Capítulo 7

El corazón de Sylas dio un súbito vuelco y sintió todos sus músculos agarrotándose al mismo tiempo. Una vez más, su intuición estuvo en lo cierto: la muchacha era una fuente de problemas.

La combinación de aquella apariencia inofensiva como la de un gatito, y el descontrol sobre su propia energía, resultó ser una combinación sumamente poderosa para atraer penurias.

Aun así, la duda lo perforaba por dentro: ¿Por qué Luxanna se habría marchado de su hogar?

Recordó lo desesperada que estaba por conocer un remedio que le permitiese aprender a dominar la magia de luz. Desde luego, él no se lo dio. Lo último que deseaba en ese momento era enredarse con una noble. Por encima de todo estaba su venganza.

Sin embargo, allí estaba. Con su hermano. Buscándola.

Sylas lanzó un improperio hacia sus adentros y se pasó una mano por su pelo negro como la noche. Aunque nada que tuviera que ver con ella era asunto suyo, no entendió el extraño malestar que se apoderó de la zona de cerca de sus pulmones cuando escuchó su nombre. Diablos, pensar demasiado en ella le revolvía hasta el alma.

El mago buscó con los ojos a Garen. El semblante del caballero era todo líneas descendentes, la tensión se marcaba en su prominente mentón.

—No. El poder de vuestra hermana no es nada común. ¿Sabéis algo de magia?

—No.

—¿Y cómo pensáis ayudarla?

Garen enderezó la espalda. Parecía incómodo de que Sylas tuviera conocimiento sobre temas que él desconocía.

—No lo sé. Ahora sólo me importa dar con ella.

Si pensaba que continuar ocultando la magia de Luxanna era la solución, se equivocaba. Lo único que conseguiría sería arrastrar el problema en el tiempo. Si no hería a alguien antes. El mejor antídoto para la joven, era que aprendiese a controlar su poder.

El mago apretó los puños. ¿Por qué sentía que se estaba involucrando? ¿Qué más le daba a él lo que ella hiciera con su magia?

Sylas procuró centrar sus pensamientos. Lo verdaderamente importante era que ya no estaba pudriéndose en una celda. El destino lo había acercado a los hermanos Crownguard porque eran familia del hombre que pretendía asesinar.

¿Pero cuán cercanos serían a él? Necesitaba saberlo.

—Habéis dicho que os llamáis Crownguard. —Dijo enviándole una mirada inquisitiva —¿Tenéis relación alguna con Pieter?

El guerrero aguardó unos instantes antes de darle una respuesta. Parecía desconcertado ante el abrupto cambio de tema.

—Por supuesto. Es mi padre.

Un fuerte viento se levantó. Sylas notaba los mechones de pelo oscuro agitándose contra su cara y en torno a sus hombros. De pronto, sintió una escalofriante sacudida en el pecho. Junto con la molesta necesidad de asir a aquel caballero por la garganta hasta dejarlo sin aire.

Lo atravesó con una mirada afilada, valorando si obedecer el impulso que crecía en su interior. Tan vivo como una hoguera. ¿Lo haría? ¿Tanta importancia tendría la vida del hijo de Pieter para él?

Apretó los puños para frenar cualquier movimiento que amenazase con liberar. Cuando dejó de notar la circulación en las manos, soltó un gruñido frustrado desde lo más profundo de su garganta.

¿Cómo pensaba encontrar después a aquel general?

Al fin y al cabo, era su muerte la que le preocupaba.

Tenía que ser realista y pensar en una forma de acercarse a él. La idea le desagradaba con creces pero, ¿Y si la clave se encontraba en permanecer cerca de sus hijos? Si lograba encontrar a la joven maga, se ganaría la confianza de su familia y podría utilizar aquella circunstancia a su favor.

En cualquier ocasión podría acceder a Pieter.

Aunque diablos, ¿Cómo reaccionaría cuando lo viera después de tantos años? ¿Se abalanzaría contra él sin más? Sintió una punzada de incertidumbre en su costado. ¿Y si no lograba asesinarlo?

Tendría que ser precavido y esbozar en su mente un cuidadoso plan para darle una muerte como se merecía. Violenta. Cruda. Y muy dolorosa.

