HUIDA HACIA NINGUNA PARTE
Por Cris Snape
Disclaimer: Pintor Nocturno es un manga escrito e ilustrado por Byeonduck y publicado por Lezhin Comics.
Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.
Advertencia: Contiene spoilers hasta el capítulo 102.
Tabla 5: Verbos. Prompt: Enigmático.
Tabla 7: Personajes. Prompt: Pelirrojo.
Tabla 8: Técnica. Prompt: Lime.
Lee Jihwa tenía razones sobradas para desear huir. Se movía por sus aposentos como un animal enjaulado ansioso por encontrar una salida. Abría cajones, extraía prendas de ropa y otros utensilios y, de cuando en cuando, se detenía para observar el rostro del hombre que le miraba desde el otro lado del espejo.
Su cabello. Su precioso cabello rojo había sido cortado hasta casi la raíz. No existía en la dinastía Joseon una deshonra mayor. El hecho de que fuera Yoon Seungho, su amadísimo Seungho, el encargado de someterle a semejante afrenta, significaba más de lo que pudiera parecer a simple vista. Si hasta ese día Jihwa conservaba una pequeña esperanza de recuperar su amor, el mensaje que le había enviado con su espada resultaba de lo más elocuente.
Estás muerto para mí. No quiero ver tu cara nunca más.
Podría haber sido mucho peor. En el rostro de Jihwa se dibujó una sonrisa repleta de tristeza e ironía. Por alguna razón, Seungho decidió perdonar su vida. El maldito pintor. Jihwa lo odió tanto y durante un periodo de tiempo tan prolongado, que sentía ganas de vomitar al pensar en él. En la ignominia que Min y los otros pretendían hacerle y en su propio tormento. ¿Cómo vivir debiéndole la vida a un plebeyo, al estúpido niño que se lo robó todo?
No era momento para reflexiones carentes de sentido. Debía abandonar la casa de su padre cuanto antes. No solo porque Seungho aún podía ir a por él para terminar lo que dejó a medias, también temía que las autoridades acudiesen allí para arrestarle. Maldito Min. Ojalá Jihwa hubiera sido consciente de su locura mucho antes. Ojalá nunca hubiera escuchado ni una sola de las palabras que salían de su boca. El muy desgraciado lo tenía todo planeado desde el principio. Mover los hilos de esa escalofriante conspiración, destruir las vidas de Seungho y su estúpido pintor e inculparle a él. A Min ni siquiera le importó que Jihwa pudiera morir, bien en manos de su antiguo amante, bien bajo la sentencia de un tribunal civil. De hecho, existían multitud de motivos para creer que eso era lo que deseaba en primera instancia. Jihwa no entendía el motivo de su acritud. ¿Qué le había hecho a ese malnacido? ¿Por qué le deseaba tanto mal?
Agitó la cabeza. El reflejo tenía los ojos anegados en lágrimas y sus manos temblaban. Se estaba comportando de una manera poco racional. No porque pretendiera huir, sino porque deseaba llevar consigo enseres para hacer su existencia más fácil, como si un fugitivo pudiera vivir como un noble arrogante y despreocupado. Gruñendo, alcanzó a recomponer sus pensamientos y comprendió que lo más importante era el dinero. Con dinero podría comprar voluntades y sobrevivir hasta que su destino estuviera más claro. Así pues, rebuscó en cada rincón y guardó entre sus ropas hasta la última moneda. Tan solo restaba encontrar un calzado adecuado, ropa de abrigo y lanzarse a la aventura.
Al dar media vuelta, descubrió a su sirviente aguardando por él. Durante toda esa catarsis de locura y desesperación, le pareció que procuraba hablarle en varias ocasiones. Seguro que deseaba hacerle entrar en razón, cumplir con las obligaciones asignadas desde su nacimiento y velar así por su bienestar. Jihwa no necesitaba escucharle. Sabía mejor que nadie cuál era su posición y lo que debía hacer y, sin embargo, Suk hizo oír su voz.
—Amo Jihwa, ¿qué está haciendo? Debemos acudir a las autoridades cuanto antes. Así podrá aclarar los hechos y quedar libre de toda sospecha.
Estúpidos. Los plebeyos eran estúpidos. Sus maestros se lo advirtieron desde niño. Nunca procures meter sentido común en sus cabezas. Su inteligencia era inferior. No estaban preparados para comprender las complejidades de la existencia humana. Jihwa podría haberse reído de su candidez a carcajadas, pero valoraba las buenas intenciones de Suk. Después de todo, llevaba a su lado desde su más tierna infancia. Le había solapado durante sus noches de desenfreno y lujuria. Era honesto y, si se atrevía a hablar, se debía única y exclusivamente a una lealtad sin ambages.
A Jihwa le hubiera encantado creer en sus palabras. Hubiera dado parte de sus posesiones materiales con tal de borrar los acontecimientos acaecidos durante esa dramática noche. Sin embargo, existían cosas que ni siquiera un noble podía comprar. No podía retroceder en el tiempo, pero estaba en la obligación de ser más listo y precavido que sus enemigos. No se quedaría allí esperando la muerte, viniera de donde viniera el arma ejecutora.
—No. —Había pasado mucho tiempo desde la última vez que habló con tanta claridad—. Esa no es una opción. Lo único que puedo hacer para salvar la vida es huir.
—Pero amo…
—Prepárate. Partiremos de inmediato.
No admitiría más objeciones. Ni siquiera pensó en la muchacha que aguardaba a Suk cada noche, con su cuerpo caliente entre las sábanas y una sonrisa seductora en el rostro. Poco importaba la felicidad o la desdicha de un sirviente. No podía renunciar a él. Por más altanero que se mostrara ante el mundo, Lee Jihwa tenía una certeza: no podría sobrevivir en el exterior sin la ayuda de un lacayo fiel. Tampoco prestó atención a la expresión de Suk, pese a que parecía desolado, como si el mundo acabara de aplastarle contra el suelo.
En cualquier caso, ya se preocuparía de sus sentimientos más tarde. Pese a estar decidido a prescindir de aquello que no fuese necesario, no pudo dejar atrás el collar que una vez perteneciera a su madre. Las piedras verdes y blancas perfectamente engarzadas siempre le habían fascinado. Era un accesorio demasiado femenino, algo que un hombre de su categoría jamás podría permitirse el lujo de utilizar, pero Jihwa se negó a dejarlo atrás. Después de todo, era lo único que lo mantenía ligado a la señora Lee. De joven, se prometió que algún día se lo regalaría a su amada esposa. Nunca hubiera imaginado que sus verdaderos deseos le llevarían a yacer con hombres y que terminaría locamente enamorado del peor de todos. Durante años, se negó a sí mismo la posibilidad de unirse en matrimonio. Por desgracia, eso carecía de sentido. Su destino estaba muy lejos de la vida que todo noble debería llevar. Demasiadas incertidumbres, demasiados temores como para preocuparse por banalidades.
Cuando no era más que un infante ingenuo y de naturaleza alegre, a Jihwa le encantaba la nieve. Le parecía absolutamente fascinante. Su color blanco, su suavidad, la manera en la que caía desde el cielo y se acumulaba sobre la tierra. Pronto descubrió los placeres de jugar con ella. Las batallas contra los hijos de los sirvientes permanecían intactas en su memoria. Tantas victorias y nunca llegó a plantearse la posibilidad de que, tal vez, le hubieran dejado ganar.
Esa noche no la encontró divertida en absoluto. Había humedecido su ropa, sus pies estaban a punto de congelarse y no daba tregua para que Suk pudiera prender una fogata. Caía sin descanso, pese a que la estación primaveral ya había dado comienzo. Jihwa maldijo en voz baja y se arrebujó en su abrigo. Suk le ofreció una bolita de arroz. Si no podían calentarse y dormir, al menos no morirían de hambre.
—Amo Jihwa. Aún no es demasiado tarde. Regresemos.
Pudo sentir como la furia le subía desde la punta de los pies. Su sirviente estaba siendo tan insistente que lo encontraba exasperante. Había perdido la cuenta de las veces que le hizo esa proposición. Jihwa apretó los dientes y clavó sus ojos en el cielo. Pese a ser noche cerrada, estaba blanco. Un copo de nieve le cegó durante unos segundos y le hizo ahogar una queja lamentable. No había hecho otra cosa desde que salieron de la mansión Lee. Protestar. Por el frío, por la nieve, por el cansancio, por su propia estupidez porque ni siquiera se planteó la posibilidad de viajar a lomos de un brioso corcel. Empezaba a pensar que no estaba preparado para manejar situaciones de máxima tensión. Toda su vida había sido demasiado cómoda. Ni siquiera cuando su padre descubrió sus pecados, puso fin a sus caprichos y desmanes.
Fue muy fácil culpar a Seungho en ese entonces, asegurar ante todos que él y sólo él le llevó por el camino de la perversión más absoluta. Jihwa lloró mucho arrodillado frente a su progenitor. Le suplicó perdón y no asumió su propia responsabilidad. Nunca confesó lo mucho que disfrutaba de las atenciones de su amante y, definitivamente, no renunció a ellas. Incluso entonces Suk procuró convencerle para cambiar de actitud. Ojalá lo hubiera escuchado. Ojalá hubiera tenido el valor de renunciar a Seungho y todos los placeres que le prometía. Pero no pudo hacerlo. Al crecer, comprobó que ninguna mujer era capaz de despertar en él deseo alguno. Lo intentó con las cortesanas más experimentadas y sólo pudo sentir la desolación más absoluta ante su propio fracaso. Admitir que su naturaleza estaba corrompida no fue fácil, pero el opio y las manos maestras de Seungho le convencieron para seguir sumido en ese mundo de depravación.
Su parte racional le instaba a arrepentirse. Si no se hubiera dejado llevar por sus apetitos más oscuros, jamás se hubiera puesto a sí mismo en semejante tesitura. Si no se le permitía ser feliz, al menos podría haber caminado por el sendero más recto y simple posible. Pero no pudo. Con todos los errores cometidos, con todo su sufrimiento, Lee Jihwa era quien era porque se entregó a Yoon Seungho. No podía y tampoco deseaba lamentarse por eso.
—Amo Jihwa. —Suk insistió. Llevaba bastante rato inquieto, vigilando los alrededores con suma cautela—. Deberíamos marcharnos. Es peligroso estar aquí.
—Estoy agotado. Necesito descansar.
—Pero amo…
No era estúpido. Sabía muy bien qué clase de peligros acechaban desde las sombras. Delincuentes de la peor calaña, fieras hambrientas. Cualquiera de ellos podría causarles la muerte más espantosa. Tal vez hubiera sido mejor hacerle caso a Suk, pero le ocurría algo muy simple de explicar: apenas podía moverse sin sufrir el más terrible de los calvarios. Sus piernas le pesaban como si alguien le hubiera colocado cadenas de hierro en los tobillos y sus pies eran una abominación. No se había retirado el calzado, aunque tampoco le hacía falta para saber que estaban llenos de ampollas y que tardarían días en curarse. Caminar se le antojaba imposible. Nadie podía prometerle que al día siguiente fuera a encontrarse mejor, pero podría engañarse durante unas horas. Pese al frío, al dolor y al temor que le producía imaginarse a Seungho persiguiéndolo implacable con su afilada espada, era incapaz de poner en funcionamiento su cuerpo.
El primero en escuchar el ruido fue Suk. Jihwa pudo ver como su cuerpo se ponía tenso y giró la cabeza para poder comprobar qué era aquello que se movía entre los árboles. Por supuesto, no vio nada. Aunque su padre quiso enseñarle el noble arte de la caza, nunca tuvo talento para practicarla. Tampoco le gustaba. Demasiado esfuerzo para acabar con un animal que cualquier sirviente podría atrapar por su cuenta.
No se confió. Suk extrajo de su cinturón un pequeño cuchillo que utilizaba para preparar la comida. Como arma, dejaba bastante que desear, pese a lo cual Jihwa se sintió un poco más seguro. Una vez más fue consciente del alcance de su propia estupidez. ¿Por qué no había llevado consigo su espada? Si bien era cierto que no era muy diestro en su manejo, al menos le hubiera servido para protegerse a sí mismo. Pero, protegerse ¿de qué? ¿De un animal? ¿De un asaltante?
Comenzó a plantear los pros y los contras de encontrarse ante una cosa u otra cuando algo salió de entre las ramas y saltó sobre Suk. Jihwa tuvo que parpadear varias veces para ser consciente de lo que estaba pasando. Un tigre. Un tigre siberiano clavaba sus enormes colmillos en el cuello de su sirviente. Suk apenas pudo gritar antes de emitir un gorgoteo siniestro y, entonces, murió.
Le tocó el turno a Jihwa de chillar de puro espanto. Nunca se había enfrentado a una muerte tan violenta. Años atrás, fue testigo de cómo la vida de su abuelo se apagaba lentamente hasta extinguirse por completo. No estaba acostumbrado a la sangre y definitivamente jamás se había encontrado con los ojos brillantes de un animal que se preparaba para devorarlo. ¿Así terminaría su existencia? ¿Había huido para morir en mitad de un bosque, bajo las garras de un tigre?
Era tal el pánico que sufría que todo su cuerpo se paralizó hasta el extremo de perder la consciencia. Lee Jihwa jamás podría relatar al resto del mundo cómo fue que sobrevivió al ataque de un animal salvaje. No vio nada. Tan sólo fue consciente del patetismo de su propia existencia.
No sintió frío al despertar. De hecho, en un principio fue bastante agradable. Estaba cubierto por algo realmente cálido y supuso que se encontraba en su cama, en su casa, libre de problemas y de preocupaciones. Por desgracia, el dolor no tardó en sacudirle entero. El hombro le ardía y, cuando miró hacia abajo, comprobó que alguien le había retirado la ropa. Debajo de esa manta, estaba desnudo hasta la cintura.
Gruñó. Quiso levantarse. Ni siquiera observó el lugar donde se encontraba. Sí. Estaba bajo techo y la temperatura era agradable, pero ese cuartucho distaba mucho de ser su elegante dormitorio. Todo estaba sucio y desordenado y le causaba un gran disgusto. Tenía que salir de allí, no importaba cómo. Se incorporó y, entonces, una mano firme y callosa lo mantuvo recostado en el suelo. La voz era tan familiar que le hizo estremecerse.
—No se mueva, mi señor. Está herido.
¿El bufón? No era posible y, sin embargo, ahí estaba. Con esa mirada penetrante que delataba un pasado tumultuoso y el largo cabello cayendo sobre sus hombros como si fuera una cascada fascinante y surrealista. Jihwa no entendía nada, pero no opuso resistencia.
—No pude evitar que el tigre le alcanzara con sus zarpas. Logré curar la herida y está evolucionando bien. Hasta ayer tuvo fiebre, pero hoy se encuentra mucho mejor.
Estaba tan confundido que apenas fue capaz de razonar. Se llevó una mano a la frente y fue asaltado por los recuerdos de los últimos días. Min secuestrando al pintor y procurando convencerle para abusar de él. El bufón salvándole el pellejo y Jihwa confesando sus crímenes frente a Seungho. Suk y sus ojos opacos. El tigre y la sangre en sus fauces.
Podría decirse que no era el hombre más afortunado del mundo, aunque al menos seguía vivo. Eso era algo que apreciaba muy sinceramente. Miró al sicario a los ojos y se preguntó cuál era el misterio detrás de su ser. Pese a haber gozado de cierta intimidad física, ni siquiera conocía su nombre. Quiso preguntárselo, pero su boca tomó otro camino. De todas formas, algo en su interior le reveló que el bufón jamás hubiera expuesto su verdadera identidad ante él.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Tres días, mi señor.
Tres días. Podía imaginarse el caos desatado en su ciudad natal. A esas alturas, tanto Seungho como las autoridades debían estar buscándole presas de la más absoluta desesperación. Una vez más sintió miedo, aunque en menor medida que antes. La presencia del hombre sin nombre le producía una calma que difícilmente podría explicar ante nadie.
—¿Dónde estamos?
—A varias horas de distancia de su hogar. Puede estar tranquilo. Nadie vendrá a buscarlo aquí.
