19
Dispararle a Jimmy era, naturalmente, inútil. El hombre podía sobrevivir a una explosión de dinamita de cerca. Podría soportar unos cuantos tiros de escopeta. Pero los disparos hicieron que el lanzamonedas se empujara a sí mismo, alarmado. También dejaron a Jimmy rociado de metal. Lena aumentó su peso y empujó, aunque le resultó difícil apoyarse en las postas. Era muy difícil afectar con alomancia al metal que perforaba el cuerpo de una persona o tocaba su sangre. Por fortuna, el cuerpo de Jimmy sanó solo y escupió las postas. En el instante previo a que tocaran el suelo, el empujón de Lena encontró súbitamente asidero, y lanzó a Jimmy al otro lado de la habitación, contra la pared. El lanzamonedas aterrizó al otro lado de la sala. Lena se lanzó hacia delante, el gabán de bruma ondeando. Maldición, qué bueno era llevar puesto uno de nuevo. Se detuvo junto a Alex, y a continuación se puso a cubierto junto al vagón.
—Casi lo tenía —dijo Alex.
—¡Lena! —gritó Jimmy, y su voz resonó en toda la sala—. Lo único que haces es perder el tiempo. Bien, quiero que sepas una cosa. Mis hombres han ido a matar a la mujer que viniste a salvar. Si quieres que viva, entrégate. Nosotros…
Su voz se interrumpió extrañamente. Lena frunció el ceño cuando algo se movió detrás de Alex. Ella dio un respingo y Lena apuntó con una escopeta, pero resultó ser Sara.
—Eh —dijo, resoplando—. Bonita arma.
—Gracias —respondió ella, echándosela al hombro al advertir la burbuja de velocidad que los rodeaba. Eso era lo que había detenido la voz de Jimmy—. ¿Ese brazo…?
Sara bajó la mirada y contempló el vendaje ensangrentado de su brazo izquierdo.
—No muy bien. No me queda curación, y he perdido sangre. Me estoy consumiendo, Lena. Demasiado. Tú también pareces bastante vapuleada.
—Sobreviviré.
A Lena le dolía la pierna y tenía toda la cara arañada, pero se sentía sorprendentemente bien. Siempre se sentía así, en las brumas.
—Las cosas que está diciendo —intervino Alex—. ¿Creéis que dice la verdad?
—Podría ser, Lena —dijo Sara con urgencia—. Los tipos que emplazó delante del túnel se han retirado. Parece que tenían algo importante que hacer.
—Jimmy les dijo algo —añadió Alex.
—Maldición —masculló Lena, asomándose a la esquina del vagón. Jimmy podía ir de farol… o tal vez no. No era un riesgo que pudiera correr —. Ese lanzamonedas va a dificultar las cosas. Tenemos que eliminarlo.
—¿Qué pasó con la pistola esa tan mona de Ranette? —preguntó Sara.
—No estoy segura —replicó Lena con una mueca.
—Guau. Te va a hacer trizas, socia.
—Me aseguraré de echarte la culpa —dijo Lena, todavía vigilando al lanzamonedas—. Es bueno. Peligroso. Nunca sorprenderemos a Jimmy a menos que ese alomántico esté muerto.
—Pero tienes esas balas especiales —recordó Alex.
—Una —dijo Lena, guardando una escopeta en la cartuchera interior de su gabán. Sacó la otra bala antilanzamonedas—. No creo que un revólver corriente dispare esto. Yo…
Se calló y miró a Alex. Ella la miraba levantando una ceja.
—Bien —dijo Lena—. ¿Podéis entretener a Jimmy vosotras dos?
—No hay problema —respondió Sara.
—Entonces, vamos —dijo Lena, inspirando profundamente—. Un último intento.
Sara la miró a los ojos y asintió.
Lena vio tensión en el rostro de su amiga. Las dos estaban magulladas y ensangrentadas, con poca reserva de metales, las mentes de metal vacías. Pero habían estado así antes. Y por eso pretendían brillar con más fuerza que nunca. Cuando la burbuja de velocidad cayó, Lena salió corriendo de detrás del vagón. Lanzó la bala al aire ante ella, luego la empujó con un rápido estallido de poder. El lanzamonedas alzó la mano con indolencia, empujándola de vuelta hacia Lena. El cartucho y la bala se soltaron y volaron hacia Lena, que los desvió con facilidad, pero la punta de cerámica continuó adelante. Alcanzó al lanzamonedas en el ojo.
