2

SEIS MESES MÁS TARDE

—¿Qué tal el pañuelo? —preguntó Lena, estudiándose en el espejo. Se volvió de lado y tiró de nuevo de la corbata plateada.

—Impecable como siempre, mi señora —dijo Tillaume. El mayordomo permanecía de pie, las manos a la espalda, una bandeja de humeante té a su lado en una mesita. Lena no había pedido té, pero Tillaume lo había traído de todas formas. A Tillaume le encantaba el té.

—¿Estás seguro? —preguntó Lena, tirando de nuevo del pañuelo.

—Por supuesto, mi señora —vaciló—. He de admitir, mi señora, que siento curiosidad desde hace meses. Es usted la primera gran señora al que sirvo que sabe hacerse un nudo decente en el pañuelo para el cuello. Me había acostumbrado a proporcionar esa ayuda.

—Cuando una vive en los Áridos, aprende a hacer las cosas sola.

—Con el debido respeto, mi señora —dijo Tillaume, su voz normalmente monótona traicionó una sombra de curiosidad—. No pensaba que hiciera falta aprender esa habilidad en los Áridos. No era consciente de que los habitantes de esas tierras tuvieran el menor interés por asuntos de moda y decoro.

—No lo tienen —respondió Lena con una sonrisa, dando un último ajuste al pañuelo—. Por eso lo hacía siempre en parte. Vestir como una dama de ciudad tenía un extraño efecto en la gente de allí. Algunos me respetaron inmediatamente, otros me subestimaron con la misma rapidez. A mí me vino bien en ambos casos. Y, he de añadir, era inenarrablemente agradable ver las expresiones de los rostros de los delincuentes cuando eran entregados por alguien a quien habían tomado por una dandi de ciudad.

—Me lo imagino, mi señora.

—Yo me sentía bien así —dijo Lena en voz baja, mirándose en el espejo. Pañuelo plateado, chaleco de seda verde. Gemelos esmeralda. Chaqueta y pantalones negros, con las mangas y perneras vueltas. Un botón de acero en el chaleco entre los de madera, una vieja tradición suya—. La ropa era un recordatorio, Tillaume. La tierra a mi alrededor podía ser salvaje, pero yo no tenía por qué serlo.

Lena sacó un pañuelo plateado de la cómoda, perfectamente doblado, y se lo colocó en el bolsillo del pecho. Una súbita campana sonó por toda la mansión.

—Herrumbre y Ruina —maldijo, comprobando el reloj de bolsillo—. Llegan temprano.

—Lord Harms es célebre por su puntualidad, mi señora.

—Maravilloso. Bien, acabemos con esto.

Lena salió al pasillo, las botas deslizándose por la alfombra de terciopelo verde. La mansión había cambiado poco durante sus dos décadas de ausencia. Incluso después de seis meses de vivir aquí, seguía sin parecerle que fuera suya. El leve olor de la pipa de su tío aún permanecía, y la decoración mostraba una afición a las maderas oscuras y las esculturas de piedra. A pesar de los gustos modernos, casi no había ningún retrato ni pinturas. Como Lena sabía, muchas eran valiosas y habían sido vendidas antes de la muerte de su tía.

Tillaume lo acompañó, las manos a la espalda.

—Mi señora habla como si considerara el deber de este día una lacra.

—¿No es obvio? —Lena hizo una mueca. ¿Qué decía de ella que prefiriera enfrentarse a una red de forajidos, sin armas y en inferioridad numérica, antes que reunirse con lord Harms y sus hijas?

Una matrona regordeta esperaba al fondo del pasillo, ataviada con un vestido negro y un delantal blanco.

—Oh, lady Ladrian —dijo con afecto—. ¡Su madre estaría tan satisfecha al ver este día!

—No se ha decidido nada aún, señorita Grimes —dijo Lena mientras la mujer se les unía y caminaban juntos por la balaustrada de la galería del primer piso.

—Ella esperaba que se casara con una bella dama algún día —dijo la señorita Grimes—. Si hubiera oído cómo se preocupaba, todos esos años…

Lena trató de ignorar la forma en que esas palabras retorcían su corazón. No había oído cómo se preocupaba su madre. Apenas les había escrito, a sus padres o a su hermana, y solo había venido de visita una vez, después de que el ferrocarril llegara a Erosión. Bueno, ahora estaba cumpliendo con sus obligaciones. Seis meses de trabajo, y por fin estaba estableciéndose y sacando a la Casa Ladrian (junto a sus muchos forjadores y costureras) del abismo del colapso financiero. El último paso se daría hoy.

Lena llegó a lo alto de las escaleras, y entonces vaciló.

—No —dijo—. No debo apresurarme. Tengo que darles tiempo para sentirse cómodos.

—Eso es… —empezó a decir Tillaume, pero Lena la interrumpió dándose media vuelta y echando a andar por donde había venido.

—Señorita Grimes —dijo Lena—, ¿hay otros asuntos que necesiten mi atención hoy?

—¿Desea oírlos ahora? —preguntó ella, frunciendo el ceño mientras se apresuraba por alcanzarla.

