14

Lena llamó a la puerta de la casa. Se hallaba en un típico barrio de Elendel. Vibrantes y hermosos castaños flanqueaban cada acera de la calle empedrada. Incluso después de siete meses en la ciudad, los árboles seguían llamándole la atención. En los Áridos, los árboles tan grandes como estos eran raros. Y aquí había una calle entera llena de ellos, casi todos ignorados por sus habitantes. Sara, Alex y ella se encontraban en el porche de la estrecha casa de ladrillo. Antes de que Lena tuviera la oportunidad de bajar la mano, la puerta se abrió. Una mujer esbelta y de largas piernas apareció en el umbral. Su cabello oscuro estaba recogido en una cola que le llegaba hasta los hombros, y llevaba pantalones marrones y una chaqueta larga de cuero al estilo de los Áridos sobre una camisa blanca de encaje. Le echó una mirada a Lena y Sara y luego cerró de golpe la puerta sin decir palabra. Lena miró a Sara, y las dos dieron un paso al lado. Alex las miró confundida hasta que Lena la cogió por el brazo y la apartó. La puerta volvió a abrirse, y la mujer asomó una escopeta. Miró a las dos mujeres y entornó los ojos.

—Contaré hasta diez —dijo—. Uno.

—Vamos, Ranette —empezó a decir Lena.

—Dos tres cuatro cinco —dijo ella en rápida sucesión.

—¿De verdad tenemos que…?

—Seis siete ocho.

Alzó el arma, apuntándolas.

—Muy bien… —dijo Lena, bajando los peldaños. Sara la siguió, sujetando con la mano el sombrero del cochero.

—No nos irá a disparar de verdad, ¿no? —susurró Alex.

—¡Nueve!

Llegaron a la acera junto a los altos árboles. La puerta se cerró de golpe tras ellas. Lena inspiró profundamente, se dio media vuelta y contempló la casa. Sara se apoyó contra uno de los troncos de los árboles, sonriendo.

—Ha ido bien —dijo Lena.

—Ajá —respondió Sara.

—¿Bien? —exclamó Alex.

—No nos ha disparado a ninguna —dijo Lena—. Nunca se puede estar segura con Ranette. Sobre todo si Sara está presente.

—Eh, eso sí que es injusto —dijo Sara—. Solo me ha disparado tres veces.

—Te olvidas de Callingfale.

—Eso fue en el pie. Apenas cuenta.

Alex arrugó los labios, estudiando el edificio.

—Tenéis amistades curiosas.

—¿Curiosas? No, solo está enfadada. —Sara sonrió—. Así es como muestra afecto.

—¿Disparándole a la gente?

—Ignora a Sara —dijo Lena—. Ranette puede ser brusca, pero apenas le dispara a nadie que no sea ella.

Alex asintió.

—Entonces… ¿deberíamos irnos?

—Espera un momento —dijo Lena. A su lado, Sara empezó a silbar, luego comprobó de nuevo su reloj de bolsillo.

La puerta volvió a abrirse, y Ranette se asomó, apuntándolas con la escopeta.

—¡No os marcháis! —exclamó.

—Necesito tu ayuda —respondió Lena.

—¡Y yo necesito que metas la cabeza en un cubo de agua y cuentes lentamente hasta mil!

—Hay vidas en juego, Ranette —gritó Lena—. Vidas inocentes.

—No te preocupes —le dijo Sara a Alex—. A esta distancia, los perdigones probablemente no serán letales. Pero asegúrate de tener los ojos cerrados.

—No estás ayudando, Sara —dijo Lena con tranquilidad. Estaba segura de que Ranette no iba a disparar. Bueno, razonablemente segura. Tal vez.

—Oh, ¿de verdad quieres que ayude? —dijo Sara—. Vale. ¿Tienes todavía esa pistola de aluminio que te di?

—Guardada aquí atrás. Sin balas.

