Tango para tres
Síntesis: Mientras los músicos inician los primeros acordes de "Oblivion", de Astor Piazzolla, Jean entra en el escenario a reclamar a su compañera de baile, Mikasa. La danza, la música y en particular el sonido del bandoneón... llevan a Jean a rememorar, entre figura y figura, los momentos más importantes de su vínculo no solo con Mikasa sino también con Eren.
Dedicatoria: a PinkuNina. Bella, es siempre un placer hacer algo para vos.
Disclaimer: Los personajes pertenecen a Hajime Isayama. El texto es una creación original de Lila Negra.
Advertencias: one-shot, universo alternativo moderno. Angst. Triángulo amoroso. Se sugiere JeanxMikasa unilateral, MikasaxEren unilateral, JeanxEren unilateral. Inspirado en el tema "Oblivion" de Astor Piazzolla.
Los músicos se acomodaban despacio en el fondo del escenario. Se escucharon los primeros aplausos a medida que las luces los enfocaban. El lustroso piano destellaba replicando el brillo de los reflectores. Pero los ojos lo esquivaron con facilidad: el centro de la banda, ya se sabe, era el bandoneón. Los grotescos fuelles, una vez pensados para alegrar a los marineros en el puerto y sonar de fondo en los prostíbulos, hoy simbolizaban una elegancia nostálgica y una forma superior del dolor.
Un grupo de violinistas se sumó tímidamente, para el acompañamiento. Iniciaron, con dulzura, los acordes de la introducción y el público contuvo la respiración. Quien hubiera logrado ingresar en aquel sofisticado teatro no podía no reconocer aquella melodía: "Oblivion", del maestro argentino Astor Piazzolla, una oda al olvido que lo arrastra todo consigo y al pasado desangrando poco a poco el espíritu.
Esos músicos y ese tema habrían bastado para justificar el elevado precio de los tickets de entrada. Y, sin embargo, aún faltaba el platillo principal.
Con movimientos suaves, el reconocido bailarín de tango Jean Kirschtein avanzaba hacia la mitad del escenario. Saludó hacia los asientos bajando apenas su sombrero, tras lo cual lo arrojó a un rincón y se concentró en las cortinas negras que se vislumbraban a su derecha. Entonces, con un gesto firme, extendió el brazo, llamando a su compañera.
La hermosa Mikasa Ackerman entró en el campo de visión de los espectadores. Su negro vestido resaltaba la palidez de sus facciones, mientras que su cabello corto, envuelto en una reluciente joya de plata, así como su esbelta postura exacerbaban su delicadeza.
Caminaron en círculos, observándose, llamándose y resistiéndose. Eran dos leones enjaulados compitiendo por liderar la danza. Sus pupilas eran de fuego pero eran asimismo la más cabal representación de la tristeza, fieles a la música que los envolvía.
Cuando por fin pudo estrechar a la mujer entre sus brazos, Jean esbozó una pequeña sonrisa. Desde niño, había admirado al prodigio del tango Mikasa Ackerman, quien siendo de su misma edad ya resplandecía en los eventos de su pueblo. ¿Quién podría haber anticipado en aquel entonces que su esfuerzo y su constante ejercicio lo convertirían un día en su pareja oficial de baile en los más importantes festivales del país y del mundo? Ese increíble logro, sin embargo, le dejaba un sabor amargo entre los dientes.
Desvió la mirada hacia el bandoneón. ¡Con cuánta intensidad lo tocaba Eren Yeager! Cuando eran pequeños, esa pasión desbordante los llevaba a pelear por cualquier cosa. Eren podía acabar con un ojo morado la mayoría de las veces pero nunca dudaba en volver a levantarse. En seguir intentándolo. En llegar hasta el final. Así, sostenido en su voluntad inquebrantable y no en talento había llegado a destacar como bandoneonista. Sus movimientos no eran perfectos, no obstante habría sido inadmisible escucharlo y no conmocionarse. La furia con la que vivía cada instante atravesaba al público a través de las notas del pentagrama. Con los ojos cerrados, giraba el rostro de un lado al otro y apretaba los labios, para acto seguido abrirlos en un grito silencioso. Era posible escucharlo con los ojos. Sus expresiones delataban el significado de lo que fuera que estuviera tocando.
Jean pisó fuerte a un lado, para hacer espacio a las figuras de Mikasa, quien dibujó un ocho veloz y alzó las piernas en un movimiento ágil. Él entonces la sostuvo de la cintura y la hizo girar en el aire.
Podía reconocer cómo también algo en su rostro se entornaba en busca del bandoneón. Eren había sido desde el inicio el núcleo de sus vidas. Él los arrastraba de un lado a otro, les insuflaba su fuego con apenas apretarles las manos. "¡Vamos!", parecía decir todo en él, "¡Adelante!". Por él habían dado el salto para fundar su propia agrupación artística y por él se habían presentado juntos en aquel evento que acabó por abrirles la puerta grande. Los aplausos habían sido tan fuertes que había pensado que la gente se haría daño en las manos.
