6

Sara soltó la burbuja de velocidad.

«Primer paso —pensó Lena mientras apuntaba—, atraer su atención». Empezó a empujar suavemente para crear una burbuja de acero que interfiriera con las balas. No lo protegería por completo, pero ayudaría. A menos que dispararan balas de aluminio. Era mejor tener cuidado. Y disparar primero.

Los ladrones alzaban ansiosamente sus armas. Pudo ver el ansia de destrucción en sus ojos. Estaban armados hasta los dientes, pero hasta ahora sus robos se habían producido sin disparar un solo tiro. En vez de matar a un montón de gente, la mayoría de ellos probablemente solo querían pegar unos cuantos tiros y sacudir un poco el lugar, pero estas situaciones se volvían fácilmente más violentas de lo esperado. Si no se les detenía, los desvanecedores dejarían a su paso algo más que ventanas destrozadas y mesas rotas.

Lena eligió rápidamente a un bandido que llevaba una escopeta y lo abatió de un tiro a la cabeza. Lo siguió un segundo. Esas escopetas eran menos peligrosas para Lena, pero serían letales para los asustados inocentes. Sus disparos resonaron en la cavernosa sala y los invitados gritaron. Algunos aprovecharon la oportunidad para correr hacia los lados de la sala. Casi todos se echaron al suelo junto a sus mesas.

En la confusión, los bandidos no localizaron a Lena al principio. Abatió a otro hombre de un tiro en el hombro. Lo inteligente ahora habría sido agacharse junto a una mesa y continuar disparando. Los bandidos tardarían unos instantes preciosos en descubrir quién los atacaba en una sala tan grande y abarrotada. Por desgracia, los hombres que tenía detrás abrieron fuego, aullando de placer. No habían advertido lo que estaba haciendo, aunque los tipos que tenía delante al otro lado del salón habían visto caer a sus amigos y se dispersaban para ponerse a cubierto. En unos instantes, la sala sería una tormenta de plomo y pólvora.

Tras inspirar profundamente, Lena avivó su acero y decantó su mente de metal de hierro. Llenarla la hacía más liviana, pero decantarla la hacía más pesada… mucho más pesada. Aumentó su peso cien veces. Había un aumento proporcional en la fuerza de su cuerpo, o eso suponía, que no se aplastaba con su propio peso. Alzó las pistolas por encima de su cabeza para mantenerlas fuera del radio y luego se impulsó hacia fuera empujando un anillo. Empezó con cuidado, aumentando gradualmente su fuerza. Cuando empujabas, era tu peso contra el del objeto; en este caso, los tornillos y clavos de metal de las mesas y sillas, que se alejaron de ella. Se convirtió en el epicentro de un anillo de fuerza en expansión. Las mesas volcaron, las sillas se arrastraron por el suelo, y la gente gritó sorprendida. Algunos fueron capturados por el movimiento y salieron despedidos. No con tanta fuerza para ser lastimados, esperaba, pero era mejor sufrir unos cuantos moratones que quedarse en el centro de la sala con la que se avecinaba. Justo al lado vio a Sara, que se había estado dirigiendo cuidadosamente hacia la parte trasera de la sala, saltar sobre una mesa volcada, agarrarse a su borde y sonreír mientras la lanzaba hacia los bandidos de aquel lado. Lena suavizó el empuje. Se encontraba solo en un gran espacio vacío en el centro del salón, rodeada de zonas de vino y comida derramados y platos caídos.

Entonces empezó el tiroteo. Los bandidos que tenía delante la acribillaron. Lena recibió la andanada de balas con otro fuerte empujón. Las balas se pararon en el aire, repelidas en una ola. Dada su velocidad, solo podía detener las balas de esa forma si las esperaba. Dejó que las balas volaran de vuelta a sus propietarios, pero no empujó con demasiada fuerza, no fuera a alcanzar a algún invitado inocente. Sin embargo, fue suficiente para dispersar a los bandidos, quienes empezaron agritar que había una lanzamonedas en la sala. Ahora Lena corría serio peligro. Rápida como un parpadeo, pasó

de decantar su mente de metal a llenarla, haciéndose mucho más liviana. Apuntó al suelo con su revólver y disparó una bala tras ella y la empujó, lanzándose al aire. El viento sonó en sus oídos cuando se abalanzó por encima de la barricada de muebles que había hecho, donde algunos de los invitados se escondían todavía. Por suerte, muchos se estaban dando cuenta de que los perímetros de la sala serían mucho más seguros, y corrían hacia allí. Lena cayó justo entre los bandidos, que habían empezado a ponerse a cubierto detrás de la pila de mesas y sillas. Los hombres maldijeron cuando extendió los brazos, apuntando con sus armas en direcciones opuestas, y empezó a disparar. Giró, abatiendo a cuatro hombres con una rápida andanada de balas. Algunos bandidos le dispararon, pero las balas se desviaron y se alejaron de su burbuja de acero.

—¡Las balas de aluminio! —gritaba uno de los hombres—. ¡Sacad vuestro maldito aluminio!

