o corriendo.
—Destino, destino, destino —repetía cada vez más fuerte. Pero su desaparición no era eficaz, no tenía el elemento clave, a menos que…
El castillo… era lo único que sabía que era real en ese mundo que no era el de ella. Se aferró a su visión, al castillo de piedras y torrecillas.
—Destino.
Y se esfumó en un viento helado. El hechicero sonrió en aquel mundo de sombras y en un parpadeo desapareció.
Abrió sus ojos; que eran negros, no rojos, en un lugar completamente distinto. Estaba sentado en su trono, en la sala de audiencia de un castillo de piedra ónix. Realmente nunca había salido de ahí, solo había utilizado su hechizo de proyección, pero era imposible que alguien supiera la diferencia.
Se levantó. Su armadura lo cubría y su capa colgaba de su hombro derecho.
La sala de audiencia era un espacio rectangular, con grandes ventanas que hacían ver el tormentoso cielo y por donde entraban los rugidos del mar. Un camino cruzaba el lugar desde la entrada hasta el comienzo de las escaleras que hacían subir al trono, y a ambos lados de este el agua de un estanque se mantenía en calma. Era oscura y fría como la del mar en el exterior, e igualmente de engañosa.
Sobre el caminó se encontraba un guerrero, de piel pálida y cabellos largos. Con su miraba clavada en el suelo, aguardando la orden de su amo.
Cuando finalmente el mago oscuro estaba frente a él, alzó su rostro.
—Señor, el Ichibi ha despertado.
—Ve por él. Y Orochimaru —agregó el mago oscuro, cuando el guerrero se levantó—. Búscala.
El rostro de Sakura apareció en las aguas del estanque. Sus ojos verdes brillando de terror y las lágrimas recorriendo sus mejillas.
Orochimaru asintió y con paso firme abandonó el recinto.
