5

Los bandidos no eran como los que Lena conocía. No enmascaraban sus rostros con pañuelos ni llevaban sobretodos y sombreros de ala ancha. La mayoría llevaban chalecos y sombreros hongos típicos de la ciudad, pantalones oscuros y camisas anchas con botones, remangadas hasta los codos. No iban mejor vestidos, en realidad, solo lo hacían de forma distinta. Todos iban bien armados. Rifles al hombro muchos de ellos, pistolas en las manos otros. La gente del salón de baile reparó en ellos inmediatamente, los cubiertos resonaron, se oyeron maldiciones. Eran al menos dos docenas de bandidos, quizá tres. Lena advirtió con insatisfacción que algunos más venían por la derecha, a través de las puertas que conducían a las cocinas. Habrían dejado a hombres vigilando al personal para impedir que corrieran en busca de ayuda.

—Un momento cojonudo para dejarte las pistolas —dijo Sara. Se apartó del asiento y se agazapó junto a la mesa, para sacar de debajo los bastones de duelo gemelos.

—Suéltalos —dijo Lena en voz baja, contando. Podía ver a treinta y cinco hombres. La mayoría se congregaba en los dos extremos del salón rectangular, directamente delante y detrás de ellos. Lena se encontraba casi en el centro de la sala.

—¿Qué? —dijo Sara bruscamente.

—Suelta los bastones, Sara.

—No puedes hablar…

—¡Mira esta sala! —susurró Lena—. ¿Cuánta gente hay aquí? ¿Trescientas, cuatrocientas personas? ¿Qué sucederá si provocamos un tiroteo?

—Podrías protegerlos —dijo Sara—. Sacarlos de aquí.

—Tal vez —respondió Lena—. Sería muy arriesgado. Hasta ahora, ninguno de estos robos ha sido violento. No consentiré que conviertas esto en un baño de sangre.

—No tengo por qué escucharte —dijo Sara, hosca—. Ya no estoy a tus órdenes, Lena.

Lena la miró a los ojos y le sostuvo la mirada mientras la sala se llenaba de gritos de alarma y preocupación. Reacia, Sara volvió a sentarse. No soltó los bastones de duelo, pero mantuvo la mano por debajo del mantel, ocultándolos.

Alex se había vuelto para ver a los ladrones empezar a moverse por la sala, los ojos y la boca abiertos.

—Oh, cielos. —Se giró y agarró su bolso con dedos temblorosos. Sacó una libretita y un lápiz.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Lena.

—Anotando descripciones —dijo ella, la mano temblando—. ¿Sabía que, estadísticamente, solo uno de cada dos testigos puede describir adecuadamente al delincuente que los ha asaltado? Peor aún, siete de cada diez elegirán al hombre equivocado en una ronda de identificación si se presenta un hombre similar pero más amenazador. En el momento, es más probable subestimar la altura de un atacante, a menudo se le describe como similar al villano de una historia que se ha oído recientemente. Es vital, si eres testigo de un crimen, prestar especial atención a los detalles de los implicados. Oh, estoy farfullando, ¿no?

Parecía aterrorizada, pero empezó a escribir de todas formas, anotando las descripciones de cada criminal.

—Nosotros nunca necesitamos hacer estas cosas —dijo Sara, mirando a los ladrones mientras estos apuntaban con sus armas a los asistentes a la fiesta, haciéndolos callar—. Si somos testigos de un crimen, los tipos que lo cometen suelen acabar muertos al final. —Dirigió una mirada a Lena.

Varios ladrones empezaron a obligar a salir de la cocina a los cocineros y camareros para que se reunieran con los invitados.

—¡Atención! —gritó uno de los ladrones, echándose la escopeta a la cara—. ¡Siéntense! ¡Permanezcan tranquilos! ¡Y callados!

Tenía un leve acento de los Áridos y una constitución sólida, aunque no era alto, con brazos fuertes y la tez moteada y grisácea, casi como si su cara estuviera hecha de granito.

