ORANGE ICE –CREAM.

Para ser el primer partido del Campeonato Nacional de baloncesto el pabellón estaba completamente lleno. Los asistentes habían oído a hablar del Shohoku, el equipo que había hecho sufrir al Kainan durante los Regionales. Esa mañana, el Shohoku jugaba contra el Toyotama. Gracias a Hikoichi, el segundo mejor equipo de Kanagawa tenían algunas anotaciones sobre los dos equipos que representaban la prefectura de Osaka. Una muchacha castaña, tirando a rubio debido a su claridad, con los ojos verdes caminaba por el pabellón cuando se encontró con Rukawa. Ambos se miraron y la joven apartó la mirada cuando se fijó en la mirada que él le estaba echando. El jugador de baloncesto se sorprendió al verla allí. Se quedó mirando aquel vestido blanco con estampados negros, corto de viscosa con tirantes finos ajustables, con un escote de pico delante, espalda fruncida, costura en la cintura y la falda ligeramente acampanada. El cabello lo tenía echado a un lado, dándole un toque desenfadado y caribeño. Se lo había cortado en una melena que le quedaba fenomenal. Lo tenía ligeramente ondulado y despeinado. Sin duda, esa chica había cambiado en pocos días, más bien en dos semanas. ¿Cómo era posible que en dos semanas alguien pudiese cambiar tanto? Ella hizo un leve movimiento de cabeza en modo de saludo y continuó con su camino. Pasó por su lado sin mirarle y se apartó del cuerpo del chico al pasar por su lado.

En otra parte del pabellón, Yuna caminaba con los brazos en la espalda. Iba con una sonrisa hacia donde se encontraba la máquina de refrescos. Le había tocado a ella ir después de sortearlo entre todas las chicas que habían ido a ver el encuentro. Lo bueno, es que sabía lo que quería cada una y no hacía falta que le preguntase qué era lo que les apetecía. Se detuvo cuando vio a un chico peleándose con la máquina. Parecía ser que se había tragado el dinero, porque no le estaba dado lo que le quería. Con una sonrisa en el rostro y con las manos cogidas en la espalda todavía, y se colocó detrás de él. Entonces dijo, provocando que el muchacho pegara un brinco hacia atrás:

-La máquina tiene su truco. Debes ponerte en el lateral, acariciarla con la mano y dar un golpecito con la cadera.

- ¿Cómo sabes tú eso? – Preguntó el muchacho mirándola mal por el susto que le había dado. - ¿Por qué me suena tu cara?

-Quizás nos hayamos… ¡Ah! ¡Tú eres de ese equipo de Kanagawa! – Gritó al reconocerlo. – Estuve unos días en Shohoku. Tal vez me suenas de eso – le dijo ella con una sonrisa. – No sabía que vuestro equipo había sido seleccionado para jugar en el Nacional. Pensé que el Shoyo sería el segundo representante…

-Pues no, lo conseguimos nosotros, el Shohoku – expuso el chico con las manos sobre las caderas. – ¿Cómo has dicho que debo hacer para que esta máquina odiosa me dé el refresco?

-Así, mira – le dijo ella caminando hacia el lateral de la máquina, la acarició con mimo y le dio un golpecito suave con la cadera. El refresco cayó, haciendo que el chico le mirase sorprendido. – No es la primera vez que tengo que lidiar con ella – le sonrió con los ojos cerrados. – Por cierto, me llamo Yuna Akabashi – se presentó.

-Hisashi Mitsui – le respondió la sonrisa. – Tengo que irme. El partido va a comenzar.

-Espero que tengáis mucha suerte – le guiñó un ojo, haciendo que él se sonrojase. – Machacad a los estúpidos del Toyotama. Ah, tened cuidado con Minami. Él hará lo posible para que perdáis – le advirtió.

-Lo tendré en cuenta – Mitsui levantó la lata, a la vez que movía la cabeza positivamente y luego se marchó.

-Pues… resulta que es muy mono – murmuró cuando sacó los refrescos. – Tendré que conocerlo más – se dijo mordiéndose el labio inferior y abandonó aquella zona del pabellón.

