Capítulo 3: La soledad y los recuerdos de Anna
Sabía que aquel sentimiento de soledad que tanto tiempo su corazón deseó eliminar, ya no existía. Estaba segura, ya que a partir de ahora no estaría sola. Un sentimiento cálido recorría sus venas; la necesidad de proteger y de amar florecían de manera natural. Haciéndose a la idea que tal vez esta pequeña felicidad no duraría para siempre, la joven de cabellos dorados tomó en sus manos un chaquetón para abrigar su gélida espalda y con sus manos, jaló lentamente la puerta corredera para salir al jardín fuera de su habitación.
Con quietud y dejando escapar un pequeño suspiro, Anna se sentó en el engawa para contemplar el último aliento de invierno que quedaba. Izumo sin duda era mucho más cálido que Shimokita, en todo sentido.
Sabía que ser la futura esposa Asakura era toda una responsabilidad, pero lo que se vendría ahora sería mucho más que solo una simple tarea dentro del quehacer como futura señora. Las miradas se posaban en ella, pero poco importaba. La criatura que en este momento crecía en su vientre sería su mayor orgullo y daría todo de ella para que nunca sintiera la soledad.
Con la mirada perdida y mientras buscaba a través de las grises nubes alguna señal de los rayos de sol, escuchó a lo lejos la voz de su prometido anunciando su llegada a la casa Asakura. La joven itako frotó sus manos tratando de alejar el frío de ellas y acercó su cuerpo al gran hanten que con frecuencia el sucesor utilizaba.
- "Tal vez…sí podremos ver caer nieve antes que nazcas…"- susurró la sacerdotisa.
Alarmado al ver a Anna sentada fuera, Yoh se acercó con paso seguro. Sabía que cuando Anna no se encontraba bajo el kotatsu viendo su programa de televisión favorito, era porque algo le preocupaba.
- Anna, ¿qué haces acá fuera? ¡Hace mucho frío! - comentó mientras frotaba los brazos contra su cuerpo para brindarse un poco de calor.
- Si no te hubieras demorado tanto, tendría menos frío Yoh.
- Hihihi, lo siento. Espera un poco.
Los pasos del Asakura se dirigieron hacia la habitación en busca de algo. Abriendo y cerrando cajones finalmente dio con ella, una vieja manta para proteger a ambos del inclemente clima. Sin hacer ruido, se sentó al lado de ella estirando el cobertor de tonos anaranjados, que sin duda llevaba años guardado sin uso alguno. Sin embargo, a la joven itako no le molestó, es más, ante la amabilidad de su prometido una leve sonrisa se pronunció.
Para ambos el silencio no era sinónimo de incomodidad, ya que no era necesario entretener al otro con absurdas conversaciones, todo lo contrario, solo con su compañía bastaba. Tras finalizar el torneo de chamanes, la resurrección de todos y la futura misión que ellos mismos se habían impuesto para frenar el deseo de Hao, Kino insistió en que ambos jóvenes pasaran unas semanas con ellos, ya que los primeros meses de embarazo eran los más delicados. Anna recibió la invitación a gusto, sin embargo, para Yoh aceptarla no fue del todo fácil. Obtusamente no deseaba hacerlo ya que no encontraba que fuera tan necesario dejar la residencia para volver a su primer hogar, pero no tuvo más opción que aceptar. En esa tarde en que se despidió de sus amigos tras una semana de haber llegado a Japón, ambos partieron a Izumo en el primer tren de la mañana, dejando a Amidamaru a cargo del lugar.
El joven chamán sujetó una bolsa de mandarinas que compró al acompañar al viejo Yohmei a un trabajo de exorcismo. El futuro laboral debía continuar a pesar de todo lo que había ocurrido y era una de las razones del por qué deseaba quedarse en las colinas Funbari, poder descansar a su manera fuera de la presión familiar. Sin embargo, Izumo se había convertido en su hogar temporal y poco a poco la rutina volvía a entregarles esa inusual paz que como familia tanto buscaban alcanzar. Fijando su mirada en la fruta, comenzó a pelarlas con suavidad mientras tarareaba una suave melodía.
