10
El carruaje se sacudía por las piedras pavimentadas mientras seguía una cuidadosa ruta circular para dirigirse al Quinto Octante. Alex contemplaba las calles abarrotadas, los brazos cruzados. Caballos y carruajes pasaban, y la gente caminaba por las aceras como los pequeños glóbulos rojos que había visto bajo el microscopio en la universidad. Se detenían en las esquinas o en las secciones donde las piedras pavimentadas estaban siendo reemplazadas. Lady Lena y Sara estaban sentadas al otro lado del carruaje. Lena parecía distraída, perdida en sus pensamientos. Sara dormitaba, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. Había encontrado un sombrero en alguna parte, una endeble gorra del tipo que solían llevar los chicos que vendían los periódicos. Tras huir de la mansión, habían rodeado la esquina de la calle y cortado por el parque del Humedal. Al llegar al otro lado, Lena llamó a un carruaje. Cuando subieron al vehículo, Sara se estaba poniendo la gorra, silbando suavemente para sí. Alex no tenía ni idea de dónde la había conseguido. Ahora roncaba suavemente. Después de haber estado a punto de ser asesinada, después de haberse chamuscado la piel de la espalda, estaba durmiendo. Ella todavía podía oler el fuerte olor de la tela quemada, y sus oídos resonaban.
«Esto es lo que querías —se recordó—. Tú eres la que le insistió a lord Harms para que te presentara a Lena. Viniste hoy a la mansión por decisión propia. Tú te has metido en esto».
Si tan solo diera una mejor imagen de sí misma… Viajaba en un carruaje con la vigilante más grande que habían conocido los Áridos, pero en cada ocasión demostraba ser una niña indefensa, tendente a estallidos de emoción inútil. Empezó a suspirar, pero se contuvo. No. Nada de enfurruñarse. Eso solo empeoraría las cosas.
Avanzaban en paralelo a uno de los grandes canales radiales que dividían las ocho partes de la ciudad. Había visto reproducciones de páginas de las Palabras de Instauración, que incluían dibujos y planos para Elendel, aunque el nombre de la ciudad había sido escogido por lady Nacida de la Bruma. Había un gran parque redondo en el centro con flores todo el año, el aire caldeado por un arroyo caliente subterráneo. Los canales radiaban a partir de allí, extendiéndose hacia las ricas tierras interiores, y el río se dividía a su alrededor. Las calles y manzanas fueron trazadas de manera ordenada, con calles amplias y más grandes de lo que nadie creyó necesario. Sin embargo, ahora parecían casi insuficientes. El carruaje se acercaba al puente del Campo del Renacimiento; el frondoso manto de hierba verde y tupidas flores, llamadas la voluntad de Octavia, se alzaba en una pendiente gradual. Las estatuas de la Última Emperadora y la Guerrero Ascendente dominaban la cima, adornando su tumba. Allí había un museo. Alex lo había visitado varias veces de niña, para ver las reliquias del Mundo de Ceniza que habían sido salvadas por los Originadores, los que habían sido criados en vientres de la tierra y renacidos para construir la sociedad. El carruaje se dirigió al camino a la sombra de los árboles que rodeaba el Campo del Renacimiento. Aquí se utilizaba asfalto pavimentado en vez de piedras para acallar el sonido de los cascos de acero de los caballos, y también para suavizar el paso de algún ocasional coche de motor. Estos eran todavía raros, pero uno de los profesores de Alex decía que acabarían por sustituir a los animales de tiro. Ella trató de mantener su mente en la tarea. Había más en los desvanecedores que los secuestros y los robos. ¿Qué había de los cargamentos de los trenes que desaparecieron tan bruscamente, dando a los desvanecedores su nombre? ¿Y las armas extremadamente bien hechas? Y luego estaban los grandes esfuerzos por matar a Lena, tanto con veneno como con aquella bomba.
—¿Lady Lena? —dijo.
—¿Sí?
—¿Cómo murió tu tía?
—En accidente de carruaje —respondió ella, pensativa—. Ella, su esposo y mi hermana estaban de viaje en los Estados Exteriores. Fue pocas semanas después de que mi primo, su heredero, sucumbiera a la enfermedad. Se suponía que el viaje era para aliviar su pena.
