Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.


Utgard arrebasó algunos autos, estaba sobrepasando un poco el límite de la velocidad pero no era nada peligroso, sólo estaba disfrutando de la velocidad y el viento contra su rostro.

—¿No crees que vas algo rápido?

No todos opinaban lo mismo, Alberich y Fenrir lo miraron como si se hubiera vuelto loco.

—Sólo es un poco de velocidad, no exageren.

—Somos precavidos, eso es diferente.

—Sí, si nos estrellamos ahora no cumpliré mi sueño de morir en medio de una orgía —Alberich se acomodó sus lentes oscuros, ignorando la mirada de sus amigos sobre él—. ¿Qué es lo que vamos a hacer hoy?

—Rescatar a los chicos, fueron injustamente encarcelados.

Utgard y Alberich no esperaban que "los chicos", como decía Fenrir, fueran un jauría de perros callejeros. Tan pronto cómo llegaron a su destino, se dieron cuenta de que ellos tres no podrían con todo, por lo que terminaron llamando a los gemelos para distraer al encargado de la perrera, como le decía con desprecio Fenrir al lugar.

—¿No deberíamos dejar a los animales en el refugio… de animales? —preguntó Syd, confundido.

—No preguntes eso… —dijo Bud, tarde, Fenrir ya había volteado a ver a su amigo, ofendido.

—Ese lugar olvidado por Odín es todo menos un refugio de animales. Es horrible, los animales son tratados mal, es horrible, tiene un mala vibra, es horrible…

Los chicos habían escuchado veinte puntos más sobre todo lo malo del lugar. Alberich fue quien tuvo que detener a su amigo y regresarlo a la realidad, lejos de su ambiente lleno de quejas y recordatorio de lo malo que eran algunos refugios para animales. Utgard le tenía algo de terror a los perros, pero se mostró más que dispuesto a llevar un par a la libertad, aún temiendo ser atacado por alguno de "los chicos". Fue un buen día, brillante, riesgoso y con el constante peligro de ser capturados y arrestados.
Utgard tenía días sintiéndose bien, más que vivo. No había mareos, vómito o dolor; se sentía rebosante de salud y vida. E iba a aprovecharlo. Su primera aventura fue el rescate del refugio y llevar a los perros hacia un lugar mejor; habían terminado sucios y cansados, pero satisfechos, y Fenrir los había llevado a comer hamburguesas como recompensa.
Su siguiente día había sido igual de caótico. Freya quería comprarse un nuevo vestido, al parecer el Lykeio tendría una fiesta el 2 de marzo, celebrando la independencia de Grecia.

—Eres hombre Utgard, no lo entiendes, pero es importante no parecer una pordiosera el día de la fiesta.

—Pero para eso falta un mes.

—Mujer prevenida vale por dos.

Lyfia había insistido en ir y Hilda los alcanzó en el centro comercial. Las tres mujeres lo hicieron caminar más de dos horas, buscando algo que se viera bien para una celebración tan importante, revisando cada escaparate y lugar donde vendieran ropa.

—¿Estás bien, Utgard? ¿Quieres descansar? ¿Tomaste tus pastillas? —le preguntó Hilda, preocupada.

—Estoy bien, deja de exagerar.

—¿Estás seguro, Utgard? Deberíamos de sentarnos a descansar —Lyfia se sentó a su derecha, abrazándolo en el proceso.

—¡Que cruel soy! Te obligo a acompañarme y te traigo de un lado al otro —Freya hizo a un lado a Hilda para abrazar a su amigo—. ¿Cómo puedo ser tan insensible?

—Freya, estoy bien —Utgard puso una mano sobre la cabeza de la rubia y miró a sus otras amigas—. Y no tengo problema con acompañarlas, para serles honesto creo que el vestido azul se te veía bien.

