13
Lena no tuvo tiempo de alzar su arma. Aumentó al instante su peso y avivó su acero al mismo tiempo que empujaba las puertas entre los vagones. Las ventanas de cristal explotaron mientras las puertas se combaban y se soltaban, bloqueando las balas mientras Jimmy disparaba tres veces en rápida sucesión. El coche se estremeció cuando el tren empezó a tomar una curva. En los compartimentos asomaron cabezas, y ojos espantados buscaron la causa del ruido. Jimmy apuntó de nuevo a Lena. Los niños empezaron a llorar.
«No puedo poner en peligro a los inocentes —pensó Lena—. Tengo que salir».
Mientras el arma disparaba, Lena se lanzó hacia delante. Una bala rebotó cerca de su cabeza, levantando chispas. No pudo sentirla con la alomancia. Era aluminio. Lena salió al espacio entre los vagones, donde el viento rugía y le tiraba de las ropas. Mientras Jimmy disparaba su sexto tiro, Lena empujó los acoples de abajo y se lanzó hacia arriba. Se alzó en el aire por encima de los vagones. El viento la capturó, empujándola hacia atrás mientras caía. Aterrizó con un golpe en un vagón más atrás, se apoyó en una rodilla y se reafirmó con la mano libre; el viento le revoloteaba el pelo y agitaba su chaqueta. Alzó su revólver. Jimmy estaba aquí. En el tren.
«Podría detenerlo ahora. Acabar con esto».
El siguiente pensamiento fue inmediato. ¿Cómo demonios iba a detener a Jimmy Cienvidas?
Una figura enmascarada se alzó entre los vagones ante ella, apenas a tres metros de distancia, empuñando una gran pistola. Jimmy siempre había preferido la potencia de fuego a la precisión. Una vez dijo que prefería fallar unas cuantas veces sabiendo que cuando diera en el blanco la persona a la que le disparara no volvería a levantarse. Lena maldijo y llenó su mente de metal, reduciendo su peso a casi nada, luego rodó a la derecha, dejando atrás el techo y cayendo por el lado del vagón. Los disparos la siguieron. Se agarró al borde de una ventana, apretándose contra la pared, e introdujo un pie en una rendija en la superficie de metal. Su peso reducido le permitió mantenerse allí fácilmente, aunque el viento agitaba su cuerpo. Por delante, la máquina eructaba cenizas y humo negro; debajo, las vías eran un borrón. Lena alzó el revólver que tenía en la mano derecha y esperó mientras se agarraba al costado del vagón con la otra mano y la pierna. El rostro enmascarado de Jimmy pronto asomó entre los vagones. Lena disparó un rápido tiro, empujando la bala con alomancia para que tuviera velocidad extra contra el ululante viento. Alcanzó a Jimmy en el ojo izquierdo. La cabeza del hombre dio un tirón hacia atrás, y la sangre manchó el vagón. Se tambaleó, y Lena disparó de nuevo, alcanzándolo en la frente. El hombre alzó una mano y se arrancó la máscara, revelando un rostro aguileño de pelo negro y corto y cejas prominentes.
Era él. Jimmy. Un vigilante, un hombre que tendría que haber actuado de otro modo. Un componedor nacidoble de asombroso poder. Su ojo volvió a crecer y la herida de la cabeza desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Un metal dorado brillaba en sus brazos, dentro de las mangas. Sus mentes de metal: eran clavos que le atravesaban la piel del brazo, como tornillos. El metal que perforaba la piel era enormemente difícil de tocar con un empujón de acero.
«¡Herrumbre y Ruina!». Ni siquiera un tiro en el ojo lo había frenado mucho. Lena apuntó a un árbol que se acercaba y disparó, luego se soltó del tren y se hizo tan liviana como pudo. Voló hacia atrás con el viento, y mientras el árbol pasaba de largo, empujó la bala alojada en él, impulsándose a un lado, entre dos vagones. Se agazapó allí, jadeando, el corazón redoblando mientras otra de las balas de Jimmy rebotaba en la esquina cerca de ella. ¿Cómo se luchaba contra alguien que era virtualmente inmortal?