»La tía Ladrian quería visitar un pico concreto para poder ver el paisaje, pero mi tío estaba demasiado débil para hacer el trayecto a pie. Cogieron un carruaje. Por el camino, el caballo se encabritó. Las correas se rompieron. El carruaje cayó por el acantilado.
—Lo siento.
—Yo también —dijo ella en voz baja—. No había visto a ninguno desde hacía años. Siento una extraña culpa, como si debiera sentirme más aplastada por haberla perdido.
—Creo que esa historia implica a suficientes personas aplastadas ya —murmuró Sara.
Lena la miró con mala cara, aunque Sara no lo vio, ya que tenía los ojos cerrados y la gorra cubriéndole el rostro. Alex le dio una patada en la espinilla, arrancándole un grito. Entonces se ruborizó.
—Respeta a los muertos —dijo.
Sara se frotó la pierna.
—Ya empieza a darme órdenes. Mujeres. —Volvió a ponerse la gorra sobre la cara y se acomodó.
—Lady Lena —dijo ella—. ¿Te has preguntado alguna vez si…?
—¿Si alguien pudo matar a mi tía? Soy una vigilante. Me pregunto, aunque sea brevemente, por todas las muertes que oigo. Pero los informes que recibí no indicaban nada sospechoso. Una de las cosas que aprendí al principio de mi carrera fue que a veces, simplemente, ocurren accidentes. A mi tía le gustaba correr riesgos. Su juventud de jugadora condujo a una madurez donde buscaba emociones. Acabé por considerar que la tragedia había sido un accidente.
—¿Y ahora?
—Y ahora me pregunto si los informes que me enviaron eran un poco demasiado limpios. En retrospectiva, todo pudo haber sido cuidadosamente preparado para no levantar mis recelos. Aparte de eso, Tillaume estaba allí, aunque se quedó en la mansión el día del accidente.
—¿Por qué querrían matar a tu tía? —preguntó Alex—. ¿No les habría preocupado que tú, una vigilante experimentada, volvieras a la ciudad? Eliminar a tu tía y poner accidentalmente a Lena Disparo al Amanecer en su pista…
—¿Lena Disparo al Amanecer? —preguntó Sara, abriendo un ojo. Bufó suavemente y se limpió la nariz con un pañuelo.
Ella se ruborizó.
—Lo siento. Pero es así como la llaman los informes.
—Entonces a mí deberían llamarme Lingotazo al amanecer —dijo Sara—. No veas cómo entra un buen whisky por la mañana.
—Para ti la «mañana» es pasado el mediodía, Sara —dijo Lena—. Dudo de que hayas visto nunca el amanecer.
—No seas injusta. Lo veo continuamente, cuando me acuesto demasiado tarde… —Sonrió bajo su sombrero—. Lena, ¿cuándo vamos a ver a Ranette?
—No la vamos a ver. ¿Qué te hace pensar eso?
—Bueno, estamos en la ciudad. Ella también… se mudó aquí antes que tú. Nuestra casa explotó. Podríamos ir a verla, ya sabes. Ser todas amigas y eso.
—No —dijo Lena—. Ni siquiera sabría dónde encontrarla. La Ciudad es un sitio grande.
—Vive en el Tercer Octante —dijo Sara, abstraída—. Una casa de ladrillos rojos. Dos plantas.
Lena le dirigió una mirada inexpresiva, cosa que a Alex le resultó curiosa.
—¿Quién es esa persona?
—Nadie —dijo Lena—. ¿Cómo se te dan las pistolas?
—No muy bien —admitió ella—. El club de tiro usa rifles.
—Bueno, un rifle no cabe en un bolso de mano —dijo Lena, sacando una pistola de su sobaquera. Era pequeña, con un estilizado cañón. El arma completa era del tamaño de la mano de ella.
Alex cogió la pistola, vacilante.
