Capítulo 4
Si en algún momento Luxanna había conseguido calmarse, ese efecto desapareció radicalmente en cuanto Sylas descubrió la verdad. No le dio tiempo a reaccionar. El corazón le iba tan rápido que los latidos parecían perforarle los tímpanos.
¿Cómo diantres había averiguado que tenía poderes? ¿Es que había empezado a brillar sin darse cuenta?
Inconscientemente, se miró las manos, esperando ver la singular luz rodeando su piel. Pero ningún brillo extraño había aparecido.
Ella abrió y cerró la boca varias veces. Confundida.
—N-no es posible. — Tartamudeó. — ¿Cómo habéis podido saber que...?
Sylas entornó los ojos. La atmósfera a su alrededor era tan peligrosa como siempre.
—También soy un mago, muchacha. Os podría reconocer incluso en una calle infestada de gente.
A pesar de que transcurrieron quince largos años desde su encuentro, ahora entendió por qué le revelaba aquello: había sabido que tenía poderes desde el primer instante que puso sus ojos en ella.
A Luxanna se le detuvo el corazón de repente. Por la advertencia silenciosa en sus palabras, supo que no sería capaz de escapar de alguien como él.
La recordaba. Y, además, había descubierto el motivo por el que ella acudió a su celda: no tenía ni idea de cómo controlar su energía sobrenatural.
—Estáis en lo cierto, Sylas. Tengo magia. A pesar de que nunca he querido vincularme con ella. —Murmuró, mientras los recuerdos la envolvían. — ¿Por qué os detuvisteis aquel día al verme? Parecía como si estuvierais buscando a alguien.
Sylas la miró fijamente a los ojos.
—Poseéis la luz más brillante que jamás he visto.
La joven parpadeó. Se estaba refiriendo a su magia.
Una sensación cálida se extendió de repente por el cuerpo de Luxanna. ¿Por qué se había tomado su respuesta como si fuera un cumplido?
¿Acaso lo era?
Meditó sus palabras durante un momento y se percató de que, la única información que conocía sobre Sylas, fue el homicidio de los cazadores de magos que su familia había mencionado años atrás.
Y aquello le debía bastar para que no bajase la guardia.
—Nadie sabe mi secreto. — La joven se aproximó a él. El repentino movimiento hizo que el criminal tensase los músculos. Dando la impresión de que su cercanía lo incomodaba. Aún así, ella continuó: —Por favor; no me delatéis Sylas. Si alguien llegase a enterarse sería la ruina de mi familia.
El semblante de Sylas era pétreo. Ninguna emoción delató que sus súplicas tuvieran algún efecto en él.
Luxanna, esperaba un chantaje o extorsión a cambio de continuar manteniendo el secreto oculto. Al fin y al cabo, era un delincuente, tenía que estar acostumbrado a funcionar con esos métodos.
Pero no lo hizo. Sylas estaba tan callado que su mutismo provocó que los nervios empezasen a aflorar.
—¿Desde cuándo? — Apremió él.
Ella dejó caer las manos a los lados del cuerpo.
—Tres años.
—¿Habéis ocultado durante tres años vuestros poderes? — Señaló con voz ronca.
Le pareció ver una huella de preocupación en la mirada de él. Pero la oscuridad invadía la celda y su desesperación por conseguir ayuda era tan grande, que lo más probable era que hubiera sido obra de su propia imaginación.
—Sí.
—Sois una insensata. — Decretó, clavando sus ojos azul eléctrico en ella. Luxanna enderezó la espalda como respuesta. Tras unos segundos estudiándola en silencio, el criminal habló con un tono más contenido. — ¿Por qué no habéis buscado auxilio?
—¿Y a quién iba a buscar? La magia está prohibida en Demacia.
Sylas se cruzó de brazos. Una señal de discrepancia que se convirtió en algo intimidante debido al gran tamaño de éstos.
—Los suburbios de la ciudad hierven de magos...
Luxanna tuvo la sensación de que él sabía muy bien de lo que hablaba. Pero se decantó por ser precavida y no dejarse llevar por su curiosidad. No iba a preguntar más de lo que debía.