«Bendita seas, Ranette», pensó Lena, saltando y empujando las monedas del bolsillo de un desvanecedor caído. Con eso se abalanzó hacia delante, hacia el túnel. Había vías en el suelo, como si lo hubieran construido para un tren.
Lena frunció el ceño, asombrada, pero se empujó sobre ellas, lanzándose intrépidamente en la oscuridad hasta que llegó a unas escaleras que conducían hacia arriba. Aquí el techo era de madera: habían construido algún tipo de estructura sobre el túnel. Cargó hacia la escalera, que llevaba al edificio de madera, quizás un barracón o un dormitorio. Lena sonrió, el dolor de sus heridas se retiraba más a medida que recuperaba las energías. Oyó pasos en el suelo de madera de arriba. La estaban esperando. Era una trampa, naturalmente. Descubrió que no le importaba. Echó mano a ambas escopetas y luego empujó los clavos de los peldaños y subió la escalera. Dejó atrás la primera planta y continuó hacia la segunda: prefería comprobar primero arriba, luego abajo. Si tenían aquí a Kara, probablemente estaría arriba.
«Ahora sí que estamos ardiendo», pensó Lena, avivando metal, sintiendo el aumento de energía. Lanzó el hombro contra la puerta situada en lo alto de las escaleras e irrumpió en el pasillo de la otra planta. Unas pisadas la siguieron y unos hombres salieron de las habitaciones cercanas, armados hasta los dientes, sin llevar ningún metal encima.
Lena sonrió y alzó sus escopetas. «Muy bien. Hagámoslo».
Empujó con fuerza contra los clavos de las tablas bajo los pies de los hombres que la apuntaban con sus armas de aluminio. Las tablas se soltaron, haciendo temblar el suelo y errando la puntería de los desvanecedores. Lena esquivó a la derecha, rodando para salir del pasillo y llegar a una habitación lateral. Se levantó y giró, apuntando con ambas escopetas hacia la puerta. Los desvanecedores de la escalera se amontonaron en el pasillo tras ella, y sus armas se sacudieron cuando ella disparó con las dos escopetas. Empujó, lanzando a los hombres hacia atrás y lanzándose a sí misma a través de la ventana. Este edificio parecía un viejo cobertizo: no había cristal en las ventanas, solo postigos. Lena salió al aire libre. Había una farola en la calle oscura, un poco a su izquierda. La empujó mientras reducía al mismo tiempo su peso a casi nada. El empujón la envió de vuelta contra la parte exterior del edificio: aterrizó y medio echó a correr medio saltó en paralelo al suelo. Tras llegar a la habitación situada junto a la anterior, empujó otra farola y atravesó la ventana con los pies por delante, las astillas de madera esparciéndose a su alrededor. Aterrizó y se levantó, luego se volvió hacia la pared que había entre ella y la habitación de la que acababa de salir. Enfundó las escopetas y echó mano de sus revólveres, desenfundándolos con un movimiento de cruce de brazos. Eran Sterrions fabricados por Ranette que se contaban entre las mejores armas que había poseído jamás. Las alzó y aumentó su peso, luego empujó con fuerza los clavos de la pared que tenía delante. La madera barata explotó, la pared se desintegró en una lluvia de tablas y astillas, y los clavos se volvieron tan letales como balas mientras alcanzaban a los hombres de la otra habitación. Lena disparó, abatiendo a todos los que no habían sido alcanzados en la tormenta de astillas, acero y plomo. Un chasquido a su izquierda. Lena giró mientras un pomo giraba. No esperó a ver quién había más allá. Empujó el pomo, arrancándolo del marco y lanzándolo contra el pecho del desvanecedor que intentaba entrar. La puerta se abrió, y el desgraciado se desplomó contra la pared del pasillo: no había habitaciones al otro lado, solo la pared del estrecho edificio, con lo que salió impulsada a la noche brumosa. Lena enfundó los Sterrions, los cañones humeando, las recámaras vacías. Sacó las escopetas, rodó al pasillo y se incorporó, agazapada. Alzó una escopeta en cada dirección. Unos cuantos desvanecedores dispersos subían la escalera a su derecha; otro grupo apuntaba con sus armas a la izquierda. Empujó las palancas gemelas de metal de sus escopetas, amartillándolas con alomancia. Los casquillos gastados saltaron al aire por encima de las armas, y Lena disparó mientras empujaba, lanzando las postas y los casquillos vacíos hacia los desvanecedores que esperaban a cada lado.
