Un one-shot especial Final de Champions porque en esta cuenta nos alegramos de todo éxito del club blanco. La mejor temporada de mi vida.

¡Dejen sus comentarios!

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«Para cuando llego a mi destino, soy casi un niño. Soy un niño horrorizado por la metamorfosis que se ha producido. ¿Qué me ha pasado, a mí, un hombre del distrito 14, para bajar en esta estación en busca de una gachí judía? Supongamos que le eche un polvo efectivamente; bueno, ¿y qué? ¿Qué tengo que decir a una chica así? ¿Qué es un polvo, cuando lo que busco es amor?»

Henry Miller, Trópico de Capricornio.

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LA DERROTA Y OTRAS COSAS BONITAS.

Lo peor de todo aquello era el alcohol. No podía beber: era difícil que alguien indebido lo atrapase con una copita en la mano —era una propiedad privada, sin paparazzis—, pero su negativa se debía a la profesionalidad. Esa misma cualidad que, según la prensa deportiva, no tenía.

—Doce años dando lo mejor de mí —continuó Eren, acodado en la balaustrada; la nocturnidad confería al lago una magia impropia, como si la Dama pudiese emerger de sus aguas—. No debería hablar de esto. Seguro que prefieres disfrutar las vistas.

—No necesito los oídos para eso. Puedes seguir hablando —contestó su silenciosa acompañante—; después de todo, es lo más interesante que me ha pasado hoy.

Le resultaba curioso que Mikasa Ackerman no hubiese catado ni una gota de champán.

—¿Quieres un trago de algo? —le ofreció él—. Te traeré lo que quieras.

—No, no puedo beber. Es malo para la voz —soltó una risita pesarosa—. Me apetece saber por qué estás tan cabreado.

—No estoy cabreado. Es solo… No sé lo que es. Después de doce años jugando para el mejor club, después de tantos títulos, de demostrar lo que valgo, siento que no están siendo justos conmigo. No estoy en mi mejor momento. Tengo treinta y dos años: ya no tengo el cuerpo de un veinteañero. No deberían compararme con…

—¿Falco Grice?

—Sí, sí. ¡Efectivamente! No pareces una fanática del fútbol.

—Y no lo soy, pero la prensa no para de hablar de la gran promesa del Real Madrid.

—Ese es el problema. Falco es un tipo excelente y deseo que gane todo lo posible con el club, pero no entiendo la comparación. Muchas promesas han pasado por este mundo: la diferencia es que la mayoría se quedó en eso, en promesas. ¡Yo no! Llegué aquí en 2010. Dejé toda mi vida en Alemania y vine aquí, solo, apenas sabía decir «hola», pero no desistí: he ganado cuatro Champions. Creo que merezco un poco de respeto, pero ¿qué recibo? Golpes. Los periodistas dicen que no entreno bien y paso el día jugando a la consola; ¿y Twitter? Soy una persona, tengo sentimientos.

—¿Y el club? ¿Qué opina el club?

—El club ya sabe lo que haré. Me apoyan. —Tomó una gran bocanada de aire y sintió cierto alivio: no se le habían humedecido los ojos.

—Nos desechan —dijo Mikasa; tenía la mirada perdida—. Cuando ya no somos tan buenos en lo nuestro, nos echan a un lado, y entonces descubres que no les importas en absoluto.

Era la primera vez que hablaba con aquella mujer. No obstante, había oído hablar de ella: cantaba, pero no era una cantante cualquiera. Cantaba ópera. No sabía nada más, salvo que el vestido negro le sentaba muy bien. Solo le faltaba una larga boquilla para su cigarro.

—¿Fumar no es malo para la voz? —se mofó Eren.

—Ya no importa. Nódulos. Hay pocas esperanzas de recuperar mi vieja voz —confesó.

—Mierda, lo siento.

—Imagino que no escuchas ópera. No, no lo creo. Eres futbolista. Me comparaban con María Callas, que en tu mundo equivale a… ¿Maradona? ¿Pelé?

