11

Jimmy se detuvo junto a la barandilla y encendió su puro. Aspiró varias veces antes de que tirara, y luego soltó lentamente una vaharada de humo entre los labios.

—Las han visto, jefe —dijo Tarson, que se acercaba. Llevaba un brazo en cabestrillo; la mayoría de los hombres estarían todavía en cama después de recibir un tiro como el suyo. Pero Tarson era un brazo de peltre y tenía sangre koloss. Sanaría rápidamente.

—¿Dónde? —preguntó Jimmy, bajando la mirada y estudiando la disposición del nuevo escondite. Además de Tarson, el único que lo acompañaba aquí arriba era Clamps, el tercero en el mando.

—Están en la vieja fundición —dijo Tarson. Todavía llevaba puesto el sombrero de Sara—. Estuvieron hablando con los mendigos de la zona.

—Tendríamos que haberlas arrojado a todos al canal —gruñó Clamps, rascándose la cicatriz del cuello.

—No voy a empezar a matar mendigos, Clamps —dijo Jimmy en voz baja. Llevaba un par de revólveres de aluminio; brillaban a la luz eléctrica de la gran cámara—. Te sorprendería lo rápidamente que una cosa así se puede volver en tu contra: vuelve la clase más baja de la ciudad contra nosotros, y todo tipo de información inconveniente llegará a los alguaciles.

—Sí, claro —dijo Clamps—. Por supuesto. Pero, quiero decir, esos mendigos… vieron cosas, jefe.

—Lena las habría descubierto de todas formas —respondió Jimmy—. Es como una rata. Te la encuentras donde menos desees que esté. En cierto modo, eso la vuelve predecible. ¿Asumo que tus trampas explosivas, aunque prometiste que no fallarían, no resultaron efectivas?

Clamps tosió en su mano.

—Lástima —dijo Jimmy. Cogió su encendedor de plata, que todavía tenía en la mano tras haber encendido el puro, y se lo guardó en el bolsillo.

Tenía el signo de los vigilantes de Verdadero Madil. Los otros hombres se sentían incómodos al verlo. Jimmy lo conservaba de todas formas. El espacio ante ellos carecía completamente de ventanas. Grandes y brillantes luces eléctricas colgaban del techo, y los hombres emplazaban forjas y moldes. Jimmy era escéptico. ¿Una fundición bajo tierra? Pero el Señor Elegante había prometido que sus conductos y ventiladores eléctricos retirarían el humo y harían circular el aire. Los hornos eléctricos contaminaban mucho menos. Esta sala era muy curiosa. Un gran túnel se perdía en la oscuridad a la izquierda de la cámara, con vías férreas en el suelo. Los principios, decía el Señor Elegante, de una vía subterránea en la ciudad. ¿Cómo atravesaría los canales? Tendría que pasar por debajo, supuso. Una extraña imagen. De momento, ese túnel era solo una prueba. Recorría una breve distancia hasta un gran edificio de madera, donde Jimmy podía acuartelar al resto de sus hombres. Tenía otros treinta o así. Por ahora, traían cajas de suministros y lo que quedaba de su aluminio. No había mucho. De un solo golpe, Lena casi había destruido a los desvanecedores. Jimmy fumó su puro mientras mantenía una actitud reflexiva. Como siempre, recurría a su mente de oro, que le daba fuerzas y revigorizaba su cuerpo. Nunca se sentía enfermo, nunca carecía de energía. Seguía necesitando dormir, y seguía envejeciendo, pero aparte de eso, era prácticamente inmortal. Mientras tuviera suficiente oro. Ese era el problema, ¿no? El humo se enroscaba ante él, retorciéndose sobre sí mismo como las brumas.

—¿Jefe? —preguntó Clamps—. El Señor Elegante está esperando. ¿No vas a ir a recibirlo?

Jimmy exhaló humo.

—Dentro de un momento. —Elegante no era su dueño—. ¿Cómo va el reclutamiento, Clamps?

—Va… Necesitaré más tiempo. Un día no es suficiente, sobre todo después de que la mitad de nosotros fuera masacrada.

—Cuidado con lo que dices.

—Lo siento.

