¡Hola!💕

Os dejo una frase de un libro muy bonito y didáctico, que además me ha recordado a la situación por la que está pasando nuestra querida Lux

Duele, duele un montón,

pero va a pasar,

y cuando sane, más fuerte vas a brillar,

más alto vas a volar,

y más libre vas a soñar.

Y vas a entender, que algunas historias terminan,

para que otras mejores puedan empezar.

El Principito.

Feliz lectura ✨


Luxanna tenía las mejillas arreboladas debido a la carrera a caballo y las lágrimas que había derramado momentos antes, ahora estaban congelándose a causa del frío viento.

Por primera vez en mucho tiempo, estuvo profundamente agradecida de que los establos estuviesen situados de forma contigua al espeso bosque de Meraplata Alta. Al no tener que atravesar toda la ciudad, nadie debería de haberla visto salir del interior de las murallas de Demacia.

Nadie. Salvo su padre.

Demonios, ¿Cómo había sido tan estúpida de estar a punto de revelarle su secreto?

Si ya debía de estar furioso por haber falsificado su firma, ahora acabaría de odiarla cuando descubriera que ella tenía poderes mágicos. Aunque, el brillo de preocupación que emitieron sus ojos cuando le dijo que estaba en problemas, la hizo dudar. ¿Él podría llegar a comprenderla?

Por suerte, Pieter no había tenido noticias de su visita furtiva a la celda de Sylas. O si estaba al tanto de ello, no lo manifestó. La sola idea de que lo descubriese le ponía el vello de punta. Detestaba a los magos. Especialmente a un mago asesino como lo era Sylas.

Si Luxanna tenía una respuesta clara, era que nadie la iba a ayudar.

¿Qué podía hacer ahora?

La joven exhaló aire con fuerza y se obligó a tranquilizar su interior

El sol desprendía los últimos retales de luz y en cuestión de minutos, la noche empezaría a florecer. Se acercaba el momento de regresar a su hogar.

Había recorrido más kilómetros de los que tenía en mente y no sentía deseo alguno de volver al castillo. Ni mucho menos de afrontar las consecuencias. Valorar la situación desde la distancia solía ayudar a esclarecer su perspectiva. Pero esta vez no fue así.

La profunda necesidad de alejarse de la fortaleza de su familia opacaba cualquier sentimiento.

Instintivamente, oteó el entorno con recelo y cayó en la cuenta de que éste le resultaba sospechosamente desconocido. Agarró las riendas y tiró de ellas para frenar el avance del caballo. El repentino movimiento hizo que se desestabilizase de la silla y estuviera a punto de caer.

Mientras trataba de apaciguar a Albor, pensó dónde podrían haber acabado. Ya que siempre tomaban el mismo camino: hacia el oeste, cruzando por el claro de Edessa y después rodeando Demacia hasta volver a los establos del castillo de su familia. En ocasiones se abandonaba a su espíritu aventurero y se alejaba. Pero procuraba buscar puntos de referencia, cómo troncos de árboles, rocas o incluso, un desnivel en el terreno.

Hoy no había tomado ninguna de esas medidas. Había estado tan sumergida en sus pensamientos y problemas, que no fue consciente de lo mucho que se había apartado de la ciudad.

Por la temperatura glacial en la atmósfera y por la imponente altura de los robles que la rodeaban, debía de estar al norte. El corazón se le subió a la garganta. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Trató de aumentar la velocidad y dar media vuelta. Cielo Santo. Al no haber prestado atención a la ruta que tomaba, le sería imposible dar con el camino de regreso. El profundo bosque parecía interminable, o quizá estuviera recorriendo la misma zona en círculos.

Volvió a detenerse y sus ojos se movieron con urgencia, tratando de ver a través de la oscura arboleada. El nudo de congoja en su estómago se intensificó. A pesar de que el aire helado le congelaba hasta las pestañas, Luxanna agitó las cuerdas que controlaban la dirección del caballo. En su interior se apagaba la esperanza de vislumbrar las luces de la ciudad en la lejanía.

Porque la noche se cernía sobre ella y lo único que estaba consiguiendo, era alejarse más todavía.

Cuando menos lo esperaba, la quietud que dominaba el oscuro bosque fue aplastada por el tenebroso aullido de un lobo. El abrupto sonido le detuvo el corazón y se le incrustó en los oídos. Lo último que deseaba era encontrarse con una hambrienta bestia mientras estaba perdida.

