Disclaimer
El siguiente contenido tiene lenguaje obsceno y escenas de violencia que pueden herir la sensibilidad de algunos públicos. Léalo bajo su propia responsabilidad.
En la actualidad.
Sylas sintió una dolorosa presión en la cabeza. Como si un millón de agujas estuvieran punzándole el cráneo. El sudor se acumulaba en su frente y los recuerdos del último día que vio la luz del sol, lo golpearon hasta hacerlo enloquecer.
La desoladora sensación de haber destruido su propio hogar, se clavaba en su pecho y ardía como si aquello acabase de ocurrir. La casa en el distrito de Dregbourne, era único recuerdo que tenía de sus padres y él lo había exterminado por completo.
En sus oídos todavía retumbaba el zumbido de la explosión de magia. Estaba rodeado de escombros y a su alrededor, los rostros sin vida de los cazadores de magos que asesinó, lo observaban asustados y con los ojos muy abiertos.
Sylas quería gritar desde lo más profundo de sus pulmones, pero el aire estaba saturado de humo y atenazaba su garganta.
No entendía qué estaba ocurriendo. Apenas podía controlar las escenas que entraban y salían de su mente. Sin embargo, una última imagen invadió sus pensamientos, aplacando el dolor y produciéndole una rabia animal que se alojó en sus entrañas.
La figura del hombre que mató a sus padres y lo condenó a cadena perpetua en aquel infierno de piedra llamado cárcel para magos; Pieter Crownguard.
Todo habría sido más fácil si hubiera ejecutado a Sylas el mismo día que lo hicieron prisionero.
Jamás había odiado tanto a una persona. Cada día que pasaba, el ansia por atravesar cada arteria de aquel hijo de perra con una daga, era mayor. O incluso, había imaginado en ahogarlo con sus propias manos. Sólo deseaba con todas sus fuerzas devolverle el sufrimiento que lo había atormentado durante quince largos años.
¿Cuánto tiempo más tendría que esperar para cobrar su venganza?
Abrió los párpados de golpe. Sus labios se separaron para tragar el aire que le faltaba. Todo había sido una pesadilla.
¿En qué momento se había dormido?
No. No era un sueño como tal. Parecía haberse sumido en un horripilante estado de trance y por alguna razón, su mente lo torturaba con imágenes del día que lo arrestaron.
Transcurrieron unos minutos hasta que sus sentidos empezaron a volver a la normalidad. Estaba tan oscuro, que su vista tardó en adaptarse a la escasa luz de la habitación. Venía del exterior y entraba por una abertura en la pared. Sus músculos entraron en tensión al percatarse de ello.
Percibió algo más: una alteración en el entorno.
El aire de la celda había cambiado. Sylas, tuvo la sospecha de que se encontraba en otro lugar completamente diferente. ¿Pero cómo era aquello posible? No se había movido. Aún así, ya no había rastro del mohoso y sucio olor que solía respirar, ahora el aroma era fresco y limpio. Nuevo.
De forma instintiva, trató de moverse. Pero el cuerpo le pesaba dolorosamente, como si estuviera hecho de piedra en lugar de carne.
Apretó la mandíbula, asimilando que ya no estaba en su antigua celda dentro del recinto de los cazadores de magos. Quizá lo hubiesen cambiado de calabozo. Porque ahora su cuerpo estaba a centímetros de distancia del suelo, tumbado sobre una rígida tabla de madera que hacía la función de camastro.
¿Un camastro?
La sorpresa le detuvo la respiración. Sylas estaba acostumbrado a dormir en el suelo y con la piel de su torso desprovista de ropa y protección. Ya fuera verano o invierno.
Al principio fue una tortura: la despiadada humedad, junto con las bajas temperaturas calaban hasta los huesos. Pero con el tiempo, dejó de sentir el frío.
Ahora sólo era sensible al sueño y al hambre.
Con recelo, escudriñó habitación sumergida en las sombras. Toda la celda en sí era diferente; ya no se encontraba en un diminuto calabozo en el que apenas podía estirar su cuerpo. Ahora la construcción tenía unos techos altos y gruesas paredes de piedra gris, alejadas unas de otras por varios metros. Nunca tuvo presente aquella amplitud en el recinto de los cazadores de magos.
Su cuerpo entró en tensión. Si aquello estaba ocurriendo de verdad y no era impresión de su mente, no sólo lo habían cambiado de calabozo, sino de prisión.
