¡Hola! Espero que hayáis pasado una semana genial.

Quería comentar una cuestión acerca de este capítulo:

El carácter inicial de Sylas en esta historia, es mucho más áspero que en el juego. Desde mi punto de vista, lo último que querría una persona que ha pasado quince años en la prisión para magos, es reír. Pero no os preocupéis, evolucionará a medida que vaya interactuando con nuestra querida heroína, Lux ❤️

Gracias por vuestro apoyo y feliz lectura.


Capítulo 3

Luxanna no podía moverse. Unos ojos azul eléctrico la atravesaban como cuchillas y brillaban como lo haría la mirada de un lobo cuando ve a su presa. Estos alternaban su dirección entre ella y la cadena que había caído al suelo.

El propietario de aquella intensa mirada, dio un paso en su dirección y la joven imitó el movimiento en el sentido opuesto. El sonido afilado del metal chocando entre sí le indicaba que estaba encadenado por alguna parte del cuerpo.

Tuvo una corazonada de que podía descifrar quién era, pues aquellos ojos de un color tan penetrante que parecían resplandecer en la oscuridad, sólo recordaba haberlos visto una vez en toda su vida.

Cuando la escasa luz que atravesaba la ventana se derramó sobre aquella enorme figura, pudo distinguir la imagen de un hombre muy alto y musculoso. Ella tembló cuando vio el tamaño de sus enormes manos, tan poderosas que podrían estrangularla sin esfuerzo.

Por todos los infiernos, iba a acabar con ella allí mismo.

—Por favor— Suplicó al instante con voz temblorosa. —No me hagáis daño.

El prisionero inclinó la cabeza, como si estuviera considerando sus palabras.

Luxanna dudó. Habían pasado quince años y el joven Sylas de entonces no tenía nada que ver con el bruto delincuente que tenía en frente suya.

Aunque en aquel momento de su infancia era una niña sin ningún tipo de conocimiento sobre hombres, no recordaba que los músculos de Sylas fueran grandes y duros como el granito. Tampoco que fuera tan alto que le obligase a levantar exageradamente el cuello para mirarlo.

¿Y si se había equivocado de celda?

El miedo se abrió paso en su interior. Sabía lo que ocurriría: de un momento a otro su cuerpo comenzaría a brillar y delataría su propia maldición.

Había sido una estúpida acudiendo allí, iba a morir y ni si quiera tenía fuerzas para gritar y pedir ayuda.

Se estudiaron en silencio durante un largo rato. Cada uno parecía aguardar a que el otro hiciera un movimiento.

—No sois una cazadora de magos. — Observó el preso. Tenía la voz tan ronca y profunda que pareció traspasar su cuerpo.

Luxanna creyó distinguir una nota de resignación en su voz. ¿Era posible que la hubiese confundido con una cazadora? O todavía peor:

¿Estaba decepcionado por haberla visto a ella?

Unas marcas violáceas resplandecían misteriosamente sobre sus fuertes brazos y parecían palpitar con vida propia. Ninguna prenda de ropa cubría aquel torso repleto de músculos y estaba tan cerca que podía percibir el calor que provenía de él.

Lo miró directamente a los ojos, intentado buscar una respuesta al embrollo en el que se había metido.

—No. — Respondió con un ligero hilo de voz. Tan bajito que dudaba que la hubiera oído. —Aquí no hay cazadores.

—¿Y dónde están los soldados?

Ella retrocedió otro paso en cuanto advirtió la urgencia con la que le había preguntado.

—Están haciendo guardia en las murallas.

El criminal estrechó la mirada, sus ojos vibraban con interés.

Luxanna se sintió estúpida, estaba tan asustada que ni siquiera medía las palabras que formulaba; le había revelado que estaba allí completamente sola. Con él.

Valoró la opción de correr y huir de la celda, pero el criminal estaba detenido frente a la puerta y le bloqueaba la salida.

Ella tragó saliva y procuró hablar con tono firme:

—Tengo que irme.

—No. — Le dijo con brusquedad.

Había sido una ilusa pensando en que la dejaría marchar sin más. Menudo problema en el que se había metido.

—Habéis forzado la cerradura para entrar aquí. —Explicó él. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando vio un brillo de astucia en lo profundo de aquella mirada salvaje. — O deseáis morir, o estáis buscando a alguien.

Aquella puntualización hizo que Luxanna reparase en que él era observador. Demasiado observador como para ser un bruto criminal.