—Para disparar con una pistola el truco es permanecer firme —dijo Lena—. Usa ambas manos, encuentra un sitio donde agazaparte si puedes y apoya las manos en él. No tiembles, tómate tu tiempo, y asegúrate de apuntar. Es mucho más difícil dar en el blanco con una pistola, pero eso es debido en parte a que la gente suele comportarse de manera más descuidada con ellas. La misma naturaleza del rifle te anima a apuntar, mientras que el primer impulso con la pistola parece ser apuntar vagamente y apretar el gatillo.
—Sí —dijo ella, sopesando el arma. Era engañosamente pesada—. Ocho de cada diez alguaciles que disparan con pistola contra un criminal a tres metros de distancia fallan.
—¿De verdad?
Ella asintió.
—Bueno —dijo Lena—. Supongo que Sara no tiene por qué sentirse tan mal.
—¡Eh!
Lena la miró.
—Una vez la vi intentar dispararle a alguien a tres pasos de distancia. Le dio a la pared que ella mismo tenía detrás.
—No es culpa mía —gruñó Sara—. Las balas son traicioneras. No tendrían que rebotar. El metal no bota, y eso es una verdad como el titanio.
Ella comprobó el pequeño revólver para asegurarse de que tenía puesto el seguro, y luego se lo guardó en el chamuscado bolso. El escondite de los desvanecedores resultó ser un edificio de aspecto inocente cerca de un muelle del canal. Dos pisos de altura, con el techo plano y ancho, numerosas chimeneas. Montones de oscuras cenizas y escoria se amontonaban a lo largo de una de las paredes del edificio, y parecía que no habían limpiado las ventanas desde la Ascensión Final.
—Lady Alex —preguntó Lena, comprobando su revólver—, ¿te sentirías terriblemente ofendida si te sugiero que esperes en el carruaje mientras exploramos? Es probable que el lugar esté abandonado, pero no me sorprendería que hayan dejado atrás unas cuantas trampas.
—No —respondió ella, temblando—. No me importaría. Creo que sería lo mejor.
—Te llamaré cuando estemos seguros de que el lugar está despejado —dijo Lena, y entonces alzó su pistola y le asintió a Sara. Salieron del carruaje y corrieron agachados hasta el lateral del edificio. No se dirigieron a la puerta. En cambio, Sara saltó… y Lena debió de haberla empujado, porque la mujer se elevó más de tres metros y aterrizó en el tejado. Lena la siguió, saltando con más gracia y aterrizando sin ruido. Se dirigieron a la esquina más apartada, donde Sara se descolgó y le dio una patada a una ventana. Lena fue tras ella. Alex esperó unos cuantos minutos llenos de tensión. El cochero no dijo ni una palabra, aunque le oyó murmurar para sí «no es asunto mío». Lena le había pagado lo suficiente para que estuviera callado.
No sonó ningún disparo. Al cabo de un rato, Lena abrió la puerta del edificio y le hizo señas. Ella bajó corriendo del carruaje y se acercó.
—¿Bien? —preguntó.
—Dos cables conectados a explosivos —dijo Lena—. Nada más peligroso que pudiéramos encontrar. Aparte del olor corporal de Sara.
—Es el olor de lo increíble —dijo Sara desde dentro.
—Vamos —invitó Lena, abriéndole la puerta.
Ella entró, pero luego vaciló en el umbral.
—Está vacío.
Esperaba fraguas y equipo. En cambio, la cavernosa sala estaba vacía, como un aula durante unas vacaciones de invierno. La luz entraba por las ventanas, aunque muy tenue. La cámara olía a carbón y fuego, y había zonas ennegrecidas en el suelo.
—Los dormitorios están ahí arriba —dijo Lena, señalando al otro lado de la fundición—. La cámara principal tiene el doble de altura durante la mitad del edificio, pero el otro lado tiene un segundo piso. Parece que podían alojar a unos cincuenta hombres ahí dentro, hombres que podrían actuar como obreros de la fundición durante días para mantener la fachada.
—¡Ajá! —dijo Sara desde una zona oscura en la parte izquierda de la sala. Ella oyó una sacudida metálica, y entonces la luz inundó la sala cuando Sara empujó la pared, que se descorrió para dar acceso al canal.