—¡Eh, Ranette! —llamó Sara—. ¡Tengo una bonita pistola para ti!

Ella vaciló.

—Espera —dijo Lena—. Yo quería esa…

—No seas cría. ¡Ranette, es un revólver hecho enteramente de aluminio!

Ella bajó la escopeta.

—¿De verdad?

—Sácala —le susurró Sara a Lena.

Lena suspiró y buscó bajo su chaqueta. Alzó el revólver, atrayendo algunas miradas de los transeúntes que pasaban. Varios de ellos se dieron media vuelta y se apresuraron a volver por donde habían venido. Ranette dio un paso adelante. Era una atraedora, y podía reconocer la mayoría de los metales simplemente quemando hierro.

—Vaya. Deberíais haber mencionado que traíais un soborno. ¡Esto podría ser suficiente para que os perdone!

Bajó los peldaños, la escopeta al hombro.

—¿Te das cuenta —dijo Lena entre dientes— que este revólver vale lo suficiente para comprar una casa entera llena de armas? Creo que debería pegarte un tiro por esto.

—Los modos de Sara son misteriosos e incomprensibles —dijo la propia Sara—. Lo que da, puede volver a retomarlo. Y así sea escrito y ponderado.

—Ponderarás mi puño en tu cara. —Lena fingió una sonrisa cuando Ranette las alcanzó. Entonces, reacia, entregó el revólver.

Ella lo examinó con ojo experto.

—Liviano —dijo—. Ninguna marca de fabricante estampada en el cañón ni la culata. ¿De dónde habéis sacado esto?

—De los desvanecedores.

—¿De quiénes?

Lena suspiró. «Venga ya».

—¿Cómo puede no saber quiénes son los desvanecedores? —estalló Alex—. Han aparecido en todos los periódicos de la ciudad de los dos últimos meses. La gente no habla de otra cosa.

—La gente es estúpida —dijo Ranette, abriendo el revólver y comprobando las recámaras—. Me parece molesta… y me refiero a los que me caen bien. ¿Tiene también balas de aluminio?

Lena asintió.

—No tenemos balas de pistola. Solo unas cuantas de rifle.

—¿Cómo funcionan? —preguntó ella—. Más fuerte que el plomo, pero mucho más liviano. Menos poder inmediato, obviamente, pero se romperán al alcanzar su objetivo. Podrían ser muy letales si alcanzan el punto adecuado. Y eso suponiendo que la resistencia del viento no frene demasiado las balas antes de que lleguen a su objetivo. El alcance efectivo sería menor. Y serían muy abrasivas para el cañón.

—No la he disparado —dijo Lena. Miró a Sara, que sonreía—. La hemos estado… ejem, reservando para ti. Y estoy segura de que las balas son de una aleación mucho más pesada que el revólver, aunque no he tenido posibilidad de probarlas todavía. Son más livianas que las de plomo, pero no tanto como serían si fueran de aluminio casi puro. El porcentaje sigue siendo alto, pero la aleación debe resolver la mayoría de esos problemas.

Ranette gruñó. Señaló ausente a Alex con la pistola.

—¿Quién es el adorno?

—Una amiga —contestó Lena—. Ranette, nos están buscando. Gente peligrosa. ¿Podemos pasar?

Ella se guardó el revólver en el cinturón.

—Bien. Pero si Sara toca algo, cualquier cosa, le volaré los dedos de un tiro.

Alex se mordió la lengua mientras las conducían al edificio. No le hizo mucha gracia que se refirieran a ella como «un adorno». Pero tampoco le hacía gracia que le pegaran un tiro, así que callarse parecía prudente. Era buena en eso. Llevaba más de dos décadas de su vida entrenándose en ello.

Ranette cerró la puerta tras ellas, luego se dio la vuelta. Sorprendentemente, los cerrojos de la puerta se cerraron solos, girando en sus molduras y chasqueando. Había casi una docena de ellos, y su súbito movimiento hizo que Alex diera un respingo. «En el Letal Nombre de la Superviviente, ¿qué…?».