—Algo que mantenga mi mente ocupada, querida mujer —dijo Lena. Herrumbre y Ruina… Estaba tan nerviosa que notó que había metido la mano por dentro de su chaqueta y estaba acariciando la empuñadura de su Immerling 44-S. Era una buena arma; no tan buena como las que fabricaba Ranette, sino un arma pequeña, adecuada para una dama. Había decidido que sería lady y no vigilante, pero eso no significaba que fuera a ir por ahí desarmada.

Eso…, bueno, eso sería una locura.

—Hay una cuestión —dijo la señorita Grimes, sonriendo. Era el ama de llaves de la Casa Ladrian desde hacía veinte años—. Anoche perdimos otro cargamento de acero.

Lena se detuvo en el pasillo.

—¿Qué? ¡Otra vez!

—Desgraciadamente, mi señora.

—Maldición. Estoy empezando a pensar que los ladrones solo se ceban en nosotros.

—Es solo nuestro segundo envío —dijo ella—. La Casa Tekiel ha perdido hasta ahora cinco cargamentos.

—¿Cuáles son los detalles? —preguntó ella—. La desaparición. ¿Dónde sucedió?

—Bueno…

—No, no me lo diga —dijo ella, alzando una mano—. No puedo permitirme distracciones.

La señorita Grimes le dirigió una mirada inexpresiva, ya que por eso había evitado hablarle de ese tema antes de su encuentro con lord Harms. Lena apoyó una mano en la barandilla, y sintió que su ojo izquierdo temblaba de forma involuntaria. Allí fuera había alguien, dirigiendo una operación organizada y altamente eficaz para robar los contenidos de vagones enteros. Empezaban a llamarlos los desvanecedores. Tal vez podría investigar un poco y…

«No —se dijo con firmeza—. No es mi deber. Ya no». Acudiría a las autoridades adecuadas, tal vez contrataría a algunos guardias o investigadores personales. No iría a cazar a los bandidos en persona.

—Estoy segura de que los alguaciles encontrarán a los responsables y los llevarán a la justicia —dijo Lena con cierta dificultad—. ¿Cree que ya hemos hecho esperar lo suficiente a lord Harms? Creo que es suficiente. No es suficiente, ¿no?

Lena se dio media vuelta y regresó por donde había venido. Tillaume puso los ojos en blanco cuando pasó por su lado. Lena llegó a las escaleras. Un joven con un chaleco verde de los Ladrian y una camisa blanca las venía subiendo.

—¡Lady Ladrian! —dijo Kip—. Ha llegado el correo.

—¿Algún paquete?

—No, mi señora —dijo el muchacho, entregando una carta lacrada—. Solo esto. Parecía importante.

—Una invitación a los esponsales Yomen-Ostlin —supuso la señorita Grimes—. Podría ser una buena ocasión para hacer la primera aparición pública con la señorita Harms.

—¡Los detalles no se han decidido todavía! —protestó Lena mientras se detenían al pie de las escaleras—. Apenas he abordado el tema con lord Harms y prácticamente nos han casado ya. Es muy posible que esos comentarios interrumpan todo el asunto, como sucedió con lady Entrone.

—Todo saldrá bien, joven señora —dijo la señorita Grimes. Extendió la mano y ajustó el pañuelo plateado de su bolsillo—. Tengo el sentido de un aplacador para estos asuntos.

—¿Es consciente de que tengo cuarenta y dos años? «Joven señora» no encaja ya exactamente.

Ella le dio una palmadita en la mejilla. La señorita Grimes consideraba que toda mujer soltera era una niña… lo cual era terriblemente injusto, considerando que ella no se había casado nunca. Lena se abstuvo de hablarle de Sam: la mayor parte de su familia en la ciudad no sabía nada de ella.

—Muy bien —dijo Lena, volviéndose y avanzando hacia la sala de espera—. Vamos a las fauces de la bestia.

Limmi, jefa de personal de la planta baja, esperaba junto a la puerta. Alzó la mano mientras Lena se acercaba, como para hablar, pero ella le deslizó la invitación a la boda en la mano.

—Que redacten una respuesta afirmativa a esto, por favor, Limmi —dijo—. Indica que cenaré con la señorita Harms y su padre, pero retén la carta hasta que acabe con la reunión. Ya te haré saber si la envío o no.

—Sí, mi señora, pero…

—No pasa nada —dijo ella, abriendo la puerta—. No debo hacer espe…

Lord Harms y su hija no estaban en la sala. En cambio, Lena encontró a una joven larguirucha de rostro redondo y mentón afilado. Tenía unos treinta años de edad. Llevaba un sombrero de ala ancha al estilo de los Áridos, los lados curvados levemente hacia arriba, y llevaba un sobretodo de cuero. Jugaba con uno de los relojes del tamaño de una mano que había en la repisa.

—Hola, Lena —dijo el hombre alegremente. Alzó el reloj—. ¿Puedo cambiarte por esto?

Lena cerró rápidamente la puerta tras él.

—¿Sara? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Mirando tus cosas, socia —respondió Sara. Alzó el reloj, apreciándolo—. ¿Qué vale, tres o cuatro barras? Tengo una botella de buen whisky que podría valer lo mismo.

—¡Tienes que marcharte de aquí! —dijo Lena—. Se supone que debes estar en Erosión. ¿Quién vigila el lugar?

—Barl.

—¡Barl! Es un bellaco.

—Yo también.

—Sí, pero tú eres la bellaca que yo elegí para hacer el trabajo. Al menos podrías haber enviado a Jimmy.

