12
Sara bajó del carruaje, siguiendo a Lena y a Alex. Miró al cochero y le arrojó una moneda.
—Necesitamos que esperes un poco, socio. Confío en que no será ningún problema.
El cochero miró la moneda y alzó una ceja.
—Ningún problema, socia.
—Me gusta ese sombrero —dijo Sara.
El cochero llevaba un sombrero redondo de fieltro duro, cónico, pero con la parte superior plana y una pluma.
—Todos lo llevamos —dijo—. Marca de los Carruajes de Gavil.
—Ah. ¿Quieres cambiarlo?
—¿Cómo? ¿Cambiar los sombreros?
—Claro —dijo Sara, lanzándole su endeble gorra de lana.
El hombre la cazó al vuelo.
—No estoy seguro…
—Añadiré una galleta —dijo Sara, sacándola del bolsillo.
—Er… —El hombre miró la moneda que tenía en la mano, que era bastante sustanciosa. Se quitó la gorra y se la arrojó a Sara—. No hace falta. Supongo que… me compraré otro.
—Muy amable por tu parte —respondió Sara, dándole un bocado a la galleta mientras echaba a andar tras Lena. Se puso el sombrero. No le quedaba demasiado bien.
Se apresuró para alcanzar a las otras dos, que se habían detenido en una pequeña colina. Sara tomó aire, oliendo la humedad del canal, los aromas de los campos y las flores a sus pies. Entonces estornudó. Odiaba llenar sus mentes de metal cuando estaba haciendo otras cosas. Prefería llenarlas a lo grande. Eso le hacía ponerse muy enferma, pero podía dormir y beber mucho para pasar el tiempo. Esto era peor. Llenar su mente de metal tanto como se atrevía, acumulando salud sobre la marcha, significaba que se ponía enferma. Rápido. Estornudaba mucho más, la garganta se le irritaba y los ojos le lloraban. También se sentía cansada y aturdida. Pero necesitaba esa salud, así que lo hacía. Caminó por la hierba. Los Estados Exteriores eran un lugar extraño. Los Áridos eran secos y sucios. La Ciudad estaba densamente poblada y, en algunos lugares, era mugrienta. Aquí, las cosas eran solo… bonitas. Un poco demasiado bonitas. Los hombros le picaban. Este era el típico lugar donde un hombre trabajaba en el campo durante el día, y luego se iba a casa y se sentaba en el porche a beber limonada o acariciar a su perro. Los hombres morían de aburrimiento en lugares como ese. Era extraño que en un lugar tan despejado pudiera sentirse aún más ansiosa y confinada que cuando estaba encerrado en una celda.
—El último robo de tren sucedió aquí —dijo Lena. Extendió la mano hacia las vías, que rodean una curva a la izquierda, y luego la movió siguiendo su camino, como si viera algo que Sara no veía. A menudo hacía cosas así.
Sara bostezó y luego le dio otro bocado a la galleta.
—¿Qué era eso, señora? ¿Qué era eso, señora? ¿Qué era eso, señora?
—Sara, ¿qué estás farfullando? —Lena se volvió a inspeccionar el canal a la derecha. Era ancho y profundo, hecho para albergar barcazas llenas de comida para la ciudad.
—Practicando el acento del tipo de las galletas —dijo Sara—. Tenía un acento magnífico. Debe de ser de una de las nuevas ciudades fronterizas, junto a las montañas septentrionales.
Lena la miró.
—Ese sombrero es ridículo.
—Por fortuna, puedo cambiar de sombreros —dijo Sara con acento del tipo de las galletas—, mientras que tú, amiga mía, siempre tendrás esa cara.
—Habláis como si fuerais hermanas —dijo Alex, mirándolas con curiosidad—. ¿Os dais cuenta de eso?
—Mientras yo sea la guapa… —dijo Sara.
—Las vías giran hacia el canal —dijo Lena—. Los otros robos también tuvieron lugar cerca de los canales.
—Que yo recuerde, la mayoría de las vías férreas corren en paralelo a los canales —advirtió Alex—. Los canales ya estaban aquí, y cuando se tendieron las vías, tuvo sentido seguir las líneas establecidas.
—Sí —respondió Lena—. Pero aquí es especialmente sorprendente. Mira lo cerca que están las vías del canal.
