9

—Así que no estamos seguras de lo que sucedió —dijo Lena, sentándose en el suelo junto a la larga hoja de papel cubierta con sus resultados genealógicos—. Las Palabras de Instauración incluían una referencia a otros dos metales y sus aleaciones. Pero los antiguos creían en dieciséis metales, y la Ley de Dieciséis tiene una naturaleza tan fuerte que no puede ignorarse. O bien Armonía cambió cómo funciona la alomancia, o nunca la comprendimos realmente.

—Hum —dijo Alex, sentada en el suelo con las rodillas a un lado—. No esperaba eso de ti, lady Lena. Sabía lo de vigilante de la ley. Metalúrgico, tal vez. Pero ¿filósofa?

—Hay relación entre ser vigilante y ser filósofa —dijo Lena, sonriendo ociosamente—. El cumplimiento de la ley y la filosofía tratan de cuestiones. Me atrajo la ley por la necesidad de encontrar respuestas que nadie más podía, de capturar a los hombres que todo el mundo consideraba

inalcanzables. La filosofía es similar. Cuestiones, secretos, enigmas. La mente humana y la naturaleza del universo…, los dos grandes acertijos del tiempo.

Ella asintió pensativa.

—¿Qué fue para ti? —preguntó Lena—. No suele verse a una joven de posibles estudiando leyes.

—Mis posibles no son tan… importantes como puedan parecer —dijo ella—. No sería nadie sin el patronato de mi tío.

—Con todo…

—Historias —dijo ella, sonriendo con tristeza—. Historias sobre el bien y el mal. La mayoría de la gente que una conoce, no son ni una cosa ni la otra.

Lena frunció el ceño.

—No estoy de acuerdo. La mayoría de la gente parece básicamente buena.

—Bueno, tal vez según una definición. Pero parece que hay que perseguir una cosa, el bien o el mal, para ser importante. La gente de hoy… parece que son buenos, o a veces malos, principalmente por inercia, no por decisión. Actúan según los impulsa lo que les rodea.

»Es como…, bueno, piensa en un mundo donde todo está iluminado con la misma luz modesta. Todos los lugares, interiores o exteriores, iluminados por una luz uniforme que no puede cambiar. Si, en este mundo de luz común, alguien de repente produjera una luz que fuera significativamente más brillante, sería notable. Por el mismo razonamiento, si alguien consiguiera crear una habitación que estuviera oscura, sería notable también. En cierto modo, no importa lo intensa que fuera la iluminación inicial. La historia funciona igual.

—El hecho de que la mayoría de la gente sea decente no hace que su decencia valga menos para la sociedad.

—Sí, sí —dijo ella, ruborizándose—. Y no estoy diciendo que desearía que todo el mundo fuera menos decente. Pero… esas luces brillantes y esos lugares oscuros me fascinan, lady Lena… sobre todo cuando son dramáticamente diferentes. ¿Por qué, por ejemplo, un hombre educado en una familia básicamente buena (rodeado por buenos amigos, con un buen trabajo y medios satisfactorios) empieza a estrangular mujeres con cables de alambre y a hundir sus cuerpos en los canales?

»Y a la inversa, consideremos que la mayoría de los hombres que se marchan a los Áridos se adaptan al clima general de sensibilidades laxas de allí. Pero otros, unos pocos individuos notables, deciden llevarse consigo la civilización. Un centenar de hombres, convencidos por la sociedad de que "todo el mundo lo hace a su manera", se dedican a hacer las cosas más rudas y despreciables. Pero un hombre dice que no.

—En realidad no es tan heroico —dijo Lena.

—Estoy segura de que no te lo parece.

—¿Has oído alguna vez la historia del primer hombre que capturé?

Ella se ruborizó.

—Yo… sí. Sí, digamos que la he oído. Peret el Negro. Violador y alomántico… brazo de peltre, creo. Entraste en la comisaría de los vigilantes, miraste el tablón de anuncios, arrancaste su retrato y te lo llevaste. Volviste tres días más tarde con él cruzado en la silla de tu caballo. De todos los hombres del tablón escogiste al criminal más difícil y peligroso.

—Es el que valía más dinero.

Alex frunció el ceño.

