Resumen: Ino siempre había adorado las flores y desde que era niña su padre le había inculcado el amor por ellas. Además disfrutaba aprendiendo el significado especial que poseía cada una de las flores de su jardín. SasuIno / ShikaIno / NaruSaku.

Nota de la autora: Los personajes de Naruto no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Está terminantemente prohibido cualquier intento de plagio de esta historia o de cualquiera de las que están bajo mi autoría. La imagen de portada no me pertenece, reconozco los créditos al autor/a de la foto, si sabéis quien es el artista hacédmelo saber en un comentario para darle reconocimiento.


La niña de las flores.

Ino siempre había adorado las flores desde que era pequeña y tenía uso de razón. La joven Yamanaka había crecido rodeada de flores y no podía concebir el hecho de que los recuerdos más tempranos de su niñez no estuvieran estrechamente relacionados con ellas. Apenas tenía cinco años cuando disfrutaba seleccionando las flores en el campo, olfateando sus delicados perfumes y ayudando a preparar bonitos ramos de colores cada tarde en la floristería familiar. Ino no podía dejar de observar impaciente como su progenitor le indicaba los pasos a seguir para elaborarlos, como luego los envolvía esmeradamente con lazos de colores y cobraba a los clientes con una sonrisa. Sus ojos azules celeste brillaban de fascinación a la par que de curiosidad ante el trabajo de su padre. ¿Cómo no iba a quedarse embelesada ante las flores tan bellas que obsequiaba a los clientes? ¿Cómo no iba ser aquella encantadora y pintoresca tiendecita su lugar preferido en el mundo?

La tienda de los Yamanaka era la única floristería de la Villa de Konoha, atendida por el amable Inoichi, a quien todos los aldeanos respetaban y profesaban un cariño a su bondadosa hija que los atendía con un tierno mohín, lo que le había llevado a ganarse la simpatía de todos. Su referente paterno se había vuelto la figura a imitar e Ino trataba de seguir sus pasos con torpeza desde niña. Desde su más dulce y tierna infancia la joven Yamanaka siempre supo que la floristería era un pequeño y acogedor lugar en el mundo donde sentirse segura y feliz, su pequeño rincón de felicidad donde se sentía protegida de los peligros ajenos. Ino jamás lo consideró un trabajo porque simplemente disfrutaba atendiendo a las personas que se acercaban a preguntar o incluso a sus amigos que venían a charlar con ella en sus ratos libres. Cada mañana disfrutaba regando las flores, colocando todos los utensilios de jardinería y ocupándose de las diferentes labores antes de abrir el negocio familiar cara al público. Trabajar allí la ponía de buen humor. ¿Es que acaso había un trabajo mejor que aquel? Ino estaba segura de que no.

Su padre le había inculcado el amor por las flores desde que era niña, se había esmerado en transmitirle sus conocimientos y pasión, le había contado que las flores nacían de diminutas semillas que crecían con los cuidados requeridos hasta convertirse en fabulosas flores, con sus imponentes tallos y vivos colores. Su padre siempre le había dicho que las flores no podían compararse con otras porque cada una tenía su propia historia, siendo cada una diferente a las demás y especial por sus particularidades. Había sitio para todas en su jardín sin discriminación conformando una radiante explosión de colores. Violetas, amapolas, tulipanes, narcisos y diferentes variedades de hortensias, a las que regaba cada mañana con júbilo dispuesta a empezar un nuevo día. En la floristería Yamanaka había flores de todo tipo y para todas las ocasiones, para bodas, fiestas de cumpleaños y funerales, había flores más alegres o más tristes, flores para entregar a las amistades, parejas, familiares o para cualquiera que disfrutara de la vitalidad que transmitían. Pero sobre todo la muchacha disfrutaba obsequiando con flores a los tímidos niños y niñas que se acercaban vergonzosos pero que terminaban saliendo de la tienda con la más pura de las sonrisas e Ino desde su mostrador se sentía satisfecha por desempeñar bien su trabajo. Adoraba su trabajo y no lo cambiaría por nada del mundo. La floristería Yamanaka había cobrado fama en otras villas y países y aquello era algo que la enorgullecía ya que cada semana llegaban diferentes encargos desde lugares lejanos que desconocía. Pero a Ino no solo le gustaba ser amigable con niños y ancianos, disfrutaba aprendiendo el significado particular que poseía cada una de las flores, ya que estas tenían su propio lenguaje y simbolizaban o expresaban mensajes diferentes. Por supuesto un crisantemo no manifestaba lo mismo que una gerbera y una rosa blanca no quería decir lo mismo que una roja. Era diferente regalar flores a una nueva amistad, a un amor consolidado o a un enfermo convaleciente, la muchacha lo sabía bien y por ello era primordial encontrar el ramo adecuado. Y aquella tarea formaba parte de su trabajo.