Aquella era, sin duda alguna, una excelente noticia. Jihwa se permitió un minuto de descanso y cerró los ojos, preguntándose si sería capaz de conciliar el sueño. Su mente eligió ese momento para enviarle el recuerdo de la muerte de Suk. Las náuseas fueron tan fuertes que estuvo a punto de vomitar sobre sí mismo.
—¿Y mi sirviente?
—Enterré su cadáver. Ahora descansa en paz.
No fue capaz de decir nada ante semejante revelación. Contempló el techo hasta perderse en el entramado de vigas que se sucedían una tras otra. Algunas parecían podridas y otras medio carcomidas por los insectos. ¿Acaso no era aquel un lugar seguro? Mientras andaba absorto en pensamientos vacíos de cualquier significado, el bufón caminó hasta un rincón y manipuló un puchero que se calentaba sobre el candor de las brasas. Poco después, puso ante los ojos de Jihwa un cuenco con unas gachas de aspecto repugnante. El joven noble estaba acostumbrado a los mejores manjares. Por nada del mundo probaría algo tan asqueroso.
—Coma, mi señor. Necesita reponer fuerzas.
—Pero…
Pero, ¿qué? Bastó una mirada del sicario para ser consciente de su realidad. Ya no era Lee Jihwa, el hombre que chasqueaba los dedos y tenía a su disposición todo aquello que pudiera desear. Ahora era un fugitivo que podría ser asesinado en cualquier momento, alguien que había sido ayudado por un plebeyo de dudosa moralidad. Y lo fue muchas más veces de las que le gustaría admitir en voz alta. No podía permitirse el lujo de ser exigente, así que tomó el cuenco y decidió que viviría. Aunque tuviera que sacrificar todo lo que había sido, viviría para convertirse en un anciano de pelo blanco.
Las gachas sabían mejor de lo esperado. Se sorprendió a sí mismo apurando el contenido en menos que canta un gallo y repitiendo después. El bufón le observaba en silencio, aunque sin perderse ni un solo detalle. A Jihwa le hubiera gustado leerle la mente, tal era la intensidad de su mirada. Cuando terminó de alimentarse, el de nombre desconocido le habló.
—¿Por qué estaba en mitad del bosque, mi señor? Como sin duda ha podido comprobar, es algo extremadamente peligroso.
—No más que permanecer en mi hogar. De una forma u otra, hubiera terminado muerto.
El bufón no dijo nada. Sin duda, era más consciente que nadie de los acontecimientos que se habían sucedido en su lugar de origen. Jihwa no se contuvo a la hora de preguntar. La respuesta que obtuvo le heló la sangre.
—El señor Min y sus amigos fueron asesinados. El señor Shin declaró que, sin duda alguna, usted les había atacado.
La ira ardiente derritió el hielo de la indignación más absoluta. Sin pensar en sus propias heridas, Jihwa se incorporó en la cama para vociferar unas palabras.
—¿Cómo se atreve? ¡Soy inocente!
El bufón ni siquiera se inmutó ante su declaración. A esas alturas, después de todas las experiencias que habían vivido juntos, sabía mejor que nadie que Jihwa no tenía alma de asesino. Las acusaciones del señor Shin eran tan absurdas que casi le hicieron reír, aunque la situación no tuviera nada de graciosa. Después de todo, la vida de un hombre pendía de un hilo.
—Tal vez deba regresar para enfrentar todas las acusaciones. Puede contar la verdad.
Tardó sólo un suspiro en comprender. Seungho. Seungho debió asesinar a Min y a los demás. Después de que él mismo le avisara de lo que pretendían hacer con su maldito pintor, debió presentarse en ese horrendo lugar para tomarse la justicia por su mano. No era como si Jihwa pudiera lamentar tal cosa. Cuando descubrió las intenciones de esos sátiros, su cuerpo entero se descompuso. Sólo los más canallas e indecentes abusaban de personas indefensas. Ni siquiera un pervertido de su calaña había humillado jamás a sus sirvientes, aunque podría haberlo hecho sin sufrir ninguna clase de consecuencia. Min y los otros eran monstruos de apariencia humana y, si Seungho los hizo pedazos, no habían hecho más que obtener una justa retribución por sus actos.
Sí, Lee Jihwa creía fervientemente en todo eso. Podría haber felicitado a Seungho si no temiera por su vida. Si lo pensaba con detenimiento, las palabras del bufón eran sabias y certeras. Podría volver a su hogar y explicar a las autoridades todo lo que sabía. Que Seungho yacía cada noche en brazos del pintor, que Min y los demás quisieron mancillar su propiedad y su honor y que Seungho tomó sus vidas por derecho propio. Todos le creerían. Nadie sentía demasiada estima por Seungho y, si callaban, era porque temían la forma en la que pudiera aprovecharse de su gran poder. Sería fácil ir y acusarle. Podría vivir en paz durante el resto de su existencia, libre de las acusaciones que Shin vertió sobre él y con el hombre que deseaba asesinarle entre rejas o muerto. Sí. Muy fácil y satisfactorio para su persona. Si ese era el caso, ¿por qué no se sentía capaz de hacerlo?
No podía ser que tuviera remordimientos y, sin embargo, la culpa le arañó el pecho. Fue aún más cruel que el tigre que casi lo devora. En cierta forma, era responsable de todo lo ocurrido. Si no se hubiera obsesionado hasta el grado de desear lastimar al pintor, Min jamás hubiera puesto sus ojos sobre el chico ni hubiera urdido tamaño plan. Seungho no hubiera arrebatado la vida a unos nobles y no correría peligro alguno. Las acciones de Jihwa afectaban a más gente de la que hubiera deseado y, además, estaba el amor. Ese endemoniado amor que le calentaba el corazón y la entrepierna y que llevaba años matándole lentamente. Un amor al que se entregaba sin límites y que no era correspondido en absoluto. Un amor que dolía tanto que a Jihwa apenas podía respirar.
Un amor que, en definitiva, le llevaba a anteponer el bienestar de Seungho al suyo.
—No haré eso.
—¿Por qué?
No respondió a la pregunta del sicario. ¿Quién era él para poner en entredicho sus acciones? Jihwa apretó los labios, terco como un niño caprichoso. El bufón se arrodilló a su lado y amenazó con tocarle. A él. Retrocedió tan deprisa que casi se golpeó la espalda contra una de las mugrientas paredes.
—He de limpiar la herida, mi señor.
¿Podía existir la honestidad en los ojos de un asesino sanguinario? Contra todo pronóstico, Jihwa pudo verla en ese desconocido. Se estremeció y no alcanzó a objetar nada. Se recostó sobre las mantas con una sumisión digna del mejor esclavo y aguardó con paciencia mientras el bufón tocaba su cuerpo. Ya lo había hecho antes, pero en esa ocasión fue muy distinto. Cuando Jihwa le pidió que mantuviera relaciones sexuales con él, estaba herido en lo más profundo de su alma. El sicario fue torpe, cuidadoso y bestial. A fin de cuentas, nunca había tomado a otro hombre. Pese al dolor, la experiencia fue positiva. Jihwa logró olvidarse de Seungho por unas horas y se sintió especial. El primero en la vida de otra persona.
¡Qué absurdo! El bufón sólo se acostó con él a cambio de dinero. Como mucho sintió compasión por un ser tan patético como Jihwa. No le debía nada y, sin embargo, procuró entregárselo todo. Fue una experiencia única por su rareza, inolvidable por las circunstancias y salvaje por el estado en que quedó su cuerpo.
Esa noche, el toque era más suave. Jihwa agachó la mirada y estuvo a punto de marearse cuando vio las marcas de las garras del tigre. Eran perfectamente paralelas entre ellas y estaban furiosamente rojas. No era un experto en heridas, pero no parecían infectadas. Por más que dolieran, no terminarían matándolo. El sicario utilizó un trapo limpio y agua fría. Jihwa siseó y se movió, incómodo, y recibió a cambio una mirada burlona.
—Mi señor se comportaba mucho mejor mientras estaba inconsciente.
Estaba tan ofendido que no tenía palabras. El bufón suavizó su forma de hablar.
—Estese quieto sólo un momento. Terminaré enseguida.
Le obedeció a duras penas. Fue agradable comprobar que era un hombre de palabra, puesto que el tormento no se prolongó durante mucho más tiempo. El sicario ordenó sus enseres y no se acercó a Jihwa de nuevo. ¡Qué lamentable comportamiento! Además, el silencio pesaba como una losa. Jihwa se vio en la imperiosa necesidad de destruirlo.
—¿Cómo debo llamarte?
El bufón alzó una ceja y sonrió, burlón.
—Meumyeong.
Hasta un sirviente se hubiera dado cuenta de que ese no era su verdadero nombre. En otro tiempo, Jihwa hubiera clamado por una respuesta sincera y verdadera. Esa noche, sin embargo, se conformó con lo expuesto y pensó mil cosas acerca de la enigmática figura del hombre que le había salvado la vida. Para bien o para mal, sus destinos estaban ligados desde ese día y para siempre.
Meumyeong le obligó a salir al exterior dos días después. Jihwa tenía motivos sobrados para permanecer oculto, pero estaba tan debilitado que apenas pudo oponer resistencia. La herida en su pecho iba desde el lado izquierdo del cuello hasta el costado derecho. Dolía como un demonio y sangraba de vez en cuando. Cada vez que tenía ocasión de contemplarla, a Jihwa le parecía que su estado empeoraba. Sin embargo, Meumyeong, el experto, estaba tranquilo. Había preparado un potingue verdoso que le aplicaba después de cara cura y le animaba para que dejara de protestar. Esa mañana, agarró su cuerpo por debajo de las axilas y tiró de él hacia arriba, levantándolo del suelo sin ninguna dificultad.
Jihwa se quejó muchísimo. Faltaría más. Sus lamentos se desvanecieron en la garganta cuando contempló el paisaje que le rodeaba. Frente a su improvisado nuevo hogar se hallaba una gran pradera cubierta por hierba de un furioso color verde. El cielo era de un azul intenso y la temperatura resultaba de lo más agradable. Era como si el invierno se hubiera desvanecido en la nada. Y a Jihwa siempre le había encantado la primavera, así que no ocultó una sonrisa de satisfacción absoluta. Meumyeong le sujetaba con firmeza, consciente de que podría caerse al suelo si lo liberaba de su agarre.
—¿Mi señor necesita desahogar su cuerpo?
Al principio no comprendió a qué se refería. Cuando lo hizo, su cara ardió y su pulso tembló. ¿Cómo se atrevía a hablar con tanta libertad sobre asuntos íntimos? Si bien era cierto que durante su convalecencia le había ayudado con el embarazoso asunto de la orina, apenas era capaz de creerse que hubiera mencionado lo otro. Aunque un noble hiciera esas cosas, igualándose al más miserable de los plebeyos, el resto del mundo no necesitaba ser consciente de ello.
Su primer impulso fue negar la mayor, pero sus tripas emitieron ese sonido tan familiar y no le quedó más remedio que actuar con absoluta resignación. Hizo sus necesidades en plena naturaleza, con Meumyeong sujetándole en precario equilibrio para evitar que cayera encima de sus propios excrementos. Su huida hacia ninguna parte se estaba convirtiendo en una sucesión interminable de acontecimientos traumáticos o humillantes. Al menos, el sicario tuvo la decencia de no hacer ningún comentario al respecto y Jihwa logró dar un pequeño paseo al aire libre. No tardó en sentirse fatigado. Sentarse sobre la hierba fue más satisfactorio que volver a ese cuchitril.
—Mi señor, ahora que se encuentra mejor, ha de saber que debo continuar mi viaje.
Las palabras de Meumyeong le desconcertaron. Había sido un tonto por pensar que podrían permanecer en ese lugar para siempre. Juntos. ¡Cuán equivocado estuvo!
—Planeo dirigirme hacia el norte en busca de nuevos trabajos. En esta región, son muchos los que saben de mí. No puedo arriesgarme.
La vida de un asesino a sueldo carecía de estabilidad. Jihwa asintió.
—Entiendo.
—¿Qué hará usted?
—¿Yo?
Otra vez planteándose cuestiones indignas de su persona. ¿Acaso tuvo la esperanza de estar a su lado allá donde fuera? ¡Qué disparate! O no. No era como si tuviera un plan mejor. Lo único que tenía era su dinero (si es que Meumyeong no lo había hecho desaparecer) y la compañía de ese hombre.
—Llévame contigo.
—¿Conmigo, mi señor?
Pudo entender sus reparos. No dejaría que le detuvieran.
—Siendo honesto, no seré capaz de sobrevivir por mí mismo. Puedo pagarte. Sin duda, al retirar mis ropas comprobaste que no viajo ligero de equipaje.
Meumyeong no movió ni un músculo. Al menos le escuchaba con atención.
—Prometo no ser una molestia para ti. Seguiré tus instrucciones y no intervendré en tus asuntos. Lo único que quiero es que no me dejes aquí solo. Es humillante para mí reconocerlo, pero no sabría qué hacer. He perdido a mi sirviente, soy un fugitivo. Mi única posibilidad de salir con bien de esta situación es yendo contigo, alejándome todo lo posible de este lugar. Pasando desapercibido junto a ti.
No obtuvo respuesta. Meumyeong puso los brazos en jarra y se alejó a buen ritmo. Jihwa le observó mientras se desvanecía en la distancia, asustándose porque acababa de ser abandonado a su suerte. ¿Qué clase de hombre no daba siquiera una mínima explicación? ¿Qué sería de él? Apenas le quedaban fuerzas para regresar a la choza que fue su único refugio durante tantos días. No debía quedarse allí. Estaba demasiado cerca de su ciudad natal y sus posibles captores. Tendría que recoger sus cosas él solo, asegurarse de que el sicario no le había robado nada y echar a andar. Hacia el norte, como Meumyeong, lo más lejos de esa tierra nefasta.
En un principio, su actividad fue frenética. Examinó cada rincón de la choza y colocó sus pertenencias en el suelo, ordenadas según su importancia. Sorprendentemente, el sicario no le había quitado nada. Después, revisó el contenido del puchero y se comió el último plato de gachas. Para cuando llegó el momento de colocarse sus ropas, estaba tan agotado que se desplomó sobre sí mismo. Jadeante y sintiéndose un fracaso absoluto, se golpeó la cabeza contra la pared una y otra vez. Si tan solo se diera con un poco más de energía, podría acabar con su patética existencia.
—¿Qué está haciendo, mi señor?
Dio un respingo de alarma e incredulidad.
—Meumyeong. ¡Has vuelto!
—¿Por qué no habría de hacerlo? He ido a buscar esto. Póngaselo.
Le tendió una serie de ropas tan humildes que Jihwa inevitablemente sintió un gran rechazo. Pese a ser consciente de su nueva naturaleza, no era sencillo deshacerse de una serie de valores y comportamientos que le habían acompañado durante toda su vida. Disgustado, extendió ante sus ojos un pantalón tan sencillo como rudimentario.
—No puede viajar vestido como un noble, mi señor. Si las autoridades le están buscando, resaltará como una mosca en un cuenco de leche. Destruiremos sus ropajes y, a partir de ahora, haremos que parezca un plebeyo.
Increíble. Lamentable. Dolía que esa fuera su única opción para escapar al más trágico de los destinos. Con la respiración entrecortada por la indignación, obedeció a Meumyeong. Otra vez. Estaba cayendo muy bajo y, sin embargo, no se sentía mal. Tal vez porque estaba acostumbrado a romper con las normas impuestas por la sociedad.
Cuando terminó de vestirse y se pasó las manos por el cabello, casi agradeció a Seungho por habérselo cortado. Nadie esperaba que alguien de su posición presentara un aspecto como el suyo. Jihwa tiró de su pelo, sintiéndose como un niño pequeño. Mejor eso que saberse deshonrado. Podría haber supuesto un grave problema para ellos de haber viajado como noble, pero tratándose de un plebeyo, no era extraño encontrar un corte como ese. Tal vez supusieran que era un rebelde digno del más cruel de los castigos. La idea le hizo sonreír. Se sentía malvado y era estúpido.
—Partiremos dentro de dos días.