—Miré ese tablón de anuncios —dijo Lena—, y pensé para mis adentros: «Bueno, es probable que cualquiera de estos tipos me mate. Así que bien puedo elegir el que más vale». Necesitaba el dinero. No había comido otra cosa en tres días, sino tasajo y judías. Y luego fue Taraco.

—Uno de los bandidos más grandes de nuestra época.

—Pensé que, gracias a él, conseguiría renovar el calzado. Le había robado a un zapatero unos cuantos días antes, y pensé que, si entregaba al tipo, podría sacarme un par de botas nuevas.

—Creí que lo habías capturado porque mató a un vigilante en Faradana la semana anterior.

Lena negó con la cabeza.

—No me enteré de eso hasta después de entregarlo.

—Oh. —Entonces ella sonrió ansiosa—. ¿Y Harrisel Hard?

—Una apuesta con Sara —dijo Lena—. No pareces decepcionada.

—Esto tan solo lo hace más real —respondió ella. Sus ansiosos ojos brillaron de forma casi depredadora—. Tengo que anotar esto.

Buscó en su bolso y sacó una libreta y un lápiz.

—¿Y qué es lo que te motivó a ti? —preguntó Lena mientras ella garabateaba las notas—. ¿Estudias por deseo de convertirte en heroína, como en las historias?

—No, no. Solo quería aprender de los héroes.

—¿Estás segura? Podrías convertirte en vigilante, ir a los Áridos, vivir estas mismas historias. No creas que no puedes porque eres una mujer; la alta sociedad puede hacerte creer eso, pero más allá de las montañas no importa. Allí no hay que llevar vestidos de encajes ni oler a flores. Puedes colgarte unos revólveres del cinto y hacer tus propias reglas. No lo olvides: la Guerrera Ascendente fue una mujer.

Ella se inclinó hacia delante.

—¿Puedo confesarte una cosa, lady Lena?

—Solo si es salaz, personal o embarazoso.

Ella sonrió.

—Me gustan los vestidos de encajes y oler a flores. Me gusta vivir en la ciudad, donde puedo disfrutar de comodidades modernas. ¿Te das cuenta de que puedo pedir comida de Terris a cualquier hora de la noche, y recibirla?

—Increíble.

En efecto lo era. Lena no se había dado cuenta de que eso era posible.

—Por mucho que me guste leer sobre los Áridos, y aunque pueda visitarlos, no creo que se me diera bien vivir allí. No me gusta la suciedad, la mugre y la falta general de higiene personal. —Se inclinó hacia delante—. Y, siendo completamente sincera, no tengo ningún problema en dejar que mujeres como tú sean los que se cuelguen los revólveres al cinto y le disparen a la gente. ¿Me convierte eso en una terrible traidora a mi sexo?

—No lo creo. Pero eres bastante buena tiradora.

—Bueno, puedo disparar contra cosas. Pero ¿a las personas? —se estremeció—. Sé que la Guerrera Ascendente es un modelo para las mujeres que quieren realizarse. Tenemos clases al respecto en la universidad, por el amor de Conservación, y su legado está escrito en la ley. Pero no quiero ponerme pantalones y ser ella. A veces me siento como una cobarde al admitirlo.

—No importa —dijo Lena—. Tienes que ser tú misma. Pero nada de eso explica por qué estás estudiando leyes.

—Oh, quiero cambiar la ciudad —dijo ella, animándose—. Aunque pienso que perseguir a los criminales y agujerearlos con trozos de metal que se mueven a alta velocidad es una forma terriblemente ineficaz de hacerlo.

—Pero puede ser divertido.

—Deja que te enseñe una cosa.

Rebuscó un poco más en su bolso y sacó unos papeles doblados.

—Antes mencioné cómo la gente en general reacciona en respuesta a lo que la rodea. ¿Recuerdas nuestra discusión sobre los Áridos, y cómo a menudo allí hay más vigilantes por habitante que aquí? Y, sin embargo, el crimen está más extendido. Es resultado del entorno. Mira aquí.

Le tendió unos papeles.

—Es un estudio —dijo—. Lo estoy haciendo yo misma. Trata de la naturaleza del delito relacionado con el entorno. Mira aquí, se discuten los factores principales que han reducido los crímenes en algunas secciones de la ciudad. Contratar a más alguaciles, colgar a más criminales, ese tipo de cosas. Son de eficacia media.