El suelo junto a Lena explotó.
Maldijo y se lanzó a la izquierda mientras los disparos de debajo proyectaban al aire astillas de madera. Estaban aprendiendo y le disparaban desde abajo. Se dio media vuelta y echó a correr, disparando a través de la puerta, las brumas asomaban a través de las paredes rotas. Tenía que haber otra docena de desvanecedores abajo. Demasiados para dispararles sin poder verlos. Una bala le rozó el muslo. Se volvió y esquivó, saltó sobre los cuerpos de los caídos y corrió por el pasillo. Las balas la persiguieron, el suelo saltó hecho pedazos, los hombres gritaban desde abajo mientras le disparaban con todo lo que tenían. Alcanzó la puerta del fondo del pasillo. Estaba cerrada con llave. Una buena dosis de peso aumentado, junto con un poco de impulso con el hombro, solventó el problema. Se abrió paso y se encontró en una pequeña habitación sin ventanas ni otras puertas. Un hombre pequeño y calvo se acurrucaba en un rincón. Una mujer de pelo dorado y con un vestido arrugado estaba sentada en un banco al fondo, los ojos enrojecidos, el rostro demacrado. Kara. Parecía completamente aturdida cuando Lena irrumpió a través de la puerta rota, los faldones del gabán de bruma agitándose a su alrededor. Lena empujó hacia el pasillo algunos de los clavos del suelo, haciendo que las tablas se agitaran y atrayendo gran parte de los disparos.
—¿Lady Lena? —dijo Kara, sorprendida.
—En la mayor parte —respondió ella, con un respingo—. Puede que me haya dejado un dedo o dos en ese pasillo.
Miró al hombre del rincón.
—¿Quién es usted?
—Nouxil.
—El armero —dijo Lena, lanzándole una escopeta.
—La verdad es que no soy muy bueno disparando —respondió el hombre, con aspecto aterrado. Unas cuantas balas atravesaron el suelo entre ambos. Los desvanecedores habían advertido que los habían engañado. Sabían lo que estaba buscando.
—No importa si dispara bien o no —dijo Lena, alzando la mano vacía hacia la pared del fondo y abriéndola con un empujón de peso aumentado—. Lo que importa es si sabe nadar o no.
—¿Qué? Pues claro que sé. Pero ¿por qué…?
—Agárrese fuerte —dijo Lena mientras más disparos brotaban a su alrededor. Empujó la escopeta que el armero tenía en las manos, lanzándolo por la abertura y proyectándolo unos diez metros hacia el canal.
Lena se giró y agarró a Kara cuando esta se levantaba.
—¿Y las otras chicas? —preguntó.
—No he visto a ninguna de las otras cautivas —respondió ella—. Los desvanecedores dieron a entender que las habían enviado a alguna parte.
«Maldición», pensó ella. Bueno, había tenido suerte de encontrar aunque fuera a Kara. Empujó levemente los clavos del suelo, impulsándolas a las dos hacia el techo Mientras se acercaban, se aprovechó del hecho de que no importaba lo pesado que fuera un objeto cuando se trataba de caer. Todos los objetos caían al mismo ritmo. Eso significaba que aumentar su peso muchas veces no afectaría a su movimiento.