Media hora después, Sylas cabalgaba sumido en sus pensamientos. Garen y él se habían separado unos metros para fraccionar la búsqueda y así abarcar la mayor parte del bosque. Si volvía el cuello, todavía podía divisar la figura del guerrero a lo lejos.

Pese a que era libre físicamente y tenía la opción de escapar de allí, sabía que, si tomaba aquella decisión, su mente lo continuaría torturando al no haber sido capaz de vengar la muerte de sus padres.

Un mal sabor le invadió la lengua. Era el indicio de problemas.

Indirectamente, estaba asumiendo otro riesgo: continuaba siendo un criminal condenado a cadena perpetua. ¿Y si daba con la muchacha, pero después volvían a encerrarlo en prisión? Sin duda, sería la opción más segura para ellos.

Tendría que lidiar con aquello.

Sylas se detuvo abruptamente. Si sus sentidos no lo engañaban, había detectado una energía totalmente ajena que hasta ahora no se había manifestado. La fuerza era irregular y tan pronto parecía desvanecerse, como estar a punto de sobrepasar el límite hasta desbordarse.

Descendió hasta el suelo y con rapidez, amarró el caballo al tronco del árbol más cercano.

Al haber perdido la costumbre de caminar, notó un cosquilleo sobre sus piernas a medida que avanzaba. Pero esta vez, ninguna pared lo detenía. Por lo que ignoró la sensación y se centró en captar mejor aquel fenómeno.

Su interior se encogió de la impresión al adentrarse en una imponente arboleda de robles. El sonido de las ramas siendo mecidas por el viento se enquistó en sus oídos. La niebla se enroscaba entre los arbustos y rocas. De repente, tuvo la sensación de estar en un lugar muy, muy antiguo y abandonado.

Aquellos árboles centenarios que lo rodeaban, habrían visto más historias de las que él podía enumerar. El bosque vibraba con vida propia, forjando un entorno que irradiaba calma y suavidad por cada por cada uno de sus rincones.

Podía aceptar la calma. Pero la suavidad le chirriaba, le recordaba a cierta muchacha...

Sylas cerró los ojos e inhaló profundamente.

La pureza del aire que respiraba parecía haberse contaminado de una energía turbia. Misteriosa. Los tatuajes en sus brazos destellaron tan pronto como detectaron la fuente del problema.

Allí había magia.


Harta de dar vueltas sin sentido, Luxanna apoyó la espada sobre el tronco de un solemne roble y deslizó su cuerpo hasta llegar al suelo. Estaba exhausta, asquerosamente sucia y al borde del colapso mental y emocional.

El bosque y la luna habían sido testigos silenciosos de la horripilante noche que pasó.

Después de haberse perdido, cabalgó durante horas, a la espera de ver las luces de la ciudad en la lejanía. Nada de aquello sucedió. La realidad fue que su caballo estaba agotado y si tenía intención de continuar buscando el camino de vuelta, debía dejarle descansar.

En cuanto se aproximaron a la ribera de un río, Luxanna esperó a que Albor acabase de saciar su sed con calma. O con tanta calma como permitía la situación.

Nada más otear los alrededores, descubrió que una manada de lobos los había seguido y tenían la intención de darse un festín con ellos.

El miedo la golpeó cien veces más fuerte que de costumbre. Pero esta vez, una nueva emoción surgió desde lo más profundo de su interior. El desconsuelo fue aplacado por sorprendentes ráfagas de rigor. Nunca se había sentido así.

Lo único que le importaba era proteger a Albor.

En cuanto el alfa se abalanzó sobre su caballo, ella trató de interponerse utilizando su cuerpo. Un destello de luz salió disparado por sus manos en dirección a la bestia. Con aquel revuelo, Albor se asustó tanto, que echó a correr y escapó de allí.

Finalmente, el lobo acabó fulminado y abatido sobre el terreno. El resto de la manada salió huyendo al instante. La culpa inundó a Luxanna. Había arrebatado la vida de un animal y ahora, sin su caballo, estaba completamente sola.

La fría humedad y el rocío hicieron que se estremeciera en el suelo. Había pasado toda la noche recorriendo el bosque en busca de Albor y su conciencia la atormentaba por haber salido de su hogar aquella misma tarde.