Entonces cayó en la cuenta.
Debido a su trabajo voluntario con los Iluminadores, ella solía acudir a los barrios humildes de Demacia a ejercer su labor de ayuda social. Había presenciado cómo algunos ciudadanos la miraban con desconfianza, pero ella ignoraba el motivo. Suponía que era por su vestimenta y apariencia.
¿Es que al igual que él, los demás magos también podían ver que tenía poderes?
Esperaba equivocarse.
—Lo desconocía. —Confesó.
—Ya veo. Sin embargo, ahora estáis tan desesperada que habéis acudido a mi.
—¡Por favor! — Insistió. — Nunca más tendré una oportunidad como esta; necesito saber qué me ocurre y cómo controlarlo. —Ante la falta de expresión en el rostro de Sylas, añadió: — ¿Qué os puedo ofrecer a cambio? ¿Oro? ¿Monedas? Decidme y será vuestro.
Él no formuló ninguna palabra.
La miraba en silencio con aquellos penetrantes ojos que parecían ansiar devorarla. Por segunda vez consecutiva, Luxanna pudo oler la confusión y el peligro.
Lo había enfadado.
No estaba preparada para soportar la oleada de pánico que sacudió todo su ser en el momento que Sylas la acorraló. Apoyando de forma brusca las palmas sobre la pared, a ambos lados de su cabeza y dejándola aprisionada contra su voluntad. El aire que contenía en sus pulmones escapó por sus labios, quedando completamente paralizada ante él.
Las cadenas que colgaban de los pesados grilletes se tensaron y le rozaron los hombros. El vello de su piel se erizó al percibir el contraste del gélido acero. Al estar tan cerca, fue plenamente consciente el calor y la fuerza que desprendía el poderoso cuerpo del criminal.
Era tan grande que podría partirla en dos con un simple giro de muñeca. Sus mejillas se encendieron de forma vergonzante. A centímetros de ella, los ojos de Sylas la atravesaban con una intensidad indómita. No podía dejar de mirarlos.
Su angustia se empezó a transformar en pánico. Aquel semblante reflejaba tanta agresividad a punto de ser liberada, que lo creyó capaz de cometer cualquier terrorífico acto.
—S-soltadme ...—Farfulló muerta de miedo. — Por favor...
—¿Creéis que podéis sobornarme, muchacha? — Bramó con fiereza.
Ella temblaba tanto que no tuvo el valor de negarlo. Tampoco era capaz de entender lo que había ocurrido. Todo transcurrió demasiado deprisa.
¿Por qué lo había ofendido un simple soborno?
—Los nobles. —Dijo mientras la barría de arriba abajo con una mirada incalificable. — No tenéis salvación; pensáis que los demás existen únicamente para satisfacer vuestros deseos y caprichos. — Al instante, frunció el ceño y entornó los ojos hasta que casi fueron imperceptibles. —Escuchadme bien, Luxanna: alguien descubrirá lo que sois, y moverá los hilos necesarios para que os quedéis en el mismo sitio donde estáis. No olvidéis que tenéis que mantener el apellido de vuestra familia en lo más alto. Sea cual sea.
Luxanna perdió el aliento. La trataba con tanta dureza que no fue capaz de entender por qué, el criminal conocía el destino de los magos en las familias nobles.
¿Qué más información guardaba para sí?
Los prejuicios de Sylas sobre la aristocracia demaciana eran más que merecidos. Muy pocos nobles tenían consideración con los demás ciudadanos, por no hablar de cómo señalaban a los habitantes con poderes.
¿Era eso cierto? ¿De verdad había magos entre la nobleza? La duda le quemaba las entrañas.
Sin embargo, otra cuestión la había descolocado más aún: ¿Qué quería Sylas que no se pudiera pagar?
—Ansiáis salir de aquí dentro — Se aventuró a decir, dirigiendo la mirada hasta los grilletes de petricita. — Ser libre.
Sylas le sostuvo la mirada un instante y después la apartó. Como si estuviera librando una batalla en su interior.