Las palabras de Meumyeong le liberaron de semejantes pensamientos. El hombre estaba bajo el umbral de la puerta, observándole con algo muy parecido a la curiosidad. Jihwa fue más consciente que nunca de su propio comportamiento y se preguntó qué estaría pensando. ¿Lo vería como una molestia? ¿Planeaba asesinarlo para quedarse con sus pertenencias? ¿Abandonaría su cadáver en cualquier remoto lugar para que lo destruyeran las alimañas? Si bien era cierto que a Suk le proporcionó una sepultura digna, Meumyeong parecía la clase de hombre que sentía más respeto por las personas humildes que por los nobles. Una vez más, se preguntó qué circunstancias le habrían llevado a actuar así.
—Mi señor. Será mejor que ponga sus pertenencias a buen recaudo. Cuando retomemos el viaje, yo me encargaré de custodiarlas.
—¿Tú? ¿Por qué?
Ahí estaban sus sospechas haciéndose realidad.
—Porque usted es demasiado débil y porque, pese a su aspecto actual, aún se comporta como un noble. Si en mitad del camino nos encontráramos con una banda de asaltantes, no tardarían en ser conscientes de su verdadera naturaleza. Le robarían hasta la última moneda y le rajarían la garganta sin pensárselo.
—Si me reconocen como noble, ¿no lo harán de todas formas?
—En ese caso, yo tendré una oportunidad de huir con su dinero.
La indignación puso en tensión todo su cuerpo. Meumyeong estaba serio como el primer día, pero un brillo extraño hizo acto de presencia en sus ojos. Jihwa no se contuvo y, pese a su debilidad física, le golpeó el pecho con los puños.
—¿Te burlas de mí? ¿Cómo te atreves? ¿Tú, un miserable plebeyo?
Detuvo el ataque sin demasiada dificultad. Aunque el gesto para retener sus puños fue firme, las manos que rodeaban sus muñecas se mostraban gentiles. Jihwa se estremeció sin remedio, evocando aquella noche de pasión desenfrenada que experimentaron uno bajo el otro. Meumyeong acercó tanto su rostro que podía sentir su respiración agitándole las pestañas.
—¿Mi señor lo ha olvidado? Ahora es mucho menos que un plebeyo. Es un fugitivo que necesita de alguien tan miserable como yo para sobrevivir. Haría bien en controlar su ira. Puede que la próxima vez no sea tan amable.
Jihwa se removió con brusquedad. La herida en su pecho dolió como nunca y sintió un gran rencor por ese hombre. Tenía toda la razón. No había pasado mucho tiempo desde que prácticamente le suplicó que no lo abandonara a su suerte. Puso su propia vida en las manos de un plebeyo y comenzaba a dudar de su propia decisión. ¿Se estaba comportando con sensatez? ¿Acaso los acontecimientos más recientes le habían robado el raciocinio?
—No soy un ladrón, mi señor. Me ocuparé de que sus pertenencias sigan siendo suyas.
Esa última declaración de intenciones le dejó sin palabras. ¿Se encontraba ante un hombre decente? Cabía la posibilidad de que Meumyeong fuese sincero. De acuerdo. No era un ladrón, pero era cosas muchos peores. Cuando secuestró al pintor, se descubrió a sí mismo como un torturador eficiente y un asesino con ideas originales. Ni siquiera le avergonzaba reconocer que vendía su cuerpo a toda clase de mujeres. Su moralidad era más que cuestionable, pero no era un ladrón. Jihwa suspiró y, agotado, se sentó sobre el lecho de mantas que se había convertido en su cama.
—Deberías dejar de llamarme señor. Si vamos a viajar en igualdad de condiciones, podrías utilizar mi nombre. Jihwa.
Una parte de sí mismo se moría de ganas por escuchar cómo lo pronunciaba. Sin embargo, Meumyeong sonrió.
—Lidiaré con eso por mi propia cuenta, mi señor.
Y no hubo tiempo para más. El sicario prosiguió con sus quehaceres habituales y Jihwa se quedó dormido de puro agotamiento. Antes de caer rendido, se preguntó si en dos días estaría preparado para volver a caminar. No le apetecía en absoluto y, sin embargo, la perspectiva se le antojaba de lo más emocionante.
Más gachas. Jihwa comenzaba a aborrecerlas. Meumyeong se encontraba inclinado sobre el caldero, agitando su contenido sin aparente cuidado. Someterse a una dieta tan poco variada comenzaba a provocarle dolor de estómago. Jihwa extrañó como nunca la abundante comida de la que disfrutaba en casa. Día a día se enfrentaba a una aventura de colores, olores y sabores que nunca le defraudó. Esa noche, igual que la anterior y la anterior, sólo había gachas.
Meumyeong le entregó un cuenco lleno hasta los topes. Por la mañana bien temprano, emprenderían el viaje hacia las tierras del norte. Jihwa no se atrevió a expresar en voz alta su disgusto. No quería obtener a cambio una nueva mirada heladora. Porque Meumyeong no era un hombre que hablara demasiado. Los dos últimos días que habían pasado en esa cabaña, apenas pronunció una palabra. Y no era porque Jihwa no hubiera tratado de comunicarse con él. Meumyeong era la clase de hombre que observaba, analizaba y se guardaba para sí sus propias conclusiones. A Jihwa le provocaba cierto grado de ansiedad. Desde niño, siempre que estaba nervioso buscaba la forma de conversar con aquellos que tenía cerca. Quizá fue por culpa de su madre, quien le contaba cuentos durante las noches de tormenta, cuando el pequeño Jihwa se sentía aterrado y corría en busca de protección y consuelo.
Habían dado buena cuenta de la comida cuando no pudo resistirlo más. El silencio era pesado, intolerable. Jihwa apoyó las palmas de las manos en el suelo y le hizo una pregunta. La experiencia le enseñó que, si dejaba caer un comentario cualquiera, Meumyeong no abriría la boca. En cambio, nunca eludía un interrogante directo.
—¿Dónde iremos?
—Ya se lo he dicho, mi señor. Al norte.
Esa actitud resultaba sumamente irritante. Jihwa se animó a ser paciente.
—Lo sé. No me refiero a eso. ¿Nos quedaremos en una ciudad, en una aldea? ¿Dónde?
Meumyeong entornó los ojos y reflexionó durante tanto tiempo que a Jihwa le empezaron a temblar las piernas. ¿De verdad no tenía un plan definido de antemano? ¿Cómo había sido su vida hasta entonces?
—Yo haré lo de siempre. Buscaré un grupo itinerante de actores y me uniré a ellos. Ese proceder me facilita el trabajo.
Jihwa prefería no plantearse demasiado a menudo cómo era el estilo de vida de un asesino a sueldo. Pese a que la piel se le ponía de gallina con solo pensar en toda la violencia y sangre que rodeaban la vida de Meumyeong, no pudo evitar bromear. Sonrió y echó la cabeza hacia atrás, muy consciente de sí mismo.
—Así que eres un alma errante.
—Sólo me gano la vida lo mejor que puedo, mi señor.
—Pero tu oficio te obliga a moverte muy a menudo. ¿No te gustaría que tu existencia fuese un poco más estable? Tener una casa, un empleo honrado. Ser como los demás plebeyos.
—Un hombre como yo no puede darse el lujo de fantasear. Toda mi vida gira entorno al pragmatismo y así seguirá siendo en un futuro.
Jihwa varió su postura. Era incómodo permanecer quieto durante mucho tiempo porque, aunque su herida estaba mucho mejor, aún le molestaba bastante.
—Entiendo. En tal caso, ¿debo convertirme en actor? El mundo del espectáculo me fascina.
Seguía bromeando. En realidad, no había pensado demasiado en lo que haría una vez hubiera logrado su objetivo principal. Era lo suficientemente listo como para comprender que no podría seguir viviendo como un noble, así que tendría que buscar alguna profesión, resignarse ante un destino muy diferente al que le correspondía por derecho de nacimiento. Planteárselo siquiera le hacía sentir enfermo. ¿Qué sabía él sobre el trabajo de un hombre común?
Meumyeong, por su parte, no captó la ironía. Su semblante se enturbió y le arrebató el cuenco vacío de las manos antes de ponerse en pie. Cuando habló, lo hizo como si estuviera escupiendo las palabras.
—Tendremos que buscar algo adecuado para usted, mi señor.
¿Por qué razón lucía así de enfadado? Jihwa no era más que una piedra en su camino. Lo aceptaba a su lado a cambio de dinero y, sin embargo, ¿se preocupaba? Siguió articulando frases. Una tras otra.
—No es que sea poseedor de grandes talentos. No está acostumbrado al trabajo duro, así que podría aprovecharse de su mejor cualidad.
Observó su cuerpo durante apenas un instante. A Jihwa le dio un vuelco el corazón, sometido bajo tanta intensidad. Porque a Meumyeong podían interesarle las mujeres en exclusiva, pero sabía ver cuál era la realidad y apreciar la belleza. Altanero, alzó la barbilla.
—¿Tú crees?
Meumyeong se puso tan ceñudo que le dio un escalofrío.
—Mi señor también debería aprender a callar cuando las palabras no son necesarias.
Había algo tan cómico en su apariencia, en la forma en que apretó los labios y entornó los ojos, que Jihwa se vio obligado a soltar una carcajada alegre. Hacía mucho tiempo que carecía por completo de razones para reír y, sin embargo, esa noche estaba empezando a divertirse. Como durante aquellas veladas, cuando el opio enturbiaba su mente y le hacía perder la vergüenza. Claro que ahora estaba sobrio. Sobrio no haría nada que pudiera despertar el rechazo del otro. En cambio, se sentía lo suficientemente cómodo como para proseguir con el interrogatorio.
—Nunca me has dicho de dónde eres.
Lo dijo casualmente, apoyando la barbilla sobre una de sus manos. Meumyeong dejó los cuencos en su lugar y habló como si su voz no le perteneciera en realidad.
—Soy de Joseon, mi señor.
No iba a darse por vencido tan pronto.
—¿De qué parte?
—De una que no es de su incumbencia.
Era oficial. Había hecho enfadar al hombre impasible. Pese a ser consciente de su alta peligrosidad, el ánimo juguetón de Lee Jihwa no se disipó. Si acaso, se volvió más osado.
—¿A qué viene tanto misterio? Ni que hubierais matado a alguien allí.
En su humilde opinión, aquel comentario era de lo más gracioso. Estaba repleto de una malicia no dañina y ocultaba la realidad en medio de las palabras. Jihwa siguió sonriendo. Meumyeong se puso aún más tenso. Por un instante pareció que saldría al exterior para desaparecer durante unas horas. En cambio, volvió a sentarse frente a él.
—He matado a gente por todo Joseon. Algunos de ellos eran poseedores de una lengua menos animosa que la suya, mi señor.
—En ese caso, afirmo que todo Joseon es vuestro verdadero hogar, aunque no me siento satisfecho. Quiero saber dónde creció el pequeño Meumyeong. ¿Se refugiaba en los brazos de su madre después de alguna travesura? ¿Provocó alguna vez la ira de un noble y recibió a cambio una tremenda paliza?
—Tiene una imaginación demasiado vivaz. Estoy seguro de que su padre no lo encontraba agradable.
—¿Crees que podría convertirme en contador de historias? Eso me permitiría viajar con tu compañía de actores.
—Es algo que no podría consentir, mi señor. Con alguien tan imprudente como usted cerca, no tardarían en descubrir mi verdadero oficio.
Jihwa asintió. Aquella estaba siendo la conversación más larga jamás mantenida con Meumyeong. Se sentía bien, natural. Si lo pensaba con detenimiento, con Seungho tampoco alcanzó a hablar demasiado. Pasaron muchos momentos juntos. Momentos apasionados e inolvidables que, sin embargo, nunca les permitieron profundizar en su relación. Poco importaba que Jihwa deseara algo más. A Seungho únicamente le interesó su cuerpo. Se buscaban para fundirse en uno y explotar de placer. Nunca compartieron sus sueños e inquietudes. Nunca pudo vislumbrar nada más allá de aquella mirada altiva y repleta de crueldad. Meumyeong, con toda su frialdad y tendencia a mostrarse imperturbable, estaba resultando ser más cálido y transparente. Tal vez sus palabras no contaban gran cosa, pero sí lo hacían sus gestos y sus miradas.
—Podrías enseñarme cómo hacer tu trabajo.
La idea era disparatada y alcanzó su objetivo. La sonrisa fue apenas perceptible, pero Jihwa podría jurar que no se la estaba imaginando.
—Ya se lo he dicho, mi señor. Usted no tiene estómago para cometer cierta clase de actos.
—¿Acaso me lo estás reprochando?
—En absoluto. Existen pocas personas en este mundo como usted.
No supo cómo reaccionar ante esas palabras. Nunca hubiera creído que su pequeño entretenimiento terminara de semejante manera. ¿Cómo interpretar lo dicho? ¿Era un cumplido? ¿Un insulto? Su cuerpo pareció dispuesto a sacar una conclusión sin el consentimiento de la mente y tiñó de rojo sus mejillas. Era increíble que aún se ruborizara como un jovencito inexperto.
—Debemos descansar, mi señor. Mañana será un día muy largo.
Jihwa asintió. No fue capaz de decir nada más en toda la noche. Tampoco durmió gran cosa mientras intentaba comprender por qué su corazón latía deprisa y su estómago se revolvía como si tuviera miles de insectos revoloteando en su interior. Era una sensación tan horrible como placentera y sintió la necesidad de atesorarla por mucho tiempo.
Como cualquier joven de su clase social, Lee Jihwa había recibido clases de geografía. Conocía los nombres de todas las montañas, ríos y provincias de Joseon y podría recitar sin pensárselo todas las historias que habían acaecido en dichos lugares. Sin embargo, no tenía la menor idea de que el norte pudiera estar tan lejos.
Llevaban varios días caminando sin descanso, deteniéndose lo justo para dormir sin desfallecer. Sus pies estaban tan lastimados que ya ni siquiera dolían y su cuerpo comenzaba a volverse más delgado. Cómo podía mantenerse Meumyeong tan fornido, era un auténtico misterio para el joven. No era como si se alimentara mejor. Por supuesto que no tenían acceso a grandes banquetes repletos de deliciosos manjares, pero cada día comían arroz y pescado o carne. Era Meumyeong el encargado de conseguir el alimento. Jihaw lo había visto atrapar peces con sus manos en medio de un río y colocar trampas para conejos que siempre daban buen resultado. El arroz lo compraba en las aldeas a las que Jihwa tenía prohibido acercarse. Acostumbraba a sentirse bastante inútil, así que terminó por hacerse responsable del fuego y la comida. Como una vulgar esposa. En ocasiones, se preguntaba cómo había podido terminar así. Cocinando para un sicario. Y ni siquiera lo hacía del todo bien. No tenía ninguna clase de experiencia en esos menesteres. Hasta las nefastas gachas de Meumyeong tenían mejor sabor que sus guisos.
El otro nunca se quejaba. Le agradecía sin palabras los alimentos que le tendía y comía. Era como si estuviera acostumbrado a cosas mucho peores. A Jihwa cada día le resultaba más difícil contenerse para no expresar en voz alta su curiosidad. Meumyeong era un hombre enigmático. El misterio a su alrededor crecía con cada paso que daban. No parecía de noble cuna, habida cuenta de su forma de comportarse y de hablar, pero no cabía duda de que era algo más que un plebeyo. Sus altas capacidades para sobrevivir en cualquier circunstancia estaban más que demostradas. Jihwa no pretendía martirizarse, pero era lo suficientemente consciente de sus propias limitaciones como para recordarse a sí mismo que sólo gracias a él seguía vivo.