Lena giró y le disparó dos tiros al pecho. Entonces saltó a un lado y rodó hacia una mesa que se hallaba más allá de su impulso inicial. Un rápido empujón contra los clavos de la superficie la volcaron, dándole cobertura mientras los bandidos abrían fuego. Captó las líneas azules en algunas de las balas, moviéndose demasiado rápidamente para que las apartara empujándolas. Otros bandidos recargaban sus armas. Tuvo suerte: por las maldiciones del jefe de los bandidos parecía que los hombres debían tener las balas de aluminio cargadas ya, al menos en algunos cargadores. Sin embargo, disparar aluminio era como disparar oro, y muchos de los bandidos parecían llevar el aluminio en los bolsillos en vez de en las armas, donde podrían acabar disparándolas por accidente. Un bandido asomó por el lado de la mesa, apuntando con una pistola. Lena reaccionó por reflejo, empujó el arma y le golpeó con ella en la cara. Lo abatió de un tiro en el pecho.

«Vacío», se dijo, contando las balas que había disparado. Le quedaban dos en la otra pistola. Miró por encima de su refugio, advirtiendo las localizaciones de dos bandidos que se habían escondido detrás de las mesas volcadas para recargar sus armas. Apuntó rápidamente, aumentó su peso, y entonces disparó y empujó con todo lo que tenía la bala que salía de su pistola. La bala hendió el aire, impulsada hacia la mesa donde se refugiaba el bandido. La atravesó y alcanzó al hombre. Lena repitió la maniobra, abatiendo al otro bandido, que se quedó estupefacto al ver que la gruesa mesa de roble era perforada por una simple bala de revólver. Entonces Lena se lanzó por encima de su propia mesa y llegó al otro lado justo cuando los hombres que tenía detrás rodeaban a los heridos y empezaban a dispararle. Las balas se estamparon contra su refugio, que aguantó. Esta vez, ninguna de las balas mostró líneas azules. Aluminio. Inspiró profundamente, soltó sus revólveres y sacó la Terringul 27 que llevaba atada al interior de su muslo. No era un arma del calibre más grande, pero su largo cañón la hacía precisa. Dirigió una mirada a Sara, y contó cuatro desvanecedores caídos. Su amiga saltaba alegremente por encima de una mesa para lanzarse contra un hombre con una escopeta. Los dos se convirtieron en un borrón cuando Sara soltó una burbuja de velocidad. En un instante estuvo en un lugar diferente (las balas zigzaguearon en la zona donde estaba antes), oculta tras una mesa volcada, el bandido de la escopeta flácido en el suelo. La táctica favorita de Sara era acercarse, luego envolver a su enemigo en la burbuja de velocidad y luchar a solas. No podía mover la burbuja de velocidad después de emplazarla, pero sí moverse en su interior. Así que cuando soltó la burbuja después de luchar con el enemigo escogido uno a uno, se encontraba en un lugar diferente de lo esperado. A sus enemigos les resultaba enormemente difícil localizarla y apuntarle. Pero en una lucha larga acababan por alcanzarlos y retener el fuego hasta después de que Sara hubiera soltado una burbuja. Pasaban un par de segundos entre soltar una burbuja y levantar otra, el momento en que Sara era más vulnerable. Naturalmente, incluso cuando la burbuja estaba emplazada, Sara no estaba completamente a salvo. Podía ser enervante saber que su amiga luchaba sola, envuelta en una burbuja de tiempo acelerado. Si Sara tenía problemas dentro, Lena no podría ayudarla. Antes de que la burbuja se colapsara, podría resultar herida.

Bueno, Lena tenía sus propios problemas. Con aquellas balas de aluminio, su propia burbuja de protección era inútil. La dejó caer. Más balas rociaron la mesa y el suelo a su alrededor, y los estampidos de los disparos resonaron por todo el salón. Por fortuna, podía ver todavía las líneas azules que apuntaban al acero corriente de las armas de los bandidos, incluyendo las de un grupo de hombres que intentaban flanquearla.

«No hay tiempo para tratar con ellos», pensó. El jefe de los bandidos había enviado a Kara fuera con uno de sus hombres, pero él se había detenido junto a la puerta. No parecía sorprendido por la resistencia. Algo en la forma en que estaba allí plantado, imperioso y al control… Algo en la forma de sus ojos (la única parte visible de su rostro enmascarado) llamaba la atención de Lena y no lo dejaba en paz. Algo en aquella voz…

«¿Jimmy?», pensó con sorpresa.

Gritos. Gritos de Alex. Lena se volvió, experimentando una desconocida sensación de pánico. Kara la necesitaba, pero Alex también, y estaba más cerca. El hombre de sangre de koloss llamado Tarson la tenía; le sujetaba el cuello con un brazo, empujándola hacia la puerta y maldiciendo. Sus dos compañeros miraban ansiosamente alrededor, como si esperaran que los alguaciles aparecieran de un momento a otro. Alex se había quedado flácida. Tarson gritaba, y le apuntó a la oreja con el revólver, pero ella tenía los ojos cerrados y se negaba a responder. Sabía que no era solo una simple rehén: la querían a ella específicamente, y por tanto no le dispararían.