—¿Se ha abierto con mucha facilidad? —preguntó Lena, corriendo a acercarse. Alex la siguió.
—No lo sé —respondió Sara, encogiéndose de hombros—. Con bastante.
Lena inspeccionó la puerta. Se deslizaba sobre ruedas en un pequeño canal abierto en el suelo. Pasó los dedos por el hueco y al retirarlos frotó la grasa que encontró.
—La han estado utilizando —dijo Alex.
—Exactamente.
—¿Y? —preguntó Sara.
—Si estaban haciendo cosas ilegales aquí —dijo Alex—, seguramente no querrían abrir todo un lado del edificio con tanta frecuencia.
—Tal vez lo hacían para seguir con la pantomima —replicó Lena, poniéndose en pie.
Alex asintió, pensativa.
—¡Oh! Aluminio.
Sara sacó sus bastones de duelo y se dio media vuelta.
—¿Qué? ¿Dónde? ¿Quién dispara?
Alex notó que se ruborizaba.
—Lo siento. Quería decir que deberíamos comprobar si hay algún resto de aluminio en el suelo. Ya sabes, de forjar o fabricar armas. Eso nos dirá si este sitio es realmente el escondite, o si la fuente de Sara intentó guiarnos a una mala aleación.
—Fue sincero —dijo Sara—. Noto este tipo de cosas. —Estornudó.
—Te creíste que Sam era de verdad bailarina, la primera vez que la viste —dijo Lena, poniéndose en pie.
—Eso es distinto. Era una mujer. Son buenas mintiendo. El Dios del Más Allá las hizo así.
—Yo… no estoy segura de cómo interpretar eso —dijo Alex.
—Con una pizquita de cobre —dijo Lena—. Y una buena dosis de escepticismo. Como todo lo que dice Sara.
Extendió la mano.
Alex frunció el ceño y alzó la palma. Lena dejó caer algo en ella. Unos trocitos de metal que parecían haber sido rascados del suelo, cuando se enfriaron. Eran plateados, livianos y oscuros por los bordes.
—Los encontré en el suelo, cerca de las secciones ennegrecidas —dijo Lena.
—¿Aluminio? —preguntó ella, ansiosa.
—Sí —respondió Lena—. Al menos, no puedo empujarlo con la alomancia, lo que, junto con su aparición, es suficiente indicativo. —La estudió—. Tienes buena cabeza para este tipo de cosas.
Ella se ruborizó. «Otra vez. ¡Herrumbre y Ruina! —pensó—. Voy a tener que buscar una solución a esto».
—Se trata de desviaciones, lady Lena.
—¿Desviaciones?
—Números, pautas, movimientos. La gente parece errática, pero en realidad siguen pautas. Encuentra las desviaciones, aísla el motivo de por qué se desvían, y a menudo aprenderás algo. Aluminio en el suelo. Es una desviación.
—¿Y hay otras, aquí?
—La puerta de apertura —dijo ella, señalando a un lado—. Esas ventanas. Están manchadas con demasiado hollín. Si tuviera que hacer una deducción, lo pusieron allí quemando una vela junto al cristal para ennegrecerlo y que nadie pudiera asomarse.
—Tal vez es algo natural —repuso Lena—. Por las fraguas.
—¿Por qué iban a estar esas ventanas cerradas durante el calor de las fraguas? Esas ventanas se pueden abrir con facilidad, y lo hacen hacia fuera… por lo que no deberían tener ningún hollín. No mucho, al menos. O bien las dejaron cerradas mientras trabajaban para ocultar lo que había aquí dentro, o las oscurecieron de manera intencionada.
—Muy astutos —dijo Lena.
—Así que la cuestión es, ¿qué han estado metiendo y sacando del edificio a través de esa gran puerta lateral? Algo lo bastante importante para que la abrieran, incluso después de tomarse tantas molestias con las ventanas.
—Esa parte, al menos, es fácil —dijo Lena—. Han estado robando trenes de carga, así que han estado introduciendo esos cargamentos.
—Lo cual implica que lo han estado enviando a alguna parte después de robarlo… —dijo Alex.