—¿Qué es esto de aquí abajo? —preguntó Lena.

—Renovación —dijo ella con una gran sonrisa—. Este caso es donde un hombre rico, lord Joshin, compró varias parcelas de terreno en una de las zonas menos recomendables. Empezó a renovar y a limpiar. Los delitos se redujeron. No cambió la gente, solo el entorno. Ahora esa zona es una sección segura y respetable de la ciudad.

»Lo llamamos la teoría de las "ventanas rotas". Si un hombre ve una ventana rota en un edificio, es más probable que robe o cometa otros delitos, ya que piensa que no le importa a nadie. Si todas las ventanas están cuidadas, todas las calles limpias, todos los edificios encalados, entonces los delitos se reducen. Igual que un día caluroso puede irritar a una persona, una zona ruinosa puede convertir a un hombre corriente en un delincuente.

—Curioso —dijo Lena.

—Naturalmente, no es la única respuesta. Siempre habrá gente que no responda a sus alrededores. Como he mencionado, me fascinan. Siempre he sido buena con los números y las cifras. Veo este tipo de pautas y me hago preguntas. Limpiar unas cuantas calles puede ser más barato que emplear a más alguaciles, pero ¿puede reducir los delitos en mayor grado?

Lena miró los estudios, luego a Alex. Ella sintió un arrebato de emoción en las mejillas. Había algo cautivador en ella. ¿Cuánto tiempo llevaban aquí? Lena vaciló y luego sacó su reloj de bolsillo.

—Oh —dijo ella, mirando el reloj—. No deberíamos estar charlando así. No con la pobre Kara en sus manos.

—No podemos hacer más hasta que regrese Sara —dijo Lena—. De hecho, ya tendría que haber vuelto.

—Está aquí —dijo la voz de Sara desde el pasillo.

Alex dio un respingo y dejó escapar un gritito.

Lena suspiró.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

Sara asomó la cabeza en la esquina. Llevaba puesto un sombrero de alguacil.

—Oh, un ratito. Me pareció que las dos teníais un momento de «gente inteligente». No quería interferir.

—Muy lista por tu parte. Tu estupidez puede ser infecciosa.

—No utilices tus palabras raras conmigo, hija —dijo Sara, entrando. Aunque llevaba un sombrero de alguacil, por lo demás iba vestido con su sobretodo y pantalones, los bastones de duelo en las caderas.

—¿Lo lograste? —preguntó Lena, levantándose, y extendiendo luego la mano para ayudar a incorporarse a Alex.

—Pues claro…, me comí algunos bollos. —Sara sonrió—. Y los sucios guripas incluso pagaron por ellos.

—¿Sara?

—¿Sí?

—Nosotras somos sucias guripas.

—No, ya no —dijo ella orgullosamente—. Somos ciudadanos independientes preocupados por sus deberes cívicos. Y por comernos los bollos de los sucios guripas.

Sara sonrió.

—No parecen tan apetitosos cuando se los describe así.

—Oh, estaban buenos. —Sara rebuscó en el bolsillo de su sobretodo—. Os he traído algunos. Pero se han aplastado un poco.

—No me digas —dijo Alex, palideciendo.

Sara, sin embargo, se echó a reír y sacó un papel que agitó ante Lena.

—La localización del escondite de los desvanecedores en la ciudad. Junto con el nombre de su reclutador.

—¿De verdad? —dijo Alex ansiosamente, corriendo para coger el papel—. ¿Cómo lo has conseguido?

—Whisky y magia.

—En otras palabras —dijo Lena, acercándose y leyendo el papel por encima del hombro de Alex—. Sara no paró de hablar rápido. Buen trabajo.

—¡Tenemos que ponernos en marcha! —dijo Sara con urgencia—. Ir allí, encontrar a Kara y…

—Ya no estarán allí —dijo Lena, cogiendo el papel—. No después de que hayan capturado a varios de sus miembros. Sara, ¿conseguiste hacerte con esto sin que los alguaciles se enteraran?

Sara se hizo la ofendida.

—¿Tú qué crees?

Lena asintió. Se frotó la barbilla.

—Deberíamos ir lo antes posible. Llegar al escenario antes de que se enfríe demasiado.

—Pero… —dijo Alex—. Los alguaciles…

—Les daremos un soplo anónimo cuando hayamos visto el lugar —dijo Lena.

