PRÓLOGO

Lena se arrastró agazapada junto a la irregular verja, rozando con sus botas el seco suelo. Alzaba su Sterrion 36 sobre la cabeza, el largo y plateado cañón manchado de barro rojo. El revólver no era bonito a la vista, aunque el tambor de seis tiros estaba engarzado con tanto cuidado en el armazón de acero que solo había fluidez en sus líneas. No había ningún brillo en el metal ni ningún material exótico en la empuñadura. Pero encajaba en su mano como si estuviera hecho para estar allí. La verja de apenas un metro de altura era endeble, la madera gastada por el tiempo, sujeta por ajados trozos de cuerda. Olía a edad. Incluso los gusanos habían renunciado a esta madera hacía tiempo. Lena se asomó por encima de las tablas atadas, escrutando el pueblo vacío. Líneas azules flotaban en su campo de visión, extendiéndose desde su pecho para apuntar a fuentes cercanas de metal, un resultado de su alomancia. Quemar acero producía ese efecto: le permitía ver la localización de fuentes de metal, y luego empujar contra ellas si quería. Su peso contra el peso del objeto. Si era más pesado, era empujado hacia atrás. Si el más pesado era ella, era impulsado hacia delante. Sin embargo, en este caso, no empujó. Solo observó las líneas para ver si algún elemento de metal se movía. No lo hacía ninguno. Los clavos sujetaban los edificios, los casquillos de bala gastados yacían dispersos por el polvo, las herraduras se apilaban en la silenciosa herrería… todo estaba tan inmóvil como la vieja bomba manual plantada en el suelo a su derecha. Cautelosa, también ella permaneció quieta. El acero continuaba ardiendo confortablemente en su estómago, y, por eso, como precaución, empujó suavemente hacia fuera en todas direcciones. Era un truco que había aprendido a dominar hacía unos cuantos años: no empujaba ningún objeto de metal concreto, sino que creaba una especie de burbuja defensiva a su alrededor. Todo metal que viniera corriendo en su dirección sería desviado levemente de su rumbo. Distaba de ser perfecto: todavía podían alcanzarla. Pero los disparos se desviarían, sin dar en el sitio donde apuntaban. Le había salvado la vida en un par de ocasiones. Ni siquiera estaba segura de cómo lo hacía: la alomancia a menudo era para ella una cosa instintiva. De algún modo incluso conseguía eximir el metal que llevaba, y no empujaba su propia pistola para arrebatarla de sus manos. Hecho esto, continuó avanzando por la verja, todavía observando las líneas de metal para asegurarse de que nadie la seguía.

Feltrel había sido en tiempos una población próspera. Eso fue veinte años atrás. Entonces un clan de koloss se asentó cerca. Las cosas no habían ido bien. Hoy, la ciudad muerta parecía completamente vacía, aunque Lena sabía que no era así. Había venido persiguiendo a un psicópata. Y no era la única. Se agarró a la parte superior de la verja y saltó, los pies rechinando sobre el barro rojo. Tras agazaparse, corrió hasta el lado de la vieja fragua. Sus ropas estaban terriblemente cubiertas de polvo, pero eran de buen paño: un bonito traje, un pañuelo plateado al cuello, chispeantes gemelos en las mangas de su elegante camisa blanca. Había cultivado un aspecto físico que parecía fuera de lugar, como si planeara asistir a un baile de gala en Elendel en vez de recorrer una población muerta en los Áridos a la caza de un asesino. Completando el conjunto, llevaba un sombrero hongo en la cabeza para protegerse del sol. Un sonido: alguien había pisado una tabla al otro lado de la calle, haciéndola crujir. Fue tan débil que casi lo pasó por alto. Lena reaccionó de inmediato, avivando el acero que ardía dentro de su estómago. Empujó un grupo de clavos en la pared que tenía al lado justo cuando la detonación de un disparo hendía el aire. Su súbito empujón hizo que la pared se sacudiera, los viejos clavos oxidados se tensaron. Se impulsó a un lado, y rodó por el suelo. Una línea azul apareció durante un parpadeo: la bala, que golpeó el suelo donde ella se encontraba un momento antes. Mientras se incorporaba, se produjo un segundo disparo. Este llegó cerca, pero se desvió un pelo mientras se aproximaba a ella. Desviada por la burbuja de acero, la bala zumbó junto a su oído. Otra pulgada a la derecha, y la habría recibido en la frente, con burbuja de acero o no. Respirando con calma, alzó su Sterrion y apuntó al balcón del viejo hotel al otro lado de la calle, de donde había surgido el disparo. El balcón tenía delante el cartel del hotel, capaz de ocultar a un pistolero.