Ranette dejó la escopeta en una cesta junto a la puerta (parecía que la guardaba allí como la gente corriente dejaba sus paraguas), y luego se internó en el estrecho pasillo. Agitó una mano, y una especie de palanca junto a la puerta interior se movió. La puerta se abrió y se dirigió hacia ella. Ranette era alomántica. Naturalmente. Por eso había podido reconocer el aluminio. Mientras llegaban a la puerta, Alex estudió el artilugio que la había abierto. Había una palanca de la que se podía tirar, que a su vez movía una cuerda, una polea y una palanca al otro lado.

«Hay una a cada lado —advirtió Alex mientras atravesaban el umbral—. Puede abrir las puertas desde cada dirección sin tener que levantar una mano». Parecía una frivolidad. Pero ¿quién era ella para criticar cómo utilizaba otra persona la alomancia? Esto sería útil si ibas a menudo con las manos llenas.

El salón al otro lado había sido convertido en un taller. Había grandes mesas de trabajo en los cuatro costados, y en las paredes habían clavado clavos para colgar una impresionante variedad de herramientas. Alex no reconoció ninguno de los aparatos que abarrotaban las mesas, pero había un montón de abrazaderas y engranajes. Un perturbador número de cables eléctricos serpenteaba por el suelo. Alex pisó con cuidado. La electricidad no podía ser peligrosa cuando había cables, ¿no? Había oído historias de gente que se quemaba, como golpeadas por un rayo, por acercarse demasiado a aparatos eléctricos. Y se hablaba de usar esta energía para todo, de sustituir los caballos con ella, de hacer molinos que molieran el grano solos, de usarla para manejar ascensores. Preocupante. Bien, mantendría su distancia. La puerta se cerró tras ellos en respuesta a la alomancia de Ranette. Tuvo que tirar de una palanca para ello, así que eso significaba que era una atraedora, no un lanzamonedas como Lena. Sara estaba rebuscando en las mesas, ignorando por completo la amenaza a sus dedos. Lena estudió la habitación, con sus cables, ventanas (cubiertas por postigos) y herramientas.

—¿He de entender que cumple tus expectativas?

—¿Qué? —preguntó Ranette—. ¿La ciudad? Es una porquería. No me siento aquí ni la mitad de segura que en los Áridos.

—Sigo sin poder creer que nos abandonaras —dijo Sara, herida.

—No teníais electricidad —respondió Ranette, sentándose en una silla con ruedas. Agitó ausente una mano, y una herramienta larga y fina salió de un casillero en la pared. Voló hacia ella y la agarró, luego le dio la vuelta y empezó a hurgar en la pistola que Lena le había dado. Por lo que Alex comprendió, los gestos no eran necesarios para empujar o tirar, pero muchos los usaban de todas formas.

Ranette ignoró por completo a sus visitantes mientras trabajaba. Tiró de unas cuantas herramientas más sin alzar la mirada, haciendo que cruzaran la habitación hacia donde estaba. Una casi rozó el hombro de Alex. No era habitual ver utilizar la alomancia de manera tan casual, y Alex no estaba segura de cómo interpretar aquello. Por un lado, era fascinante. Por otro, era humillante. ¿Cómo sería, tener un poder que fuera útil? Lord Harms había insistido en que Alex mantuviera su habilidad (si lo era) en secreto, pues la consideraba indecorosa. Ella lo comprendía. No le avergonzaba tanto tener una hija alomántica como tenerla ilegítima. No podía permitir que Alex pareciera mejor partido que Kara.

«Amargos pensamientos», se dijo, apartándolos de su mente. La amargura podía consumir a una mujer. Era mejor mantenerla a raya.

—Esta pistola es un buen trabajo —dijo Ranette, aunque parecía molesta. Se había puesto unas gafas con lupas, y estaba examinando el cañón del revólver mientras lo alumbraba con una pequeña luz eléctrica—. Supongo que quieres que descubra quién la ha fabricado, ¿no?

