Capítulo 1
En la actualidad
Luxanna apoyó la espalda sobre la pared de piedra e intentó que el aire pasase a través de sus pulmones. Tras unos segundos respirando la fresca brisa nocturna, trató de apaciguar y silenciar sus emociones.
Elevó una mano y vio cómo se apagaba el brillo que recorría el contorno de su piel.
Hoy, de nuevo, había notado crecer aquel intenso torrente de energía dentro suyo. Cada vez le golpeaba con más fuerza y el temor de no ser capaz de tenerlo bajo control volvía a resurgir.
En cuestión de días; horas, alguien descubriría su verdadera naturaleza y estaría en problemas.
Desde que la magia despertó en Luxanna hace tres años, se limitó a sobrevivir a los efectos de la misma. Como si de una maldición se tratase.
Aquella noche, por tercer día consecutivo, se había visto obligada a levantarse y escapar de la cena familiar. Su padre odiaba a los magos y la había estado estudiando en silencio durante un largo rato.
Segundos después, el miedo brotó y con él, su poder. Rezaba porque no hubieran visto la luz que empezaba a desprender su cuerpo en cuanto huyó del gran salón. Su familia seguramente empezaba a sospechar.
Había llegado a la conclusión de que no sabía controlar el miedo, pues sus emociones estaban sometidas ante aquella fuerza imparable que brotaba de su interior.
Un nudo de angustia se formó en su garganta. ¿Qué era ese poder? ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado?
No sabía nada sobre la magia ni sus tipos. Solo podía ver cómo, en ocasiones, un extraño brillo emanaba de sus manos o su cuerpo. La cuestión era que Luxanna quería que desapareciese.
Ahora lo verdaderamente importante, era que nadie, bajo ningún concepto, debía descubrir que ella tenía poderes. Quién sabe a qué torturas o experimentos estaría sometida por los cazadores de magos. En el mejor de los casos tendría que huir de la ciudad.
Un dolor lacerante se clavó en su pecho al pensar en tener que abandonar Demacia. No se imaginaba una vida lejos de su familia. Pero tampoco soportaba la presión que ejercía su entorno cercano y por la seguridad de todos, Luxanna se exigía llevar una vida sin mostrarse tal y como era en realidad.
La piel de sus manos estaba salpicada de quemaduras, algunas eran más recientes que otras. En alguna ocasión, su madre le había preguntado qué había hecho para quemarse de aquella manera. Luxanna siempre contestaba lo mismo: tratando de cocinar, o moviendo la leña de la chimenea.
La mayor parte del tiempo ocultaba las heridas cubriéndose con unos guantes, que también, le ayudaban a limitar el contacto con todo lo externo. Aunque algún día la tela había acabado convertida en cenizas.
Deseaba que aquella pesadilla acabase ya.
Sus ojos ardieron al contener lágrimas de impotencia. Todo lo que le estaba ocurriendo le parecía un sin sentido. Se sentía tan perdida y sola como un náufrago a la deriva.
¿Cuánto tiempo más aguantaría en aquella situación?
Mientras cruzaba los brazos para refugiarse de la fría noche, removió sus recuerdos acerca de la lenta transición por la que pasaron sus poderes —o su maldición, como ella lo llamaba. —
El primer año, tuvo la sospecha de que había algo que no estaba bien en ella: en ocasiones, podía sentir una misteriosa calidez que se apoderaba de sus manos. El efecto duraba unos minutos y seguidamente, brotaba una luz muy tenue. Decidió no darle importancia.
Pero con el tiempo la tuvo.
La calidez inicial se transformó en un calor abrasador y el brillo se volvió más intenso, de la misma forma que sus emociones: percibía todo de una forma profunda e inmediata, llegando a alcanzar altos niveles de sensibilidad.
Estar rodeada de personas se volvió una pesadilla. Cualquier cambio brusco en sus emociones hacía que surgiese algún destello de su cuerpo.
Durante este último mes, al haber cumplido veintidós años, Luxanna empezó a tolerar el dolor y por primera vez, se atrevió a experimentar con la maldición. Su mayor logro fue dar una forma esférica a la luz que surgía de sus manos.
Estaba convencida de que cuanto más pusiera a prueba sus poderes, mayor dominio obtendría y aquello le hizo pensar que podía llegar a controlarlo.