No era difícil imaginar cómo Mikasa se había enamorado de él. Un furor tal moviliza hasta la última partícula del cuerpo. Y si a ese furor se le sumaba la indiferencia… sí, porque Eren, así como era capaz de poner la totalidad de su corazón en una canción, no parecía saber cómo ponerlo en nada más. Nunca entraba en ninguna conversación sobre chismes amorosos y en cuanto terminaban de ensayar ya extrañaba su soledad. En su mente algún ansia que no lograba transmitirles le nublaba la atención. Corría perpetuamente detrás de un objetivo invisible para todos. Incluso cierta vez en que, tras ganar un premio, Mikasa se dejó llevar hasta acercarle los labios a la boca, Eren volteó la cara y continuó hablando con una sonrisa decidida como si no hubiera reconocido sus pretensiones. La muchacha no volvió a intentar nada, resignada. Se conformaba con compartir con él el escenario y ponía su más grande anhelo en la perfección de su performance, para elevar con ella también la fama de él. Prefería que él recogiera los trofeos y las rosas, como si la felicidad que estos viles objetos le generaban fueran en verdad causados por ella.
Otro giro en el aire y ahora apoyaba los pies de Mikasa en el suelo para deslizarla, recostada en su brazo, por casi medio escenario, en un pase tradicional del tango. Sus ojos se enlazaron y algo se removió en sus entrañas. ¡Qué extraño apretar contra sí un cuerpo que a su vez está a una distancia imposible! ¿Cuándo había empezado a amar a Mikasa? ¿Quizás cuando la había visto, jovencísima, bailar en el suelo de tierra apisonada en la sociedad de fomento de su barrio? ¿Quizás cuando sus madres los habían presentado y los habían dejado en un rincón, como si solo por tener edades similares debiera serles fácil trabar amistad? Él había balbuceado alguna tontería sobre su pelo, sobre lo bonito que era o lo suave que se veía. Ella se había sonrojado, sin responder.
Había bastado, en cambio, que Eren observara en una sola ocasión que el cabello largo era impráctico para que Mikasa decidiera cortarlo. Nunca más había ella optado por dejarlo crecer. Ni siquiera ahora… ¡ni siquiera ahora!
Daba igual. Ella era perfecta de cualquier manera, con cualquier corte y cualquier vestido, sin importar quien fuera en verdad el destinatario de toda su belleza. Jean recibía las migajas, lo que restaba después de la soledad y los malentendidos, los sistemáticos rechazos, la incomunicación que los ataba a los tres en un triángulo amoroso cuyas puntas afiladas se enterraban más profundo cada vez.
Hubo días, claro, en que para Eren no tenía más que odio y resquemor. ¿Por qué todo debía circular en torno a él, como una fuerza centrífuga imparable que sin embargo estaba custodiada por las murallas más altas y frías de modo que ningún gesto, ninguna palabra pudiera alcanzar su eje? Jean podía rabiar y lanzar golpes al aire, podía intentar discutir con él o con Mikasa, podía poner todo su empeño y su talento en desviar sus proyectos y sus actividades cotidianas hacia un rumbo decidido por él. Pero, tarde o temprano, levantaba los párpados y se encontraba con que estaban exactamente donde Eren se había propuesto. Siempre. No había allí otro camino que el suyo, y Mikasa y él solo lo seguían.
Lo amaban.
Mikasa dobló una rodilla, luego la otra, hasta enlazar la cadera de Jean por unos instantes. Las figuras fluían entre ellos, brotaban de sus cuerpos a un ritmo sincronizado por la práctica, los años compartidos y los objetivos comunes.
Eren.
El público, de haberlo querido, podría haber leído su historia en aquella danza. Podría haber leído la dura angustia encharcada en el escenario, todo ese amor desbordado sin dirección y la herida abierta que es sostenerse de pie cuando se sabe hace ya tiempo que no queda más que un futuro de renuncia. No obstante, nadie acude a un espectáculo para compadecer a los artistas. Desde las butacas no llegarían más que labios separados por la admiración, entusiasmo, aplausos. Regalos que resbalarían indiferentes sobre sus pieles, postrera coraza frente a la realidad.
Se acercaban a los últimos acordes. Los violines suavizaban sus intervenciones, cediendo el espacio al protagonismo del bandoneón.
¿Qué era lo que buscaba Eren en su afán de mejorar año a año, practicar sin descanso, participar de todas las giras, extenuarse hasta la inconsciencia? ¿Por qué no le alcanzaba nunca con todo lo que tenían, con todo lo que ellos podían darle? ¿Qué más le hacía falta? Ya no tendrían ocasión para descubrirlo.
La nueva bandoneonista, Pieck Finger, levantó los párpados en un gesto amable al cerrar el compás final. Jean tomó esa señal para levantar a Mikasa en sus brazos, en una figura romántica que habían ensayado por meses.
Esto era todo lo que les quedaba. Eren seguiría, seguramente, corriendo hacia sitios inaccesibles para ellos, allí en el mundo en el que estuviera ahora. Mientras tanto, Jean y Mikasa repetirían su dolor inabarcable, una y otra vez, en una pieza de tango.
Las luces se apagaron lentamente. Solo a los muertos les es dado olvidar.
* * * FIN DE Tango para tres * * *