Se sentía cómo la peor hija del mundo. ¿Cómo lo estaría afrontando su familia?

Luxanna suspiró. Estaba amaneciendo con lentitud y la densa niebla comenzaba a disiparse. Se abrazó las piernas y antes de enterrar la cabeza entre los brazos, tuvo la impresión de que vislumbraba la figura de alguien a lo lejos. Pero estaba tan cansada que pensó que fue obra de su propia imaginación.

Una señal de advertencia surgió desde sus adentros. Recordó las palabras de su madre acerca del horroroso abuso que sufrían algunas mujeres si topaban con el hombre equivocado. Especialmente estando solas y durante la noche.

Escuchó unas pisadas firmes rumbo a su dirección y el pulso se le disparó. Luxanna tenía que marcharse de allí ahora mismo.

Procuró ponerse de pie. Pero cuando se fue a incorporar, notó una dolorosa punción en la pierna derecha que le hizo quedarse donde estaba. Maldición. Sólo habían pasado unas horas desde que se había tropezado con la raíz de un árbol. El golpe contra el suelo fue inminente y ahora, el dolor comenzaba a rendirle cuentas.

Por el amor de dios ¿Es que algo podía salir peor?

Una muy masculina respiración se incrustó en sus oídos. Luxanna notó un escalofrío recorriendo su espalda.

—¿Qué hacéis aquí, muchacha? — Bramó una voz.

El corazón se le encogió al reconocer el sonido asombrosamente familiar. Tan cálido como oscuro. Elevó el cuello para darse de bruces con el hombre que la miraba desde su imponente altura.

¿Sylas?

Un montón de preguntas se agolparon en su mente. No fue capaz de formular ninguna. ¿Qué hacía fuera de prisión? ¿Era real, o una ilusión de su mente fatigada? ¿Y por qué tenía que aparecer él?

—¿Y vos? — Interpeló ella en voz baja.

Ambos tenían sus miradas anudadas y se estudiaban con recelo, como dos enemigos que acababan de encontrarse. Pero una extraña emoción surcó el rostro del hechicero y la confundió aún más. Parecía alivio.

Desapareció en milisegundos. Su expresión se volvió inmutable.

—¿Qué creéis, Luxanna? — Dijo él de forma brusca. — Buscaros.

—No lo entiendo, ¿Por qué haríais tal cosa?

De repente se detuvo a meditar una respuesta. Como si estuviera debatiendo en su interior si revelarle aquel motivo o no. La joven percibía su tensión. ¿Qué ocultaba? ¿Le preocupaba cómo reaccionaría ella?

—Porque no he tenido opción a negarme. — Reveló haciendo uso de una mirada que podría perforar hasta un muro de piedra. — Y porque al parecer, soy el único mago en este maldito reino que puede detectar vuestra energía.

Luxanna arqueó las cejas y dirigió la vista hacia el suelo.

—Entiendo. Gracias de todas formas, por colaborar.

Notaba que el mago la estudiaba en silencio y con detenimiento. A ella le dio la impresión de que estaba valorando el siguiente movimiento que iba a efectuar y no pudo evitar que el miedo recorriese su espina dorsal.

Era un delincuente. De un momento a otro podría cargarla sobre su hombro y huir hacia la profundidad de los bosques. Un secuestro a cambio de una recompensa. Miró aquellas enormes manos y tragó saliva, descartando la idea al instante. Era demasiado romántica para un hombre con semejante imagen de ferocidad.

Lo más probable, era que, si no había acabado con ella ya, fue porque estaba sopesando la opción de huir y abandonarla a su suerte. Pero una andanada de emociones contradictorias la atravesaron: Sylas estaba tan quieto y rígido, que la hacía dudar si se marcharía o no.

¿Por qué actuaba de tal manera?

Entonces cayó en la cuenta de algo más: no había salido de una celda en quince años. Ahora que lo había hecho, debía sentirse como un extraño redescubriendo el mundo que tenía ante él. Entendió que se sintiese sobrecogido por la magnificencia del bosque y todo lo que lo rodeaba.

De forma instintiva, buscó el rostro del mago y vio que la tensión continuaba presente en sus rasgos.