«Su acento está cambiando —pensó Sara—. Solo seis meses en la ciudad y ya se nota. Es más refinada en ciertos aspectos, menos formal en otros». ¿Veía la gente cómo sus voces eran igual que seres vivos? Mueve una planta, y cambiará y se adaptará al entorno. Mueve a una persona, y la forma en que habla crece, se adapta, evoluciona.
—Entonces esa maquinaria que utilizan los desvanecedores —dijo Alex—, ¿crees que no pueden trasladarla por tierra? ¿Que tienen que transportarla por el canal, y elegir un lugar cerca de las vías para preparar y ejecutar sus robos?
«Su acento… —pensó Sara—. Usa una dicción más elevada con ella que conmigo». Ella intentaba impresionar a Lena. ¿Se daba Lena cuenta? Probablemente, no. Siempre había ignorado a las mujeres. Incluso a Sam.
—Sí —dijo Lena, bajando por la colina—. La cuestión es cómo hicieron que esa cosa, sea lo que sea, vaciara los vagones de carga tan rápida y eficazmente.
—¿Por qué es tan extraño? —preguntó Sara, siguiéndola—. Si yo fuera desvanecedora, me habría traído a un montón de hombres. Eso me permitiría trabajar más rápido.
—No es una cuestión de simple mano de obra. Los vagones estaban cerrados, y los últimos tenían guardias dentro. Cuando los vagones llegaron a su destino, seguían cerrados, pero estaban vacíos. Aparte de eso, en uno de los vagones robaron muchos lingotes pesados de hierro. Hay un cuello de botella en la puerta del vagón: tras cierto punto, más hombres no habrían servido de nada. Es imposible que descargaran cientos de lingotes en menos de cinco minutos usando mano de obra.
—¿Una burbuja de velocidad? —preguntó Alex.
—Podría haber ayudado, pero no mucho —respondió Lena—. Habría el mismo cuello de botella, y no se puede meter a mucha gente dentro de una burbuja. Pongamos que pudiera haber seis obreros dentro, que estarían realmente apretujados. Tendrían que empujar los lingotes de hierro hasta el filo de la burbuja, luego soltar la burbuja y crear otra… No se pueden mover las burbujas una vez emplazadas, y repetir.
Lena sacudió la cabeza, las manos en las caderas, y prosiguió.
—El coste en bendaleo sería increíble. Con una pepita de un valor de quinientos billetes, Sara puede comprimir unos dos minutos en quince segundos externos. Comprimir un tiempo igual a cinco minutos en el exterior, consiguiendo tiempos suficiente dentro para mover todas esas barras de hierro, habría que gastar diez mil billetes. Las barras valdrían una fracción de eso; Armonía, podrías comprar tu propio tren con ese dinero. No lo creo. Aquí está pasando algo más.
—Algún tipo de maquinaria —dijo Alex.
Lena asintió. Bajaba por la colina, escrutando el terreno.
—Veamos si podemos encontrar alguna pista que puedan haber dejado. Tal vez la maquinaria tenía ruedas que hayan dejado surcos.
Sara se metió las manos en los bolsillos y se puso a hacer como que investigaba, pero el motivo por el que había implicado a Lena en esta investigación se debía a que su amiga era buena en este tipo de cosas. Si había gente de por medio, Sara era bastante buena. Pero flores y tierra… no tanto. Después de unos pocos minutos, Sara se aburrió, así que se acercó a Alex. Ella la miró.
—Tengo que decir, Sara…, que ese sombrero no te sienta muy bien.
—Sí. Solo quiero seguir recordándole a Lena que me debe uno nuevo.
—¿Por qué? Fuiste tú quien dejó que ese hombre te quitara el viejo.
—Me convenció para que no luchara —gruñó Sara. Era algo que le parecía obvio—. ¡Y luego, le disparó al tipo que lo tenía puesto, y el tipo se escapó!
—No podía saber que el hombre iba a sobrevivir.
—Tendría que haber recogido mi sombrero.
Ella sonrió, divertida.
La mayoría de la gente no entendía de sombreros, y Sara no se lo reprochaba. Hasta que tenías un buen sombrero de la suerte, no comprendías su valor.
—En realidad no pasa nada —dijo Sara en voz baja, dando una patada a los hierbajos—. Pero no se lo digas a Lena.
—¿Qué?