Alzó la escopeta y disparó una andanada concentrada de perdigones al techo. Entonces los empujó con brusquedad, pues con su peso aumentado el empujón no lo movió mucho, mientras que cuando era más liviana, un empujón la afectaba en gran medida. El resultado fue que continuó su impulso hacia arriba, pero el empujón abrió un agujero en el techo. Se volvió increíblemente liviana y empujó con más fuerza los clavos de abajo. Las dos atravesaron el agujero, impelidos quince o veinte metros al aire. Giró en la noche, los faldones del gabán de bruma extendidos hacia fuera, la humeante escopeta agarrada con fuerza en un brazo, Kara en el otro. Las balas de abajo dejaban surcos en la bruma que danzaba a su alrededor. Kara soltó un gritito y se agarró a ella. Lena extrajo todo el peso que le quedaba, vaciando sus mentes de metal por completo. Eran cientos y cientos de horas de peso, suficientes para hacerla aplastar las piedras del pavimento si intentaba caminar sobre ellas. Al extraño modo de la feruquimia, no se hizo más denso: las balas podían atravesarla fácilmente si la alcanzaban. Pero con este increíble aumento de peso, su habilidad para empujar se volvió increíble. Usó ese peso para empujar hacia abajo con todo lo que tenía. Abajo había numerosas líneas de metal. Clavos. Pomos. Armas. Efectos personales. El edificio tembló, luego onduló, después se hizo pedazos cuando cada clavo de su estructura fue lanzado hacia abajo como impulsado por una ametralladora. Hubo un estrépito enorme. El edificio se desplomó contra el túnel del ferrocarril sobre el que estaba construido. El peso desapareció de ella en un instante, agravado sobre sí misma en ese momento, sus mentes de metal agotadas a la vez. Lena dejó que la gravedad se apoderara de ella, y cayó a través de las brumas, con Kara abrazada. Aterrizaron en mitad del caos al pie del túnel ferroviario. Por todo el suelo había troncos aplastados y fragmentos de muebles. En la salida del túnel había tres desvanecedores, boquiabiertos. Lena alzó la escopeta y la amartilló con alomancia, luego los abatió. Eran los únicos que todavía estaban de pie. Todos los demás habían quedado aplastados en el túnel.
—¡Oh, Superviviente de las Brumas! —exclamó Kara, las mejillas coloradas, los ojos como platos, los labios abiertos mientras lo abrazaba. No parecía aterrorizada. Si acaso, parecía excitada.
«Eres una mujer extraña, Kara», pensó Lena.
—¿Te das cuenta de que has renunciado a tu llamada, Lena? —gritó una voz desde el interior del negro túnel. Era Jimmy—. Eres un ejército en ti misma. Has desperdiciado la vida que tomaste.
—Tenga esto —le dijo Lena en voz baja a Kara, tendiéndole la escopeta. La amartilló. Quedaba un cartucho—. Sujétela con fuerza. Quiero que corra hacia la comisaría. Está en la Quince y Ruman. Si uno de los desvanecedores la persigue, dispare.
—Pero…
—No espero que le dé —dijo Lena—. Estaré atenta al sonido del disparo.
Ella trató de decir algo más, pero Lena se agachó para poner su centro de masa bajo ella, y luego cuidadosamente empujó la escopeta hacia arriba hasta su torso. La usó para lanzarla hacia arriba y fuera del pozo. Ella aterrizó torpemente, pero a salvo, y vaciló solo un momento antes de echar a correr entre las brumas. Lena se hizo a un lado, asegurándose de que el fuego no recortaba su silueta. Desenfundó una Sterrion y cogió algunas balas. Recargó mientras se agachaba.
—¿Lena? —llamó Jimmy desde el interior del túnel—. Si has acabado de jugar, quizá te gustaría venir a zanjar las cosas.
Lena se arrastró hasta la boca del túnel, luego entró. Las brumas la habían llenado, dificultando la visión… cosa que también entorpecería a Jimmy. Avanzó con cautela hasta que vio la luz del gran taller al fondo, donde los incendios seguían ardiendo. Con esa luz, pudo distinguir tenuemente la silueta de una figura que estaba de pie en el túnel, apuntando con un arma a la cabeza de una mujer esbelta. Alex.
Lena se detuvo, el pulso acelerado. Pero no, esto era parte del plan. Era perfecto. Excepto…
—Sé que estás ahí —dijo la voz de Jimmy. Otra figura se movió, lanzando unas antorchas improvisadas a la oscuridad.