«Sangre koloss —pensó Lena—. Peligroso».

La gente guardó silencio a excepción de unos pocos gemidos de los muy apurados. La madre de la novia parecía haberse desmayado, y la fiesta se acabó, el novio parecía furioso y protegía a su nueva esposa rodeando sus hombros con un brazo. Un segundo desvanecedor avanzó. Este, en contraste con los demás, llevaba una máscara: una tela tejida le cubría la cara, y llevaba un sombrero de los Áridos encima.

—Eso está mejor —dijo con voz firme y controlada. Algo en aquella voz le chocó a Lena.

»Si son sensatos, habremos acabado con esto en unos instantes —dijo con calma el desvanecedor enmascarado, caminando entre las mesas mientras una docena de bandidos empezaban a desplegarse por la sala y abrían grandes sacos—. Solo queremos sus joyas. Nadie tiene por qué resultar herido. Sería una lástima estropear una fiesta tan buena con un baño de sangre. Sus joyas no merecen su vida.

Lena se volvió a mirar a lord Harms, que estaba todavía sentado junto al bar. Había empezado a frotarse la cara con un pañuelo. Los hombres de los sacos se desplegaron rápidamente por la sala, deteniéndose ante cada mesa para recoger collares, anillos, pendientes, bolsos y relojes. A veces los artículos eran entregados rápidamente, otras con reticencia.

—Lena… —dijo Sara, la voz tensa.

Alex continuó escribiendo, el lápiz y el papel sobre el regazo.

—Tenemos que salir de aquí con vida —dijo Lena en voz baja—. Sin que nadie resulte herido. Luego podremos dar nuestros informes a los alguaciles.

—Pero…

—No seré la causante de que muera esta gente, Sara —replicó Lena, en voz mucho más alta de lo que había pretendido.

Sangre en los ladrillos. Un cadáver con un gabán de cuero, desplomándose. Un rostro sonriente, muriendo con una bala en la frente.

Ganando, mientras moría.

Otra vez no. Nunca más.

Lena cerró los ojos.

Nunca más.

—¡Cómo se atreve! —gritó de pronto una voz. Lena miró a un lado. Un hombre en una mesa cercana se había levantado, zafándose de la mano de la recia mujer que lo acompañaba. Tenía una barba poblada y gris y llevaba un traje de aspecto clásico, un frac cuya cola le llegaba hasta los tobillos—. ¡No me quedaré quieto, Marthin! ¡Soy alguacil de la Octava Guardia!

Esto atrajo la atención del jefe de los bandidos. El enmascarado se acercó al hombre con la escopeta apoyada tranquilamente en el hombro.

—Ah —dijo—. Lord Peterus, creo que es.

Hizo una seña a un par de bandidos y estos se lanzaron hacia delante, apuntando con sus armas a Peterus.

—Jefe retirado de la Octava Jurisdicción. Tendrá que entregarnos su arma.

—¿Cómo se atreven a cometer un robo aquí, en la celebración de una boda? —dijo Peterus—. ¡Esto es escandaloso! Debería estar avergonzado de sí mismo.

—¿Avergonzado? —dijo el jefe de los bandidos mientras sus secuaces cacheaban a Peterus y sacaban una pistola (una Granger modelo 28, culata gruesa opcional) de su sobaquera—. ¿Avergonzado? ¿De robarles a estos? ¿Después de lo que han hecho ustedes en los Áridos todos estos años? Esto no es vergonzoso. Esto, esto es venganza.

«Hay algo en esa voz —pensó Lena, dando un golpecito en la mesa—. Algo familiar. Cállese, Peterus. ¡No los provoque!».

—¡En nombre de la ley, me encargaré que los persigan y los cuelguen por esto! —exclamó Peterus.

El jefe de los forajidos lo abofeteó, derribándolo al suelo.

—¿Qué sabe usted de leyes? —rugió el jefe de los bandidos—. Y tenga cuidado con advertir a la gente de que va a hacer que los ejecuten. Eso me da menos razones para contenerme. Herrumbre y Ruina, me asquean ustedes.

