4
—Por los brazos de Armonía —murmuró Lena mientras entraba en el gran salón de baile—. ¿Esto es lo que se considera hoy un banquete de bodas modesto? Aquí hay más gente que en poblaciones enteras de los Áridos.
Lena había visitado la mansión Yomen una vez en su juventud, pero en esa ocasión el gran salón estaba vacío. Ahora estaba lleno. Filas y filas de mesas se alineaban en el suelo de madera de la cavernosa sala; tenía que haber más de un centenar. Damas, lores, cargos electos, y la elite adinerada se movía y charlaba en bajos murmullos, todos vestidos con sus mejores galas. Joyas chispeantes. Trajes negros con pañuelos de colores. Mujeres con vestidos a la última moda; colores intensos, faldas que llegaban al suelo, gruesas capas externas con montones de pliegues y encajes. La mayoría de las mujeres llevaban chalecos ajustados en la parte superior, y los escotes eran ahora mucho más bajos de lo que recordaba en su infancia. Tal vez simplemente se fijaba más.
—¿Qué decía, Lena? —preguntó Kara, volviéndose a un lado y dejándola que le ayudara a quitarse la chaquetilla. Llevaba un bonito vestido rojo que parecía calculadamente diseñado para estar completamente a la moda sin ser demasiado atrevido.
—Simplemente hacía un comentario sobre el tamaño de esta reunión, querida —dijo Lena, doblando la chaquetilla y entregándosela, junto con su sombrero, a un criado que esperaba—. He acudido a bastantes saraos desde mi regreso a la ciudad, y ninguno era tan enorme. Prácticamente parece que han invitado a media ciudad.
—Bueno, esto es algo especial —dijo ella—. Una boda entre dos casas muy bien conectadas. No querrían dejar a nadie fuera. Excepto, naturalmente, a aquellos que hayan dejado fuera a propósito.
Kara tendió el brazo para que ella lo tomara. Lena había recibido una detallada explicación durante el trayecto en carruaje sobre cómo debía sostenerlo exactamente. Su brazo encima del de ella, tomando su mano levemente, los dedos entrelazados bajo su palma. Parecía horriblemente antinatural, pero ella insistió en que comunicaría el significado exacto que pretendían. De hecho, cuando entraron en el salón de baile, atrajeron bastantes miradas interesadas.
—Lo que está dando a entender —dijo Lena—, es que el propósito de este banquete de bodas no es quién está invitado, sino quién no.
—Exactamente —contestó ella—. Y, para cumplir ese propósito, todos los demás deben estar invitados. Los Yomen son poderosos, aunque crean en el lasquismo. Horrible religión. Imagine, adorar al mismísimo Ojos de Hierro. De todas formas, nadie ignorará una invitación a esta celebración. Y, por eso, los ignorados no solo se encontrarán sin una fiesta a la que asistir, sino que serán incapaces de organizar sus propias diversiones, ya que cualquiera que pudieran haber querido invitar estará aquí. Eso los obliga o bien a asociarse con otros que tampoco han sido invitados (reforzando por tanto su estatus de parias) o a quedarse sentados en casa, pensando en cómo han sido insultados.
—En mi experiencia —dijo Lena—, ese tipo de infelices reflexiones conducen a una altísima probabilidad de que te peguen un tiro.
Ella sonrió, saludando con elaborado aprecio a alguien al pasar.
—Esto no es los Áridos, Lena. Es la Ciudad. Aquí no hacemos esas cosas.
—No, ya veo. Pegarle un tiro a la gente sería demasiado caritativo para los habitantes de la Ciudad.
—Aún no ha visto lo peor —señaló ella, saludando a alguien más—. ¿Ve a esa persona que se ha dado la vuelta? ¿El hombre grueso de pelo largo?
—Sí.
—Lord Shewrman. Un invitado célebremente horrible. Es aburridísimo cuando no está borracho y un completo bufón cuando lo está… que he de añadir es la mayor parte del tiempo. Probablemente es la persona más desagradable en toda la alta sociedad. La mayoría de los presentes preferiría pasarse una hora amputándose uno de sus propios dedos que pasarse unos instantes charlando con él.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
—Por el factor insulto, Lena. Los que fueron ignorados se sentirán aún más molestos al saber que Shewrman estuvo aquí. Pero incluyendo unas cuantas malas aleaciones como él (hombres y mujeres que son completamente indeseables, pero no se dan cuenta), la Casa Yomen está diciendo en esencia: «Incluso preferimos pasar el tiempo con esta gente que con ustedes». Muy efectivo. Muy desagradable.
Lena bufó.
—Si alguien intentara algo así de grosero en Erosión, acabaría colgado de los talones de una viga del techo. Si tiene suerte.
—Hum. Sí.
Un criado se acercó, indicándoles que los siguieran hasta una mesa.