Sorteando unas colinas bajas, la vía trazaba otra curva. Verdes granjas y plácidos huertos pasaban de largo no muy lejos. Lena se agarró a la escalerilla del vagón y se aupó para asomarse con cuidado al borde del techo. Jimmy cargaba contra ella a toda velocidad por encima del vagón. Lena maldijo, alzando su arma mientras Jimmy hacía lo mismo. Lena disparó primero, y consiguió alcanzar a su enemigo, que estaba ya solo a unos pasos de distancia. Lena apuntó a la mano armada. La bala desgarró carne y hueso, haciendo que Jimmy maldijera y soltara la pistola. El arma rebotó una vez en el tejado y desapareció por el lado. Lena sonrió satisfecha. Jimmy gruñó, luego saltó de lo alto del vagón y chocó contra ella. La cabeza de Lena golpeó el metal que tenía detrás, lanzando un destello blanco en su visión. Gimió, deslumbrada. «¡Idiota!».
La mayoría de los hombres nunca habrían saltado así: era demasiado probable que los dos hubieran caído del tren en marcha. Pero eso no molestaba a Jimmy. Los dos habían caído en el espacio entre vagones, conservando un precario asidero. Jimmy agarró a Lena por el chaleco con ambas manos, alzándola y golpeándola contra el vagón. Por reflejo, Lena disparó una y otra vez a quemarropa, pero las balas salieron por la espalda de Jimmy sin detenerlo siquiera. Atrajo a Lena y le dio un puñetazo en la cara. El dolor la atravesó y su visión se nubló. Casi perdió el equilibrio y cayó a las veloces vías de abajo. Desesperada, Lena trató de empujarse al aire. Jimmy estaba preparado y en cuanto empezó a levantarse, enganchó el pie bajo el último peldaño de la escalera y aguantó. Lena se abalanzó, todavía sintiéndose mareada, pero no saltó al aire. Empujó con más fuerza, pero Jimmy resistió, la mirada decidida.
—Puedes desgarrarme los tendones del pie, Lena —gritó Jimmy por encima del estrépito de las ruedas sobre los raíles y el aullido del viento—, pero volverán a rehacerse rápidamente. Creo que tu cuerpo cederá antes que el mío. Empuja más fuerte. Veamos qué pasa.
Lena se soltó y cayó a la plataforma entre los vagones. Intentó agarrar a Jimmy en una llave, pero el hombre era más joven, más rápido, y mejor luchador cuerpo a cuerpo. Jimmy esquivó, todavía sujetando el chaleco de Lena, y luego tiró. Lena se tambaleó, perdido el equilibrio, mientras se lanzaba hacia Jimmy, que le hundió el puño en el estómago. Lena jadeó de dolor. Jimmy la agarró por el hombro y la empujó hacia delante, disponiéndose a enterrar de nuevo su puño en su vientre. Así que Lena multiplicó su peso por diez. Jimmy se tambaleó, lanzado de pronto contra algo increíblemente pesado. Abrió mucho los ojos. Estaba acostumbrado a tratar con lanzamonedas, pues eran los tipos más comunes de alománticos, sobre todo entre los delincuentes. Los feruquimistas eran más raros. Jimmy sabía lo que era Lena, pero saber de un poder y anticiparlo eran cosas diferentes. Todavía dolorido y sin aliento por el puñetazo, Lena clavó su hombro en el pecho de Jimmy, usando su enorme peso para empujarlo hacia atrás. El hombre maldijo, soltó a Lena y se apartó, subiendo rápidamente la escala para subir al techo del vagón. Lena dejó de decantar su mente de metal y empujó, lanzándose hacia arriba. Aterrizó en el otro vagón, frente a Jimmy, al otro lado de la abertura entre ambos. El viento jugaba con sus ropas y los campos pasaban a cada lado. El tren se bamboleó cuando cruzó una intersección, y el inestable pie hizo que Lena se tambaleara. Se apoyó en una rodilla, presionó una mano contra el techo y aumentó su peso para reafirmarse. Jimmy permanecía en pie, obviamente indiferente al tembloroso asidero. A lo lejos Lena podía oír a la gente gritar, probablemente mientras pasaban a otros vagones, intentando escapar de la pelea. Con suerte, el jaleo atraería a Sara. Jimmy echó mano a la otra pistola que llevaba en la cadera. Lena buscó también su otra arma: había perdido la primera (la mejor de las dos) en la lucha. Su visión estaba todavía borrosa, el corazón desbocado, pero logró sacar la pistola y apuntar casi al mismo tiempo que Lena. Los dos dispararon.