—No será necesario —añadió Sara—. Preparé una mecha.

—¿Para cuándo?

—El anochecer.

—Bien.

—Puedes mostrar tu agradecimiento con un gran pedazo de un metal raro y caro —dijo Sara.

—Sobre la mesa —dijo Lena, doblando el papel y guardándoselo en el bolsillo del chaleco.

Sara se acercó a mirar el aparato emplazado sobre el escritorio.

—No estoy segura de querer tocar nada de esto, socia. Le tengo aprecio a todos mis dedos.

—No va a explotar, Sara —dijo Lena secamente.

—Eso dijiste cuando…

—Solo sucedió una vez.

—¿Sabes lo molesto que es volver a hacerte crecer los dedos, Lena?

—Si está a la par de tus quejas, debe de ser molestísimo.

—Solo estoy diciendo… —Sara escrutó el escritorio hasta que encontró el frasquito con virutas de bendaleo. Lo cogió y retrocedió con cautela—. Que las cosas de aspecto más inocente tienen tendencia a explotar a tu alrededor. Hay que ser cuidadosa. —Sacudió el frasco—. No es mucho.

—No te hagas la malcriada —replicó Lena—. Es bastante más de lo que podría haberte conseguido con tan poco tiempo de aviso si hubiéramos estado en los Áridos. Quítate el sombrero. Vamos a esa fundición que mencionan tus notas.

—Podemos usar mi carruaje, si queréis —dijo Alex.

Tillaume entró en ese momento, llevando una cesta en una mano y una bandeja con té en la otra. Depositó la cesta junto a la puerta, luego colocó la bandeja sobre la mesa y empezó a servir té.

Lena miró a Alex.

—¿Quieres venir? Creí que habías dicho que querías dejar los disparos para mujeres como yo.

—Has dicho que no estarían allí —replicó ella—. Así que en realidad no hay ningún peligro.

—Todavía querrán capturarte —advirtió Sara—. Intentaron secuestrarte en la cena. Será peligroso para ti.

—Y probablemente os dispararán a vosotras sin pestañear —respondió ella—. ¿Cómo será menos peligroso para vosotras?

—Supongo que no lo será —admitió Sara.

Tillaume se acercó, trayéndole a Lena una taza de té en una bandejita. Sara la cogió con una sonrisa, aunque Tillaume intentó apartar la bandeja.

—Qué conveniente —dijo Sara, sujetando la taza—. Lena, ¿por qué no me trajiste a uno de esos tipos a Erosión?

El mayordomo la miró con mala cara, luego corrió a la mesa para preparar otra taza.

Lena estudió a Alex. Había algo que estaba pasando por alto, algo importante. Algo en lo que Sara había dicho…

—¿Por qué te cogieron? —le preguntó a Alex—. Había mejores objetivos en la fiesta. Mujeres más cercanas a los linajes que querían.

—Dijiste que podía haber sido un señuelo para despistarnos —observó Sara, echando un poco de bendaleo en su taza y luego apurándolo todo de un solo sorbo.

—Sí —dijo Lena, mirándola a los ojos y viendo en ellos un destello de algo. Ella se dio la vuelta—. Pero si ese fuera el caso, habrían querido llevarse a alguien que no fuera cercana al mismo linaje, no a alguien que fuera una prima cercana.

Frunció los labios, y entonces comprendió.

—Ah. Eres ilegítima, entonces. Hermanastra de Kara, por parte de lord Harms, supongo.

Ella se ruborizó.

—Sí.

Sara silbó.

—Maravilloso espectáculo, Lena. Normalmente espero a la segunda cita para llamar a alguien bastarda. —Miró a Alex—. A la tercera si es bonita.

—Yo… —Lena sintió un súbito arrebato de vergüenza—. Naturalmente. Yo no pretendía…

—No importa —dijo ella en voz baja.

Tenía sentido. Alex y lord Harms se habían incomodado cuando Kara mencionó a las amantes. Y luego estaba aquella cláusula específica en el contrato; Kara estaba acostumbrada a las infidelidades de los lores. Eso también explicaba por qué Harms pagaba la educación y el alojamiento de la «prima» de Kara.