—Comprenda —continuó Kara en voz más baja—, que ya no respondo a su actuación de «mujer de frontera ignorante».
—¿Actuación?
—Sí —dijo ella, distraída—. Es usted una mujer. La perspectiva del matrimonio hace que las mujeres y hombres se sientan incómodos, y se aferran a la libertad. Por tanto, ha empezado a entrar en regresión, lanzando comentarios salvajes para provocar una reacción en mí. Es su instinto de independencia: una exageración inconsciente que pretende socavar la boda.
—Asume usted que es una exageración, Kara —dijo Lena mientras se acercaban a la mesa—. Tal vez es lo que soy.
—Se es lo que se elige ser, Lena. En cuanto a la gente que hay aquí, y las decisiones tomadas por la Casa Yomen, yo no hice esas reglas. Tampoco las apruebo: muchas son inconvenientes. Pero es la sociedad en la que vivimos. Por tanto, hago de mí algo que pueda sobrevivir en este entorno.
Lena frunció el ceño mientras ella zafaba el brazo y besaba afectuosamente en las mejillas a unas cuantas mujeres de una mesa cercana; parecía que eran parientas lejanas. Lena se llevó las manos a la espalda y sonrió cortésmente a todos los que venían a saludarlas. Había hecho una buena exhibición de sí misma estos últimos meses mientras se relacionaba con la alta sociedad, y la gente la trataba de forma más amistosa que antes. Incluso apreciaba a algunos de los que se acercaron. Sin embargo, la naturaleza de lo que estaba haciendo con Kara seguía incomodándola, y le resultaba difícil disfrutar de la conversación. Además, tanta gente en un solo sitio seguía haciendo que le picara la espalda. Demasiada confusión, demasiado difícil controlar las salidas. Prefería las fiestas más pequeñas, o al menos las que se esparcían por gran número de salas.
Los novios llegaron, y la gente se levantó para aplaudir. Lord Joshin y lady Mi'chelle; Lena no los conocía, aunque se preguntó por qué hablaban con un hombre harapiento que parecía un mendigo, todo vestido de negro. Por fortuna no parecía que Kara pretendiera arrastrarla junto a aquellos que esperaban para felicitar a los recién desposados lo más pronto posible.
Pronto, sirvieron la comida a las primeras mesas. La cubertería de plata empezó a castañear. Kara mandó a un criado que preparara su mesa; Lena se pasó el tiempo inspeccionando la sala. Había dos balcones, uno a cada extremo de la sala rectangular. Parecía haber espacio para cenar allá arriba, aunque no habían preparado ninguna mesa. Hoy los utilizaban los músicos, un grupo de arpistas. Majestuosas lámparas colgaban del techo, seis enormes en el centro, dotadas de miles de chispeantes piezas de cristal. Doce más pequeñas colgaban a los lados. «Lámparas eléctricas —advirtió—. Antes de la conversión debió de ser horrible encender todas esas luces».
El coste total de una fiesta como esta aturdía sus sentidos. Podría haber alimentado Erosión durante un año con lo que se estaba gastando aquí en una sola noche. Su tía había vendido el salón de baile Ladrian unos cuantos años antes, pues era un edificio separado, en un barrio distinto del de la mansión. Eso hacía feliz a Lena: por lo que recordaba, era tan grande como este. Si todavía fuera suyo, la gente podría esperar que celebraran fiestas lujosas como esta.
—¿Bien? —preguntó Kara, tendiendo de nuevo su brazo mientras el criado regresaba para conducirlos hasta su mesa. Lena pudo ver a lord Harms y a Alex, la prima de Kara, sentados ya a la mesa.
—Estoy recordando por qué me marché de la Ciudad —dijo Lena sinceramente—. Aquí la vida es condenadamente dura.
—Muchos dirían lo mismo de los Áridos.
—Y pocos han vivido en ambos sitios. Hacerlo aquí es un tipo distinto de dureza, pero sigue siendo duro. ¿Alex vuelve a acompañarnos?
—Así es.
—¿Qué es lo que le pasa, Kara?
—Es de los Estados Exteriores y quería tener la posibilidad de asistir a la universidad aquí en la Ciudad. Mi padre se apiadó de ella, ya que sus padres no tenían medios para ello. Permite que viva con nosotros mientras duren sus estudios.
Una explicación válida, aunque pareció surgir de los labios de Kara demasiado rápidamente. ¿Era una excusa ensayada o Lena estaba asumiendo demasiado? Fuera como fuese, la discusión quedó interrumpida cuando lord Harms se levantó para saludar a su hija.
Lena estrechó la mano a lord Harms, tomó la de Alex y se inclinó, y luego se sentó. Kara empezó a hablar con su padre de la gente que había advertido que estaban presentes o que estaban ausentes, y Lena apoyó los codos sobre la mesa, escuchando a medias.