Ino se sentía plena y realizada al trabajar rodeada de tanta belleza natural y creía que su carácter jovial y buen humor se debía en parte a esto. No en vano sus amigos la llamaban la niña de las flores, apodo que en parte le causaba cierta gracia y que se había extendido entre sus convecinos y conocidos, y así era conocida en toda la Villa de la Hoja. Le gustaba regalar flores a los ancianos y enfermos cuando tenía tiempo libre y adoraba arreglar los jardines de sus vecinos a cambio de una minúscula suma de dinero. A pesar de todo Yamanaka era plenamente consciente de que las flores simbolizaban la vida humana, efímera, frágil y perecedera así como el imparable paso del tiempo pues hasta las flores más bellas tienen fecha de caducidad y van marchitándose poco a poco. Ino creía firmemente que las flores eran como las personas, que había que cuidarlas todos los días con cariño, amor y de forma desinteresada para que crecieran fuertes y libres pero las flores al igual que las personas tenían una vida corta y limitada. Si algo admiraba de ellas era la independencia que tenían pues solo requerían pequeños cuidados diarios para desarrollarse con libre albedrío. Ino admiraba y respetaba profundamente la sabiduría de la naturaleza.

Sumida en sus pensamientos la joven parpadeó un par de veces para desterrar de su mente recuerdos ya lejanos, separando con habilidad los largos tallos de unas gardenias y magnolias mientras los aromas inundaban sus fosas nasales. Conocía bien el olor embriagante casi exótico de la primera y el suave toque avainillado de la segunda tan empleada en aromaterapia. Ino trabajó con asiduidad detrás del mostrador, era el primer encargo que debía realizar y particularmente le gustaba aquella elección. Aquel ramillete se lo había encargado Sakura un par de días atrás e iría a recogerlo esa mañana antes de entrar a trabajar, no era muy complicado ni requería una elaborada preparación así que Ino no tardó mucho en terminarlo mientras anudaba las flores con una cinta rosada, tarareando una animada canción que había estado escuchando días atrás en la radio. La joven era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera lo mucho que le gustaría a Sakura aquel ramo pues era muy agradecida con los encargos que le pedía. En aquel devenir se detuvo a pensar cuanto había madurado su amiga a lo largo de estos años, ya no eran unas ingenuas niñas que se divertían jugando en el campo, ahora Haruno tenía una prometedora carrera por delante como médica a la que dedicarse en cuerpo y alma. Aquel había sido su sueño, había trabajado duro y obtenido una brillante reputación como profesional gracias a su dedicación y aprendizaje por parte de su maestra Tsunade, a quien iba a obsequiar con aquellas flores. Las campanitas que había encima de la puerta emitieron un suave tintineo que al abrirse llamó la atención de la joven, dirigiendo sus ojos de color azul marino hacia la puerta. Allí estaba su amiga pelirrosa de la infancia con una sonrisa fruncida en los labios y un brillo especial en su mirada, y en una décima de segundo Yamanaka reparó cuánto había crecido físicamente.

Para ella Sakura siempre había sido una de las flores de su jardín que más había tardado en florecer, pero era una de las más delicadas y hermosas porque se había forjado con dolor, esfuerzo y lágrimas, creciendo silenciosa entre la adversidad aunque dando unos abundantes frutos como resultado. Habían crecido juntas, se habían enemistado por amor pero Ino comprendió que los lazos con Haruno eran más importantes y se habían vuelto a reconciliar después de sus diferencias. Desde entonces la había impulsado siempre que podía, había estado a su lado y siempre se sentía orgullosa de ella. Sakura era como la flor del cerezo de tenue color rosado, a la que hacía gala con su nombre, Sakura era la flor de la primavera, el símbolo del renacimiento y la transformación en los momentos difíciles, así como representaba la fragilidad, feminidad y delicadeza sin igual. Una flor que debía ser admirada por su singular encanto y belleza ya que en un corto período de tiempo terminaba cayendo del árbol pero conformando una espectacular lluvia de pétalos. Ino siempre había presenciado aquello de su amiga, ese sacrificio y coraje que la habían hecho crecer y todos aquellos cambios que había tenido que realizar para mejorar como persona. Recordó que su padre en más de una ocasión le había dicho que las flores más hermosas eran las que se forjaban con dolor y sufrimiento, y aquello era lo que las hacía tan bellas e inalcanzables. Y Sakura cumplía con todas aquellas características de los cerezos.