—Ha sido vuestro hermano quien ha removido cielo y tierra para encontraros. Dadle las gracias a él; no a mi. — Le advirtió con aquella voz oscura y velada que poseía.

—¿Garen?, Oh...

Luxanna advirtió como una avalancha de lágrimas le subían por la garganta. Se sentía dolorosamente culpable por haberle preocupado de aquella forma. Dioses, lo echaba muchísimo de menos. Haberse distanciado tanto tiempo de su hermano, fue como abrir una brecha en su relación que no sabía si sería capaz de remendar.

Pero ¿Cómo iba a explicarle sin más que tenía poderes?

Un nuevo pensamiento la golpeó con todavía más intensidad: si había sacado a Sylas de las mazmorras porque tenía la habilidad de detectar la magia, significaba que Garen ya sabía que ella era una maga.

¿Y si su hermano había visto sus poderes anteriormente? ¿Por qué no le dijo nada?

Además, ¿Su hermano sabría que ella se vio con Sylas días atrás?

—¿Está mi hermano aquí? — Preguntó con urgencia. Después arrugó la nariz mientras formulaba otra pregunta más incisiva todavía: —¿Le habéis dicho que fui a veros a vuestra celda?

—No. —Contestó categórico. —Simplemente no sois capaz de controlar vuestra magia y como era de esperar, vuestra familia lo ha descubierto. Os advertí de que era cuestión de tiempo. —Sylas le dirigió una mirada que provocó que cesasen las preguntas. — Os llevaré hasta vuestro hermano. ¿Podéis andar?

Ella volvió a experimentar cómo su cuerpo se estremecía bajo aquellos penetrantes ojos. No esperaba tal cooperación por parte de un prisionero al que podrían haber ejecutado días atrás. ¿De qué forma lo habría convencido Garen para que decidiera buscarla? ¿Lo había amenazado?

No le parecía que Sylas fuera un hombre que se intimidase por una amenaza. Cielos. ¿Y si lo había liberado sin más? ¿Cómo se lo tomaría su padre?

No. Qué tontería. Garen jamás haría algo que comprometiese la confianza que Pieter había depositado en él de una forma tan drástica. Además, ambos guerreros odiaban a los magos. Luxanna era consciente de que Sylas le suscitaba sensaciones que eran demasiado intensas y contradictorias como para que no le afectasen.

Su mente cansada divagaba y tenía que ponerle remedio.

Sosteniéndose al tronco del árbol, cogió impulso para incorporarse; el daño en la pierna provocó que una oleada de dolor se extendiera por la zona. Hizo una mueca de disgusto y las rodillas le fallaron. Al momento, el trasero de la joven volvió a dar con el suelo.

El mago la acechó desde su imponente altura con el ceño arrugado. No estaba preparada para la tensión que recorrió su cuerpo en el momento que Sylas se inclinó sobre una pierna para arrodillarse hasta ella.

Inconscientemente, lo examinó desde cerca. La primera vez que lo vio no se hizo una completa idea de lo enorme que era. Aún habiendo descendido hasta su nivel, continuaba estando a dos cabezas de altura de ella. Al percatarse de lo próximos que estaban el uno del otro, Luxanna cruzó los brazos sobre las piernas con fuerza y lo miró bajo sus largas pestañas.

Los primeros rayos de sol se adherían al contorno de aquel musculoso cuerpo. La joven descendió la vista y descubrió que aquel impresionante torso estaba cubierto por una camisa negra. La parte inferior de su cuerpo le provocó un fuerte pálpito en el corazón. Iba vestido con unos pantalones de cuero flexible que se adherían a sus fornidas piernas, y unas botas del mismo material que le llegaban por encima de los tobillos.

Era un hombre impresionante. Si lo hubiera visto vestido así en plena calle, jamás habría pasado desapercibido por ninguna mujer. Su apariencia era muy masculina y para su sorpresa, sumamente atrayente.

Continuó paseando los ojos sobre su figura y reparó en otro detalle que la desconcertó. No había rastro de los grilletes ni de las cadenas. En su lugar, dos brazaletes de un color grisáceo, se aferraban a cada muñeca. ¿Acero?