—Yo tenía que perder ese sombrero —admitió Sara—. De lo contrario, lo habría destruido la explosión, ¿no? Tuve suerte de que lo robaran. Podría haber acabado como mi sobretodo.
—Eres una persona única, Sara.
—Técnicamente, todos lo somos —dijo ella. Entonces vaciló—. Excepto los gemelos, supongo. De todas formas, hay una cosa que quería preguntarte. Es un poco personal.
—¿Cómo de personal?
—Bueno, ya sabes, es sobre ti y esas cosas. El tipo personal de cosas personales, supongo.
Ella la miró, frunciendo el ceño, luego se ruborizó. Parecía que la chica lo hacía mucho, cosa que a Sara le parecía bien. Las chicas estaban guapas con un poco de color en ellas.
—Te refieres a que tú… y yo… quiero decir…
—¡Oh, Armonía! —Sara se echó a reír—. No es nada de eso, socia. No te preocupes. Eres bastante bonita, sobre todo en los cobres, si sabes lo que quiero decir.
—¿Los cobres?
—Claro. Una palabra con un montón de curvas, como tú. Tienes un acento bastante bonito, y un bonito bamboleo en la zona de las nubes.
—¿Me atreveré a preguntar qué es?
—Esas cosas blancas y rellenas que flotan altas sobre la tierra fructífera donde se plantan las semillas.
Ella se ruborizó aún más.
—¡Sara! Es posible que eso sea lo más burdo que me han dicho en la vida.
—Vivo para destacar, socia. Vivo para destacar. Pero no te preocupes: como decía, eres bastante mona, pero no tienes suficiente gancho para mí. Me gustan las mujeres que sean capaces de volverme la cara de un buen puñetazo.
—¿Prefieres a las mujeres que puedan pegarte?
—Claro. Tiene su gracia. Pero lo que quería era preguntarte por tu alomancia. Verás, tú y yo tenemos poderes opuestos. Yo acelero el tiempo, tú lo frenas. ¿Qué pasa si las dos los usamos al mismo tiempo? ¿Eh?
—Está documentado —dijo Alex—. Se anulan mutuamente. No pasa nada.
—¿De verdad?
—Sí.
—Hum —dijo ella, sonándose la nariz con un pañuelo—. La «nada» más cara que se pueda encontrar, con ambas quemando metales raros.
—No sé —dijo ella con un suspiro—. Mi poder es bastante bueno para no hacer nada. Creo que realmente no comprendí lo patético que era ser pulsadora hasta que vi lo que podía hacer tu poder.
—Oh, el tuyo no es tan malo.
—Sara, cuando uso mi habilidad, en cualquier momento, me quedo petrificada en el sitio, con cara de estúpida mientras todo el mundo puede correr alrededor. Tú puedes ganar tiempo extra. Yo solo puedo usar el mío para perder tiempo.
—Claro, pero tal vez en algún momento quieras que un día concreto llegue antes. Lo quieres con todas tus ganas, ¿no? ¡Así que puedes quemar cromo, y zas, ahí lo tienes!
—Lo he… —Ella pareció cortada—. Lo he hecho. El cromo se consume mucho más despacio que el bendaleo.
—¿Ves? Ventajas. ¿Qué tamaño pueden tener tus burbujas?
—Puedo hacerlas del tamaño de una habitación pequeña.
—Entonces son mucho más grandes que las mías —dijo Sara.
—Multiplica cero por mil y seguirás teniendo cero.
Sara vaciló.
—¿Ah, sí?
—Er, sí —dijo ella—. Son matemáticas básicas.
—Creía que estábamos hablando de alomancia. ¿Cuándo hemos pasado a las matemáticas?
Eso hizo que ella se ruborizara también. Esas cosas se esperaban de una chica cuando hablabas sobre las partes más atractivas de su cuerpo, pero no cuando mencionabas las matemáticas. Era una aleación extraña, esta mujer. Ella miró a un lado, hacia Lena. Estaba agachada junto al canal.
—Pero a ella —dijo Sara—, le gustan listas.
—No tengo ninguna intención hacia lady Ladrian —dijo ella rápidamente. Demasiado rápidamente.
—Lástima —dijo Sara—. Creo que le gustas, socia.
