La trampa

Había atravesado infinidad de veces el último de los templos que conformaban las doce casas del Santuario, pero solo de paso, no para permanecer allí más tiempo que el que le tomaba recorrerlo desde la entrada anterior a la posterior, camino al recinto patriarcal o de regreso. Ahora que llevaba varios minutos allí, comenzaba a sentirse abrumado por su atmósfera sofocante: calor y humedad constantes como en un invernadero colosal, el invasivo aroma a verdor, la misma luz antojadiza e irregular de una jungla tupida a pesar de que, en ese lugar, en realidad no había más que piedra y vacío. Atribuyó sensaciones tan vívidas al efecto del cosmos del santo de Athena ubicado bajo su cuerpo, cuya nívea desnudez era insuficientemente disimulada por la sábana sedosa de su cama. Ya había terminado de vaciar todas sus ganas dentro de él, pero todavía sus músculos lo apretaban impidiéndole apartarse como lo haría una planta carnívora con un inofensivo y hambriento insecto.

Pinguicula Aphrodite.

El santo de Cáncer parpadeó de forma lenta y perezosa. Aquella voz, en lugar de centrar su atención, parecía hundirlo más y más en el sopor de la casa de Piscis. Su confusión igualmente pareció adueñarse de sus facciones, lo que el otro aprovechó para explayarse.

—La planta en la que estabas pensando… se llama Pinguicula Aphrodite.

Afrodita comenzó a ondularse muy sutilmente, y no tardó en volver a endurecer la parte de su cuerpo que mantenía en su interior. Cáncer entornó la mirada, perdida en los relieves irregulares que los huesos formaban en su pecho, demasiado somnoliento como para resistirse o hacer algo más que sentir la presión sobre su sexo. Detectó también el roce de esos dedos largos y suaves, tan calientes como el aire asfixiante del derredor, que acabó por convertirse en una delicada pero exigente presión a los lados de su rostro.

—Mírame… Mírame, Máscara de Muerte.

Las últimas tres palabras, un susurro apenas, fueron pronunciadas con una entonación diferente. Se preguntó si existiría alguna burla o desprecio instigados por su nombre peculiar. Más tarde descubriría que la muerte le causaba a Afrodita una emoción casi tan grande como la belleza, así que el sonido que la representaba cuanto menos le valía una sonrisa, un latido más pronunciado, o cualquier otro gesto de satisfacción.

Había asaltado el dulzor irresistible de su boca, recorrido con besos los rincones más íntimos, aquellos que la ropa y el pudor casi siempre se encargaban de cubrir. Había caído en su cama bajo el peso abrumador del ambiente húmedo de Piscis, donde lo había poseído apasionadamente, adueñándose de sus caricias, del vaho ardiente exhalado en sus suspiros. En ningún momento, sin embargo, lo había mirado a los ojos, detalle que Afrodita revelaba no haber ignorado.

—Mírame —insistió sin mostrar intención de liberarlo—. ¿A qué le temes?

Para Máscara de Muerte, a diferencia de lo que Afrodita sentía por su nombre, la belleza era un fenómeno extremadamente ajeno, aquello a lo que no era capaz de aspirar, no mientras se dedicara a adornar las paredes de su propio templo con sus rostros de espanto, o mientras las almas condenadas de Yomotsu le brindaran un placer indescriptible al precipitarse inevitablemente hacia el abismo. Su constelación, después de todo, representaba la enfermedad mortal y silenciosa, tan difícil de extirpar como la víctima atrapada en las tenazas del cangrejo.

El santo de Cáncer no le temía ni al dolor físico, ni a su propia e ineludible finitud, ni a la guerra para la cual había nacido y vestido su dorada armadura. Pero la hermosura perfecta y vaporosa de Afrodita, desparramada en sus cabellos sobre el colchón, en la piel de porcelana milagrosamente limpia de sudor, en el lunar bajo su ojo, la firma del dios responsable de tal obra de arte, a la vez tan simple y natural, lo amenazaba desde flancos insospechados. No encontró más excusas para evitar su mirada y, cuando se encontró con la plata de sus iris, sintió auténtico dolor. La belleza de Afrodita lo hacía sufrir. Lo empequeñecía. Lo afeaba. Lo reducía al punto de sentirse despreciable.

Sin embargo, luego de ese primer sobrecogimiento, tras los segundos que le tomó recuperarse, lo envolvió una paz tan inmensa que se creyó dispuesto hasta a dejarse matar, allí mismo, en la cama de Piscis.

—Tranquilo… Todo estará bien —la voz vibró amena en su oído.

Sin percatarse de ello, había comenzado a mover las caderas, embistiéndolo a un ritmo extremadamente lento. Afrodita gimió, un auténtico canto de sirena, el embrujo suficiente para que Máscara de Muerte acabara por perder todo reparo y convirtiera sus quejidos sutiles en gritos y arañazos. Cuando vio pétalos rojos caer sobre las sábanas y sobre Afrodita, se dio cuenta de que lo que abría finos cortes en la piel de su espalda eran las espinas afiladas de un rosal que de pronto crecía detrás de ellos, por encima de ellos, alrededor de ellos. Afrodita se retorció bajo su peso con la misma gracia con la que vivía y mataba; sus mejillas se tiñeron de rosa en el orgasmo. Apretó más las piernas, exigiéndole derramar nuevamente hasta la última gota, exprimiendo su esencia como la tierra fértil de una flor sedienta.

Al dejarse caer descuidadamente sobre su cuerpo, exhausto, acalorado, drenado hasta la última partícula de su cosmos, Máscara de Muerte se supo condenado a adorarlo por siempre. La trampa había surtido su efecto.

Fin