No. El tono era demasiado claro. Parecía estar refundido con otro material; uno que no tenía la certeza de qué era exactamente. Aunque por la sensación familiar que la invadió, supo que no estaba ahí por casualidad.

Como si cumpliese una función antimagia.

Nunca se lo había preguntado: ¿Sylas tendría otros poderes? Había dicho que era capaz de detectar la energía en el entorno. Pero entonces ¿Cómo acabó con la vida de los cazadores de mago hace quince años?

Quiso, pero no fue capaz de preguntarle. Era tan gruñón e impredecible, que dudaba siquiera que él tuviera ganas de responderle acerca de algo que no podía utilizar. Tampoco tenía ganas de acabar con su inesperada actitud amable.

¿Por qué le continuaba encontrando peligroso?

Aquel pensamiento le hizo reparar en su aspecto. Continuaba teniendo el mismo aire amenazante y sombrío que cuando lo conoció. Pero ahora, ninguna barba le oscurecía la mandíbula. Pudo ver que las facciones de su rostro eran ángulos duros y afilados, intimidantes; su cabello negro acentuaba los penetrantes ojos azul eléctrico que poseía.

Sus miradas se encontraron abiertamente. Él pareció advertir que lo examinaba con detenimiento, porque no hacía otra cosa que vigilarla desde su posición. De pronto, Sylas extendió una mano en dirección al rostro de ella y Luxanna notó un suave hormigueo en el estómago.

El hormigueo se convirtió en un chispazo en cuanto la agarró del mentón con asombrosa suavidad y presionó con los dedos para que inclinase la cabeza hacia un lado.

—¿Os habéis caído? — Dedujo con voz cavernosa. — Tenéis un rasguño en la barbilla.

Luxanna se fue a palpar la zona y se estremeció al rozar con la mano de él, tan cálida como áspera. También apreció el arañazo que tenía sobre la piel.

—Sí.

Él la miraba con aparente interés. Aguardando a que compartiese más información.

—Mi caballo salió huyendo durante la noche y traté de buscarlo. — Murmuró. — No miraba por donde caminaba y tropecé con la raíz de un árbol hace unas horas.

Un destello de suspicacia vibró en los ojos de Sylas.

—¿Por qué huyó?

—Una manada de lobos nos siguió y se asustó...

Sylas descendió la vista hasta las manos de ella. Algo había llamado su atención y antes de que fuese a terminar la frase, la aferró por una muñeca. Su rostro inexpresivo le puso los pelos de punta.

—Habéis utilizado vuestra magia. — Aseguró examinando la piel atestada de arañazos y quemaduras.

—No intencionadamente.

La joven había tratado de esconder las palmas. Pero no esperaba que él fuera a caer en aquel detalle.

Sylas volvió a clavar la vista en ella.

—No intencionadamente. —Repitió para sí. — Vuestro rostro refleja tanta culpabilidad que hasta me irrita. ¿Es que no os sentís orgullosa por haber podido proteger vuestra vida?

A Luxanna se le heló la sangre. No imaginaba que su rostro fuera a revelarle tanto. No lo entendía. Nadie la había leído de una forma tan flagrante que incluso hacía que se sintiese expuesta.

O aquel hombre tenía un instinto tan afinado que ponía los pelos de punta, o parecía haberla conocido profundamente. Lo cual descartaba, ya que se conocían hacía unos días. Así que sería obra de su instinto.

—Como yo me sienta no hace que cambie el acto.

—Martirizaros tampoco devolverá una vida, si es eso lo que os perturba.

Ella volvió a mirar al suelo.

—Supongo que tenéis razón.

—¿Os hirieron? —El tono de Sylas fue algo más suave.

—No.

—¿Y que provocó la herida en vuestra pierna?

Ella sintió como la sangre le subía al rostro y le calentaba la piel.

—El tropiezo.

Sylas permaneció observándola con aire pensativo. No pasó por alto que el hechicero apretase las manos en puños. Como si estuviera refrenando un movimiento. La mirada azul eléctrico se posó sobre su muslo derecho y emitió un brillo oscuro.

Ella lo percibió como preocupación, pero tratándose de él, lo más probable era que fuesen meras invenciones femeninas. No obvió el cosquilleo que serpenteó bajo su piel en aquella extremidad, la hizo ser muy consciente de que se sintió de misma forma que si la acabara de tocar.