—Todos queremos ser libres. Hasta vos, que lo tenéis todo en la vida.
Ella sacudió la cabeza.
—Hablad conmigo, Sylas. Estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo.
La garganta del criminal emitió un sonido oscuro. Ella estaba llevando su paciencia al límite.
—No quiero llegar a ningún acuerdo con vos. — Sentenció de forma cortante. —Nunca podréis darme lo que quiero.
Dios santo. Qué obtuso era.
Sin embargo, había algo más que él no estaba diciendo. Al principio no estaba segura, pero ahora tenía la fuerte sospecha de que era un mago de nacimiento. Reparar en aquel detalle, hizo que el corazón se le encogiera en el pecho.
Sylas parecía hablar desde su dolorosa experiencia, expresando el rencor que sólo albergaba alguien que había sido maltratado durante toda su vida.
Pero ella no era la culpable de su situación y tampoco había tenido la oportunidad de elegir formar parte de una familia poderosa. Aunque últimamente sentía que no pertenecía a ningún sitio.
Por dios, solamente quería una mano que la ayudase.
—Lamento haberos ofendido. — Murmuró. —Pero, no es justo que paguéis conmigo vuestro odio por los de mi clase. No todos los nobles somos iguales.
El criminal expulsó aire por los labios. Dando la impresión de que ahogaba una risa.
Aquel cínico gesto la desarmó. Luxanna sintió un extraño mariposeo en el estómago, como una oleada de calor que se expandió por su vientre. Lo que más la había desconcertado en ese momento, fue reparar en lo increíblemente atractivo que era el mago. Se lo quedó mirando, embelesada.
La belleza de Sylas no tenía nada que ver con la de los caballeros demacianos que estaba acostumbrada a ver. Había oscuridad en él y una poderosa fuerza sexual que se le hacía imposible de ignorar. Sin embargo, también notaba el profundo dolor que albergaba en su interior. Al que nadie tenía acceso salvo él mismo.
Diantres, ¿Por qué la hacía pensar en esos detalles?
Lo oteó con cuidado. Pero por la forma que apretaba los puños contra la pared, a ambos lados de donde estaba su cabeza, le indicaba que él no sentía ni una pizca de gracia, ni atracción, ni compasión.
Sino cruel desprecio.
Sylas había respondido a la provocación de la joven con agresividad. Su interior estaba revuelto como un mar enfurecido y sólo pretendía que ella cerrase el pico. Pero maldición, no lo conseguía.
No estaba pagando con ella su resentimiento hacia la aristocracia; sería un sectario si pensase que una muchacha era la culpable de todo lo que había hecho una clase social entera.
Lo que de verdad le había molestado, era que Luxanna le hubiera propuesto una artimaña tan indigna como el soborno, y que él hubiera estado a punto de aceptarla.
Aquella verdad le escoció como si de una herida abierta se tratase. Puede que anhelara la libertad, pero ¿Tan desesperado estaba por cobrar su venganza? ¿Por asesinar a Pieter Crownguard?
Y aunque lo consiguiera, ¿Cuál sería su siguiente movimiento?
¿Podría huir de la ciudad? ¿O lo capturarían y sería decapitado?
Un hormigueo recorrió su cuello ante ese pensamiento. Aquel bastardo tenía que pagar por todo el dolor que había infligido: tanto a sus padres, como a los demás magos de Demacia e incluso, a él mismo.
Pase lo que pase, se llevaría la vida de Peter Crownguard consigo. Aunque en el esfuerzo tuviera que sacrificar la suya propia.
Esa idea hizo que apretase los puños con fuerza sobre la pared, conteniendo la ira que ascendía desde la base de su estómago. La joven que aprisionaba contra su cuerpo abrió los ojos como platos, consumida por el terror de ser testigo de su brutalidad.
Ese detalle atrapó su atención y liberó una sensación densa y hasta ahora desconocida en su interior: remordimientos.