- ¿Crees…que le guste Bob? - Yoh acercó una de las mandarinas a Anna, quien la recibió con ganas.
- Si es mi hijo, no creo que una de sus preferencias sea escuchar a un hombre mayor con ropa ajustada.
- Tienes razón- sonrío bajo el castaño.
- Aunque…quién sabe. Será un ser totalmente diferente a nosotros y es lo que más me entusiasma de él.
- Hahaha, mientras no saqué tu carac…- antes de poder terminar la frase Yoh silenció sus labios- perdón – mencionó el castaño alejándose unos centímetros de Anna.
- Yo también lo espero. No deseo que se parezca a mí, en nada…- precisó la rubia, mirando fijamente a su compañero, queriendo expresar más de lo que las palabras pudieran abarcar.
- Ah…ya veo. Por eso estabas acá fuera. Eso era lo que te preocupaba- mencionó el castaño dándole una gran sonrisa a su prometida.
- Hay una parte de mi historia que siempre quise olvidar y Kino sensei me pidió que la guardara en lo más profundo de mi corazón. Pero, desde que llegamos a Izumo no me he podido alejar de esos recuerdos.
Finalmente, Anna tenía tiempo de pensar en ella, en ellos y en quién crecía en su vientre. Yoh sabía mejor que nadie sobre la bondad oculta que la joven profesaba, con pequeños detalles y sobretodo, posponiendo sus preocupaciones ante desafíos mayores.
Yoh se levantó del lado de Anna y volvió a ingresar a la habitación. Era un lugar amplio, con un tatami desgastado, una mesita en el centro y una televisión que la itako pidió sacar de la sala para estar más cómoda viendo sus novelas. Al rato, el joven regresó y compartió una taza de té a su prometida.
- Si quieres sacarlo, háblalo conmigo, Anna- Yoh sonrío- Soy todo oídos.
Anna lo observó dudando ¿era correcto en estos momentos revelar una triste historia de una muchacha abandonada solo por egoísmo? Había temas en la mesa mucho más importantes por abordar, sobre su futuro hijo y sobre cómo abarcarían su próximo desafío.
- Vamos, no dudes. Todo estará bien – confió el muchacho mientras juntaba sus dedos con los de ella. Como respuesta, la joven itako, le brindó una sonrisa ladina.
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(Flashback)
Shimokita, Aomori.
Sentada en una de las esquinas de la habitación y escondida tras las cajas de madera que adornaban nuestro pequeño hogar, así pasaba los días desde que tengo memoria. Poco recuerdo de ese lugar: algunas ventanas rotas que permitían la entrada del frío aire invernal, un suelo mohoso y la pequeña esquina que me brindaba felicidad. Desde allí me escondía a observarla. Su tez blanca se dejaba ver cada vez que madre recogía su cabello a un costado. Sin duda era hermosa. Consideraba sus manos mágicas cada vez que, con cuidado, reparaba los finos trajes y kimonos de las señoras. Me asombraba con cada movimiento al zurcir con gracia las coloridas prendas, enmarcadas por dorados hilos como el oro. Deslumbraba por su arte, sin embargo, en muchas ocasiones el vacío del estómago me jugaba malas pasadas y generalmente me descubría espiándola. Era lo que más le molestaba de mí, el ruido o mejor dicho, mi existencia.
-¡Te he dicho que no te escondas allí! ¿Sabes lo costosa que son las prendas que tengo guardadas acá? Miserable niña – recuerdo sus manos fuertes sosteniendo mis muñecas, el único tipo de contacto que existía entre nosotras. Sin poder dar réplica a sus palabras, por miedo o por no saber hablar, me alejaba mientras la observaba volver a su trabajo.