«Una sala difícil de defender —pensó, ausente—. Apostar francotiradores en esos balcones funcionaría, pero haría falta uno en cada uno, vigilando para asegurarse de que nadie elimina al otro». Alguien con un arma lo bastante potente (o los poderes alománticos adecuados) podría abatir a los francotiradores desde abajo. Las columnas bajo los balcones también serían un buen refugio.
Cuanta más cobertura hubiera, mejor sería la situación si estabas en inferioridad numérica. No es que una quisiera estar jamás en inferioridad numérica, pero rara vez había estado en una pelea donde no fuera así. Por eso buscaba cobertura. Al descubierto, un tiroteo se reducía a quién podía abatir a más hombres con sus armas. Pero cuando podías esconderte, la habilidad y la experiencia empezaban a compensar. Tal vez esta sala no sería un lugar demasiado malo para luchar después de todo. Se…
Vaciló. ¿Qué estaba haciendo? Había tomado su decisión. ¿Tenía que seguir tomándola cada pocos días?
—Alex —dijo, obligándose a iniciar una conversación—. Su prima me dice que ha iniciado estudios universitarios.
—Estoy en mi último año.
Ella esperó que continuara explicándose, pero no lo hizo.
—¿Y cómo le van los estudios?
—Bien —respondió ella, y bajó la mirada, sujetando la servilleta.
«Qué productivo», pensó ella con un suspiro. Por fortuna, parecía que se acercaba un delgado sirviente. El hombre empezó a servirles vino.
—La sopa vendrá enseguida —explicó con leve acento de Terris, las vocales abiertas y un leve tono nasal.
La voz hizo que Lena se quedara de piedra.
—La sopa de hoy —continuó el sirviente— es una deliciosa sopa de marisco, sazonada con una pizca de pimienta. Creo que les parecerá exquisita.
Miró a Lena, los ojos chispeando de diversión. Aunque llevaba una nariz postiza y peluca, desde luego eran los ojos de Sara.
Lena gruñó en voz baja.
—¿A mi señora no le gustan las gambas? —preguntó Sara con horror.
—La sopa es bastante buena —dijo lord Harms—. La he probado en una fiesta de Yomen antes.
—No es la sopa —contestó Lena—. Es que acabo de recordar que se me ha olvidado hacer algo.
«Como estrangular a alguien».
—Regresaré dentro de un momento con la sopa, milores —prometió Sara. Incluso tenía una falsa línea de pendientes de Terris en las orejas.
Naturalmente, Sara era en parte terrisana, como la propia Lena, como testificaban sus habilidades feruquimistas. Eso era raro en la población; aunque casi una quinta parte de los Originadores eran de Terris, no tenían tendencia a casarse con otras etnias.
—¿No parece familiar ese sirviente? —preguntó Alex, volviéndose para verlo marchar.
—Debe de habernos servido la última vez que estuvimos aquí —respondió lord Harms.
—Pero no estuve con vosotros la última…
—Lord Harms —intervino Lena—, ¿hay alguna noticia de su pariente? ¿La que fue secuestrada por los desvanecedores?
—No —dijo Harms, tomando un sorbo de vino—. Malditos sean esos ladrones. Estas cosas son absolutamente inaceptables. ¡Deberían confinar esa conducta a los Áridos!
—Sí —dijo Kara—, en cierto modo socava el respeto a la autoridad cuando ocurren cosas así. ¡Y el robo dentro de la ciudad! Terrible.
—¿Cómo fue? —preguntó de pronto Alex—. ¿Lady Ladrian? Me refiero a vivir donde no había ley.
Parecía verdaderamente curiosa, aunque su comentario se ganó una mirada de reproche por parte de lord Harms, quizá por sacar a colación el pasado de Lena.
—A veces fue difícil —admitió Lena—. Allí fuera, alguna gente cree que pueden coger lo que quieran. Les sorprendía que alguien se opusiera. Como si yo fuera una especie de aguafiestas, la única que no comprendía el juego que todos estaban practicando.
—¿Juego? —dijo lord Harms, frunciendo el ceño.
—Es una forma de hablar, lord Harms —dijo Lena—. Verá, todos parecían pensar que, si tenías habilidad o ibas bien armado, podías coger lo que quisieras. Yo era ambas cosas, y en vez de coger nada, los detenía. Les parecía sorprendente.
—Fue muy valiente por su parte —dijo Alex.
Lena se encogió de hombros.
—No fue valentía, de verdad. Son cosas que me vinieron encima.
—¿Incluso detener a los Fuegoseguro?
—Fueron un caso especial. Yo… —se detuvo—. ¿Cómo sabe eso?