¿Por qué harían tal cosa?
Quiso elevar un brazo para frotarse la cara, pero sintió un extraño pinchazo en el hombro. Giró el cuello para echar un vistazo a la piel y tardó unos instantes en procesar lo que había ocurrido.
Un golpe de furor arrolló a Sylas cuando vio un dardo incrustado en su piel. Malditos cobardes. Aquel somnífero debía de ser obra de algún soldado o cazador. Le habían disparado y habían atontado sus sentidos. Diablos, ¿Pero en qué momento?
No recordaba nada de lo sucedido. Simplemente había despertado con un dolor terrible de cabeza y con visiones que lo atormentaban. Parecía tan real, que fue como si lo volviese a sufrir en sus propias carnes.
Pero las circunstancias eran otras. Habían preferido trasladarlo de sitio mientras su consciencia estaba completamente anulada. No fue una sorpresa. Los cazadores de magos no se atrevían a entrar en su celda y arrastrarlo como un animal mientras estaba despierto.
Lo cierto era que nadie quería arriesgarse a tener contacto con él. A pesar de que eran hombres entrenados para enfrentar situaciones extremas, sabían que a Sylas no le hacía falta tocar a alguien directamente para infringirle dolor.
Aunque hubiera disfrutado haciéndolo.
De pronto, el hombro le envió una punzada de dolor, provocando que el mago soltase una maldición y su fuerte voz retumbase contra las paredes de la celda.
Maldita sea, ¿Qué pensaban hacer con él? ¿Quién estaría detrás de su cambio de prisión?
Tuvo la sospecha de que había sido obra de Pieter Crownguard. El rencor que le engendraba a Sylas era tan grande, que rozaba la obsesión. Nadie tenía una mente tan retorcida como aquel general.
El corazón le palpitó con fuerza al recordar. Años atrás, Pieter ordenó a los cazadores que torturasen a Sylas hasta que revelase los nombres de los magos que había ayudado a cambio de dinero.
Lo habían atado con correas y habían azotado su espalda, una y otra vez, hasta dejarle la piel hecha jirones. Él lo soportó sin emitir palabra. Porque lo único que obtuvieron de él aquel día, fue la sangre que derramó durante el tormento.
Nunca traicionaría a otro hechicero.
Sylas estaba decidido a vivir únicamente para cumplir su venganza. Pero la fría realidad era que había salido de prisión y había perdido cualquier oportunidad buscar a Pieter y procurarle la peor de las muertes. A pesar de tenerlo que hacer con las manos desnudas.
Los pesados grilletes de petricita que aprisionaban sus antebrazos, bloqueaban su magia y lo hacían incapaz de absorber o liberar energía. Tampoco tenía una fuente de poder cercana: otro mago.
La única solución viable, fue desarrollar su cuerpo y enfocarse en métodos físicos para defenderse. Y estaba orgulloso con el resultado. El peso de las ataduras había fortalecido sus músculos hasta alcanzar un volumen y definición formidables. Lo notaba en la mirada de cualquiera que se cruzaba con él.
Se esforzó por calmar los furiosos latidos de su pecho. La desesperación no mantenía a un hombre con vida, pero la rabia fría y la sed de venganza sí.
Procuró distraerse buscando entre los recuerdos, momentos menos dolorosos.
Repetidas veces, su mente evocaba la imagen de una niña que llamó su atención justo antes de entrar en prisión. De todo el público que había allí presente, pareció ser la única que no lo había mirado como lo que era: un asesino y un monstruo.
La comisura de su boca se levantó. Incluso los otros prisioneros, con misma naturaleza que él, mágica, lo observaron con miedo y desconfianza.
Aunque las ataduras inhibían su magia, Sylas todavía podía percibir la energía a su alrededor. Ese lejano día, detectó algo insólito: como si hubiera un intenso poder dormido habitando en el cuerpo uno de los ciudadanos allí presentes.
Cuando descubrió que también pertenecía a aquella niña, no pudo apartar su mirada de ella. Lo había fascinado. La energía fue peculiar hasta para él, que había visto de todo.
Fue la primera vez que percibió la magia de luz en otro ser humano.
