Capítulo 5

Sylas la miró directamente a los ojos. El pecho de la joven subía y bajaba. Tenía el rostro escandalosamente rojo por la humillación, pero su expresión era la de una persona aterrorizada y confundida.

El nefasto presagio que tuvo se había cumplido. Ahora, un brillo dorado comenzaba a vibrar alrededor de la figura de Luxanna.

Supo que las emociones de la joven estaban desbordadas y la magia que tanto se empeñaba en ocultar, exigía liberación. Ella no pareció comprender qué estaba ocurriendo hasta que estiró un brazo y contempló la energía revolviéndose sobre el contorno de aquella extremidad.

Él había provocado esa reacción con actos y palabras

Cuando Luxanna lo miró rogándole ayuda, una punzante sensación que no pudo identificar afloró desde su abdomen y subió hasta su pecho. Habría pensado que era culpa, pero él creía que había perdido la capacidad de sentirla.

Esta vez no pensó. Alargó una mano y rodeando la muñeca de Luxanna, atrajo a la muchacha hacia sí. Oyó que ahogaba un grito ante aquel rápido movimiento, pero no fue nada comparado con la reacción que tuvo su cuerpo al percibir a una joven tan delicada. Y por primera vez, el vivo contacto con su magia.

El corazón le dio un vuelco. Sylas no había hecho algo tan peligroso en toda su vida.

Sorprendentemente, el instinto había superado a la prudencia. Absorber la magia de un hechicero que no tenía ningún control sobre sí mismo, podría ser su perdición; él tampoco podría controlarla.

Sylas echó la cabeza hacia atrás y sintió la poderosa energía que viajaba por su cuerpo.

Jamás había experimentado una sensación tan intensa como aquella. Los tatuajes en sus brazos resplandecían, emitiendo destellos violáceos y reaccionando a la corriente de poder.

En otras circunstancias, habría absorbido la energía en un instante y podría haberla utilizado a voluntad hasta haberla agotado. Pero la magia de luz no tenía inicio ni fin. Era fascinante. Ardiente. Indómita. Sin límites.

Y Luxanna la portaba en su interior. Sólo ella.

Con el uso de aquella fuerza, Sylas podría derrumbar hasta una inmensa fortificación de un solo chispazo. Incluso podría acabar con un ejército entero. Era demasiado potente para ser ignorada.

Cuando comenzó a percatarse de lo que estaba sucediendo, el efecto inhibidor de la petricita actuó y el mago, sintió cómo la sensación de derrota le encogía el corazón dolorosamente.

Pasaron unos segundos hasta que los enormes grilletes bloquearon la energía que liberaba Luxanna; la muchacha noble que volvió a ver después de quince años, y que le volvió a descolocar tanto como desde entonces, cuando sólo fue una niña.

Diablos, ¿Por qué ella tenía ese efecto sobrecogedor sobre él?

La joven parpadeó con los ojos anegados en lágrimas y le dirigió una mirada llena de incertidumbre. La poderosa magia se desvaneció, efímera. Como si nunca hubiera existido.

—N-no era mi intención...

Sylas cuadró los hombros y tragó saliva.

—Lo sé.

Estuvieron mirándose en silencio durante un largo rato. De pronto, volvió a sentir aquella molesta punción en el pecho, dificultándole pronunciar una sola palabra.

No sabía qué le había afectado más: si haber probado una ínfima parte de su grandioso poder de luz, o comprobar que, tratándola con crueldad, había conseguido que brotase la magia que guardaba dentro de sí misma.

—Sois sensible. —Respondió con voz ronca. —Tendré más cuidado.

Un brillo desconcertante nubló los ojos de la joven y asintió despacio. Sylas comprendió el significado de aquella reacción: sus palabras sonaron a disculpa, y estaba claro que eso era último que esperaría de alguien como él.

Luxanna miró la poderosa mano que todavía la estaba sujetando y su voz salió por su garganta con tanta suavidad, que le dio la impresión de que le acariciaba los oídos:

—¿Cómo lo habéis hecho?

—Yo no. Os aseguro que no habría sido tan sencillo ni rápido. — Respondió más para sí mismo que para ella. Luego hizo un gesto con la barbilla, señalando los grilletes. —Es este material; bloquea cualquier tipo de magia.

La joven se limpió una lágrima y esbozó una leve sonrisa.

—Quizá yo también necesite llevar grilletes.