—Lo cual nos da una pista —asintió Lena—. Han estado metiendo y sacando cosas de este lugar a través de los canales. De hecho, los canales podrían ser la explicación de por qué sacan el cargamento de los trenes tan fácilmente.
Se dirigió hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—Voy a echarle un vistazo al exterior —dijo Lena—. Vosotras dos continuad hacia los dormitorios. Decidme si veis alguna… desviación, como las llamas —vaciló—. Deja que Sara entre primero. Podríamos haber pasado por alto alguna trampa. Es mejor que explote ella y no tú.
—¡Eh! —dijo Sara.
—Lo digo con todo el cariño —dijo Lena, saliendo por el lado abierto del edificio. Luego volvió a asomarse—. Y tal vez te vuele la cara y nos ahorre tener que mirar ese horror.
Con eso, se marchó.
Sara sonrió.
—Que me aspen. Qué bueno es verla actuar de nuevo como es ella.
—¿Entonces no fue siempre tan solemne?
—Oh, Lena ha sido siempre solemne —dijo Sara, limpiándose la nariz con un pañuelo—. Pero cuando está en su mejor momento, hay siempre humor detrás. Vamos.
La condujo a la parte trasera del edificio. Había una cajita junto a la pared, los explosivos que habían descubierto y desarmado, supuso ella. El techo era más bajo aquí. Sara subió unas escaleras y le indicó que esperara. Ella echó un vistazo alrededor, buscando algo que hubieran dejado atrás, pero solo consiguió dar unos cuantos respingos cuando le pareció ver algo con el rabillo del ojo. Esa parte de la cámara estaba muy oscura. ¿Estaba tardando Sara demasiado? Vaciló, y por fin decidió subir las escaleras.
Dentro estaba oscuro. No como boca de lobo, pero sí lo suficiente para que ella debiera poder ver lo que hacía… pero no podía. Vaciló a medio camino, luego decidió que era una idiota y continuó subiendo.
—¿Sara? —preguntó, nerviosa mientras llegaba al final de las escaleras. El piso superior estaba iluminado por unas cuantas ventanas, ennegrecidas de hollín, a pesar de que estaba en una zona donde no había fraguas ni moldes. Eso reforzó su teoría. Y su nerviosismo.
—Está muerta, joven —dijo una voz anciana y distinguida desde la oscuridad—. Lamento tu pérdida.
El corazón de Alex se detuvo.
—Sí —continuó la voz—, era simplemente demasiado guapa, demasiado lista y demasiado sobresaliente en todos los aspectos de su existencia para que se le permitiera vivir. —Alguien abrió una ventana, dejando entrar la luz y revelando el rostro de Sara—. Me temo que hicieron falta cien hombres para abatirla, y ella mató solo a uno. Sus últimas palabras fueron: «Dile a Lena… que es una capulla integral, y que sigue debiéndome cinco billetes».
—Sara —susurró ella.
—No he podido evitarlo, socia —dijo Sara, volviendo a su propia voz, que era completamente diferente—. Lo siento. Pero no tendrías que haber subido aquí.
Señaló un rincón, donde había unos cuantos cartuchos contra la pared.
—¿Más explosivos? —preguntó ella, sintiéndose desvanecer.
—Sí. No los vimos en la primera exploración. Estaban preparados para estallar cuando se abriera el pestillo de un baúl en el rincón.
—¿Había algo dentro del baúl?
—Sí. Explosivos. ¿No estabas escuchando?
Ella la miró con mala cara.
—No —dijo Sara, riendo—. No sé qué espera Lena que encontremos aquí. Lo han dejado limpio.
A la luz de la ventana abierta, ella pudo distinguir una habitación de techo bajo. Bueno, más bien un altillo. Sara y ella podrían entrar sin bajar la cabeza, Sara a duras penas. Lena tendría que agacharse. Los tablones del suelo eran irregulares y había clavos sobresaliendo en algunas partes. Alex fantaseó con levantar uno y encontrar alguna pista oculta, pero mientras cruzaba la habitación, advirtió que podía ver la planta de abajo. En realidad, no había ningún espacio para esconder nada. Sara comprobó en unos armarios empotrados en la pared, en busca de explosivos, luego dio golpecitos por si había compartimentos ocultos. Alex miró alrededor, pero decidió rápidamente que aquí no había nada.