—Lady Alex —dijo Lena, cogiéndole la mano—. Tal vez mis años en los Áridos me han afectado más de lo que suponía. Hubo una época en que habría pensado mis palabras antes de pronunciarlas. Te pido perdón.

—Soy lo que soy, lady Lena —dijo ella—. Y me siento cómoda con ello.

—De todas formas, ha sido rudo por mi parte.

—No tienes que disculparte.

—Hum —dijo Sara, pensativa—. El té está envenenado.

Con eso, se desplomó en el suelo.

Alex soltó un grito y acudió inmediatamente a su lado. Lena se dio media vuelta para mirar a Tillaume justo cuando el mayordomo se volvía de sus supuestos preparativos y lo apuntaba con una pistola.

No había tiempo para pensar. Lena quemó acero (lo mantenía en su interior cuando pensaba que podía estar en peligro) y empujó el tercer botón de su chaleco. Siempre llevaba uno de acero, para usarlo para restaurar sus reservas de metal o como arma. El botón salió despedido del chaleco, cruzó la habitación y golpeó a Tillaume en el pecho justo cuando apretaba el gatillo. El disparo salió desviado. Ni la bala ni la pistola fueron registrados como metal por los sentidos alománticos de Lena. Aluminio, entonces. Tillaume se tambaleó y soltó la pistola, apoyándose en la estantería mientras intentaba huir. Dejó una línea de sangre en el suelo antes de desplomarse en la puerta.

Lena se arrodilló junto a Sara. Alex había dado un respingo al oír el disparo, y miraba al jadeante mayordomo.

—¿Sara? —dijo Lena, alzando la cabeza de su amiga.

Sara abrió los ojos.

—Veneno. Odio el veneno. Peor que perder un dedo, te lo aseguro.

—¡Lady Lena! —dijo Alex, alarmada.

—Sara se pondrá bien —respondió Lena, relajándose—. Mientras pueda hablar y tenga reservas feruquimistas, puede librarse casi de cualquier cosa.

—No estoy hablando de ella. ¡El mayordomo!

Lena alzó sobresaltada la cabeza y advirtió que el moribundo Tillaume estaba toqueteando la cesta que había traído: el hombre metió una mano ensangrentada dentro y tiraba de algo.

—¡Sara! —gritó Lena—. Burbuja. ¡Ahora!

Tillaume se echó hacia atrás. La cesta estalló en una bola de fuego.

Y entonces se detuvo.

—Ah, demonios —dijo Sara, girándose en el suelo para ver la explosión en progreso—. Te advertí. Dije que siempre hay cosas explotando a tu alrededor.

—Me niego a aceptar la responsabilidad por esto.

—Es tu mayordomo —dijo Sara, tosiendo y poniéndose de rodillas—. ¡Blarek! Y el té ni siquiera estaba bueno.

—¡Se hace más grande! —dijo Alex, alarmada, señalando la explosión.

La andanada de fuego había vaporizado la cesta antes de que Sara emplazara su burbuja. La onda expansiva se extendía lentamente hacia fuera, quemando la alfombra, destruyendo el marco de la puerta y las estanterías. El mayordomo ya había sido cubierto por ella.

—Maldición —dijo Sara—. Es grande.

—Probablemente pretendía que pareciera un accidente con mi equipo de metalurgia —dijo Lena—. Quemaría nuestros cuerpos y cubriría el asesinato.

—¿Nos dirigimos a las ventanas, entonces?

—Va a ser difícil correr más que la andanada —respondió Lena, pensativa.

—Podrías conseguirlo. Solo tienes que empujar con fuerza.

—¿Contra qué, Sara? No veo ningún buen anclaje en esa dirección. Además, si nos lanzó hacia atrás tan rápido, salir por la ventana nos va a hacer pedazos.

—Señoritas —dijo Alex, con voz frenética—, se está haciendo más grande.

—Sara no puede detener el tiempo —dijo Lena—. Solo frenarlo mucho. Y no puede mover la burbuja cuando la ha emplazado.

—Mira —dijo Sara—. Cárgate la pared. Empuja contra los clavos de los marcos de la ventana y abre el lado del edificio. Así podrás lanzarnos en esa dirección sin que nos topemos con nada.

—¿Te escuchas alguna vez cuando dices estas cosas? —preguntó Lena, las manos en las caderas, mientras miraba a su amiga—. Es ladrillo y piedra. Si empujo demasiado fuerte, me lanzaré hacia la explosión.