—Lena tenía que entrar en escena tarde o temprano —dijo Jimmy en voz baja—. Cambia las reglas, y es cierto que perdimos muchos más hombres de los que me habría gustado. Sin embargo, al mismo tiempo somos afortunados. Ahora que Lena ya ha intervenido, podemos adelantarnos a ella.

—Jefe, los hombres hablan —dijo Tarson, inclinándose hacia delante—. Dicen que Lena y tú… que nos tendisteis una trampa. —Se echó atrás, como si esperara una reacción violenta.

Jimmy siguió fumando, y consiguió contener su estallido inicial de ira. Estaba mejorando en eso. Un poco.

—¿Por qué dicen eso?

—Antes eras vigilante de la ley y todo eso…

—Sigo siéndolo —dijo Jimmy—. Lo que hacemos no está fuera de la ley. No de la verdadera ley. Oh, los ricos harán sus propios códigos, nos obligarán a vivir según ellos. Pero nuestra ley es la ley de la humanidad misma.

»Los hombres que trabajan para mí tienen la bula de la reforma. Su trabajo aquí diluye sus anteriores… infracciones. Diles que estoy orgulloso de ellos, Clamps. Soy consciente de que han vivido algo traumático, pero sobrevivieron. Nos enfrentaremos al mañana con mayores fuerzas.

—Se lo diré, jefe.

Jimmy contuvo una sonrisa. No podía decidir si las palabras eran adecuadas o no: no estaba hecho para prédicas. Pero los hombres necesitaban convicción por su parte, así que mostraría convicción.

—Quince años —dijo en voz baja.

—¿Jefe?

—Quince años pasé en los Áridos, tratando de proteger a los débiles. ¿Y sabes qué? Nunca mejoró. Todo ese esfuerzo no significó nada. Los niños seguían muriendo, las mujeres continuaban siendo violadas. Un hombre no era suficiente para cambiar las cosas, no con la corrupción que hay aquí en el corazón de la civilización. —Dio una calada a su puro—. Si vamos a cambiar las cosas, tenemos que cambiarlas aquí primero.

«Y que Trell me ayude si me equivoco». ¿Para qué había creado Trell a hombres como él, sino para enmendar errores? Las Palabras de Instauración incluso contenían una larga explicación del trellismo y sus enseñanzas que demostraban que hombres como Jimmy eran especiales.

Se dio la vuelta y avanzó por la pasarela. Se extendía como un balón por la cara norte de la enorme nave. Tarson y Clamps se quedaron atrás; sabían que le gustaba estar solo cuando se veía con el Señor Elegante.

Jimmy abrió la puerta al fondo y entró en el despacho del Señor Elegante. Por qué necesitaba un despacho aquí, no lo sabía; tal vez controlaría con más atención las operaciones de esta nueva base. El Señor Elegante había querido que estuvieran aquí desde el principio. A Jimmy le molestaba haber tenido que acabar aceptando la oferta: eso lo ponía todavía más bajo el pulgar de su patrocinador.

«Unos cuantos buenos robos y ya no lo necesitaremos —se dijo Jimmy—. Entonces podremos mudarnos a otra parte».

El Señor Elegante era un hombre de cara redonda con barba veteada de gris. Estaba sentado ante su escritorio tomando una taza de té, vestido con un traje extremadamente elegante y caro de seda negra con un chaleco turquesa. Cuando Jimmy entró, estaba estudiando un periódico.

—Sabes que no me gusta el olor de esas cosas —dijo el Señor Elegante sin levantar la mirada.

Jimmy siguió fumando de todas formas.

El Señor Elegante sonrió.

—¿He oído decir que tu vieja amiga ya ha localizado tu anterior base de operaciones?

—Capturaron a unos cuantos hombres —dijo Jimmy simplemente—. Solo era cuestión de tiempo.

—No son muy leales a tu causa.

Jimmy no tenía ninguna respuesta a eso. Los dos sabían que la mayoría de sus hombres trabajaban por dinero, y no por ningún objetivo grandioso.

—¿Sabes por qué me gustas, Jimmy? —preguntó el Señor Elegante.

«No me preocupa especialmente si te gusto o no te gusto», pensó Jimmy, pero se mordió la lengua.