Una bala rozó el costado de Lena, desgarrándole la chaqueta y haciéndolo sangrar. Su disparo alcanzó a Jimmy en la rodilla, por lo que perdió el equilibrio y su siguiente tiro salió desviado. Lena apuntó con cuidado, y le disparó a Jimmy en la mano, destrozando de nuevo carne y hueso. El cuerpo de Jimmy empezó inmediatamente a regenerarse, los huesos a volver a su sitio, los tendones chasqueando como si fueran de goma, la piel aparecía como hielo en un estanque. Pero soltó el arma. Jimmy intentó cogerla. Lena bajó la pistola y le disparó a la otra arma, empujándola hacia atrás y haciéndola caer del tren.
—¡Maldición! —bramó Jimmy—. ¿Sabes cuánto cuestan estas cosas?
Todavía apoyada en una rodilla, Lena alzó la pistola, el viento del movimiento del tren apartaba el humo del cañón.
Jimmy volvió a ponerse en pie.
—¿Sabes, Lena? —gritó para hacerse oír por encima del fragor del viento—. Solía preguntarme si tendría que enfrentarme a ti. Una parte de mí siempre pensó que tu exceso de compasión lo causaría: pensaba que dejarías marchar a alguien que no lo mereciera. Me preguntaba si tendría una oportunidad de perseguirte por eso.
Lena no respondió. Mantenía la mirada impasible, el rostro inexpresivo. Por dentro, se rebullía, intentando recuperar el aliento por la paliza que estaba recibiendo. Se llevó la mano al costado y presionó la herida. Por suerte, no era demasiado grave, pero sus dedos se mancharon de sangre. El tren se bamboleó, y rápidamente tuvo que bajar la mano para sujetarse.
—¿Qué fue lo que te destruyó, Jimmy? —preguntó Lena—. ¿El ansia de riqueza?
—Sabes muy bien que esto no es por dinero.
—Necesitas oro —gritó Lena—. No lo niegues. Lo has necesitado siempre, para tu constante Composición.
Jimmy no respondió.
—¿Qué pasó? Eras vigilante, Jimmy. Y jodidamente bueno.
—Era un perro, Lena. Un sabueso controlado con falsas promesas y órdenes severas. —Jimmy retrocedió unos pasos, luego echó a correr hacia delante, cubriendo de un salto la distancia que los separaba.
Lena se levantó con cautela y retrocedió.
—No me digas que nunca lo sentiste —gritó Jimmy, con una mueca—. Trabajabas cada día para arreglar el mundo, Lena. Intentabas acabar con el dolor, la violencia, los robos. No funcionó nunca. Cuantos más hombres abatías, más problemas causaba.
—Es la vida del vigilante de la ley… —respondió Lena—. Si renuncias, bien. Pero no tienes por qué unirte al otro bando.
—Ya estaba en el otro bando —dijo Jimmy—. ¿De dónde salen los criminales? ¿Fue el tendero de la esquina quien empezó a comportarse como un loco y asesinar? ¿Fueron los niños que crecían cerca de la ciudad, trabajando en la yerma granja de su padre?
»No. Fueron los trabajadores de las minas, enviados desde la Ciudad para excavar en las profundidades y explotar los últimos yacimientos encontrados… para ser abandonados cuando estuvieran agotados. Fueron los cazadores de fortunas. Fueron los necios ricos de la Ciudad que querían aventuras.