El corazón le martilleaba en el pecho y no supo qué decir ni hacer. Lo que la llevó a quitarle importancia al asunto:

—En un par de días estaré bien.

—Es posible. Pero primero os debería ver un médico.

Antes de que pudiera reparar en más detalles sin sentido, el mago deslizó un brazo por debajo de su espalda y puso otro bajo sus rodillas. La levantó con una facilidad que hizo que a Luxanna se le cortase la respiración. De forma automática, lo abrazó para evitar caerse. Aunque tuvo la impresión de que, con él, no correría tal riesgo.

Dios santo. La había levantado como si fuera una niña. Había reparado con anterioridad en que él era fuerte. Sólo bastaba con mirar la musculatura de sus brazos y su pecho. Por no hablar de su altura y complexión.

Lo cierto era que Sylas podría haber acabado con ella allí mismo. Solamente haciendo uso de la superioridad física de la que gozaba. Sin embargo, no lo hizo. Más bien actuó cómo su salvavidas.

Sentir aquella fuerza desde la más íntima cercanía, fue muy diferente a lo que esperaba. La calidez que emanaba de su cuerpo, inesperadamente la envolvió hasta hacerla sentir de una forma extraña. La embriagaba. Le transmitía seguridad y se sentía confiada.

Como si no pudiera sufrir ningún mal mientras aquel poderoso mago la tuviera asida. La sensación de estar amparada por él fue total, e hizo que no pudiera resistirse a apoyar la mejilla contra su pecho.

Inesperadamente. Fue consciente de que aquel gesto era sumamente íntimo. Esperaba que él soltase algún gruñido de desagrado. Pero no dijo nada al respecto y eso fue todavía más reconfortante. Quizá no se hubiera dado cuenta.

Cargó con ella en silencio durante unos minutos. La pausada respiración bajo el pecho del mago hizo el mismo efecto que un calmante. Su almizcle masculino y olor a cuero la rodeaba. La suave brisa fue como una caricia. Hizo que Luxanna pudiera aspirar todo el tiempo la cautivadora esencia que desprendía Sylas.

—¿Por qué os marchasteis, Luxanna? — Su oscura voz rompió el silencio. — Os advertí de que vuestra familia ocultaría lo que sois. ¿Cuál es el problema?

Las pupilas de la joven se dilataron al recordar la última conversación con su padre. El semblante de Pieter irradiaba preocupación, y no ira, como pensó que sería en un principio. Parecía mostrar interés por lo que le estaba ocurriendo.

¿Realmente, él podría aceptar que fuese una maga?

—Nunca quise marcharme. — Confesó la joven. — Salí a cabalgar como de costumbre, pero tuve la mala fortuna de alejarme demasiado. No pude encontrar el camino de vuelta.

Sylas bajó la cabeza. Por el brillo enigmático en sus penetrantes ojos, pareció estar tratando de descifrar qué la impulsó a alejarse.

Luxanna no se lo permitió. Quiso cambiar el tercio de la conversación antes de que él tuviera la oportunidad de adivinarlo. Si no lo había hecho ya.

—Por cierto, ¿Vais a decirle a alguien que tengo poderes?

Sylas incrementó la fuerza del agarre. Aquella cuestión hizo que presionase los dedos con firmeza sobre su cuerpo. Su semblante era indescifrable, pero ese gesto en sus manos, le transmitió que lo había incomodado.

Le mantuvo la vista y ella sintió cómo sus mejillas se encendían. No se había percatado, pero estaban tan cerca que incluso podía advertir el ligero temblor en el pecho cada vez que su voz emitía un sonido.

—Nunca traicionaría a otro mago. —Dijo con una convicción que fue imposible de cuestionar. — Fuese quien fuese. — Continuó, dando lugar a la clase social a la que pertenecía. — Pero si eso es lo que os preocupa, vuestro secreto está a salvo conmigo, Luxanna.

Estudió a Sylas con atención, buscando alguna microexpresión que pudiera revelarle que mentía. No vio ninguna. Parecía un hombre de brutal honestidad e incapaz de largar una mentira. Simplemente, en él resultaba innecesario.