Los días pasaban y no tardó en encontrarse de bruces con las consecuencias de manipular la magia. Huellas de quemaduras y heridas estaban dispersas por sus manos, recordándole que ella sola era incapaz de frenar semejante energía.
Tal fue su decepción, que aquella voz interior que le inculcaba esperanza y fe, se fue apagando hasta desaparecer.
La realidad era que, en cuestión de días, su familia iba a descubrir la verdad.
El miedo irrumpió y flageló su interior. Luxanna necesitaba ayuda inmediata, pero en Demacia, la magia estaba prohibida y nadie podría enseñarle a utilizar sus poderes.
Los magos estaban sentenciados a vivir apartados del resto de habitantes. Eran considerados una amenaza y ella misma, siendo tan solo una niña, presenció la miseria a la que estaban sometidos.
La imagen de aquellos ciudadanos siendo arrastrados hacia el interior de la prisión para magos, jamás abandonó su mente. De la misma forma, tampoco lo hizo la de Sylas.
Habían pasado quince años de su encuentro con él. ¿Continuaría con vida?
De pronto, escuchó el ruido que hicieron las bisagras de la puerta situada tras ella. Con el corazón en un puño, la joven dirigió la vista al fondo del enorme balcón, la puerta de madera de roble estaba abierta y la figura de Garen emergió entre las sombras.
—¿Qué ha ocurrido, Lux? —El tono de voz y la mirada de su hermano evocaban preocupación. —¿Tu cabeza? ¿Te duele otra vez?
Ella colocó una mano sobre su frente, simulando malestar.
—Creo que esta noche volveré a tener migrañas. Siento haberte asustado, sólo necesitaba respirar aire fresco.
Aunque no era mentira del todo, ante el peligro de que alguien descubriera sus poderes y verse obligada a huir, había tenido que inventarse que sufría migrañas. En parte era cierto: el temor y los nervios desencadenaban un continuo estado de estrés en ella, que se traducía en dolor de cabeza al final del día.
—Mañana avisaré al médico. Puede que sea algo grave.
A Luxanna casi se le volvió a cortar la respiración.
¿Médico? ¿Y si se ponía a brillar mientras la estuviese examinando?
—No, No. —Justificó rápidamente. Luego suavizó su voz ante la inquisitiva mirada de Garen. — No es necesario, el dolor desaparece en cuanto me concentro en la respiración.
Su hermano se frotó la mandíbula y escrutó la expresión de ella.
No esperaba que él decidiera aproximase hasta quedar al lado suyo. Aquella cercanía la hacía sentir vulnerable. La obligaba a mantenerse en estado de alerta mientras fingía que todo era normal.
Lo observó por el rabillo de ojo: el guerrero había apoyado ambas manos en la balaustrada de piedra y observaba en silencio la imagen de la ciudad bajo el cielo nocturno.
—Mañana acudiré a una reunión en el palacio imperial. Hablaremos de varios problemas que han surgido últimamente.
—¿Quieres que te acompañe? —Propuso ella.
Garen negó con la cabeza. Su cabello castaño se movió bajo la luz del fuego de las antorchas.
—Iré solo. Prefiero que por esta vez descanses.
—Como desees. — Se conformó. Después su mente divagó durante unos instantes acerca de la reunión. De inmediato la congoja volvió a resurgir en su pecho. Luxanna tenía otro problema que había ignorado: —¿Acudirá Jarvan?
Garen la miró de soslayo.
—Sí, ¿Por qué?
La espalda de la joven se puso rígida. Su hermano era íntimo amigo del príncipe de Demacia y estaba al tanto de cada una de sus gestas: tanto en el campo de batalla como en la alcoba.
¿Podría saber Garen que el príncipe la había estado cortejando?
—Pensaba que estaba fuera de la ciudad. — Respondió ella sin darle importancia. —Tal y como mocionaste hace un par de días.
—No, volverá esta noche.
El estómago de Luxanna hormigueó ante la duda. Después asintió y se alegró de que Garen no hiciera ninguna pregunta más. Ella conocía a Jarvan y también había sufrido las consecuencias de confiar en él.
Pero había aprendido la lección.
El príncipe buscaba esposa desde hacía meses y la joven no podía sentirse más insegura acerca de su futuro. Cuando conoció a Jarvan, años atrás, descubrió a un joven de corazón amable y que parecía comprensivo con los problemas de los demás, además de ser buen estratega y militar. Pero aprovechaba su apariencia de guerrero alto, de hombros anchos y con una desarrollada masa muscular, para intimidar a sus enemigos y para lo que más la había decepcionado:
Seducir mujeres.