Aparte, tal vez, de los explosivos.
Los explosivos.
—Sara, ¿qué clase de explosivos son?
—¿Hum? Oh, corrientes. Lo llaman dinamita. Se usa para abrir agujeros en la roca allá en los Áridos. Es fácil de conseguir, incluso en esta ciudad. Estos son los cartuchos más pequeños que he visto nunca, pero básicamente son lo mismo.
—Oh. —Ella frunció el ceño—. ¿Los explosivos estaban dentro de algo?
Sara vaciló, luego se volvió a mirar el baúl.
—Hum. —Metió la mano y sacó algo—. No estaban dentro de nada, pero alguien usó esto para guardar la mecha y el detonador.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, acercándose.
—Una caja de puros —respondió Sara, dejándola verla—. Magistrados ciudadanos. Una marca cara. Muy cara.
Alex examinó la caja. La tapa estaba pintada de dorado y rojo, con la marca dibujada en grandes letras. No quedaba ningún puro, aunque sí parecía que habían escrito algunos números a lápiz en el interior de la tapa. No le encontró ningún sentido a la secuencia.
—Se lo enseñaremos a Lena —dijo Sara—. Estas son las cosas que le gustan. Probablemente lo llevará a esbozar una gran teoría sobre cómo nuestro jefe fuma puros, y eso le permitirá detectarlo entre la multitud. Siempre hace cosas así, desde que empezamos a trabajar juntas. —Sara sonrió, recuperó la caja de puros, y siguió rebuscando en los armarios.
—Sara —dijo Alex—. ¿Cómo acabaste trabajando con Lena?
—¿No estaba en ninguno de tus informes? —preguntó ella, dando golpecitos en el lado de un armario.
—No. Se considera un misterio.
—No hablamos mucho del tema —dijo Sara, la voz apagada, la cabeza dentro del armario—. Me salvó la vida.
Ella sonrió, se sentó en el suelo y apoyó la cabeza contra la pared.
—Probablemente es una buena historia.
—No es lo que estás pensando —dijo Sara, sacando la cabeza—. Iban a colgarme en Lejano Dorest. El vigilante de allí.
—¿Por error, supongo?
—Depende de tu definición de esa palabra concreta —respondió Sara—. Maté a un hombre. Inocente.
—¿Fue un accidente?
—Sí. Solo pretendía robarle —vaciló, miró el armario, abstraída. Sacudió la cabeza, luego se metió dentro a cuatro patas, empujó con fuerza y rompió la pared del fondo.
Eso no era lo que ella esperaba oír. Se acomodó, las manos alrededor de las piernas.
—¿Eras una delincuente?
—No muy capaz —dijo Sara desde dentro del armario—. Siempre he tenido un problema para no llevarme las cosas. Las trinco, ¿sabes? Y de pronto las veo en mis manos. Era buena en ello, y tenía algunos amigos… Me convencieron de que debería ir un poco más allá. Que fuera dueña de mi destino, dijeron. Que empezara buscando dinero, luego robara con armas y demás. Así que lo intenté. Y maté a un hombre. Padre de tres hijos.
Salió del armario roto, luego alzó algo. Parecían una especie de naipes.
—¿Una pista? —preguntó ella ansiosamente.
—Son desnudos —dijo Sara, ojeándolos—. Antiguos. Probablemente de antes de que nuestros bandidos compraran este lugar. —Ojeó unas cuantas más, luego las arrojó al agujero—. Al menos los guripas encontrarán algo divertido.
La miró. Parecía… acosada, los ojos en la sombra, un lado del rostro iluminado por la ventana abierta.
—¿Y qué pasó? —preguntó ella en voz baja—. Contigo, quiero decir. A menos que no quieras contarlo.
Sara se encogió de hombros.
—En realidad no sabía qué estaba haciendo, y me dejé llevar por el pánico. Creo que tal vez quería que me capturaran. Nunca quise dispararle a aquel tipo. Solo quería su bolsa, ¿sabes? El viejo Dedosmuertos me capturó fácilmente. Ni siquiera tuvo que arrancarme una confesión.