Cada día pesaba más que el anterior, pero ¿qué sabría del mundo una niña de 4 años?, solo que el silencio era el mejor escape ante un mundo de adultos que, en ese entonces, nunca podría entender ni del que tampoco quería pertenecer. Madre me tenía prohibido salir de esa vieja habitación, escondida de la luz y de la gente, porque sabía lo que era mejor para mí o al menos eso creía.
El reishi siempre estuvo acá y leer el pesar del corazón de madre era lo que más dolía. Sus palabras desalentadoras, saber de su dolor, sus preocupaciones y lo peor, saber que la causante de todas ellas era simplemente yo. Tal vez nunca me nombró porque no se quería encariñar. Sin embargo, madre nunca fue mi problema, el verdadero problema era él.
Durante las noches, madre me encerraba en una de las habitaciones que contaba con una pequeña ventana, donde en ocasiones me perdía en la oscuridad de la noche y disfrutaba ver titilar las luces de la angosta calle, todo según ella "para que no lo molestara". Sin verlo podría saber con claridad cada vez que ese hombre llegaba a casa, y es que sus pisadas eran imposibles de olvidar: pesadas e hirientes.
-¡Dime! ¿Dónde escondiste el dinero? - discurseaba todos los días, reclamando que madre le entregara las pocas monedas que lograba juntar para conseguir algo de comer, el mayor lujo que nos podíamos permitir.
Por un pequeño orificio de la puerta observaba como cada noche madre se colgaba de sus piernas suplicando entre lágrimas que se fuera y no volviera, pero un golpe la silenciaba. Madre me tenía prohibido escuchar porque ella mejor que nadie, sabía qué podría suceder si no lo lograba controlarme. Para tranquilizar a los demonios que habitaban en mí, me enseñó a concentrar mis pensamientos solo en los dobladuras del papel. Ya había perdido la cuenta de cuántas grullas de papel adornaban la habitación. Amontonadas en las esquinas, algunas colgando de la oscura pared y otras, totalmente destruidas en momentos de rabia y soledad.
-Ya me tienen harto, lo mejor será vender a esa mocosa y deshacernos de ella- no era la primera vez que lo escuchaba decir eso, sin embargo, él nunca se atrevía a abrir las puertas. Solo gustaba de jugar con la mente de madre, quien en un impulso protector bloqueaba su paso y se aferraba con más fuerza a la cintura del hombre para detenerlo, mientras él le brindaba golpes para zafarse. Sin comprenderlo hasta ahora, para mí aquel gesto era el mayor ejemplo de amor que me podía demostrar. Desde ese momento, tal vez entendí lo aterrador que podía ser el amor. Cuando dejamos que alguien llegue a nuestro corazón, le permitimos que lo destruya y sabes que no lo dejarás ir tan fácilmente, porque te importa. Como deseaba odiarla, que se alejara de mi, que me abandonara, pero no. Ella seguía allí, todos los días zurciendo, alimentándome y protegiéndome.
Sin embargo, ese día todo cambiaría, cuando escuché un golpe vacío retumbar en el suelo y tras él, silencio. Con temor al no escuchar los pensamientos de madre, solo un ruidoso y quejumbroso pesar desquiciado proveniente del corazón de él, abrí con fuerza la puerta de la habitación y allí estaba. Con una mano jalaba su cabello y con la otra se aferraba al cuello de madre. Fue en ese instante la primera vez que lo sentí, la tormenta de demonios saliendo de mí.
Como una explosión vociferante, cientos de pequeñas criaturas tomaron forma y empujaron con una fuerza desgarradora al hombre golpeándolo contra el muro de la habitación principal. Sorprendida por lo que había ocurrido y mientras veía cómo los onis escapaban del lugar rompiendo ventanas y puertas, di cuenta que con la explosión madre también había salido lastimada. Ella nunca los pudo ver, solo observaba lo que causaban y para mí era mucho mejor ¿cómo explicarle?