¿Por qué Luxanna se esforzaba tanto en saber lo que él quería? Tanto si accedía a ayudarle a controlar sus poderes, como si no lo hacía, a ojos de ella, continuaría siendo el mismo asesino y criminal de hace quince años.
¿De verdad pensaba que alguien como él podría ayudarla?
Maldita muchacha, su ingenuidad le había hecho dudar.
Puede que Sylas hubiera nacido en una familia de hechiceros pobres, pero todavía sobrevivía en él huella de lealtad hacia sus principios.
Y entre ellos, estaba no ayudar a un mago de la nobleza.
Su petición lo había enfadado de verdad. La impotencia inicial se había transformado en rabia, y lo había cegado de una forma tan visceral, que ni se percató de cómo la había acorralado contra la pared.
Maldición. Llevaba tanto tiempo sin tener una conversación con alguien, que ni medía sus propias reacciones. La proximidad a la que estaban sus cuerpos, le hizo percibir con precisión cómo la joven se estremecía.
¿Tenía frío?¿O fiebre?
—¿Estáis enferma, muchacha?
—N-no. —Susurró mientras lo miraba bajo sus largas pestañas.
—¿Por qué tembláis?
—Yo...— Ella titubeó y luego admitió: —Creo que vais a hacerme daño.
Sylas sopesó sus palabras, pero no se movió de su posición. A pesar de que en un principio había estado a punto de asfixiarla, ahora se estaba arrepintiendo de no haberlo hecho. Ella le producía un molesto cosquilleo bajo el pecho que frenaba sus impulsos: le hacía ser consciente de emociones que eran totalmente ajenas a él.
Maldito infierno, ¿Por qué tenía que ser así con una noble?
Luxanna levantó el cuello al advertir que él se demoraba en contestar y sus miradas volvieron a encontrarse.
El mago apretó los dientes, ¿Eran imaginaciones suyas, o aquellos ojos claros como el cielo, reflejaron una chispa de aversión? ¿Ella lo encontraba repulsivo? ¿O era su propio rechazo?
Sea lo que fuere, le molestaba.
—Maldita sea, parad. — Ordenó. —Si quisiera haberos hecho daño, tened por sabido que ya os lo había hecho. Dejad de mirarme como si estuvierais viendo al diablo en persona.
La joven elevó suavemente las cejas.
—¿Entonces por qué os comportáis como él? ¿Lo sois?
—No. —Manifestó serio. —¿Eso dicen de mí los señores que os enseñan?
Ella desvió la mirada en silencio y fue respuesta suficiente. Pero no le iba a afectar lo que una noble pensase. Con suerte, jamás volvería a ver a Luxanna. Aquel pensamiento le produjo un extraño pinchazo en las costillas y le hizo reparar en el otro elemento que no había percibido.
Al estar tan cerca, un nuevo olor que flotaba en el ambiente consiguió saturar sus fosas nasales y distraerle. El olor a miedo dio paso a un aroma más femenino: ella olía a limpio, como un campo de rosas en primavera.
Rosas.
Durante muchos años, Sylas no había olido más que la piedra húmeda, la mugre y el barro. Siempre había sentido rechazo por los olores pretenciosos de la nobleza, sin embargo, el aroma que desprendía la piel de Luxanna le gustó. Hizo que empezara a desenredarse en él un singular hormigueo sobre su entrepierna que llevaba años dormido. Atracción. Deseo.
Maldijo. No estaba actuando del modo que solía actuar. Sobretodo, cuando empezó a ser consciente de las formas de su cuerpo. En un principio le pareció enjuta y frágil, pero bajo aquella capa sumamente holgada, pudo notar un cuerpo esbelto y con curvas delicadas.
Sylas frunció el ceño ante aquel pensamiento y su entrepierna se inundó de calor. Debía de ignorar aquella odiosa sensación. No era un hombre que soliera abandonarse a sus instintos.
Sólo había pasado tantos años sin la compañía de una mujer, que había olvidado cómo olía una.
No podía perder de vista que Luxanna y él eran muy distintos. Ganarse la simpatía de la muchacha no era una opción. Ella había vivido en una burbuja toda la vida. A salvo en su mundo de fantasía y sin idea de lo precaria que era la situación de los magos en Demacia.