—Eres cuidadoso —continuó el Señor Elegante—. Tienes un objetivo, crees en él, pero no dejas que nuble tu visión. De hecho, tu causa no es muy diferente de la de mis asociados y yo. Creo que es un objetivo digno, y tú un digno líder. —El Señor Elegante le dio la vuelta a su periódico—. El tiroteo del último robo amenaza con socavar mi confianza en lo que he dicho.

—Yo…

—Perdiste los nervios —dijo el Señor Elegante, con voz fría—, y por tanto perdiste el control de tus hombres. Por eso sucedió este desastre. No hubo ningún otro motivo.

—Sí que lo hubo. Lena Ladrian.

—Tendrías que haber estado preparado para ella.

—Se suponía que no iba a estar allí.

El Señor Elegante sorbió su té.

—Vamos, Jimmy. Llevabas puesta una máscara. Sabías que había una posibilidad de que acudiera.

—Llevaba una máscara —respondió Jimmy, controlándose con esfuerzo—, porque soy un hombre de cierta fama. Lena no era la única que podría haberme reconocido.

—Un argumento válido, supongo. Pero con lo dramático que insistes en ser: cargamento que desaparece, en vez de ser robado sin más, me pregunto por qué evitas ser reconocido.

—El dramatismo sirve a un propósito —replicó Jimmy—. Se lo he dicho. Mientras la policía viva en la duda de cómo nos llevamos el cargamento, cometerán errores.

—¿Y el dramatismo? —dijo Elegante, señalando un diario—. ¿Los «desvanecedores», Jimmy?

Él no dijo nada. Había explicado sus motivos antes, los que le permitía conocer a Elegante. Había más, naturalmente. Necesitaba ser dramático, necesitaba capturar la atención pública. Jimmy pretendía cambiar el mundo. No podías conseguirlo si la gente te consideraba un ladrón corriente. Misterio, poder, una pizca de magia… eso podía obrar maravillas para su causa.

—Sin comentarios —dijo Elegante—. Bien, tus explicaciones han resultado válidas en el pasado. Excepto cuando se trata de Lena. Admito, Jimmy, que tengo dudas. ¿Hay alguna antigua rencilla entre vosotros dos que deba conocer? ¿Algo que, tal vez, haya causado que actúes de manera intrépida? —Los ojos del Señor Elegante eran fríos como el hierro—. ¿Algo que te hubiera hecho intentar incitarla a que atacara durante esa fiesta? ¿Para poder luchar contra ella?

Jimmy le sostuvo la mirada, luego se inclinó, las manos sobre la mesa, los dedos sujetando su puro.

—No tengo ninguna rencilla con Lena Ladrian. Es una de las mejores mujeres que ha conocido este mundo. Mejor que usted o que yo, o que prácticamente todos los habitantes de esta ciudad.

—¿Y esto se supone que debe reconfortarme? Acabas de decir que no lucharás contra ella.

—Oh, lucharé contra ella. La mataré, si es preciso. Lena eligió el lado equivocado. Las mujeres como ella, los hombres como yo, tenemos una opción. Servir al pueblo o servir a los ricos. Ella abandonó su derecho de protectora en el momento en que regresó a esta ciudad y empezó a relacionarse con ellos.

—Curioso —dijo Elegante—. Yo también soy uno de ellos, ¿no?

—Trabajo con lo que tengo. Además, usted tiene… otras cosas en su favor. Sobre todo porque renunció a sus privilegios.

—A los privilegios, no. Solamente al título. Y sigo pensando que intentaste provocar a Lena. Por eso mataste a Peterus.

—Maté a Peterus porque era un impostor —replicó Jimmy—. Fingía buscar justicia, y todos lo alababan por ello, pero se plegó todo el tiempo a la elite y los corruptos. Al final, lo dejaron asistir a sus fiestas, como a un perro fiel. Acabé con él.

El Señor Elegante asintió lentamente.

—Muy bien.

—Limpiaré esta ciudad. Aunque tenga que arrancarle con las uñas su negro corazón. Pero va a tener que conseguirme más aluminio.

—Estoy trabajando en ello —dijo Elegante. Abrió un cajón del escritorio y sacó una hoja de papel enrollado. La puso delante de Jimmy.

Jimmy le quitó el hilo y desenrolló el papel. Esquemas.

—¿El nuevo tren de carga «imposible de robar»?