—Equivale a lo mejor.

—Mi voz ya no es lo que era. También tengo treinta y dos.

—¿Es una de esas lesiones que acaban con carreras?

—Bueno, no sé si ha acabado, pero no volverá a ser la misma. Hace un par de días actué en el Teatro Real como Lucrecia Borgia. Fue mucho peor que Twitter: vi el disgusto en el público. Me gusta pensar que disfrutaron con mi muerte.

—¿Qué vas a hacer?

—Tú no me has contado qué vas a hacer. Yo tampoco lo haré. —Sonrió y negó con la cabeza.

—Qué mala.

Qué mujer, pensó. ¿Ascendencia china? ¿Japonesa? ¿Tailandesa? Los cabellos negros se mimetizaban con la noche.

—Oye, vamos juntos a algún sitio —propuso Eren.

—¿A la cama, quizá?

—No quería decirlo así. Piénsalo: los dos estamos en un mal momento, estamos… ¿solteros? Estás soltera, ¿verdad?

—¿Importa?

—No, la verdad es que no.

—Eres un mujeriego, lo entiendo. Tú y los de tu profesión soléis serlo. ¿No innováis?

—Eh, solo tienes que negarte y olvidaremos lo que acabo de decir.

—No, no, está bien. Un polvo con Eren Jaeger. Será un buen recuerdo de mi estancia en Madrid.

Un caramelito con los ojos verdes, eso es lo que era. De hecho, sospechaba que aumentaría su patrimonio con el modelaje. Sí, su publicidad de calzoncillos lo había convertido en un objeto sexual. Lo sabía. Sin embargo, Mikasa Ackerman parecía ajena a aquello. Actuaba por aburrimiento. Igual que él.

—Iré a por el coche —dijo él.

—Tengo curiosidad. ¿Es cierto eso que dicen sobre los futbolistas, que metéis a los ligues en el maletero para evitar escándalos?

—Lo preguntaré por el grupo del equipo. Si quieres meterte en el maletero, no me opondré, aunque no parece cómodo.

Mikasa arrojó el cigarro y lo pisoteó con el tacón de aguja.

—¿Dónde vives?

—En una urbanización a diez minutos de aquí.

—Será interesante visitar un barrio de ricachones. Una comunidad de vecinos interesante.

—Las reuniones son memorables. —Eren le ofreció una mano—. Venga, vámonos de aquí. Ni siquiera sé para qué he venido.

Eso era habitual en él. Las inercias, el andar por andar. El vacío. Solo sentía algo cuando jugaba al fútbol. Cuando era un niño, solo sonreía con un balón en los pies. El resto de su vida era una espera constante y tortuosa del próximo partido. Resultaba muy doloroso que lo machacasen por su rendimiento: él quería ser el mejor. Siempre. No había ganado dos balones de oro por nada. Por eso le dolía tanto que lo acusasen. Sus rodillas ya no eran las mismas, su tobillo no respondía con tanta eficacia desde la última lesión y su cintura ya no tenía el giro de antaño. Quizá ya no podía jugar noventa minutos sin despeinarse. Quizá se estaba acabando. No obstante, había dado su juventud por el deporte. Por su trabajo. Lo único que despertaba algo de pasión en su vida.

—Espero que tengas una colección de coches de lujo —comentó la mujer—. Uno para el lunes, otro para el martes…

—Solo tengo este Jaguar. Me ofrecieron hacer una colaboración con Mercedes; iban a regalarme uno, incluso.

—¿Y lo rechazaste? ¡Eres alemán!

—¿Y qué? Tampoco me gustan las salchichas. Por cierto, ¿de dónde eres tú? Ese acento… ¿Baviera?

—De Múnich, me temo. O eso pone en la Wikipedia. Llevo sin ir a Múnich unos… ¿veinte años? Vivo en Sorrento.

—Tus ojos tienen algo oriental. ¿China?

—Japón. Por parte de madre.

—¿Hablas japonés?

