EPÍLOGO
Alex asistió a la ejecución de Jimmy. Daius, el fiscal jefe, le había aconsejado que no lo hiciera. Nunca asistía a las ejecuciones. Estaba sentada en el balcón, sola, viendo a Jimmy subir los escalones hasta el cadalso. Su posición dominaba el lugar de la ejecución. Entornó los ojos, recordando a Jimmy de pie en aquella sala subterránea de oscuridad y bruma, apuntándola con un revólver en su escondite. Le habían puesto una pistola en la cabeza tres veces durante aquellos dos días, pero la única vez que creyó que iba a morir de verdad fue cuando vio la expresión en los ojos de Jimmy. La descarnada falta de emoción, la superioridad. Se estremeció. El tiempo transcurrido entre el ataque de los desvanecedores en la boda y la captura de Jimmy había sido menos de un día y medio. Sin embargo, ella sentía como si hubiera envejecido dos décadas. Era como una forma de alomancia temporal, una burbuja de velocidad alrededor de ella sola. El mundo era distinto ahora. Casi la habían matado, había matado por primera vez, se había enamorado y había sido rechazada. Ahora había ayudado a condenar a muerte a un antiguo héroe de los Áridos. Jimmy miraba con desdén a los alguaciles que lo ataron al poste. Había mostrado la misma expresión durante gran parte del juicio, el primero en el que Alex colaboraba como ayudante del fiscal, aunque Daius había llevado el caso. El juicio fue rápido, a pesar de su naturaleza destacada y su alto riesgo. Jimmy no había negado sus crímenes. Parecía que se consideraba inmortal. Incluso aquí de pie, retiradas sus mentes de metal, con una docena de rifles amartillados y apuntándolo, no parecía creer que fuera a morir. La mente humana era lista a la hora de engañarse a sí misma, a la hora de mantener a raya la desesperación de lo inevitable. Alex había visto esa expresión en los ojos de Jimmy. Todos los hombres la tenían cuando eran jóvenes. Y todos los hombres acababan por comprender que era mentira. El pelotón apuntó. Quizás ahora Jimmy finalmente reconocería esa mentira. Mientras las armas disparaban, Alex descubrió que se sentía satisfecha. Y eso la preocupó enormemente.
Lena subió al tren en Puertoseco. Todavía le dolía la pierna, caminaba con un bastón, y llevaba un vendaje en el pecho para cuidar de sus costillas rotas. Una semana no era tiempo suficiente para sanar tras lo que había sufrido. Probablemente no tendría que haberse levantado de la cama. Avanzó cojeando por el pasillo del lujoso vagón de primera clase, pasando ante bellos reservados privados. Llegó al tercer compartimento cuando el tren se ponía en marcha. Entró en el reservado, dejando la puerta abierta, y se sentó en uno de los asientos tapizados junto a la ventana. Estaba clavado al suelo, ante una mesita con una sola pata alargada. Era curvado y estrecho, como el cuello de una mujer. Poco después, oyó pasos en el pasillo. Vacilaron ante la puerta. Lena contemplaba pasar el paisaje.
—Hola, tía —dijo, volviéndose a mirar al hombre de la puerta.
Lady Edwina Ladrian entró en el compartimento. Llevaba un bastón de marfil de ballena y vestía ropas elegantes.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó, sentándose en el otro asiento.
—Unos cuantos desvanecedores que interrogamos —dijo Lena—. Describieron a una persona a quien Jimmy llamaba «Señor Elegante». No creo que nadie más te reconociera con esa descripción. Por lo que tengo entendido, viviste como un eremita durante la década que condujo a tu «muerte». Salvo tus cartas a los periódicos sobre cuestiones políticas, por supuesto.
Eso no respondía exactamente a la pregunta. Lena había encontrado este tren, y este vagón, basándose en los números que había visto escritos en la caja de puros de Jimmy, la que había encontrado Sara. Rutas de ferrocarril. Todos los demás pensaban que lo que planeaban atracar los desvanecedores eran trenes, pero Lena había visto una pauta diferente. Jimmy había estado siguiendo los movimientos del Señor Elegante.