Al regresar con el grupo de chicas que estaban sentadas en la primera y segunda fila, fue entregando a cada una su bebida. Por último, se dejó caer en su asiento, puso los pies sobre la barandilla y se abrió el refresco. Mai miraba al campo a la vez que se mordía el labio inferior. Desde que regresaron a Shimane, había tenido ganas de volver a ver a ese chico de mirada zorruna y no entendía por qué no podía quitárselo de la cabeza. También había estado pendiente de Mao, que todavía no se había recuperado de la ruptura con Sendoh y eso le preocupaba. Una chica con una gorra se sentó al lado de Mai y abrió su refresco. Tres de esas chicas llevaban gorras y otras tres no. Eran su manera de pasar desapercibidas. Mai, muy atenta a Rukawa, se puso nerviosa cuando éste la localizó entre el público. Él se extrañó al ver que iba vestida de forma diferente de como la había visto por el pasillo. Kishimoto, al localizar también a las chicas de ese instituto del que tanto hablaban, pero que no mostraban a sus alumnos, caminó hacia el otro lado de la cancha y se quedó enfrente de ellas. Las señaló y les gritó:

- ¡Yuna! ¡Dile a Mao que debe salir conmigo si el Toyotama gana el encuentro!

-Más quisieras – murmuró Mao bajo la gorra. – Antes muerta…

- ¡Me parece que te vas a quedar con las ganas, Kishimoto! ¡Mao tiene novio y no creo que a él le haga gracia que salga con un inepto como tú! – Le dijo Yuna y una risa generalizada se escuchó por todo el pabellón. – ¡Además, ¿quién querría salir con un idiota como tú?!

- ¡Tú saliste conmigo! – Gritó molesto y muerto de la vergüenza al sentirse el centro de las burlas de todos.

- ¡Y fue lo peor que pude hacer! ¡Eres muy soso, Kishimoto! – Las chicas se aguantaron la carcajada que estaba por salir de sus bocas, excepto Mao que ni si quiera se había molestado en seguir escuchando la conversación. – ¡Y como no dejes en paz a Mao, tendré que bajar y arrearte un par de ostias! ¡Y no seré la única!

-Yuna, déjalo ya – intervino la chica de la gorra.

-Ese chico es estúpido – habló Yuka con los brazos cruzados.

-Pues a mí me resulta gracioso. Siempre que ve a Mao se lleva un buen rechazo – comentó Harumi riéndose levemente.

-A ese chico le falta un tornillo y a ti otro, Harumi – dijo Yuka mirando de reojo a su amiga.

- ¿Estás bien, Mao? – Quiso saber Mai al verla tan callada.

-Sí – Mao cerró los ojos. – Es sólo que…

-Tranquila, estoy segura de que tu relación con Sendoh no se ha acabado todavía – le interrumpió Mai sabiendo lo que pensaba. – Además, se nota que él todavía te quiere.

-Lo dudo – le miró y le sonrió tristemente. – Debo acostumbrarme a estar sin él. Tranquila, Mai. Con el tiempo se me pasará, créeme – se levantó despacio y con la cabeza agachada. – Voy a… la puerta. Necesito tomar el aire.

-Mao… – la llamó Mai preocupada por su hermana.

Mai se sentía culpable por la ruptura de la relación de su hermana con el jugador de baloncesto. Durante esas dos semanas, había intentado llamar a Sendoh para comprobar si realmente su relación había acabado para siempre y por qué no había aparecido en la estación el día en que se marcharon. Ella pensó, cuando habló con él en su instituto, que el jugador amaba realmente a Mao, pero estaba visto que se había equivocado. Sin embargo, algo le decía que aquello no había acabado. Haría lo que estuviera en su mano para que ambos volvieran a estar juntos. Quería volver a ver a su hermana sonreír. Sacó el móvil y marcó el número de su ex cuñado. No importaba cuanto tiempo tardase en juntarlos de nuevo. Su hermana siempre había cuidado de ella y ahora el momento en que Mai hiciera lo posible para la felicidad de su hermana. Sin poder evitarlo, miró hacia la cancha donde su mirada se cruzó con el chico de aspecto zorruno.