Temblando y con la poca energía que me quedaba, me acerqué a ella y sus pensamientos volvieron a mí "Ahora todo tiene sentido, todo fue culpa mía…desde un principio, el que seas así…"- la escuché susurrar de rodillas. Lentamente se levantó del suelo sosteniendo su cabeza y tratando de equilibrar su cuerpo, me tomó de los hombros y teñida con un tono carmesí sus ropas, me entregó una sonrisa de alivio y satisfacción. No podía engañarme. Sabía que ya había tomado una decisión y sería nuestra despedida.
- ¿Quieres irte de viaje conmigo? - preguntó. Así, en medio de la fría noche invernal, rodeada de suaves copos de nieve, por primera vez pude sentir la calidez de su mano. Mientras me sostenía y caminábamos juntas, llegamos donde un viejo señor quien nos estaba esperando con una destartalada camioneta. Noté como madre le entregada unas monedas y, sin darme cuenta, una vez dentro del automóvil, volví a cerrar mis ojos para, por primera vez, permitirme sentir ese tipo de felicidad.
No supe cuántas horas habían transcurrido, pero al despertar me encontraba sola, sin rastro alguno de madre. Gracias al Reishi, ya sabía que me abandonaría. Como si fueran gotas de fuego, la nieve se apegaba a mi viejo y blanco kimono quemándome. A pesar de que sabía que ocurriría desde que me subí a esa camioneta, extrañamente una triste risa salió de lo más profundo de mí. Continúe mi camino soportando el fuerte olor a azufre y observando a lo lejos un amplio lago de tonos azulados extraños. En ello, el palmoteo de los molinillos de viento y sus vibrantes colores, junto a recuerdos de niños perdidos y ofrendas, me dieron la bienvenida y se sentía como estar en casa. El mismo sentimiento de melancolía y soledad me atraían hacia el rencor que por tanto tiempo había guardado y a mi alrededor, se formaron ánimas de tonos fríos como el hielo. No sé cuantas horas caminé ni a quién buscaba, hasta que entre la neblina matutina divisé un puente rojo y me quedé allí, esperando, esperando…esperando…hasta que llegó la mañana.
-Vaya, pero qué tenemos acá – escuché junto al golpeteo de un bastón cerca de mí. Apenas podía sostener mi propio peso al notar que la cantidad de demonios habían aumentado a mi alrededor – Así que tu fuiste la causante del desastre en Shimokita…
Arisca me alejé de la señora e impulsivamente uno de mis onis fue contra ella, deseando su muerte para continuar en mi propia soledad, sin embargo, en cosa de segundos fue destruido y pude verlo con claridad. Que, en ella, tal vez, tendría otra oportunidad, así mis ojos se iluminaron de inmediato.
-Dime ¿cómo te llamas? – preguntó la anciana quien, sin recibir respuesta, pero entendiendo todo, respiró tranquila- Así que alguien con tan excepcional poder fue abandonado. Lamentablemente, los humanos por desconocimiento no logran apreciar en su totalidad a seres tan increíbles como tú pequeña niña. Es mi deber que no caigas en malas manos.
La observé con detenimiento y di cuenta que a pesar de mantener sus ojos cerrados, la extraña señora se movía con excepcional soltura y seguridad. - ¿Qué me miras? ¿te extraña que una vieja ciega pueda destruir a esas tontas criaturas que creas? Eso no es nada comparado con lo que te puedo enseñar- sonrío presuntuosa.
Ante sus palabras, poco a poco me acerqué a su kimono y tiré de él en modo de aprobación. Deseaba irme con ella, tener un lugar al que pertenecer era mi mayor deseo desde que nací y en lo único que creía en ese momento, era en el poder que aguardaba en mí.