—Las noticias de los Áridos vuelan —dijo Alex, ruborizándose—. La mayoría son escritas por alguien. Se pueden encontrar en la universidad o en la librería adecuada.
—Oh.
Incómoda, Lena cogió su copa y bebió un poco de vino. Mientras lo hacía, algo se le metió en la boca. Casi lo escupió sorprendida. Se contuvo. A duras penas.
«Sara, de verdad que voy a estrangularte». Se pasó el objeto a la mano, haciendo como que tosía.
—Bueno —dijo Kara—, es de esperar que los alguaciles se encarguen pronto de esos rufianes y podamos regresar a la paz y la ley.
—La verdad es que no creo que sea probable —dijo Alex.
—Niña —reprochó lord Harms con severidad—. Ya es suficiente.
—Me gustaría oír lo que tiene que decir, mi señor —dijo Lena—. Por el puro placer de la conversación.
—Bueno… está bien… supongo.
—Es simplemente una teoría que tengo —dijo Alex, ruborizándose—. Lady Ladrian, cuando era usted vigilante en Erosión, ¿qué población tenía la ciudad?
Ella acarició el objeto que tenía en la mano. El casquillo usado de una bala, envuelto en un pegote de cera.
—Bueno, empezó a crecer rápidamente en los últimos años. Pero durante la mayor parte del tiempo, yo diría que unos mil quinientos habitantes.
—¿Y los alrededores? —preguntó ella—. ¿Todos los lugares por los que patrullaba, pero que no tenían vigilantes?
—Tal vez tres mil en total —dijo Lena—. Depende. Hay un montón de gente de paso en los Áridos. Gente que busca una veta mineral o establece una granja. Trabajadores que se mudan de un lado a otro.
—Digamos que son tres mil —dijo Alex—. ¿Y cuántos de ustedes había? ¿Los vigilantes que ayudaban a mantener la ley?
—Cinco o seis, según. Sara y yo, y Barl la mayor parte del tiempo. Unos cuantos más de manera intermitente.
«Y Sam», pensó.
—Digamos seis por tres mil —resumió ella—. Eso nos ofrece una cifra fácil con la que trabajar. Un vigilante de la ley por cada quinientas personas.
—¿Qué sentido tiene esto? —preguntó lord Harms, molesto.
—La población de nuestro octante es de unas seiscientas mil personas —explicó Alex—. Por la misma ratio que ha descrito lady Ladrian, deberíamos tener mil doscientos alguaciles. Pero no los tenemos. Eran unos seiscientos la última vez que comprobé la cifra. Así que, lady Ladrian, sus tierras «salvajes» tienen en realidad el doble de agentes de la ley vigilándolas que la ciudad.
—Oh —dijo ella. «Extraña información para una joven de posibles».
—No intento despreciar sus logros —añadió ella rápidamente—. Es muy posible que tengan un porcentaje mayor de delitos también, ya que la reputación de los Áridos atrae a ese tipo de gente. Pero creo que se trata de una cuestión de percepción. Como usted decía, fuera de la ciudad, la gente espera salirse con la suya con sus crímenes.
»Aquí son más circunspectos… y muchos de los crímenes son menos espectaculares. En vez de robar a un banco, hay una docena de personas a las que roban camino de casa por la noche. La naturaleza del entorno urbano hace que sea más fácil ocultarse si mantienes tus delitos bajo cierto nivel de visibilidad. Pero yo no diría que la vida es más segura en la ciudad, a pesar de lo que cree la gente.
»Apuesto a que aquí asesinan a más gente, según porcentajes de población, que en los Áridos. Sin embargo, en la ciudad pasan tantas cosas que la gente le presta menos atención. En contraste, cuando asesinan a un hombre en una ciudad pequeña, es un hecho muy llamativo… aunque se trate del único crimen que se haya cometido en años.
»Y todo esto sin contar siquiera con el hecho de que gran parte de la riqueza del mundo está concentrada en unos pocos sitios dentro de la ciudad. La riqueza atrae a los hombres que buscan una oportunidad. Hay un puñado de razones por las que la Ciudad es más peligrosa que los Áridos. Simplemente, pretendemos que no lo es.
Lena cruzó los brazos sobre la mesa. «Qué curioso». Una vez que empezaba a hablar, ella no parecía nada tímida.
—Ya ve, mi señora —dijo Harms—. Por eso intentaba hacerla callar.
—Habría sido una lástima si lo hubiera hecho —respondió Lena—, ya que creo que es lo más interesante que me ha dicho nadie desde que regresé a Elendel.
Alex sonrió, aunque Kara simplemente puso los ojos en blanco.