—Se los dije —Lyfia alzó la cabeza—. Mi sentido de la moda estaba activado en ese momento, te vi usando ese hermoso vestido con una sombra de ojos oscura…

—Creo que el vestido era algo corto —Hilda hizo un pequeño puchero.

—¿Debo recordarte esos vestidos que usabas apenas llegaste de Francia? —Utgard alzó una ceja.

Cuando conoció a Hilda ella caminaba del brazo de un francés estirado; usaba mayormente faldas pequeñas y ropa algo ajustada. Contraria a la peliplateada, Lyfia siempre fue un poco menos abierta a mostrar más piel, no le molestaba hacerlo, pero tampoco lo veía como su vestuario indicado.

Utgard se divirtió con sus amigas, también le aburrió ver tantos vestidos y tonos de azul, pero eso no le quitó la diversión del momento, además de escuchar sus todos sus chismes femeninos y planes de vida. Estaba orgulloso de tener amigas tan responsables; Hilda era una gran chef y soñaba con manejar la cocina en la que trabajaba; Lyfia sería la jefa del cuerpo de enfermeras, no le importaba el tiempo que le tomara, estaba segura de que lo lograría; Freya aún no sabía a lo que se dedicaría, quería ser muchas cosas, pero era joven, no era necesario presionarse.

—Eres inteligente Freya, encontrarás tu camino y serás brillante en él.

Eso le había dicho de camino a casa, ganándose una gran sonrisa. Hilda y Lyfia sólo agradecieron el viaje, aunque la mayor se detuvo para preguntarle cómo se sentía. Antes de su buena semana había terminado incluso en el hospital, era casi un milagro que pasara de estar postrado en una cama a caminar como si nada, incluso sus ojeras habían desaparecido un poco y su piel recuperó un poco de color.

Sus amigos no podían entenderlo a la perfección, pero la esperanza de que fuera una buena racha los invadió. Sigmund y Siegfried se lo comentaron al día siguiente, estaban viendo una película acompañados de Hagen, Frodi y Surt. En realidad no había mucho que hacer esos días, y con su nueva energía renovada Utgard quería aprovechar todo lo que pudiera para hacer todas esas actividades que habían quedado pendientes en los últimos meses.

—Entonces… Hilda me dijo ayer que los amigos de su novio son muy amables y es probable que pasemos tiempo también con ellos, como el año pasado, cuando fueron a ese centro nocturno…

Lanoche a la que sus amigos hacían referencia, él se había quedado con Freya y Hagen, aún no sé sentía del todo bien y no quería dejar solos a los adolescentes; a pesar de que ambos se mantuvieron entretenidos en sus teléfonos celulares y él casi fue ignorado toda la noche. La intensión era lo que contaba, o eso le gustaba pensar.

—¿Nos vamos a funcionar con otro grupo? —preguntó Hagen, sin despegar su mirada de la película— ¿Hay alguien de mi edad o todavía soy el más joven? ¿Si es así puedo juntarme con los chicos del orfanato?

—No lo sé, ¿tú qué dices? ¿te sientes cómodo con eso? —Sigmund miró a Siegfried, imaginaba que para su hermano aún debía de ser algo complejo superar sus sentimientos.

—¿Este es el momento para decir que mi buen Camus, el no tan bien recibido ex de Hilda, también está en ese grupo? —preguntó Surt.

—Y también está el ex de Lyfia —señaló Frodi.

—Curioso —Utgard no pudo evitar pensar en lo llamativo que eran esos señalamientos—. ¿Eso es un sí?

No era que quisiera meter presión, pero tenía la ligera sospecha de que un montón de extraños era justo lo que necesitaban sus amigos. Las cosas podrían volverse vertiginosas de un momento a otro, no sabía cuándo se necesitaría el apoyo de un desconocido. Ese viernes fue un día de flojera, viendo películas, discutiendo sobre ellas y escuchando a Hagen exclamar en lo alto que si no terminaba su tarea sería por su culpa.