—Interesante —dijo lady Edwina. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió los dedos mientras entraba un sirviente con una bandeja de comida que depositó en la mesa ante ella. Otro le sirvió vino. Les indicó que esperaran en la puerta.
—¿Dónde está Lex? —preguntó Lena.
—Tu hermano está a salvo.
Lena cerró los ojos y combatió la oleada de emoción. Lo había creído muerto en el accidente que supuestamente se llevó la vida de su tía, pero había tratado con sus emociones, tal como venían. Habían pasado años desde la última vez que vio a su hermano. ¿Por qué, entonces, le parecía que tuviera un significado tan poderoso el hecho de que él viviera? Ni siquiera podía definir qué emociones estaba sintiendo. Se obligó a abrir los ojos. Lady Edwina la estaba observando, sosteniendo un vaso de cristalino vino blanco entre los dedos.
—Lo sospechaste —dijo Edwina—. Sospechaste todo el tiempo que no estaba muerta. Por eso reconociste la descripción que esos rufianes pudieron hacer. He cambiado mi estilo de vestir y mi corte de pelo.
—No deberías haber enviado a tu mayordomo a intentar asesinarme —dijo Lena—. Llevaba demasiado tiempo al servicio de la familia, y se mostró demasiado dispuesto a matarme, para haber sido contratado por los desvanecedores con tan poco margen. Eso significaba que trabajaba para alguien más, y llevaba haciéndolo algún tiempo. La respuesta más sencilla era que seguía trabajando para la persona a quien había servido durante años.
—Ah. Claro, se suponía que no sabrías que él causó la explosión.
—Se suponía que no debía sobrevivir, quieres decir.
Lady Ladrian se encogió de hombros.
—¿Por qué? —preguntó Lena, inclinándose hacia delante—. ¿Por qué hacerme volver, solo para mandarme matar? ¿Por qué no hacer que otro se quedara con el título de la casa?
—Hinston iba a quedárselo —dijo lady Ladrian, untando de mantequilla un panecillo—. Su enfermedad fue… desafortunada. Los planes estaban ya en marcha. No tuve tiempo de buscar otras opciones. Además, esperaba (obviamente, sin fundamento) que hubieras superado tu hipertrofiado sentimiento infantil de moralidad. Esperaba que fueras útil.
«Herrumbre y Ruina, odio a esta mujer», pensó Lena, recordando su infancia. Se había marchado a los Áridos, en parte, por escapar a aquella voz condescendiente.
—He venido a por las otras cuatro mujeres secuestradas —dijo Lena.
Lady Ladrian tomó un sorbo de vino.
—¿Crees que voy a renunciar a ellas, así sin más?
—Sí. De lo contrario, te desenmascararé.
—¡Adelante! —Lady Ladrian parecía divertida—. Algunos te creerán. Otros creerán que estás loca. Ninguna reacción nos detendrá a mis colegas y a mí.
—Porque ya habéis sido derrotados —dijo Lena.
Lady Ladrian casi se atragantó con su panecillo. Se echó a reír y lo depositó sobre la mesa.
—¿De verdad es eso lo que piensas?
—Los desvanecedores han desaparecido… —dijo Lena—. Mientras hablamos, están ejecutando a Jimmy, y sé que lo estabas financiando. Capturamos el material que estabais robando, así que no has ganado nada ahí. Obviamente no tenías muchos fondos ya de entrada. De lo contrario, no habrías necesitado a Jimmy y su equipo para que hicieran los robos.
—Te aseguro, Lena, que somos bastante solventes. Gracias. Y no encontrarás ninguna prueba de que mis asociados o yo tengamos nada que ver con los robos. Le alquilamos ese sitio a Jimmy, pero ¿cómo podíamos saber qué pretendía? ¡Armonía! Era un vigilante respetado.
—Os llevasteis a las mujeres.
—No hay ninguna prueba de eso. Solo especulación por tu parte. Unos cuantos desvanecedores jurarán sobre sus tumbas que Jimmy violó y mató a las mujeres. Sé con seguridad que uno de esos desvanecedores sobrevivió. Aunque sigo sintiendo curiosidad por averiguar cómo me has encontrado aquí, en este tren concreto.