Sara regresó con la sopa. Por desgracia, la zona alrededor estaba tan abarrotada que Sara no podría crear una burbuja de velocidad en torno a Lena y ella misma. Alguien más quedaría dentro, y se vería acelerado también. Sara no podía darle forma a la burbuja ni elegir a quién afectaba. Mientras los demás estaban distraídos con la sopa, Lena rompió el envoltorio de cera del casquillo y encontró un papelito enrollado dentro. Miró a Sara y lo desenrolló.
«Tenías razón», decía.
—Normalmente la tengo —murmuró mientras Sara le colocaba un cuenco delante—. ¿Dónde quieres ir a parar con esto, Sara?
—A un sitio cómodo, gracias —dijo Sara entre dientes—. Estoy deslomada de tanto trabajar.
Lena la miró con mala cara, pero Sara la ignoró y procedió a explicar, con su leve acento terrisano, que pronto regresaría con una cesta de pan y más vino para el grupo.
—Lady Ladrian —dijo Kara mientras empezaban a comer—. Le sugiero que empecemos a hacer una lista de temas de conversación que podamos emplear en compañía de otros. Los temas no deberían tratar de política ni de religión, pero deberían ser memorables y darnos una oportunidad de parecer encantadores. ¿Conoce algún dicho especialmente ingenioso o historias que puedan servir de punto de partida?
—Una vez le volé de un tiro el rabo a un perro por error —dijo Lena—. Es una historia divertida.
—Disparar a los perros difícilmente es un tema de conversación adecuado para la cena —dijo Kara.
—Lo sé. Sobre todo porque le estaba apuntado a las pelotas.
Alex estuvo a punto de escupir su sopa al otro lado de la mesa.
—¡Lady Ladrian! —exclamó Kara, aunque su padre parecía divertido.
—Creí que había dicho que no podía escandalizarla más —le dijo a Kara—. Simplemente estaba poniendo a prueba su hipótesis, querida.
—Sinceramente. ¿Superará alguna vez esta rural falta de decoro?
Lena meneó la sopa para asegurarse de que Sara no había escondido nada dentro. «Espero que al menos lavara ese casquillo».
—Sospecho que acabaré por hacerlo —dijo, llevándose la cuchara a la boca. La sopa estaba buena, pero demasiado fría—. Lo divertido es que cuando estaba en los Áridos, se me consideraba muy refinada; tanto, en realidad, que me creían arrogante.
—Llamar a una mujer «refinada» según los baremos de los Áridos —dijo lord Harms, alzando un dedo— es como decir que un ladrillo es «blando» según los baremos de la construcción… justo antes de aplastarlo contra la cara de alguien.
—¡Padre! —dijo Kara. Miró a Lena con reproche, como si el comentario fuera culpa suya.
—Era un símil perfectamente legítimo —dijo lord Harms.
—¡No volveremos a hablar de golpear a nadie con ladrillos ni de disparar, sea cual sea el blanco!
—Muy bien, prima —dijo Alex—. Lady Ladrian, una vez oí que le lanzó usted a un hombre su propio cuchillo y que le alcanzó justo en el ojo. ¿Es verdad esa historia?
—En realidad el cuchillo era de Sara —respondió Lena. Vaciló—. Y el ojo fue un accidente. Esa vez también apuntaba a las pelotas.
—¡Lady Ladrian! —dijo Kara, casi lívida.
—Lo sé. Es desviarse mucho. Tengo muy mala puntería lanzando cuchillos.
Kara los miró, poniéndose colorada mientras veía que su padre se reía, pero intentaba ocultarlo con la servilleta. Alex la miró a la cara con inocente ecuanimidad.
—Nada de ladrillos ni de pistolas —dijo Alex—. Estaba cumpliendo con los requisitos que dijiste.
Kara se levantó.
—Voy a mirarme en el servicio de señoras mientras ustedes se recuperan.
Se marchó, y Lena sintió una puñalada de culpa. Kara era estirada, pero parecía seria y honesta. No se merecía las burlas. Sin embargo, era muy difícil no provocarla. Lord Harms se aclaró la garganta.
—Eso no hacía falta, niña —le dijo a Alex—. No debes hacerme lamentar mi promesa de educarte en estas funciones.
—No le eche la culpa a ella, mi señor —dijo Lena—. Yo fui la principal causante de la ofensa. Le ofreceré mis más sinceras disculpas a Kara cuando regrese, y contendré la lengua durante el resto de la velada. No tendría que haberme permitido llegar tan lejos.
Harms asintió, suspirando.
—Admito que yo mismo me he sentido tentado de dejarme llevar un par de veces. Es igual que su madre —le dirigió a Lena una mirada de compasión.
—Comprendo.
—Esa es nuestra suerte, hija —dijo lord Harms, poniéndose en pie—. Ser señor de una casa requiere ciertos sacrificios. Ahora, si me disculpa, veo que lord Alernath está junto a la barra y creo que voy a tomar algo más fuerte con él antes del plato principal. Si no me voy antes de que Kara regrese, me obligará a quedarme. No tardaré mucho.