Tendrás que soportar un duro entrenamiento para convertirte en mi alumna…aunque primero necesitamos un nombre- Noté como la señora tomaba mi mano y comenzábamos a caminar hacia un nuevo futuro- Claro, te tengo el nombre perfecto…Kyoyama Anna.
Los demonios comenzaron a tranquilizarse y fue la primera vez que alguien me nombraba. Con sorpresa Kino sensei soltó una risa que me alarmó, sin embargo, lo primero que pensé era que se estaba burlando de mí, por lo que instintivamente me enojé.
Hahaha ¡mira qué cara de mala leche pones niña! Sin duda tu rostro enfadado da mucho más miedo que cualquier oni- me avergoncé al escuchar sus palabras. Sin duda se estaba burlando- Sin embargo, tienes un hermoso poder Anna. Pero nunca olvides que, no es que las personas le tengan miedo al agua por no saber nadar, es más porque desconocen su profundidad. Y entre más profundo caigan, más terror sienten. Debes confiar en ti, no te dejes llamar por la oscuridad de sus profundidades.
Tras varios meses nadie apareció ni reclamó por mi existencia, así día tras días me sometí a un duro entrenamiento para llegar alcanzar los poderes de la Abuela y ser digna de confianza. Sin embargo, nunca pude alejarme del dolor, de la soledad, de los pensamientos y oscuridad de los corazones de los otros. Tras años de entrenamiento, Kino Sensei me enseñó a ser su discípula y convertirme en una gran sacerdotisa, pero la oscuridad me dominaba más de lo que hubiese querido. Hasta que, por magia, el reishi dejó de existir.
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Yoh asertivamente se acercó para estar hombro con hombro, al lado de su prometida, para luego darle un suave palmoteo en su brazo.
- ¿Qué estás haciendo? ¿estás sintiendo pena por mí? - lo miró molesta la rubia.
- Para nada…es para agradecerte – suspiró Yoh relajado.
- Agradecerme… ¿A mí? ¡porque deberías hacerlo!
- Por confiar en mí – sonrío majestuosamente el muchacho provocando un sonrojo en la sacerdotisa.
- Ridículo…– respondió la muchacha bajando su mirada y acariciando su vientre con una de sus manos – desde que nos conocimos lo he hecho. No se si merezca este tipo de felicidad. No quiero revivir el dolor del pasado, pero sí quiero ser feliz y de lo único que estoy segura es que me mantendré a tu lado, decidas lo que decidas hacer.
En ello, el joven chamán a modo de respuesta, se acerca en un abrazo a quien sería su futura esposa llevándola a su pecho y acariciando su cabello suavemente.
- Anna…¿Si tuvieras frente a ti a esa pequeña y solitaria niña de 4 años qué le dirías?- Anna sintió pesar en su corazón, dejando de respirar por unos segundos ante las palabras de Yoh pero no pudo responder – Creo, que le dirías que nada de lo que ocurrió fue su culpa. Si hoy su madre la viera con los mismos ojos que yo, de seguro estaría muy orgullosa de ella.
Al terminar, el joven notó como desde el cielo gris comenzaron a bajar con suavidad los últimos copos de nieve de la estación.
- Mira Anna…esta nevando- comentó sonriendo.
Anna elevó su vista y notó como los copos nieve se posaban en su falda, pero ya no quemaban, hace muchos años que no lo hacían. Así sin más y sin saber si era por el revoltijo de hormonas que la atacaban, si era por el palpitar suave de su prometido o por las palabras que se formaban como agujas en su corazón, la joven itako explotó en un llanto agudo y agónico. Sin freno, sus lágrimas recorrían sus mejillas y terminó por ocultar su rostro en el pecho de Yoh.
- Anna…- comentó el joven. Pasado unos minutos, aunque sin saber cuánto tiempo estuvieron así, finalmente la joven itako habló.
- Un pañuelo- habló tapando su rostro avergonzada.
- ¿Qué? – preguntó Yoh confundido, sin soltar su abrazo.