Pronto anochecería. Meumyeong había establecido el campamente a varios metros del camino principal. El fuego crepitaba con furiosa calidez y un pequeño conejo ya había sido desollado. A Jihwa le repugnaba tener que tocarlo y, pese a ello, limpió sus vísceras y lo colocó sobre la hoguera. Tenía que deshacerse de sus viejos reparos, olvidar a su antiguo yo y centrarse en el nuevo. Estaba convencido de que existían múltiples cosas que aún podía hacer. Solo necesitaba aprenderlas. En ocasiones, se planteaba la posibilidad de que los nobles no estuvieran recibiendo la crianza adecuada. Sí, de pequeño fue exquisitamente educado. Sabía leer y escribir y manejaba los números. No era como un plebeyo, inculto y asilvestrado. Pero tampoco tenía ni idea de cómo vivir su vida. No sabía pescar, cazar o cuidar de su propia integridad física. Meumyeong era un superviviente. Jihwa un niño mimado. Ni siquiera podía culpar a su educación de sus más que evidentes carencias. Seungho, por ejemplo. Yoon Seungho también era el hijo primogénito de un noble, destinado a heredar propiedades y riquezas y, sin embargo, estaba más capacitado para resistir en el mundo exterior que el propio Jihwa. Tal vez se había esforzado más. Tal vez era más inteligente, observador o carismático. Y sabía manejar la espada como el mejor de los guerreros. Ese hecho marcaba una diferencia clara entre él y otros nobles de su misma generación.
La voz profunda de Meumyeong lo trajo de vuelta al mundo real.
—¿Qué sucede, mi señor?
En ocasiones, Jihwa apenas podía soportar que ese hombre le prestara tanta atención. Era tal la intensidad de su mirada que derribaba todas sus defensas y se sentía expuesto como un bebé recién nacido. Indefenso, nervioso. Esa noche, las llamas rojizas se reflejaban en sus pupilas oscuras y la barba parecía más espesa que nunca. Aunque Jihwa no se había afeitado desde que huyó, en su rostro apenas había aparecido una pelusilla rojiza que le producía más vergüenza que otra cosa. Logró reaccionar antes de ser tomado por idiota.
—Nada, ¿por qué lo dices?
—Le noto más taciturno de lo normal. ¿Le preocupa algo?
Meumyeong se encargaría de satisfacer cualquiera de sus deseos. Ya había ocurrido en otras ocasiones. Jihwa expresaba una idea cualquiera y, al cabo de poco tiempo, se transformaba en algo tangible y real. El por qué se empeñaba en complacerle era un auténtico misterio para él. Podría guardar silencio, pero aprovecharse de alguien tan solícito era algo a lo que no lograba resistirse. Tal vez era egoísta. Después de todo, Lee Jihwa siempre se había preocupado por Lee Jihwa.
—¿Sabes manejar la espada?
—Obviamente, mi señor.
—Enséñame.
Fue una exigencia que Meumyeong recibió con un gesto repleto de incredulidad. Hasta tuvo que apretar los dientes para no reírse delante del joven noble. Eso le hubiera ofendido enormemente.
—¿Disculpe?
—Tú mismo has hablado sobre los peligros de viajar por caminos públicos. De hecho, dices que no utilizarlos es incluso peor. Casi das por hecho que tarde o temprano tendremos que pelear con alguien. Pues bien, cuando eso suceda, quiero ser capaz de defenderme. Si quiero sobrevivir en este mundo, he de alcanzar cierto grado de autonomía.
Comprendió la suspicacia del otro. Jihwa mismo apenas daba crédito a lo que acababa de decir. Sin duda alguna, había acertado en el centro de la diana. A esas alturas de su vida y en unas circunstancias tan desfavorables, estaba absolutamente indefenso. Odiaba sentirse así. Era una cuestión de amor propio. Siempre había considerado que todo en su vida estaba bien, que los engranajes de su existencia encajaban a la perfección los unos con los otros y que no necesitaba nada más para alcanzar la plenitud vital, pero todo eso terminó. Ya no era Lee Jihwa. No contaba con el apoyo de su padre ni su apellido le abriría las puertas de un futuro prometedor. Se tenía a sí mismo. Y él mismo no era gran cosa. Un joven sin un talento destacable que se había autodestruido por sucumbir ante un amor demasiado impuro como para apreciarlo. Alguien que no se había querido lo suficiente y que pagaría con su vida las consecuencias de esa falta de amor propio.
Fiel a su costumbre, Meumyeong escuchó, pero no abrió la boca. Tomó su parte de la cena, avivó el fuego para que aguantara durante unas horas más y desapareció entre los árboles. Jihwa se lamentó amargamente y sintió miedo. No deseaba quedarse solo. La última vez que el sicario estuvo lejos de su lado, Suk fue devorado frente a sus ojos. Suspiró al rememorar esa terrible escena. Muchas veces ansió poder borrarla de su memoria, pero sabía que le acompañaría durante el resto de su vida. Como Seungho besando a su pintor o Min ofreciéndole la oportunidad de convertirse en un violador. Se sintió bastante indispuesto y terminó por recostarse junto al fuego. Comenzaba a tener frío y estaba muy cansado. Sólo quería que Meumyeong regresara para estar más seguro, pero se durmió antes de que el hombre apareciera portando dos espadas de madera.
Dónde obtenía todas esas cosas constituía una auténtica incógnita acerca de la cual Jihwa no pudo ni pensar. Un Meumyeong sin camisa se abalanzó sobre él, con la espada levantada por encima de su cabeza y una expresión tan neutra como estremecedora. Jihwa se defendió a duras penas mientras un pensamiento fugaz asaltaba su mente. El torso desnudo de aquel hombre maldito era digno de recibir toda clase de honores y alabanzas.
Lee Jihwa podía haber perdido para siempre a su amado Seungho, pero estaba muy lejos de cambiar sus emociones cada vez que tenía ocasión de observar a un hombre bien formado. Aún apreciaba la belleza exterior y sus partes más íntimas se alborotaban ante la perspectiva de ser acariciado y poseído contra los árboles. Hubiera dado un par de dedos de su mano izquierda a cambio de tocar aquellos músculos. El torso de Meumyeong era una oda a la perfección más absoluta. El dibujo tatuado en la parte inferior de su espalda, le hacía enloquecer.
Durante la noche que pasaron juntos, no tuvo ocasión de acariciar el cuerpo del sicario. Se limitó a recostarse boca abajo para darle un mejor acceso a su anatomía. Craso error. Ya que acudió a él buscando consuelo, podría haber llevado la experiencia un poco más allá. Qué lamentable no haberse percatado de todo lo que se estaba perdiendo. Las cosas eran distintas en la actualidad. A diario, Jihwa tenía ocasión de admirar ese hermoso cuerpo. De desearlo con todas sus fuerzas. Lástima que Meumyeong no pareciera ni mínimamente interesado en él. Claro que acostumbraba a yacer con mujeres. Jihwa entendía que cambiar los gustos personales no era tarea sencilla y, aun así, lo lamentaba. Hacía tanto tiempo que nadie le acariciaba, que nadie se colaba entre sus piernas y le hacía alcanzar el éxtasis, que comenzaba a sentirse ansioso. Sediento.
El golpe le pilló de improviso, tal vez porque estaba demasiado distraído. Meumyeong le aporreó con la espada de madera a la altura de las rodillas, haciéndole caer al suelo. Jihwa se preparó para reclamarle semejante comportamiento, pero al alzar la vista comprobó que el bufón tenía el ceño fruncido. Debía reconocer, no sin cierto reparo, que le resultaba difícil disimular las sensaciones que ese hombre le despertaba. Día a día era peor y, aunque en otro tiempo no hubiera dudado a la hora de atacar, valiéndose de su posición social y su riqueza, prefería mostrarse más prudente. No necesitaba que Meumyeong le rechazara y le abandonara a su suerte. Lo primordial era su propia supervivencia.
—Si no se concentra, el entrenamiento no servirá de nada.
La irritación hizo acto de presencia en su voz. Jihwa clavó la espada en el suelo y la utilizó para impulsarse hacia arriba. Al principio, se sintió indignado por tener que practicar con un instrumento que utilizaban los niños más pequeños. Después de comprobar que su pericia en ese noble arte no era en absoluto destacable, agradecía no enfrentarse a alguien que usara una espada auténtica. Podrían hacerle pedazos sin mucho esfuerzo. Dedicó un pensamiento fugaz a Seungho, a la noche en que le perdonó la vida y, casi con total seguridad, provocó una masacre posterior. De haber sido atacado, hubiera muerto sin remedio. No era como si hubiera mejorado, pero al menos lograba hacer algunos progresos.
Meumyeong casi siempre se comportaba como un maestro paciente y disciplinado. Explicaba las técnicas con exactitud y aplicaba el grado justo de esfuerzo teniendo en cuenta las capacidades de Jihwa. Esa mañana, parecía preparado para darle una lección mucho menos comedida. Apretaba la espada de madera con tanta fuerza que sus dedos se volvieron blancos. ¿Se habría dado cuenta de los derroteros que tomó la mente de Jihwa? Nunca había sido bueno ocultando sus pensamientos y emociones y por esa razón fue cruelmente humillado en el pasado. ¿Pretendía Meumyeong hacer algo similar?
—Lo lamento. Estoy cansado.
—Que esté cansado no persuadirá a los bandidos cuando deseen despedazarle. ¡Vamos! Póngase en guardia.
Nada de mi señor. Jihwa afianzó sus pies en el suelo, sujetó con fuerza la espada y se preparó para el próximo envite. Meumyeong no se hizo de rogar. La espada giró en el aire, tan veloz que el desdichado noble no alcanzó a ver el movimiento que realizaba. El golpe en el hombro le hizo chillar de dolor. Por un momento, temió que las heridas de su pecho se hubieran abierto. Pero no. Había pasado un tiempo desde que cicatrizaron, aunque aún tiraban y escocían de vez en cuando. Odiaba esas marcas. Antes del gran desastre que tuvo lugar en su vida, consideraba que su cuerpo era el mejor arma que poseía para alcanzar sus objetivos. Era un cuerpo hermoso, después de todo. Delgado pero fibroso, de piel suave y sin apenas vello. Había enloquecido a muchos nobles durante noches enteras de desenfreno. Quizá Seungho no lo supo apreciar en su justa medida, pero Jihwa nunca dudó de su belleza hasta ahora. Si lo pensaba un poco, se sentía feo, sucio, como despojado de todo su ser.
El hecho de que Meumyeong tuviera varias cicatrices en su propio cuerpo era un asunto bien distinto. No era un noble, después de todo. Quizá, todas esas heridas ya curadas eran una prueba de lo bueno que era en su trabajo. Un asesino que ha librado mil batallas y ha vencido en todas ellas. De haber perdido, no habría sobrevivido. Jihwa deslizó su mirada hasta el pectoral derecho y se lamió los labios cuando la vio. Era la más pequeña de todas y la que más deseaba acariciar.
—¡Señor!
Meumyeong alzó la voz. Jihwa dio un respingo y no pudo hacer más que darle la razón. Ni siquiera era necesario tener experiencia con otros hombres para comprender que se lo estaba comiendo con los ojos. Maldita sea. Jihwa se sentía confundido. No dudaba de sus sentimientos hacia Yoon Seungho. Nunca lo había hecho. Desde que se besaran por primera siendo unos jovencitos que aún sujetaban sus cabelleras en sendas trenzas, constantemente había estado prendado de él. Seungho lo hechizó hasta la locura más absoluta. Le hizo olvidar toda moralidad y fue capaz de hacer cualquier insensatez por él. En la cama y fuera de ella. Seungho lo introdujo en el mundo de las bacanales más perversas, le dio a probar el opio por primera vez y sostuvo su cabeza mientras vomitaba después de una borrachera que casi le ocasionó la muerte. Seungho había sido su primer hombre en casi todo y, pese a la devoción que reservaba sólo para él, no lograba quitarle los ojos de encima a ese endiablado asesino a sueldo.
Una cosa estaba clara. Meumyeong no se parecía en nada a Seungho. Sí. Ambos eran tan guapos que cortaban la respiración, pero se comportaban de formas muy distintas. Si Jihwa hubiera mirado a Seungho como miraba al sicario, no hubiese tardado ni diez segundos en ser tomado como un animal salvaje. Casi siempre, Meumyeong le observaba sin mudar su expresión. Por más que gustase de las mujeres, no era tan estúpido como para no adivinar sus deseos. El hecho de que los ignorara, le llenaba de inseguridades y despecho. Jihwa era bello, seductor y experimentado. Despertaba los más fieros instintos de cualquiera que estuviera cerca y le reconcomía no poder alcanzar a ese estúpido plebeyo. Hasta ese día. Meumyeong se acababa de quitar la careta. Jihwa se arrepintió de inmediato por haberlo provocado en contra de toda muestra de sentido común. O tal vez no.
—Deje de mirarme así.
Carecía de sentido fingir desconcierto. Jadeando mientras intentaba recomponerse tras el golpe recibido, Jihwa colocó las manos en la cintura. Su torso también estaba desnudo, aunque nada en él podía comprarse con el de Meumyeong. El sicario era una criatura extraordinaria. Alto, ancho de hombros, fuerte hasta asemejarse a un ser divino.
—¡Señor!
Debía parar. Si quería sobrevivir, si deseaba permanecer a su lado, necesitaba detenerse antes de hacer algo irremediable. Pero todo su ser ardía por dentro. Llevaba demasiado sin consolarse mediante el sexo. Desde aquella noche con el propio Meumyeong. El deseo amenazaba con robarle cualquier resquicio de raciocinio. Apenas fue consciente de esos dos pasos que dio hacia delante. Sus caderas se contonearon solas. Su labio fue mordido en contra de su voluntad. Medidas desesperadas ante situaciones desesperadas.
—¿Cómo te miro, Meumyeong?
Nunca antes habían estado tan cerca el uno del otro. Sus pechos estaban separados por apenas unos centímetros. Si ignoraba el trinar de los pájaros y el ruido de la corriente del río cercano, podía escuchar los latidos de ese frenético corazón. Jihwa no se consideraba a sí mismo un hombre valiente, pero ser un caprichoso le permitió obtener muchas cosas en el pasado. Demasiadas. Por eso alzó la mano. Sus dedos, finos y estilizados, temblaron un instante antes de acariciar la piel del sicario. Ronroneó. Meumyeong era cálido como una tarde de verano e indómito como el tigre que acechaba a sus presas. Y estaba tan duro que la excitación explosionó sin previo aviso. Era maravilloso. Fascinante. Anhelaba devorarlo, convertirlo en su propiedad desde ese día y para siempre. Contempló el cuerpo con adoración y se inclinó hacia delante, preparado para lamer hasta el hartazgo. Por desgracia, una mano se posó sobre su frente en un gesto tan anticlimático como ridículo.
—Alto, mi señor.
Ahí estaban esas palabras. Jihwa las saboreó con ansia. Le encantaba la forma de sus labios cuando las pronunciaba. Mi señor. Meumyeong no tenía pensado dejarse dominar. Tal vez podría alcanzar sus objetivos convenciendo, no venciendo.
—¿Por qué? ¿No hay nada en mí que desees?
El riesgo era mayúsculo. Jihwa no era un joven que asimilara el rechazo con facilidad. Recordó como Seungho destrozó su corazón, arrancándoselo del pecho y pisoteándolo frente a todos. Claro que a Seungho lo amaba. Por Meumyeong sólo sentía lujuria. Una lujuria ciega y sorda que no reaccionaba antes los motivos de su razón. Una lujuria hambrienta que podría conducirle al abismo de la misma forma que lo hiciera su amor por aquel maldito noble.
—No es consciente del riesgo que está corriendo, mi señor. Soy un hombre peligroso.
—Lo sé. Eres un asesino inclemente y un torturador que siempre actúa con firmeza. No me importa. Eso me enciende aún más. Vamos, Meumyeong. Tócame.
Fóllame. Llévame hasta la locura. Un pasito más y sus torsos se quedaron pegados uno contra el otro. El sicario era más alto. Jihwa respiró contra su cuello, soplando para provocarle. Dejó que sus dedos se posaran sobre aquellos hombros que parecían esculpidos en piedra y jadeó, ansioso. Fantaseó con esas manos enormes agarrando su trasero, con la lengua demandante explorando sin piedad su boca, con el poderoso miembro viril abriéndose paso en su interior. Y no fue más que eso. Una fantasía.
Meumyeong lo apartó sin miramientos y con contundencia. La cara de Jihwa ardió y el orgullo hizo un último intento por salir victorioso.
—Te pagaré.
Comprendió lo ofensivo que había sido cuando el rostro de ese hombre siempre calmado se descompuso. Ya era tarde para volver atrás. Meumyeong se alejó de su lado, recogió la espada de madera y le dedicó unas palabras burlonas antes de desaparecer entre los árboles.