Fue bueno tener un día donde no anduviera corriendo para rescatar a una jauría de perros potencialmente peligrosos o caminara de un lado a otro entre las tiendas. Sólo una tarde de películas que se volvió una charla sobre cualquier cosa en una visita rápida a un bar cercano donde había una mesa de billar.

—¿Están seguros de que puedo estar aquí? Soy menor de edad.

—Si alguien pregunta tienes dieciocho —Surt le dió una palmada en la cabeza a Hagen y comenzó a enseñarle las reglas básicas del billar, nadie creería eso pero tampoco preguntarían, y Hagen era el único que no tenía una bebida al lado.

Bueno, sí estaba haciendo algo ilegal de nuevo, pero no era tan grave como lo otro, imaginó.
El sábado fue mejor, acompañó a Mime a sus ensayos en el Conservatorio. Ya había pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuvo en el lugar, sus dedos ansiaban tocar un contrabajo pero no quería hacer una escena por la falta de práctica, los estudiantes podían ser demasiado duros en sus críticas, aún más que un experimentado profesor, y ese día estaba de humor para escuchar algo de su amigo.

—¿Qué tal si tocas algo de Bazzini?

—Solo quieres escuchar algo relativamente fácil —Mime comenzó a sacar su instrumento, su viejo violín que casi mantenía olvidado debido a que no era un gran fan del instrumento, increíble considerando que amaba los instrumentos de cuerrda.

—¿Bazzini? ¿Fácil?... ¿Recuerdas que cuando nos conocimos decías eso de Paganini? Y ahora lo tocas como si fuera lo más sencillo del mundo, Incluso en piano.

—La práctica hace al maestro, sólo necesitaba dedicarme por un largo periodo a un sólo instrumento en lugar de danzar con varios por separado.

Utgard se entretuvo escuchando las suaves notas de su amigo. Siempre le había emocionado ver a Mime tocar, desde la primera vez que lo vió más de siete años atrás. Había sido una mañana de primavera cuando el director de la orquesta en Noruega les había presentado al que llamaba "un prodigio musical"; ese día, frente a toda la orquesta estudiantil, Mime los había deleitado con Adagio en G Menor de Albinoni, y Utgard había sentido desde lo más profundo de sí que no podía dejar pasar ese día sin decirle algo al pelirrojo que había erizado la piel de todos sus compañeros.

Así se habían hecho amigos, charlas sobre música e intercambio de discos. Mime le presentó a alguno de sus amigos y él hizo lo mismo, pronto comenzaron a reunirse todos y por una extraña jugada del destino el ahora gran grupo de amigos se trasladó a Grecia donde continuaron con su unidad.

Después de algunas bromas y antes de que se fueran al trabajo de Mime, el pelinegro le pidió a su viejo amigo que volviera a tocar esa mítica canción que los había unido, como un favor especial, porque quería guardar ese momento en su memoria; la misma melodía en el inicio y ocaso de su amistad.

—El día de hoy tocaremos en el bar de Calvera, dijo que podíamos presentarnos para darnos a conocer entre el público a cambio de que la ayudemos a cargar algunas cajas de alcohol… —Dio miró por el retrovisor a Utgard, camino al bar— ¿Quién es el chico? ¿Es el nuevo? No recuerdo haber contratado uno.

—Es Utgard, quiso acompañarme hoy —explicó Mime revisando de nuevo su lista de canciones.

—Bueno, nadie viaja en este lugar gratis, será mejor que sepas tocar las maracas.

—Ya que estamos hablando de acompañantes, le prometí a Euridice que también la traería uno de estos días —Orfeo le sonrió a su amigo, que lo miró serio.

—Y espero que ella sepa al menos tocar el triángulo.