Sylas frunció las comisuras de sus labios ante aquella ocurrencia. Estaba seguro de que la muchacha no aguantaría ni una hora con aquellas ligaduras puestas. Ningún mago en su sano juicio se acostumbraría a ello. Era antinatural.

Él era una excepción. Desde hacía quince años, lo único que sentía era rabia y frustración. Su capacidad de sobrevivir estaba vinculada únicamente a cumplir su venganza. Los grilletes eran un mal menor.

Pero apareció otro pensamiento y dudó.

Al fin y al cabo, puede que ella lo sorprendiese: Luxanna ya llevaba sus propias cadenas, pero eran invisibles y solamente ella podía deshacerse de aquellas ataduras.

Debía dejar de aparentar que no era especial. Porque su poder mágico era extraordinario.

Instintivamente, los músculos de Sylas se tensaron en cuanto la joven apartó su mano con cuidado. El toque fue tan dulce que le causó un hormigueo sobre la piel. La miró durante un largo tiempo, tratando de detectar miedo o aversión. Pero no había rastro de aquellas sensaciones.

Cuando sus ojos se encontraron, vio que sus mejillas adquirían un tono rojizo. Ella ahogó un jadeo en la garganta y apartó la vista al instante. No entendió por qué se tomaba una larga pausa en alisar los pliegues de su capa, esforzándose con increíble atención en arreglar la tela.

No era extraño que estuviera avergonzada por haberse mostrado frágil ante él.

No obstante, su rubor no duró mucho. En cuanto elevó el rostro y lo miró con vacilación, sospechó que había algo que la terminaba de turbar.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? — Le preguntó.

—Más de lo deberíais.

—¡No! Oh, Dios. — Ella se cubrió el pelo con ambas manos. — No. No. No. Debo volver antes de que alguien se de cuenta.

Sylas la estudió con atención. Estaba preocupada porque no debería estar allí. Con él.

¿Dónde debería estar en realidad?

Que aquella joven apareciera en su celda con urgencia lo había desconcertado tanto que, maldición, ni había caído en la cuenta: ¿A dónde lo habían trasladado?

Luxanna, que estaba colocándose la capucha y se proponía cruzar la puerta para abandonar la celda, dio un respingo cuando él le preguntó en voz alta:

—¿Qué lugar es este, muchacha?

Ella se volvió y lo miró detenidamente con sus enormes ojos azul cielo. Como si fuera a verlo por última vez.

—¿Le diréis a alguien lo que habéis visto hoy? — Preguntó refiriéndose a sus poderes.

El mago apretó los puños. ¿De verdad pensaba que él era tan perverso? Puede que se hubiera comportado como tal, pero no estaba dentro de sus planes ayudar a una maga noble. Aunque tampoco la traicionaría intencionadamente.

—No.

La joven hizo un mohín.

—Gracias.

—¿Dónde estoy? — Su voz emitió un sonido cavernoso. Empezaba a sentirse inquieto.

—Estáis en mi casa, Sylas. —Le informó con amabilidad. Después se despidió con un movimiento de cabeza, y antes de salir de la celda reveló: — En la fortaleza de la familia Crownguard.

El eco del portazo al cerrar, todavía resonaba entre las paredes y en sus oídos. Sylas prestó atención a todas las sensaciones que recorrieron su cuerpo y se dejó caer de rodillas en la oscuridad de la habitación.

Todavía estaba procesando aquella información cuando tuvo el impulso de salir tras Luxanna para que le repitiera su apellido. Pero las cadenas se lo impedían. Estaban ancladas al suelo con firmeza y limitaban sus movimientos, haciendo imposible que saliera del calabozo.

No quería haberlo oído bien, pero había dicho Crownguard. Tal y como se llamaba el malnacido que le había arruinado la vida. Pieter Crownguard.

Eran familia.

La boca se le secó. Por todos los infiernos, debería despreciarla sólo por llevar ese nombre.

Sin embargo, no fue desprecio lo que sintió cuando el cuerpo de ella estuvo a escasos centímetros del suyo. Fue una sensación gentil que se extendió por su vientre y diablos, también hizo que su entrepierna ardiera. La dureza de su erección se lo había confirmado.

¿Por qué ella le afectaba tanto?