Esperó a que sus lacayos continuaran reuniendo riquezas. La madre de la novia se había recuperado, y sollozaba mientras expoliaban a su familia de su dinero, incluyendo el collar nupcial.

—Estos bandidos sí que están interesados en el dinero —dijo Lena en voz baja—. ¿Ves? Hacen que cada persona de cada mesa hable, para encontrar joyas ocultas en sus bocas. Fíjate cómo hacen que todos se levanten y hacen una rápida comprobación de sus bolsillos y alrededor de sus asientos.

—Pues claro que están interesados en el dinero —susurró a su vez Alex—. Por ese motivo roban, ¿no?

—Pero también están las rehenes —dijo Lena—. Estoy segura. Originalmente, había asumido que los robos eran solo una tapadera para el verdadero propósito de los bandidos. Sin embargo, si ese fuera el caso, no estarían tan interesados en el dinero.

—Páseme su libreta.

Ella la miró.

—Ahora —dijo ella, rociando polvo de acero en su vino y extendiendo la mano por debajo de la mesa. Vacilante, ella le tendió el cuaderno mientras un bandido se dirigía a su mesa. Era el hombre de piel grisácea y cuello grueso.

—Sara —dijo Lena—, golpe en la pared.

Sara asintió brevemente, sacando sus bastones de duelo. Lena bebió su vino, y presionó el cuaderno de espiral y los bastones de duelo contra su lado de la mesa. Se sacó de la manga una pequeña vara de metal y la presionó contra los bastones, luego quemó acero.

Las líneas brotaron a su alrededor. Una apuntaba a la vara, y otra a la espiral de alambre del cuaderno. Las empujó suavemente, luego soltó. Los bastones y el cuaderno permanecieron apretados contra el lado de la mesa, oscurecidos por el mantel, que se envolvió sobre ellos. Tuvo que tener cuidado de no empujar demasiado fuerte, para no mover la mesa.

El bandido llegó a la mesa y ofreció su saco. Alex fue obligada a quitarse su pequeño collar de perlas, la única joya que llevaba. Con manos temblorosas, rebuscó en su bolso unos billetes, pero el bandido se lo arrebató y lo echó en el saco.

—Por favor —dijo Lena, haciendo temblar su voz—. ¡Por favor, no nos haga daño!

Sacó su reloj de bolsillo y lo dejó caer sobre la mesa, como si tuviera prisa. Se arrancó la cadena del chaleco y la arrojó al saco. Entonces sacó su cartera y la echó, dándole la vuelta a los dos bolsillos con manos temblorosas para demostrar que no tenía nada más. Empezó a palparse los bolsillos de la chaqueta.

—Con eso basta, amiga —dijo el hombre de sangre koloss, sonriendo.

—¡No me haga daño!

—Siéntate, llorona imbécil —dijo el bandido, mirando de nuevo a Alex. Sonrió y la cacheó, haciéndola hablar para poder comprobar dentro de su boca. Ella lo soportó profundamente ruborizada, sobre todo cuando el cacheo se convirtió en un sólido manoseo.

Lena sintió que su ojo empezaba a temblar.

—Nada más —dijo el bandido con un gruñido—. ¿Por qué me tocan las mesas pobres? ¿Y tú? —miró a Sara. Tras ella, otro de los bandidos encontró la chaqueta de criado de Sara bajo la mesa, y la alzó con expresión confundida.

—¿Parece que tengo algo de valor, amigo? —preguntó Sara, vestido con su sobretodo y sus pantalones de los Áridos. Había vuelto a su acento—. Estoy aquí por error. Estaba mendigando en la cocina cuando os oí llegar.

El bandido gruñó, pero palpó los bolsillos de Sara de todas formas. No encontró nada, luego comprobó bajo la mesa y los hizo levantarse a todos. Finalmente, los maldijo por ser «demasiado pobres» y le arrancó a Sara el sombrero de la cabeza. Arrojó su propio sombrero (llevaba una gorra de lana debajo, y el aluminio asomaba entre los agujeros), y luego se marchó, poniéndose el sombrero de Sara encima de la gorra.