—No me importa quiénes fueran —dijo Lena, todavía retrocediendo. Estaba en el penúltimo vagón. Se quedaba sin espacio para retirarse—. Yo servía a la ley.
—Yo la servía también —exclamó Jimmy—. Pero ahora sirvo a algo mejor. La esencia de la ley, pero mezclada con justicia de verdad. Una aleación, Lena. Las mejores partes de ambas en una sola. Hago algo mejor que perseguir la escoria enviada desde la ciudad.
»No puedes decirme que nunca te has dado cuenta. ¿Qué hay de Pars el Muerto, tu "gran captura" de los últimos cinco años? Te recuerdo cazándolo, recuerdo tus noches sin dormir, tu ansiedad. La sangre en la tierra en el centro de Erosión cuando dejó el cadáver de la hija de Burlow para que la encontraras. ¿De dónde vino?
Lena no respondió. Pars era un asesino de la Ciudad, un carnicero al que habían atrapado matando a mendigos. Huyó a los Áridos, y allí empezó de nuevo a trabajar para saciar su macabra obsesión.
—Ellos no lo detuvieron —escupió Jimmy, avanzando—. Ellos no te enviaron ayuda. No les importan los Áridos. A nadie le importan los Áridos: apenas parecen fijarse en nosotros excepto como el sitio donde depositar su basura.
—Y por eso les robas —replicó Lena—. ¿Por eso secuestras a sus hijas, asesinas a todo el que se interponga en tu camino?
Jimmy dio otro paso adelante.
—Hago lo que hay que hacer, Lena. ¿No es ese el código del vigilante de la ley? No he dejado de serlo: nunca se deja de ser vigilante. Se te mete dentro. Haces lo que nadie más hará. Te alzas a favor de los pisoteados, mejoras las cosas, detienes a los criminales. Bueno, yo decidí apuntar a un tipo más poderoso de criminal.
Lena negó con la cabeza.
—Te has convertido en un monstruo, Jimmy.
—Dices eso —respondió Jimmy, el viento agitando sus cortos cabellos—, pero tus ojos, Lena, muestran la verdad. Puedo verlo. Entiendes lo que estoy diciendo. Lo has sentido también. Sabes que tengo razón.
—No voy a unirme a ti.
—No te lo estoy pidiendo, Lena —dijo Jimmy, bajando la voz—. Siempre has sido una buena sabueso. Si tu amo te golpea, solo gimes y te preguntas cómo servir mejor. Creo que no habríamos trabajado bien juntos. No en esto.
Jimmy se lanzó hacia delante.
Lena descargó todo su peso en su mente de metal y saltó hacia atrás, dejando que el viento la arrastrara unos seis metros. Aumentó su peso y aterrizó en el último vagón. Se acercaban al extrarradio de la población; la flora de los Estados Exteriores menguaba.
—¡Vamos, corre! —gritó Jimmy—. ¡Yo volveré atrás y me llevaré a la pequeña lady Harms la bastarda! Y a Sara. Llevo mucho tiempo esperando tener una excusa para meterle una bala en la cabeza.
Se dio media vuelta y echó a andar en la dirección contraria. Lena maldijo y se abalanzó. Jimmy se volvió, los labios abiertos en una fría sonrisa. Sacó un cuchillo de larga hoja de la parte posterior de su bota. Era de aluminio: no tenía en su cuerpo ni una sola pieza de metal que reaccionara alománticamente que Lena pudiera ver.
«Tengo que arrojarlo del tren», pensó Lena. No podía derrotar a Jimmy aquí, no definitivamente. Necesitaba un entorno más controlado. Y necesitaba tiempo para planear.