Mochiron hansamu. Watashi no shita wa kanari jōzudesu.

Genial.

Se le escapó una sonrisita. Qué idioma tan raro era aquel. No intuía nada acerca del significado. Japón, ¿eh? Unos últimos años en la liga japonesa estarían bien.

—Parece que sabes mucho sobre mi gremio. ¿Te has follado a algún futbolista?

—Por favor. Hay otras presas más interesantes. Estoy segura de que nunca te has follado a una soprano dramática. Y, además, una fracasada. Deberías sentirte honrado. Soy de una raza en peligro de extinción.

—¿Siempre eres tan sarcástica?

—Solo cuando voy a fiestas de mierda. ¿Te molesta?

—Al contrario. Estás buena y tienes ingenio. Son cosas que rara vez coinciden.

—Me halagas.

—¿Cantarás un poco para mí?

—Ya veremos. Me basta con gemir, Eren.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

—¡Qué directa! Me estoy poniendo nervioso. Espero que no tengas las expectativas muy altas…

—Para empezar, ¿tienes cava en tu casa?

—¿No decías que…?

—Solo palabras. Si tienes cava y no eres eyaculador precoz, me doy por satisfecha. ¿Y tú? ¿Tienes expectativas?

—¿Con las mujeres? Nunca he pensado en ello demasiado, pero me gustan las mujeres inteligentes.

—¿Solo eso? ¿Ninguna preferencia hacia arpías de pechos operados? ¿Rubias de bote?

Eren rio.

—No me gustan las rubias, aunque la prensa rosa asegure que Historia Reiss y yo tenemos algo porque la sigo en Instagram.

—Historia es lesbiana.

—¿Cómo lo sabes? Todavía no lo ha hecho público.

—La conozco. Coincidimos en Cannes hace unos años y nos hicimos amigas. He cenado muchas veces en su casa, con su novia.

—Así que tenemos amigos en común.

—El mundo de las celebridades es un pañuelo. Imagina que alguien nos ve… ¿Por qué no tienes los cristales tintados?

—Es ilegal. Además, ¿qué más da?

—No me importa que me pillen en un coche con Eren Jaeger, pero ya sabes cómo es la prensa de este país. Se inventarían toda una historia acerca de nosotros.

Enfiló hacia la urbanización y metió el coche en el garaje, en ese armazón de cemento, como decía su madre, al que llamaba casa. Dentro de la complicada escala de humildad de los ricos, la suya era la mansión más modesta: solo le había costado dos millones de euros. Había destinado mucho más dinero a causas de las que ningún medio hablaba porque no permitía que se filtrase. Muchas ONGs, muchas organizaciones sin ánimo de lucro. Cáritas, el Ejército de Salvación, Save the Children. Estaba financiando íntegramente un proyecto encaminado a mejorar la vida de las niñas indias. Eso le llenaba más que un coche o un yate. Él ya tenía demasiado dinero, y esa riqueza lo hacía depositario de un deber e impulso ineludible. Se debía a la crianza de su madre. Ella le había enseñado lo terrible que era el mundo, que el dinero no era nada, pero podía hacerlo todo, y que nunca debía exhibir su generosidad como una joya. Solo las personas adecuadas, como su buen amigo Armin, lo conocían.

Mikasa arrojó su chal sobre uno de los sofás y se soltó el pelo. Su piel era blanquísima. A la luz de su salón, pudo discernir correctamente el color de sus ojos: eran grises. Era una estampa singular. Anduvo como si la casa fuera suya y acabase de volver del trabajo.

—Me cuesta creer que vivas aquí y no te vuelvas loco. Es demasiado grande.

—Mi chef suele pasar aquí muchas horas, así que no estoy solo.

—Hace horas extra por acompañarte mientras haces sentadillas.

—Niccolò es un buen tipo. Después de tantos años, somos amigos. Su dieta es responsable de mis mayores éxitos deportivos. Ven, te pongo una copa. —Se acercó al minibar y sacó una botella; no estaba empezada—. Es la botella de las cerebraciones, solo bebo cuando ganamos algo. Yo no he ganado nada, así que no beberé.