—No podría pagar lo que valgo, estúpido noble.
Meumyeong pasó fuera un día y una noche. Jihwa al menos consiguió mantener el fuego encendido mientras el terror más genuino crecía y crecía en su interior. Sabía que se había extralimitado. Meumyeong no necesitó utilizar las palabras para establecer los límites de su relación y Jihwa los destruyó todos en cuestión de minutos. Tenía razones para abandonarlo. No. La realidad era que no existía ninguna razón por la cual tuviera que llevarlo consigo.
Jihwa reflexionó mucho acerca de eso mientras aguardó su regreso. Preparó una sopa con el pescado que habían sacado del río y organizó los escasos enseres de los que disponían. Eso suponía un consuelo. El sicario no se llevó nada consigo después de su clamorosa huida. Tarde o temprano volvería y a Jihwa no le quedaría más remedio que disculparse ante él. ¡Qué ironía! Un noble orgulloso arrodillado ante un plebeyo sin modales. Pero tampoco le importaba hacerlo. La realidad le estaba ayudando a despojarse de la soberbia, los caprichos y todos aquellos pensamientos que le llevaron a creerse invencible. Sus ropas estaban sucias, su cabello crecía convertido en una maraña que le causaba horror y su olor corporal dejaba mucho que desear. Ni siquiera podía utilizar los perfumes que otrora encandilaron a más de uno. Lee Jihwa había perdido todo su poder. En todos los aspectos de su vida.
Estaba encogido junto a la hoguera cuando vio aquellas piernas paradas frente a sí. Meumyeong parecía más alto que nunca y seguía de mal humor. Sobre sus hombros, el cadáver de un ciervo aún goteaba sangre. No llevó con él su arco y sus flechas, así que debió cazarlo a cuchillo. Impresionante, aunque le surgía una duda.
—¿Qué haremos con un animal tan grande?
No le dio la bienvenida. Su cerebro le jugó una mala pasada, preocupándose por cosas como la comida estropeada. Definitivamente se estaba convirtiendo en una esposa fiel.
Meumyeong le habló con frialdad absoluta.
—Hay una aldea a tres kilómetros de distancia. Iremos hasta allí y ofreceré el ciervo a cambio de que se queden con usted.
Su corazón dejó de latir. La herida que acababa de infringirle era aún peor que el zarpazo de aquel tigre, peor que el rechazo de Seungho y el saberse un fugitivo. Podría haberse mostrado orgulloso, pero las palabras se le escaparon de entre los labios.
—¿Me estás vendiendo?
—No, mi señor. Estoy pagando para librarme de usted.
Eso era mucho peor. ¿Tan desagradable lo encontraba? Ni siquiera Seungho le hizo algo tan humillante. Sintió como su alma escapaba de su cuerpo y se elevaba al cielo, presa de la más absoluta desesperación. No quería eso. No creía haber hecho nada para merecer semejante abandono.
—No puedes dejarme. ¿Qué será de mí?
—Tendrá que trabajar como el plebeyo que es ahora. No espere que nadie le mantenga, a no ser que venda su cuerpo al primer depravado que se encuentre.
—¡No soy como una maldita cortesana!
—¡Yo tampoco!
Se estaban gritando. El ciervo estaba en el suelo. Tenía los ojos abiertos y la lengua fuera. Resultaba grotesco. Aquel era el valor actual de Lee Jihwa. Un ciervo. ¿En qué momento sus ojos se habían llenado de lágrimas?
Su sollozo fue tan lamentable que no le importó acompañarlo con una súplica. Aún estaba en el suelo, apoyado sobre su mano izquierda. Con la derecha, se aferró a los pies del hombre.
—Por favor. No me abandones.
Jihwa era el único responsable de generar aquella espiral de momentos vergonzosos que le habían hundido en la miseria física y emocional. Le estaba suplicando a alguien que era peor que un plebeyo. A un delincuente y asesino. Un hombre que se prostituía con mujeres y secuestraba a muchachos indefensos. No se podía caer más bajo. No tendría que haberse puesto a sí mismo en esa posición. Un noble como él enfrentaba los problemas con la frente alzada, no pegada a la bota de un sicario. Ya no le quedaba ninguna dignidad.
—Suélteme, señor.
—No quiero.
—No se humille más. Suélteme. No voy a ceder. No deseo que se quede conmigo.
Le apartó con una patada que sólo le dañó el corazón. Agarró el ciervo y lo cubrió con una vieja manta. Jihwa se quedó en el suelo mucho rato, sollozando y siendo consciente de que nada en su vida podría ir a peor.
Estaba acabado. Debió dejar que Yoon Seungho le matara antes de perder por completo la esencia de su ser.
Una docena de niños se habían reunido a su alrededor, Jihwa no sabía si para mirar al ciervo muerto o para mirarle a él. En cualquier caso, se sentía avergonzado, inútil, como despojado de toda humanidad. A su lado, Meumyeong negociaba con un hombre mayor, de cabeza rala y ojos maliciosos. Se llamaba Bada y regentaba la única taberna de la aldea.
—El chico puede cocinar y servir a los clientes. Es diligente y aplicado. No tendrá queja de él.
—¿Dices que es tu hermano? ¿Por qué dejarlo aquí?
—Viajo hacia el norte para luchar contra las hordas de salvajes procedentes de regiones vecinas. Jihwa carece de entrenamiento militar, así que no puede venir conmigo. Gracias al ciervo, su negocio se revitalizará. Todos los habitantes de esta aldea y de las aldeas cercanas agradecerán que ambos estén aquí.
—¿Y cuándo se acabe la carne?
—En ese entonces, el chico se habrá ganado su lugar entre vosotros.
Bada se cruzó de brazos, escupió al suelo y se acercó a él. La repulsión que Jihwa sintió fue inmediata. Tuvo que hacer su mejor esfuerzo para no retroceder y todo su ser gritó en rebeldía cuando le agarró la cara para observarla con precisión milimétrica. Incluso cometió la imprudencia de mirarle los dientes. ¿Cómo se atrevía? Plebeyos habían muerto por mucho menos que eso. Tocar a un noble, escrutarle de tal manera, hacerle sentir así de humillado, merecía un severo castigo. Pero Lee Jihwa ya no sería un noble nunca más. Era el hermano pequeño e inútil de un mercenario.
—Está bien. Me lo quedo, pero no me responsabilizo de él. Si no cumple con su deber, morirá de hambre.
Se estremeció. Buscó a Meumyeong en busca de auxilio y no obtuvo clemencia alguna. Ni siquiera le había dirigido la palabra desde la conversación en el bosque. Jihwa quiso gritar, llorar, persuadirle para que le perdonara y así poder recuperar la relación que se estableció entre ellos antes de su metedura de pata, pero fue inútil. Bada soltó su cara y siguió hablando.
—Podrá dormir en el establo. Que no sea una molestia.
Dicho eso, agarró al ciervo y desapareció rumbo al interior de su propiedad. A Jihwa se le vaciaron los pulmones de aire. Jadeó mientras se le doblaban las rodillas y el enjambre de niños desaparecía. Una mano temblorosa agarró las ropas de Meumyeong.
—No puedo quedarme aquí. Ese hombre me asusta.
Vamos. Apiádate. Mira lo indefenso que estoy. Todo ha ido bien hasta ahora. No me dejes. Prometo no volver a incomodarte. Nunca. Ni una sola vez más.
—En ese caso, busque su propio camino. Es un hombre y es libre. No está obligado a permanecer en un lugar que no le gusta.
—Por lo visto, tampoco puedo estar donde yo deseo.
—No si eso significa interferir en la vida de los demás.
Era duro como una piedra. Jihwa se preguntó si acaso tendría un corazón al que implorar. Podría haberlo hecho. Ante Seungho se había avergonzado incluso más, pero carecía de esperanzas y sus fuerzas se habían agotado. Liberó de su agarre a Meumyeong, quien de soslayo vio cómo su mano quedaba inerte a lo largo del cuerpo.
—Lamento cualquier perjuicio que haya podido ocasionarte, Meumyeong.
No obtuvo respuesta. El hombre se dio media vuelta y comenzó a alejarse. La angustia que sintió Jihwa cuando desapareció de su campo visual fue indescriptible. Su cuerpo gritó. Su alma lloró. Él permaneció inmóvil hasta que comprendió que, si se comportaba así, no tardaría en ser repudiado de la aldea. Se había prometido a sí mismo que viviría hasta la ancianidad. Con o sin Meumyeong, no podía faltar a su promesa.
Supo que su vida en la aldea no sería fácil el primer día. Apenas se había instalado en el establo cuando Bada hizo acto de presencia. Meumyeong le había devuelto todas sus pertenencias como si el gesto careciera de importancia y Jihwa estaba pensando en la mejor manera de ponerlas a buen recaudo. No se fiaba de los aldeanos. No quería que le robaran el dinero que aún conservaba y, sobre todo, el collar de cuentas de su madre. Ni siquiera pensó mucho en lo que significa que un hombre como él hubiera terminado compartiendo el espacio vital con el ganado. Siempre que pensaba que no podía caer más bajo, el destino le arreaba un bofetón en la cara.
Bada llegó de improviso. Jihwa sintió su aliento en el cuello y se revolvió, inquieto. El hombre le sonrió. Le faltaban un par de dientes y las arrugas alrededor de sus ojos le dieron aspecto de viejo simpático. Su voz, cascada y rasposa, fue como un latigazo.
—Pareces delicado, Jihwa. Ya veremos si puedes con el trabajo o he de pensar en otra cosa para ti.
Dicho eso, se lamió los labios. Apenas pudo contener las ganas de vomitar. No lo había dicho directamente, pero no era tan tonto como para no saber de sus intenciones. De entre todos sus defectos, la ingenuidad no era uno de ellos. Ventajas de haber participado en mil y una bacanales. Jihwa podía leer los ojos de los demás y echó de menos la indiferencia de su sicario. ¿Dónde estaría? ¿Se habría alejado lo suficiente del poblado como para considerarlo perdido para siempre?
El incidente no fue a mayores. Esa noche, Jihwa sirvió bebidas y comidas. Escuchó burlas y alguna palabra de agradecimiento. Vio como el ciervo comenzaba a desaparecer ante sus ojos. Todo el mundo estaba contento y, cuando supieron que él era, en parte, la fuente de toda su dicha, comenzaron a ser más amables. Alguien dijo "Parece una mujer. ¿La chupará como una?". Otro le reprochó el comentario. Jihwa estaba muy lejos de sentirse a salvo, pero al final no pasó nada. Ni esa noche, ni los días siguientes.
No podía afirmar que le gustara el trabajo. Se levantaba temprano y se acostaba tarde, pero al menos comía tres veces al día y no estaba tan expuesto a las inclemencias del tiempo como los campesinos. Su piel y su belleza se hubieran resentido seriamente de enfrentar ese tipo de labores. Bada no podía cambiar su aspecto exterior, así que Jihwa sentía asco cada vez que estaban a solas. Claro que no había intentado nada, pero lo deseaba. Cuando se relamía los labios y le miraba el trasero. Cuando deslizaba una mano por su espalda, pretendiendo disimular y fracasando en el intento. Jihwa podría dar pie a sus acercamientos y mejorar su vida considerablemente, pero no deseaba comodidades a cambio de sexo. Como le dijo a Meumyeong, no se asemejaba en nada a una cortesana.
El desastre ocurrió después de la séptima noche. Unos nobles de una localidad cercana bebieron y comieron durante horas. Jihwa les sirvió mientras su ánimo se venía abajo. No dejaba de pensar en su vida anterior, en todas las comodidades, en las pocas preocupaciones que tuvo antes. Recordó los brazos cálidos de su madre y las enseñanzas severas de su padre. Incluso acudió a su mente un recuerdo de cuando era muy pequeño y expresó sus ansias por tener un hermano menor. Hubieron muchas risas y besos maternales, pero nada de ampliar la familia.
Cuando llegó la hora de cerrar, los pies le ardían. Casi no podía moverse. Lo peor era saber que al día siguiente todo sería exactamente igual. Ni siquiera podía darse un baño por más que lo deseara. La señora encargada de la cocina le puso un plato de comida frente a los ojos y le animó a alimentarse bien porque había hecho un buen trabajo. Ella era amable y muchas veces la había descubierto vigilando con cautela a Bada. Al menos Jihwa no podía decir que todo lo que había encontrado en esa aldea era negativo. Después de cenar, fue a su establo y se quedó absolutamente patidifuso porque, más allá de las bestias habituales, su patrón estaba allí. Y su expresión no auguraba nada bueno.
Jihwa había escondido sus pertenencias en varios lugares. El collar de su madre siempre estaba cerca del futón, menos esa noche. Esa noche. Bada lo sostenía en el aire y lo agitó para mostrárselo.
—¿A quién le has robado esto, chico?
En su mano derecha, sostenía una fusta para espolear a los animales. Por algún motivo, Jihwa no podía apartar sus ojos de ella. Ni siquiera comprendió las palabras de ese hombre. Estaba demasiado furioso. ¿Cómo se atrevía a rebuscar entre sus cosas? ¿Cómo se atrevía a tocar el último objeto que lo ligaba a su infancia, al Lee Jihwa que un día fue? Tal vez no debió sorprenderse, porque si había ocultado todo fue porque sabía que Bada haría eso, tarde o temprano, pero se enfadó tanto que perdió la razón. Olvidó que ya no era un noble, que le debía respeto y devoción a su superior, y se abalanzó sobre él para quitarle el collar.
—¡No he robado nada! ¡Devuélvemelo! ¡Es mío!
No alcanzó su objetivo. Bada guardó el collar entre sus ropas. El primer golpe fue una bofetada.
—¿Cómo te atreves a levantarme la voz, sucio bastardo? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Debería entregarte a las autoridades por robar a los nobles, pero eso acabaría con el negocio. Te daré una lección yo mismo.
Lee Jihwa perdió la cuenta de las veces que fue golpeado con la fusta. Mientras se aovillaba en el suelo y gemía ante cada azote, pensó en la vez en que casi hizo que torturaran al pintor hasta la muerte. Si antes había estado arrepentido, esa noche todo su ser le reclamó por haber sido tan estúpido, tan inmaduro, tan malvado.
Bada sólo se detuvo cuando dejó de moverse. Tal vez pensaba que estaba inconsciente, pero no. Jihwa escuchó su jadeo y vio la fusta caer a su lado. El hombre le dio una última patada, le escupió encima y abandonó el establo. Una vez a solas, lloró. Deseó morir. Se quedó dormido.
El despertar fue tan confortable que Jihwa, por enésima vez, se creyó en su propia casa. Por desgracia, su cuerpo comenzó a arder enseguida y recordó la paliza que recibió la noche anterior. Alarmado y plenamente consciente de que todo empeoraría si no iba a trabajar, procuró ponerse de pie. Una mano callosa y firme lo aplastó contra el suelo.
—No se mueva, mi señor. Está muy herido.
—¿Meumyeong?
No era posible. Estaba muerto y había accedido al paraíso. Entornó los ojos para distinguir mejor el rostro del hombre. De su salvador. De su fuente de deseo.
Definitivamente no había sobrevivido al ataque de Bada.
Cerró los ojos para disfrutar del instante. Si estaba muerto, quería quedarse allí para siempre. Si seguía dormido, no deseaba despertar. Todo era demasiado agradable. La mano cálida de Meumyeong. El aroma a madera de un lugar que no se parecía ni remotamente a un establo. El frescor en su piel, pese a las heridas que se asemejaban a salpicaduras rojizas repartidas por todo el cuerpo. Decidió olvidar toda su mala fortuna y centrarse en las sensaciones positivas. Todo iba a estar bien. Meumyeong estaba a su lado.
—Mi señor, beba esto.
El sicario le ayudó a incorporarse con exquisita suavidad y colocó un cuenco con algo de olor indescifrable en su interior. Arrugó la nariz, asqueado. Meumyeong frunció el ceño.
—¿Qué es?
—Medicina. No sea caprichoso. Beba.