Lena no respondió a esa pregunta.
—Sé que estás arruinada —dijo en cambio—. Di lo que quieras, lo entiendo. Entrégame a las mujeres y a mi hermana. Les recomendaré a los jueces que sean indulgentes. Sí, financiaste a un grupo de ladrones como medio de inversión de alto riesgo. Pero les dijiste de manera explícita que no le hicieran daño a nadie, y no fuiste tú quien apretó el gatillo y mató a Peterus. Sospecho que te librarás de la ejecución.
—Asumes demasiadas cosas, Lena —dijo lady Ladrian. Buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un periódico doblado y un fino libro de citas de cuero negro. Los colocó sobre la mesa, el periódico encima—. ¿Financiar a un grupo de ladrones como medio de inversión de alto riesgo? ¿De verdad crees que iba de eso?
—De eso y de secuestrar a las mujeres —dijo Lena—. Presumiblemente como medio para extorsionar a sus familias.
Esa última parte era mentira. Lena no creía ni por un momento que se tratara de extorsión. Su tía estaba planeando algo, y tenía en cuenta los linajes familiares de esas mujeres. Sospechaba que Alex tenía razón. Era por la alomancia. Tal vez Ladrian estaba vendiendo las mujeres a otra persona.
«Y es mucho esperar».
Ladrian señaló el periódico. El titular informaba de la noticia que corría de boca en boca por toda la ciudad. La Casa Tekiel estaba al borde del colapso. Habían tenido demasiada mala publicidad con el robo de la semana pasada, aunque se había recuperado el cargamento. Eso, mezclado con otros serios problemas financieros…
Otros serios problemas financieros.
Lena escrutó el periódico. El negocio principal de la Casa Tekiel era la seguridad. Los seguros. «¡Herrumbre y Ruina!», pensó, haciendo la conexión.
—Una serie de ataques estudiados —dijo Ladrian, inclinándose hacia delante, satisfecha consigo misma—. La Casa Tekiel está condenada. Deben pagos por demasiadas pérdidas importantes. Estos ataques, y las reclamaciones de seguros, los han devastado a ellos y a su integridad financiera. Los accionistas están vendiendo sus acciones por peniques. Dices que mis finanzas son débiles. Es solo porque las he dedicado a una tarea específica. ¿Te has preguntado ya por qué nuestra casa está arruinada?
—Te lo llevaste todo —dedujo Lena—. Desviaste las financias de la casa para… algo. En alguna parte.
—Acabamos de apoderarnos de una de las instituciones financieras más poderosas de la ciudad —dijo Ladrian—. Los materiales robados están siendo devueltos, y por eso hemos asumido las deudas de Tekiel comprándolos, y las reclamaciones por los bienes perdidos pronto serán anuladas. Siempre esperé que Jimmy fuera capturado. Este plan no habría funcionado sin ti.
Lena cerró los ojos, sintiendo una amenaza. «He estado persiguiendo gallinas todo el tiempo —advirtió—. Mientras alguien robaba los caballos». No era un asunto de robos, ni siquiera de secuestros. Era un fraude de seguros.
—Necesitábamos solo la desaparición temporal de los bienes —dijo Edwina—. Y todo ha salido a la perfección. Gracias.
Las balas desgarraron el cuerpo de Jimmy. Alex observaba, conteniendo la respiración, obligándose a no temblar. Era hora de dejar de ser una niña. Le dispararon otra vez. Con los ojos abiertos, los nervios tensos, ella pudo ver con horror cómo las heridas empezaban a sanar. Debería haber sido imposible. Lo habían registrado a conciencia en busca de mentes de metal. Sin embargo, los agujeros de bala se cerraban, y su sonrisa aumentó, los ojos desencajados.
—¡Sois idiotas! —le gritó Jimmy al pelotón de fusilamiento—. Un día, los hombres de dorado y rojo, portadores del último metal, vendrán a por vosotros. Y seréis gobernados por ellos.