Sara guardó silencio un instante.
—Lloré todo el tiempo. Tenía dieciséis años. Era solo una chiquilla.
—¿Sabías que eras alomántica?
—Claro. Por eso me fui a los Áridos, pero eso es otra historia. El bendaleo es difícil de hacer. El bismuto y el cadmio no son metales que se encuentren en la tienda de la esquina. No sabía mucho de feruquimia entonces, aunque mi padre era feruquimista, así que tenía cierta idea. Pero almacenar salud requiere oro.
Se acercó y se sentó en el suelo junto a ella.
—Sigo sin saber por qué me salvó Lena. Deberían de haberme ahorcado. Maté a un buen hombre. Ni siquiera era rico. Era contable. Hacía obras de caridad para todo el que lo necesitaba; escribía testamentos, leía cartas. Todas las semanas transcribía las cartas de los mineros que no sabían escribir, para que pudieran enviarlas a sus familias en la ciudad. Descubrí muchas cosas sobre él en el juicio, ¿sabes? Vi a sus hijos llorando. Y su esposa…
Sara buscó en el bolsillo y sacó algo. Un papel.
—Recibí una carta suya hace unos meses.
—¿Te escriben cartas? —dijo Alex.
—Claro. Les envío la mitad de lo que gano. Así alimento a sus hijos, ¿sabes? Supongo que tiene sentido, ya que maté a su padre. Uno fue a la universidad. —Vaciló—. Todavía me odian. Me envían cartas para hacerme saber que no me han perdonado, que ningún dinero les devolverá a su padre. Tienen razón. Pero aceptan el dinero, que ya es algo.
—Sara… —dijo Alex—. Lo siento.
—Sí. Yo también. Pero algunos errores no pueden arreglarse solo con lamentarlo. No se pueden reparar, hagas lo que hagas. Las pistolas y yo no nos llevamos bien desde entonces. Mi mano empieza a temblar cuando empuño una, se sacude como un puñetero pez fuera del agua. ¿No es curioso? Es como si mi mano pensara sola.
El sonido de pasos desde la escalera y unos instantes después entró Lena. Alzó una ceja al verlas sentados en el suelo.
—Oye, nos hemos estado sincerando, aquí —dijo Sara—. No vengas a estropearlo todo.
—Ni se me ocurriría —respondió Lena—. He hablado con los mendigos de la zona. Los desvanecedores han estado transportando algo grande, metiéndolo y sacándolo del edificio y a un barco. Lo han hecho en varias ocasiones, siempre de noche. Por su tamaño parece que no era solo cargamento: sospecho que algún tipo de maquinaria.
—Hum —dijo Sara.
—Hum, en efecto. ¿Y tú?
—Encontré una caja —dijo Sara, mostrando la caja de puros—. Oh, y más dinamita. Por si quieres abrir un nuevo canal o algo.
—Tráela. Podría ser útil.
Lena cogió la caja de puros.
—Hay unas cuantas fotos de desnudos también —advirtió Sara, señalando el armario—. Están tan ajadas que apenas se pueden ver las partes buenas. —Vaciló—. Las damas no llevan pistola, así que probablemente no te interesarán de todas formas.
Lena hizo una mueca.
—La caja de puros es cara —dijo Alex, levantándose—. Es improbable que perteneciera a alguno de los ladrones comunes, a menos que se la quitaran a alguien. Pero mira. Han escrito unos números en la parte de dentro.
—Así es —dijo Lena. Entornó los ojos, y luego miró a Sara, que asintió.
—¿Qué? —dijo ella—. ¿Sabes algo?
Lena le lanzó de nuevo la caja a Sara, quien se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Era tan grande que quedó asomando.
—¿Has oído alguna vez el nombre de Jimmy Olsen?
—Claro —dijo ella—. Jimmy Cienvidas. Es vigilante en los Áridos.
—Sí —respondió Lena, sombrío—. Vamos. Creo que es hora de que hagamos un viaje. Mientras lo hacemos, te contaré unas cuantas historias.