Como si salir al galope de aquella zona fuese la única salvación que tenía, obedeció a sus impulsos y continuó el desconocido camino durante horas.


Garen dio un portazo al cerrar cuando accedió al salón. Instintivamente, oteó la habitación en busca de su madre. La encontró en uno de los asientos de terciopelo azul marino, frente a la solemne chimenea.

A pesar de poseer una piel clara y reluciente como un espejo, ahora su rostro estaba pálido y denotaba cansancio. Normalmente, los bucles dorados de sus cabellos solían descender por sus hombros con gracia. Pero en ese momento llevaba el pelo recogido en un austero moño.

Augatha se frotaba las manos con inquietud. Tenía la vista fija en el fuego del hogar y el guerrero podía percibir la intensidad de sus emociones desde el otro lado de la habitación.

Ella no pareció darse cuenta de que él había llegado. Porque dio un respingo cuando Garen carraspeó antes de hablar.

—No está en la ciudad — Le informó. — Hemos recorrido todas las calles, lugares públicos y periferia, pero no hay rastro alguno de ella.

Augatha hizo una mueca de disgusto.

—Oh, Garen ¿A dónde ha podido ir?

El guerrero se pasó una mano por el pelo y procuró calmar la angustia que crecía en su interior. No tenía ni idea de donde demonios estaría Luxanna. Pero si lo que le había comentado su padre era cierto, lo último que desearía la joven Crownguard, sería volver a su hogar.

Hacía un tiempo que observaba a Luxanna comportarse de forma extraña. Que su padre le informara acerca de lo que había visto cuando ella salió de los establos, no le había sorprendido en absoluto.

En varias ocasiones, Garen también había sido testigo de cómo un haz de luz rodeaba la figura de su hermana. Pero demonios. Esperaba que ella tomase la iniciativa de comunicarle lo que le estaba sucediendo.

Días atrás, cuando ella salió huyendo del comedor, la siguió hasta el balcón. Quiso propiciar la situación para que se abriera y pidiese ayuda, pero la muy orgullosa no lo hacía. Prefería tragarse su dolor y sufrir en silencio.

¿Es que pretendía que fuera él quien diera el primer paso? Diantres. Podría pensar que la estaba acosando.

—A estas horas...— Augatha volvió a hablar con voz temblorosa. — Con el frío que hace, sola, de noche...Oh ¿Y si le ha sucedido algo?

—Madre. — Dijo él con autoridad. — La encontraremos.

—¿Tu padre tampoco ha vuelto?

—Sí, lo hizo. Pero tuvo que atender urgentemente otros asuntos con el Rey. — Garen cruzó los brazos sobre el pecho. — Me ha encargado a mi su búsqueda.

—¿Y a qué esperas?

—No espero. Estoy pensando.

Los ojos castaños de su madre destellaron con suspicacia.

—No sé qué quieres decir con eso.

—¿Sabes que ella tiene magia, o no? — Espetó, empezando a perder los nervios.

El silencio se adueñó del enorme salón. Por un instante, lo único que se escuchó, fue el violento crepitar de la madera siendo consumida por el fuego.

—¿Magia?

—Sí, poderes.

—¿Seguro que estás bien, hijo mío? Tanta espada y tanto golpe, te está trastocando.

—Es real, madre. Lo he visto con mis propios ojos. Pero no he resultado ser el único. — Dijo el guerrero amargamente. —Al parecer, padre también. Hoy mismo ha visto su magia.

—¿Crees que ella ha podido irse por ese motivo?

—No lo sé. Es posible que esté asustada. La cuestión es que tenemos una maga en la familia y ahora es mi responsabilidad encontrarla.

La mujer se inclinó hacia delante en el asiento y bajó la vista.

—La encontrarás.

—No sé cómo hacerlo.

—Haz caso a tu intuición y toma las decisiones que consideres necesarias. Puede que todavía estemos a tiempo. —Los ojos de Augatha resplandecieron con esperanza. —Me da igual lo que sea; maga, bruja o curandera. Para mí, es tu hermana y debemos apoyarla. Ahora más que nunca. — Insistió. — Puede que te equivoques, pero jamás te quedarás con la incertidumbre de no haberlo intentado.

Garen se pasó una mano por la mandíbula, asimilando las palabras de su progenitora. Nunca permitía que las emociones interfiriesen en las decisiones que necesitaba tomar, pero maldición. Ahora no era capaz de discriminar qué era correcto y qué no.