Elegante asintió.

—Tardará tiempo en… —empezó a decir Jimmy.

—Hace tiempo que tengo a gente trabajando en este asunto. Tu trabajo no es la planificación. Tu trabajo es la ejecución. Me encargaré de que tengas los recursos que necesitas.

Jimmy examinó el plano. Elegante tenía contactos. Poderosos. Jimmy no podía dejar de pensar que se había metido en algo que estaba muy por encima de su control.

—Mis hombres todavía tienen a la última cautiva —dijo—. ¿Qué quiere hacer con ella?

—Todo se andará —respondió Elegante. Tomó un sorbo de té—. Si hubiera estado prestando más atención, habría eliminado a esa de la lista. Lena no dejará de buscarla. Habría sido mucho más fácil si la explosión hubiera funcionado. Ahora debemos contemplar una acción más directa.

—Trataré con ella personalmente —dijo Jimmy—. Hoy.

—Jimmy Olsen es nacidoble —dijo Lena, inclinándose hacia delante en su asiento del vagón—. Una variedad especialmente peligrosa de nacidoble.

—Doble oro —asintió Sara, reclinándose en el banco acolchado frente a Lena. En el exterior, los barrios del extrarradio de Elendel pasaban veloces.

Alex estaba sentada junto a Sara.

—Los alománticos de oro no son particularmente peligrosos, por lo que he oído.

—No —dijo Lena—. No lo son. Pero es la Composición lo que hace que Jimmy sea tan peligroso. Si tu alomancia y feruquimia comparten metal, puedes acceder a su poder multiplicado por diez. Es complicado. Almacenas un atributo dentro del metal, luego lo quemas para liberar poder. Eso se llama Composición. Según las leyendas es la manera en que la Lasca consiguió la inmortalidad.

Alex frunció el ceño.

—Creía que las historias de las extraordinarias habilidades curativas de Jimmy eran exageraciones. Creía que era solo un hacedor de sangre, como Sara.

—Oh, lo es, desde luego —dijo Sara, haciendo girar un bastón de duelo sobre su muñeca y capturándolo de nuevo—. Pero él no se queda sin salud.

Lena asintió, pensando en años atrás, cuando conoció por primera vez a Jimmy. El hombre siempre le había hecho sentirse incómoda, pero también era un vigilante excelente. En su mayor parte.

Advirtiendo la expresión confundida de Alex. Lena explicó:

—Normalmente un feruquimista tiene que ser austero. Puede tardar meses en acumular salud o peso. Yo llevo pesando la mitad desde que atravesamos el suelo, tratando de recuperar parte de lo que gasté. Apenas he llenado mi mente de metal a una fracción de lo que perdí. Para Sara es aún más dura.

Sara se sonó la nariz.

—Tendré que pasar unas cuantas semanas en cama después de esto, sintiéndome fatal. De otro modo, no podré curarme. Demonios, ya estoy almacenando tanto como puedo y para poder moverme con normalidad. Al final del día, apenas tendré suficiente para curar un arañazo.

—Pero Jimmy… —dijo Alex.

—Capacidad curativa casi infinita —dijo Lena—. Ese hombre es virtualmente inmortal. Oí decir que una vez recibió un disparo de escopeta en la cara a quemarropa y sobrevivió. Trabajamos juntos en los Áridos. Era el vigilante de Verdadero Madil. Éramos tres los que teníamos una especie de alianza en marcha, durante los buenos tiempos. Jimmy, yo, y Jon Dedomuerto de Lejano Dorest.

—Jimmy no me cae demasiado bien —advirtió Sara—. Bueno…, en realidad, ninguno de ellos.

—Jimmy hizo un buen trabajo —dijo Lena—. Pero era duro y estaba lleno de prejuicios. Nos respetábamos la una al otro, aunque a distancia. No diría que fuimos amigos. Pero en los Áridos, cualquiera que defiende lo que es justo es un aliado.

—Es la primera ley de los Áridos —dijo Sara—. Cuanto más solo estás, más necesitas a tu lado un hombre en quien puedas confiar.

—Aunque sus métodos vayan más allá de lo que tú escogerías —dijo Lena.

—No parece de los que emprenden una vida de crímenes —comentó Alex.