Lena disparó, luego empujó la bala, lanzándola con más fuerza para hacerla más rápida y más penetrante. No usaba las típicas balas de plomo o con chaqueta de plomo y cobre: necesitaba algo más fuerte.

La bala de gran calibre recubierta de acero alcanzó el balcón, y su poder extra hizo que atravesara la madera e hiriera al hombre que había detrás. La línea azul que conducía al arma del hombre tembló mientras caía. Lena se levantó despacio, sacudiéndose el polvo de la ropa. En ese momento otro estampido quebró el aire.

Maldijo, empujó de nuevo por reflejo contra los clavos, aunque sus instintos le decían que sería demasiado tarde. Cuando se oía un disparo, ya era demasiado tarde para que empujar sirviera de algo.

Esta vez se lanzó al suelo. Aquella fuerza tenía que ir a alguna parte, y si los clavos no podían moverse, tenía que hacerlo ella. Gruñó mientras golpeaba el suelo y alzó su revólver, el polvo pegado al sudor de su mano.

Buscó frenéticamente a quien le había disparado. Habían fallado. Quizá la burbuja de acero había…

Un cuerpo salió rodando desde lo alto de la herrería y cayó al suelo, levantando una vaharada de polvo rojo. Lena parpadeó, luego se llevó la pistola al pecho y se situó de nuevo detrás de la verja, agachándose para ponerse a cubierto. No dejó de observar las líneas azules alománticas, que podrían advertirle si alguien se acercaba, pero solo si la persona que lo hacía llevaba o vestía metal.

El cuerpo que había caído junto al edificio no tenía ni una sola línea apuntándolo. Sin embargo, otro grupo de líneas temblorosas apuntaba a algo que se movía a lo largo de la parte trasera de la fragua. Lena alzó su arma y apuntó mientras una figura corría hacia ella siguiendo el lado del edificio.

La mujer lucía un sobretodo blanco, enrojecido por la parte inferior. Tenía el pelo oscuro recogido en una cola, y llevaba pantalones y un cinturón ancho, con gruesas botas en los pies. Tenía el rostro cuadrado. Un rostro fuerte, con labios que a menudo se alzaban levemente por la parte derecha en una media sonrisa.

Lena dejó escapar un suspiro de alivio y bajó el arma.

—Sam.

—¿Has vuelto a tirarte al suelo? —preguntó ella mientras llegaba a la cobertura de la verja junto a Lena—. Llevas más polvo en la cara que Jimmy tiene muecas. Tal vez es hora de que te retires, vieja.

—Sam, soy tres meses mayor que tú.

—Son tres meses muy largos. —Ella se asomó a la verja—. ¿Has visto a alguien más?

—Abatí a un hombre en el balcón —dijo Lena—. No pude ver si era Sangriento Tan o no.

—No lo era —respondió ella—. No habría intentado dispararte desde tan lejos.

Lena asintió. A Tan le gustaban las cosas personales. De cerca. El psicópata lamentaba cuando tenía que usar un arma, y rara vez le disparaba a alguien sin poder ver el miedo en sus ojos.

Sam escrutó el silencioso pueblo, luego la miró, dispuesta a moverse. Bajó la mirada un momento, centrándose en el bolsillo de su camisa.

Lena siguió su mirada. Del bolsillo sobresalía una carta, entregada antes ese mismo día. Era de la gran ciudad de Elendel, e iba dirigida a lady Lena Ladrian. Un nombre que Lena no empleaba desde hacía años. Un nombre que ahora le parecía extraño.

Guardó la carta en las profundidades del bolsillo. A Sam le pareció que el gesto implicaba algo más. La ciudad no albergaba nada para ella ahora, y la Casa Ladrian podía vivir sin ella. Tendría que haber quemado esa carta.

Lena asintió, señalando al hombre caído junto a la pared para distraerla de la carta.

—¿Cosa tuya?

—Tenía un arco —dijo ella—. Puntas de piedra. Casi te alcanzó desde arriba.

—Gracias.

Ella se encogió de hombros, los ojos brillando de satisfacción. Esos ojos tenían ahora arrugas en las comisuras, curtidas por la fuerte luz de los Áridos. Hubo una época en que Lena y ella llevaban la cuenta de quién salvaba más a menudo a quién. Las dos habían perdido la cuenta hacía años.

—Cúbreme —dijo Lena en voz baja.

—¿Con qué? —preguntó ella—. ¿Con pintura? ¿Besos? Ya estás cubierta de polvo.

Lena alzó una ceja.

—Lo siento —dijo ella, haciendo una mueca—. He jugado demasiado a las cartas con Sara últimamente.