Tampoco medía el riesgo ni la peligrosidad de la decisión que estaba a punto de tomar. Simplemente, el pensamiento se fijó en su mente con una intensidad tan apabullante, que le resultó imposible de ignorar.

Su madre, inquieta, apoyó la espalda en el sillón y lo continuó observando detenidamente.

—¿En qué piensas?

—No debes decirle nada de esto a padre. —Advirtió con tono firme.

—Sabes que no hay secreto alguno entre nosotros dos.

—Madre. —Gruñó. — Lo que voy a hacer es arriesgado, y si sale mal, comprometeré la confianza que él ha depositado en mí. Estoy poniendo mucho en juego y necesito que me cubras tanto tiempo como puedas.

—Oh. Hijo mío, no me asustes. ¿Qué has decidido?

Garen mantuvo la mirada fija en los ojos de Augatha y habló con determinación. Tratando de convencerse de que había elegido la alternativa más peligrosa, pero en el mejor de los casos, efectiva.

—Voy a utilizar a un mago para encontrar a otro.


Sylas se pasó una mano por la cara y procuró deshacerse de la molesta sensación de letargo. El estado de atontamiento empezaba a serle familiar y demonios, de tanto sedarlo, iban a acabar con él antes de lo previsto.

Lo último que recordó, fue estar bebiendo un extraño líquido blanco que le entregaron junto con la última comida del día. Tenía tanta sed, que no se detuvo a considerar qué diablos era. La situación era sumamente hostil que incluso, no vio extraño que pudieran ofrecerle agua turbia. O incluso leche.

Claramente no lo fue. ¿Pero qué iba a saber él sobre gustos de nobles?

A medida que la visión se fue aclarando, todos sus músculos se contrajeron a la vez. La oscuridad del ambiente era tenue y le indicaba que, dentro de poco, amanecería. Pero lo que de verdad le sorprendió, fue que ya no estaba en una lúgubre celda.

Aquello fue tan insólito que creyó estar soñando. Sin embargo, las sensaciones que se movían en su interior fueron intensas y reales.

Sylas estaba sentado sobre una superficie fría y terrosa. Descansaba los brazos sobre las piernas y sentía una extraordinaria ligereza en la zona de sus muñecas. Agudizó la vista y el corazón le palpitó con fuerza en el pecho.

Ya no llevaba los pesados grilletes, ni había rastro de las cadenas que le impedían moverse.

En su lugar, utilizaba unas gruesas muñequeras que le llegaban hasta la mitad de los antebrazos. Reconocer el material le hizo ser dolorosamente consciente de que Sylas había sido arrastrado hasta allí.

La petricita que se aferraba a sus muñecas, había adquirido un tono grisáceo al haberse fundido con lo que había sido un acero magnífico. No supo si aquel detalle tenía una segunda finalidad. Como disimular el color blanco de la piedra para encubrir a un mago de la nobleza, o simplemente era en mero elemento decorativo.

Sea como fuera, sus poderes continuaban estando inhibidos.

Pero, ¿Por qué infiernos lo habían sacado de prisión y habían retirado sus anteriores ataduras?

Un leve cosquilleo sobre la piel lo distrajo. Estuvo a punto de atragantarse al descubrir que iba... ¡Vestido!

Con ambas manos, agarró la tela que cubría su torso y descubrió que llevaba puesta una camisa de lino negra. Los pantalones ya no estaban sucios ni rotos, en su lugar, vestía un tejido flexible y parecido al cuero. También fue la primera vez en quince años, que dejó de notar la textura del suelo bajo sus pies, pues ahora estaban refugiados en unas botas.

¿Por qué diantres habían hecho eso con él?

—Veo que ya no os revolvéis como una alimaña. — Interrumpió una voz grave.

Instintivamente, Sylas apretó los puños ante aquel sonido inesperado y elevó el cuello. Vio a un robusto caballero que lo observaba desde su altura. Tendría alrededor de treinta años y sus musculosos brazos estaban cruzados sobre el pecho. Su mirada azul cielo, lo recorría atentamente.

Al momento, un montón de preguntas lo invadieron. Pero la sensación de asombro era todavía mayor y no supo qué decir al respecto. Por lo que se limitó a vigilarlo con el ceño fruncido.

—¿Podéis oírme? ¿O todavía estáis bajo el efecto del elixir de petricita?

A Sylas le palpitó un músculo en la mandíbula.

—¿Elixir de qué?