«Buena chica», pensó Lena. No podía ser fácil oír al desvanecedor gritar, sentir el cañón en su sien. Unos cuantos invitados se escondían cerca, una mujer bien vestida y su marido, que gemían llevándose las manos a los oídos. Los disparos eran fuertes, caóticos, aunque Lena apenas advertía ya estas cosas. De todas formas, tendría que haberse puesto los protectores en las orejas. Ya era demasiado tarde.

Lena se lanzó a un lado y disparó dos tiros al suelo de madera para que los que lo intentaban flanquear corrieran a cubierto. El Terringul estaba cubierto con balas de punta hueca, diseñadas específicamente para clavarse en la madera, dándole un buen anclaje cuando lo necesitaba. También se clavaban en la carne, reduciendo las posibilidades de un disparo bien calculado que pudiera herir a los inocentes, cosa que también le venía bien. Se lanzó hacia delante, encogida, y saltó sobre una gran bandeja de servir. Puso el pie en el borde de la bandeja, y empujó las balas que tenía detrás. La maniobra la lanzó hacia delante, deslizándose por el suelo de madera pulida. Dejó atrás las mesas y pasó al espacio despejado ante las escaleras que conducían a la salida de la sala, y luego apartó la bandeja de una patada y aumentó su peso, golpeó el suelo y se detuvo. La bandeja salió volando delante de ella, y los sorprendidos bandidos empezaron a disparar. El metal resonó contra el metal cuando algunas balas la alcanzaron; Lena respondió, abatiendo a los hombres que acompañaban a Tarson con dos rápidos disparos. Entonces avivó su acero y empujó el arma de Tarson para intentar apartarlo de Alex. Solo entonces advirtió Lena que no había ninguna línea azul apuntando a la pistola del hombre. Tarson sonrió, su rostro ceniciento rematado por el sombrero de Sara. Entonces se dio media vuelta, colocándose detrás de Alex, a quien agarró por el cuello con una mano mientras apretaba firmemente su arma contra su cabeza con la otra. No hay líneas azules. «Herrumbre y Ruina… ¿Una pistola entera hecha de aluminio?».

Lena y Tarson se quedaron quietos. Los bandidos de detrás no habían advertido la huida de Lena con la bandeja: se acercaban al lugar donde se había escondido. El jefe todavía estaba en la puerta, mirando a Lena. Lena tenía que estar equivocado respecto a su identidad. La gente podía parecerse, hablar igual. Eso no significaba…

Alex gimió. Y Lena fue incapaz de moverse, incapaz de alzar la mano para disparar. El disparo que había hecho para salvar a Sam se repitió de nuevo una y otra vez en su mente.

«Puedo hacer un tiro así —se dijo, furiosa—. Lo he hecho una docena de veces».

Solo había fallado una vez.

No podía moverse, no podía pensar. Seguía viéndola morir una y otra vez. Sangre en el aire, un rostro sonriente.

Tarson advirtió al parecer que no podía disparar. Así que dejó de apuntar a la cabeza de Alex y enfiló a Lena. Alex se quedó rígida. Ancló las piernas y le dio un cabezazo al desvanecedor en la barbilla. El disparo de Tarson salió desviado y el hombre retrocedió, tambaleándose, llevándose la mano a la boca. Con Alex algo más apartada, la mente de Lena se despejó, y pudo volver a moverse. Le disparó a Tarson, aunque no pudo apuntarle al pecho, no con Alex tambaleándose tan cerca. Se contentó con darle en el brazo. Alex se llevó horrorizada la mano a la boca al verlo caer.

—¡Está aquí!

Voces desde atrás, los tres bandidos contra los que había estado luchando entre las mesas. Una bala de aluminio hendió el aire a su lado.

—Agárrese —le dijo Lena a Alex, saltando hacia delante y cogiéndola por la cintura. Alzó la pistola y disparó la última bala que le quedaba hacia la puerta, alcanzando en la cabeza al enmascarado líder de los desvanecedores.

El hombre se desplomó.

«Bueno, se acabó esa teoría», pensó Lena. Jimmy no habría caído con una simple bala. Era un nacidoble de variedad particularmente peligrosa.

Tarson rodaba, sujetándose el brazo y gruñendo. No había tiempo. No tenía munición. Lena soltó el arma y la empujó mientras agarraba con fuerza a Alex. El empujón los lanzó a los dos al aire; una andanada de balas roció el lugar donde habían estado. Por desgracia, no alcanzaron a Tarson, que rodaba por el suelo.

Alex gritó, aferrándose a ella mientras volaban hacia las brillantes lámparas. Lena empujó una de ellas, haciendo que oscilara de un lado a otro. El empujón los impulsó a Alex y a ella hacia el balcón cercano, que estaba ocupado por un grupo de aterrorizados músicos. Lena aterrizó con fuerza en el balcón: había perdido el equilibrio por ir cargado con Alex, y no había tenido tiempo de juzgar con precisión el empujón. Rodaron en un amasijo de tela roja y blanca. Cuando se detuvieron, Alex se agarró a ella, temblando y jadeando en busca de aire.

Ella se sentó y la abrazó un momento.

—Gracias —susurró ella—. Gracias.