Mientras se acercaba, Lena alzó su pistola y trató de arrancarle de un tiro el cuchillo a Jimmy, pero el otro hombre lo giró y se lo clavó en su propio antebrazo, insertándolo en la piel hasta que asomó por el otro lado. Ni siquiera parpadeó. Las historias que se contaban por todos los Áridos decían que después de sufrir cientos de heridas que deberían haberlo matado, Jimmy se había vuelto completamente ajeno al dolor. Jimmy extendió las manos, dispuesto a agarrar a Lena… pero también podría coger aquel cuchillo en un segundo. Lena desenvainó su propio cuchillo y lo empuñó en la mano izquierda. Los dos caminaron en círculo un momento, el peso aumentado de Lena le permitía afianzarse sobre el traqueteante vagón. Seguía sin ser un lugar seguro, y el sudor le corría por la frente, empujado por el viento. Unos cuantos necios asomaron la cabeza en los vagones lejanos, tratando de ver qué pasaba. Por desgracia, ninguno de aquellos necios era Sara. Lena hizo amago de avanzar con un rápido paso, pero Jimmy no picó el anzuelo. Lena era solo una buena luchadora con el cuchillo, y Jimmy tenía fama de ser uno de los mejores. Pero si Lena podía hacer que ambos cayeran del tren…
«A esta velocidad acabará conmigo, pero no con él —pensó—. A menos que pueda empujar debajo de mí. Herrumbres. Va a ser difícil».
Solo tenía una oportunidad, y era terminar la lucha rápidamente. Jimmy avanzó para atacarla. Lena tomó aire y avanzó también, cosa que pareció sorprender a Jimmy, aunque consiguió agarrarla por el brazo. Con la otra mano, Jimmy se arrancó el cuchillo del brazo, preparándose para embestir con él a Lena. Desesperada, esta aumentó su peso y cargó con el hombro contra el pecho de Jimmy. Por desgracia, Jimmy había previsto ese movimiento. Se tiró al suelo, rodó y le dio una patada en las piernas. En un abrir y cerrar de ojos, Lena voló por los aires hacia la grava y las rocas junto a la vía del tren. Una parte primigenia en su interior supo qué hacer. Empujó el cuchillo que tenía en la mano, soltándolo y lanzándolo a la tierra que tenía directamente debajo. Eso la impulsó al aire mientras reducía simultáneamente su peso. El viento la capturó. Estaba girando, y perdió toda sensación de dirección. Golpeó el suelo, rodó y chocó contra algo duro. Dejó de moverse, pero su visión continuó agitándose. El cielo giraba. Todo se quedó quieto. Su visión regresó lentamente a la normalidad. Estaba solo en mitad de un campo cubierto de maleza. El tren se alejaba. Gimió y se dio la vuelta. «Una mujer de mi edad no tendría que estar haciendo estas cosas», pensó mientras se ponía lentamente en pie. No había empezado a sentir la edad hasta los últimos años, pero tenía ya más de cuarenta. Eso era ser vieja para los baremos de los Áridos.
Contempló el tren alejarse, mientras notaba dolorido el hombro. Lo cierto era que Jimmy había dicho algo que era verdad.
Nunca dejas de ser vigilante.
Lena apretó los dientes y echó a andar. Recogió la pistola que había soltado al caer (fue fácil de encontrar con su alomancia), y luego saltó sin romper el paso y se posó sobre las vías. Empujó, lanzándose al aire. Alcanzó buena altura, luego empujó las vías de atrás y se abalanzó hacia delante. Un cuidadoso empujón abajo, un empujón continuo detrás. El viento rugía a su alrededor, las ropas eran un ruidoso borrón, la sangre manaba de la herida en su costado. El vuelo del lanzamonedas era emocionante. Era una libertad que ningún otro alomántico podía conocer. Cuando el aire se volvía suyo, sentía el mismo júbilo que años atrás, cuando buscó por primera vez su fortuna en los Áridos. Deseó llevar puesto su gabán de bruma y que las nieblas lo rodearan. Todo parecía siempre funcionar mejor con las brumas. Se decía que protegían a los justos. Alcanzó al tren en unos instantes, luego se lanzó en un poderoso arco por encima. Una pequeña figura caminaba sobre los vagones, dirigiéndose hacia Sara y Alex. Lena empujó hacia abajo para no golpear demasiado fuerte, pero aumentó su peso al mismo tiempo, hasta chocar contra el techo del vagón y formar un cráter a su alrededor. Se irguió, y luego abrió el revólver, como para volver a cargarlo. Los casquillos vacíos y las balas sin disparar volaron al aire y cogió uno. Jimmy se dio media vuelta. Lena le lanzó el cartucho.