—A tu salud —Mikasa alzó la copa—. Yo tampoco he ganado nada, pero el fracaso es mucho más estimulante que el éxito. El éxito apenas dura un par de días, pero el fracaso puede durar toda la vida. Tiene su parte bonita.

—A nadie le gusta perder, Mikasa. No hay nada bonito en la derrota.

—Claro que lo hay. Entendí muchas cosas cuando salí del Teatro Real. No todas fueron malas.

—¿Cuáles son esas cosas buenas? —preguntó con franca curiosidad mientras se desabotonaba la camisa, como si esta fuese de fuerza.

—Ahora que ya no sirvo para lo mío, que no puedo cantar ópera como Dios manda, me he dado cuenta de que puedo hacer otras muchas cosas. Quizá la lírica se ha acabado, pero siempre quedará el rock. Tú deberías pensar lo mismo. Seguro que eres algo más que un futbolista.

—Los futbolistas no somos mucho más de lo que somos. Por lo general, solo somos buenos en una cosa. Si el balón ya no es lo mismo, no puedo irme a boxear.

—¿Has estudiado algo?

—Dejé Fotografía a medio cuando me llamó el Real Madrid. Me encantaba.

—¿Ves? Ya eres algo más que un futbolista.

Desde el taburete, Eren escondió una sonrisita en la palma de su mano.

—Cuéntame algo de ti.

—Ya sabes quién soy y a qué me dedico.

—¿Por qué Sorrento? ¿Por qué no Roma o Milán?

—¿Has escuchado Caruso?

—No, nunca.

Mikasa dio un pequeño trago para enjuagarse la garganta, cerró los ojos y cantó:

Qui dove il mare luccica

e tira forte il vento,

su una vecchia terraza,

davanti al golfo di Surriento

un uomo abbraccia una ragazza

dopo che aveva pianto.

Poi si schiarisce la voce

e ricomincia il canto.

Te voglio bene assaje,

ma tanto tanto bene sai,

è una catena ormai

che scioglie il sangue dint' 'e 'vvene sai…

—Tu voz es… —masculló Eren, algo hipnotizado por la manera en que la mujer movía los finos labios—. Es increíble.

—Está un poco rasgada. Es completamente distinta cuando canto ópera.

—¿Sabes qué? Todos esos críticos son unos gilipollas —sentenció Eren—. ¿Qué tiene de especial esa canción?

—Es mi canción favorita. Mi padre me la cantaba cuando era niña. La canción habla de Enrico Caruso, el gran tenor italiano de los años 20. Caruso iba a morirse, tenía los días contados, así que fue a Sorrento y allí pasó los últimos días de su vida, cantando desde su balcón, deleitando a los pescadores. Cuando fui a Sorrento, me enamoré de la ciudad. La echo de menos.

—¿Cuándo vuelves a Italia?

—Mañana.

—¿Tan horrible es Madrid?

—Aquí no tengo nada. Allí, en cambio, me espera mi gato Enrico, pero antes pasaré por Turín. —Lo miró profundamente—. ¿Quieres ir a la cama?

—No hay prisa. Échame un poco de cava, solo un poco.

—¿Celebras el fracaso?

—Jamás. Celebro que he ganado esta conversación, este momento. Canta un poco más.

Vide le luci in mezzo al mare,

pensò alle notti là in America,

ma erano solo le lampare

e la bianca scia di un'elica.

Senti il dolore nella musica

e si alzò dal pianoforte,

ma quando vide la luna

uscire da una nuvola,

gli sembrò più dolce anche la morte.

Guardò negli occhi la ragazza,

quegli occhi verdi come il mare.

Poi all'improvviso usci una lacrima

e lui credette di affogare.

Te voglio bene assai,

ma tanto, tanto bene, sai,

è una catena ormai,

che scioglie il sangue dint'e vene, sai.