Cuando Ino despertó de su particular ensoñación sacudiendo la cabeza se dio cuenta que la joven pelirrosa ya se había ido en compañía del rubio Uzumaki que aguardaba afuera en la puerta y se quedó observando como ambos muchachos desaparecían entre risas y bromas. No era ningún secreto que el aspirante a Hokage bebía los vientos por Sakura desde hacía años e Ino consideró la idea de que ambos conformarían una estupenda pareja. Estaba segura de que pronto su amiga dejaría el orgullo femenino de lado y aceptaría los nobles sentimientos del muchacho. Naruto no era una persona que desistiera de sus sueños o abandonara las causas perdidas, uno de sus mayores dones era la perseverancia. Era una persona cálida y envolvente, repleto de una innata alegría de vivir al igual que una tarde soleada de verano, como los dorados rayos que bañaban su tienda cada mañana. Naruto era como un espléndido girasol que irradiaba todo de felicidad y se mecía al compás del viento. Y con ese feliz pensamiento volvió al trabajo.

Ino se distrajo un par de segundos repasando que todo estuviera en su sitio ya que era meticulosa y escrupulosa con el orden, algo que había aprendido de su madre. Se acercó a los jarrones que contenían delicadas peonías y orquídeas para recolocarlas bien y se aseguró de que los gladiolos y jacintos tuvieran el precio correspondiente. Suspiró de satisfacción, todo estaba perfecto pero sentía que faltaba algo. ¿Qué podría ser? Los latidos de su corazón empezaron a acelerarse por esa inquietud que no era capaz de identificar. Inspiró profundamente un par de veces y casi sin pensar cogió un jarrón de margaritas, lo colocó sobre el mostrador y esbozó una sonrisa satisfecha mostrando sus dientes blanquecinos. Ahora sí que estaba todo acorde a su gusto. En ese instante al contemplar los alargados pétalos blancos la imagen del perezoso Nara vino a su mente. ¿Cómo no iban a recordarle esas flores a su mejor amigo? Al igual que ellas que crecían en la libertad del campo, Shikamaru era sencillo, natural y no le gustaban las complicaciones ni adornos superfluos. Le resultaba admirable como las margaritas eran capaces de crecer durante todo el año sin apenas requerir cuidados y lo bellas que se veían conformando esas alfombras blancas y amarillas que cubrían las praderas a las que las abejas iban a polinizar.

Las margaritas blancas simbolizaban la amistad incondicional, sinceridad, lealtad y el amor más puro y desinteresado, todos ellos sentimientos que compartía hacia su amigo con cabeza de piña. A pesar de su aparente sencillez las margaritas eran capaces de evocarle nostálgicos recuerdos de como Shikamaru se pasaba las tardes enteras recostado en el campo observando a las nubes pasar mientras ella jugaba con sus compañeros. El paralelismo era evidente. Al igual que las margaritas que necesitaban muchas horas de luz solar para crecer, Ino estaba segura de que la cabeza de Shikamaru era una maceta y sobre ella pronto acabaría brotando una flor por pasarse tantas horas al sol. La muchacha negó con la cabeza para deshacerse de esa idea, soltando una risita divertida antes de volver a colocarse detrás del mostrador. Ese día obsequiaría margaritas a sus clientes y más tarde le llevaría un ramo a ese perezoso ya que le quedaba de camino a casa. Yamanaka era capaz de imaginar su reacción, estaba segura de que levantaría una ceja extrañado y se preguntaría el motivo que le había llevado a hacer eso. Ella simplemente se echaría a reír como respuesta. Shikamaru la conocía demasiado bien y sabía que los detalles de Ino eran intencionales.