¿Qué salida le quedaba ahora más que decir la verdad?

—Busco a Sylas.— Farfulló. — A Sylas de Dregbourne.

—¿Para qué? ¿Quién sois?

—¿Para qué? — Repitió ella sin pensar y levantando la barbilla. — ¿Y eso en qué os concierne a vos?

El gruñido que liberó a continuación le indicó que no le había gustado su respuesta. Se quedó aterrada cuando lo vio acercarse lentamente, acortando la distancia entre sus cuerpos con cada paso que daba.

Estaba acostumbrada a los hombres altos, su padre y su hermano también lo eran. Pero, Dios santo, aquel prisionero la intimidaba de una forma que jamás antes había sentido. La hacía ser consciente de lo pequeña que era, e incluso, de su propia feminidad.

¿Qué le estaba pasando?

Inesperadamente, la espalda de Luxanna chocó contra la fría pared de piedra. La había acorralado y estaba tan cerca que podía percibir el calor que irradiaba la piel de aquel hombre.

—Tendría que saber por qué una muchachita ha irrumpido en mi celda en plena madrugada, bajo la premisa de que me está buscando, ¿No creéis?

La joven debería de haber sentido alivio al dar con la persona correcta, pero no fue así.

Estaba a solas con el hechicero más peligroso de Demacia, sin ningún tipo de protección y tenía tanto miedo que apenas podía pensar.

Sylas entornó los ojos ante aquel largo silencio. Su mirada azul eléctrico era todavía más penetrante y afilada de lo que recordaba. Él la recorría de arriba abajo, como si tratase de averiguar algo sobre ella a un nivel muy profundo.

Aunque su sentido común le pedía a gritos no distraerse, su vista se había acostumbrado a la oscuridad, y él estaba tan cerca que pudo percibir mejor su aspecto.

Sylas desprendía un aire amenazador y misterioso, pero su apariencia era todavía más salvaje: tenía el pelo de un tono negro azabache, caía en mechones gruesos y desaliñados hasta llegar los anchos hombros. Sus facciones duras y angulosas se acentuaban bajo aquella mirada sibilina, que parecía poder cortar hasta el viento.

El arco de su ceja derecha estaba partido por una cicatriz. Sospechó que tendría más huellas de heridas sobre la mandíbula, pero su espesa barba las ocultaba. Cielos. Si hasta parecía que no había visto el reflejo de una hoja de afeitar en siglos.

Su curiosidad femenina, le hizo desplazar la mirada hasta sus gruesos labios durante unos segundos. Era lo único suave que poseía y Luxanna detestó que le parecieran atractivos.

Todo en él la cautivaba más de lo que recordaba.

—Muchacha. — Su voz resonó por la celda en un sonido duro y oscuro. — Quién sois y por qué me buscáis.

Ella apartó aquellos pensamientos intrusivos sobre la apariencia de él y cuando volvió al presente, descubrió que no era la única que observaba. La mirada de Sylas destellaba con intensidad mientras la estudiaba desde cerca.

Abrumada, la joven apartó la vista y apretó los labios. No estaba acostumbrada a tal proximidad con un hombre, y menos con un delincuente. La ponía de los nervios y sentía el peligro por cada uno de los poros de su piel.

—Yo... Me llamo Luxanna. — Comenzó con precaución. — Y necesito que me respondáis a algunas preguntas.


Sylas arqueó una oscura ceja. Hasta que no tuvo a la muchacha a un palmo de distancia, no supo distinguir si ella era real o una ilusión de su enloquecida y todavía nublada mente.

No lo comprendía: ¿Había arriesgado su vida para hacerle un interrogatorio?

Era tan ridículo que era difícil de creer.

Agudizó la mirada y la observo con detenimiento: Luxanna, —había dicho que se llamaba— poseía un aire asustadizo que le recordó a Solari; una gata de pelaje cremoso que lo acompañó en su infancia y que huía despavorida en cuanto lo veía. Pero Sylas no tenía un mal recuerdo de ella, en absoluto.

Los gatos tenían la capacidad de transformar la energía de su entorno y él podía absorber toda cuanta quisiera mientras acariciaba uno. Después la fiera pasaba unos días durmiendo sin parar para recuperarse.

Había un rasgo en la actitud de Luxanna que lo había empujado reducir la cercanía entre ellos. Por la forma en la que había levantado la barbilla, parecía coraje. Pero maldición, lo hacía dudar. Ella retrocedía como un animal acorralado y estaba tan asustada que apenas le dejaba pensar con claridad.