—No hay de qué —respondió ella—. Ha sido muy valiente al detener al bandido como lo ha hecho.

—Siete de cada diez secuestros pueden frustrarse si el objetivo ofrece la resistencia adecuada —dijo ella, las palabras brotaron libremente de su boca. Volvió a cerrar los ojos—. Lo siento. Eso ha sido muy muy inquietante.

—Yo…

Lena se detuvo.

—¿Qué? —preguntó ella, abriendo los ojos.

Lena no respondió. Rodó a un lado, soltándola mientras advertía las líneas azules que se movían a la izquierda. Alguien subía las escaleras hasta el balcón. Lena se levantó junto a una gran arpa cuando la puerta del balcón se abría de golpe para revelar a dos desvanecedores, uno con un rifle y otro con un par de pistolas. Lena aumentó su peso decantando su mente de metal, luego avivó desesperadamente acero, empujando contra las molduras, cuerda y clavos de metal del arpa. El instrumento voló hacia la puerta de madera y aplastó a los hombres contra la pared. Se desplomaron y cayeron bajo el arpa rota. Lena corrió a comprobar su estado. Convencida de que no serían peligrosos de momento, cogió las armas y corrió de vuelta al borde del balcón para escrutar la sala de abajo. Los muebles que había apartado de su paso componían un espacio circular perfectamente despejado en el salón de baile. Los asistentes a la fiesta se dirigían a las cocinas cada vez en mayor número. Buscó a Sara, pero solo vio los cuerpos rotos de los bandidos caídos.

—¿Kara? —preguntó Alex, arrastrándose junto a ella.

—Iré a por ella ahora mismo —dijo Lena—. Se la han llevado fuera, pero no tendrán tiempo de…

Se calló al advertir un borrón junto a la lejana puerta. Se detuvo, y de repente Sara quedó yaciendo en el suelo, rodeada de sangre. Un bandido se alzó sobre ella, con aspecto complacida, empuñando una humeante pistola.

«¡Maldición!», pensó Lena, sintiendo una punzada de temor. Si había alcanzado a Sara en la cabeza…

¿Kara o Sara?

«Ella estará a salvo —pensó—. Se la llevaron por un motivo: la necesitan».

—¡Oh, no! —dijo Alex, señalando a Sara—. ¿Lady Ladrian, significa eso…?

—Se pondrá bien si puedo alcanzarla —respondió Lena, poniéndole apresuradamente una pistola en las manos—. ¿Sabe usarlas?

—Yo…

—Empiece a disparar si alguien la amenaza. Yo vendré.

Saltó a la barandilla del balcón. Los candelabros le bloqueaban el paso: no podía saltar directamente hacia Sara. Tendría que saltar hacia abajo, luego volver a hacerlo, y rebotar…

No había tiempo. Sara se estaba muriendo.

«¡Ve!».

Lena se arrojó desde lo alto del balcón. En cuando sus pies quedaron libres, decantó su mente de metal y extrajo tanto peso como pudo. Eso no la proyectó hacia el suelo: los objetos caían a la misma velocidad, no importaba su peso. Solo importaba la resistencia del aire. Sin embargo, el peso importaba mucho cuando se empujaba, y eso hizo Lena, lanzando todo lo que tenía contra los candelabros, que se apartaron en fila, el metal dentro de ellos retorciéndose sobre sí mismo, los cristales explotando en una lluvia hacia fuera. Eso le proporcionó espacio de sobra a lo largo de la porción superior de la sala para saltar en arco hacia Sara. En un segundo, Lena dejó de decantar su mente de metal y empezó a llenarla, reduciendo su peso a casi nada. Empujó el arpa rota de atrás, y un simultáneo empujón rápido contra los clavos del suelo la mantuvieron en las alturas. El resultado fue que surcó la sala trazando un grácil arco, atravesando el espacio que habían ocupado los grandes candelabros. Los chispeantes candelabros más pequeños seguían brillando a cada lado mientras los cristales seguían cayendo, cada diminuto pedazo dividiendo la luz en un chorro de colores. La cola de su frac ondeó, y bajó la mano con el revólver mientras caía, apuntando al bandido que se alzaba sobre Sara. Lena vació seis balas contra el ladrón. No podía permitirse correr riesgos. Notó la pistola resbaladiza en la mano cuando aterrizó, empujando los clavos del suelo para no romperse las piernas. El ladrón se desplomó contra la pared, muerto. Justo cuando Lena alcanzaba a Sara, una burbuja brotó alrededor. Lena resopló aliviada mientras Sara se movía. Se arrodilló para volver boca arriba a su amiga. La camisa de Sara estaba empapada de sangre, con un agujero de bala visible en el vientre. Mientras Lena miraba, el agujero se cerró lentamente, curándose solo.

—Maldición —dijo Sara, gimiendo—. Las heridas en la barriga duelen.