Lena, que estaba estudiando una fila de pistolas a medio terminar en una de las mesas, se volvió.

—La verdad es que hemos venido aquí porque necesitábamos un sitio seguro para pensar durante unas horas.

—¿Tu mansión no es segura?

—Mi mayordomo fracasó en un intento de envenenarme, luego trató de pegarme un tiro, y después hizo estallar un explosivo en mi estudio.

—Vaya. —Ella amartilló la pistola varias veces—. Tienes que elegir mejor a esa gente, Lena.

—Lo tendré en cuenta. —Cogió una pistola y comprobó su cañón—. Voy a necesitar un nuevo Sterrion.

—Y un cuerno —replicó Ranette—. ¿Qué hay de malo en los que tienes?

—Se los di al mayordomo mencionado, y probablemente los arrojó a los canales.

—¿Y tu Ambersairs? Te hice uno de esos, ¿no?

—Lo hiciste. Lo perdí luchando contra Jimmy Olsen hoy.

Eso hizo detenerse a Ranette. Soltó la pistola de aluminio y se giró en la silla.

—¿Qué?

Lena contrajo los labios.

—Estamos escondiéndonos de él.

—¿Por qué intenta mataros Jimmy Cienvidas? —señaló Ranette.

Sara dio un paso adelante.

—Intenta derrocar a la ciudad o algo por el estilo, querida. Por algún motivo, piensa que el mejor modo de hacerlo es robando a la gente y volando mansiones.

—No me llames querida.

—Claro, cariño.

Alex observaba en silencio, curiosa. A Sara parecía gustarle burlarse de esta mujer. De hecho, aunque trataba de parecer indiferente, no dejaba de mirarla, y cada vez se había estado acercando más y más a su silla.

—Como quieras —dijo Ranette, volviendo a su trabajo—. No me importa. Pero no vas a conseguir un nuevo Sterrion.

—No hay pistolas que sean más certeras que las tuyas, Ranette.

Ella no respondió. Miró a Sara que se había acercado hasta poder asomarse por encima de su hombro y mirar el arma. Lena sonrió y se volvió a seguir mirando las pistolas sin terminar de la mesa. Alex se le acercó, sin saber qué hacer. ¿No habían venido aquí a planear su siguiente movimiento? Ni Lena ni Sara parecían demasiado ansiosas para ponerse a trabajar en ello.

—¿Hay algo entre ellas? —susurró Alex, señalando con la cabeza a Sara y Ranette—. Ella actúa como si fuera una amante despechada.

—Qué más quisiera Sara —respondió Lena entre susurros también—. Ranette no está interesada en ella. No estoy segura de que le interese ninguna mujer en ese aspecto. Pero ella no deja de intentarlo. —Sacudió la cabeza—. Casi me da la impresión de que todo eso, venir a Elendel a investigar a los desvanecedores, buscarme, fue una añagaza para convencerme de que la acompañara a venir a ver a Ranette. Sabía que ella no la dejaría entrar a menos que viniera conmigo y que lo que estuviéramos haciendo fuera algo importante.

—Sois una pareja muy rara, ¿sabes?

—Lo intentamos.

—¿Cuál es nuestro siguiente movimiento?

—Estoy intentando decidir. Por ahora, si nos entretenemos lo suficiente, puede que me dé un revólver nuevo.

—Eso, o te disparará por molestarla.

—No. Nunca le ha disparado a nadie después de dejarlos entrar que yo recuerde. Ni siquiera a Sara. —Vaciló—. Probablemente te dejará quedarte aquí, si quieres. Apuesto a que hay una nube de cobre en rotación en los edificios cercanos, envolviendo la zona. Ranette odia que la gente sienta su alomancia. Dudo de que haya media docena de personas en Elendel que sepan que vive aquí. Solo Armonía sabe cómo la ha localizado Sara.