Con una gélida sensación de horror, Lena advirtió que Jimmy no era el que sujetaba a Alex. Estaba demasiado atrás. El hombre que retenía a Alex era el que se llamaba Tarson, el brazo de peltre de sangre koloss. Con el rostro iluminado por la temblorosa luz de la antorcha, Alex parecía aterrorizada. Lena sintió los dedos resbaladizos en la culata del revólver. El brazo de peltre se encargaba de mantener a Alex entre él y el lado del túnel donde estaba Lena, la pistola apoyada en su nuca. Era fornido y duro, pero no muy alto. Solo tenía veintitantos años: como todos los de sangre koloss, continuaría haciéndose más alto durante toda su vida. Fuera como fuese, en este momento, Lena no podía apuntarlo.
«Oh, Armonía —pensó—. Está volviendo a suceder».
Algo se agitó en la oscuridad cercana. Lena dio un salto y casi disparó hasta que vio el contorno de la cara de Sara.
—Lo siento —susurró Sara—. Cuando la agarraron, pensé que era Jimmy, y por eso…
—No importa —dijo Lena en voz baja.
—¿Qué hacemos ahora?
—No lo sé.
—Tú siempre lo sabes.
Lena guardó silencio.
—¡Puedo oíros susurrar! —exclamó Jimmy. Avanzó y arrojó otra antorcha.
«Solo unos pasos más», pensó Lena.
Jimmy se detuvo, observando las reptantes brumas con lo que parecía ser desconfianza. Alex gimió. Luego intentó zafarse, como había hecho en el banquete de bodas.
—Nada de eso —dijo Tarson, sujetándola con cuidado. Disparó un tiro justo delante de su cara, luego volvió a ponerle la pistola en la nuca. Ella se detuvo.
Lena alzó su revólver.
«No puedo hacer esto. No puedo ver morir a otra. No por mi mano».
—Muy bien —exclamó Jimmy—. Bien. ¿Quieres ponerme a prueba, Lena? Voy a contar hasta tres. Si llego a tres, Tarson dispara, no habrá más advertencias. Uno.
«Lo va a hacer —advirtió Lena. Sintiéndose indefensa, culpable, abrumada—. Lo va a hacer de verdad». Jimmy no necesitaba ningún rehén. Si amenazarla no hacía que Lena saliera, no se molestaría con ella.
—Dos.
Sangre en los ladrillos. Un rostro sonriente.
—¿Lena? —susurró Sara, urgente.
«Oh, Armonía, si alguna vez te he necesitado…».
—Tr…
—¡Sara! —gritó Lena, incorporándose.
La burbuja de velocidad se alzó. Tarson dispararía en unos instantes. Jimmy tras él, apuntando furioso. La luz de las antorchas detenida. Era como ver de nuevo una explosión avanzando lentamente. Lena alzó su Sterrion y descubrió que su brazo estaba increíblemente firme.
También estaba firme el día que le disparó a Sam.
Le había disparado con esa misma arma.
Sudando, tratando de desterrar las imágenes de su cabeza, intentó encontrar un buen ángulo de tiro para alcanzar a Tarson. No había ninguno. Oh, podía alcanzarlo, pero no en un sitio donde lo hiciera caer inmediatamente. Y si Lena no acertaba bien, el hombre le dispararía a Alex por reflejo. La cabeza era el mejor sitio para abatir a un brazo de peltre. Pero Lena no podía ver la cabeza. ¿Podría disparar el arma? El rostro de Alex estaba de por medio. ¿A las rodillas? Podría alcanzar una rodilla. No. Un brazo de peltre ignoraría la mayoría de las heridas. Si el daño no era inmediatamente letal, aguantaría en pie, y dispararía.
Tenía que ser en la cabeza.
Lena contuvo la respiración. «Esta es el arma más precisa que he disparado jamás —pensó—. No puedo quedarme aquí, inmóvil. Tengo que actuar».
«Tengo que hacer algo».