Dispararon de nuevo. Más balas atravesaron a Jimmy. Las heridas se cerraron de nuevo, pero no del todo. No tenía suficiente poder de curación en la última mente de metal que había logrado ocultar. Alex notó que se estremecía cuando una cuarta descarga asaltó su cuerpo, provocándole espasmos.
—Adorad —dijo Jimmy, la voz más débil, la boca escupiendo sangre—. Adorad a Trell y esperad…
La quinta andanada de balas lo alcanzó, y esta vez ninguna de las heridas sanó. Jimmy se quedó flácido en sus ataduras, los ojos abiertos y sin vida, mirando al suelo ante él. Los alguaciles parecían enormemente perturbados. Uno de ellos corrió a comprobarle el pulso. Alex se estremeció. Hasta el final, parecía que Jimmy no aceptaba la muerte. Pero estaba muerto ahora. Los hacedores de sangre como él podían sanar repetidas veces, pero si alguna vez dejaban de sanar, si dejaban que sus heridas los consumieran, morían como cualquier persona. Solo para asegurarse, el alguacil más cercano alzó una pistola y le disparó tres veces en la cabeza. Esto fue tan espantoso que Alex tuvo que desviar la mirada.
Estaba hecho. Jimmy Cienvidas estaba muerto.
Sin embargo, cuando Alex se dio la vuelta, vio una figura que observaba desde las sombras de abajo, ignorada por los alguaciles. Se dio la vuelta, la túnica negra ondulando, y se marchó por una puerta que conducía al callejón.
—No es solo por el seguro —dijo Lena, mirando a Edwina a los ojos—. Os llevasteis a las mujeres.
Edwina Ladrian no dijo nada.
—Voy a detenerte, tía —dijo Lena suavemente—. No sé qué vas a hacer con esas mujeres, pero voy a encontrar un modo de impedirlo.
—Oh, por favor, Lena. Tu santurronería ya era suficiente pesada cuando eras joven. Tu herencia solo tendría que hacerte mejor que eso.
—¿Mi herencia?
—Eres de linaje noble —dijo Ladrian—. Se remonta directamente al Consejero de los Dioses. Eres nacidoble y una poderosa alomántica. Con gran pesar ordené tu muerte, y lo hice solo por presiones de mis colegas. Sospechaba, incluso esperaba, que sobrevivieras. Este mundo te necesita. Nos necesita.
—Hablas como Jimmy —dijo Lena, sorprendida.
—No. Él hablaba como yo. —Se puso el pañuelo en el cuello, y empezó a comer—. Pero no estás preparada. Me encargaré de que te envíen la información adecuada. Por ahora, puedes retirarte y considerar lo que te he dicho.
—No lo creo —dijo Lena, buscando una pistola en su chaqueta.
Ladrian alzó la mirada con expresión dolida. Lena oyó el sonido de las armas al ser amartilladas, y miró al lado, donde varios jóvenes vestidos de negro esperaban en el pasillo. Ninguno llevaba metal en sus cuerpos.
—Tengo casi veinte alománticos en este tren, Lena —dijo Edwina, la voz fría—. Y tú estás herida y apenas puedes caminar. No tienes ni una sola prueba contra mí. ¿Estás segura de que esto es una pelea que quieras comenzar?
Lena vaciló. Entonces gruñó y extendió una mano vacía para barrer la comida de la mesa de su tía. Los platos y la comida se derramaron por el suelo con estrépito mientras Lena se inclinaba hacia delante, enfurecida.
—Algún día te mataré, tía.
Edwina se echó hacia atrás, sin hacer caso de la amenaza.
—Llevadla a la parte trasera del tren. Arrojadla. Buenos días, Lena.
Lena trató de alcanzar a su tía, pero los hombres entraron velozmente y la agarraron y se la llevaron. El costado y la pierna le ardieron de dolor por el tratamiento. Edwina tenía razón en una cosa. Este no era el día para luchar.
Pero ese día llegaría.