—¿Jimmy? —dijo Sara—. Socia, Jimmy es un ser humano horrible. Prefiere dispararle a alguien antes de molestarse en averiguar si el tipo es culpable o no.

—Jimmy mantiene limpia su ciudad —dijo Lena—. Y me ha salvado la vida un par de veces. Y además no tiene nada que ver. Te dije que vigilaras Erosión.

Sara se llevó la mano al sombrero.

—Cierto, Lena, pero ya no eres vigilante de la ley. Y yo tengo cosas importantes que hacer. —Miró el reloj, luego se lo guardó en el bolsillo y dejó en su lugar una botellita de whisky en la repisa—. Ahora, señora, tengo que hacerle unas cuantas preguntas.

Sacó una libretita y un lápiz del interior de su sobretodo.

—¿Dónde estuvo la noche pasada a eso de medianoche?

—¿Qué signifi…?

Las campanillas de la puerta volvieron a interrumpir a Lena.

—¡Herrumbre y Ruina! Es gente de clase alta, Sara. He pasado meses convenciéndolos de que no soy una rufiana. Necesito que te largues de aquí.

Lena dio un paso adelante, intentando conducir a su amiga hacia la salida del fondo.

—Vaya, esa es una conducta sospechosa, ¿no? —dijo Sara, anotando algo en su libreta—. Esquivando preguntas, actuando ansiosa. ¿Qué oculta, señora?

—Sara —dijo Lena, agarrando a la otra mujer por el brazo—. Una parte de mí aprecia que hayas venido hasta aquí a sacarme de quicio, y me alegro de verte. Pero este no es el momento.

Sara hizo una mueca.

—Das por hecho que estoy aquí por ti. ¿No te parece un poco arrogante?

—¿Para qué si no estarías aquí?

—Envío de alimentos —dijo Sara—. Un tren salió de Elendel hace tres días y llegó a los Áridos del norte con todo el contenido de un vagón vacío. He oído que recientemente has perdido dos cargamentos propios por obra de esos «desvanecedores». He venido a interrogarte. Bastante sospechoso, como decía.

—Sospechoso… Sara, he perdido dos envíos. ¡Es a mí a quien han robado! ¿Por qué me convierte eso en sospechosa?

—¿Cómo voy a saber yo cómo funciona tu retorcida mente de genio criminal, socia?

Sonaron pasos ante la puerta. Lena miró la puerta, luego a Sara.

—Ahora mismo, mi mente de genio criminal se pregunta si puedo esconder tu cadáver en algún sitio donde no llame demasiado la atención.

Sara sonrió, dando un paso atrás.

La puerta se abrió.

Lena se dio media vuelta para ver a Limmi abrir mansamente la puerta. En el umbral esperaba un hombre corpulento con un traje muy elegante, empuñando un bastón de madera. Tenía unos bigotes que caían hasta su grueso cuello, y su chaleco estaba adornado por un pañuelo rojo oscuro.

—¡… digo que no importa a quién esté atendiendo! —decía lord Harms—. ¡Querrá hablar conmigo! Teníamos una cita y…

Lord Harms se detuvo, advirtiendo que la puerta estaba abierta.

—¡Ah!

Y entró en la sala.

Lo siguió una mujer de aspecto severo y cabello dorado sujeto en un tenso moño (su hija, Kara), y una mujer más joven a quien Lena no reconoció.

—Lady Ladrian —dijo Harms—. Considero muy impropio hacerme esperar. ¿Y a quién recibe en vez de a mí?

Lena suspiró.

—Es mi vieja…

—¡Tía! —dijo Sara, dando un paso adelante y alterando la voz para parecer brusca y perder todo su acento rural—. Soy su tía Maksil. Me presenté de forma inesperada esta mañana, mi querido señor.

Lena alzó una ceja mientras Sara avanzaba. Se había quitado el sombrero y el sobretodo, y se había puesto una falda y algunas canas. Encogía el rostro para mostrar unas cuantas arrugas extra alrededor de los ojos. Era un buen disfraz que le hacía parecer quizás unos cuantos años mayor que Lena, en vez de diez años más joven.

Lena miró por encima del hombro. El sobretodo estaba doblado en el suelo junto a uno de los sillones, el sombrero encima, un par de bastones de duelo cruzados sobre la pila. Lena ni siquiera había advertido el cambio: naturalmente, Sara lo había hecho mientras estaba dentro de una burbuja de velocidad. Sara era una deslizadora, una alomántica de bendaleo, capaz de crear una burbuja de tiempo comprimido a su alrededor. A menudo empleaba ese poder para cambiar de disfraz. También era nacidoble, como Lena, aunque su habilidad feruquimista (sanar rápidamente de las heridas) no era muy útil si no se dedicaba a combatir. Con todo, los dos poderes formaban una poderosa combinación.

—¿Tía, dice? —preguntó lord Harms, estrechando la mano de Sara.

—¡Por parte de madre! —dijo Sara—. No por parte Ladrian, naturalmente. De lo contrario, estaría dirigiendo este lugar, ¿no?

No hablaba como era costumbre en ella, pero esa era la especialidad de Sara. Decía que las tres cuartas partes de un disfraz estaban en el acento y la voz.

—Llevo mucho tiempo queriendo venir a ver cómo está la chavala. Ha tenido un pasado algo revuelto, ya sabe. Necesita una mano firme para asegurar que no vuelva a esas desagradables costumbres.