Ellas se sentaron.

—Se ha llevado mi sombrero de la suerte, Lena —gruñó Sara.

—Tranquila —dijo Lena, devolviéndole a Alex su cuaderno para que pudiera volver a tomar notas con disimulo.

—¿Por qué no escondió su cartera como hizo con el cuaderno? —susurró ella.

—Algunos de los billetes están marcados —respondió Lena, distraída, observando al líder enmascarado. Estaba consultando algo que tenía en la mano. Parecía un par de hojas de papel arrugadas—. Eso permitirá a los alguaciles localizar dónde se gasten, si es que se gastan.

—¡Marcados! —dijo Alex—. ¡Entonces sabía que nos iban a robar!

—¿Qué? Pues claro que no.

—Pero…

—Lena siempre lleva algunos billetes marcados —dijo Sara, entornando los ojos al advertir lo que estaba haciendo el líder—. Por si acaso.

—Oh. Eso es… muy poco corriente.

—Lena es una clase especial de paranoica, señorita —dijo Sara—. ¿Ese tipo está haciendo lo que creo que está haciendo?

—Sí —dijo Lena.

—¿Qué? —preguntó Alex.

—Comparando rostros con los dibujos que tiene en la mano —explicó Lena—. Está buscando a la persona adecuada para llevársela de rehén. Mire cómo repasa las mesas, comprobando las caras de todas las mujeres. Otros lo están haciendo también.

Permanecieron en silencio mientras el líder pasaba ante ellos. Lo acompañaba un tipo de rasgos finos y ceño fruncido.

—Te digo que los muchachos se están poniendo nerviosos —decía este hombre—. No puedes darles todo esto y no dejarles disparar las malditas armas.

El enmascarado líder guardó silencio, estudiando a todos los de la mesa de Lena durante un momento. Vaciló un instante antes de continuar.

—Tendrás que darles rienda suelta a los muchachos más pronto que tarde, jefe —dijo el otro hombre mientras continuaban su ronda—. Creo…

Pronto estuvieron demasiado lejos para que Lena distinguiera lo que estaban diciendo. Cerca, Peterus (el antiguo alguacil) había vuelto a sentarse en su asiento. Su esposa atendía su cabeza ensangrentada con una servilleta.

«Esta es la mejor manera —se dijo Lena firmemente—. He visto sus caras. Podré localizar quiénes son en cuanto gasten mi dinero. Los encontraré y los combatiré en mis propios términos. Los…».

Pero no lo haría. Dejaría que los alguaciles hicieran esa parte, ¿no? ¿No era eso lo que seguía diciéndose una y otra vez?

Una súbita perturbación en el otro lado de la sala llamó su atención. Unos cuantos bandidos conducían a una pareja de mujeres de aspecto asustado, una de ellas Kara. Parecía que al final se les había ocurrido buscar en el servicio femenino. Los otros bandidos terminaban de recoger las joyas y el dinero. Eran tantos que no tardaron mucho, ni siquiera con una multitud tan grande.

—Muy bien —exclamó el jefe—. Coged a un rehén.

«Demasiado fuerte», pensó Lena.

—¿A quién nos llevamos? —gritó a su vez uno de los bandidos.

«Están haciendo teatro».

—No me importa —dijo el jefe.

«Quiere que pensemos que escoge a una al azar».

—Cualquiera valdrá —continuó el jefe—. Digamos… esa.

Señaló a Kara.

Kara. Una de las secuestradas anteriores era su prima. Naturalmente. Eran del mismo linaje.

El temblor de ojo de Lena empeoró.

—De hecho, nos llevaremos a dos esta vez —dijo el jefe. Envió a su lacayo de sangre koloss de vuelta a las mesas—. Que nadie nos siga, o les haremos daño. Recuerden, unas pocas joyas no valen sus vidas. Soltaremos a las rehenes cuando estemos seguros de que no nos siguen.