Lena dejó que la arrastraran por el pasillo. Abrieron la puerta del fondo del tren y la arrojaron a las vías que corrían debajo de ellos. Lena se detuvo con alomancia, como sin duda esperaban que hiciera, y aterrizó para ver cómo el tren se perdía a lo lejos.
Alex salió corriendo al callejón que estaba junto al edificio de la comisaría. Sentía algo agitarse en su interior, una poderosa curiosidad que no podía describir. Tenía que averiguar quién era esa figura.
Pudo atisbar el reborde de una túnica oscura que desaparecía al doblar una esquina. Corrió detrás, sujetando con fuerza su bolso y buscando en su interior el pequeño revólver que le había dado Lena.
«¿Qué estoy haciendo? —pensó una parte de su mente—. ¿Meterme sola en un callejón?». No era algo particularmente sensato. Pero sentía que tenía que hacerlo.
Corrió una corta distancia. ¿Había perdido a la figura? Se detuvo en un cruce, donde un callejón aún más pequeño se desviaba del primero. La curiosidad era casi insoportable.
De pie en la entrada del callejón, esperándola, había una mujer alta vestida con una túnica negra. Ella jadeó y dio un paso atrás. La mujer tenía más de metro ochenta de altura y la túnica que lo envolvía le daba un aspecto ominoso. Alzó sus manos pálidas y se quitó la capucha, revelando una cabeza afeitada y un rostro tatuado en torno a los ojos con una retorcida pauta. Clavados en esos ojos, de punta, había lo que parecían ser un par de gruesos clavos de ferrocarril. Una de las cuencas estaba deformada, como si hubiera sido aplastada. Las cicatrices aplastadas y cerradas hacía tiempo y los bultos óseos bajo la piel deformaban los tatuajes. Alex conocía a esa criatura de la mitología, pero verla la dejó fría, aterrorizada.
—Ojos de Hierro —susurró.
—Pido disculpas por atraerte así —dijo Ojos de Hierro. Tenía una voz suave, sepulcral.
—¿Así? —preguntó ella, y su voz sonó como un graznido.
—Con alomancia emocional. A veces tiro demasiado fuerte. Nunca he sido tan bueno con estas cosas como lo era Harper. Tranquilízate, muchacha. No te haré daño.
Ella experimentó una calma instantánea, aunque le pareció terriblemente antinatural, y por eso se sintió aún peor. Calmada, pero asqueada. Nadie debería estar tranquilo cuando hablaba con la misma Muerte.
—Tu amiga ha descubierto algo muy peligroso —dijo Ojos de Hierro.
—¿Y deseas que se detenga?
—¿Que se detenga? En absoluto. Deseo que esté informada. Armonía tiene ideas concretas sobre cómo deben hacerse las cosas. Yo no estoy siempre de acuerdo con él. Extrañamente, sus creencias concretas requieren que permita eso.
Ojos de Hierro buscó en los pliegues de su túnica y sacó un libro pequeño.
—Toma. Aquí hay información. Guárdalo con cuidado. Puedes leerlo, si quieres, pero entrégaselo a lady Lena de mi parte.
Ella cogió el libro.
—Perdona —dijo, tratando de combatir el aturdimiento que ella le había provocado. ¿Estaba hablando de verdad con una figura mitológica? ¿Se estaba volviendo loca? Apenas podía pensar—. Pero ¿por qué no se lo entregas tú misma?
Ojos de Hierro respondió con una tensa sonrisa, mientras la miraba con las cabezas de aquellos clavos plateados.
—Tengo la impresión de que intentaría pegarme un tiro. No le gustan las preguntas sin respuesta, pero hace el trabajo de mi hermana, y eso es algo que suelo animar. Buenos días, lady Alex Colms.
Ojos de Hierro se dio media vuelta, la capa crujiendo, y se perdió por el callejón. Se puso la capucha y se elevó por los aires, impulsada por la alomancia por encima de los edificios cercanos. Desapareció de la vista. Alex agarró el libro y luego se lo guardó en el bolso, temblando.
Lena aterrizó en la estación de tren, posándose lo más suavemente que pudo tras su vuelo alomántico por las vías. Aterrizar le lastimó la pierna.