Entonces una interrogación cruzó con fugacidad su mente hasta atosigarla por completo. Si Shikamaru era una margarita, ¿qué clase de flor sería ella? Las vertiginosas dudas empezaron a invadirla y no fue capaz de dar con una respuesta. ¿Una exótica orquídea? ¿La olorosa lavanda? ¿Acaso un jazmín? ¿O tal vez una dalia? Había una infinidad de flores así que Ino meditó muy bien la respuesta durante varios minutos en silencio hasta esbozar una tenue sonrisa al dar con ella. Las lilas de color púrpura. Por supuesto siempre las lilas habían sido sus flores favoritas y se identificaba con ellas. Eran tan admirables como las flores de cerezo, tenían su propio crecimiento y en sus pétalos se apreciaban una infinidad de matices violáceos, además de ser muy empleadas por sus propiedades medicinales. Las lilas estaban relacionadas con la frescura, resistencia y con la particularidad de ser un arbusto que no debía ser podado porque no daría flores en años, así que había que dejarlo crecer sin interferir en su proceso de crecimiento. Su nombre científico procedía de la palabra griega syringa, nombre que había sido tomado de una ninfa de la idílica Arcadia que despertó los amores del dios Pan, siendo transformada en una caña para luego convertirla esta deidad en un instrumento musical como recuerdo de la ninfa. Aquella flor estaba relacionada con el misticismo y los fantásticos mundos de hadas que le traían a la memoria los cuentos infantiles que su padre le leía antes de irse a dormir. De todas las flores que había en su jardín quizás las lilas eran las que desprendían una fragancia que no podía compararse con ninguna otra, le gustaba pensar que quizás ella podría ser una lila y con ese pensamiento en mente volvió a su trabajo.

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El reloj que estaba colgado en la pared avanzaba pasmoso con su continuo tictac y la joven Yamanaka al comprobar la hora se dispuso a elaborar un ramo especial como era costumbre, ya que estaba cerca de una fecha señalada en el calendario. Hacía ya un año y medio que Inoichi y Shikadai se habían sacrificado por Konoha durante la Cuarta Guerra Ninja y hoy al terminar la jornada laboral iría a visitar ambas tumbas en señal de respeto y recuerdo de los seres queridos. Su mirada se opacó y perdió parte de su brillo habitual al contemplar el marco que había sobre el mostrador, donde en una fotografía su padre esbozaba una radiante sonrisa y los párpados de Ino empezaban a inundarse de pesadas lágrimas. Inoichi había sido un gran hombre y un héroe que había dado su vida por la Villa, estaba orgullosa de sus actos pero desde entonces no había dejado de sentirse huérfana y desconsolada cada día de su vida. No había un solo día que no lamentara la terrible pérdida ni se sintiera desdichada. El tiempo había pasado pero aquel dolor seguía lastimando como el primer día aunque la tristeza hubiera aminorado considerablemente. La desolación embargó su semblante y tratando de deshacerse de las lágrimas que amenazaban con salir de sus párpados la joven Yamanaka extendió unas flores muy particulares y poco comunes sobre la mesa para elaborar un arreglo completamente diferente a los anteriores que había hecho hoy. Nomeolvides siempre habían sido las favoritas de su padre, aquellas pequeñas florecillas de color azul celeste de cinco pétalos y centro amarillo con puntos blancos simulando destellos, que tanto le llamaban la atención por su singularidad. Era innegable que era una de las flores más peculiares que había visto. Ino conocía bien su significado, era una misteriosa flor que servía para acompañar a los difuntos y a los vivos a través de mantener vivo su recuerdo, y simbolizaba el amor eterno hacia estos. Yamanaka recordaba como su querido padre las regaba con esmero y como en innumerables ocasiones colocaba esta diminuta florecilla adornando su corto cabello cuando era niña mientras paseaba por el jardín, asombrada siempre por la variedad de colores y especies que estimulaban sus nervios ópticos. Aquel era uno de sus recuerdos más preciados que conservaba en su memoria y no pudo evitar entristecerse.

Su padre siempre la había amado y cuidado como el tesoro más preciado porque para él su hija siempre había sido la flor más especial y hermosa de su jardín. Ino había aprendido de su padre la bondad, la empatía, el ser amable con el prójimo y a tener un buen corazón, y aquello era lo único que la reconfortaba en los peores momentos, el saber que ella le debía todo lo que era a día de hoy. La satisfacción más grande era ser su hija, estaba profundamente orgullosa de ello y en la persona en la que se había convertido a día de hoy, por nada del mundo quería defraudarlo en vida y aun menos en el más allá. Como las flores cada padre es único, Inoichi le había trasmitido su legado, su espíritu y sacrificio porque Ino sabía que aunque las personas fallecieran nunca se marchaban del todo, quedaban dentro del corazón de aquellos que los amaban y recordaban, al igual que el maestro Asuma. El dolor de su pecho y la angustia empezó a incrementarse, recordaba como en los brazos de su querido padre todo parecía más liviano, menos doloroso y la tristeza empequeñecía. La vida sin él se había vuelto dura, cruel e inhóspita. ¿Cómo no iba a echar de menos a su padre y mentor cada día de su vida? Secándose las lágrimas con un pañuelito que guardaba en su delantal Ino observó satisfecha lo espectacular que había quedado el arreglo floral con nomeolvides. Había hecho un buen trabajo y seguro que su padre la hubiera elogiado por ello y se prometió que cuando llegaría a casa se compensaría permitiéndose tomar un pequeño dulce.