- ¡Qué me traigas un pañuelo!
Casi de manera inmediata, el joven chamán corrió hacia la habitación para buscar lo que tanto ahínco le habían comandado. Sin embargo, nada parecido a ello encontró, por lo que tomó un pedazo de tela de uno de los cajones.
- Acá tienes.
Anna tomó la tela en sus manos para dar cuenta que no era lo que había pedido.
- ¡Quiero un pañuelo de papel! ¿Qué es esto? - indicó molesta la muchacha.
- Ah, claro, claro.
Nuevamente el joven corrió al interior de la pieza para dar con lo que la joven le había solicitado. Justo al lado de la pequeña televisión, una caja de pañuelos de color celeste. Su salvación, si se equivocaba otra vez, de seguro lo dejaría sin cenar.
- Acá está- Yoh le entregó una sola hoja de papel a la rubia.
- Es muy poco. Necesito más.
Sacando rápidamente de la caja, el castaño le entregó en la mano de Anna un pelotón de papel y sin pensarlo demasiado, la joven comenzó a limpiar su rostro. Odiaba llorar, más rente a Yoh y quedar como ridícula, o al menos eso pensaba ella.
- Creo que es hora de entrar Anna, ya hace bastante frío – sonrío melancólico Yoh mientras aproximaba su mano a la joven para ayudarla a levantar.
- Quiero Tonkotsu…Ramen…- Habló Anna mientras tomaba la mano de su prometido como una chiquilla quejumbrosa.
- ¿Ramen? ¡Pero ni siquiera es hora de cenar! – respondió sorprendido Yoh.
- ¡¿Acaso no vas a cumplir los deseos de tu hijo y futura esposa?!
- Esa no es excusa para comer a cualquier hora…
- ¡Qué dices!
¡PAF!
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Tras la puerta de la habitación, una sonrisa tranquila se reflejaba en el rostro de la vieja Kino. Estuvo el tiempo suficiente para dar cuenta de lo fuerte que se había convertido su relación y cuánto habían crecido ambos jóvenes.
– Hicimos un buen trabajo gato sarnoso – sonrío la sacerdotisa.
En ello, Yohmei se acerca con paso apresurado a la habitación de los jóvenes, con la intención de entrar y llevar a Yoh una vez más a trabajar, sin embargo, solo recibió un golpe con el bastón de la abuela en su cabeza impidiendo su paso.
- Pero qué estás haciendo, nos llamaron con urgencia de un nuevo caso de exorcismo, un político connotado de la región y necesito de su ayuda- replicó el anciano enojado.
- Nada de eso viejo mañoso. Ese tal político tendrá que esperar. Hay que preparar Tonkotsu.
- ¿Qué? … ¿Ramen?, ¡A esta hora!
- Cállate, no grites, que Anna necesita descansar. – replicó la anciana avanzando hacia la cocina -¡Tamao! ¿Hay huesos de cerdo? - vociferó con una sonrisa.
Ambos viejos se alejaron de la habitación discutiendo razones y, sobre todo, del apuro que tenía Kino por cocinar ramen a esas horas. Y es que, aunque nadie lo sabía, Anna siempre sería más que una simple discípula para ella, sin dudar siempre sería su favorita.
Muuuchas gracias por leer hasta acá, un nuevo one shot ha llegado. Esta vez quise entender un poco e imaginar cómo se sintió Anna al estar esperando a Hana y recordar a su madre. Es común que al traer un niño al mundo uno comience a dudar o recordar como fuimos criados, pero ¿cómo lo sabría Anna si fue abandonada? bueno, muchas preguntas llegaron a mi cabeza y finalmente resultó esto. Yoh como siempre apoyando a su Annita.
Agradezco a cada uno de los reviews que me han dejado, siempre es hermoso leer que piensan de las ideas locas que uno va escribiendo. ¡Nos leemos!