Le obedeció. Poco a poco comenzó a cobrar con ciencia de los elementos que le rodeaban. La luz entraba a través de una ventana cubierta apenas por un paño claro. Un brasero calentaba la estancia. Había una mesa y una estantería con diversos objetos de uso domésticos. Sin duda, se encontraba en una residencia humilde pero confortable. Era lo mejor que había tenido desde que huyó hacia la nada. Y lo mejor de todo era que Meumyeong estaba allí, a su lado. Era muy extraño y le hacía inmensamente feliz. Tal vez hubiera sido apropiado limitarse a disfrutar, pero se dejó llevar por la curiosidad.
—¿Por qué estás aquí?
Meumyeong le obligó a acabarse toda la medicina. Respondió a su pregunta sólo a medias.
—Más tarde hablaremos sobre eso, cuando mi señor esté más repuesto. Ahora quiero saber quién le ha hecho esto.
No tenía motivos para desear proteger a su patrón, así que contó la historia con todo lujo de detalles. Poco le importaba si le acusaban de ser un chivato, un traidor, un hombre débil. Sabía que Meumyeong se encargaría de vengarle. Quería que lo hiciera. El asesino le escuchó con suma atención. Las aletas de su nariz se inflaban como si apenas pudiera contener la ira. Jihwa se contuvo para no sonreír de pura satisfacción. Cuando terminó, Meumyeong colocó esa mano enorme sobre su pecho. El toque le hizo estremecer, pese a ser tan gentil y exquisitamente profesional. No había ni una pizca de lujuria entre esos deliciosos dedos.
—Aparte de los golpes, ¿le hizo algo más?
Supo de inmediato a qué se refería y sintió la imperiosa necesidad de confirmar sus sospechas. Sin embargo, no le pareció justo. Pensó en el pintor de su querido Seungho, en su rostro mientras esperaba a que hombres hambrientos abusaran de él. La sola imagen le tocó el corazón. No deseaba restar importancia al dolor de personas que sí habían sufrido ese calvario.
—No, pero se quedó con el collar de mi madre.
Fiel a su costumbre, Meumyeong no dijo ni una sola palabra antes de abandonar ese improvisado hogar. Jihwa sonrió, pleno de satisfacción y, aunque su propósito era el de esperar hasta que regresara, el cansancio y el dolor le obligaron a sumirse en un sueño más inquieto que de costumbre. Soñó con la muerte de Suk y se vio a sí mismo siendo azotado hasta la muerte en una plaza pública. Y pese a todo su desconsuelo, volvió a sentirse a salvo.
Era noche cerrada cuando despertó de nuevo. El cuerpo ardía en agonía y no tardó en distinguir la figura de Meumyeong recostado contra la pared, roncando suavemente. Jihwa procuró llamar su atención y, al intentar sentarse en el futón, reconoció el collar de su madre descansando sobre su pecho. La emoción que le embargó entonces fue indescriptible. Los ojos se le llenaron de lágrimas y comenzó sollozar antes de hacer el esfuerzo por controlarse. Como no podía ser de otra manera, Meumyeong se despertó de inmediato y acudió a su lecho.
—¿Qué ocurre, mi señor? ¿Se encuentra peor?
Su estado de salud distaba mucho de ser óptimo, pero no se trataba de eso. No necesitaba ver un médico ni se sentía afiebrado. Se aferró al collar y fue como ser de nuevo un niño pequeño. Rememoró el trato tierno de su madre, todas las veces que le besó la frente y curó sus heridas, y se preguntó qué hubiera sido de él si no la hubiera perdido tan pronto. ¿Cómo hubiera reaccionado ella al descubrir su relación con Seungho? ¿Le hubiera mirado con el mismo desprecio incomprensible de su padre? ¿Hubiera permanecido a su lado pese a todo? ¿Seguiría amándolo como cuando era un niño?
Resultaba devastador comprender que la única persona que lo había querido de verdad fue ella. Su madre. Pese a su posición privilegiada en el mundo, pese a sus esfuerzos por alcanzar a su padre y tocar el corazón de Seungho, nunca lo habían amado. Esa certeza hizo que su llanto aumentara en intensidad hasta tal punto que Meumyeong hizo lo impensable. Se sentó a su lado, asió su rostro con amabilidad y le miró a los ojos.
—Mi señor, cálmese. Respire. Eso es. Todo estará bien. Calma.
Escuchar sus palabras fue catártico. Siguió sus instrucciones y, al cabo de unos minutos, eliminó el último rastro de lágrimas de sus mejillas. Meumyeong ya le había soltado, aunque permanecía a su lado, cauteloso y con algo distinto brillando en su mirada. Algo que no era indiferencia. Algo que le revolucionó las tripas y aceleró los latidos de su corazón. Pero no. No debía experimentar ninguna clase de esperanza. Ya lo había perdido en una ocasión. No podía seguir cometiendo el mismo error una y otra vez.
—Has recuperado el collar.
—Nunca me ha contado por qué es tan importante para usted.
—Era de mi madre. Es lo único que conservo de ella. Falleció cuando era niño.
Meumyeong asintió. Cogió el collar e hizo lo impensable. Lo colocó sobre el cuello de Jihwa. Cuando le rozó la piel, se estremeció y dejó de respirar. Sus mejillas se encendieron. Las manos temblaron.
—Es de mujer. No puedo llevarlo.
—A mí me parece que está muy hermoso, mi señor.
¿Qué estaba pasando? Jihwa alzó las cejas y Meumyeong volvió a acariciarle el rostro. Y a lo mejor sí que estaba muerto de verdad porque no podía ser cierto que ese hombre se inclinara hacia él y colocara unos labios deliciosamente carnosos sobre los suyos. No hubo nada más. Sólo labios contra labios y, pese a todo, Jihwa se sintió flotar en el aire. Nadie le había besado de esa manera. Como si fuera algo más que un objeto para saciar los deseos sexuales, como si significara algo para la otra persona. Como si le quisieran con honestidad y anhelaran tener la posibilidad de atesorar ese sentimiento.
Meumyeong se apartó al cabo de unos segundos y clavó los ojos en el suelo. Tal pareciera que se avergonzaba. La mano no se separó de su cara. Era el único punto que mantenía a Jihwa anclado a la realidad. Había sido maravilloso. Se sentía pleno de dicha y también asustado. No quería que Meumyeong se comportara así. Quería celebrar junto a él la experiencia más gratificante de su existencia. Un beso tierno, casto, más propio de un niño que de un adulto. ¿Qué importaba? El mejor beso de su vida.
—Meumyeong.
No sabía qué decir, pero necesitaba expresar con palabras todas esas emociones. No tuvo ocasión de hacerlo. Meumyeong acarició su mejilla con el dedo pulgar y su voz llenó el espacio de pasión, indignación y, si acaso era posible, amor.
—Cuando le encontré herido en ese establo, mi cuerpo entero ardió en agonía. Tan solo deseaba devolver el daño que le habían causado, pero fui lo suficientemente sensato como para comprender que antes debía ocuparme de usted.
—¿Significa eso que Bada está muerto?
—Significa que ahora mismo se arrepiente profundamente de haberle golpeado. Si lo desea, puedo traerlo aquí y hacer que se postre ante usted para suplicarle perdón.
—Es una proposición tentadora pero innecesaria.
¿De qué le serviría, si lo único que quería era abrazar a ese hombre? Poco le importaban los destinos de Bada y del resto de habitantes de ese miserable mundo.
—Me doy cuenta de que no debí dejarle aquí, aunque en ese entonces pensaba que era lo mejor. Podía sentir cómo sus sentimientos por mí comenzaban a desbordarse y le repito lo que le dije ese día. Soy demasiado peligroso para alguien como usted.
La mano de Jihwa también reposó sobre el rostro del otro. Fue muy agradable sentir el tacto rasposo de su barba y lo poderoso de aquella magnífica mandíbula. Podría haberse pasado así el resto de su vida.
—No me importa. No quiero que vuelvas a alejarte. Si tengo que renunciar al amor que siento, lo haré, pero quiero permanecer a tu lado. Eres lo único bueno que tengo.
Fue apenas consciente de que era la primera vez que pronunciaba esa palabra. Fue sorprendente para sí mismo porque durante semanas, meses y años había estado locamente enamorado de Seungho y esos sentimientos se habían desvanecido en la nada. Recordaba todos los momentos pasados a su lado, los buenos y los malos, y no despertaban sus instintos como lo hacían los de Meumyeong. Su primer encuentro, todas las veces que le había salvado la vida, su rudeza al tomar su cuerpo, el más que magnífico torso desnudo y húmedo por el agua del río. En otro tiempo, no hubiera podido permitirse el lujo de amar a alguien como él. Un plebeyo, un asesino, un alma errante. Pero ya no era el Lee Jihwa de otro tiempo. Ahora era un hombre libre para hacer y deshacer a su antojo. Por más cómoda que fuera la vida de un noble, ya no la anhelaba. No si podía permanecer junto a Meumyeong.
—No sabe nada de mí, mi señor.
—Sé lo suficiente, pero si quieres hablarme sobre tu pasado, si quieres revelarme tu verdadero nombre, estaré encantado de escucharte. Si prefieres mantener el enigma para siempre, no me importará. No necesito saber más. Sé que eres el hombre más leal y honesto que he conocido jamás. Sé que puedo confiar en ti bajo cualquier circunstancia porque nunca me dañarás. Sé que mi corazón no miente cuando me suplica que me entregue a ti.
Quizá estaba incumpliendo los dictámenes de su progenitor. Un noble no debía sucumbir ante sus deseos y anhelos. Los sentimientos eran algo secundario, más propio de criaturas inferiores que de hombres destinados a mover los hilos políticos en Joseon. ¡Qué poco le importaba! Cuando sentía que podía alcanzar el éxito con las yemas de los dedos, cuando no importaba nada más que lo que ocurriera en esa habitación. Cuando esperaba con ansias las palabras de Meumyeong.
Unas palabras que nunca llegaron. Y no porque abandonara la estancia para reflexionar en soledad. Lo que pasó fue mil veces mejor. Meumyeong le hizo recostarse en la cama y, con un gesto tierno, le instó a abrir la boca. Una lengua húmeda y suave se deslizó en su interior y a Jihwa se le olvidaron las heridas y el cansancio y recordó que llevaba demasiado tiempo de abstinencia. Podría enfermarse de un momento a otro, así que acarició con lascivia los poderosos costados de ese hombre y procuró alcanzar su piel. La risa de Meumyeong reverberó cerca de su oreja.
—Sea paciente, mi señor. Está herido. Debemos tener cuidado o podría ponerse peor.
—Pero…
—Déjeme a mí. Quieto.
Aferró sus muñecas con decisión y las colocó por encima de su cabeza. Sus órdenes fueron tan claras que Jihwa no se atrevió a moverse. No lo hizo al principio, cuando no tenía ni idea de qué planeaba, y no lo hizo después, cuando esas manos callosas acariciaron con reverencia todo su cuerpo y la maravillosa boca se perdió entre sus piernas y le ayudó a alcanzar un orgasmo del que difícilmente podría recuperarse.
Lee Jihwa no supo si se desmayó después. Sólo fue consciente de que Meumyeong le abrazaba y le permitía dormir sobre su pecho, acunado por los poderosos latidos de su corazón.
Meumyeong consiguió una bañera y la llenó de agua. Jihwa estaba tan pasmado que difícilmente fue capaz de pronunciar aquellas palabras.
—¿De dónde la has sacado?
—Es un secreto, mi señor. Si se lo digo, tendría que matarle.
Pues bien. Podría vivir con el misterio. Meumyeong le observó mientras se desnudaba y, con cuidado, le ayudó a meterse dentro. Fue tan agradable. Hacía mucho que no sentía el agua en cada poro de su ser, que no frotaba la suciedad de su piel con una esponja repleta de jabón. Meumyeong le observaba desde fuera. Jihwa no comprendía por qué. Había algo muy erróneo en ello. Tendría que estar desnudo y recostado contra su cuerpo. Tal vez le asqueaba mirarlo. La paliza de Bada le provocó múltiples heridas. Las cicatrices provocadas por el tigre no serían las únicas que le acompañarían hasta el fin de sus días. Y quizá no tendría que haberlo dicho, pero quejarse se convirtió en una necesidad vital.
—Ya no soy bello.
¡Qué patética expresión! Meumyeong alzó ambas cejas y resopló, entre divertido e incrédulo.
—¿Qué dice?
—Fíjate. Mi piel antes era suave y cremosa. Podía presumir de ella ante los demás. Ahora está áspera y repleta de cicatrices. Me avergüenzo de mí mismo.
Meumyeong no dijo nada durante un buen rato. Jihwa agachó la cabeza y quiso desaparecer. Procuró esconderse. Tendría que marcharse de la sociedad y vivir aislado. Así de monstruoso era.
Y, entonces, Meumyeong se rio a carcajadas. Nunca antes lo había hecho de una forma tan exagerada. Jihwa llegó a pensar que no sabía hacerlo. Tal vez, para convertirse en asesino debió renunciar a pequeñas cosas como esa. Pero no. Su boca estaba abierta y la risa salía sin control alguno. Cuando logró calmarse, tenía lágrimas en los ojos y una mirada repleta de franqueza.
—Definitivamente, mi señor, es usted la criatura más ridícula que he conocido jamás.
—¡Oye! No seas así de grosero con tu señor. Es una orden.
—Me temo que no tengo por qué escucharle. Plebeyo.
Le dio un beso. Jihwa pensó que al final podría disfrutar de su compañía en la bañera, pero no tardó en alejarse. Le dio la espalda mientras hablaba. Esa espalda ancha y fuerte que le agitó las tripas.
—Miente, mi señor. Puede estar marcado por las circunstancias, pero nunca dejará de ser hermoso.
Le desarmaba. Pese a su aparente rudeza, su moral cuestionable y su pasado desconocido, Jihwa se derretía ante él. El gruñido traspasó fronteras.
—¡Demonios, Meumyeong! Métete dentro de una vez.
Dentro de la bañera. Dentro de mí. Dentro, dentro. Siempre dentro.
Una mirada cómplice y una sonrisa maligna después, Jihwa vio satisfechos sus deseos en parte. Hubo baño compartido, pero nada más. Supuestamente, continuaba estando demasiado herido.
Salió al exterior dos días después. La casa no estaba dentro de la aldea, pero desde allí podían distinguirse los tejados y algunas columnas de humo. Jihwa, que debajo de aquella manta no llevaba puesta ninguna ropa, lo observó todo con atención y luchó por no recordar los maltratos de Bada. En el interior, Meumyeong se preparaba para el futuro viaje que debían iniciar. No podían quedarse allí para siempre. Había pagado cierta cantidad de dinero para poder quedarse en ese hogar, pero su tiempo pronto se terminaría. Al menos Jihwa se sentía mucho más repuesto, fuerte y esperanzado. También un poco frustrado porque, muchos besos, caricias y demás juegos sexuales después, Meumyeong aún no se había adentrado en su interior. Quería cuidar de él, asegurarse de que estuviera en perfectas condiciones para soportar su dureza, pero Jihwa estaba empezando a hartarse de sentirse tan querido y a encontrar que todo era demasiado estúpido para ser real. Meumyeong, el plebeyo asesino, era tan caballeroso que le ponía los pelos de punta.
Al cabo de un rato, se reunió con él. Le abrazó por la espalda y besó su cuello con mucha delicadeza. Jihwa suspiró y buscó que el contacto se hiciera aún más estrecho. Entonces, se dio cuenta de que era el momento adecuado para formular aquella pregunta. Su respuesta le intrigaba y era un asunto que Meumyeong estaba dejando pasar sin mucho disimulo. Habló sin dejar de mirar hacia el horizonte.
—¿Por qué volviste?
Escuchó la respiración profunda de Meumyeong. Sintió que el abrazo se hacía más fuerte. Fue tan certero que a Jihwa le temblaron las rodillas.
—Para llevarle a casa, mi señor.
—¿A casa, dices?
—Será mejor que nos sentemos. Hay algo que debe saber.
Fue doloroso que se separara de él, aunque el contacto físico no cesó. Meumyeong lo guio hasta el interior de la casa y le hizo sentarse en el suelo, frente a un brasero que permanecía apagado. Una última caricia selló el inicio del resto de sus vidas.