—¡A menudo he pensado lo mismo! —dijo lord Harms—. Supongo que tenemos permiso para sentarnos, ¿no, lady Ladrian?

—Sí, por supuesto —respondió Lena, dirigiendo con disimulo una mirada de reproche a Sara. «¿De verdad? —decía esa mirada—. ¿Estamos haciendo esto?».

Sara tan solo se encogió de hombros. Luego se volvió y tomó la mano de Kara e inclinó amablemente la cabeza.

—¿Y quién es esta encantadora criatura?

—Mi hija, Kara —Harms se sentó—. ¿Lady Ladrian? ¿No había avisado a su tía de nuestra llegada?

—Me sorprendió tanto su llegada que no he tenido oportunidad —dijo Lena. Tomó la mano de Kara e inclinó también la cabeza ante ella.

La muchacha la miró de arriba abajo con expresión crítica, y luego sus ojos se volvieron hacia el sobretodo y el sombrero del rincón. Su expresión se agrió. Sin duda había asumido que eran suyos.

—Esta es mi prima Alex —dijo Kara, indicando a la mujer que tenía detrás. Alex era morena y de ojos grandes, con brillantes labios rojos. Agachó recatadamente la cabeza en cuanto Lena se volvió hacia ella—. Ha pasado casi toda su vida en los Estados Exteriores y es bastante tímida, así que por favor no la inquiete.

—Ni lo soñaría —dijo Lena. Esperó hasta que las mujeres estuvieron sentadas junto a lord Harms y luego tomó asiento en el sofá más pequeño frente a ellos, de cara a la puerta. Había otra salida de la sala, pero había descubierto que había un tablón flojo en el suelo, lo cual era ideal. De esta forma, nadie podía entrar sorprendiéndola. Vigilante o lady, no le apetecía que le pegaran un tiro por la espalda.

Sara se sentó en una silla a la derecha de Lena. Todos se miraron unos a otros durante un largo instante. Sara bostezó.

—Bueno —dijo Lena—. Tal vez debería empezar preguntando por su salud.

—Tal vez —respondió Kara.

—Esto… sí. ¿Cómo está de salud?

—Bien.

—Igual que Lena —añadió Sara.

Todos se volvieron hacia ella.

—Ya saben, está aquí y no en cama. Ejem. ¿Eso es caoba?

—¿Esto? —dijo lord Harms, alzando su bastón—. En efecto. Es herencia familiar.

—Mi señora Lena —intervino Kara con voz cortante. No parecía gustarle hablar de nimiedades—. Quizá podamos saltarnos las palabras huecas. Todos sabemos la naturaleza de esta reunión.

—¿Ah, sí? —preguntó Sara.

—Sí —dijo Kara, la voz fría—. Lady Lena. Tiene usted una desafortunada reputación. Su tía, con el Héroe descanse, manchó el apellido Ladrian con su reclusión social, sus ocasionales incursiones intrépidas en la política y su aventurerismo descarado. Usted viene de los Áridos, lo que no hace sino aumentar la pobre reputación de la casa, sobre todo considerando sus insultantes acciones a diversas casas durante sus primeras semanas en la ciudad. Por encima de todo, su casa está casi arruinada.

»Nosotros, sin embargo, nos encontramos con circunstancias desesperadas propias. Nuestro estatus financiero es excelente, pero nuestro apellido es desconocido en la alta sociedad. Mi padre no tiene ningún heredero varón al que conferirle el apellido familiar, así que una unión entre nuestras casas tiene todo el sentido.

—Cuánta lógica por su parte, querida —dijo Sara, el acento de clase alta surgiendo de sus labios como si hubiera nacido con ella.

—Naturalmente —dijo ella, todavía mirando a Lena. Buscó en su bolso—. Sus cartas y conversaciones con mi padre han sido suficientes para persuadirnos de sus serias intenciones, y durante estos últimos meses en la ciudad su comportamiento público ha demostrado ser más prometedoramente sobrio que su grosería inicial. Así que me he tomado la libertad de redactar un acuerdo que creo que complace a nuestras necesidades.

—¿Un… acuerdo? —preguntó Lena.

—Oh, estoy ansiosa por oírlo —añadió Sara. Se metió ausente la mano en el bolsillo y sacó algo que Lena no pudo distinguir.

El «acuerdo» resultó ser un gran documento, al menos de veinte páginas de largo. Kara le tendió una copia a Lena y otra a su padre, y se quedó con otra para sí.

Lord Harms tosió en su mano.

—Sugerí que anotara sus pensamientos —dijo—. Y… bueno, mi hija es una mujer muy concienzuda.

—Ya lo veo —contestó Lena.

—Te sugiero que nunca le pidas que te pase la leche —añadió Sara entre dientes, para que solo Lena pudiera oírlo—. Ya que parece probable que te lanzara una vaca, solo para asegurarse de que hace el trabajo a conciencia.

—El documento consta de varias partes —dijo Kara—. La primera es un esbozo de nuestra fase de cortejo, donde hacemos claros progresos, aunque no demasiado acelerados, hacia el compromiso. Nos tomamos el tiempo suficiente para que la sociedad empiece a asociarnos como pareja. El compromiso no debe ser demasiado rápido para que no parezca un escándalo, pero no puede ser tampoco demasiado lento. Ocho meses, según mis cálculos, cumplirían nuestros propósitos.