—¡Se está acercando! —exclamó Alex.

—Entonces hazte más pesada —dijo Sara.

—¿Tan pesada para no poder moverme cuanto toda una pared (una pared muy bien construida y enormemente pesada) se desgaje del edificio?

—Claro.

—El suelo no podría soportarlo —dijo Lena—. Se quebraría y…

Se calló.

Las dos bajaron la mirada.

Poniéndose en movimiento, Lena agarró a Alex, que gritó sorprendida. Rodó de espaldas, sujetándola con fuerza encima de Lena. La explosión cubría ahora la mayor parte de su campo de visión, tras haber consumido una gran parte de la habitación. Se acercaba cada vez más, hinchándose, brillando con una furiosa luz amarilla, como un pastel burbujeante que se expande en un horno enorme.

—¿Qué vamos a…? —dijo Alex.

—¡Agárrate!

Lena amplificó su peso.

La feruquimia no funcionaba como la alomancia. Las dos categorías de poder a menudo se unían, pero en muchos aspectos eran opuestas. En la alomancia, el poder procedía del metal, y había un límite a lo que podías hacer a la vez. Sara no podía comprimir el tiempo más allá de cierta cantidad; Lena solo podía empujar un trozo de metal. La feruquimia funcionaba como una especie de canibalismo, donde consumías parte de ti mismo para utilizarlo más tarde. Te hacías pesar la mitad durante diez días, y podías convertirte una vez y media más pesado durante una cantidad igual de tiempo. O podías hacerte el doble de pesado durante la mitad de ese tiempo. O cuatro veces tan pesado durante la cuarta parte del tiempo.

O enormemente pesado durante unos breves instantes.

Lena absorbió para sí el peso que había almacenado en sus mentes de metal durante los días que había pasado con tres cuartas partes de su peso. Se hizo tan pesada como una roca, y luego tan pesada como un edificio, luego aún más pesada. Todo su peso se concentró en una pequeña sección del suelo. La madera crujió, luego reventó, explotando hacia abajo. Lena salió de la burbuja de velocidad de Sara y pasó a tiempo real, sacudida por el cambio. Los siguientes momentos fueron un borrón. Oyó el terrible sonido de la explosión arriba, que golpeó con una oleada de fuerza. Soltó su mente de metal y empujó contra los clavos del suelo que tenían debajo, tratando de frenar la caída. No tuvo tiempo de hacerlo bien. Alex y ella chocaron contra el suelo del piso de abajo, y algo pesado les cayó encima, dejando a Lena sin aliento. Hubo un brillo cegador y un estallido de calor.

Entonces terminó.

Lena yació en el suelo aturdida, los oídos zumbando. Gimió y entonces se dio cuenta de que Alex estaba aferrada a ella, temblando. La mantuvo abrazada un momento, parpadeando. ¿Seguían en peligro? ¿Qué les había caído encima?

«Sara», pensó. Se obligó a moverse, rodó y dejó a Alex a un lado.

El suelo bajo ellas había quedado reducido a astillas, los clavos aplastados hasta convertirse en pequeños discos. Parte del empujón hacia abajo debía de haberlo hecho mientras aún tenía el peso aumentado. Estaban cubiertas de astillas de madera y polvo de escayola. El techo era un caos, con secciones de madera ardiendo y trozos de ceniza y escombros cayendo. No quedaba nada del agujero que había abierto: la andanada lo había consumido junto con el suelo a su alrededor. Con un gemido, apartó a Sara. Su amiga había caído sobre ellas y había bloqueado el grueso de la explosión. Su sobretodo había quedado hecho jirones, y tenía la espalda expuesta, ennegrecida y quemada, con sangre en los costados. Alex se llevó una mano a la boca. Todavía estaba temblando, el pelo marrón oscuro revuelto, los ojos muy abiertos.

«No —pensó Lena, sin saber si darle la vuelta a su amiga o no—. Por favor, no». Sara había usado una porción de su salud para recuperarse del veneno. Y anoche había dicho que solo le quedaba suficiente para una herida de bala…

Ansiosa, palpó el cuello de Sara. Había un leve pulso. Lena cerró los ojos y dejó escapar un profundo suspiro. Mientras observaba, las heridas de la espalda de Sara empezaron a cerrarse. Era un proceso lento. Una hacedora de sangre que usara la curación feruquimista estaba limitada por la velocidad a la que quería que actuara el poder: recuperarse rápidamente requería un gasto de salud mucho más grande. Si a Sara no le quedaba mucha, tendría que trabajar a ritmo más lento.