—No —respondió Lena en voz baja—. Pero casi tuve la certeza de que era él quien estaba bajo la máscara en la boda, y esa caja de puros son sus favoritos. No puedo estar segura de que sea él, pero…

—Pero crees que lo es.

Lena asintió. «Que Armonía nos ayude, sí que lo creo». Los vigilantes de la ley eran una aleación especial. Había un código. Nunca ceder, nunca sucumbir a la tentación. Trabajar con criminales día sí, día no, podía cambiar a un hombre. Empezabas a ver las cosas como las veían ellos. Empezabas a pensar como ellos. Todos sabían que este trabajo podía transformarte si no tenías cuidado. No se hablaba de ello, y no se cedía. O se suponía que no lo hacían.

—No me sorprende —dijo Sara—. ¿Lo oíste alguna vez hablar de la gente de Elendel, Lena? Es un hombre brutal, Jimmy.

—Sí —dijo Lena en voz baja—. Esperaba que continuara manteniendo el orden en su población y dejara dormir a sus demonios.

El tren dejó atrás los barrios del extrarradio, dirigiéndose a los Estados Exteriores, el amplio anillo de huertos, campos, y pastos que alimentaban a Elendel. El paisaje dejó de ser bloques de casas para convertirse en extensiones abiertas marrones y verdes, los canales titilando azules cuando cortaban la tierra.

—¿Cambia esto las cosas? —preguntó Alex.

—Sí —respondió Lena—. Significa que es muchísimo más peligroso de lo que pensaba.

—Delicioso.

Sara sonrió.

—Bueno, quería que tuvieras la experiencia completa. Ya sabes, por la ciencia y todo eso.

—La verdad es que estaba pensando en que lo mejor sería enviarte a un lugar seguro —dijo Lena.

—¿Quieres librarte de mí? —preguntó ella. Abrió de par en par los ojos para parecer descorazonada, y suavizó la voz para convertirla en un susurro apenado. Lena casi llegó a pensar que lo había aprendido de Sara—. Creí que te estaba resultando de ayuda.

—Y así es. Pero también tienes poca experiencia práctica en lo que estamos haciendo.

—Una mujer debe ganar experiencia de algún modo —dijo ella, alzando la cabeza—. Ya he sobrevivido a un intento de secuestro y a otro de asesinato.

La puerta del vagón se sacudió cuando doblaron una curva.

—Sí, pero la presencia de un nacidoble en el otro lado cambia las cosas, lady Alex. Si hay que pelear, no creo que pueda derrotar a Jimmy. Es habilidoso, poderoso y decidido. Prefiero que estés en lugar seguro.

—¿Dónde? —preguntó ella—. Cualquiera de tus mansiones sería obvia, igual que las de mi padre. No puedo esconderme en los subterráneos de la ciudad: ¡Dudo mucho de que allí no llame la atención! Me apresuro a sugerir que el lugar más seguro donde puedo estar es cerca de ti.

—Qué raro —dijo Sara—. Normalmente los lugares más seguros de la vida son cualquier parte menos cerca de Lena. ¿He mencionado que es probable que haya explosiones?

—Tal vez deberíamos acudir a los alguaciles —dijo Alex—. Lady Lena… este tipo de investigación privada es técnicamente ilegal… al menos en tanto sabemos hechos importantes que los alguaciles desconocen. Se nos exige que comuniquemos lo que sabemos a las autoridades.

—¡No lo hagas pensar! —dijo Sara—. ¡Ya casi estaba empezando a impedirle decir cosas así!

—Tranquila, Sara —dijo Lena en voz baja—. He hecho una promesa. Le dije a lord Harms que le devolvería a Kara. Y lo haré. Eso es todo.

—Entonces me quedaré y ayudaré —dijo Alex—. Y eso es todo.

—Y a mí me vendría bien comer algo —añadió Sara—. La grasa es la grasa.

—Sara… —dijo Lena.

—Hablo en serio. No he tomado nada desde aquellos bollos.

—Comeremos algo cuando paremos —dijo Lena—. Primero, me gustaría saber algo de lady Alex.

—¿Sí?

—Bueno, suponiendo que vayas a quedarte con nosotras, me gustaría saber qué tipo de alomántica eres.

Sara se irguió, sobresaltada.