—Comprendo —dijo Lena, repasando las hojas. Tillaume entró, trayendo una bandeja con té y pasteles, y la depositó en una mesita junto a Sara.

Lena sacudió la cabeza, cerrando el contrato.

—¿No le parece un poco… encorsetado?

—¿Encorsetado?

—Quiero decir… ¿no tendría que haber espacio para el romance?

—Lo hay —dijo Kara—. Página trece. Tras el matrimonio, no habrá más de tres encuentros conyugales por semana y no menos de uno hasta que se proporcione un heredera adecuado (gracias a la feruquimia). Después de eso, se aplica el mismo número a un lapso de dos semanas.

—Ah, claro —dijo Lena—. Página trece.

Miró a Sara. ¿Era una bala lo que se había sacado del bolsillo? Sara jugueteaba con ella entre sus dedos.

—Si no es suficiente para satisfacer sus necesidades —añadió Kara—, la siguiente página detalla los adecuados protocolos de amantes.

—Espere —dijo Lena, apartando la mirada de Sara—. ¿Su documento permite amantes?

—Naturalmente. Son un simple hecho de la vida, y por eso es mejor tenerlas en cuenta que ignorarlas. En el documento encontrará usted los requerimientos para su potencial amante junto con los medios por los cuales se mantendrá la discreción.

—Comprendo —dijo Lena.

—Naturalmente —continuó Kara—, yo seguiré las mismas indicaciones.

—¿Planea usted echarse un amante, mi señora? —preguntó Sara, alzando la cabeza.

—Deberían permitírseme mis propios escarceos —contestó ella—. Normalmente el objeto de elección es el cochero. Me abstendré hasta que se produzcan herederos, naturalmente. No debe de haber ninguna confusión respecto al linaje.

—Naturalmente —dijo Lena.

—Está en el contrato —dijo ella—. Página quince.

—No dudo de que lo esté.

Lord Harms tosió de nuevo en su mano. Alex, la prima de Kara, mantuvo una expresión neutra, aunque se había estado mirando los pies durante la conversación. ¿Por qué la habían traído?

—Hija —dijo lord Harms—, quizá deberíamos dirigir la conversación a temas menos personales durante un momento.

—Muy bien —dijo Kara con sequedad—. Hay unas cuantas cosas que quería saber de usted. ¿Es una mujer religiosa, lady Ladrian?

—Sigo el Camino —respondió Lena.

—Hum —dijo ella, dando un golpecito con los dedos en el contrato—. Bueno, es una opción segura, aunque algo aburrida. Yo, por ejemplo, nunca he comprendido por qué la gente sigue una religión cuyo dios prohíbe específicamente adorarlo.

—Es complicado.

—Eso dicen los caminantes. Con el mismo tono con el que intentan explicar lo simple que es su religión.

—Eso también es complicado —dijo Lena—. Una forma simple de complicación. ¿Es usted supervivencialista, supongo?

—Lo soy.

«Maravilloso», pensó Lena. Bueno, los supervivencialistas no eran demasiado malos. Algunos, al menos. Se levantó. Sara seguía jugueteando con aquella bala.

—¿Le apetece a alguien un poco de té?

—No —dijo Kara, agitando la mano, mientras revisaba su documento.

—Sí, por favor —contestó Alex en voz baja.

Lena cruzó la habitación para dirigirse a la mesita.

—Esas estanterías son muy bonitas —dijo Sara—. Ojalá tuviera estanterías como esas. Vaya, vaya, vaya. Y… listo.

Lena se dio media vuelta. Los tres invitados se habían vuelto a mirar las estanterías, y al hacerlo, Sara había empezado a quemar bendaleo y lanzó una burbuja de velocidad. La burbuja tenía un metro y medio de diámetro, e incluía solo a Sara y Lena, y una vez emplazada, Sara no podía moverla. Años de familiaridad permitieron a Lena discernir el límite de la burbuja, que estaba marcada por una leve ondulación del aire. Para los que estaban dentro de la burbuja, el tiempo fluía mucho más rápidamente que para los de fuera.

—¿Bien? —preguntó Lena.

—Oh, creo que la calladita es bastante mona —dijo Sara, recuperando su acento—. Pero la alta está loca. Herrumbre en mis manos, sí que lo está.

Lena se sirvió un poco de té. Harms y las dos mujeres parecían petrificados allí sentados en el sofá, casi como estatuas. Sara estaba avivando su metal, usando tanta fuerza como podía para crear unos cuantos momentos privados. Estas burbujas podían ser muy útiles, aunque no del modo que esperaba la mayoría de la gente. No podías salir de ellas; bueno, sí podías, pero algo en la barrera interfería con los objetos que la atravesaban. Si le disparabas a una burbuja de velocidad, la bala se frenaba en cuanto alcanzaba el tiempo ordinario y se movía erráticamente hasta desviarse de su curso. Eso hacía casi imposible disparar dentro de una.

—Es una buena pareja —dijo Lena—. Es una situación ideal para ambas.

—Mira, socia. Solo porque Sam…

—Esto no tiene nada que ver con Sam.

—Eh, eh… —Sara alzó una mano—. No hace falta cabrearse.