¿Podía confiar en él?

Aquellas manos que la sujetaban con firmeza, estaban manchadas de sangre.

Debería de estar asustada.

Sin embargo, no era miedo lo que producía en ese preciso momento. Sino curiosidad. Más allá de la mascara de hielo en su apariencia; su fuerza o su mirada afilada, intuyó que Sylas guardaba un ápice de bondad dentro de sí. Sólo tenía que revivirla.

¿Sería capaz de traspasar la fachada del mago?

Estaba claro que sólo él podía consentirlo.

La joven reprimió un suspiro. Quizá, si encontrase el modo de ayudarlo, él accedería a ser su maestro. Aunque ya le dejó claro que no deseaba enseñarle a controlar su magia, pues era una noble y no lo necesitaba.

¿Qué le ocurriría cuando volvieran al castillo? ¿Continuaría encerrado en una mazmorra?

Se estremeció ante aquel pensamiento. Si ella podía hacer algo al respecto, lo haría.

—Estoy en deuda con vos, Sylas. —Dijo, tratando de acallar su mente. — Me habéis salvado la vida.

—No me debéis nada. Os advertí que podría reconoceros en cualquier parte.

La mano de ella revoloteó en el cuello de la camisa del mago.

—Por ello, encontraré la forma de romper vuestra condena.

Él miró su mano y luego, volvió a mirarla a los ojos. Aquellas profundidades del mismo color de la tormenta emitieron una advertencia silenciosa.

—Os complicáis la vida queriéndome ayudar. —Hubo un breve silencio y continuó: —¿Por qué?

—Porque los dos necesitamos ayuda; vos para salir de prisión y yo para comprender y eliminar mi magia.

—La magia no se puede eliminar con tanta facilidad, muchacha. — Comentó en voz baja y ronca. — La única forma de que no os cause problemas, es aprender a controlar vuestro poder.

—Pues enseñadme vos entonces.

Las líneas de tensión en el rostro de Sylas se agudizaron.

—Yo no soy un maestro. Ni quiero serlo.

—Ni yo una carcelera. —Objetó. — Al parecer estamos empatados

—¿Siempre sois tan insistente?

—¿Eso es un Sí?— La joven le dedicó una sonrisa.

El mago alzó una ceja a modo de discrepancia.

—No he dicho que lo fuera.

Luxanna asintió. Las comisuras en su boca descendieron y no volvió a hacer más hincapié en el asunto. Tampoco tuvo ánimos para decir nada más. Sylas le había negado su ayuda dos veces y no parecía querer perder el tiempo con ella.

Entonces, ¿Qué hacía allí sujetándola de aquella forma?

Se había involucrado con Garen en buscarla y llevarla hasta él. Su comportamiento era tan contradictorio que la aturdía. Incluso ahora, le pareció que su escrutadora mirada estaba detenida donde momentos antes hubo una sonrisa dibujada en los labios.

—Pero si conseguís que no vuelva a la cárcel, lo pensaré. — Anunció él.

—Tenéis mi palabra. —Aceptó Luxanna tras unos segundos. — Siempre que vos me deis la vuestra.

Él adquirió un aire escéptico.

—¿No os asusta confiar en mi?

La cautela que desprendió su tono de voz debió de prevenirla. Aunque tenía sus reservas respecto al criminal y su lealtad, si quería llegar a aprender más acerca de su magia, tenía que involucrarse y confiar en él.

Luxanna sostuvo la mirada de aquellos misteriosos ojos azules que rezumaban poder e inteligencia desde sus profundidades. Rezó para que nada estropease el plan que había esbozado.

—Sí...Pero quiero hacerlo.

El mago arrugó el ceño y la midió con interés. Como si juzgase qué tan dispuesta estaba a colaborar con él. Cuando habló, lo hizo de una forma tan fehaciente que le erizó el vello de la nuca.

—Entonces tenéis mucho más que mi palabra, Luxanna.

Sylas cargó con ella en silencio durante el resto del trayecto. Resultaba extraña la repentina conexión que ambos habían creado. Él pareció tomarse sus palabras como un juramento.

Luxanna descubrió momentos más tarde que en realidad lo fue.