No estaba acostumbrado a tratar con mujeres y menos con una noble. La reacción física que le provocaba el deseo, o la intimidad que podía descubrir en un suave toque, eran sensaciones extrañas para él. Sin embargo, con ella habían brotado de una forma tan intensa, que hicieron que su autocontrol se debilitara.

Aquello no debía de volver a ocurrir.

Procuró respirar profundamente y dejó que el aire limpio entrara en sus pulmones y aclarase su mente. Ahora podía imaginar por qué motivo a Luxanna le aterraba que alguien descubriera que era una maga.

Tenía miedo de comprometer la reputación de su familia.

El que algo teme, eso que acaba encontrando.

Aquellas palabras surgieron en su pensamiento con la misma rapidez que tarda flecha en alcanzar su objetivo. Formaban parte de los pocos recuerdos que tenía de su madre. Pero no quería recordar. Dolía demasiado.

Tarde o temprano, Luxanna tendría que afrontar la verdad y dejar de ocultarse tras una fachada de normalidad. Y a él debía de causarle indiferencia.

Cuando meditó acerca de la situación, un sudor frío perló su cuello: al haberle negado cualquier ayuda, jamás volvería a ver a Luxanna. No podía saber qué le sucedería después de su encuentro con él.

Una desconcertante sensación le oprimió el pecho: ¿Qué tipo de vínculo tendría con Pieter? ¿Sería su sobrina? ¿O quizá su hija?

¿Por qué estaba ansioso por saberlo si jamás podría descubrirlo?

Recurrió a toda su fuerza de voluntad para alejar las incómodas sensaciones que lo inundaron. Pero como respuesta, sus instintos se rebelaron al instante: ¿Qué más le daba lo que le ocurriese a ella?

No era su problema y no lo sería.

Sylas sólo conocía la soledad, el dolor y la reclusión. Aquellas cosas que jamás habían podido acabar con él, también eran su modo de supervivencia. Y él las aceptaba.

Cuando al fin cayó en la cuenta, trató de asimilar la magnitud de la realidad como nunca antes la había contemplado.

De ningún modo sería capaz de abandonar la prisión, no a menos que le ayudase otra persona.


Luxanna terminó de ajustar la montura de su caballo y comprobó que cada sujeción estuviera en su sitio. Albor (*) movió las patas sobre el suelo, deseando salir a disfrutar del paseo diario. Ella lo acarició. Su pelaje aterciopelado y recién cepillado, resplandecía como la nieve recién caída.

(*) Albor: Primera luz del día, antes de salir el Sol.

(**) Albor: Mandoble legendario de la casa Dayne (Game of Thrones)

La joven amaba montar a caballo. Era la única actividad que le permitía saborear la libertad y no pensar en nada más. Despejaba su mente y le aportaba una dosis de adrenalina al finalizar el día, que le ayudaba a mantener la sonrisa en el rostro.

Aunque lo último que deseara hacer, fuese sonreír.

Últimamente tenía mucho en lo que pensar. Habían transcurrido dos días desde su visita a las mazmorras y la inquietud bullía en su interior. No podía dormir. Estaba tan preocupada intentando buscar otra solución para aplacar su magia, que cuando se dio cuenta, ya había salido la luz del sol.

Suspiró. En ningún momento había imaginado que Sylas se opondría a ayudarla. Estaba tan desesperada que había dado por sentado que, cuando le ofreciera una recompensa, él accedería sin dudar.

Pero el prisionero pareció ser diferente.

Avergonzada, las mejillas se le tiñeron de rojo al recordar que había intentado sobornarlo. El criminal se puso furioso y por la forma en la que la acorraló, pudo percibir el calor que desprendía cada uno de sus poderosos músculos.

Nunca antes un hombre la había hecho sentirse tan abrumaba, ni siquiera Jarvan. La cercanía con Sylas la ponía de los nervios. Le hacía ser consciente de las extrañas sensaciones que provocaba en su cuerpo. Como cuando la tomó por la barbilla sin miramientos.

Al principio fue un movimiento brusco, pero él pareció darse cuenta y aflojó la presión de sus dedos. Lo que al principio pareció un gesto derivado del enfado, casi acabó convirtiéndose en una caricia.

¿Le...gustó?

Sacudió la cabeza, abochornada por sus pensamientos. ¿Qué le estaba pasando? ¿Cómo podía imaginar que un asesino guardase un ápice de gentileza en su interior? Debieron ser imaginaciones suyas.