Los compañeros de Mime le parecieron divertidos, en especial cuando su jefe, Dio, de verdad le había pasado un par de maracas para que las hiciera sonar en el momento correcto. Utgard se había sentido terriblemente bien al tener de nuevo un instrumento en sus manos, a pesar de que este fuera algo que en realidad nunca había tocado en su vida.
Después de ser dejados en casa pasadas las doce, se encerró en su habitación sintiendo que tenía energía de sobra y ganas de leer uno de los aterradores relatos de Emony. Así pasó la siguiente media hora hasta que Mime reapareció en su habitación, para sentarse en su cama y charlar un poco.

—Creí que ya estabas en tu cama —le dijo, terminando de escribir un gran comentario sobre el excelente relato.

—Después de noches como esta es complicado dormir tan rápido, estuvo tranquilo —Mime miró a su alrededor, dándose su tiempo para hablar—. Esta semana estuviste algo… "movilizado".

—Sí, fue grandioso, tenía bastante tiempo desde la última vez que me sentí tan relajado.

—¿Y estás seguro que te sientes bien?

Utgard se movió para sentarse a un lado de su amigo y miró al suelo algo serio.

—Todo está bien, sólo quiero pasar tiempo con ustedes, ¿hay algo de malo en eso?

—No, claro que no, sólo que algo me dice que debería de preocuparme.

—Tal vez exageras demasiado.

Utgard tuvo que recurrir a su elemento común para tranquilizar a su amigo. No estaba pasando nada que no estuviera contemplado ya; no podía vivir para siempre, lo sabía. Cunado se acostó en su cama miró el cielo azul de su habitación; suspiró mientras un escalofrío le recorría la espalda. Un mal presagio, un presagio natural. Todo el mundo llegaría a ese momento, él sólo había llegado a un poco más temprano para su edad. Aún era joven, quería vivir, quería tocar en una orquesta y presenciar en primera línea a Mime tocar con ese talento que tanto le caracterizaba; quería divertirse con sus amigos y tal vez conocer a una linda chica; casarse, tener hijos, nietos… Sólo quería tener más tiempo.

En su habitación y con el espectro de la muerte rondando cerca, respirándole en la nuca, pudo al fin comenzar a llorar. Se prometió no hacerlo, pero le fue inevitable. Al menos, pensó, pudo pasar tiempo con sus amigos, crear nuevos recurdos con ellos que no desaparecerían, estarían inmortalizados en la memoria de aquellos que lo acompañaron en vida, hasta que lo acompañaran en muerte.

Los siguientes dos días fueron un regreso al hospital que mantuvo a todos en un estado alerta. De cierta forma, el recuerdo de los días pasados les supo más a despedida, una despedida algo difícil de tragar.

—¿Crees que deberíamos de prepararnos para… ya sabes? —le dijo Hilda a Mime al final del segundo día, tomando a su amigo de las manos.

—Se supone que ya deberíamos de estar preparados, él lo dijo —Mime se apoyó sobre el hombro de su amiga y cerró los ojos.

—Él no querría que estemos así.

—¿De qué otra forma deberíamos de estar?

Por más que todos lo desearon no podían ir contra la naturaleza. Era un hecho con el que se debía de aprender a vivir; algunos entran y salen de la vida de los demás rápidamente, otros se quedan más tiempo, se mezclan, guardan cientos de recuerdos en común y después desaparecen, a veces de forma inesperada, sin despedirse, otras de forma progresiva, lenta, haciendo todo más difícil. Las largas despedidas son las peores, dilantan la angustia de la separación. Todos lo supieron en el momento en que la vela de su amigo se apagó. Las cosas no podían volver a ser iguales, una pérdida así era el camino de una nueva manera de vivir, con una herida que tardaría en cicatrizar.

Pero no se lamentarían. Celebrarían la vida de su amigo, recordarían todas las veces que les sacó una sonrisa, los pequeños silencios cómodos, la camadería de las bromas pesadas y lo salado de las lágimas por las risas extremas. Y vivirían, rotos, pero vivirían con todo gusto, a espera del rencuentro con su amigo, en un lugar dónde ya no habría más despedidas.