Sus ojos vidriosos divagaron sin rumbo por la tienda hasta que un color carmesí captó por completo la atención de sus sentidos e Ino secándose de nuevo las lágrimas, observó atentamente aquella soberbia flor de color rojo vivo y estilizado tallo. Los claveles rojos eran una de las flores más orgullosas del jardín. Durante siglos habían sido conocidos como la flor de los dioses, simbolizando la sempiterna belleza, pasión o admiración y era una flor que destacaba entre las demás por su vanidad natural. Siempre creyó que Sasuke Uchiha, su gran amor de niña era como los claveles, al igual que aquellas flores él era fuerte, firme, presuntuoso y sobresaliente. Ino nunca había sido capaz de reprimir su intenso sentimiento de amor a lo largo del tiempo, algo que le había costado su amistad con Sakura en un principio. Había sido un amor platónico fruto de una ensoñación infantil pero con el paso del tiempo y de forma totalmente inesperada el Uchiha la había sorprendido al tomar contacto con ella y había terminado siendo correspondido con intensidad y desesperación. Ino había olvidado por completo aquel enamoramiento infantil, había madurado y estaba más preocupada en el trabajo que en los amoríos pero aquel recuerdo había resurgido con una fuerza incontrolable. Recordaba la frialdad y grosería de la oscura personalidad del Uchiha las primeras veces que había tratado de entablar una conversación con ella, animado por Naruto al intentar integrarlo entre sus conocidos y dejaba relucir los escasos dotes sociales del Uchiha. Por supuesto Ino siempre trataba de ser amable con él aunque a veces deseara clavarle un kunai en la frente pero al cabo de los meses el joven se había acostumbrado a su presencia, algo que no había sido fácil y había terminado de abrirse con ella. Era extraño pero parecía disfrutar de su presencia y compañía cada tarde después del trabajo e incluso alguna vez la había salvado de algún apuro cuando tenía que atender a muchos clientes en la floristería. Al cabo de casi dos años Ino había terminado cayendo irremediablemente enamorada del Uchiha otra vez y no podía seguir autoengañándose de aquella manera.

Todavía no era capaz de entender como con esa escasez de palabras Sasuke la hacía sentirse tan llena de vida, acostumbrada a sus respuestas con monosílabos y como con hábiles movimientos deslizaba la cremallera para acariciar la suavidad de su piel desnuda con ansiedad. La desvestía ávidamente trazando un camino de besos húmedos desde su cuello hasta la parte baja de su espalda para luego susurrar con voz grave a su oído e Ino se sentía envenenada por su masculino aroma. Perdía las facultades y voluntad cuando Sasuke la empujaba contra la pared sin escapatoria posible y se sentía una estúpida cayendo presa de su embriagante fascinación. Sus pieles se incendiaban al contacto, Ino clavaba sus uñas de gel en la musculosa espalda del Uchiha quien emitía gruñidos mezclados al unísonos con agudos gemidos en una primitiva sinfonía. Yamanaka sabía que le costaba expresarse pero un par de palabras eran suficientes para demostrarle su afecto y eso le bastaba. Sasuke era salvaje haciéndole el amor y aquel sentimiento ardiente que brotaba en su pecho la desbordaba cada noche con desmesurada pasión, consumiendo sus pétalos con voracidad y extasiándola. Ino sentía que su fuego la quemaba y enloquecía para luego caer rendidos en los brazos de Morfeo después de alcanzar el culmen del placer.