—¿Eh?

Alex se ruborizó.

—Llevas una bolsita con recortes de metal en tu bolso —dijo Lena—. Y siempre procuras no alejarte de ese bolso. Sabes poco de feruquimia, pero pareces comprender la alomancia. No te sorprendiste cuando Sara detuvo el tiempo en una burbuja a nuestro alrededor: de hecho, entraste en la barrera, como si estuvieras familiarizada con ellas. Y procedes de un linaje hereditario que está siendo perseguido precisamente porque incluye a un montón de alománticas.

—Yo… —dijo ella—. Bueno, no ha habido ninguna oportunidad… —Se ruborizó todavía más.

—Estoy sorprendida, y un poco decepcionada —dijo Sara.

—Bueno —replicó ella rápidamente—. O…

—Oh, no contigo —dijo Sara—. Con Lena. Esperaba que hubiera deducido esto en nuestro primer encuentro.

—Me hago lenta con la vejez —dijo Lena secamente.

—En realidad no es muy útil —dijo ella, bajando la cabeza—. Cuando vi a Sara usando su habilidad de deslizadora, empecé a sentirme acomplejada. Veréis, soy pulsadora.

Como Lena sospechaba.

—Creo que eso podría ser muy útil.

—La verdad es que no —respondió Alex—. Acelerar el tiempo… eso es sorprendente. Pero ¿qué puedo hacer frenándolo, y solo para mí misma? Es inútil en una pelea. Todos los demás se moverían a gran velocidad a mi alrededor. Mi padre se sentía avergonzado de ese poder. Me dijo que lo mantuviera en secreto, igual que muchos de mis parientes.

—Tu padre es alguien que cada vez estoy más segura de que es un necio —dijo Lena—. Tienes acceso a algo útil. No, no sirve para todas las situaciones, pero lo mismo pasa con cualquier herramienta.

—Si tú lo dices…

Un mercader recorría el pasillo, vendiendo galletas, y Sara se levantó de un salto para conseguir una. Lena se acomodó en su asiento y se puso a mirar por la ventana, pensando. Jimmy. No, no podía estar segura de que fuera él. Cuando Lena le disparó al desvanecedor en la cara y lo abatió, había supuesto que había confundido su voz. Jimmy no caería con un tiro. A menos que supiera que tenía que fingir una herida, para que Lena no lo reconociera. Jimmy era lo bastante astuto para hacer algo así.

«Es él», pensó Lena. Lo había sabido desde el momento en que el jefe de los desvanecedores habló. Pero no había querido admitirlo. Esto complicaba enormemente las cosas. Y, lo más extraño, Lena se sentía abrumada. Veinte años como vigilante de la ley, y esta situación era ya más complicada que ninguna otra que hubiera investigado. Había asumido que los Áridos la habían hecho fuerte, pero allí también la vida era más simple, y se había acostumbrado a esa simpleza. Ahora iba a la carga, las pistolas alzadas, creyendo que podía manejar un problema hecho a escala de Elendel. Creía que podía destruir a un equipo que estaba tan bien financiado que podía suministrar a sus hombres armas hechas de un material tan caro que bien podría haber sido oro.

«Tal vez deberíamos acudir a los alguaciles», había dicho Alex. Pero ¿podría hacerlo?

Acarició el pendiente que llevaba en el bolsillo. Había sentido que Armonía quería que hiciera esto, que investigara. Pero ¿qué era Armonía sino una impresión en la mente de Lena? Predisposición a la confirmación, lo llamaban. Sentía lo que esperaba. Eso era lo que decía su cerebro lógico.

«Ojalá pudiera alimentar las brumas —pensó—. Han pasado semanas sin poder salir a ellas». Siempre se sentía más fuerte en las brumas. Sentía como si alguien estuviera observándola, cuando estaba en ellas.

«Tengo que continuar con esto», se dijo. Habían intentado abstenerse, y eso había causado la muerte de lord Peterus. El método habitual de Lena era tomar el mando y hacer lo que había que hacer. Era así como aprendían a trabajar los vigilantes en los Áridos. «No somos tan distintos, Jimmy y yo», pensó. Tal vez eso era lo que le asustaba tanto de aquel hombre.

El tren redujo la velocidad y se acercó a la estación.