—Cuando le dejé en manos de ese bastardo, partí rumbo a la costa. A dos días de viaje hay una pequeña ciudad con puerto por la que pasan numerosos mercaderes y gentes de otras tierras. Allí conocí a un hombre que acababa de venir del sur jactándose de haber engañado a un noble. Un tal señor Lee.
Jihwa enderezó la espalda. Ni tan siquiera se sintió confuso. Se trataba de su padre.
—El señor Lee ofrecía una recompensa a cambio de obtener información sobre su hijo, aunque lo hacía a escondidas de la sociedad. La historia que contó a sus conocidos fue que Jihwa, su primogénito y único heredero, se encontraba en Hanseong estudiando para convertirse en funcionario público.
Jihwa se quedó helado. ¿Qué disparate era aquel? Habló con una profunda inseguridad.
—¿Acaso no me están buscando las autoridades? —Meumyeong negó con la cabeza—. ¿Y Seungho?
—Tampoco.
Todo comenzó a darle vueltas. No entendía nada. ¿Qué había pasado durante aquellos aciagos días para que la realidad actual fuera tan distinta de la que se imaginó durante tantos y tantos meses? Meumyeong asió su mano y prosiguió con el relato. Parecía calmado, pero en sus ojos podía vislumbrarse un tormento espantoso.
—Por lo que he podido averiguar, el padre de Yoon Seungho falleció de un ataque al corazón pocos días antes de que señor Min y los otros nobles fueran asesinados. La noticia llegó a la ciudad después de que se produjera la matanza, cuando las autoridades le buscaban a usted, mi señor, como responsable de la misma. Sin embargo, cuando Seungho heredó las propiedades y la influencia de su padre, se aseguró de que el señor Shin fuera culpado por todo lo ocurrido. Reveló al mundo la conspiración que planeó el señor Min y se vengó del último hombre que participó en los horrores a los que fue sometido el joven pintor. El señor Shin fue ejecutado en la plaza pública poco antes de que este comerciante partiera rumbo al norte. Necesitaba huir antes de que el señor Lee, su padre, descubriera que le había engañado.
—Entonces… Yo…
—Comprendo que su padre quisiera mantener limpio su nombre, mi señor.
—Pero Seungho…
Seungho tenía razones sobradas para querer verlo muerto. Lo consideraba tan culpable como a los otros. ¿Por qué dejar que su responsabilidad permaneciera oculta? ¿Por qué no aprovecharse de las circunstancias para terminar de hundirle?
—Ignoro las motivaciones de Yoon Seungho. Quizá, pueda averiguarlas por sí mismo cuando regrese a casa.
Ahí estaba el motivo de su tormento. Jihwa se dio cuenta antes de hablarlo con él. Y se enfureció. Se negaba en rotundo a aceptar lo que ese hombre pretendía hacer. No iba a consentir que lo abandonara de nuevo, no después de comprobar que ambos estaban unidos por el hilo rojo del destino y compartían sus sentimientos. No iba a renunciar a esa clase de amor. Un amor que sanaba y protegía, que nunca humillaba ni rompía el corazón. Por nada del mundo. Poco le importaba a esas alturas el apellido Lee, con las riquezas y todos sus privilegios.
—No lo harás.
No cedería ni un ápice. Meumyeong se vio genuinamente sorprendido.
—¿A qué se refiere?
—No volverás a abandonarme. Me he jurado a mí mismo que permaneceré a tu lado para siempre. No permitiré que me dejes atrás.
—Pero, mi señor. Piense en su futuro, en lo que es más conveniente para usted.
—Lo más conveniente para mí es permanecer junto a la única persona que me ha proporcionado un mínimo de felicidad. El resto no me importa. No quiero volver a ser Lee Jihwa, el orgulloso noble, si eso supone renunciar a ti. Prefiero vivir como un plebeyo. ¡Demonios! Prefiero convertirme en el asistente de un asesino, pero no te dejaré ir. No lo permitiré.
Meumyeong pareció tan conmocionado que su expresión resultó casi irreal. Jihwa sabía lo que vendría a continuación. Intentaría convencerle, pronunciaría palabras seductoras, le recordaría quién era en realidad. Apretó los dientes. Estaba tan convencido de sus deseos que no iba a ceder. Nunca. Jamás. Antes muerto.
—Mi señor. —Acunó su rostro, le acarició ese espantoso cabello rojo que, rizado e indómito, rodeaba su cabeza. Qué poco le importaba a esas alturas aquella deshonra—. Usted no es Jihwa el plebeyo. Usted se llama Lee Jihwa y su sitio está al lado de su padre, no vagando por el mundo con un hombre como yo.
—¡Cállate!
Gritó. No fue escuchado.
—Debe entender una cosa. Separarme de usted será lo más duro que voy a hacer en toda mi vida. El amor que siento es genuino e irremplazable. Nunca antes había deseado a un hombre, mucho menos lo había amado, pero ahora sé que nunca encontraré a nadie que pueda sustituirle ni remotamente en mi corazón. No quiero dejarle, mi señor. Estos últimos días he estado siendo un egoísta. Me he convencido a mí mismo de que lo hacía porque era necesario cuidarle hasta que sus heridas hubieran sanado del todo, pero me metía. Quería tenerlo sólo para mí antes de renunciar a usted. Porque debe volver a casa y convertirse en Lee Jihwa. Sé que hará un buen trabajo cuidando de toda la gente que trabaja para la familia Lee. Ahora es más fuerte de lo que era antes de marcharse. Sigue siendo el hombre bondadoso que un día conocí, aunque ya no está tan herido como antes. Lamento profundamente todo el daño que voy a hacerle, pero es lo mejor para usted. Y por eso debo renunciar, porque amar a alguien es pensar sobre todo en su bienestar. Y su bienestar está en casa.
No. No. Mil veces no. Jihwa se aferró a él, tan fuertemente que pareció inhumano.
—¡Mi bienestar está contigo!
Ninguno de los dos cedería ni un ápice. Lo supieron al mirarse a los ojos. Jihwa jadeó y se arrojó contra esa magnífica boca. No le dio tregua mientras sus lenguas luchaban una batalla muda. Quería acariciar y ser acariciado. Amar y ser amado. La vida era eso. No necesitaba más. No iba a rendirse. Seguro que existía una solución y la encontrarían. Juntos. Aunque le costara mil años encontrarla, daría con ella.
—Debemos irnos, mi señor.
—No quiero.
—¿Acaso debo cargar con usted durante todo el camino de regreso a casa?
—Si eso te hace feliz.
Tras ese intercambio de palabras, se sumieron en una lucha de miradas que ganó Meumyeong. Era cerca del mediodía cuando comenzaron a caminar rumbo al sur, desandando lo andado, perdiendo todo aquello que habían ganado por el camino. Jihwa se mostraba molesto y enfurruñado y el sicario volvía a ser tan silencioso como antes.
Caminaban durante el día y descansaban por la noche. Los pies de Jihwa se habían endurecido, así que no le dolían casi nunca. Su cuerpo estaba plagado de cicatrices y su pelo cada día estaba peor. Aunque se pusiera una cinta en la cabeza, no había forma de dominarlo. Meumyeong a menudo sonreía mientras lo observaba, pero no habían vuelto a tener ninguna clase de intimidad desde que dejaron aquella humilde cabaña.
Meumyeong cazaba. Jihwa había aprendido a pescar y su forma de cocinar había mejorado bastante. Mientras se sumían en esa espantosa rutina, no dejaba de darle vueltas a sus problemas actuales. Necesitaba encontrar una solución que no terminaba de materializarse en su mente. Sentía que estaba ahí, casi podía acariciarla con los dedos, pero se le escapaba una y otra vez.
Cuando dormían, Jihwa no tenía el más mínimo problema a la hora de acurrucarse contra su cuerpo. Le proporcionaba calor y bienestar. A menudo, Meumyeong recorría sus brazos y su cuello con las manos hasta que se quedaba dormido. Nunca iban más allá, aunque Jihwa aún lo deseaba con locura. Todos los días eran iguales, hasta que el bufón azuzó el fuego y le habló en susurros. Lo mantenía bien agarrado por la cintura, como si temiese que fuera a escaparse.
—Mi señor. Odio que esté enfadado conmigo.
Sí. Era una sensación definitivamente desagradable, pero no podía ceder. Lo quería a su lado cada día. Quería hablar con él, sentarse frente a un buen plato de comida junto a él, dormir con él todas y cada una de las noches que le restaban a su existencia.
—En tal caso, abandona tus intenciones y promete que te quedarás conmigo.
Un momento.
Abandona tus intenciones y promete que te quedarás conmigo.
Jihwa se incorporó tan deprisa que a punto estuvo de golpear el rostro del otro hombre. Esa era la solución. La más sencilla del mundo. ¿Cómo no se le ocurrió antes?
—Está bien, Meumyeong. Volveré a casa sin oponer resistencia, pero tú debes prometer algo.
Él también se sentó. Estaba tan intrigado que parecía un niño pequeño a punto de descubrir uno de los grandes misterios de la naturaleza.
—Cada vez que te separas de mí, me encuentras medio muerto. ¿Estoy en lo cierto?
Meumyeong no entendía nada. Asintió.
—Eso demuestra que sólo puedo estar vivo si tú estás cerca. ¿Acaso deseas mi muerte?
—Por supuesto que no, mi señor. No comprendo ni una sola palabra. ¿Está enfermo?
Intentó tocarle la frente. Jihwa se apartó con cierto desdén.
—Como te he dicho, volveré a casa con dos condiciones. La primera es que a partir de ahora dejarás de hablarme tan formalmente. Soy Jihwa. Mi señor lo dejaremos para actividades más placenteras.
Meumyeong resopló, alzó una ceja. Dio su visto bueno.
—La segunda condición es que te quedarás conmigo una vez hayamos regresado a casa. Dejarás de ser Meumyeong el asesino y te convertirás en mi esposo. En mi hombre de confianza si lo prefieres.
—Eso es una locura, mi señor.
Sonaba como una, ciertamente. Pero no lo era.
—Tú lo dijiste. Soy Lee Jihwa, un noble. Y un noble puede hacer lo que le venga en gana. Si desea aplastar con sus dedos a una multitud de plebeyos, puede hacerlo. Si asesina a sus iguales y es lo suficientemente poderoso, puede lograr que la justicia actúe a su favor y manipular los hechos en su propio beneficio. Sí yo quiero que Meumyeong se quede en mi casa y sea mi esposo, nadie podrá decir nada al respecto.
Estaba dudando. Jihwa pudo ver que la idea no le desagradaba en absoluto. Durante ese viaje hacia ninguna parte, no había sido el único en experimentar un cambio significativo. Meumyeong no era el mismo sicario al que pagó para secuestrar y asesinar al desdichado pintor. Era su Meumyeong y no lo dejaría escapar.
—Pero, mi señor.
—Jihwa. Has dicho que me llamarías Jihwa. No admitiré objeción alguna. No me importa las mentiras que tengamos que idear para justificar tu presencia. Me da igual que el resto del mundo las crea o no. ¡Demonios! Ni siquiera estoy pensando en mi padre y en lo espantado que se sentirá cuando llegue el momento. Pienso en ti y en mí y no encuentro ninguna razón por la que no podamos estar juntos. No existe ninguna razón y ambos lo sabemos.
Lo tenía. Podía sentirlo. El cuerpo de Meumyeong se había vuelto flojo de repente. Casi podría afirmar que estaba temblando.
—El pasado…
—El pasado no existe. Ni siquiera el futuro es real. Tan solo tenemos asegurado el presente y yo quiero que todo mi presente sea a tu lado. Sé que tú también lo quieres, así que ríndete. Por primera vez en tu vida, ríndete, Meumyeong.
El suspiro convirtió en innecesaria cualquier clase de comunicación verbal. Jihwa sonrió, victorioso, y se aferró al cuello de ese hombre excepcional. Lo que recibió a cambio fue muy distinto a lo que había obtenido en ocasiones anteriores. Meumyeong parecía harto de ser tan cuidadoso y tierno, así que le besó de una manera brutal. Acarició su cuerpo sin mostrarle ninguna consideración y le arrancó la ropa sin preguntar. Se colocó sobre él mientras le asaltaba con la boca y con las manos, pero tuvo conciencia suficiente para mirarle a los ojos antes de desnudarse a sí mismo.
—Ya estás curado, mi señor. Esta noche no habrá mimos ni caricias. Será toda para mí.
Había esperado demasiado tiempo para tener la oportunidad de esbozar una de esas sonrisas que enloquecían a sus amantes. Durante varias horas y hasta el amanecer, tuvo ocasiones más que sobradas para comprobar que había merecido la pena.
Llegaron a la propiedad Lee en plena noche. Apenas hubo testigos que pudieran certificar los hechos y, de haberlos habido, tan solo podrían haber asegurado que dos plebeyos se colaron por la puerta principal en plena noche.
Había sido un viaje muy largo y muy duro. Jihwa estaba agotado físicamente, pero poseía más claridad mental que nunca. Meumyeong se quedó en el exterior mientras él se enfrentaba a su padre con una férrea determinación.
Al señor Lee no le gustaba ser despertado en plena noche. Al criado que tuvo a bien interrumpir su sueño, le llovieron una sarta de insultos y un par de zapatillas de andar por casa. Cuando se presentó ante Jihwa (o tal vez fuera al revés) ni siquiera le reconoció. En su mente, no era más que un plebeyo de cabello alborotado y ropa sucia. No se molestó en disimular su furia.
—¡Tú! ¿Cómo te atreves? ¿Quién eres tú para entrar en mi casa en plena noche? ¡Haré que te azoten hasta desollar tu espalda!
A lo largo de toda su vida, Jihwa había sentido un temor reverencial por ese hombre. Mientras que su madre era la encargada de los abrazos y las risas, él tan solo aparecía cuando era necesaria una reprimenda. Continuamente le había dedicado palabras cargadas de dureza y sus exigencias a veces se le antojaban inasumibles. Era un hombre que impartía disciplina con mano de hierro y Jihwa, pese a todo, podía entender que sólo actuaba así porque lo consideraba lo mejor. La cuestión era que, a esas alturas, el propio Jihwa era consciente de lo equivocado que estaba. Había vuelto a casa, cierto, pero lo haría bajo sus propias condiciones. Nunca más sentiría miedo de ser él mismo. ¿Qué podía hacer su padre? ¿Repudiarle? ¿Privarle de su derecho de nacimiento? Pues bien. Aquello ya no le importaba lo más mínimo.
El señor Lee destilaba agresividad por los cuatro costados. Jihwa afianzó sus pies en el suelo y le sonrió. Era increíble que un cambio de atuendo bastara para convertirse en alguien irreconocible para su progenitor. En otro tiempo, podría haberle dañado en lo más hondo. Hubiera despertado todas sus inseguridades. Nunca más. Meumyeong le había enseñado una cosa: no era responsable de que los demás no le amaran. Había hecho todo lo posible. El fracaso no era suyo.
—Qué cálido recibimiento. Padre.
La furia dejó pasó al estupor. Al menos, el señor Lee era capaz de escuchar la voz de su hijo.
—¿Jihwa?
El estupor fue sustituido por una alegría tan genuina que resultó irreal. Jamás hubiera pensado que ese hombre tuviera la capacidad de mostrarse feliz simplemente por tener a su hijo enfrente.
—¡Jihwa!
No le importaron ni las ropas sucias ni el lamentable olor corporal. Le dio un abrazo tan fuerte que sus costillas crujieron. Parecía extasiado y Jihwa se permitió el lujo de tener cierta esperanza. Tal vez el señor Lee no era tan duro como pretendía aparentar. Tal vez sí le amaba, después de todo.
Se separó al cabo de unos segundos, recuperando la compostura en el acto. Había desdén en su mirada cuando le habló de nuevo.
—¿Dónde demonios has estado? ¿Qué haces vestido así?
Jihwa debía reconocer que era más sencillo lidiar con esa versión del señor Lee que con la anterior, aunque veía como algo positivo el hecho de que estuviera ahí, oculto debajo de un montón de arrogancia y estoicismo.