Sara no podía haber alzado la burbuja mientras el bandido estaba vivo: eso le habría dicho que Sara no estaba muerta. Los forajidos y los vigilantes por igual estaban acostumbrados a los nacidos del metal: si la burbuja se hubiera alzado, el bandido le habría pegado rápidamente un tiro a Sara en la cabeza. Así que Sara se había visto forzado a soltar la burbuja y hacerse la muerta. Por suerte, el bandido no le había dado la vuelta para comprobar su estado y advertir que la herida estaba sanando. Sara era una hacedora de sangre, un tipo de feruquimista que podía acumular salud igual que Lena acumulaba peso. Si Sara pasaba algún tiempo enferma y débil (su cuerpo sanando de forma mucho más lenta de lo normal) podía almacenar salud y capacidad curativa en una mente de metal. Luego, cuando la decantaba, sanaba a ritmo aumentado.

—¿Cuánto te queda en la mente de metal? —preguntó Lena.

—Esta ha sido la segunda herida de bala de la noche —dijo Sara—. Podré curar tal vez una más. —Sara se levantó mientras Lena le ayudaba a incorporarse—. Me llevó estar mis dos buenas semanas en cama almacenar toda esa cantidad. Espero que esa chica tuya merezca la pena.

—¿Esa chica mía?

—Oh, vamos, socia. No creas que no he visto cómo la mirabas durante la cena. Siempre te han gustado listas. —Sonrió.

—Sara —dijo Lena—. Sam no lleva muerta ni siquiera un año.

—Tendrás que pasar página tarde o temprano.

—Se acabó esta conversación —dijo Lena, mirando las mesas cercanas. Había desvanecedores por todas partes, los huesos rotos por los bastones de duelo de Sara. Lena divisó a unos cuantos con vida ocultos bajo las mesas, como si no se hubieran dado cuenta todavía de que Sara no llevaba armas de fuego.

—¿Quedan cinco? —preguntó Lena.

—Seis —dijo Sara, recogiendo sus bastones y haciéndolos girar—. Hay otro allí en las sombras. He abatido a siete. ¿Y tú?

—A dieciséis, creo —respondió Lena, distraída—. No he llevado bien la cuenta.

—¿Dieciséis? Maldición, Lena. Esperaba que te hubieras oxidado un poco. Creía que podría alcanzarte esta vez.

Lena sonrió.

—Esto no es una competición —vaciló—. Aunque yo vaya ganando. Unos tipos salieron por la puerta con Kara. Le disparé al tipo que te quitó el sombrero, aunque sobrevivió. Probablemente se habrá escapado ya.

—¿No recuperaste mi sombrero? —preguntó Sara, ofendida.

—Estaba un poco ocupada recibiendo disparos.

—¿Ocupada? Ah, socia. No hace falta ningún esfuerzo para que te peguen un tiro. Creo que estás poniendo excusas porque tienes envidia de mi sombrero de la suerte.

—Será eso —dijo Lena, buscando en su bolsillo—. ¿Cuánto tiempo te queda?

—No mucho. Casi no me queda bendaleo. Tal vez veinte segundos.

Lena inspiró profundamente.

—Yo voy a por los tres de la izquierda. Tú ve por la derecha. Prepárate para saltar.

—De acuerdo.

—¡Vamos!

Sara corrió hacia delante y saltó a una mesa que tenían delante. Soltó la burbuja de velocidad justo cuando se impulsaba, y Lena se preparó aumentando su peso y luego empujó las mentes de metal de Sara, enviándola por el aire hacia los bandidos. Cuando Sara estuvo ya volando, Lena pasó de decantar su mente de metal a llenarla, y entonces empujó unos clavos, lanzándose al aire en una trayectoria levemente distinta. Sara golpeó primero, aterrizando con tanta fuerza que probablemente tuvo que sanarse mientras rodaba entre un par de bandidos escondidos. Se puso en pie y golpeó con sus bastones el brazo de uno de ellos. Se volvió y golpeó con un bastón el cuello del segundo hombre. Lena lanzó su arma mientras caía, empujándola con fuerza contra la cara de un sorprendido bandido. Aterrizó y lanzó el cartucho vacío que Sara le había dado antes, el que contenía el mensaje, contra un segundo hombre. Al empujarlo, convirtió el casquillo en una bala improvisada que alcanzó al hombre en la frente y le atravesó el cráneo. Lena empujó el casquillo con tanta fuerza que cayó de lado. Golpeó con el hombro al tipo al que le había lanzado el arma. El hombre retrocedió tambaleándose, y Lena le golpeó en la cabeza con el antebrazo (y con el brazalete de metal), abatiéndolo.

«Uno más —pensó—. Detrás de mí, a la derecha». Iba a ser difícil.

Lena le dio una patada al arma que había arrojado, con intención de empujarla hacia el último bandido.

Sonó un disparo.

Lena se quedó inmóvil, esperando el dolor de la bala. No sucedió nada. Se dio media vuelta y se encontró al último bandido desplomado sobre una mesa, sangrando, con una pistola que caía de entre sus dedos.

«¿Por las cicatrices de la Superviviente, qué…?».

Alzó la cabeza. Alex estaba arrodillada en el balcón donde la había dejado. Había cogido un rifle del bandido que ella había aplastado, y obviamente sabía cómo usarlo. Mientras la miraba, ella volvió a disparar, abatiendo al bandido en las sombras que había mencionado Sara.