Mao se sentó en un banco próximo al pabellón. Se limpió la lágrima solitaria que recorrió su mejilla y pasó la lengua entre los labios. Todavía amaba a Sendoh y lo echaba terriblemente de menos, pero él no creía en ella y eso le dolía. Cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos. Sin embargo, acabó rompiendo a llorar. Debido que se había puesto las manos tapándose la cara, no vio que alguien se acercaba a ella. Sendoh se detuvo para contemplarla y una pequeña sonrisa asomó en su rostro. Él comenzó a acercarse a ella sin quitar sus ojos de encima. No entendía cómo había dudado de ella, cómo no la había reconocido cuando sus amigos le habían acusado de haber salido con Rukawa. A pesar de a haberle prometido al tío de la chica que se mantenía alejado de ella, no podía. La quería demasiado como para estar alejado de ella. Gritó su nombres varias veces, hasta que ella levantó la cabeza y buscó con la mirada de dónde provenía su nombre. Él volvió a gritar su nombre y fue en ese momento en que ella lo vio. Al principio, lo miró sorprendida, pero acabó levantándose del banco donde se encontraba sentada y se acercó a dónde él se encontraba. Estaba sorprendida, pero feliz de verlo allí.

Sin embargo, el sonido de un claxon llamó la atención de la joven, haciendo que se detuviera en mitad del camino. Abrió los ojos al ver al coche aproximarse a Sendoh. Mas, no le dio tiempo a avisarlo. El vehículo atropelló al joven basquetbolista, lanzándolo unos metros del paso de peatones. Mao se quedó estática al ver al chico que amaba volar. Miró sin ver el cuerpo tumbado en el suelo de él. Reaccionó en el momento en que escuchó a un hombre gritar que llamasen a una ambulancia. Corrió hasta ponerse a su lado y se puso de rodillas con lágrimas en los ojos. Intentó tocarlo, pero las manos le temblaban demasiado y apenas veía debido a las lágrimas que habían inundados sus verdes luceros.

-Akira... – lo llamó con voz temblorosa. Él le miró y le sonrió débilmente. – Akira...

-Lo... lo siento... – parpadeó sin dejar de sonreír.

-Te pondrás bien, ¿me oyes? – Sendoh levantó el brazo hasta que colocó su mano en la mejilla de ella. – Akira...

-Per…dó...name...

-No tengo nada que perdonarte, Akira – ella cerró los ojos y ladeó la cabeza hacia la mano de él. – No me dejes sola, por favor…. – Sendoh le sonrió tiernamente y cerró los ojos. – Akira… ¡Akira!

-La ambulancia no tardará – le dijo un hombre a su lado. – Enseguida llegan.

-Debes aguantar, muchacho – le pidió un hombre que se había colocado al lado de ellos.

Tras avisar a su hermana de lo que había pasado, Mao acompañó al chico que amaba en la ambulancia, sin soltar su mano y llorando en silencio. Temía que, si se la soltaba, él muriese. Las lágrimas recorrían sus mejillas sin cesar. Durante las horas siguientes, Mao no recordó lo que sucedía a su alrededor. Mai y las chicas estuvieron al lado de la muchacha. El padre de las gemelas Saionji había viajado hasta Hiroshima para poder encargarse del joven basquetbolista, cuando su hija le había llamado de camino al hospital. Por suerte, su padre ejercía de vez en cuando en Hiroshima y no le resultó difícil hacerse cargo del joven. A pesar de la preocupación que inundaba su cuerpo, no podía dejar de pensar en esas dos palabras que le había dicho y en la contestación que le había dado ella. Era cierto, ella no tenía nada que perdonarle.

Mao estaba de los nervios, mientras esperaba noticias del estado de salud de Sendoh. Su padre no le había contado nada y eso le provocaba ansiedad, pero intentaba mantenerse serena, a pesar de que sus ojos no paraban de derramar lágrimas. En un momento de tranquilidad, decidió llamar a los padres de Sendoh, ya que se sentía culpable de que él estuviera debatiéndose entre la vida y la muerte. Después, avisó al instituto Ryonan para que se lo comunicasen al entrenador de baloncesto. Y, cuando terminó de hablar por teléfono, se dejó caer de nuevo sobre la dura silla de la sala de espera del hospital. Mai le cogió de la mano y se la apretó con fuerza, mirándola con tristeza. En cierta parte, podía notar lo que su hermana estaba sintiendo en esos momentos, pero, por otro lado, estaba molesta con Sendoh por hacer que Mao volviera a llorar. Las amigas de las gemelas fueron llegando poco a poco para mostrar apoyo a su capitana.

-Todo saldrá bien, Mao. Sendoh es joven y fuerte – le dijo Yuna con una mano en la rodilla de su amiga.