Sorprendido, Jimmy lo cazó al vuelo.
—Adiós —dijo Lena, y luego lanzó el empujón más poderoso que pudo contra el cartucho.
Jimmy abrió los ojos de par en par. Su mano chocó contra su pecho, y entonces salió volando del tren, el empujón al cartucho transferido a él. El tren dobló una curva mientras Jimmy surcaba los aires y caía al suelo rocoso de atrás. Lena se sentó, luego se tumbó, los ojos hacia el cielo. Inspiró profundamente, dolorida, y se llevó la mano al costado herido. Viajó así hasta la siguiente parada antes de bajarse.
—Teníamos órdenes, mi señora —dijo el maquinista—. Aunque oyera disparos en los vagones de pasajeros, no podía parar por nada. Los desvanecedores te atacan cuando paras.
—No importa —dijo Lena, cogiendo alegremente un vaso que le ofrecía un joven con el chaleco de aprendiz de maquinista—. Si hubiera parado, probablemente habría significado mi muerte.
Se hallaban en un cuartito en la estación, que (por tradición) era propiedad de un miembro menor de la casa que poseía las tierras cercanas. El lord en cuestión estaba fuera, pero el mayordomo había mandado llamar inmediatamente al médico local. Lena se había quitado la chaqueta, el chaleco y la camisa, y se sujetaba una venda en el costado. No estaba segura de tener tiempo para esperar al médico. Jimmy tardaría una hora en llegar corriendo a la estación. Por fortuna, no era un feruquimista de acero, capaz de aumentar su velocidad. Una hora, probablemente, pero era más conveniente prepararse para lo peor. Si encontraba un caballo, Jimmy podría llegar antes. Y Lena no estaba segura de cómo su Composición afectaría a su vigor. Tal vez podría correr distancias más largas de lo que debería.
—Casi hemos sacado a los suyos, milady —dijo otro aprendiz nada más entrar—. ¡Se supone que esos cerrojos no son tan difíciles de abrir!
Lena bebió su agua. Jimmy había planeado bien su trampa. Sara y Alex habían quedado confinados en su vagón, junto con todos los demás pasajeros, por trozos de metal que habían metido en las cerraduras de las puertas. Jimmy había esperado hasta que Lena salió de su compartimento, y luego atrapó rápidamente a los demás antes de cazarla. Al menos era una suerte. Jimmy no los había matado sin más. Sin embargo, tenía sentido que no lo hubiera hecho. Habría sido peligroso entrar para intentar matar a Sara, que podía curarse, y arriesgarse a atraer a Lena, y luego enfrentarse a ambas a la vez. Jimmy era demasiado cuidadoso para eso. Lena era el verdadero objetivo. Los otros estaban mejor encerrados hasta que se consiguiera el objetivo principal.
—Tiene que volver a poner su tren en marcha —le dijo Lena al maquinista. Era un hombre fornido con barba marrón oscura y una gorrilla plana—. Los desvanecedores podrían ser un peligro. Tenemos que llegar al corazón de la Ciudad. No podemos retrasarnos.
—¡Pero su herida, mi señora…!
—Me pondré bien —dijo Lena. En los Áridos a menudo había pasado días o semanas con una herida antes de que un médico pudiera atenderla.
—Nosotros…
La puerta se abrió de golpe y entró Alex. Su vestido azul estaba todavía chamuscado por la explosión en la mansión, pero lo llevaba bien, a pesar de los pliegues de encaje bajo la brillante capa exterior. Al chaleco azul que cerraba el corpiño le faltaba un botón abajo, probablemente arrancado en la caída. Lena no lo había advertido antes. Alex se llevó las manos a la boca al ver el vendaje ensangrentado, pero inmediatamente se puso roja como un tomate al verla sin la camisa puesta. Lena sintió un momento de orgullo por el hecho de que, aunque tenía alguna cana, todavía tenía los músculos torneados de una mujer mucho más joven.