Lena la dejó tranquila. Sara estaría sufriendo un gran dolor, pero no había nada que pudiera hacer. En cambio, cogió a Alex por el brazo. Ella estaba temblando todavía.

—Tranquila —dijo Lena, y su voz le sonó extraña y apagada por el efecto de la explosión en sus oídos—. Sara se está curando. ¿Estás herida?

—Yo… —Ella parecía aturdida—. Dos de cada tres damnificados por un gran trauma son incapaces de identificar correctamente sus propias heridas como resultado de la tensión o de los mecanismos naturales del cuerpo para enfrentarse al dolor.

—Dime si te duele algo de esto —dijo Lena, palpándole los tobillos, las piernas, los brazos en busca de roturas. Con cuidado sondeó sus costados por si había costillas rotas, aunque fue difícil por la gruesa tela de su vestido.

Ella se recuperó lentamente de su estupor, la miró y la atrajo hacia sí, enterrando la cabeza contra su pecho. Lena vaciló, luego la rodeó con los brazos hasta que la respiración de Alex se fue haciendo más regular mientras intentaba controlar sus emociones. Tras ellas, Sara empezó a toser. Se agitó, luego gimió y se quedó quieta, dejando que la curación continuara. Habían caído en un dormitorio vacío. El edificio estaba ardiendo, pero no demasiado. Probablemente pronto vendrían los alguaciles.

«No ha venido nadie corriendo —pensó Lena—. Los otros miembros del personal. ¿Estarán bien?».

¿O eran parte del complot? Su mente estaba todavía intentando comprenderlo. Tillaume (un hombre que, por lo que sabía, había servido fielmente a su tía durante décadas) había intentado matarla. Tres veces.

Alex se retiró.

—Creo… creo que ya estoy bien. Gracias.

Lena asintió, sacó un pañuelo y se lo entregó. Luego se arrodilló junto a Sara. La espalda de su amiga estaba recubierta de sangre y piel quemada, pero se había desprendido en forma de postillas y nueva piel se formaba debajo.

—¿Es grave? —preguntó Sara, los ojos todavía cerrados.

—Te recuperarás.

—Me refiero al sobretodo.

—Oh. Bueno… vas a tener que remendarlo a base de bien esta vez.

Sara bufó, luego se incorporó y se sentó en el suelo. Gimió varias veces durante el proceso, y finalmente abrió los ojos. Por su cara corrían lágrimas.

—Te lo dije. Siempre hay cosas inocentes explotando a tu alrededor, Lena.

—Esta vez has conservado los dedos.

—Magnífico. Todavía puedo estrangularte.

Lena sonrió, apoyando la mano en el brazo de su amiga.

—Gracias.

Sara asintió.

—Pido disculpas por haber caído encima de vosotras dos.

—Te lo perdono, dadas las circunstancias. —Lena miró a Alex.

Ella estaba sentada abrazándose a sí misma, inclinada hacia delante, la cara pálida. Se dio cuenta de que la observaba, bajó los brazos y se obligó a ser fuerte y empezó a levantarse.

—Tranquila —añadió Lena—. Puedes tomarte más tiempo.

—Me pondré bien —respondió ella, como si le costara trabajo formar las palabras y su audición estuviera todavía embotada—. Es que… no estoy acostumbrada a que la gente intente matarme.

—Una nunca se acostumbra a eso. Créeme —dijo Sara. Inspiró profundamente, y luego recogió los restos de su sobretodo y su camisa. Después volvió su espalda quemada hacia Lena—. ¿Te importa?

—Tal vez quieras darte la vuelta, Alex —dijo Lena.

Ella frunció el ceño, pero no apartó la mirada. Así que Lena agarró la capa quemada del hombro de Sara y, de un tirón, soltó la piel de su espalda, que quedó libre casi en una pieza completa. Sara gruñó. Una nueva piel se había formado debajo, rosada y fresca, pero no podía terminar de sanar adecuadamente hasta que la vieja capa quemada y acartonada hubiera sido retirada. Lena la arrojó a un lado.