Sasuke era como los claveles, ardiente, intenso y pasional pero para él Ino era comprensión, empatía y sosiego, unos brazos en los que poder refugiarse de todo y olvidar la tragedia que teñía su sombrío pasado que de vez en cuando lo atormentaba y le impedía dormir por las noches. Uchiha era como un niño que necesitaba cariño y ternura para poder sanar esas heridas y la terrible soledad que lo consumía, y ella era la encargada de ayudarlo en esa tarea de redención de sus pecados como su compañera de vida. Aquella relación al principio había tomado por sorpresa a todos pero con el paso del tiempo la habían ido aceptando progresivamente, los aldeanos ya no veían a Sasuke con temor y recelo por considerarlo un peligro para la Villa. Incluso Sakura veía con buenos ojos el amorío entre sus amigos y ya no era ningún secreto para nadie que el Uchiha mantenía una relación sentimental con la heredera del clan Yamanaka. Ahora ninguno de los dos estaba solo, Sasuke era su presente y tendría toda la vida para compartir un futuro a su lado. Aquel tiempo de desconsuelo y desesperanza después de la Cuarta Guerra había finalizado, todos habían establecido nuevos lazos con más fuerza que nunca en un intento por revitalizar Konoha y las demás villas. Estaba segura de que su padre sería feliz al saber que ya no estaba sola, aunque este siempre había insistido en su preferencia por Shikamaru como yerno e Ino negaba divertida con la cabeza cada vez que sacaba el tema.

Yamanaka tampoco se olvidaba de llevar flores con regularidad a la tumba de Itachi, el difunto hermano de Sasuke, quien agradecía este gesto en silencio y observaba como la muchacha envolvía cuidadosamente el ramo. No había conocido personalmente a Itachi Uchiha pero al igual que su padre había sido un héroe que había dado su vida para proteger la Villa Oculta de la Hoja de una guerra civil desde la sombra, y como tal merecía ser honrado. Ino no podía parar de pensar en lo injusto que eran las guerras que arrebataban personas a las familias y generaban profundas heridas que tardarían en sanar. Sabía lo mucho que significaba para Sasuke, lo dolorosa que había sido aquella pérdida y la pesada carga que ambos hermanos habían tenido que soportar sobre sus hombros. A Ino le traía sin cuidado que algunas personas siguieran creyendo que Itachi Uchiha era un villano, él siempre había protegido y amado a su hermano pequeño, sacrificándose hasta el punto de perder su propia vida, sin considerarse un héroe ni buscar reconocimiento. Con esto en mente la muchacha se arrodillaba sobre su tumba depositando lirios y azucenas blancas sobre su lápida en señal de admiración y respeto. Ino había escogido sabiamente las flores blancas, eran símbolo de pureza, paz, eternidad y luz perpetua, así como de reencarnación y es por ello por lo que el blanco era el color adecuado para la ocasión. Todo el esfuerzo y por todo lo que Itachi luchó en vida no sería en vano, todo el mundo conocería su historia y se convertiría en una leyenda que transmitir a las próximas generaciones.

Tras aquellas divagaciones mentales Ino continuaba vendiendo bouquets y obsequiando a todos los clientes que se acercaban a su tienda con margaritas acompañadas de una espléndida sonrisa, sin dejar de pensar en la fugacidad de la vida y en la efímera belleza de las flores como metáfora de la existencia humana. Era triste ver unas flores morir pero a la vez ver el nacimiento de otras era una nueva esperanza, al igual que el ciclo de la vida. Esta vez terminaría pronto el trabajo, apenas quedaban quince minutos para concluir su jornada laboral y ya estaba deseando quitarse el delantal amarillo. Primero le llevaría un ramito de margaritas a Shikamaru y también unas rosas rojas a Sasuke para decorar el salón. Estaba segura de que al Uchiha le gustarían aunque fuera escéptico, gruñón y poco romántico, Ino estaba segura de que no podría evitar enrojecerse al verlas, frunciendo el ceño como solía hacer y aquel gesto siempre la divertía. Así Yamanaka continuó elaborando los últimos ramos con una sonrisa, disfrutando de los rayos del espléndido sol que se colaban en la tienda a través de los amplios ventanales sin dejar de pensar en su prometido. Y antes de cerrar la floristería le dedicó una última mirada al mostrador donde se encontraba la fotografía de su padre.

Fin.


Nota de la autora: Muchas gracias por llegar hasta aquí. Me gustaría dedicar esta historia a la memoria de dos personas importantes para mí que fallecieron hace menos de un año, una de ellas adoraba especialmente todas las flores. Creí que no llegaba a tiempo, escribí esta historia en febrero y me pasé muchas meses retocándola y mejorándola hasta que estuviera perfecta, quería subir la historia en mayo como homenaje porque mayo es el mes de las flores y porque a veces la mejor manera de expresar los sentimientos es a través las flores. ¿Cuáles son tus flores favoritos? No olvidéis dejarme un comentario, voto o favorito, diciéndome lo que os ha gustado y lo que pensáis para apoyar mi trabajo. Nos vemos en la próxima historia.