Les asintió a ambas, y luego se dirigió a un grupo de mesas más altas situadas junto a una barra. Lena lo vio marchar, mientras meditaba y jugueteaba con la nota de Sara entre los dedos. Antes había asumido que lord Harms había impulsado a Kara a ser como era, pero parecía que estaba sometido a ella.
«Otra curiosidad», pensó.
—Gracias por defenderme, lady Ladrian —dijo Alex—. Parece que es tan rápida en acudir en ayuda de una dama con las palabras como lo es con las pistolas.
—Simplemente decía la verdad tal como la veía, señora mía.
—Dígame. ¿De verdad le voló el rabo a un perro cuando le apuntaba a las… esto…?
—Sí —dijo Lena, sonriendo—. En mi defensa, el maldito bicho me estaba atacando. Pertenecía a un hombre al que perseguía. La agresividad no era culpa del perro: el pobre animal parecía que no había comido desde hacía días. Intenté dispararle a un sitio no letal, para asustarlo. La parte del hombre al que alcancé en el ojo es inventada. No apuntaba a ninguna parte corporal en concreto: tan solo esperaba darle.
Ella sonrió.
—¿Puedo preguntarle una cosa?
—Adelante.
—Pareció abatida cuando mencioné las estadísticas de las ratios de vigilantes. No pretendía ofender o menospreciar sus heroicidades.
—No pasa nada.
—¿Pero…?
Lena sacudió la cabeza.
—No estoy segura de poder explicarlo. Cuando me establecí en los Áridos, cuando comencé a entregar forajidos, empecé a… Bueno, creí haber hallado un sitio donde era necesaria. Creí haber encontrado un modo de hacer algo que nadie más querría hacer.
—Pero lo hizo.
—Y, sin embargo —dijo ella, removiendo la sopa—, parece que todo el tiempo el lugar que dejé atrás me necesitaba aún más. Nunca me di cuenta.
—Hacía usted un trabajo importante, lady Ladrian. Un trabajo vital. Además, tengo entendido que antes de que usted llegara nadie defendía la ley en esa zona.
—Estaba Arbitan —dijo ella, sonriendo, recordando al viejo—. Y, naturalmente, los vigilantes del Lejano Dorest.
—Una ciudad lejana y de poca importancia —dijo ella—, que tenía a un único vigilante capaz de atender a una gran población. Jon Dedomuerto tenía sus propios problemas. Para cuando usted puso las cosas en marcha, Erosión estaba mejor protegida que la Ciudad… pero no empezó así.
Lena asintió, aunque, una vez más, sintió curiosidad por cuánto sabía ella. ¿De verdad que la gente contaba historias sobre Sara y ella aquí en la ciudad? ¿Por qué no las había oído antes?
Las estadísticas de ella, en efecto, la molestaban. No había considerado que la Ciudad fuera peligrosa. Eran los Áridos, salvajes e indómitos, los que necesitaban ser rescatados. La Ciudad era la tierra de la plenitud que Armonía había creado para albergar a la humanidad. Aquí, los árboles daban frutos en abundancia y las tierras cultivadas tenían agua sin necesidad de riego. El terreno era siempre fértil, y de algún modo nunca se agotaba. Se suponía que esta tierra era diferente. Protegida. Ella había guardado sus armas en parte porque se había convencido a sí misma de que los
alguaciles podían hacer su trabajo sin ayuda. «Pero ¿no demuestran los desvanecedores que tal vez no sea así?».
Sara regresó con el pan y una botella de vino. Se detuvo al ver los dos asientos vacíos.
—Oh, cielos —dijo—. ¿Se han cansado tanto de esperar que han devorado a sus dos acompañantes?
Alex lo miró y sonrió.
«Lo sabe —advirtió Lena—. La reconoce».
—Si puedo señalar una cosa, mi señora —dijo Lena, volviendo a llamar su atención—. Es usted mucho menos tímida que en nuestro primer encuentro.
Ella dio un respingo.
—No soy muy buena siendo tímida, ¿verdad?
—No era consciente de que es algo que necesitara práctica.
—Yo lo intento todo el tiempo —dijo Sara, sentándose a la mesa y sacando un pan de la cesta. Le dio un buen bocado—. Nadie me lo reconoce. Es porque soy una incomprendida, lo sé. —Su acento de Terris había desaparecido.
Alex parecía confusa.
—¿Debo fingir estar escandalizada por lo que está haciendo? —le preguntó a Lena en voz baja.
—Se ha dado cuenta de que la ha reconocido —dijo Lena—. Ahora va a enfurruñarse.
—¿Enfurruñarme? —Sara empezó a tomarse la sopa de Kara—. Eso es muy desagradable, Lena. Puaj. Esto sabe mucho peor de lo que decía. Lo siento.