El sudor le corría por la barbilla. Alzó la mano ante ella con un rápido movimiento, y luego apuntó con la Sterrion a un lado, desviada de Alex o Tarson. Disparó. La bala salió de la burbuja en un instante, luego llegó al tiempo más lento. Se desvió, como hacían siempre las balas cuando se disparaban desde dentro de una burbuja de velocidad. La vio volar, juzgando su nueva trayectoria. Avanzaba lentamente, girando mientras cortaba el aire. Lena apuntó con cuidado, esperó varios angustiosos instantes. Luego preparó su acero.
—Déjala caer cuando avise —susurró.
Sara asintió.
—Ahora.
Lena disparó y empujó.
La burbuja de velocidad cayó.
—¡… es! —exclamó Jimmy.
Una pequeña lluvia de chispas explotó en el aire mientras la segunda bala de Lena, impulsada con increíble velocidad por su empujón de acero, alcanzó a la otra en el aire y la desvió a un lado: detrás de Alex, a la cabeza de Tarson. El brazo de peltre cayó inmediatamente, la pistola resbaló al suelo, los ojos mirando aturdidos hacia arriba. Jimmy se quedó boquiabierto. Alex parpadeó, luego se volvió, llevándose las manos al pecho.
—Ah, rayos —dijo Sara—. ¿Tenías que darle en la cabeza? Era mi sombrero de la suerte lo que llevaba puesto.
Jimmy se recuperó de la sorpresa y alzó el revólver para apuntar a Lena, que se volvió y disparó primero, alcanzándolo en la mano y haciéndole soltar la pistola. Lena le volvió a disparar, lanzándola hacia la otra sala.
—¡Deja de hacer eso! —gritó Jimmy—. Hija de…
Lena le disparó en la boca, haciéndolo retroceder un paso y escupir trozos de diente. Jimmy seguía llevando los restos desgarrados de los pantalones.
—Alguien debería haber hecho eso hace siglos —murmuró Sara.
—No durará —respondió Lena, disparándole de nuevo a Jimmy en la cara para mantenerlo desorientado—. Es hora de que te marches, Sara. El plan secundario sigue en marcha.
—¿Seguro que los tienes a todos controlados, socia?
—Tarson era el último.
«Y será mejor que no me equivoque…».
—Coge mi sombrero si tienes oportunidad —dijo Sara, marchándose mientras Lena le disparaba de nuevo a Jimmy en la cara. Apenas le molestó, y el hombre semidesnudo saltó hacia delante. Hacia Alex. Jimmy estaba desarmado, pero había muerte en sus ojos.
Lena se abalanzó, arrojándole la pistola vacía a Jimmy, y sacando luego un puñado de balas. Las empujó hacia el antiguo vigilante. Una le rozó el brazo, otra le atravesó el estómago y salió por el otro lado, pero ninguna se alojó de un modo que Lena pudiera empujar para hacer retroceder a Jimmy. Lo alcanzó antes de que llegara a Alex. Los dos cayeron en tromba al sucio suelo, bajo las brumas que flotaban a poca altura. Lena agarró a Jimmy por el hombro y empezó a darle puñetazos. «Solo… mantenlo… entretenido…».
Jimmy mostró una sonrisa de diversión a pesar de todas las molestias. Recibió los puñetazos, mientras la mano de Lena se magullaba en el proceso. Lena podía golpear hasta que los nudillos se le rompieran y su mano quedara reducida a pulpa ensangrentada, y Jimmy no estaría peor.
—Sabía que irías a por la chica —dijo Lena, llamando la atención de Jimmy—. Hablas mucho de justicia, pero en el fondo, no eres más que un insignificante criminal.
Jimmy bufó y se libró de Lena de una patada. El dolor ardió en el pecho de Lena mientras era arrojada a una zona fangosa del túnel y el agua fría chapoteaba a su alrededor, empapando su gabán de bruma. Jimmy se levantó, limpiándose la sangre del labio que se había roto y luego curado.
—¿Sabes lo que es triste de verdad, Lena? Que te entiendo. He sentido lo mismo que tú, he pensado lo mismo que tú. Pero siempre estaba esa lejana insatisfacción por dentro. Como una tormenta en el horizonte.