—¡Oh, Armonía! —exclamó ella—. ¿Estás bien? ¿Esa sangre es tuya? ¿Debo estar aquí? Puedo irme. Probablemente debería irme, ¿no? ¿Estás segura de que te encuentras bien?
—Vivirá —dijo Sara, asomándose tras ella—. ¿Qué has hecho, Lena? ¿Tropezaste camino del cuarto de baño?
—Jimmy me encontró —dijo Lena, quitándose la venda. Parecía que la herida había dejado de sangrar. Cogió otra venda que le ofreció uno de los aprendices y se preparó para colocarla en su sitio.
—¿Está muerto? —preguntó Alex.
—Lo maté unas cuantas veces —dijo Lena—, y fue tan efectivo como lo que todo el mundo ha intentado.
—Hay que quitarle sus mentes de metal —dijo Sara—. Es la única manera.
—Tiene treinta distintas, todas perforando su piel, todas con suficiente capacidad curativa para recuperarlo de prácticamente cualquier herida.
Un brazo de peltre o incluso una hacedora de sangre menor como Sara podían morir de un tiro directo a la cabeza. Jimmy podía sanar tan rápidamente que ni siquiera eso lo mataba. Se decía que mantenía la curación en marcha continuamente. Por lo que Lena sabía de la Composición, podía ser peligroso parar cuando habías empezado.
—¡Parece un desafío! —dijo Sara.
Alex se quedó en la puerta un momento más, luego aparentemente tomó una decisión y terminó de entrar.
—Déjame ver esa herida —dijo, arrodillándose junto a la silla de Lena.
Ella frunció el ceño, pero dejó de intentar atarse la venda y permitió que ella la retirara e inspeccionara la herida.
—¿Sabe usted algo de medicina, mi señora? —preguntó el maquinista.
Parecía un poco nervioso ante su presencia en la habitación.
—Voy a la universidad —dijo ella.
«Ah, es verdad», pensó Lena.
—¿Y? —preguntó Sara.
Alex examinó la herida.
—Las reglas universitarias, establecidas por el mismísimo Armonía, dictan una amplia educación.
—Los estudiantes tienen que recibir un poco de formación en todo —dijo Lena—, antes de poder elegir una especialidad.
—Eso incluye cuidados básicos y un poco de medicina —dijo Alex—. Además de completos cursos de anatomía.
Sara frunció el ceño.
—Espera. Anatomía. Eso quiere decir todas las partes de la anatomía.
Alex se ruborizó.
—Sí.
—Entonces…
—Entonces fue muy popular en clase observar mis reacciones, al parecer —dijo ella, todavía ruborizándose—. Y prefiero no abundar en eso en este momento, Sara, gracias. Esto necesita puntos, Lena.
—¿Puedes hacerlo?
—Hum… Nunca he trabajado con nadie vivo antes…
—Eh —dijo Sara—. Yo me pasé meses entrenando mis bastones de duelo con muñecos antes de golpear a mi primera persona real. Es casi igual.
—No pasará nada, Alex —dijo Lena.
—Tantas cicatrices… —dijo ella en voz baja, como si no advirtiera lo que ella había dicho. Miraba su pecho y sus costados, y parecía estar contando antiguas heridas de bala.
—Hay siete —respondió Lena suavemente, volviendo a colocarse la venda y amarrándola con fuerza.
—¿Te han disparado siete veces? —preguntó ella.
—Muchos tiros no son letales, si sabes cómo cuidarlos —dijo Lena—. En realidad, no…
—Oh —dijo ella, llevándose una mano a los labios—. Quiero decir, solo tenemos datos de cinco. Tienes que hablarme de los otros dos en algún momento.