Puede que eso fuera una exageración. Sara no estaba segura de lo que pensaba Lena respecto a Alex; sin embargo, la mujer tenía que quitarse a Sam de la cabeza. Sam fue una gran chica. Maravillosa, y todo eso. Pero estaba muerta, y Lena todavía tenía esa… expresión vacía. La misma que había mostrado las semanas posteriores tras la muerte de Sam. Ahora era más suave, pero seguía allí. Un nuevo amor le ayudaría mucho. Sara estaba segura de ello, así que se sintió muy satisfecha consigo misma cuando Alex empezó a ponerse en movimiento y acabó acercándose al lugar donde Lena estaba trabajando. Le tocó el brazo y ella señaló algo en el suelo junto al canal. Lo inspeccionaron juntas.
Sara se acercó también.
—… perfectamente rectangular —estaba diciendo Alex—. De algo mecánico.
El terreno estaba aplastado como por efecto de algo pesado en una zona cuadrada. Al parecer era el único tipo de pista en la zona, y no parecía lo que Lena pretendía encontrar. Se arrodilló, el ceño fruncido, y apretó la tierra con la mano, probablemente para comprobar lo compacta que era. Miró de nuevo hacia las vías.
—No hay suficientes huellas —dijo Lena en voz baja—. Es imposible que hicieran esto con mano de obra. Aunque hubiera una burbuja de velocidad.
—Creo que tienes razón —repuso Alex—. Si el robo sucedió allí, una máquina podría haberse quedado en el canal y habría seguido alcanzando las vías.
Lena se levantó y se sacudió las manos.
—Regresemos. Necesito tiempo para pensar.
Lena recorría el centro del vagón de pasajeros, las manos mojadas tras lavárselas en el cuarto de baño. El vagón se sacudía bajo sus pies, los campos volaban veloces en el exterior. ¿Dónde podría estar escondido Jimmy? La mente de Lena trazaba círculos. La Ciudad ofrecía demasiados sitios donde ocultarse, y Jimmy no era un delincuente típico. Era un antiguo vigilante de la ley. Los instintos normales de Lena estaban fuera de juego.
«Querrá dar un paso atrás —decidió Lena—. Es cuidadoso. Juicioso. Pasó meses entre el robo del aluminio y su siguiente golpe».
Jimmy había perdido hombres y recursos. Se escondería durante un tiempo. Pero ¿dónde? Lena se apoyó contra la pared del pasillo. Este vagón de primera clase estaba compuesto por compartimentos privados. Podía oír débilmente a la gente hablar en el que tenía al lado. Niños. Había atravesado seis vagones hasta llegar a uno con cuarto de baño. Sara y Alex estaban en un compartimento varios vagones más allá. Si Alex tenía razón respecto a la función para la que querían a las mujeres secuestradas, entonces les esperaba un sombrío destino. Jimmy podía permitirse esperar, dejar que la pista se enfriara. Cada hora retrasada haría que fuese mucho más difícil de encontrar.
«No —pensó Lena—. Necesitará un golpe más». Uno más, quizá sin rehenes, para conseguir más aluminio. Lena había examinado los informes sobre los robos originales, y había conseguido valorar la cantidad de aluminio que Tekiel había estado contrabandeando. Apenas habría sido suficiente para equipar a treinta o cuarenta hombres. Eso hacía que Jimmy necesitara un golpe más antes de desaparecer; de esa forma, podría usar el período de inactividad para conseguir más armas y munición. Eso le concedía a Lena una oportunidad más para capturarlo. Si jugaba bien sus cartas. Le…
El grito fue débil, pero Lena se había entrenado para estar atenta a estas cosas. Siempre alerta, sobre todo cuando estaba ocupada pensando. Inmediatamente se hizo a un lado, lo cual le salvó la vida cuando la bala atravesó el cristal de la ventana del fondo del vagón. Lena se giró, desenfundando un revólver. Una figura de negro se alzaba en el siguiente vagón, mirando a través de la ventana rota. Llevaba máscara de nuevo, los ojos al descubierto, la lana cubriendo el resto de sus rasgos. Sin embargo, la constitución era adecuada, y la altura, incluso la forma que empuñaba su arma.
«¡Idiota!», pensó Lena. Sus instintos estaban jugándole una mala pasada. Un criminal corriente se habría ocultado. Pero no Jimmy. Era un antiguo vigilante de la ley, acostumbrado a cazar y no a ser cazado.
Y si alterabas sus planes, venía a buscarte.