Sin embargo, él no dudó en contener y frenar la energía cuando ésta surgió del cuerpo de Luxanna sin previo aviso. Después, la mirada que le dirigió fue tan penetrante, que la joven sintió que por un momento, se ahogaba en la profundidad de sus ojos azul eléctrico.

—Luxanna.

Aquella fuerte voz cayó como un jarro de agua fría. La joven enderezó la espalda cuando identificó al instante a su propietario.

Volvió la mirada hacia la entrada de los establos y observó a su padre aproximándose en su dirección. Albor parecía haber notado la atmósfera de tensión, porque relinchaba nervioso y la joven le habló con dulzura para apaciguarlo.

Pieter tenía el ceño arrugado y sus ojos estaban clavados en ella. La frialdad de su mirada se intensificó bajo la escasa luz que había en las caballerizas. Era una mirada infundía terror en el interior de los soldados más curtidos. Haciendo que no quedase ni rastro del padre amoroso que se escondía tras esa imponente fachada de guerrero.

—Hola, padre ¿Qué ocurre? —Dijo tan tranquila como pudo.

Una vez que Pieter se detuvo frente a ella y la miró desde su altura, Luxanna fue consciente del impacto del paso de los años en la apariencia de su padre.

Al estar cerca, vio como su rostro había envejecido y aparentaba más de los cincuenta y cinco años que tenía. Las canas habían esclarecido su espesa barba y su cuero cabelludo estaba tan rasurado, que reflejaba cualquier luz que caía sobre su cabeza.

—¿Vas a salir ahora? — Preguntó él con cierto aire de perplejidad.

—Sí... como cada tarde.

—Estos días anochece más temprano. — Su voz destilaba inquietud. Miró hacia el fondo de los establos, como buscando a alguien. — Le diré a Michael que te acompañe. Deberías llevar un escolta.

Luxanna hizo una mueca de disgusto. No quería que el mozo que cuidaba de los establos la siguiera.

—Siempre salgo sola. Puedo arreglármelas sin un vigilante pegado a mi nuca, pero volveré antes si eso te hace sentir tranquilo.

El guerrero soltó un suspiro.

—De acuerdo.

—¿Por qué me buscabas?

—Mis hombres han encontrado esto: — Pieter desdobló un papel que guardaba en el bolsillo del pantalón y la volvió a mirar con el ceño fruncido. Forma habitual en la que expresaba descontento. —¿Sabes qué es?

A pesar de la calidez de los establos, Luxanna sintió un escalofrío en cuanto identificó el papel.

Era la orden falsificada que le permitía tener una excusa para acudir a las mazmorras. Aparentemente, el objetivo era que supervisara la comida de los presos y en el caso de que necesitase auxilio, podría decirle a un soldado que se había confundido de habitación.

Lo último que esperaba era haber perdido el papel. Estos días había estado tan sumergida en sus pensamientos, que ni se detuvo en comprobar si éste continuaba estando en su poder.

Dios santo. Debió de haberse caído de su capa en cuanto salió corriendo de la celda de Sylas.

¿Qué podía hacer ahora? Se había metido en un gran problema. La firma que había hecho imitaba burdamente la de su padre. Debía de estar furioso.

No supo qué decirle. Por lo que trató de ganar tiempo haciendo otra pregunta.

—¿Dónde lo has encontrado?

—Estaba en las mazmorras. Uno de mis hombres vio la firma y me lo entregó. He tenido que decir que era mío. —La miró largamente. —¿Has bajado allí, hija mía?

Luxanna no sabía qué responder. Las rodillas le temblaron y sintió cómo los nervios la devoraban sin piedad. Ella misma había provocado aquella situación, y no había sacado beneficio alguno. ¿Cómo iba a continuar mintiendo a su propio padre después de que él la hubiera encubierto sin dudar? Sería una hija horrible.

Súbitamente, la oscura y cálida voz de Sylas irrumpió en sus pensamientos:

No intentéis ocultar vuestra farsa durante más tiempo, muchacha. Pronto, alguien descubrirá vuestros poderes y moverá los hilos necesarios para que os quedéis en el mismo sitio donde estáis. No olvidéis que tenéis que mantener el apellido de vuestra familia en lo más alto .

La joven tragó saliva con tanta fuerza que se atragantó. ¿Por qué motivo le mentiría el mago?

Si era aquello que le había revelado era cierto, Luxanna podría continuar con su vida. Siendo ajena a todo lo demás y a costa de todos los ciudadanos con poderes que sufrían a diario en la cárcel para magos.