—No estoy… —Lena inspiró profundamente, luego continuó con más calma—. No estoy cabreada. Pero no tiene nada que ver con Sam. Tiene que ver con mis deberes.

«Maldita seas, Sara. Ya casi había conseguido dejar de pensar en ella». ¿Qué diría Sam, si viera lo que estaba haciendo? Se reiría, probablemente. Se reiría de lo ridículo que era, se reiría de su incomodidad. No era de las celosas, quizá porque nunca había tenido ningún motivo para serlo. Con una mujer como ella, ¿por qué querría Lena mirar a ninguna otra?

Nadie estaría nunca a su altura, pero por desgracia eso no importaba. El contrato de Kara parecía bueno en ese aspecto. Le ayudaría a dividirse. Tal vez le ayudaría un poco con el dolor.

—Este es mi deber ahora —repitió Lena.

—Tus deberes solían tener que ver con salvar a la gente, no con casarte con ellas.

Lena se agachó junto a la silla.

—Sara. No puedo volver a ser lo que fui. Que irrumpas aquí y empieces a medrar en mi vida no va a cambiar eso. Ahora soy una persona diferente.

—Si ibas a convertirte en una persona diferente, ¿no podrías haber elegido a una sin esa cara tan fea?

—Sara, esto es serio.

Sara alzó la mano, haciendo girar el cartucho entre sus dedos y ofreciéndoselo.

—Y esto también.

—¿Qué es eso?

—Una bala. Se utiliza para dispararle a la gente. Es de esperar que a los malos… o al menos a los que te deben una barra o dos.

—Sara…

—Se están volviendo.

Sara dejó el cartucho sobre la bandeja.

—Pero…

—Hora de toser. Tres. Dos. Uno.

Lena maldijo entre dientes, pero se guardó la bala y dio un paso atrás. Empezó a toser con fuerza mientras la burbuja de velocidad se colapsaba, restaurando el tiempo normal. Para los tres visitantes solo habían pasado segundos, y para sus oídos la conversación entre Lena y Sara aceleraría hasta el punto en que la mayor parte sería inaudible. La tos cubriría todo lo demás. Ninguno de los tres visitantes parecía haber advertido nada extraño. Lena sirvió el té (hoy era de un profundo color cereza, probablemente afrutado), y le llevó una taza a Alex. Ella la aceptó, y Lena se sentó, sosteniendo su propia taza en una mano. Sacó la bala con la otra. Tanto el casquillo como la camisa de calibre medio asemejaban acero, pero parecía demasiado liviana. Frunció el ceño, sopesándola.

Sangre en su cara. Sangre en la pared de ladrillo.

Se estremeció, combatiendo aquellos recuerdos. «Maldita seas, Sara», volvió a pensar.

—El té está delicioso —dijo Alex con voz suave—. Gracias.

—No hay de qué —respondió Lena, obligándose a regresar a la conversación—. Lady Kara, consideraré este contrato. Gracias por redactarlo. Pero la verdad es que esperaba que este encuentro me permitiera saber más cosas sobre usted.

—He estado trabajando en una autobiografía —dijo ella—. Tal vez le envíe un capítulo o dos por correo.

—Eso es… muy poco convencional por su parte —dijo Lena—. Aunque sería de agradecer. Pero, por favor, hábleme de usted. ¿Qué cosas le interesan?

—Normalmente, me gustan las obras —sonrió—. En el Coolerim.

—¿Me estoy perdiendo algo? —preguntó Lena.

—El teatro Coolerim —dijo Sara, inclinándose hacia delante—. Hace dos noches robaron en mitad de la representación.

—¿No se ha enterado? —preguntó lord Harms—. Apareció en todos los periódicos.

—¿Alguien resultó herido?

—No en el acto en sí —dijo lord Harms—, pero tomaron un rehén mientras huían.

—Una cosa tan horrible —dijo Kara—. Nadie ha tenido noticias de Armal todavía.

—¿La conocía usted? —preguntó Sara, perdiendo levemente el acento al mostrar interés.

—Mi prima.

—Igual que… —preguntó Lena, indicando a Alex.

Los tres la miraron con expresiones confusas durante un instante, pero entonces lord Harms intervino.

—Ah, no. Otra rama de la familia.

—Interesante —dijo Lena, reclinándose en su asiento, el té olvidado en su mano—. Y ambicioso. ¿Robar un teatro entero? ¿Cuántos ladrones había?

—Docenas —respondió Alex—. Tal vez hasta treinta, según dicen los informes.

—Toda una banda. Eso significa otros ocho más solo para ayudarlos en la huida. Y vehículos para escapar. Impresionante.

—Son los desvanecedores —dijo Alex—. Los que roban también en los trenes.

—Eso no se ha demostrado —replicó Sara, señalándola.

—No. Pero uno de los testigos de un robo de trenes describió a varios hombres que estaban en el robo del teatro.

—Espere —dijo Lena—. ¿Hubo testigos en uno de los robos de trenes? Creía que fue en secreto. ¿No dijeron algo de un tren fantasma que apareció en las vías?

—Sí —dijo Sara—. Los conductores del tren se detienen a investigar y, probablemente, los domina el pánico. Pero el tren fantasma desaparece antes de que puedan investigarlo. Siguen su camino, pero cuando llegan al final de la línea, uno de los vagones de su tren está vacío. Cerrado todavía, sin signos de entrada forzada. Pero la mercancía ha desaparecido.