-Y, cuando se ponga bien, hablaremos todas con él para que podáis volver juntos – añadió Yuka con una pequeña sonrisa. Mao se mordió el labio mientras que las lágrimas comenzaban recorreré de nuevo por sus mejillas.

-Vosotros estáis predestinados a estar juntos, Mao – le aseguró Hinata cogiéndole de las manos y mostrándole una sonrisa. – Se os nota que os amáis de verdad. Y a pesar de estar separados…

-Hinata, basta. No es el momento – la interrumpió Harumi de malos modos.

-Claro que lo es, Harumi – Hinata se levantó de la silla donde estaba sentada y se puso las manos sobre la cintura. – Ahora más que nunca Mao debe de saber que Sendoh nos llamaba preocupado cuando ella no le cogía el teléfono y que, de no haber sufrido el accidente, ahora ellos estarían juntos en el hotel.

- ¿Cómo? – Murmuró la susodicha levantando la cabeza hacia su amiga.

-Sendoh contactó conmigo para decirme que venía, que intentase llevase al parque donde ha tenido el accidente. Cuando él llegase, me iba a avisar, pero…

-Mirad, ya viene vuestro padre – le cortó Hinata.

Las seis chicas se giraron sus rostros hacia el señor Saionji mientras que este caminaba hacia ellas. El hombre rondaría los cincuenta años. Tenía algunas canas en su moreno cabello y poseía unos preciosos ojos verdes, pequeños y rasgados como los de un gato. Sus hijas se parecían bastante a su difunta esposa, la cual echaba de menos cada día. Él se acercó con el rostro adusto y, en el momento en que cerró los ojos, Mao notó como sus piernas temblaban, haciendo que perdiera momentáneamente la estabilidad, por suerte, estaba sentada. Sin embargo, al mirar a sus hijas, el médico sonrió. Se quedó mirando a Mao y supo que aquel chico era importante para ella. Terminó de acercarse y fue en el momento en que se detuvo y se quitó el gorro. Se dio cuenta de que su hija contenía el aliento mientras esperaba que él dijese algo.

-Se salvará y su pierna, si hace la rehabilitación correctamente, también. Sin embargo, tendrá que pasar unos días en la UCI. Sigue inconsciente y hasta que no despierte no sabremos las posibles lesiones cerebrales que pueda tener – les contó y Mao asintió mientras volvía a respirar poco a poco. – Si quieres, Mao, puedes quedarte con él, aunque no es recomendable por estar…

-Lo sé, papá, pero necesito estar con él.

-Tranquila, hija – le interrumpió poniendo una mano sobre su hombro. – Me quedaré todo el tiempo necesario hasta que le den el alta. Pero, ahora mismo, me iré al hotel a descansar. Dejaré un aviso para que me llamen si ocurre algo.

-Gracias, papá – le agradeció Mao limpiándose las lágrimas.

-Vamos, te llevaré con él – le sonrió tiernamente. – Las demás, regresad al hotel. Aquí no podéis hacer más.

-Yo me quedo, papá. Luego me iré contigo para el hotel, pero ahora mismo…

Los Saionji caminaron hacia la Unidad de Cuidados Intensivos para que la joven pudiera ver al chico que amaba. Mao, al llegar, cerró los ojos y apretó los labios. Sendoh tenía una venda en la cabeza, un tubo que lo ayudaba a respirar y varios cables. También tenía varios pequeños golpes. Mao se acercó despacio a la cama y le cogió la mano donde se encontraba enganchada la vía intravenosa. Notó como las lágrimas regresaban a sus ojos e intentó no derramarlas, pero, cuando sintió una mano cogiendo la suya, se giró hacia su derecha y rompió a llorar en los brazos de su hermana Mai. El doctor Saionji miró a sus hijas. "Así que es este es el chico por el cual querías ir a Kanagawa" pensó el hombre mirándolo con las manos dentro de los pantalones del pijama quirúrgico. "¿Tú qué harías, amor mío? ¿La dejarías marcharse con él?" Pensó mirando hacia el techo. La señora Saionji había muerto cinco años antes y todavía la echaba de menos. Ni si quiera se había vuelto a casar, ni tenía intenciones de hacerlo. Volvió a dirigir la vista hacia sus hijas y tomó una decisión.