¿Quería?

Cielos. Estaba arrinconada por todas partes y no veía otra salida posible que exponer la verdad.

Le daba igual lo que le sucediera después. Ya había aguantado suficiente tiempo en silencio. Sólo necesitaba sentirse escuchada y compartir su dolor.

—Padre...— Comenzó. Esforzándose por sostenerle la mirada con tanto valor como pudo. — Ese papel es mío. Desde hace algún tiempo estoy en problemas y he tratado de buscar un remedio por mi cuenta. Pero lo único que he conseguido ha sido mentir a todo el mundo. Lo siento.

La tensión en la boca de Pieter desapareció y sus ojos azules manifestaron un destello de preocupación.

—¿Qué te ocurre, Luxanna? ¿Qué has hecho?

Ella abrió la boca para hablar. Pero fue incapaz de emitir sonido alguno. Tenía las lágrimas en la garganta y aquel misterioso torrente de energía volvía a amenazar con brotar. Dios santo, estaba tan harta. Pero ¿Y si le hacía daño? Jamás se lo perdonaría.

Compartir su secreto había sido una idea horrible. La única forma de hacer que la magia se detuviera, era marchándose de allí y estando sola. Lejos de todo el mundo.

Rápidamente, introdujo un pie en el estribo y con fuerza, se impulsó para subir a la montura. Notó cómo su padre frunció los labios y entraba en tensión ante aquel repentino movimiento. Antes de azuzar las riendas, le dirigió una última mirada que evocaba todo el dolor que acumuló durante tres años. La voz de temblaba de forma espantosa cuando habló.

—Estoy maldita, padre. Por favor, no me odies.

Cuando salió galopando de los establos, lo último que vio desde su montura, fue el reflejo del miedo oscureciendo los ojos de Pieter.


El papel falsificado resbaló entre las manos de Pieter Crownguard, y cayó al suelo con la ligereza de una pluma.

El guerrero ni se percató de ello. Sus piernas estaban clavadas en el sitio y el corazón le palpitaba con tanta fuerza que escuchaba sus propios latidos. Por primera vez, en sus más de treinta años de experiencia como militar, no supo cómo reaccionar. Jamás había encarado una situación como aquella.

Si lo que había visto era cierto, un brillo dorado iluminaba la figura de su hija como si de una deidad se tratase.

Estoy maldita, padre. Por favor, no me odies..

¿Pero qué estaba diciendo? ¿Cómo iba a estar su Luxanna maldita?

¿Y cómo la iba a odiar por ello?

No supo qué le había querido decir con "maldición". Nunca había creído en tontas supersticiones ni leyendas. Pero había visto con sus propios ojos como a ella le ocurría algo que no era normal. Algo grave.

Reflexionó acerca de ella. Desde hacía algún tiempo, percibió un cambio el comportamiento de Luxanna. Se había vuelto distante y observaba su entorno con recelo. Incluso a los miembros de su propia familia; especialmente a él.

Parecía estar desarrollando una fachada que reprimía cualquier sensación alegre o afectuosa que tuviera. Y él cometió el error, de dar por sentado que fue debido a que se estaba convirtiendo en una mujer adulta y su carácter estaba cambiando.

No. Su hija no era así.

Luxanna era una persona dulce y jamás le había mentido. Pero había falsificado una orden con su firma y había acudido a las mazmorras. Si analizaba el trasfondo de ese modo de actuar, llegaba a la conclusión de que ella buscaba algo desesperadamente.

Una sensación desagradable se desenredó en sus adentros. Demonios, esperaba que aquello que estaba sospechando no fuese cierto, porque si lo era, toda la familia tendría que mantenerlo en absoluto secreto.

¿Luxanna tenía magia dentro de sí y estaba buscando un remedio para deshacerla?

Esperaba equivocarse.

En media hora ella regresaría y hablarían seriamente. Elevó la vista hacia la ventana y miró el cielo: por la escasa altitud a la que estaba el sol, anochecería en media hora. Y si no regresaba, saldría a buscarla. Siempre que no se alejara demasiado, podría tenerla controlada.

No obstante, por primera vez en su vida, Pieter se dudó sobre podría ser capaz de ofrecerle una solución. La situación le exigía más de lo que él podía gestionar.

No tenía ni la más remota idea sobre magia.