La pequeña lo miraba con sus ojos enormes, de un azul tan claro y brillante que parecía poder ver el mismo cielo en ellos. Tendría menos de diez años de edad e iba acompañada por otra mujer. Pensó que se trataría de otra maga, pero no percibió ningún poder en ella, por lo que su atención se centró únicamente en la niña.
Había pasado tiempo desde aquello, ¿Habría manifestado sus poderes ya? ¿O habría recurrido al exilio para estar a salvo?
Lo más probable era que jamás lo descubriera.
Sylas cruzó los brazos sobre el pecho. El malestar que sentía a causa del somnífero había desaparecido.
Pensar en ella le tranquilizaba. Pero debía de apartarla de su mente y concentrarse en averiguar a dónde lo habían trasladado.
El suelo estaba cubierto por hilos de luz que entraban por un pequeño ventanal situado al fondo de la celda. El color anaranjado le indicaba que la iluminación procedía del fuego de las antorchas. Debía de hacer ya unas horas que había anochecido.
Con dificultad, consiguió mover su cuerpo para aproximarse y obtener una mejor perspectiva del lugar donde estaba. Al acercarse a la obertura, tuvo el reflejo de esperar a que una corriente de aire helado lo embistiera, pero sólo percibió un ligero cosquilleo sobre su piel.
Observó las altísimas murallas construidas al borde de la cordillera montañosa. Rodeaban la parte sur de la ciudad de Demacia y servían como defensa natural contra ataques externos. El lugar donde lo habían llevado —un castillo, advirtió— estaba a una elevada altura, haciendo casi imposible la huida, aunque intentase escapar por la ventana.
¿Por qué narices lo habían llevado hasta allí?
Buscó cualquier otro punto que le sirviera como vía de escape, pero hubo algo más que llamó su atención: la puerta de acceso carecía de los barrotes que habría en cualquier cárcel.
La entrada estaba construida con madera lustrosa y embellecida por atavíos de piedra blanca. Supo al momento que era la misma piedra con la que habían elaborado los pesados grilletes que aprisionaban sus muñecas y antebrazos.
Petricita, había oído que la llamaban los soldados.
Sylas era incapaz de deshacerse de aquellas ataduras blindadas. Físicamente, eran recias y tan pesadas que parecían indestructibles. Y para colmo bloqueaban su magia.
El mago suspiró y tras un largo silencio, prestó atención a un sonido que hasta ahora no había escuchado antes.
Fue un chasquido metálico procedente del otro lado de la puerta. Como si alguna clavija se hubiera roto. Seguidamente, hubo un sonido agudo, como si algo hubiera de caído al suelo.
Miró en dirección a la puerta y esperó. Parecía que de un momento a otro iba a abrirse, pero no lo hizo. Lo único que oía era el viento en el exterior.
Aunque su mente continuaba algo nublada, sus sentidos jamás le fallaban; tuvo la corazonada de que allí había alguien más. Todos los músculos de su cuerpo se contrajeron. Se puso en guardia y se situó cerca de la puerta, dispuesto a abalanzarse sobre la primera persona que pusiera un pie allí dentro.
Las manos de Luxanna temblaron en cuanto la cerradura que protegía la puerta de una celda, se partió por la mitad y cayó al suelo. Automáticamente, giró el cuello para descubrir si alguien podía haberla visto utilizar sus poderes.
El silencio y la oscuridad eran los únicos que reinaban en aquel pasadizo.
Aunque la anticipación continuaba alterando su pulso, se permitió liberar un suspiro. No consiguió relajarse. Estaba convencida de que había elegido la opción más arriesgada entre las pocas que tenía.
Tras la conversación con Garen, en un principio había desistido de ir en busca de Sylas. Acudir a las mazmorras en plena madrugada era sumamente peligroso, no deseaba pensar en el tipo de persona con la que se tropezaría si conseguía abrir la puerta.
Pero tampoco podía conciliar el sueño mientras supiera que el mago estaba en su hogar. Si no encontraba una respuesta a lo que le estaba sucediendo a sus poderes, pronto su secreto saldría a la luz.
Pero Luxanna no arriesgaría su vida sin más: como medida de precaución, había falsificado una orden de supervisión de los alimentos que había en el almacén y que servían de comida a los presos. Rezaba para no tener que avisar a un guardia si llegase meterse en algún problema.
Se vería obligada a tener que justificarse con aquel documento improvisado y sus padres no tardarían en estar al corriente de lo que había hecho; la interrogarían hasta que diesen con el verdadero motivo de su visita en aquella zona del castillo.