A la mañana siguiente, Mai caminaba hacia el hospital. Colgado del hombro, llevaba una bolsa con ropa para que su hermana se pudiera cambiar de ropa. Mao se había quedado toda la noche junto a Sendoh, a pesar de que no se permitían las visitas al joven. Se detuvo en el paso de peatones al ver que el semáforo estaba en rojo para los peatones y se quedó mirando al horizonte sin prestar atención a lo que sus ojos veían. Ella no tenía a nadie como su hermana, pero pensó que ella reaccionaría igual. No estaba segura de que ella pudiera encontrar a esa persona especial. No era que ella quería tenerla, siempre se había considerado un alma libre y se agobiaba cuando sus relaciones duraban más de dos meses. Sin embargo, desde que había conocido a ese jugador de baloncesto, no podía quitárselo de la cabeza. ¿Era eso lo que sentía su hermana cuando no estaba con Sendoh? Suspiró cerrando levemente los ojos y, al abrirlos, vio al chico que se había colado en sus pensamientos. Sonrió de medio lado y se acercó a él.

-Hola – le susurró cuando le quitó un auricular de la oreja. Rukawa, que se había quedado dormido esperando el cambio del semáforo, pegó un brinco. – ¿Cómo es posible que te hayas quedado dormido de pie? – Se burló. Él le miró, pero no le respondió. – ¿Te gustaría tomarte algo conmigo? Tengo que llevar esto a mi hermana, pero no tengo prisa.

-Vale – aceptó el jugador de baloncesto.

- ¡Genial! – Exclamó feliz. – Verás, te llevaré a un sitio que te gustará.

Unos días después, mientras que Mao se encontraba leyendo en el sillón de al lado de la cama de Sendoh, la puerta de la UCI se abrió, haciendo que la joven levantase la vista. La enfermera pasó dentro de la habitación y controló que todo estuviera bien. La mujer, que pasaba de los cuarenta años, miró de reojo a la joven y no pudo evitar sonreír. Todas las veces que había entrado para comprobar el estado de aquel joven, la había estado visto en el mismo sitio. Estaba sorprendida por aquellos jóvenes. Se notaba que la chica lo quería mucho, a pesar de ser tan jóvenes y, por lo que había oído, el chico había ido a Hiroshima a recuperarla. Algo en el monitor llamó su atención y de reojo vio que la chica también miraba hacia el mismo lugar. Mao se levantó del sillón y se sentó en el filo de la cama y le cogió la mano. La enfermera, sin decir nada, salió para avisar al médico del chico. Mientras tanto, Mao continuaba con la mirada fija en Sendoh. Al cabo de unos minutos, el chico de Tokio despertó. Durante los primeros minutos, estuvo desorientado, pero, al girar la cabeza y verla allí, recordó al accidente. Tenerla allí con él, hizo que sonriera a pesar de tener el tubo puesto. Mao, sin pensarlo dos veces, se acercó y le besó en la frente mientras que lágrimas de felicidad recorrían sus mejillas.

-Ahora vienen a quitarte el tubo – le sonrió. Sendoh levantó la mano y le limpió las lágrimas.

Unas horas después, Mao regresaba de la cafetería cuando encontró en la puerta de la habitación de Sendoh abierta. Un nudo en el pecho se instaló en su garganta al imaginarse que algo había pasado y corrió hacia allí. Sin embargo, cuando llegó al umbral, se detuvo de golpe. Junto a él, se encontraba sus compañeros de equipo y parecían animados mientras hablaban con su compañero convaleciente. Ninguno se dio cuenta de su llegada. Suspiró aliviada de que no fuese el médico quien estuviera allí. Aquel gesto, hizo que todos se girasen hacia ella. Sendoh, al verla, sonrió feliz de su regreso. Ninguno de sus compañeros comentó nada mientras que ambos se estuvieron mirando, pero comprobaron como su amigo había cambiado con la presencia de la joven. Mao se acercó a la cama y dejó una pequeña botella de agua encima.

-Vaya, Saionji. Te has cortado el pelo – comentó Uekusa sorprendido.

-Sí. Fue un par de días antes de venir a Hiroshima – respondió ella y se encogió de hombros.

-Quería… quería pedirte disculpas – dijo Uekusa tras aclararse la garganta. Mao le miró sin entender nada. – Fuimos nosotros quienes le dijimos a Sendoh que te habíamos visto con Rukawa del Shohoku – la joven miró al jugador de baloncesto de Tokio.