Lena bufó y corrió agazapado hasta el cadáver y le dio la vuelta. El hombre era un tipo de rostro cruel con barba de varios días en las mejillas: la herida de bala sangraba en su costado derecho. «Creo que lo reconozco», pensó Lena para sí mientras registraba los bolsillos del hombro y encontraba un vial de cristal rojo como la sangre.

Corrió de regreso a la verja.

—¿Bien? —preguntó Sam.

—Del grupo de Donal —dijo Lena, mostrando el vial.

—Hijos de puta —dijo Sam—. No podían dejarnos hacerlo a nosotros, ¿eh?

—Le pegaste un tiro a su hijo, Sam.

—Y tú mataste a su hermano.

—Lo mío fue en defensa propia.

—Lo mío también —replicó ella—. Ese chico era un coñazo. Además, sobrevivió.

—Perdió un dedo del pie.

—No hacen falta diez. Tengo una prima con cuatro. Le va bien. —Alzó el revólver, escrutando el pueblo vacío—. Naturalmente, se la ve un poco ridícula. Cúbreme.

—¿Con qué?

Ella hizo una mueca y dejó atrás la cobertura y corrió hacia la fragua.

«Armonía —pensó Lena con una sonrisa—. Quiero a esa mujer».

Se mantuvo alerta por si detectaba a más pistoleros, pero Sam llegó al edificio sin que se dispararan nuevos tiros. Lena le asintió y luego cruzó corriendo la calle hacia el hotel. Entró con cautela, vigilando las esquinas.

La taberna estaba vacía, así que se puso a cubierto tras la puerta e hizo señas a Sam. Ella corrió hasta el siguiente edificio de su lado de la calle y comprobó.

La banda de Donal. Sí, Lena había matado a su hermano: el tipo estaba robando un tren en ese momento. Sin embargo, por lo que sabía, a Donal ni siquiera le importaba su hermano. No, lo único que le molestaba era perder dinero, y probablemente por eso estaba aquí. Había puesto precio a la cabeza de Sangriento Tan por robar un cargamento de bendaleo. Donal probablemente no esperaba que Lena viniera a cazar a Tan el mismo día que él, pero sus hombres tenían órdenes de matarlo a ella o a Sam nada más verlas.

Lena casi sintió la tentación de dejar aquel pueblo muerto y que Donal y Tan se las arreglaran solos. Sin embargo, la idea le provocó una mueca de repulsa. Había prometido entregar a Tan. Eso era todo.

Sam saludó desde dentro de su edificio, luego señaló hacia atrás. Iba a salir en esa dirección y arrastrarse tras los siguientes edificios. Lena asintió, luego hizo un gesto cortante. Intentaría conectar con Sara y Barl, que habían ido a comprobar el otro lado del pueblo.

Sam desapareció, y Lena se abrió paso a través del viejo hotel para llegar a una puerta lateral. Dejó atrás viejos y sucios nidos hechos por ratas y hombres. El pueblo recogía bribones como un perro recogía pulgas.

Incluso pasó ante un lugar donde parecía que algún vagabundo había hecho una pequeña hoguera sobre una placa de metal con un círculo de piedras.

Era asombroso que el idiota no hubiera quemado todo el edificio hasta los cimientos.

Lena abrió con cuidado la puerta lateral y salió a un callejón entre el hotel y el almacén contiguo. Los disparos de antes habían hecho ruido, y alguien podría venir a mirar. Era mejor no dejarse ver.

Lena rodeó la parte trasera del almacén, pisando con mucho cuidado el suelo de barro rojo. La ladera en esta parte estaba repleta de hierbajos a excepción de la entrada a una vieja y fría bodega. Lena la rodeó, luego se detuvo, mirando el pozo enmarcado en madera.

Tal vez…

Se arrodilló junto a la abertura y se asomó. Había habido una escalera antes, pero se había podrido: los restos eran visibles abajo, entre un montón de viejas astillas. El aire olía rancio y húmedo… con un leve atisbo de humo. Alguien había encendido una antorcha allá abajo.

Lena dejó caer una bala en el agujero, y luego saltó al interior, el arma en la mano. Mientras caía, llenó su mente de metal de hierro, reduciendo su peso. Era un nacidoble, feruquimista además de alomántico. Su poder alomántico era empujar acero, y su poder feruquimista, llamado ajuste, era la habilidad de hacerse más pesado o más liviano. Era una poderosa combinación de talentos.

Empujó contra la bala que tenía debajo, reduciendo su caída, de modo que aterrizó con suavidad. Devolvió su peso a lo normal, o lo que era normal para ella. A menudo empleaba tres cuartas partes de su peso sin ajustar, haciéndose más ligera, más rápida para reaccionar.