Tragó saliva. Ya era tarde para dar vuelta atrás. Como había dicho su hermano: era cuestión de vida o muerte.
Una corriente de aire frío la embistió. Aunque su nervioso pulso no ayudaba, los pasadizos que conectaban a las mazmorras eran como un desierto helado. Pero, si quería las respuestas que sólo podía dar la experiencia de un mago de verdad, necesitaba ver a Sylas.
Había llegado el momento.
El corazón le latía tan rápido que parecía que se le iba a salir por la boca. Aferró la manilla de piedra con su mano y armándose de valor, entró en la celda. La habitación era tan sombría y lúgubre, que la oscuridad pareció engullirla. Aguardó a que sus ojos se adaptasen a la penumbra y cerró la puerta con la ayuda de su espalda.
Briznas de luz aclaraban tímidamente la estancia y procedían del único ventanal que había. El aire gélido entraba por aquella abertura y refrescaba de forma sobrecogedora la habitación. Los dientes de Luxanna castañetearon como respuesta ante el cambio de temperatura. Se refugió en la recia capa de lana y siguió con sus ojos el recorrido de aquella débil luz que culminaba en el suelo de la mazmorra.
Su vista se detuvo en un punto concreto.
Sobre el pavimento, una gruesa cadena acababa de reflejar un brillo morado. Como si una extraña energía hubiera viajado a través del imponente acero.
¿Había sido su imaginación?
La joven se agachó sobre una rodilla para obtener una mejor vista de aquel fenómeno. El impulso de tocar la cadena era tan vivo, que apenas reparó en la voz interna que quería que diese media vuelta y volviese a su confortable habitación.
Cuando Luxanna sostuvo el acero frío en sus manos, lo último que esperaba era sentir era dolor ajeno y lástima.
Dolor, por cómo las decisiones de aquellos que gobernaban destrozaron la vida de las personas en su misma situación; y lástima, porque sólo estaban separados por un nombre y apellido.
¿A cuántos magos inocentes habrían retenido esas cadenas?
Cuánto tiempo había estado desentendida de aquella horrible situación; incluso ahora, siendo una de las afectadas, continuaba ignorando qué había detrás del propósito de acabar con todos los magos en Demacia.
Luxanna se mordió el labio. ¿Qué podía hacer al respecto?
No lo sabía, pero al menos estaba dispuesta a encontrar las respuestas que tanto necesitaba.
A pesar de que hacía un frío terrible, no estuvo preparada para percibir el cambio brusco de temperatura que hubo en la celda. El aire se tornó denso, como si la presencia de alguien más hubiera aplacado el frío. Trató de convencerse de que era producto de su estado nervioso.
No lo consiguió. Su pulso se aceleró escandalosamente al percibir el sonido de una profunda respiración cerca. Tan cerca, que pudo darse cuenta del estado colérico de su propietario.
La sensación de peligro fue inminente. Tenía que marcharse de allí.
La pesada cadena resbaló entre sus dedos y dio un sonoro golpe al caer. Luxanna se incorporó y buscó con los ojos la figura de alguien más, pero no vio a nadie. ¿Cómo podía aquello ser posible?
¿Significaba eso que podía escapar? ¿De verdad estaba teniendo tanta suerte?
Decidió que el miedo no volvería a jugarle una mala pasada. Pero en cuanto la joven se dio la vuelta, chocó de bruces contra un muro y ahogó un grito de sorpresa.
Con la respiración entrecortada, elevó el cuello y se quedó sin aliento. El muro, eran en realidad unos ojos que la acechaban con una furia casi animal. Y su propietario era enorme.
No podía apartar la vista de él. Una oleada de calor se extendió por su rostro y volvió a quedarse sin respiración. Luxanna se encontró sosteniendo la mirada más salvaje que nunca antes había visto.
Dios santo, ¿A dónde había ido a parar?
¡Hola!
Espero que estéis tod s bien. Me preguntaba, qué tal os parecía la extensión de este capítulo. ¿Facilita que la lectura sea más ágil? ¿Qué creéis?
De nuevo, muchas gracias por vuestro apoyo votando y comentando. ¿Sabéis que os quiero, no?
Nos vemos en el siguiente capítulo...¡A ver cómo reaccionan ambos cuando se vean!
Besos ❤️