Sara se levantó tras acabar con sus dos atacantes. Pareció confundida hasta que Lena señaló a Alex.

—Guau —dijo, acercándose a ella—. Cada vez me gusta más y más. Definitivamente, de las dos, es la que yo elegiría si fuera tú. De las dos…

«¡Kara!».

Lena maldijo y saltó hacia delante, lanzándose con un empujón de acero hacia la otra salida. Golpeó el suelo sin dejar de correr, advirtiendo con preocupación que el cadáver del jefe no estaba donde había caído. Había sangre en la entrada. ¿Se lo habían llevado a rastras?

A menos… Tal vez su teoría no estaba equivocada después de todo. Pero, maldición, no podía estar enfrentándose a Jimmy. Jimmy era vigilante.

Uno de los mejores.

Lena salió a la noche: esta salida daba directamente a la calle. Había algunos caballos atados a una verja, y lo que parecía un grupo de mozos de establo atados y amordazados en el suelo. Kara, y los bandidos que se la habían llevado, ya no estaban. No obstante, encontró a un gran grupo de alguaciles que llegaban a caballo al patio.

—A buenas horas, amigos —dijo Lena, sentándose en los escalones, exhausta.

—No me importa quién es usted ni cuánto dinero tiene —dijo el alguacil Brettin—. Ha creado usted un auténtico lío, señora.

Lena estaba sentada en un taburete, escuchando solo a medias mientras descansaba con la espalda apoyada contra la pared. Iba a estar toda dolorida por la mañana. No había forzado tanto su cuerpo desde hacía meses. Tenía suerte de no haberse lastimado nada ni distendido un músculo.

—Esto no es los Áridos —continuó Brettin—. ¿Cree que puede hacer lo que se le antoje? ¿Cree que puede coger una pistola y tomarse la justicia por su mano?

Se encontraban en las cocinas de la mansión Yomen, en un área lateral que los alguaciles habían reservado para llevar a cabo sus interrogatorios. No había pasado mucho tiempo desde el final de la pelea. Lo suficiente para que empezaran los problemas. Aunque todavía le resonaban los oídos por el ruido de los disparos, Lena podía oír también gemidos y gritos en el salón de baile mientras atendían a los asistentes a la fiesta. Más allá, podía oír los cascos de los caballos y el estruendo de algún automóvil en el patio de la mansión mientras la elite de la ciudad huía en grupos a medida que iban siendo liberados. Los alguaciles hablaban con cada persona, asegurándose de que estaban bien y cotejando sus nombres con la lista de invitados.

—¿Bien? —exigió Brettin. Era el comisario general de la comisaría de su octante. Probablemente se sentía muy amenazado por los robos que tenían lugar durante su mandato. Lena podía imaginar cómo sería estar en su posición, recibiendo todos los días las presiones de los poderes superiores que no estaban nada contentos.

—Lo siento, comisario —dijo Lena tranquilamente—. Las viejas costumbres son como el acero fuerte. Tendría que haberme contenido, pero ¿habría sido distinto? ¿Habría visto usted cómo secuestraban a unas mujeres y no habría hecho nada?

—Tengo un derecho legal y una responsabilidad que usted no tiene.

—Tengo un derecho moral y responsabilidad, comisario.

Brettin se enfurruñó, pero las tranquilas palabras lo calmaron un poco. Se volvió a un lado al ver que un oficial vestido de marrón con uno de sus sombreros redondos entraba y saludaba.

—¿Bien? —preguntó Brettin—. ¿Cuáles son las noticias, Reddi?

—Veinticinco muertos, capitán —dijo el hombre.

Brettin gruñó.

—¿Ve lo que ha causado, Ladrian? Si hubiera mantenido la cabeza gacha como todos los demás, esa pobre gente seguiría viva. ¡Ruina! Esto es un desbarajuste. ¡Podría mandar a la horca…!

—Capitán —interrumpió Reddi. Dio un paso adelante y habló en voz baja—. Discúlpeme, señor. Pero fueron bajas de los bandidos. Veinticinco muertos, señor. Seis capturados con vida.

—Oh. ¿Y cuántos civiles muertos?

—Solo uno, señor. Lord Peterus. Le dispararon antes de que lady Ladrian empezara a contraatacar. Señor. —Reddi miraba a Lena con una mezcla de asombro y respeto.

Brettin miró a Lena, luego cogió a su teniente por el brazo y lo alejó un poco. Lena cerró los ojos, respiró suavemente, y captó parte de la conversación.

—¿Quiere decir… dos mujeres… a treinta y uno ellas solas?

—Sí, señor…

—¿… heridos…?

—… huesos rotos…, no demasiado serio…, arañazos y magulladuras…; iba a disparar…

Silencio, y Lena abrió los ojos para descubrir al comisario general mirándola. Brettin despidió a Reddi, y luego volvió junto a ella.

—¿Bien? —preguntó Lena.

—Parece que es una mujer de suerte.

—Mi amiga y yo llamamos su atención —dijo Lena—. Y la mayoría de los invitados ya habían agachado la cabeza cuando empezaron los disparos.