—De petricita. — Le informó. Después se encogió de hombros con ligera arrogancia: — Era la opción más segura; habéis agredido a dos de mis hombres cuando han intentado quitaros las cadenas. ¿Se puede saber qué os pasa?

Sylas se incorporó lentamente mientras mantenía la vista clavada en los ojos del caballero. Cuando estuvo nariz con nariz con él, percibió cómo éste entraba en tensión. Pero por el modo firme en el que le sostuvo la mirada, supo que era un hombre habituado a enmascarar sus emociones.

—No acostumbro a tener visitas. — Dijo categóricamente. — Soy un prisionero. ¿Por qué diablos me habéis sacado de la celda?

—Porque preciso de vuestro don con urgencia. — Su voz había emitido un sonido ronco. El mago captó ese detalle y supo que había algo que lo perturbaba. —Mi hermana ha desaparecido y necesito que me ayudéis a encontrarla.

Sylas parpadeó. No estaba preparado para asimilar la inmensa ola de ira que acometió contra él. Evidentemente, aquel guerrero era un noble y no se iba a dejar utilizar por él como si fuera un títere.

—No me importa donde esté vuestra hermana. —Dijo con frialdad. —Comprad una camada de sabuesos y que corran tras ella.

El noble lo miró con mala cara. Sus ojos cristalinos, transmitían la desesperación que no era capaz de manifestar con palabras.

—Ella es una maga. Como vos.

Sylas lo estudió con recelo. Aunque no debía importarle, la curiosidad surgió como si de un chispazo se tratase.

La única noble con poderes que había conocido era Luxanna. La aparición de aquella muchacha en su celda fue tan fortuita e intensa, que dejó a Sylas hecho un amasijo de emociones. Sobretodo, después de enterarse de que era familia de Pieter Crownguard.

Sin embargo, aunque le irritase reconocerlo, Luxanna parecía diferente a los de su clase. ¿Pero cuánto lo sería?

Tragó saliva. ¿Y si la que había desaparecido era ella?

Cortó esa senda de pensamiento antes de que la preocupación lo golpease. Había más nobles con poderes y él no quería tener nada que ver con ellos. Lo más probable era que a estas horas de la noche, la joven Crownguard estuviese en su confortable cama, durmiendo plácidamente.

—¿Quién sois? — Le preguntó al caballero con suspicacia.

—Me llamo Garen.

—Garen. —Repitió. — Buscaos a otro mago para el trabajo. Yo no pienso hacerlo.

El guerrero arrugó el ceño, pero sus ojos reflejaron sorpresa. Sylas supo que lo último que esperaría de un prisionero como él, era terquedad. Bien. No había visto ni un ápice de lo obstinado que podía llegar a ser.

—¿Tantas ganas tenéis de volver al agujero donde habéis salido? Miraos: —Exclamó haciendo un gesto con la mano en su dirección. — Os he quitado los grilletes y ahora vais vestido como una persona; incluso oléis como una.

La boca del mago se torció en sentido ascendente. Pero en cuanto se frotó la mandíbula, desapareció de inmediato. Malditos nobles. También lo habían afeitado.

—No. — Bramó.— Me habéis quitado unas cadenas para colocarme otras. —Su tono se tiñó de rabia. — Encontraré a vuestra hermana, ¿Y después? Volveré a prisión y recordaré vuestra amable gesta durante quince años más. Prefiero ahorrarme la búsqueda.

—¿Tan seguro estáis de vivir para entonces?

Sylas acortó la distancia entre ambos. Sus amenazantes ojos lo ensartaron con una intensidad escalofriante.

—¿Es que pensáis matarme aquí y ahora?

El guerrero lo miró detenidamente. Parecía ser consciente de que aquella conversación no llegaría a un buen final. A Sylas, el dolor y la muerte le importaban poco. Estaba familiarizado con aquello desde que era un niño.

—No. No os voy a quitar la vida. —Aclaró con cautela.

—Pues llevadme de vuelta hacia las cuatro paredes de donde me habéis sacado.

El mago volvió a sentir el peso de la mirada de Garen. Su rostro reflejaba desconcierto.

—¿Qué queréis, Sylas?

Un silencio glacial se abrió paso entre los dos demacianos. Aquel noble guerrero hacía una perfecta alusión su clase social habiéndole ofrecido otro soborno. La incomodidad fue insoportable para Sylas. Al fin y al cabo, desde su punto de vista, sólo era un criminal.