—Bien —respondió Lena. Hizo una mueca al levantarse. Señaló su camisa.
—Oh, hermana —dijo ella—. Ha costado trabajo sacarla, ¿no? Me impresiona que te hayan disparado tantas veces. De verdad.
—Que te peguen un tiro no es tan impresionante —advirtió Sara—. No hace falta mucha habilidad. Lo que es duro es esquivar las balas.
Lena bufó al meter el brazo por una manga.
Alex se levantó.
—Me daré media vuelta para que puedas vestirte —dijo, y empezó a volverse.
—Darte la vuelta —murmuró Lena.
—Hum, sí.
—Para que pueda vestirme.
—Un poco tonto, supongo.
—Un poco —dijo Lena, sonriendo y metiendo el brazo en la otra manga. Empezó a abrocharse los botones. Sara parecía tan divertida que tenía problemas para permanecer de pie.
—Muy bien —respondió Alex, llevándose las manos a la cara—. Me doy cuenta de que a veces me acaloro un poco. ¡No estoy acostumbrada a que me exploten cosas, a que me disparen, ni a encontrar a mis amigas sentadas y sangrando con la camisa quitada cuando entro en los sitios! Todo esto es muy nuevo para mí.
—No pasa nada —dijo Lena, poniéndole una mano en el hombro—. Hay cosas mucho peores que ser auténtica, Alex. Además, Sara no era mucho mejor cuando empezó en esto. Se ponía tan nerviosa que empezaba…
—Eh —dijo Sara—, no me vengas ahora con eso.
—¿Qué? —preguntó Alex, bajando las manos.
—Nada —replicó Sara—. Vamos. Tendríamos que ponernos en marcha, ¿no? Si el señor Jimmy el Asesino sigue vivo, querrá dispararnos, ¿no? Y aunque le dispare a Lena (tiene un montón de experiencia, ya sabes), creo que es mejor evitarlo por hoy.
—Tiene razón —dijo Lena, poniéndose el chaleco y luego las pistoleras. Dio un respingo.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Alex.
—Está bien —dijo Sara, abriéndoles la puerta—. Casi estuve a punto de que me volaran mi bello trasero antes, si lo recuerdas, y no oí ni una pizca de la compasión que le muestras a ella.
—Es diferente —respondió Alex, adelantándola.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Porque yo puedo curarme?
—No, porque, aunque te conozco desde hace muy poco tiempo, estoy segura de que, a un nivel u otro, te mereces que te hagan volar de vez en cuando.
—Auch. Eso es duro.
—Pero ¿es falso? —preguntó Lena, poniéndose la chaqueta. Estaba bastante estropeada.
—No he dicho que no lo sea, ¿no? —respondió Sara, y estornudó—. Sigue moviéndote, lentorra. ¡Herrumbres! Le pegan un tiro a una mujer y se cree que puede tomarse toda la tarde. ¡En marcha!
Lena la dejó atrás. Se obligó a sonreír, aunque empezaba a sentirse tan hecha polvo como su chaqueta. No había mucho tiempo. Jimmy se había quitado la máscara, pero obviamente esperaba haberla matado. Ahora sabía que lo habían derrotado, y eso lo pondría aún más nervioso. Si Jimmy y su gente iban a buscar más aluminio, lo harían pronto. Esta noche, probablemente, suponiendo que hubiera un envío. Lena esperaba uno pronto: había leído algo en los periódicos, donde la Casa Tekiel alardeaba de sus nuevos vagones blindados.
—¿Qué vamos a hacer cuando volvamos? —preguntó Sara en voz baja mientras se dirigían a su tren—. Vamos a necesitar un lugar seguro donde hacer planes, ¿no?
Lena suspiró, sabiendo lo que pretendía Sara.
—Probablemente tienes razón.
Sara sonrió.
—¿Sabes? —dijo Lena—. No estoy segura de que pudiera llamar «seguro» a ningún lugar cercano a Ranette. Sobre todo, si tú estás allí.
—Es mejor que explotar —dijo Sara felizmente—. Casi.