—Rompió usted algunos huesos con sus proezas alománticas —dijo el comisario general—. Habrá egos heridos y lores furiosos. Vendrán a mí con sus quejas.

Lena no dijo nada.

Brettin se inclinó, acercándose.

—La conozco —dijo en voz baja—. Sabía que tarde o temprano tendría que hablar con usted. Así que dejémoslo claro. Esta es mi ciudad, y yo tengo la autoridad aquí.

—¿Eso es todo? —preguntó Lena, sintiéndose muy cansada.

—Lo es.

—¿Entonces dónde estaba usted cuando los bandidos empezaron a dispararle a la gente a la cabeza?

El rostro de Brettin se puso rojo, pero Lena le sostuvo la mirada.

—No voy a dejarme amenazar por usted —dijo Brettin.

—Bien. No he dicho nada amenazante todavía.

Brettin siseó en voz baja, luego señaló a Lena, clavándole un dedo en el pecho.

—Mantenga la boca cerrada. Medio estoy pensando en meterla en la cárcel para que pase allí la noche.

—Entonces, hágalo. Tal vez por la mañana haya terminado de pensar la otra mitad y podamos tener una conversación razonable.

El rostro de Brettin se puso aún más rojo, pero sabía, igual que Lena, que no se atrevería a meter a una dama en la cárcel sin una justificación importante. Brettin por fin se dio media vuelta, agitando despectivo una mano, y salió de la cocina. Lena suspiró, se puso en pie y recogió su sombrero hongo del mostrador donde lo había dejado. «Armonía nos proteja de los hombres con poco seso y demasiado poder». Se puso el sombrero y se dirigió al salón de baile.

El salón estaba casi vacío de invitados, y los novios se habían marchado en el carruaje de lord Yomen a un lugar donde pudieran recuperarse de la impresión. Había casi el mismo número de alguaciles y médicos en la sala. Los heridos estaban sentados en el entresuelo de madera ante la salida: parecía que había unas veinte o treinta personas. Lena advirtió a lord Harms sentado ante una mesa a un lado, la cabeza gacha y la expresión meditabunda. Alex intentaba consolarlo. Sara estaba sentada también a la mesa, con aspecto aburrido. Lena se acercó a ellos, se quitó el sombrero y se sentó. Descubrió que no sabía qué decirle a lord Harms.

—Eh —susurró Sara—. Toma.

Le tendió algo por debajo de la mesa. Un revólver.

Lena la miró, confusa. No era suyo.

—Pensé que querrías uno de estos.

—¿Aluminio?

Sara sonrió, los ojos chispeando.

—Lo cogí de la colección que están haciendo los alguaciles. Al parecer había diez. Pensé que podrías venderlo. Gasté un montón de bendaleo luchando con esos tipos. Necesito dinero para sustituirlo. Pero no te preocupes. Dejé en el lugar de la pistola un bonito dibujo que hice cuando la cogí. Toma.

Le tendió algo más. Un puñado de balas.

—También cogí esto.

—Sara —dijo Lena, acariciando los largos y estrechos cartuchos—, ¿te das cuenta de que son balas de rifle?

—¿Y?

—Que no caben en un revólver.

—¿No? ¿Por qué no?

—Porque no.

—Qué tontería fabricar así las balas, ¿no?

Parecía aturdida. Naturalmente, la mayor parte de las cosas relacionadas con las armas de fuego aturdían a Sara, que era mejor lanzándole a alguien una pistola que tratando de disparar con ellas. Lena sacudió divertida la cabeza, pero no devolvió la pistola. Quería una. Guardó el revólver en una de sus sobaqueras y se volvió hacia lord Harms.

—Mi señor —dijo—. Le he fallado.

Harms se frotó la cara con un pañuelo. Estaba pálido.

—¿Por qué se la han llevado? La soltarán, ¿verdad? Dijeron que lo harían.

Lena guardó silencio.

—No lo harán —dijo lord Harms, alzando la cabeza—. No han soltado a ninguna de las otras, ¿verdad?

—No —respondió Lena.

—Tiene que recuperarla. —Harms cogió la mano de Lena—. No me importan ni el dinero ni las joyas que me han quitado. Eso puede sustituirse, y la mayoría estaba asegurada de todas formas. Pero pagaré cualquier precio por Kara. Por favor. ¡Ella va a ser su prometida! ¡Tiene que encontrarla!

Lena miró a los ojos del hombre y vio miedo en ellos. Las bravatas que pudiera haber mostrado en encuentros anteriores eran todo fachada.

«Es curioso lo rápido que la gente puede dejar de llamarte bellaca y vagabunda cuando necesitan tu ayuda», pensó Lena. Pero si había algo que no podía ignorar era una sincera petición de auxilio.

—La encontraré —dijo—. Lo prometo, lord Harms.

Harms asintió. Entonces, lentamente, se puso en pie.

—Déjeme que le ayude a llegar al carruaje, mi señor —dijo Alex.

—No —respondió Harms, rechazándola—. No. Solo déjame…, solo déjame que me siente en el carruaje un rato. No me marcharé sin ti, pero por favor déjame un ratito a solas.