Sara estaba sentada en el andén, los pies sobre un barril, fumando su pipa. Todavía llevaba un brazo en cabestrillo. No podía curarlo rápidamente: no le quedaba salud almacenada. Tratar de almacenar un poco ahora haría que sanara más despacio durante ese proceso, y luego sanar más rápido cuando decantara su mente de metal, lo comido por lo servido. Sara leía una novelita que había cogido del bolsillo de alguien en el viaje en tren. Había dejado una bala de aluminio en su lugar, que valía fácilmente cien veces el precio del libro. Irónicamente, la persona que la encontrara probablemente la tiraría, sin advertir su valor.
«Tengo que hablar con ella otra vez de ese tema —pensó Lena, caminando hacia el andén—. Pero hoy no».
Hoy tenían otras preocupaciones. Lena se reunió con su amiga, pero continuó mirando hacia el sur. Hacia la ciudad, y su tía.
—Es un libro bastante bueno —dijo Sara, pasando una página—. Deberías leerlo. Trata de conejos. Hablan. Lo más genial del mundo.
Lena no respondió.
—Y bien, ¿era tu tía? —preguntó Sara.
—Sí.
—Mierda. Te debo cinco, entonces.
—La apuesta era de veinte.
—Sí, pero tú me debes quince.
—¿Ah, sí?
—Claro, por esa apuesta que hice de que acabarías ayudándome con los desvanecedores.
Lena frunció el ceño y miró a su amiga.
—No recuerdo esa apuesta.
—No estabas cuando la hicimos.
—¿Yo no estaba?
—No.
—Sara, no puedes hacer apuestas con la gente cuando no está presente.
—Puedo —dijo Sara, guardándose el libro en el bolsillo y poniéndose en pie—, si deberían haber estado allí. Y tú deberías haber estado, Lena.
—Yo…
¿Cómo responder a eso?
—Lo estaré. A partir de ahora.
Sara asintió, se puso a su lado y miró hacia Elendel. La ciudad se alzaba en la distancia, los dos rascacielos en competencia alzándose a cada lado, los más pequeños creciendo como cristales desde el centro de la metrópolis en expansión.
—¿Sabes? —dijo Sara—. Siempre me pregunté cómo sería venir aquí, conocer la civilización y todo eso. No me daba cuenta.
—¿Cuenta de qué? —preguntó Lena.
—De que esta es realmente la parte dura del mundo —dijo Sara—. De que lo teníamos fácil, más allá de las montañas.
Lena asintió.
—Puedes ser muy sabia en ocasiones, Sara.
—Es porque le doy vueltas al coco, socia —dijo Sara, dándose un golpecito en la cabeza y cargando su acento—. Es lo que hago con mi cerebro. A veces, al menos.
—¿Y el resto del tiempo?
—El resto del tiempo no pienso mucho. Porque si lo hiciera, me volvería corriendo adonde las cosas son sencillas. ¿Comprendes?
—Comprendo. Y tenemos que quedarnos, Sara. Tengo trabajo que hacer aquí.
—Entonces nos encargaremos de hacerlo. Como siempre.
Lena asintió, se metió la mano en la manga y sacó un fino librito negro.
—¿Qué es eso? —preguntó Sara, cogiéndolo, curiosa.
—El libro de bolsillo de mi tía —respondió Lena—. Lleno de citas y notas.
Sara silbó suavemente.
—¿Cómo lo cogiste? ¿Un golpe con el hombro?
—Barriendo la mesa —dijo Lena.
—Bien. Me alegro de haberte enseñado algo útil durante nuestros años juntas. ¿Por qué lo cambiaste?
—Una amenaza —dijo Lena, mirando de nuevo hacia Elendel—. Y una promesa.
Se encargaría de poner fin a este asunto. El honor de los Áridos. Cuando uno de los tuyos lo hace mal, tu trabajo es limpiar el desorden.
Hasta aquí el comienzo de la 2º Era, cuarta parte de la saga. ¿Os ha gustado? Podéis leer más en la siguiente parte Sombras de identidad