«Mentiras —pensó Lena—. ¿Para qué las queréis? ¿Por qué las…?».

El hombre de sangre koloss que había robado el sombrero de Sara se plantó ante la mesa de Lena y agarró a Alex por el hombro.

—Tú valdrás —dijo—. Vas a venir a dar un paseo con nosotros, preciosa.

Ella dio un respingo cuando el hombre la tocó y soltó su libreta.

—Vaya —dijo otro bandido—. ¿Qué es esto?

Recogió la libreta y la examinó.

—Solo tiene palabras, Tarson.

—Idiota —dijo el hombre de sangre koloss, Tarson—. No sabes leer, ¿no?

Se acercó a mirar.

—Trae. Esa es una descripción mía, ¿verdad?

—Yo… —dijo Alex—. Solo quería recordar, para mi diario, ¿sabe?…

—Estoy seguro —dijo Tarson, guardándose el cuaderno en el bolsillo.

Cuando sacó la mano empuñaba una pistola, y la apuntó con ella a la cabeza.

Alex se puso pálida.

Lena se levantó, quemando acero en su estómago. La pistola del otro bandido apuntó a su cabeza un segundo más tarde.

—Tu dama estará bien con nosotros, amiga —dijo Tarson con una sonrisa en sus labios grisáceos—. Nos vamos.

Tiró de Alex para ponerla en pie, y luego la empujó hacia la salida norte. Lena miró el cañón de la pistola del otro bandido. Con un empujón mental, podía enviar esa pistola contra la cara de su dueño, quizás incluso romperle la nariz. Parecía que el bandido quería apretar el gatillo. Se le veía ansioso, excitado por la emoción del robo. Lena había visto hombres así antes.

Eran peligrosos.

El bandido vaciló, luego miró a sus amigos, y finalmente se dio la vuelta y corrió hacia la salida. Otro empujaba a Kara hacia la puerta.

—¡Lena! —susurró Sara.

¿Cómo podía una mujer de honor quedarse de brazos cruzados ante una cosa así? Todos los instintos justicieros de Lena le exigían que hiciera algo. Luchar.

—Lena… —dijo Sara en voz baja—, los errores existen. Sam no fue culpa tuya.

—Yo…

Sara agarró los bastones de duelo.

—Bien, entonces yo voy a hacer algo.

—No merece la pena el coste de vidas, Sara —dijo Lena, sacudiéndose de su estupor—. No es solo cosa mía. Es verdad, Sara. Nosotras…

—¡Cómo se atreven! —exclamó una voz familiar. Lord Peterus, el antiguo alguacil. El anciano se quitó la servilleta de la cabeza y se puso en pie, tambaleándose—. ¡Cobardes! ¡Yo seré su rehén, si necesitan uno!

Los bandidos lo ignoraron. La mayoría corría hacia las salidas de la sala, apuntando con sus pistolas y disfrutando asustando a los asistentes al banquete.

—¡Cobardes! —gritó Peterus—. ¡Son perros, todos y cada uno de ustedes! ¡Los veré ahorcados! ¡Llévenme a mí en vez de a una de esas muchachas, o me encargaré de ello! ¡Lo juro por la mismísima Superviviente!

Echó a andar hacia el jefe en retirada, dejando atrás a lores, damas y ricos…, la mayoría de los cuales se habían arrojado al suelo y estaban escondidos bajo las mesas.

«Ahí va el único hombre en esta sala con algo de valor —pensó Lena, sintiendo de pronto una intensa vergüenza—. Él y Sara».

Kara casi estaba ya en la puerta. Alex y su captor alcanzaban al jefe.

«No puedo dejar que esto suceda. Yo…».

—¡COBARDE!

El líder enmascarado se giró de repente, extendió la mano y un disparo estalló en el aire, resonando en la gran sala de baile. Se acabó en un segundo. El anciano Peterus se desplomó. El humo de la pistola del jefe de los bandidos se enroscó en el aire.