Se apartó, dejando a Alex de pie con las manos a la espalda.

Ella se sentó, asqueada.

—Desearía que la hubiera rescatado a ella y no a mí —dijo en voz baja.

—Bueno, Lena —intervino Sara—. ¿Dónde dijiste que estaba el tipo que me quitó el sombrero?

—Te dije que escapó después de que le disparara.

—Esperaba que se le hubiera caído el sombrero, ¿sabes? Cuando te pegan un tiro se suelen caer las cosas.

Lena suspiró.

—Me temo que todavía lo llevaba puesto cuando se escapó.

Sara empezó a maldecir.

—Sara —dijo Alex—. Es solo un sombrero.

—¿Solo un sombrero? —exclamó ella, angustiada.

—Sara está bastante unida a ese sombrero —dijo Lena—. Cree que le da buena suerte.

—Da buena suerte. Nunca me he muerto con el sombrero puesto.

Alex frunció el ceño.

—Yo… no estoy segura de cómo responder.

—Es una reacción común a Sara —dijo Lena—. Por cierto, quería darle las gracias por su oportuna intervención. ¿Le importa si le pregunto dónde aprendió a disparar así?

Alex se ruborizó.

—En el club femenino de tiro de la universidad. Estamos bastante bien situadas en la competición contra otros clubes de la ciudad. —Hizo una mueca—. Supongo que… ninguno de esos tipos a los que les disparé sobrevivió.

—No —dijo Sara—. Los atravesó bien atravesados. ¡El que estaba cerca de mí dejó sus sesos por toda la puerta!

—Oh, cielos. —Alex se puso pálida—. Nunca esperé…

—Es lo que pasa cuando se le dispara a alguien —señaló Sara—. Como mínimo, alguien tiene el buen sentido de morirse cuando te tomas la molestia de dispararle. A menos que pases por alto algo vital. ¿Ese tipo que se llevó mi sombrero?

—Le di en el brazo —dijo Lena—. Pero tendría que haberle hecho más daño. Tenía sangre koloss con toda seguridad. Tal vez fuera también un brazo de peltre.

Eso hizo callar a Sara. Probablemente estaba pensando lo mismo que Lena: una banda como esa, con esos números y tan buenas armas, tendría probablemente un par de alománticos y feruquimistas entre ellos.

—Alex —dijo Lena; se le había ocurrido algo—. ¿Kara es alomántica?

—¿Qué? No. No lo es.

—¿Está segura? Puede que lo ocultara.

—No es alomántica —dijo Alex—. Ni feruquimista. Puedo prometerlo.

—Bueno, una teoría al garete —comentó Sara.

—Tengo que pensar —dijo Lena, tamborileando los dedos sobre la mesa—. Hay demasiadas cosas en estos desvanecedores que no tienen sentido. —Sacudió la cabeza—. Pero, por ahora, debo darle las buenas noches. Estoy agotada, y si puedo tener la osadía de decirlo, usted lo parece también.

—Sí, por supuesto —dijo Alex.

Se levantaron y se encaminaron hacia la salida. Los alguaciles no las detuvieron, aunque algunos dirigieron a Lena miradas hostiles. Otros parecían incrédulos. Unos pocos se mostraban asombrados. Esa noche, como las cuatro anteriores, no había brumas. Lena y Sara acompañaron a Alex hasta el carruaje de su tío. Lord Harms estaba sentado dentro, mirando al frente.

Mientras llegaban, Alex cogió a Lena del brazo.

—Tendría que haber ido a por Kara primero —dijo en voz baja.

—Usted estaba más cerca. La lógica dictaba que la salvara primero.

—Bueno, sea cual sea el motivo —dijo ella, con voz aún más baja—, gracias por lo que hizo. Yo… Gracias.

Parecía como si quisiera decir algo más, la miró a los ojos, y entonces se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Antes de que ella pudiera reaccionar, se dio media vuelta y se subió al carruaje. Sara se detuvo junto a Lena mientras el carruaje se ponía en marcha en la calle oscura, las herraduras resonando sobre el pavimento.

—¿Así que vas a casarte con su prima? —preguntó.

—Ese es el plan.

—Asombroso.

—Es una joven impulsiva a la que doblo en edad —dijo Lena.

«Una joven aparentemente inteligente, hermosa, e intrigante que también es una excelente tiradora». Antaño, esa combinación la habría dejado completamente absorta. Ahora apenas le dirigió un pensamiento de pasada.

Se dio media vuelta.

—¿Dónde te alojas?

—Todavía no estoy segura —dijo Sara—. Encontré una casa cuyos habitantes están fuera, pero creo que vuelven esta noche. Les dejé algo de pan como agradecimiento.

Lena suspiró. «Tendría que haberlo imaginado».

—Te dejaré una habitación, siempre que prometas no robar demasiado.

—¿Qué? Yo nunca robo, socia. Robar está mal. —Se pasó una mano por el pelo y sonrió—. Aunque tal vez tenga que cambiarte por un sombrero hasta que recupere el otro. ¿Necesitas pan?

Lena negó con la cabeza y llamó a su carruaje para que las llevara de regreso a la mansión Ladrian.