Cuando hace unas semanas, lo descubrió robándole un beso a otra joven noble, la ilusión que había tenido durante este tiempo quedó completamente destrozada. Luxanna había pensado que de verdad era especial para él.
El dolor todavía era latente en su corazón y lo último que necesitaba ahora, era volver a enamorarse de él. Luxanna se merecía a alguien con unos valores sólidos y que le fuera tan leal y fiel como ella lo era. No volvería a sufrir, ya había tenido su dosis de desamor en esta vida.
Las comisuras de sus labios ascendieron, formando una sonrisa enturbiada: ¿Quién la iba a amar ahora que tenía poderes?
Ante la avalancha de pensamientos que amenazaban con resurgir, decidió no hurgar más en la herida: ahora tenía otros asuntos de los que preocuparse.
—¿Qué problemas dices que ha habido últimamente? — Quiso saber mientras cambiaba el tercio de la conversación.
Garen suspiró con pesadez y cruzó ambos brazos. Dos círculos violáceos se acentuaban bajo sus ojos azules. Luxanna no supo estimar si eran a causa del cansancio, o si él estaba pasando un mal momento.
—No queda espacio en el recinto de los cazadores de magos. Desde hace algunos meses, el número de hechiceros ha crecido en Demacia. —Aclaró. — Podemos fabricar más celdas, pero tardarán un tiempo hasta que puedan usarse; ya sabes que los materiales son diferentes a los de una prisión convencional.
La joven supo al instante a qué se refería.
Siglos atrás, la ciudad fue creada con como refugio contra la brujería tras el desastre que supusieron las Guerras Rúnicas en todo el continente. Al igual que la prisión para magos, las enormes murallas que rodeaban Demacia fueron construidas con petricita: un mineral que inhibía la magia; creyendo así que, en su interior, no podrían habitar hechiceros.
Pero no fue así. Había un elemento en cuanto a las propiedades de la petricita que sus gobernantes ignoraban y que permitía que los magos continuasen existiendo.
—Además, — Continuó el guerrero. —Padre ha dicho que hay que aligerar la prisión. El Rey estuvo de acuerdo y ordenó que algunos hechiceros sean trasladados a las mazmorras de las familias nobles; entre ellas, la nuestra. — Aunque no se había quejado, Luxanna captó que su hermano no había estado de acuerdo con esa decisión; Garen apretaba los dientes con tanta fuerza, que incluso podía oír su mandíbula chirriar. —Nosotros hemos tenido que cargar con Sylas de Dregbourne.
Luxanna sintió un fuerte pálpito en su interior.
¿Había oído bien?
—¿Sylas? — Repitió. — ¿Quien padre condenó a cadena perpetua? ¿Está aquí?
Garen la miró directamente a los ojos. Parecía sorprendido de que recordase aquellos detalles sobre el criminal.
—Sí. El mago que asesinó a un escuadrón de cazadores hace quince años.
El pulso de Luxanna latía expectante; desconocía por completo que Sylas continuase con vida.
Pensaba que no había ser humano capaz de sobrevivir a una cadena perpetua en aquella horrible prisión. Sin embargo, tras quince años en la sombra, él vivía.
Su mente navegó entre los recuerdos, llevándola hasta aquel verano de su niñez, cuando presenció cómo Sylas era conducido hasta el recinto de los cazadores de magos.
Lo que Luxanna no entendió, fue el suave hormigueo que recorrió su estómago a continuación. En aquel entonces era una niña y no sabía nada acerca del atractivo de un hombre, pero con los años, cada vez que volvía a revivir el encuentro con él, sus mejillas se enrojecían escandalosamente.
Jamás había vuelto a ver unos ojos tan salvajes y únicos, de un penetrante azul eléctrico que parecía poder averiguar todo de ella con un solo vistazo.
A pesar de que lo recordaba como un muchacho joven y misterioso, el cuerpo de Sylas desprendía un fuerte magnetismo que con los años le resultó imposible de ignorar. Por no hablar de como de intensa había sido su mirada cuando buscó la de ella.
¿Qué había visto en Luxanna?