—Oh… —dijo Sara en voz baja—. Acabas de cometer un grave error, amigo. Un gravísimo error.

El jefe se dio media vuelta y enfundó su pistola.

—Bien —gritó, caminando hacia la puerta—. Podéis divertiros un poco, muchachos. Quemadlo de vuestra sangre rápido y reuníos conmigo fuera. Vamos…

Todo se inmovilizó. La gente se quedó quieta en el sitio. La viruta de humo flotó inmóvil. Las voces se silenciaron. Los gemidos se detuvieron. En un círculo alrededor de la mesa de Lena, el aire ondeó levemente. Sara se levantó y se echó al hombro sus bastones de duelo, inspeccionando la sala. Lena sabía que estaba situando a todos y cada uno de los bandidos. Juzgando las distancias, preparándose.

—En cuanto deje caer la burbuja —dijo Sara—, este lugar va a estallar como un almacén de municiones en un volcán.

Lena se metió tranquilamente la mano en la chaqueta y sacó una pistola oculta bajo su brazo. La depositó sobre la mesa. El temblor de su ojo había desaparecido.

—¿Bien? —preguntó Sara.

—Esa metáfora es terrible. ¿Cómo puede nadie almacenar munición en un volcán?

—No lo sé. Mira, ¿vas a luchar o no?

—He intentado esperar —dijo Lena—. Les di la oportunidad de marcharse. Intenté renunciar a esto.

—Les ofreciste una buena actuación, Lena —sonrió—. Demasiado buena.

Lena apoyó la mano sobre la pistola. Entonces la recogió.

—Sea.

Con la otra mano, vertió toda la bolsita de acero en la copa de vino y la apuró.

Sara sonrió.

—Me debes una pinta por mentirme, por cierto.

—¿Por mentirte?

—Dijiste que no habías traído una pistola.

—No traje una pistola —respondió Lena, buscando en el interior de la manga y sacando una segunda pistola—. Me conoces mejor que eso, Sara. Nunca voy a ninguna parte solo con una. ¿Cuánto bendaleo tienes?

—No tanto como me gustaría. El material es terriblemente caro aquí en la ciudad. Puede que tenga suficiente para cinco minutos de tiempo extra. Pero mis mentes de metal están llenas. Me pasé mis buenas dos semanas enferma en cama después de que te marcharas.

Eso concedería a Sara poderes curativos si la herían. Lena inspiró profundamente: el frío en su interior se derritió y se convirtió en una llama mientras quemaba acero que localizó todas y cada una de las fuentes de metal en la sala.

Si se volvía a quedar paralizada…

«No lo haré —se dijo—. No puedo».

—Yo iré a por las muchachas. Tú mantén a los bandidos a raya. Nuestra prioridad es mantener a la gente con vida.

—Con mucho gusto.

—Treinta seis malos armados, Sara. En una sala llena de inocentes. Esto va a ser duro. Concéntrate. Intentaré despejar el espacio cuando empecemos. Puedes seguirme, si quieres.

—Perfecto —dijo Sara, girando y dándole la espalda a Lena—. ¿Quieres saber por qué vine realmente a buscarte?

—¿Por qué?

—Te imaginaba feliz en una cama cómoda, descansando y relajándote, pasando el resto de tu vida bebiendo té y leyendo periódicos mientras te traían comida y las doncellas te hacían masajes en los pies y todo eso.

—¿Y…?

—Pues que no podía dejar que te entregaras a un destino como ese. —Sara se estremeció—. Soy demasiado buena amiga para dejar que una colega mía muera en esa terrible situación.

—¿De comodidad?

—No. De aburrimiento. —Volvió a estremecerse.

Lena sonrió, luego puso los pulgares en los percutores y amartilló sus pistolas. Cuando era joven y se marchó a los Áridos, acabó estando donde era necesario. Bueno, tal vez había vuelto a suceder.

—¡Vamos! —gritó, apuntando con sus armas.