—Preferiría no quedarme. Por favor, sea lo que sea que vayáis a hacer, quiero ayudar.

Lena cogió algo de la mesa: una cajita de balas.

—No logro entenderte, Alex Colms.

—Has resuelto algunos de los crímenes más perturbadores que los Áridos han conocido jamás, lady Lena. Dudo de que yo sea tan misteriosa.

—Tu padre está bien situado —dijo Lena—. Por lo que sé de él, estoy segura de que podría haberte proporcionado una cómoda pensión para el resto de tu vida. En cambio, asistes a la universidad… y eliges uno de los programas de estudios más difíciles que se ofrecen.

—Tú misma dejaste una posición de considerable comodidad —dijo ella—, y elegiste vivir lejos de las conveniencias y modernidades.

—Eso hice.

Ella seleccionó una de las balas de la caja, la alzó y la examinó. No pudo ver nada de particular.

—¿Has sentido alguna vez que eras inútil, lady Lena?

—Sí.

—Es difícil de imaginar en alguien tan capaz como tú.

—A veces —dijo Lena—, capacidad y percepción pueden funcionar de manera independiente.

—Cierto. Bien, mi señora, yo me he pasado la mayor parte de mi vida escuchando decir amablemente que soy inútil. Inútil para mi padre por mi nacimiento; inútil como alomántica; inútil para Kara, ya que era un incordio. A veces, la capacidad puede templar la percepción. O eso espero.

Lena asintió.

—Hay algo que quiero que hagas. Es peligroso.

Alex guardó la bala en la caja.

—Ser útil, aunque sea en un simple estallido de llama y sonido es mejor que toda una vida sin conseguir nada.

Lena la miró a los ojos, juzgando su sinceridad.

—¿Tienes un plan? —preguntó ella.

—No hay mucho tiempo para planes. Esto es más bien una corazonada. —Alzó la caja de balas y habló en voz alta—. Ranette, ¿qué es esto?

—Balas mataneblinos.

—¿Mataneblinos? —preguntó Alex.

—Un término antiguo —dijo Lena—. Se refiere a una persona corriente entrenada para luchar contra alománticos.

—Estoy trabajando en una munición para usarla contra cada tipo básico de alomántico —dijo Ranette, ausente. Desatornilló la culata de la pistola y empezó a desmontarla—. Esas son balas para lanzamonedas. Puntas de cerámica. Cuando empujen la bala que vaya volando en su búsqueda, arrancarán la porción de metal de la parte de atrás, pero la cerámica debería seguir volando recta y alcanzarlos. Podría ser mejor que las balas de aluminio: en ese caso, el alomántico no puede sentirlas, así que sabe que debe ponerse a cubierto en vez de confiar en sus empujones. Estas las sentirán y pensarán que pueden derrotarlas… hasta que estén en el suelo sangrando.

Sara silbó suavemente.

—¡Ruina, Ranette! —dijo Lena—. Nunca me he alegrado más de que estemos en el mismo bando. —Vaciló—. O, al menos, de que tú estés en tu propio bando especial y que no tengamos que enfrentarnos demasiado a menudo.

—¿Qué va a hacer con ellas? —preguntó Alex.

—¿Hacer? —replicó Ranette.

—¿Va a venderlas? ¿Patentar la idea y comercializarlas?

—¡Si hiciera eso, entonces las tendría todo el mundo! —Ranette sacudió la cabeza, asqueada—. La mitad de los habitantes de la ciudad estarían aquí, molestándome.

—¿Balas para atraedor? —preguntó Lena, cogiendo otra caja.

—Similares, pero con cerámica a los lados —dijo Ranette—. No son tan efectivas, al menos a largo alcance. La mayoría de los atraedores se protegen tirando de las balas para que golpeen una placa blindada que llevan en el pecho. Estas balas explotan cuando tiran de ellas, y te encuentras con una pequeña metralla de cerámica. Debería funcionar a tres metros o así, aunque podría no ser letal. Sugiero apuntar a la cabeza. Intento aumentar su alcance.