-No he visto nunca a ese tal Rukawa, así que no podría ser yo – respondió Mao volviendo a mirar al chico número ocho.

-Pues la chica se parecía mucho a ti – comentó Hikoichi.

- ¡Mao! – Se escuchó fuera de la habitación y, segundos después, una chica exactamente igual a Mao entraba como un vendaval en el cuarto. – Ah, estás aquí. Pensaba que algo malo había pasado cuando he visto la puerta abierta. ¿Cómo te encuentras, Sendoh?

-Algo cansado y me duele la pierna, pero algo que no se pueda curar con reposo – respondió Sendoh aguantándose la risa al ver la cara estupefacta de sus compañeros. – Mai, te presento a mis compañeros de equipo. Chicos, ella es Mai, la hermana de Mao.

- ¡Hola! – Exclamó feliz la muchacha. – Mucho gusto… ¡Ah! Tú… ¡tú eres con quien me encontré aquel día! – Dijo señalando a Koshino. – El que me echó en cara que estaba engañando a Sendoh.

-Sois… – comenzaron a decir sorprendidos.

-Gemelas, somos gemelas – terminó diciendo Mai con las manos en la cadera. – Por eso entiendo que os confundierais. Ella lleva pendientes y yo no. Así nos diferencian nuestro padre y la gente que nos conoce.

-Tus comentarios hacen que nos sentamos mal por haber malmetido – masculló Koshino cruzándose de brazos.

-No os preocupéis. Lo importante es que estén juntos – Mai giró la cabeza hacia su hermana y Sendoh. Mao sonrió tímidamente. – Por cierto, Mao. Los chicos del Sannou nos han dicho de ir a cenar mañana, pero les he dicho que tú no podías.

-Si quieres ir… – comenzó a decir Sendoh. – Me puedo quedar solo.

-Puedo verlos otro día – argumentó Mao con rapidez, girando la cabeza hacia él. – Hay mucho campeonato por delante.

- ¿Por qué no os quedáis a ver los partidos? – Les preguntó Mai a los chicos del Ryonan. – El partido de hoy promete.

-Habíamos venido para ver a Sendoh, pero estando bien acompañando como está… lo más seguro es que regresemos a Kanagawa hoy – expuso Ueda.

- ¡Oh, vamos! No me seáis sosos – se burló Mai, haciendo que Sendoh y Mao rieran levemente.

-Mai no parará hasta que aceptéis – intervino el número 7 del Ryonan. – Será mejor que vayáis con ella.

Los chicos se miraron entre ellos sin saber qué hacer. Todavía estaban sorprendidos por descubrir que Mao tenía una hermana gemela. Las observaron durante unos segundos y se dieron cuenta de las diferencias que había entre las dos chicas. Aunque las dos eran igual de altas, Mao tenía la mirada más dulce, mientras que Mai la tenía más traviesa. Mao siempre estaba con una pequeña sonrisa, mientras que Mai tenía una sonrisa ladeada. Una usaba pendientes, mientras que la otra no. Aunque la diferencia era mínima, Mao era más delgada que su hermana. De pronto, su vista se centró en su compañero y, al ver como se miraban él y Mao, entendieron que Sendoh estuviera enamorado de Mao. Estaban felices por su compañero. Por lo que Koshino, tomando la voz cantante del grupo, dijo:

-De acuerdo. Vamos a ver ese partido.

-Pero… ¿y Sendoh? Tenemos que llevarle noticias al entrenador Taoka – comentó Hikoichi mirando al número 6 de Ryonan.

-Ya lo hemos visto y está bien. No tenemos por qué estar molestando – coincidió Uekusa cruzándose de brazos. – Además, Hikoichi, está bien cuidado con Saionji – Mao no pudo evitar sonrojarse al escucharlo.

-Gracias por venir, chicos – le dijo Sendoh con una sonrisa.

-Mañana vendremos de nuevo – anunció Ikegami

-Está bien. Hasta mañana entonces – Sendoh sonrió.

-Nos vemos luego, Mao – le dijo Mai a su hermana y la abrazó. – Aprovecha para hablar con él y no te preocupes por regresar. Distraeré a papá para que no te obligue a volver al hotel – le susurró en el oído.