—Así que nadie ve a los culpables —dijo Lena.

—Los recientes han sido distintos —dijo Alex, animándose—. Han empezado a robar también vagones de pasajeros. Cuando el tren se detiene por el fantasma de las vías, unos hombres irrumpen en los vagones y empiezan a recopilar joyas y carteras a sus ocupantes. Toman a una mujer como rehén, amenazando con matarla si alguien los sigue, y se van. También roban el vagón de carga.

—Curioso —dijo Lena.

—Sí —coincidió Alex—. Creo…

—Querida —cortó lord Harms—. Estás molestando a lady Ladrian.

Alex se ruborizó, y bajó la mirada.

—No es ninguna molestia —dijo Lena, acariciando la taza de té con el dedo—. Es…

—¿Eso que tiene en los dedos es una bala? —preguntó Kara, señalando.

Lena bajó la mirada y advirtió que estaba haciendo rodar el cartucho entre su índice y su pulgar. Cerró el puño antes de que pudieran regresar los recuerdos.

—No es nada.

Le dirigió una mirada a Sara.

La otra mujer silabeó algo: «Empújala».

—¿Está segura de que su pasado tan poco convencional ha quedado atrás, lady Ladrian? —preguntó Kara.

—Oh, está segura —dijo Sara, sonriendo—. No tiene que preocuparse de que sea poco convencional. ¡Pero si es aburridísima! Increíble, cómica, absurdamente aburrida. Podría encontrar más diversión en una mendiga que espere en la cola en un comedor social el día que dan carne de rata. Si…

—Gracias, tía —dijo Lena secamente—. Sí, Kara, mi pasado es solo eso. Pasado. Estoy comprometido con mis deberes como jefa de la Casa Ladrian.

—Muy bien —dijo ella—. Necesitaremos una entrada formal a la alta sociedad como pareja. Un acontecimiento público de algún tipo.

—¿Qué tal los esponsales Yomen-Ostlin? —dijo Lena, ausente. «Empújala»—. He recibido una invitación esta misma mañana.

—Una idea excelente —dijo lord Harms—. Nosotros también estamos invitados.

«Empújala». Lena metió la mano en su manga izquierda y con disimulo cogió un trocito de recorte de acero de la bolsa que guardaba allí. Lo dejó caer en su té y tomó un sorbo. Eso no le dio muchas reservas, pero fue suficiente. Quemó acero, y las líneas familiares de azul brotaron a su alrededor.

Apuntaban a todas las fuentes de metal.

Excepto al que tenía en los dedos.

«Aluminio —advirtió—. No me extraña que sea tan liviano».

El aluminio y unas cuantas de sus aleaciones eran alománticamente inertes: no se podía tirar ni empujar de ellos. También era muy caro. Costaba aún más que el oro o el platino. La bala estaba diseñada para matar a lanzamonedas y atraedores, hombres como la propia Lena. Eso le provocó un escalofrío, aunque asió la bala con más fuerza. Hubo días en que habría dado su mejor arma por unas cuantas balas de aluminio, aunque no conocía ninguna aleación que produjera una bala con buenas propiedades.

«¿Dónde? —le silabeó a Sara—. ¿Dónde la has encontrado?».

Sara tan solo asintió a los invitados, que estaban mirando a Lena.

—¿Se encuentra bien, lady Ladrian? —preguntó Kara—. Conozco a un buen consejero de cinc si necesita ayuda emocional.

—Er… no. Gracias. Me encuentro bien, y creo que esta reunión ha sido muy productiva. ¿No está de acuerdo?

—Depende —dijo ella, levantándose, interpretando al parecer sus palabras como una invitación para terminar la conversación—. La fiesta de la boda es por la mañana, creo. ¿Puedo contar con haber recibido el contrato para entonces?

—Puede —contestó Lena, levantándose también.

—Creo que esta reunión ha sido maravillosa —dijo Sara mientras se incorporaba—. ¡Es usted lo que necesita mi sobrina, lady Kara! Una mano firme. No esa chusma a la que está acostumbrada.

—¡Estoy de acuerdo! —dijo lord Harms—. Lady Ladrian, quizá su tía pueda asistir a la cena…

—No —dijo Lena rápidamente antes de que Sara pudiera decir nada—. No, por desgracia, tiene que regresar a sus propiedades. Me lo estaba diciendo antes. Tiene un parto muy importante al que asistir.

—Oh, entonces bien —dijo lord Harms, ayudando a Alex a ponerse en pie—. Le enviaremos una nota de confirmación en cuanto hayamos aceptado la invitación de Yomen.

—Y yo haré lo mismo —dijo Lena, escoltándolos hasta la puerta—. Hasta entonces, adiós.

Tillaume les hizo una reverencia y los acompañó hasta la salida. A Lena su marcha le pareció apresurada, pero sintió alivio al verlos partir. Considerando la súbita intrusión de Sara, las cosas habían salido bastante bien. Nadie había terminado intentando pegarle un tiro.

—Bonito grupo —dijo Sara—. Ahora comprendo lo que estás haciendo. Con una esposa y parientes políticos como estos, te sentirás aquí como en casa… ¡Igual que la cárcel y sus ocupantes allá en Erosión!