—¿Balas para ojos de estaño?

—Hacen un ruido extra cuando se disparan. Y otro ruido cuando alcanzan el blanco. Dispara unos cuantos tiros a su alrededor, y sus sentidos amplificados los harán tirarse al suelo con las manos en los oídos. Es bastante bueno si quieres coger a uno con vida, aunque con los ojos de estaño es difícil encontrarlos en primer lugar.

—Y balas para brazos de peltre —dijo Lena, estudiando la última caja.

—No hay mucho de especial en esas —respondió Ranette—. Balas grandes, pólvora extra, puntas huecas, metal blando… Se pretende que tengan un montón de potencia para pararlos. Un brazo de peltre puede resistir después de recibir unos cuantos tiros, así que lo que uno quiere es derribarlos y mantenerlos en el suelo el tiempo suficiente para que su cuerpo se dé cuenta de que debería estar muriéndose en vez de luchando. Naturalmente, la mejor forma de abatirlos es alcanzarlos en la cabeza a la primera.

Un brazo de peltre no sería como Jimmy, capaz de curarse inmediatamente. Tenían gran resistencia, y podían ignorar las heridas… pero esas heridas los matarían, tarde o temprano.

—Hum —dijo Lena, alzando una de las largas balas—. Ninguna de estas es de calibre estándar. Hará falta toda un arma para dispararlas.

Ranette no respondió.

—Buen trabajo, Ranette —dijo Lena—. Incluso viniendo de ti. Estoy impresionada.

Alex esperó que la ceñuda mujer ignorara el cumplido, pero Ranette sonrió… aunque obviamente trató de ocultar su satisfacción. Enterró la cabeza en su trabajo, y ni siquiera se molestó en espantar a Sara.

—¿Quién es la gente que dices que corre peligro?

—Rehenes —respondió Lena—. Mujeres, incluyendo la prima de Alex. Alguien intenta utilizarlas para engendrar nuevos alománticos.

—¿Y Jimmy está implicado en eso?

—Sí. —La voz de Lena era solemne. Preocupada.

Ranette vaciló, todavía inclinada sobre el revólver desmontado.

—Tercera casilla —dijo por fin—. Al fondo.

Lena se acercó y metió la mano en la profunda casilla. Sacó un estilizado revólver plateado con unas cachas que mezclaban ónice y marfil en tiras onduladas, separadas por bandas de plata. Tenía un cañón largo, la parte metálica plateada tan pulida que prácticamente brillaba igual que las luces eléctricas.

—No es un Sterrion —dijo Ranette—. Es mejor.

—Ocho balas —murmuró Lena, alzando una ceja mientras hacía girar el tambor del revólver.

—Es acero invariano. Más fuerte, más liviano. Me permitió reducir el grosor entre las recámaras, aumentar el número sin hacerlo demasiado grande. ¿Ves la palanquita de atrás, junto al percutor?

Lena asintió.

—Échala atrás y gira el tambor.

Ella así lo hizo. El tambor se detuvo en una recámara concreta.

—Se salta esa recámara y la siguiente si disparas normalmente —dijo Ranette—. Solo puedes dispararlas si conectas la palanquita.

—Balas mataneblinos —dijo Lena.

—Sí. Carga seis balas normales, dos especiales. Dispáralas cuando las necesites. ¿Quemas acero?

—Lo estoy haciendo ahora.

—Las líneas de metal en la empuñadura.

—Las veo.

—Empuja la de la izquierda.

Algo chasqueó dentro del arma. Lena silbó suavemente.

—¿Qué? —preguntó Sara.

—Seguro solo para alománticos —dijo Lena—. Hay que ser lanzamonedas o atraedor para conectarlo o desconectarlo.