—Oh, Señor de la Armonía —dijo Alex, llevándose una mano a la boca—. Creo que voy a vomitar.

—Te avisé.

—Creí que te referías a sus quemaduras. No me di cuenta de que ibas a arrancarle toda la espalda.

—Ahora me siento mucho mejor. —Sara agitó los brazos, sin camisa ahora. Era delgada y musculosa, y llevaba un par de brazaletes de mente de metal de oro en los antebrazos. Sus pantalones estaban chamuscados, pero parecían intactos en su mayor parte. Extendió la mano y recogió del suelo uno de los bastones de duelo. El otro estaba todavía en su cintura.

—Ahora me deben un sombrero y un sobretodo. ¿Dónde está el resto del personal de la casa?

—Estaba pensando en eso mismo —dijo Lena—. Haré una búsqueda rápida para ver si hay alguien herido. Saca a Alex por la puerta de atrás. Escabulliros por los jardines y salid por ahí: me reuniré allí con vosotras.

—¿Escabullirnos? —preguntó Alex.

—Quien contrató a ese tipo para que nos matara —dijo Sara—, estará esperando que la explosión signifique que hemos ido a reunirnos con Ojos de Hierro.

—En efecto —corroboró Lena—. Tendremos una hora o dos mientras investigan la casa e identifican a Tillaume… si es que queda algo que identificar. Durante ese tiempo, nos darán por muertas.

—Eso nos dará un poco de tiempo para pensar —dijo Sara—. Vamos. Tenemos que actuar con rapidez.

Condujo a Alex por las escaleras traseras hacia los jardines. Todavía parecía aturdida.

Lena notaba los oídos como si los tuviera cubiertos de algodón. Sospechaba que las tres habían estado gritando durante la conversación. Sara tenía razón. Nunca te acostumbras a que intenten matarte. Lena realizó un rápido reconocimiento por la casa, y empezó a rellenar sus mentes de metal mientras lo hacía. Se volvió mucho más liviana, la mitad de su peso normal. Un poco más y le costaría trabajo caminar, incluso con la ropa y las armas como lastre. Pero tenía experiencia. Durante su búsqueda, encontró a Limmi y la señorita Grimes inconscientes, pero vivas, en la despensa. Una mirada por la ventana le mostró al cochero, Krent, de pie con las manos en la cabeza y mirando el edificio en llamas con los ojos muy abiertos. Del resto del personal de la casa (las criadas, los chicos de los recados, el cocinero) no había ni rastro. Podrían haberse hallado lo suficientemente cerca de la explosión para ser capturados por ella, pero Lena no lo creía probable. Seguramente Tillaume (que estaba a cargo del personal de la casa) había enviado fuera a todos los que pudo, luego había drogado a los demás y los había llevado a algún lugar seguro. Eso indicaba el deseo de asegurarse que nadie resultara herido. Bueno, nadie menos Lena y sus invitados. En dos rápidos viajes, Lena llevó a las mujeres inconscientes al jardín trasero… cuidando que no la viera nadie. Con suerte, pronto las encontrarían Krent o los alguaciles. Después, cogió un par de revólveres del armario de la planta baja y una camisa y una chaqueta de la lavandería para Sara. Deseó poder buscar su viejo baúl, con sus Sterrions, pero no había tiempo.

Salió por la puerta trasera y cruzó el jardín con pies demasiado livianos. Con cada paso del camino, se sentía cada vez más molesta por lo que había sucedido. Era horrible que alguien intentara matarte; era peor que el ataque viniera de alguien a quien conocías. Parecía increíble que los bandidos hubieran podido contactar tan rápidamente con Tillaume. ¿Cómo podían saber que un viejo mayordomo sería sobornable? El mozo de cuadras o el jardinero habrían sido una opción más segura. Aquí pasaba algo más. Desde el primer día que Lena había estado en la ciudad, Tillaume había estado intentando desanimarla para que no se implicara en el mantenimiento local de la ley. La noche anterior al baile había intentado claramente hacerle olvidar el tema de los robos. Fueran quienes fuesen los que estaban detrás de todo esto, el mayordomo llevaba algún tiempo trabajando con ellos. Y eso significaba que habían estado vigilando a Lena todo el tiempo.