—Muy bien —dijo Lena entre dientes, saludando una vez más a la familia Harms mientras salían por las puertas de la mansión—. ¿De dónde has sacado la bala?

—Se cayó en el robo del teatro. Se la cambié a los alguaciles esta mañana.

Lena cerró los ojos. Sara tenía una interpretación muy amplia de lo que significaba «cambiar».

—Oh, no te pongas así —dijo Sara—. Les dejé un bonito adoquín a cambio. Creo que Kara y su padre están convencidos de que estás chiflada, por cierto —sonrió.

—Eso no es nada nuevo. Mi asociación contigo lleva años convenciendo de eso mismo a la gente.

—¡Ja! Y yo que pensaba que habías perdido el sentido del humor. —Sara volvió a entrar en la habitación. Se sacó un lápiz del bolsillo al pasar junto a una mesa, y lo cambió por una de las plumas de Lena.

—Mi humor no se ha perdido, Sara, solo está crispado. Lo que te dije es verdad, y esta bala no cambia nada.

—Tal vez no —dijo Sara, recuperando el sombrero, el sobretodo y los bastones de duelo—. Pero yo voy a ver qué puedo buscar.

—No es tu trabajo.

—Tampoco era tu trabajo empezar a perseguir criminales en los Áridos. Eso no cambia lo que hay que hacer, socia.

Sara se acercó a Lena y le tendió el sombrero. Cuando Lena lo aceptó, Sara se puso el sobretodo.

—Sara…

—Están secuestrando gente, Lena —dijo, recuperando su sombrero y poniéndoselo—. Cuatro rehenes hasta ahora. Ninguno ha regresado. Robar propiedades es una cosa. Robar comida en los Áridos es otra. Secuestrar gente…, bueno, aquí está pasando algo. Voy a descubrir qué es. Contigo o

sin ti.

—Sin mí.

—Bien. —Sara vaciló—. Pero necesito algo, Lena. Un lugar donde buscar. Tú siempre te encargabas de pensar.

—Sí, sorprendentemente, tener cerebro ayuda mucho.

Sara la miró entornando los ojos. Entonces alzó las cejas, suplicante.

—Muy bien —dijo Lena, suspirando y cogiendo su taza de té—. ¿Cuántos robos van?

—Ocho. Siete trenes y, el más reciente, el teatro.

—¿Cuatro rehenes?

—Sí. En los tres últimos robos, en los trenes y en el teatro. Las cuatro rehenes son mujeres.

—Más fáciles de reducir —dijo Lena, absorta, acariciando su taza—. Y así los hombres se preocuparán de que no las maten si les dan caza.

—¿Necesitas saber qué robaron? —dijo Sara, buscando en el bolsillo de su sobretodo—. Le cambié una lista a uno de los alguaciles…

—No importa. —Lena tomó un sorbo de su copa—. O, al menos, la mayor parte no importará. No tiene nada que ver con los robos.

—¿No…?

—No. Un grupo grande…, demasiado bien pertrechado. —Sacó la bala y la examinó—. Si realmente quisieran dinero, robarían transportes de oro o bancos. Los robos son probablemente una distracción. Si quieres los caballos de un hombre, a veces lo mejor es soltarle los cerdos. Mientras los persigue, te escapas.

»Apostaría a que esos desvanecedores van detrás de otra cosa, algo improbable. Tal vez un artículo que es fácil de pasar por alto en todo lo que se han llevado. O tal vez sea cosa de extorsión, y planean pedir dinero de protección a la gente de la ciudad. Mira a ver si han contactado con alguien

al respecto. Conmigo no lo han hecho, por cierto.

»Si eso no va a ninguna parte, estudia a las rehenes. Una de ellas podría llevar algo que era el objetivo real del robo. No me sorprendería que esto resultara ser un chantaje clandestino.

—Pero robaron unos cuantos trenes antes de tomar rehenes.

—Sí —dijo Lena—. Y se salieron con la suya. No había ningún motivo para exponerse robando a pasajeros si podían marcharse con el cargamento sin ser vistos ni detenidos. Van por otra cosa, Sara. Confía en mí.

—Muy bien. —La larguirucha Sara se frotó la cara y se quitó por fin la falda—. Pero dime: ¿No quieres saberlo siquiera? ¿No te reconcome?

—No.

Eso no era completamente cierto.

Sara bufó.

—Te creería si pudieras decirlo sin que te temblara el ojo, socia. —Indicó la bala—. Y veo que no te has ofrecido a devolverla.

—Pues no. —Lena se la guardó.

—Y sigues llevando tus mentes de metal —dijo Sara, señalando los brazaletes ocultos bajo las mangas de Lena—. Por no mencionar que sigues teniendo acero dentro de las mangas. Y también he visto un catálogo de armas en la mesa.

—Una mujer puede tener sus aficiones.

—Si tú lo dices… —replicó Sara, y entonces dio un paso adelante y le dio un golpecito a Lena en el pecho—. Pero ¿sabes qué creo? Creo que estás buscando excusas para no hacerlo. Esto es lo que eres. Y ninguna mansión, ningún matrimonio y ningún título va a cambiar eso.

Sara se llevó la mano al sombrero.

—Estás hecha para ayudar a la gente, socia. Es lo que haces.

Con esas palabras, Sara se marchó. Su sobretodo rozó el marco de la puerta mientras salía.