Pero la realidad era todavía más cruel: jamás podría abandonar la prisión sin ayuda de otra persona. El deseo de asesinar a Pieter Crownguard y cumplir su venganza, estaba grabado a fuego en su interior, y si quería hacerlo realidad, debía que aprender a manejarse entre hombres como Garen.

Diablos, estaba tan obcecado que no se dio cuenta: ¿Y perdía la oportunidad que se le había presentado?

Apretó la mandíbula y por primera vez, decidió manifestar su propósito en voz alta.

—Busco ajustar cuentas con alguien.

—Bien. Os garantizo que podréis hacerlo cuando hayáis encontrado a mi hermana.

Aquellas palabras aplacaron una ligera parte de la presión que sentía en el pecho. No sabía si podía confiar en Garen, pero por cómo le insistió, parecía dispuesto a aceptar cualquier propuesta.

Sylas cumpliría su venganza y después, estaría preparado para hacer frente a lo que viniese. Si tenía que morir, lo haría en paz.

Por otra parte, el guerrero estaba convencido de que Sylas podría dar con la joven. Aunque ni supiera qué apariencia tenía ella. Quizá, conocer el tipo de magia que poseía, le daría una pista muy valiosa acerca de qué energía tendría que detectar.

Cuando salió de su estado circunspecto, quiso preguntarle. Sylas contrajo los músculos al ver que Garen se había alejado e intercambiaba impresiones con cuatro soldados más.

Por la rapidez en la que éstos montaron en los caballos, Garen pareció ser quien estaba al mando y ordenó que retomasen la búsqueda.

El mago elevó la vista hacia el firmamento. A pesar de que estaba oscuro, el amanecer esclarecía el cielo de forma tímida. Todavía las sombras dominaban el espeso bosque, pero Sylas fue capaz de percibir lo suficiente para sentirse inquietamente extasiado. Después de quince años sobreviviendo en aquel infierno sobre la tierra, el humilde entorno había conseguido atrapar su atención.

El corazón se le encogió en el pecho al percatarse de la belleza que desprendía el bosque. La cubierta de los árboles comenzaba a iluminarse con la primera luz del alba. Los pájaros cantaban y revoloteaban inquietos. Un nuevo día se alzaba y la sensación de libertad, lo embriagó hasta excitarlo.

Garen interrumpió sus pensamientos y trajo consigo dos caballos de un resplandeciente color castaño. Las bestias estaban bien cuidadas y parecían haber tenido una mejor vida de la que tendría su familia, si aún continuase existiendo.

—Nosotros buscaremos por la zona norte. — Le indicó el guerrero.

Sylas arrugó el oscuro ceño.

—¿Por qué me habéis escogido a mi y no a otro mago?

—Sois el único que puede detectar la magia. Lo leí en vuestro historial cuando os hicieron preso. También se que podéis absorberla y hacerla vuestra. —Garen, echó un vistazo a los brazaletes de acero y petricita para después cruzar una fugaz mirada con él. — Pero ahora no.

El mago apretó los labios, sintiéndose terriblemente expuesto. Se preguntó qué más información pondría en su expediente de criminal.

Lo cierto era que no tenía ningunas ganas de enredarse buscando a una muchacha, pero si Garen iba a cumplir su palabra, él debía saber qué tipo de magia debía encontrar. Aunque su intuición le decía que aquel guerrero no tendría ni la más remota idea.

—¿Sabéis al menos qué clase de poder tiene vuestra hermana?

—No exactamente. — Respondió con cierta amargura. —En ocasiones, su silueta se envuelve en una extraña luz.

El corazón de Sylas se detuvo de golpe. Un molesto presentimiento se había instalado en su conciencia y no había fuerza que lo hiciera desaparecer. Sólo había visto aquel fenómeno en una persona. Y diablos. Deseaba que no se tratase de quien estaba pensando.

—¿Es una magia común la de ella? — Continuó el guerrero al percatarse de su largo silencio.

—¿Quién es vuestra hermana?

Garen arrugó el ceño ante la mirada penetrante que Sylas le dirigió. Su voz acababa de transmitir urgencia y percibía la incomodidad del noble. O quizá estaba viendo su propia incomodidad reflejada en la expresión de él.

Pero le importaba un bledo. La anticipación revolvía el interior de Sylas con una fuerza alarmante y se preparó para escuchar el nombre que tanto temía oír.

—Luxanna. Luxanna Crownguard.