-Mai…

-De nada, hermanita – le dio un beso en la frente. – Recuerda que mañana hemos quedado con los Sannou para cenar – le dijo mientras se dirigía hacia la puerta.

-No lo he olvidado – le aseguró Mao.

-Aunque entendería que no fueras – le guiñó un ojo con gesto pícaro.

- ¡Mai! – Elevó la voz, roja como un tomate. Su hermana rompió a reír. Le encantaba molestarla de esa manera.

En el momento en que se quedaron solos y la puerta se cerró, Mao suspiró despacio. Sabía que tenía que hablar con Sendoh, pero tenía miedo. A pesar de que sus amigas le aseguraban que él había ido a recuperarla, temía que no fuese ese el motivo real de su visita. Se giró hacia él despacio y no pudo evitar sonreír al ver que tenía una mano estirada hacia ella. Sin pensarlo, se aproximó al chico que amaba y se sentó en el sillón que había al lado de la cama, aunque hubiera preferido sentarse junto a él.

-Siéntate aquí – le pidió Sendoh golpeando el filo de la cama. – Por favor.

- ¿A qué has venido, Akira? – Le preguntó ella sin moverse de su asiento y se cogió las manos con fuerza.

- ¿Cómo que…? He venido a por ti, Mao – le dijo serio. – Sé que fui un necio al romper contigo, pero te juro que no tenía nada que ver que fueras tú o Mai quien estuviera con Rukawa aquel día. Pero… tu tío me dijo que mirara por tu futuro y que, estando conmigo, no te convertirías en una buena cirujana y…

- ¿Por eso rompiste conmigo? – Le interrumpió molesta. – No debiste hacerle caso a mi tío. Soy lo bastante mayor para saber lo que es bueno para mí y que puede ser o no molesto en mi vida – se levantó del sillón, pero no se acercó a la cama y apretó los puños. – Debiste decírmelo cuando te pidió esa estupidez mi tío.

-Lo sé, y lo siento. No sabes lo que me arrepiento de esa decisión – dijo triste.

- ¿Acaso eres consciente de lo mal que lo pasé todo este tiempo? Pensé que no me creías cuando te dije que no…

-Yo tampoco lo he pasado bien, Mao. Fui a la estación para decirte que haría todo lo posible para recuperarte, pero, cuando llegué, el tren ya había salido – él vio que los ojos de la joven comenzaban a brillar.

- ¿Cómo puedo creerte, Akira?

-No puedes, es cierto. Ahora tú tienes la última palabra sobre nosotros.

Mao se quedó mirándolo en silencio y aflojando los puños. Ella tenía claro lo que quería para ellos, pero no sabía si él decía o no la verdad. ¿Realmente él había ido a buscarla? Entrecerró los ojos mientras pensaba qué hacer. Quería estar con él, de eso no tenía duda, pero… ¿podría volver a confiar en él? Sin embargo, al saber que el artífice de todo eso había sido su tío, una furia le recorrió el pecho. Cerró los ojos, suspiró y, al abrirlos, vio a Sendoh quería sentarse en el filo de la cama.

- ¿Qué haces? – Le preguntó ella con las manos en la cintura.

-Necesito abrazarte, Mao. O te acercas tú o lo hago yo. Pero yo no me quedo sin poder tocarte ni un minuto más.

-Quédate quieto, Akira, o empeorarás – se acercó a él y se sentó en el filo. – Por favor. No quiero pasar por lo mismo. He estado muy preocupada por ti estos días – le cogió una mano entre las suyas.

-Te quiero, Mao. No lo dudes nunca – le dijo apretándole la mano que ella tenía cogida.

-Yo también te quiero, Akira – le sonrió y se tumbó a su lado. Apoyó la cabeza en su hombro y lo abrazó por el abdomen. – Prométeme que no pasará lo mismo. No quiero que decidas cosas sin hablarlo antes conmigo y menos si nos afecta a los dos.

-Lo prometo, amor – le dedicó hermosa sonrisa, la cual sólo le mostraba a ella. Mao levantó un poco la cabeza para mirarlo y le devolvió la sonrisa. – Mao… durante estos días, he estado pensando algo para que te puedas venir definitivamente conmigo a Kanagawa.

- ¿En qué? – Le puso una mano sobre el pecho, mientras que él le acariciaba el brazo.

-Cásate conmigo – le dijo con el rostro serio, haciendo que Mao abriera los ojos, sorprendida.