¿Tanto miedo tenía de él?

Era una joven contradictoria. Había entrado en su celda sin hacer el menor ruido, como si de una espía se tratase, y él la había confundido con un soldado o cazador. Estuvo a punto de arrojarse sobre ella y de rodearle el cuello con su poderoso bíceps hasta asfixiarla. Pero se detuvo.

A pesar de que el poder mágico de Sylas estaba inhibido por los pesados grilletes de sus brazos, era capaz de percibir la magia en su entorno. Al instante, pudo distinguir que había un elemento en la energía de Luxanna que no encajaba.

Los tatuajes de runas mágicas sobre sus brazos se habían iluminado ante la presencia de la joven; aquello sólo ocurría cuando percibía magia a su alrededor. Después, la energía contenida en su cuerpo, había viajado a través de los grilletes hasta llegar a las cadenas.

Luxanna había contemplado aquellas cadenas y Sylas agudizó su sensibilidad para saber qué se proponía hacer. Captó una emoción que lo confundió todavía más: estaba horrorizada, como si también conociera la sensación de cautiverio.

¿Quién era esa joven?

En ese momento, aparentemente, parecía una muchacha frágil y delicada. Pero la energía que percibía de ella era ardiente, caótica y tan potente que ansiaba manifestarse.

No tenía ningún sentido.

Trató de buscar algún signo de engaño en su apariencia: llevaba una capa que le llegaba a la altura de los tobillos y ocultaba cada una de las formas de su cuerpo. Con todo aquel caos la capucha se le había caído hacia atrás, revelando un cabello largo y rubio que le llegaba hasta la cintura. Su melena brillaba tanto que parecía estar echa de oro hilado.

Aquel detalle lo asombró. Pero cuando se fijó en su piel, le pareció un atributo todavía más atrayente; blanca como la porcelana, parecía el lienzo perfecto para definir los rasgos finos y delicados que enmarcaban su rostro en forma de corazón. Sylas respiró hondo y descendió más la vista. Sus labios eran llenos y sonrosados. Invitadores. Luxanna tenía el tipo de belleza clásica que volvería loco a un caballero.

Pero él no era nada de eso.

Sólo era un asesino que buscaba venganza.

Llevaba quince años sin ver a una mujer de cerca y eso era todo. No tenía que perder de vista que su dulce apariencia podía ser una trampa.

Algo en el suelo captó su atención: los zapatos de Luxanna. Eran de satén azul y las puntas estaban bordadas con detalles dorados. Se percató de que la joven entraba en tensión, como si la mirada de él en esa zona la incomodase.

La verdad es que Sylas había tardado en darse cuenta de qué era ella. Por lo menos no inmediatamente. Pero sólo una muchacha de elevada posición social vestiría algo tan ridículamente ostentoso.

Que una desconocida perteneciente a la nobleza fuera la primera persona que se atreviera a invadir su celda, no hacía, sino que aumentar la desconfianza que le había suscitado.

¿Por qué lo buscaría una noble con poderes?

Lo más probable era que la estuviera infravalorando. No podía fiarse de nadie y mucho menos de ella. La gente de aquella índole, era todavía peor que la que había en los barrios pobres de Demacia, o incluso en la cárcel para magos.

La justicia era una mentira; el poder y el dinero tenían la capacidad de taparlo todo. Hasta de encubrir a personas con poderes. Magos cómo él y ella.

De pronto, Sylas descendió los párpados lentamente y descubrió que Luxanna lo estudiaba en silencio, escrutándolo en busca de una contestación.

Sus miradas se encontraron en la oscuridad y el mago notó un extraño cosquilleo en el pecho. Fue incapaz de apartar la vista.

La claridad con la que resplandecían aquellos enormes ojos fue sobrecogedora. Estaban rodeados de pestañas y eran de un azul cielo, tan luminoso que parecía que podían ver a través de su alma. Sentía que se hundía en ellos.

Sus tatuajes reaccionaron. Irradiando un brillo violáceo que aclararó la oscuridad de la celda. Percibiendo su magia.

Hubo algo extraño: una sensación familiar se abrió paso en su interior. Por la forma en la que Luxanna lo miraba, le produjo el efecto de ya haber vivido aquel momento anteriormente.

La mente de Sylas respondió. Desplazándolo años atrás, justo en el momento de su entrada en el recinto de los cazadores de magos.