Lena se puso en pie y le dio un puñetazo en el riñón. Ni siquiera provocó un quejido. Jimmy la agarró por el brazo, retorciéndolo, haciendo que su hombro ardiera de dolor. Lena jadeó, y Jimmy le dio una patada tras la rodilla, enviándola de nuevo al suelo. Mientras Lena intentaba rodar, Jimmy la agarró por la pechera y la alzó antes de descargarle un puñetazo en la cara. Alex jadeó, aunque le habían dicho que se quedara atrás. Hizo su parte. El puñetazo la derribó al suelo, y Lena saboreó sangre. Herrumbre y Ruina…, tendría suerte si no tenía rota la mandíbula. También sentía como si se hubiera desgarrado algo en el hombro. Sus heridas parecieron pesarle de pronto. No sabía si eran las brumas, alguna acción de Armonía, o simple adrenalina que le había hecho ignorarlas durante un rato. Pero no se había curado. El costado le gritaba donde había sido herida, y su brazo y su pierna se habían quemado y despellejado por la explosión. Las balas la habían rozado en el muslo y el brazo. Y ahora, la paliza de Jimmy. Se sintió abrumada y gimió, desplomándose, luchando por permanecer consciente. Jimmy la alzó de nuevo, y Lena consiguió descargar un golpe que lo alcanzó. Y no consiguió nada. Era muy, muy difícil pelear con un hombre que no reaccionaba cuando lo golpeabas. Otro puñetazo envió de nuevo a Lena al suelo, los oídos zumbando, los ojos viendo estrellas y destellos de luz.
Jimmy se agachó y le habló al oído.
—La cosa, Lena, es que sé que tú también lo sientes. Una parte de ti sabe que está siendo utilizada, que a nadie le importan los oprimidos. Eres solo una marioneta. La gente muere asesinada cada día en esta ciudad. Al menos una al día. ¿Lo sabías?
—Yo…
«Que siga hablando». Rodó hasta quedar de espaldas, dolorido, y miró a Jimmy a los ojos.
—La gente muere asesinada cada día —repitió Jimmy—, ¿y qué es lo que te sacó de tu «retiro»? Cuando le pegué un tiro en la cabeza a un viejo sabueso con ínfulas de aristócrata. ¿Te paraste alguna vez a pensar en toda esa gente que es asesinada en las calles? ¿Los mendigos, las putas, los huérfanos? Muertos porque no tenían comida, o porque estaban en el lugar equivocado, o porque intentaron hacer algo estúpido.
—Intentas invocar el mandato de la Superviviente —susurró Lena—. Pero no funcionará, Jimmy. Esto no es el Imperio Final de las leyendas. Un hombre rico no puede matar a uno pobre porque se le antoje. Somos mejores que eso.
—¡Bah! Fingen y mienten para dar un buen espectáculo.
—No —dijo Lena—. Tienen buenas intenciones, y hacen leyes que detienen a los peores… pero esas leyes siguen quedándose cortas. No es lo mismo.
Jimmy le dio una patada en el costado para mantenerla en el suelo.
—No me importa el mandato de la Superviviente. He encontrado algo mejor. Eso no te incumbe. No eres más que una espada, una herramienta que va donde la dirigen. Te hace pedazos no poder impedir las cosas que sabes que deberías impedir, ¿verdad?
Se miraron a los ojos. Y, sorprendentemente, a pesar de la agonía, Lena se encontró asintiendo. Asintiendo con sinceridad. Lo sentía. Por eso lo que le había sucedido a Jimmy la aterrorizaba.
—Bueno, alguien tiene que hacer algo al respecto —dijo Jimmy.
«Armonía —pensó Lena—. Si Jimmy hubiera nacido entonces, en los tiempos remotos, habría sido un héroe».
—Empezaré a ayudarlos, Jimmy —dijo Lena—. Te lo prometo.
Jimmy negó con la cabeza.
—No vivirás tanto, Lena. Lo siento. —Volvió a darle una patada. Y otra.
Y otra más.
Lena se enroscó sobre sí misma, las manos sobre la cara. No podía luchar. Solo tenía que durar. Pero el dolor aumentaba. Era terrible.
—¡Basta! —La voz de Alex—. ¡Basta, monstruo!