Avanzó despacio en la oscuridad. Había sido un camino largo y difícil hasta encontrar dónde se ocultaba Sangriento Tan. Al final, el hecho de que Feltrel se hubiera vaciado de otros bandidos, vagabundos y desgraciados había sido una pista importante. Lena pisaba el suelo con suavidad, internándose en la bodega. El olor de humo era fuerte allí dentro, y aunque la luz menguaba, distinguió una hoguera junto a la pared este. Eso y una escalera que podía colocarse junto a la entrada.

Se detuvo. Aquello indicaba que quien había convertido en escondite esa bodega (podía ser Tan o podía ser otra persona) estaba todavía allí abajo. A menos que hubiera otra salida. Lena avanzó un poco más, entornando los ojos en la oscuridad.

Había luz delante.

Amartilló su arma con cuidado, luego sacó un pequeño frasco de su gabán de bruma y le quitó el tapón con los dientes. Apuró de un trago el whisky con acero, restaurando sus reservas. Avivó su acero. Sí… había metal delante, al fondo del túnel. ¿Qué longitud tenía esa bodega? Había supuesto que sería pequeña, pero las vigas de madera que servían como refuerzo indicaban algo más profundo, más largo. Más bien como la galería de una mina.

Avanzó, concentrado en aquellas líneas de metal. Alguien tendría que apuntarlo con una pistola si lo viera, y el metal temblaría, dándole una oportunidad de empujar el arma y arrancársela de las manos. No se movió nada. Se deslizó hacia delante, oliendo el suelo mustio y húmedo, los hongos, las patatas arrumbadas. Se acercó a una luz trémula, pero no pudo oír nada. Las líneas de metal no se movieron.

Finalmente, se acercó lo suficiente para ver una lámpara colgando de un gancho en una viga de madera cerca de la pared. Otra cosa más colgaba en el centro del túnel. ¿Un cuerpo? ¿Ahorcado? Lena maldijo en voz baja y echó a correr, consciente de que era una trampa. Era un cadáver, sí, pero eso la dejó aturdida. A primera vista, parecía tener años de antigüedad. Los ojos habían desaparecido del cráneo, la piel se había consumido contra el hueso.

No apestaba y no estaba hinchado.

Le pareció reconocerlo. Geormin, el cochero que llevaba el correo a Erosión desde las aldeas más lejanas de la zona. Este era su uniforme, al menos, y parecía su pelo. Había sido una de las primeras víctimas de Tan, la desaparición que había lanzado a Lena a la caza. Eso había sucedido hacía solo dos meses.

«Lo han momificado —pensó Lena—. Lo han preparado y secado como si fuera cuero». Se sintió asqueada: había tomado alguna copa con Geormin, y aunque el hombre hacía trampas a las cartas, era un tipo amigable.

Tampoco colgaba de una forma normal. Habían usado alambres para alzarle los brazos, que se extendían hacia los lados, la cabeza gacha, la boca abierta. Lena se apartó de la horrible visión, el ojo temblando.

«Cuidado —se dijo—. No dejes que te irrite. Mantén la concentración».

Tendría que volver para bajar de aquí a Geormin. Ahora mismo, no podía permitirse hacer ruido. Al menos sabía que estaba en buen camino. Este era sin duda el cubil de Sangriento Tan. Había otra zona de luz a lo lejos. ¿Qué longitud tenía el túnel? Se acercó a la luz, y allí encontró otro cadáver, este colgado de lado en la pared.

Annarel, una geóloga ambulante que había desaparecido poco después de Geormin. Pobre mujer. La habían secado de la misma forma, el cuerpo clavado a la pared en una pose muy específica, como si estuviera de rodillas inspeccionando una pila de rocas.

Otro charco de luz le impulsó a continuar. Estaba claro que esto no era una bodega, sino algún tipo de túnel de contrabandistas que quedaba de los tiempos en que Feltrel era una población floreciente. Tan no lo había construido, no con estas ajadas vigas de madera.

Lena encontró otros seis cadáveres, cada uno iluminado por su propia linterna brillante, cada uno colocado en una pose distinta. Uno sentado en una silla, otro desplegado como si volara, unos cuantos pegados a la pared.

Los últimos eran más frescos, el último recién asesinado. Lena no reconoció a aquel hombre delgado que colgaba con la mano en la cabeza como saludo.

«Herrumbre y Ruina —pensó Lena—. Esto no es el cubil de Sangriento Tan…, es su galería».