Aquella niña entre el público no parecía tener poderes, pero había percibido una energía especial que dormía en su interior. Sospechó que era magia y le hizo detenerse en seco para averiguarlo.

Le pareció tan fuera de lugar en medio de una procesión de magos arrestados, que no pudo más que permanecer en silencio y contemplar sus fascinantes ojos, a la espera de saber qué había de extraordinario en ella.

Cuando descubrió que se trataba de magia de luz, supo que era rara e inusual. Y al igual que a la joven noble, podría haber estado mirando a aquella niña durante horas.

Sylas sintió un extraño ardor en el pecho y su respiración se detuvo.

En cuestión de segundos relacionó ambas figuras y todo encajó en su cabeza.

¿De verdad el destino podía ser tan caprichoso?

La niña que conoció años atrás, era Luxanna. Había crecido y aunque desprendiera el mismo aire orgulloso que todos los nobles que había visto, ella no era lo que aparentaba.

Nadie creería que una joven de aspecto suave y manso, como un gatito, pudiera ser tan peligrosa. Sylas debía de andarse con cuidado. La joven que tenía delante guardaba dentro de sí un intenso poder que buscaba expresión y libertad. Pero vibraba en el peor de los estados: el caos.

Era extraño. Hacía más de una década que no percibía la energía de otro mago, y en aquel momento, ver a una Luxanna adulta, le produjo un desconcertante interés.

¿Cómo sería absorber su magia de luz? ¿Y controlarla?

Una señal de alarma se disparó en lo más profundo de su ser. Absorber la energía de un mago sin dominio alguno sobre su poder, era demasiado peligroso. Tendría que hacer uso de todo el control que tenía sobre sí mismo para que no ocurriese lo de la última vez.

Se le erizó el vello. No quería recordar. No ahora.

—¿Sylas? — Apremió Luxanna con una nota de recelo en la voz. —¿Me ayudaréis?

Su voz lo sacó de sus recuerdos. Entornó los ojos y procuró ceñirse a la realidad.

Ella sólo le traería problemas y él no podía absorber nada. Llevaba unos grilletes que bloqueaban cualquier indicio de magia y no había forma humana de deshacerse de ellos.

Sólo le quedaba aguardar hasta que llegase el momento de cumplir su venganza y poder asesinar a Pieter Crownguard. Aquel pensamiento le bastó para enfurecerlo.

—Miradme bien. —Gruñó. —¿Creéis que tengo el aspecto de poder ayudar a alguien?

—Por favor. Sólo respond...

—No. — La cortó.

Luxanna esbozó una mueca de disgusto y lo miró. Sus ojos emitieron un destello de inquietud. Parecía ansiosa por liberarse de ese estado de caos energético; ávida de un remedio que sólo otro mago podía ofrecerle: la experiencia.

Supo al instante cuales eran sus verdaderas intenciones.

A pesar de ser una noble con energía mágica en su interior, no tenía ni idea de cómo controlarla. Por supuesto, tampoco se imaginó que él se había dado cuenta de ello.

Y a Sylas no le podía dar más igual.

—¿Siempre sois tan amable? — Preguntó la joven con un tono entre irónico y ofendido.

—¿Debo serlo?

—Supongo que no. — Ella frunció el ceño y oteó a su alrededor. — Imagino que no debe de ser muy agradable estar aquí.

Sylas cruzó los brazos sobre el pecho y permaneció en silencio. No esperaba que ella se pusiera en su lugar. Ese comportamiento no era propio de la nobleza. Y para mayor sorpresa, aquello no le desagradó. Pero había una cuestión que rondaba por su mente y maldición, necesitaba resolverla.

Si alguien iba a hacer preguntas, sería él.

—Os recuerdo de aquel día, muchacha; y se que vos a mi también. — Pronunció mientras sostenía su mirada. El estupor cambió la expresión de la joven cuando escuchó aquellas palabras. — Una prisión es el último lugar donde debería de estar una noble. ¿A qué habéis venido en realidad?; ¿A decirme qué ya habéis manifestado vuestra magia? ¿O sólo buscáis un remedio para controlarla?— Continuó, con un tono de voz cortante y frío. — Hablad. Y ni se os ocurra mentirme, porque lo sabré.

Sylas la miró, penetrante. Por la forma en la que se oscureció el rostro de la joven, supo que no le hizo ninguna gracia que él derrumbase aquella fachada en segundos. Su corazón latía desbocado y se sentía como una maldita bestia.

¿Es que se había convertido en una?