Puede que Sylas ansiara realmente ser libre, pero por encima de todo buscaba venganza. Y Luxanna jamás podría ayudarle en ese aspecto. La gente como ella, estaba movida por el interés. El egoísmo y la ingratitud.
—¿Podéis decidme al menos por qué no pensáis ayudarme? —Preguntó la joven.
Maldición. Seguía empeñada en lo mismo y a él se le estaba agotando la paciencia.
—Vos no necesitáis nada de mi. —Ordenó, cortando el seco su insistencia. —Puede que seáis una maga, pero estáis tan ciega que ni habéis visto lo evidente, ¿O es que no lo sabéis? En vuestra clase, los magos pueden vivir al margen de la ley, pero en la mía son perseguidos, encarcelados y torturados.
—Conozco lo que les ocurre a algunos magos de la ciudad... —Indicó, con un inesperado tinte de compasión en la voz. — Pero desconocía que hubiera magos entre la nobleza.
—Ahora lo sabéis. Sed una más y continuar vuestra vida tranquila.
Le pareció ver un destello de dolor en la mirada de ella. Pero aquello solo sirvió para enfurecerle todavía más: lo último que quería era sentir pena por una noble.
—Sylas, entrad en razón... — Continuó. — Esta situación afecta a todos los magos de Demacia y sabéis tan bien como yo que debe de haber un cambio. No quiero continuar viviendo con miedo, os estoy pidiendo ayuda sincera. Buscaré la forma de compensaros.
El criminal entrecerró los ojos mientras digería la acometida de furor que se abría paso en lo más profundo de su ser. Santo infierno. Ella conseguía colmar su aguante. ¿Es que no habían servido de nada sus advertencias?
Esta vez no trató de contenerse. La tomó por la barbilla, obligándola a enfrentarlo.
—Oídme bien, muchacha. —Le espetó, volcando toda su ira y frustración en el tono de voz. — Estoy harto de vos y vuestros lloriqueos. Volved a donde quiera que hayáis salido y contadle a todo el mundo lo que sois; veréis por vuestra propia mano que no os apetecerá cambiar nada.
La posibilidad de que Luxanna lo mirase con las lágrimas a punto de brotar y él se sintiera como un delincuente sin escrúpulos, era remota pero no inexistente. Maldijo para sus adentros. En un rato había removido más emociones en él, que las que tuvo en quince años de condena.
Cuando ella decidió romper su silencio, trató de enderezar la espalda y mantener una actitud solemne. Pero bajo sus dedos, Sylas percibió un temblor sobre su delicada mandíbula que la delataba. Para mayor sorpresa, fue consciente de la finura de su piel y se vio obligado a reprimir el impulso de mover un dedo para descubrir si era tan suave como aparentaba.
—¿Por qué me tratáis tan injustamente?
Él respiró hondo y le soltó la barbilla. Tratando de liberarse de cualquier estúpida tentación.
—La vida misma no es justa.
—Me equivocaba con vos. — Refutó la joven. — Al parecer, sois peor de lo que dice vuestra reputación.
El semblante de Sylas adquirió un gesto severo.
—Entonces no se qué hacéis todavía aquí.
La joven miró de soslayo los poderosos brazos que la acorralaban, dando a entender que él era el culpable de que ella estuviera en esa situación.
Sylas gruñó y retiró las manos de la pared. Los eslabones de cadenas emitieron un sonido al moverse.
El aire frío de la celda se abrió paso entre ellos como el filo de un arma. No había sido consciente de lo encendido que estaba el ambiente hasta que se hubo separado de Luxanna.
De pronto, percibió un premonitorio cosquilleo en la nuca y se quedó paralizado.
Si su presentimiento no le engañaba, estaba notando una poderosa energía a punto de emerger de la figura de ella. Por su propia experiencia, sabía bien lo que podía ocurrir si no frenaba aquello.
Un espacio cerrado como lo era una celda, era un mal lugar para liberar un torrente de magia.