Asqueada, Lena avanzó hacia el siguiente charco de luz. Este era diferente. Más brillante. Mientras se acercaba, advirtió que estaba viendo la luz del sol que entraba por un agujero cuadrado en el techo. El túnel llevaba hasta allí, probablemente se trataba de una antigua trampilla que se había podrido o se había desplomado. El suelo se empinaba gradualmente hacia el agujero.

Lena gateó por la pendiente y asomó con cautela la cabeza. Se encontró con un edificio, aunque el tejado había desaparecido. Las paredes de ladrillo estaban en su mayoría intactas y había cuatro altares en la parte frontal, justo a la izquierda de Lena. Una antigua capilla de la Superviviente. Parecía vacía.

Lena salió del agujero, el Sterrion a un lado de la cabeza, la chaqueta manchada de tierra. El aire limpio y seco le sentó bien.

—Cada vida es una representación —dijo una voz, resonando en la iglesia abandonada.

Lena inmediatamente esquivó a un lado, rodando hasta un altar.

—Pero nosotros no somos los actores —continuó diciendo la voz—. Somos las marionetas.

—Tan —dijo Lena—. Sal.

—He visto a Dios, vigilante de la ley —susurró Tan.

¿Dónde estaba?

—He visto a la misma Muerte, con los clavos en los ojos. He visto a la Superviviente, que es la vida.

Lena escrutó la pequeña capilla. Estaba sembrada de bancos rotos y estatuas caídas. Rodeó el lado del altar, juzgando que el sonido procedía del fondo de la sala.

—Otros hombres dudan —dijo la voz de Tan—, pero yo lo sé. Sé que soy una marioneta. Todos lo somos. ¿Te gustó mi espectáculo? He trabajado mucho para construirlo.

Lena continuó por la pared derecha del edificio, dejando con las botas un rastro en el polvo. Respiraba de manera entrecortada, una línea de sudor corría por su sien derecha. Su ojo temblaba. Veía mentalmente los cadáveres en las paredes.

—Muchos hombres nunca tienen una oportunidad de crear verdadero arte —dijo Tan—. Y las mejores representaciones son aquellas que jamás pueden ser reproducidas. Meses, años, de preparación. Todo en su sitio. Pero al final del día, la putrefacción comienza. No pude momificarlos de verdad: no tuve tiempo ni recursos. Solo pude preservarlos lo suficiente para preparar este único espectáculo. Mañana se habrá estropeado. Tú fuiste la única que lo ha visto. Solo tú. Entiendo… que todos somos marionetas… ¿Sabes?

La voz procedía del fondo de la sala, cerca de unos escombros que bloqueaban la visión de Lena.

—Alguien más nos mueve —dijo Tan.

Lena rodeó el montículo de escombros, alzando su Sterrion.

Tan estaba allí de pie, sujetando a Sam ante él, amordazada, los ojos muy abiertos. Lena se quedó inmóvil, la pistola alzada. Sam sangraba por una pierna y un brazo. Le habían disparado, y su rostro palidecía. Había perdido sangre. Así había podido someterla Tan.

Lena no se movió. No sintió ansiedad. No podía permitírselo: podría hacerle temblar, y temblar podría hacer que fallara el tiro. Podía ver el rostro de Tan detrás de Sam; el hombre sujetaba un garrote alrededor de su cuello.

Tan era un hombre delgado, de dedos finos. Era enterrador. Pelo negro, algo escaso, repeinado hacia atrás. Un bonito traje que ahora brillaba con sangre.

—Alguien nos mueve, vigilante —dijo Tan en voz baja.

Sam miró a Lena a los ojos. Las dos sabían qué hacer en esta situación. La última vez, la habían capturado a ella. En opinión de Sam, eso no era una desventaja. Habría explicado que, si Tan no hubiera sabido que las dos eran pareja, la habría matado inmediatamente. En cambio, la había secuestrado. Eso les daba una oportunidad.

Lena apuntó a lo largo del cañón de su Sterrion. Apretó el gatillo hasta que equilibró el peso del percutor hasta el punto de inicio del disparo, y Sam parpadeó. Uno. Dos. Tres.

Lena disparó.

En el mismo instante, Tan empujó a Sam a la derecha.

El disparo rompió el aire, resonando contra los ladrillos de barro. La cabeza de Sam se sacudió hacia atrás cuando la bala de Lena la alcanzó sobre el ojo derecho. La sangre roció la pared de ladrillo que tenía detrás.

Se desmoronó.

Lena se quedó inmóvil, petrificada, horrorizada. «No… esta no es la forma… no puede…».

—Las mejores representaciones —dijo Tan, sonriendo y mirando la figura de Sam— son aquellas que solo pueden representarse una vez.

Lena le disparó a la cabeza.