Y tú dijiste adiós primero.
Llegaste a casa aquella tarde, venías del trabajo caminando bajo el sol. Ahora puedo entender la montaña de sentimientos que traías contigo cuando llamaste a la puerta. Yo jugaba con nuestro perro, aquel tierno y a la vez feroz animal que con solo verte mueve la colita de un lado hacia el otro.
Me levanté para abrir y te saludé extrañada de verte a esa hora de la tarde, pero también estaba feliz de saberte ahí porque tenías una semana que no venías a visitarme, nos mandábamos mensajes y hablábamos, pero eso era todo, últimamente el trabajo te tenía enjaulado.
No lo noté de inmediato, pero lo supe después, y creo saber que cuando intenté saludarte con un beso tú no respondiste igual, y algo en mí lo supo, lo supo, aunque tú no decías nada. Solo veía tu cara y podía sentir como algo recorría mi cuerpo, era el nervio de saber que algo estaba por pasar.
-¿Recuerdas que te dije que estaba harto de todo?-
-Sí- contesté algo vacilante.
Hacía una semana más o menos había llegado a su casa, haríamos lo mismo de todos los días; jugar con el perro y quizás cenar. Pero en aquella ocasión algo fue diferente, te subiste al carro y quisiste manejar, yo no te dejé porque normalmente hacías eso cuando le echabas combustible al carro y en esta ocasión no te tocaba. Insististe tanto pero igual no te dejé, en cuanto te sentaste me dijiste que te sentías mal y de inmediato agregaste que no era nada de salud, que solo estabas harto de todo, del trabajo, de la vida. Me preocupé e intenté saber más pero no dijiste mucho, en mi cabeza comencé a hacerme un mundo de ideas como usualmente hago, luego me pediste ir con mi abuela y esa visita fue todo menos lo esperado. De regreso a casa te mandé un mensaje diciéndote que si querías pausar algo lo haríamos, yo me refería a nuestra relación y también agregué que te apoyaría siempre.
Pero no me contestaste.
Quiero agregar que esa noche no dormí mucho y lloré la mayor parte porque yo me hacía una vida contigo. Al siguiente día te llamé y me dijiste que todo estaba bien, que ya tenías la pila al cien, pero no lo creí, tu voz no sonaba así, y lo dejé pasar.
Los siguientes días fueron un caos, no me escribías y yo seguía creyendo que estabas en un mundo de trabajo, que eran tantas tus responsabilidades que no tenías tiempo para mí, y nuevamente lo dejé pasar. Así pasaron los días hasta que llegaste a mi casa.
-No me siento bien, me siento tan harto de todo, me quiero ir, pediré permiso en mi trabajo y me iré con Neal-
-¿Okei?- seguía respondiendo vacilantemente
-Y antes de que te engañe yo…-
-¿Quieres terminar?- me adelanté a lo que querías decir, pero ahora que ya han pasado días me hubiera gusta no hacerlo, quizás tenías algo más que agregar.
La mirada en tu rostro me mató, era una cara de total agobio, y mi cuerpo no coordinaba lo que estaba sucediendo, te sugerí que entráramos en casa pero no quisiste, así que estuvimos en la acera sentados mirando el atardecer mientras nuestros miedos e inseguridades salían a flote.
No entiendo por qué no peleé, por qué no puse más resistencia a lo que decías, simplemente te fui dando la razón y dejando que tú llevaras el hilo de nuestra conversación. Hablaste de todos los años que habíamos estado juntos, de todas las cosas que no habíamos hecho a pesar de haber estado en un noviazgo de 15 años, de cómo la monotonía nos había envuelto incluso cuando menos lo habíamos pensado.
Y fue como si algo se apoderara de mí, porque me sinceré y te dije que hacía unos meses había experimentado como una revelación al sentir que ya nuestra relación no era la misma, ya no había tantos besos, las caricias y nuestros cuerpos se encontraban, pero no había nada más, y aunque quedaba satisfecha siempre parecía haber una pared después de.
Tú también te sinceraste al decirme que me pedías hijos porque sentías que faltaba algo, y que pedías que nos fuéramos a otro lado porque también buscabas nuevos horizontes, pero como siempre yo te anclé. Estuvimos de acuerdo que de haber tenido un hijo habríamos sido demasiado infelices con el tiempo.
Debo confesar que no fue fácil, nuestra plática parecía fluir aun en nuestro rompimiento, nos pusimos de acuerdo con lo que sería el cuidado de nuestra fiel mascota, y así también hablamos sobre lo que diríamos a nuestras familias. Intentabas consolarme, pero el consuelo no llegaba y aunque era increíble, yo no lloraba como me imaginaba.
-¿No quieres darme una cachetada?- fue lo que dijiste momentos después, ahora entiendo por qué.
-No, la verdad es que no. No me hiciste nada malo, no tengo ganas, quizás las tendría de haber pasado algo- tú solo agachaste la cabeza y yo miré al cielo deseando que esto no fuera cierto.
-No metas a ningún tipo de mala muerte a tu casa, conócelo bien. Conoce gente, Candy. No puedes seguir viviendo la vida que vives; dormir a las 10 no es vida. Has feo, emborráchate, sal, conoce gente, no te encierres-
-¿Por qué me dices todo eso, Albert?
-Porque te conozco, necesitas salir, conocer a alguien. No te puedes encerrar en esta casa siempre, debes de salir. Es un consejo que te doy como amigo.
-Yo así soy feliz-
-Debes ser fuerte, no vayas a caer en depresión-
-¿Qué? ¡Claro que no!
-Imagina que estoy muerto, eso lo hará más fácil-
-¿Estás loco? Claro que no.
-Tú eres bonita, buena persona…
-¿Esto qué, Albert? Ahorita está demás tu comentario
-Ambos sabemos que de los dos, tú eres la más débil, y quiero que sepas que siempre estaré ahí para ti-
Nos pusimos de pie, quizás el peso de los hombros había disminuido, y en ese momento no me sentía mal. Qué tonta fui al pensar eso, no sabía lo que vendría después.
Nos abrazamos y lloré un poco, me diste un beso en la frente, un beso que ahora se siente lejano, se siente traidor, se siente … de otra persona.
-Cuídate y sé feliz- fue lo último que te escuché decir de viva voz, ni siquiera pude contestar pues la garganta la tenía cerrada por el llanto.
Después de eso viví 4 días en el infierno, y hoy he visto tu foto con alguien más.