—El interruptor está imbuido dentro de la empuñadura —informó Ranette—. Ningún signo exterior de que esté ahí. Con eso, nunca tendrás que preocuparte de que alguien dispare tu propia arma contra ti.

—Ranette —dijo Lena, asombrada—. Eso es una genialidad.

—Llamo a la pistola Lexadicación. Como la Guerrero Ascendente —dijo ella, entonces vaciló—. Puedes tomarla prestada. Si me traes un informe de campo sobre su funcionamiento.

Lena sonrió.

—Esa es obra de Nouxil, por cierto —dijo Ranette, señalando la mesa.

—¿La pistola de aluminio?

Ranette asintió.

—Me lo pareció por la forma del cañón, pero el mecanismo interior es muy claro.

—¿Quién es Nouxil? —preguntó Sara, inclinándose más para mirar.

Ranette le puso una mano en la frente y la empujó hacia atrás.

—Un fabricante de armas. Desapareció hará cosa de un año. Manteníamos correspondencia. Nadie ha vuelto a saber de él. —Alzó un trozo de metal que había sacado del interior de la empuñadura—. ¿Alguien habla alto imperial?

Lena negó con la cabeza.

—Hace que me duela la cabeza —dijo Sara.

—Yo lo sé leer, un poco —dijo Alex, cogiendo el trocito cuadrado de metal. Había varios caracteres grabados—. Estando en el donde de necesidad —leyó, formando las extrañas palabras. La alta lengua se usaba para antiguos documentos que databan de la época del Origen, y ocasionalmente para ceremonias gubernamentales—. Es una llamada de auxilio.

—Bueno, ahora sabemos cómo consiguió Jimmy sus armas —repuso Lena, cogiendo la placa y examinándola.

—Lena —dijo Ranette—. Jimmy siempre tuvo algo oscuro en él, lo sé. Pero ¿esto? ¿Estás segura?

—Todo lo segura que puedo estar. —Alzó a Lexadicación por encima de la cabeza—. Lo vi cara a cara, Ranette. Farfulló una diatriba sobre salvar a la ciudad mientras intentaba matarme.

—Eso será inútil contra él —dijo Ranette, señalando a Lexadicación—. He estado intentando idear un arma para usarla contra los hacedores de sangre. Solo está medio terminada.

—Eso estará bien —dijo Lena con voz fría—. Necesitaré toda la ventaja que pueda. —Sus ojos eran duros, como acero pulido.

—He oído rumores de que te habías retirado —comentó Ranette.

—Lo había hecho.

—¿Qué ha cambiado?

Lena enfundó a Lexadicación en su sobaquera.

—Tengo un deber —dijo en voz baja—. Jimmy era vigilante de la ley. Cuando uno de los tuyos se vuelve malo, lo abates personalmente. No lo dejas a gente contratada. Sara, tengo que enviar manifiestos. ¿Puedes conseguirme algunos de las oficinas del ferrocarril?

—Claro. Puedo tenerlos en una hora.

—Bien. ¿Sigues teniendo esa dinamita?

—Pues claro que sí. Aquí en el bolsillo de mi chaqueta.

—Estás loca —dijo Lena sin vacilar—. Pero ¿trajiste detonadores?

—Sí.

—Intenta evitar volar algo por accidente. Pero conserva esa dinamita. Alex, necesito que compres redes de pescar. Fuertes.

Ella asintió.

—Ranette —empezó a decir Lena—. Yo…

—No soy parte de tu pequeña tropa de ayudantes, Lena —respondió Ranette—. Déjame fuera de esto.

—Todo lo que iba a hacer era pedirte una habitación en tu casa y un poco de papel. Necesito esbozar esto.

—Bien —dijo ella—. Mientras no hagas ruido. Pero Lena… ¿de verdad crees que podrás con Jimmy? Ese hombre es inmortal. Necesitarías un pequeño ejército para detenerlo.

—Bien —contestó Lena—. Porque pretendo conseguir uno.