—Se reflejará en mi propina —dijo Lena secamente—. Lady Alex, mi pregunta iba en serio. Para ser sinceras, parece que ha estado intentando actuar con exagerada timidez.
—Siempre bajando la mirada después de hablar —coincidió Sara—. Alzando demasiado el tono de voz con las preguntas.
—No es el tipo de persona que estudia en la universidad por propia voluntad —advirtió Lena—. ¿Por qué finge?
—Prefiero no decirlo.
—¿Lo prefiere usted o lo prefieren lord Harms y su hija?
Ella se ruborizó.
—Lo segundo. Pero, por favor, preferiría cambiar de tema.
—Siempre encantadora, Lena —dijo Sara, dando otro bocado al pan—. ¿Ves? Casi has hecho llorar a la dama.
—Yo no… —empezó a decir Alex.
—Ignórela —dijo Lena—. Hágame caso. Es como un sarpullido. Cuanto más lo rasque, más irritante se vuelve.
—Hum —dijo Sara, aunque sonrió.
—¿No le preocupa? —le preguntó Alex en voz baja—. Lleva uniforme de camarero. Si la ven sentada a la mesa y comiendo…
—Oh, lleva razón —dijo Sara, echando hacia atrás su silla. La persona tras ella se había marchado, y ahora que lord Harms se había ido, Sara tenía espacio suficiente para…
Y allí estaba. Echó de nuevo la silla hacia delante, las ropas cambiaron a un sobretodo con una camisa desabrochada y gruesos pantalones de los Áridos debajo. Hacía girar su sombrero en un dedo. Los pendientes habían desaparecido.
Alex dio un brinco.
—Una burbuja de velocidad —susurró, asombrada—. ¡Creí que podría ver algo desde fuera!
—Podría, si observara con atención —dijo Lena—. Un borrón. Si mira a la mesa de al lado, la manga del uniforme de camarero sobresale de donde la ha arrojado. Los pliegues del sombrero, aunque los lados son duros, pueden comprimirse entre las manos. Sigo tratando de imaginar dónde tenía el sobretodo.
—Debajo de la mesa —dijo Sara, muy satisfecha de sí misma.
—Ah, naturalmente —dijo Lena—. Tenía que saber de antemano qué mesa sería la nuestra para que lo pudieran asignar como camarero.
«Tendría que haber mirado debajo de la mesa antes de sentarnos —pensó Lena—. ¿Habría parecido demasiado paranoica?». No se sentía paranoica: no permanecía despierta por las noches, preocupada porque le dispararan, ni pensaba que hubiera conspiraciones tratando de destruirla. Tan solo le gustaba ser cuidadosa.
Alex seguía mirando a Sara; parecía divertida.
—No somos lo que esperaba —dijo Lena—. ¿De esos informes que ha leído?
—No —admitió ella—. Esos relatos a menudo omitían asuntos de personalidad.
—¿Hay historias sobre nosotras? —preguntó Sara.
—Sí. Muchas.
—Maldición —parecía impresionada—. ¿Nos darán derechos por ellas o algo? Si nos los dan, quiero la parte de Lena, ya que hice todas las cosas que dicen que hizo ella. Además, ya es rica y todo eso.
—Son informes tipo noticias —dijo Alex—. No pagan derechos.
—Sucios ladrones. —Sara hizo una pausa—. Me pregunto si alguna de las otras bellas damas de este lugar habrá oído hablar de mis extraordinariamente heroicas hazañas…
—Lady Alex es estudiante en la universidad —dijo Lena—. Imagino que habrá leído informes que estarán recopilados allí. La mayor parte del público no estará familiarizado con ellos.
—Así es.
—Oh —dijo Sara, decepcionada—. Bueno, tal vez lady Alex esté interesada en oír más de mis extraordinariamente…
—¿Sara?
—Sí.
—Basta.
—Bien.
—Pido disculpas por ella —dijo Lena, volviéndose hacia Alex.
Ella seguía teniendo aquella expresión divertida en el rostro.
—Lo hace mucho —dijo Sara—. Pedir disculpas. Creo que es uno de sus defectos personales. He intentado ayudarla para que deje de ser casi perfecta, pero hasta ahora no ha sido suficiente.
—No importa —dijo ella—. Me pregunto si debería escribir algo para mis profesores describiendo lo… increíble que ha sido conocerlas a los dos.
—¿Qué es, exactamente, lo que está estudiando en la universidad? —preguntó Lena.
Ella vaciló antes de ruborizarse profundamente.
—¡Ah, comprendo! —dijo Sara—. Así es como se hace la tímida. Lo está haciendo mucho mejor. ¡Bravo!