Había ensayado el discurso durante el camino. Tantas veces que Meumyeong se había reído de él sin arrepentimiento alguno. Podría resultar un tanto ridículo, pero era necesario. Imprescindible.
—Míreme, padre. Desde que abandoné esta casa, he sobrevivido en el exterior como un plebeyo y, aunque piense lo contrario, apenas he extraño mi antiguo estilo de vida. Soy fuerte. He aprendido a valerme por mí mismo y podría seguir haciendo lo que he estado haciendo hasta ahora. No me importa en lo más mínimo ser pobre. No obstante, alguien ha señalado que mi lugar está aquí, en esta casa. Junto a usted. Me ha recordado que soy Lee Jihwa y, como noble, debo asumir mis responsabilidades. Por eso he vuelto, aunque no volveré a someterme a sus designios.
El señor Lee le observó en silencio, un poco confundido por lo inesperado de esos hechos. Jihwa no le dio tregua.
—Mañana por la mañana, le presentaré a un hombre llamado Meumyeong. Usted le saludará con amabilidad y lo aceptará como parte de esta familia porque él es mi amante. Mi esposo.
Su padre se puso lívido. Estaba tan perturbado que ni siquiera fue capaz de enfadarse.
—Usted conoce mi auténtica naturaleza, padre. Durante años se empeñó en culpar a Yoon Seungho por todos los supuestos males que me azotaban a mí y a esta familia, pero siempre estuvo equivocado. Seungho no me convirtió en un pervertido. Yo lo he sido desde siempre. Siempre me he sentido atraído por otros hombres, mi amor sólo ha estado dedicado a ellos. He tenido que sufrir mucho para aceptarme a mí mismo, pero estoy harto de culpar a otros y de sentirme avergonzado. Soy un pervertido y a mucha honra. Soy un pervertido que ha encontrado al hombre de su vida. Amo a Meumyeong con todas mis fuerzas y sólo permaneceré bajo este techo si él se queda a mi lado. Si usted es incapaz de aceptar eso, no habrá problemas ni escándalos. Nadie sabe que estoy aquí. Nadie sabe que tengo un esposo. Desapareceré para siempre y viviré como Jihwa, el plebeyo amante de otro plebeyo.
Su padre abrió la boca. Ahí estaba la ira. Jihwa ni siquiera se inmutó. No le dejó hablar.
—No habrá negociaciones. No admitiré ni reproches ni insultos. Como yo lo veo, sólo existen dos opciones para nosotros. O me acepta y acoge a Meumyeong como a un hijo, o tendrá que asumir que Lee Jihwa está muerto.
El señor Lee se acordó de respirar. Estaba en una encrucijada y su rostro reflejó a la perfección toda su indignación. A Jihwa realmente no le importaba la respuesta porque, pasara lo que pasara, él haría realidad su deseo de permanecer junto a Meumyeong.
—¡Ah, demonios! Eres un bruto.
Jihwa se llevó una mano al trasero. Le dolía una barbaridad. A su lado, Meumyeong permanecía tumbado boca arriba, esplendoroso en su desnudez. El sonido de su risa calentó el corazón del joven noble.
—Me limité a cumplir mi cometido. ¿Acaso no me pediste que lo hiciera más duro? Pues bien, ahí tienes el resultado.
Jihwa gruñó y enterró la cabeza en la almohada.
—Te odio, maldita sea.
—No es verdad.
Regó sus hombros de besos. La espalda, los brazos, los glúteos. Trató con reverencia absoluta cada parte de su ser, prestando especial atención a las cicatrices. Sabía que Jihwa nunca podría enorgullecerse de ellas y anhelaba mimarlas como si fueran lo más importante, como si merecieran un lugar especial en su corazón. Detuvo las caricias cuando la cosa empezó a ponerse seria.
—Podría seguir así para siempre, pero he decidido que esta mañana saldré a pasear. Mucha gente aún no se cree que he regresado y, además, me muero de ganas de probar mi nuevo atuendo. ¿No es fascinante?
La ropa estaba colgada cerca de la puerta. La tela era de la mejor calidad, de un furioso color rojo oscuro. Jihwa podía sentirse más identificado con ese color que con el amarillo que vistiera en otro tiempo. En otra vida. Meumyeong le dedicó una mirada burlona y un mordiscó en el trasero.
—Mi señor es un vanidoso.
—No sé de qué te quejas. Tú también tienes ropa nueva.
Más humilde, sí, pero de una calidad exquisita. Por más que lo deseara, Jihwa no podía gritar a los cuatro vientos que ese hombre era su amante esposo. No podía vestirlo como a un noble ni entregarle los honores correspondientes. A Meumyeong no le importaba y a él tampoco, aunque sí era libre para agasajarlo todo lo que le viniera en gana.
Fue increíblemente difícil abandonar el lecho, pero ambos alcanzaron a vestirse para tomar un ligero refrigerio con el señor Lee. Su padre apenas les dirigía la palabra, aunque su acritud parecía cada día menor, como si se estuviera acostumbrando a su presencia allí. Los sirvientes le habían recibido con regocijo, aunque lamentaron saber que Suk había fallecido. Cuando Jihwa descubrió que la muchacha con la que se acostaba había tenido un bebé de pelo oscuro y piel pálida, se prometió a sí mismo que nunca le faltaría de nada. Su padre salvó su vida, tuvo una muerte espantosa. El hijo tendría el futuro garantizado.
Habían pasado diez días desde que Jihwa regresó a casa, pero aún no había puesto un pie fuera de la propiedad de su familia. No podía negar que estaba nervioso. No le resultó nada fácil enredar su cabello en un caótico moño que quedó oculto bajo el sombrero oscuro. Era un noble. Parecía un noble. Antes de atravesar las puertas, Meumyeong se aproximó a él y le susurró algo al oído.
—No veo el momento de quitarte toda la ropa. Mi señor.
¡Era tan fácil provocarle! Jihwa dominó a duras penas el tirón en los pantalones. Ese bastardo cruel se rio por lo bajini. A menudo se pregunta cuánto de difícil le estaba resultando adaptarse a su nueva vida. Oficialmente, era su mano derecha en todos los asuntos que implicaban manejar los dominios de la familia Lee. En la práctica, procuraba empaparse de aquellos conocimientos necesarios para desempeñar una buena función. Ya no era Meumyeong el asesino. Ahora cobraba un sueldo como administrador y podía presumir de ser sólo un poco menos plebeyo que el resto de los plebeyos. Si algo de toda esa situación le molestaba, nunca se quejó.
Para Jihwa fue difícil salir al exterior. Y no solo por la excitación que le provocó su amante. Era la primera vez desde aquella noche. Los principales implicados estaban muertos. Fueron castigados por sus pecados y nunca más podrían dañar a nadie. No eran un problema y, aun así, Jihwa tuvo miedo. Por Seungho. Porque le había perdonado una vez, pero a lo mejor se había arrepentido. No quería encontrárselo por la calle. No quería enfrentarse a él. Por más valor que hubiera adquirido durante su periplo alrededor de Joseon, en el fondo era tan cobarde y estaba tan indefenso como antes. Al menos ante Yoon Seungho.
Pese a sentirse temeroso, logró simular altivez y despreocupación. Paseó por las calles de la ciudad con las manos en la espalda, saludando a algunos conocidos y oyendo sin escuchar los murmullos de la gente. Pocos se creían el cuento de sus estudios en la capital. El que más y el que menos lo consideraba involucrado en los hechos que llevaron a la muerte a tantos y tantos nobles. Tan solo mantuvo la compostura porque la presencia de Meumyeong resultaba tan poderosa como inestimable. Con él cerca, nunca volvería a pasarle nada malo.
Se aproximó a alguno de los puestos tendidos por los mercaderes puesto que deseaba comprar cuentas nuevas para adornar su sombrero. Allí pudo escuchar los rumores que corrían acerca de Seungho y todo el poder que había adquirido tras la muerte de su padre. No existía en la comarca un noble con más tierras y más riquezas que él. Nadie era más influyente e intocable. A Jihwa le asustó. Podía imaginárselo como a una colosal criatura devoradora de inocentes. O de culpables, tal vez. La cuestión era que no estaba preparado para prácticamente darse de bruces contra él.
Yoon Seungho. Alto. Orgulloso. Condenadamente atractivo. Aún vestía de negro y portaba esa espada con la que cobró venganza por las afrentas sufridas. Por instinto, Jihwa buscó al pintor. En el pasado, habían caminado uno junto al otro en muchas ocasiones. En el pasado le había dolido que ese niño ocupara un puesto de honor ante el hombre al que tanto amaba, pero todas esas emociones se habían disipado. Poco le importaba ya el pintor. Si acaso, deseaba que hubiera sido capaz de superar todo el daño que Min y los otros le ocasionaron. Ojalá hubiera podido hacer algo más por él. No le cupo la menor duda de que Seungho pensaba lo mismo.
—Lee Jihwa. ¡Qué extraordinaria sorpresa!
No lo era en absoluto. Jihwa logró mantenerse firme en su postura. Deseaba retroceder, ocultarse tras el cuerpo robusto de Meumyeong y buscar su protección, pero se recordó a sí mismo que ya no era el mismo de antes y sonrió.
—Yoon Seungho. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos encontramos.
—En efecto. Veo que te ha crecido el pelo.
Escupía tanto veneno como antaño y Jihwa realmente odiaba todo ese caos en su cabeza, aunque recordó lo mucho que Meumyeong disfrutaba enredado los dedos entre sus rizos. Eso le ayudó a tomarse menos mal el comentario. Además, quería pensar que el hecho de que su cabello creciera significaba que estaba empezando a recuperar el honor.
—¿Podemos hablar en privado?
Seungho fue extraordinariamente cortés al hacer la petición. Sin duda, podía notar la tensión de Meumyeong. Cualquiera en varios kilómetros a la redonda podría hacerlo. Jihwa se sintió intrigado y, aunque estaba muy lejos de sentirse a salvo en compañía de ese hombre, aceptó su petición. Después de todo, era plenamente consciente de que su amante no dejaría que le ocurriera nada.
Caminaron juntos y en silencio hasta llegar a la taberna en la que tantas veces habían compartido un trago. Seungho pidió dos bebidas dulces y un poco de comida. Jihwa lo prefirió así, puesto que llevaba meses sin probar el alcohol. Por lo visto, Seungho tampoco. El ambiente parecía tranquilo, aunque la tensión podía cortarse con un cuchillo. Y tal vez no fue lo más prudente, pero Jihwa necesitaba saber.
—¿Cómo está Nakyum?
Llamarlo por su nombre fue absolutamente significativo. Era la única forma que encontró de demostrarle el respeto que nunca antes había sentido por él. Seungho asumió esa frase con mucha calma.
—Pintando más que nunca. Cada noche y cada día encontramos una nueva forma de expresar lo que sentimos el uno por el otro.
O como hubiera dicho alguien más prosaico, follamos como conejos.
Jihwa resplandeció de dicha, para pasmo absoluto de su interlocutor.
—¿Qué significa esa sonrisa, señor Lee?
—Nada. Es sólo que yo también he encontrado a alguien con quien compartir mis noches y mis días.
Miró hacia su derecha. Meumyeong no se había ocultado. Estaba sentado frente a una mesa, observándolos sin una pizca de vergüenza. Seungho sonrió, irónico.
—Qué aura tan fuerte desprende.
—Porque es fuerte.
—Me resulta familiar. ¿Lo conozco?
Jihwa apretó los dientes, planteándose la posibilidad de estar cometiendo un error irreparable. Sin embargo, por más que negara la existencia del pasado, la realidad era que estaba allí. Meumyeong había secuestrado a Nakyum. Nakyum sufrió un tormento en manos de ambos y cabía la posibilidad de que estuviera traumatizado. Jihwa aún tenía pesadillas con la muerte de Suk y con la paliza que le dio Bada. Ese pobre muchacho había tenido que pasar por cosas infinitamente peores. Lo más normal era que no las hubiera superado y Jihwa se convenció diciéndose que le debía un poco de honestidad. Por todo el daño que le había ocasionado.
—¿Prometes controlar tu ira?
Seungho elevó una ceja.
—No.
Jihwa suspiró. Se estaba arrepintiendo antes de empezar.
—¿Recuerdas aquella vez que ordené el secuestro de tu pintor?
No fueron necesarias más palabras. Seungho se envaró. Su cuerpo se elevó hasta el infinito y echó mano de la espada. Jihwa acertó a sujetarle por la manga y le instó a sentarse.
—Si no me mataste entonces no puedes matar a Meumyeong ahora. Es lo justo.
Sonaba absurdo y demasiado fácil, pero logró apaciguar a Seungho, quien tomó asiento y se bebió de un trago su refrigerio. Se le notaba en la mirada que lamentaba que no fuera algo más fuerte.
—Además, si esa noche pude advertirte sobre lo que Min y los otros planeaban hacer, fue gracias a él. Él me salvó del señor Shin y me dijo dónde encontrarte. Si a mí me has perdonado, tienes que perdonarle también.
Seungho se revolvió. Lucía menos furioso y aterrador que antes.
—¿Quién ha dicho que te he perdonado?
—Me protegiste frente a las autoridades. Has permitido que vuelva a mi casa y recupere mi lugar entre los nobles. Eso sólo puede significar que me has perdonado.
Seungho apoyó las manos sobre sus rodillas y pensó. Pensó tanto que Jihwa comenzó a sentirse incómodo y alcanzó a preguntarse si sería demasiado extraño y descortés levantarse y dejarlo solo.
—No te equivoques. Yo no te he perdonado. Intentaste arrebatarme aquello que amaba. Nunca te perdonaré.
—No lo entiendo.
—Fue Nakyum quien me imploró que tuviera piedad de ti. Él me dijo que no habías sido capaz de ordenar su muerte y que aquella noche te negaste a ponerle un dedo encima. Sólo por eso estás vivo e indemne. Nunca lo olvides.
En el pasado, hubiera sido inasumible saberse en deuda con el pintor. Un muchacho insignificante, un plebeyo. Pero ya no estaban en el pasado. Ya no era el mismo Jihwa de antes.
—No lo haré, Seungho. No lo olvidaré.
—Bien.
Su antiguo amante volvió a quedarse callado. El tiempo lo había vuelto más reflexivo, menos explosivo. Desprendía una extraña paz, como si al fin se hubiera librado de parte de los demonios que destrozaron su vida. Al cabo de unos segundos, colocó un dedo frente a su nariz.
—Esto haremos, Lee Jihwa. A partir de ahora, nuestros caminos se separan. El pasado queda atrás, con todos sus resentimientos. Yo no te hice daño a ti y tú no me hiciste daño a mí. Tabula rasa. Vive en paz junto a ese asesino tuyo y yo haré lo propio con mi Nakyum.
—Me parece un trato justo.
—En ese caso, no hay más que hablar. Señor Lee.
Seungho hizo una reverencia, pagó la cuenta de la taberna y se alejó sin mirar atrás. Jihwa sintió que aquel era el cierre perfecto para su relación. Sin rencores ni consecuencias. Tal vez, en algún día futuro, ambos podrían mirarse a los ojos con espíritu renovado. Pero eso carecía de importancia. Lo que tuviera que ser, sería.
Jihwa se reunió con Meumyeong. Su presente. Su vida. Su todo. Estaba serio pero tranquilo. Le invitó a sentarse con un gesto.
—Park Haneul.
—¿Qué?
—Mi nombre es Park Haneul. Si voy a ser tu esposo, es mejor que me llames así a partir de ahora.
Jihwa no daba crédito a lo que acababa de suceder. Se había resignado a convivir con el enigma entorno a Meumyeong. De hecho, acababa de hablar como si le estuviera resultando muy tortuoso dejar escapar esas palabras. Tal vez, con el tiempo descubriera más cosas acerca de su pasado. Tal vez Meumyeong no deseara revelarle nada más. En cualquier caso, debía ser feliz con lo que tenía. Extendió una mano, pero no llegó a rozar su rostro. No debía. No allí. No todavía.
—Te quiero, Park Haneul.
Quizá las palabras fueran más peligrosas que un gesto. Nadie tenía por qué escucharlas.
—Lo mismo digo, mi señor.
FIN