Por Dios. Deseaba que aquella sensación fuera a causa de los nervios del momento. ¿En qué diantres estaba pensando? Sylas no era un caballero, era un asesino; un muchacho que se había matado a sangre fría y que podría hacerle lo mismo a ella.
Sus manos estaban manchadas de sangre.
Frunció el ceño y trató de centrar su mente en el momento presente.
—¿Por qué lo han trasladado aquí?
—Padre dio la orden. — Anunció Garen junto con un gesto de desdén con la mano. — Cree que deberíamos ejecutar a todos los magos que caigan en nuestro poder. No es mala idea, nadie los echará de menos y servirá de advertencia para que ninguno practique magia en la ciudad.
Luxanna se estremeció. No podía creer lo que había oído.
—Garen, eso es inhumano.
—Esto no se basa en si es humano o inhumano. — La voz de su hermano fue cortante. —Si queremos sobrevivir y prosperar, los magos deben desaparecer de este reino: es cuestión de vida o muerte.
Si su familia quería sobrevivir, ella debía de desaparecer.
La joven permaneció en silencio. La realidad la golpeó con tanta fuerza que no se atrevió a contestar.
—¿Lo entiendes, Lux?—Apremió.
La sangre le subió al rostro con fuerza. Asintió. A pesar de tener en su interior un sentimiento completamente diferente.
Que cada vez hubiera más personas con poderes, era claramente una señal: las antiguas estructuras sociales estaban exigiendo una transformación.
Pero, ¿Qué podía hacer ella al respecto?
—Entonces, ¿Van a ejecutar a Sylas de Dregbourne? — Se aventuró a preguntar.
—Sí, si es necesario.
Luxanna bajó la cabeza. La situación no era injusta solamente con ella, sino con sus semejantes magos. Era cruel. Pero también extraño; en aquel momento, la terrible sensación de soledad que llevaba arrastrando durante meses, se desvaneció. Había personas sufriendo como ella y probablemente, en una situación mucho peor.
Desde su interior brotó un fuerte impulso, como una fuerza incapaz de ignorar que la empujaba a pasar a la acción. Pero, ¿En qué dirección?
Primero necesitaba una fuente de información. Debía saber qué era la magia; por qué había despertado en ella y por qué no estaba siendo capaz de controlarla.
Necesitaba un maestro.
De pronto, un pensamiento fugaz cristalizó en su mente y agitó su interior: Sylas había sido trasladado a la prisión del castillo Crownguard y ahora estaba en el mismo lugar que ella. Separados por unos cuantos escalones.
Valoró la opción de hablar con él y acceder a su conocimiento como hechicero.
Era arriesgado, nadie la acompañaría para garantizar su seguridad. Además, Sylas era peligroso. Su padre le había contado la historia de cómo el mago enloqueció y destrozó su propio hogar, cobrando las vidas de todos los cazadores de magos que trataron de detenerle.
¿De verdad podía ser alguien tan malvado?
Luxanna conocía la historia. Pero no podía creer que una persona fuera capaz de perder la cordura sin más, tuvo que haber un detonante que le llevase a cometer aquel horrible asesinato. Sin embargo, sintió el peso de la incertidumbre. Había visto por su propia mano lo amenazante que podía llegar a ser con solo una mirada.
¿Estaría dispuesto aquel criminal a ayudarla?
Garen pareció notar la inquietud de Luxanna, porque puso una mano en su hombro y lo estrechó con cariño.
—No te preocupes. Jamás permitiría que ningún mago te hiciese daño. —Le dijo con una voz más suave.
Luxanna reprimió el impulso de cubrir aquella mano con la suya propia.
—Lo sé, Garen.
Como respuesta, esbozó una leve sonrisa, pero su corazón se llenó de tristeza. No se imaginaba qué cara pondría su hermano si descubriese que, en realidad, era ella quien podría hacer daño a todos los que amaba.
Además, la confusión la estaba consumiendo por dentro: ¿Sería capaz de aprovechar la oportunidad que se le había presentado? Dios santo. Le daba terror. Pero la única forma posible de descubrir si Sylas era capaz de darle las respuestas que necesitaba, era bajando hacia las mazmorras y tratando de encontrar su celda.
Después sus posibilidades de éxito estarían reducidas únicamente, a su capacidad para convencerle de que la ayudase. Pero ¿Y si no lo conseguía?
¿Podría continuar viviendo del mismo modo que ahora?