—Es solo que… —Ella alzó una mano para cubrirse los ojos y bajó la mirada, cohibida—. Es que… Oh, de acuerdo. Estoy estudiando justicia legal y conducta criminal.
—¿Y eso es algo de lo que avergonzarse? —dijo Lena, compartiendo una mirada confusa con Sara.
—Bueno, me han dicho que no es muy femenino. Pero aparte de eso…, bueno, estoy sentada con ustedes dos… y…, bueno, ya saben… son dos de las vigilantes más famosas del mundo y…
—Créame —dijo Lena—. No sabemos tanto como pueda pensar.
—Si estuviera estudiando bufonería o conducta idiota —añadió Sara—, eso sí que es algo en lo que somos expertas.
—Eso son dos cosas —dijo Lena.
—No me importa. —Sara continuó comiendo pan—. ¿Dónde están los otros dos? Doy por hecho que no se los han comido de verdad. Lena solo come gente los fines de semana.
—Los dos regresarán pronto, Sara —dijo Lena—. Así que, si tu visita tiene un propósito, más vale que vayas al grano. A menos que esto sea una forma normal de atormentarme.
—Ya te dije de qué iba. No te habrás comido accidentalmente mi nota, ¿no?
—No. No decía mucho.
—Decía lo suficiente —replicó Sara, inclinándose hacia delante—. Lena, me dijiste que mirara a las rehenes. Tenías razón.
—Todas son alománticas —dedujo Lena.
—Más que eso. Todas son parientes.
—Solo han pasado trescientos años desde los Originadores, Sara. Todos somos parientes.
—¿Significa eso que te harás responsable de mí?
—No.
Sara se echó a reír. Sacó un papel del bolsillo de su sobretodo.
—Es más que eso, Lena. Mira. Cada mujer secuestrada pertenecía a un linaje concreto. He investigado un poco. En serio. —Hizo una pausa—. ¿Por qué investigarlo si lo único que se invierte es tiempo?
—Porque apuesto a que tuviste que buscarlo todo dos veces —dijo Lena, cogiendo el papel y estudiándolo. Estaba escrito torpemente, pero era descifrable. Explicaba los linajes básicos de donde descendían cada una de las mujeres secuestradas.
Destacaban varias cosas. Cada una de ellas podía remontarse a la mismísima lady Nacido de la Bruma. Por eso, la mayoría de ellas tenían también una fuerte herencia alomántica en su pasado. Todas eran parientes, primas de segundo o tercer grado, algunas primas hermanas.
Lena alzó la cabeza, y advirtió que Alex sonreía de oreja a oreja, observándolas.
—¿Qué? —preguntó Lena.
—¡Lo sabía! —exclamó ella—. Sabía que estaba en la ciudad para investigar a los desvanecedores. Apareció para convertirse en señora de su casa solo un mes después de que tuviera lugar el primer robo. Va a capturarlos, ¿verdad?
—¿Por eso insistió en que lord Harms la trajera a sus encuentros conmigo?
—Tal vez.
—Alex —dijo Lena, suspirando—, se está precipitando en sus conclusiones. ¿Cree que las muertes en mi familia, convertirme en jefa de la casa, fueron invenciones?
—Bueno, no —respondió ella—. Pero me sorprendió que aceptara el título hasta que me di cuenta de que probablemente lo vio como una oportunidad para averiguar qué pasa con esos robos. Tiene que admitir que no son corrientes.
—Tampoco es corriente Sara —dijo Lena—. Pero no dejaría mis raíces, cambiaría todo mi estilo de vida y aceptaría la responsabilidad de toda una casa solo para estudiarla.
—Mira, Lena —intervino Sara, ignorando la pulla, cosa que no era habitual en ella—. Por favor, dime que has traído una pistola.
—¿Qué? No, no la he traído. —Lena dobló el papel y se lo devolvió—. ¿Por qué lo dices?
—Porque —contestó Sara, recogiendo el papel e inclinándose hacia delante—. ¿No lo ves? Los ladrones están buscando sitios donde puedan robar y se encuentre gente de la clase alta adinerada. Porque entre esa clase alta adinerada encuentran sus objetivos. Gente con la herencia adecuada. Esos tipos, los ricos, han dejado de viajar en tren.
Lena asintió.
—Sí, si las mujeres son de verdad el objetivo, los robos a esos perfiles harán que los potenciales objetivos futuros no viajen. Una conexión válida. Por eso debieron atacar el teatro.
—¿Y dónde hay más individuos ricos con la herencia adecuada? —preguntó Sara—. ¿Un lugar donde la gente lleve sus mejores joyas y te permitan robarlas como distracción? ¿Un lugar donde puedas encontrar a la rehén adecuada para llevártela como el auténtico premio?
Lena sintió la boca seca.
—Un gran banquete de bodas.
Las puertas de ambos extremos del salón de baile se abrieron de pronto.