Las patadas cesaron. Lena la sintió a su lado, arrodillada, la mano sobre su hombro.
«Necia. Apártate. No llames la atención. Ese era el plan».
Jimmy hizo crujir audiblemente sus nudillos.
—Supongo que debería entregarte a Elegante, muchacha. Estás en su lista, y podrás sustituir a la que Lena liberó. Probablemente tendré que buscarla.
—¿Cómo es que —dijo Alex, furiosa— los miserables deben destruir a los que saben que son mejores y más grandes que ellos?
—¿Mejor que yo? ¿Esta? No es grande, niña.
—La más grande de las mujeres puede ser abatido por las cosas más simples. Una bala perdida puede acabar con la vida de la más poderosa, capaz y segura de las mujeres.
—Conmigo, no —dijo Jimmy—. Las balas no son nada para mí.
—No. Caerás por algo aún más simple.
—¿Como por ejemplo? —preguntó él, divertido, acercándose.
—Yo —replicó Alex.
Jimmy se echó a reír.
—Me gustaría ver… —se calló.
Lena abrió los ojos, contemplando a lo largo del túnel el techo roto donde se había alzado el edificio. La luz inundaba el pozo desde arriba, haciéndose más brillante a cada segundo.
—¿A quién has traído? —preguntó Jimmy, sin dejarse impresionar—. No llegarán lo bastante rápido.
Se detuvo. Lena giró la cabeza a un lado y vio el súbito horror en el rostro de Jimmy. Lo había visto por fin: un titilante reborde cercano, una leve diferencia en el aire. Como la distorsión causada por el calor que brota de una calle caliente.
Una burbuja de velocidad.
Jimmy se volvió hacia Alex. Entonces corrió hacia el borde de la burbuja, lejos de la luz, tratando de escapar. La luz al otro extremo del túnel se volvió brillante, y un grupo de borrones se movió por ella, tan rápido que era imposible distinguir qué los causaba. Alex dejó caer su burbuja. La luz del día llegaba desde el lejano pozo, y llenando el túnel, justo fuera de donde se encontraba la burbuja, había una fuerza de más de un centenar de alguaciles uniformados. Sara iba a la cabeza, sonriente, llevando un uniforme y un sombrero de alguacil, y un bigote postizo en la cara.
—¡A por él, muchachos! —dijo, señalando.
Utilizaban porras, sin molestarse con las armas de fuego. Jimmy gritó tratando de esquivar a los primeros, luego empezó a golpear al grupo que le puso las manos encima. No fue lo bastante rápido, y eran demasiados. En cuestión de minutos, lo sujetaron contra el suelo y le ataron los brazos con cuerdas. Lena se sentó con cuidado en el suelo, un ojo hinchado y cerrado, el labio sangrando, el costado dolorido. Alex se arrodilló junto a ella, ansiosa.
—No tendrías que haberte enfrentado a él —dijo Lena, saboreando la sangre—. Si te hubiera golpeado, habría sido el final.
—Oh, calla. No eres la única que puede correr riesgos.
El plan de contingencia había salido bien, aunque con dificultad. Había empezado eliminando a todos los lacayos de Jimmy. Incluso uno de ellos, de haber quedado con vida, podría haber advertido lo que significaba la burbuja de velocidad y le habría disparado a Lena y Alex desde fuera. No habría habido nada que hubieran podido hacer para impedirlo. Pero sin los lacayos, y si podían distraer a Jimmy lo suficiente mientras la burbuja estaba emplazada, Sara podría ir a reunir una gran fuerza para rodear a Jimmy mientras estaba indefenso. Nunca lo habría permitido si lo hubiera sospechado. Pero dentro de la burbuja de velocidad…
—¡No! —gritó Jimmy—. Quitadme las manos de encima. ¡Desafío a vuestra opresión!
—Eres un necio —le dijo Lena, luego escupió sangre a un lado—. Te dejaste aislar y distraer, Jimmy. Te olvidaste de la primera regla de los Áridos.
Jimmy gritó. Uno de los alguaciles le puso una mordaza mientras lo ataban con fuerza.
—Cuanto más solo estás —dijo Lena en voz baja—, más importante es tener a alguien en quien puedas confiar.