—¿No te bastaba con gemir? —se burló Eren.

—Es imposible que me niegue a cantar esto. Es mucho mejor que el sexo porque es amor. La máxima expresión de ello. Caruso se estaba muriendo, pero el amor que sentía por su mujer Dorothy le permitía cantar.

—¿Eso es el amor? ¿Es un último momento glorioso?

—No lo sé. No soy una experta en ello, pero creo que sí.

—Es como una noche de Champions en el Bernabéu. Tiempo de descuento. Vamos perdiendo. Necesitamos dos goles. Parece imposible, pero el amor de toda esa gente, de millones de personas, nos permite hacer lo imposible.

—¿Todo lo entiendes según el fútbol?

—El fútbol puede enseñarte cómo funciona el mundo. Solo tienes que indagar un poco. ¿Once tíos detrás de una pelota? Ni de coña. Siempre hay algo más.

—¿Y qué opinas del Mundial de Qatar? Desde luego, eso es mucho más que fútbol.

—Es un ejemplo perfecto. —Eren cruzó los dedos y su rostro se enserió. Aquel asunto era complicado y le había ocasionado más de una discusión con su hermano, quien fungía como su agente y, por lo tanto, buscaba lo mejor para él: el problema es que lo mejor para su carrera no siempre coincidía con sus valores. No había nada por encima de sus valores—. Me retiré de la Selección alemana hace unos meses porque ya no estoy para esos trotes, es cierto, aunque me habría encantado jugar otro Mundial. La cosa es que no quiero jugar en Qatar. Me niego a jugar un torneo por el que han muerto miles de personas. Ese fue el motivo por el que renuncié al Nationalelf.

—Vaya, eso es muy altruista por tu parte. ¿Por qué no lo dijiste en la rueda de prensa?

—Hay ciertas cosas que no puedo decir en público. Si dependiese de mí, lo habría dicho, pero sigo una política muy estricta respecto a las polémicas.

—Eso te honra, Eren.

—Gracias.

—Es interesante hablar contigo —Mikasa removió su copa— y este cava es una maravilla. Estoy sorprendida. Pensaba que los futbolistas eran unos deficientes mentales con dotes físicas.

—¿Te sorprende que sepa encadenar más de tres palabras seguidas? Tranquila, no eres la única.

—Por eso sigo aquí. No creas que esos ojillos verdes son los responsables. Al menos, no los únicos.

—¿Haces esto muy a menudo?

—¿Beber cava en mansiones de futbolistas?

—Esto —Eren tanteó las palabras—, ya sabes. Relaciones de una noche.

La mujer sacudió la cabeza inmediatamente.

—En absoluto. Mi última relación fue muy larga.

—¿Cómo de larga?

—Cinco años. Me dejó hace unos meses. —Se encogió de hombros.

—¿Él a ti? Pobre diablo.

—Eso le dije yo. Me dio igual. Desapareció de mi vida y ya no he vuelto a verle. Es posible que haya perdido un lustro de mi vida, uno muy valioso. Ya he pasado la barrera de los treinta. No hay vuelta atrás. ¿Tú sueles hacer esto?

—Si te digo la verdad, no sé por qué lo hago.

—Está claro. A todos nos gusta el sexo.

—Me he acostado con mujeres que se acercaban a mí como admiradoras o cazafortunas. Eso está muy bien para un rato, pero empieza a cansar después de tantos años. Ahora prefiero quedarme en esta casa.

—Así que crees que soy una admiradora o una cazafortunas.

—No, tú no. Ya te lo he dicho. He bebido para celebrar esta conversación. —Eren le hizo un gesto—. Sígueme. Quiero enseñarte la casa.

—Espero que no tengas un cuarto rojo. Mis gustos son bastante tradicionales. Espera, deja que me quite los tacones o me partiré un pie.

Lo siguió hasta la piscina. Eren se quitó la camisa, los pantalones y los zapatos; saltó sin dudarlo y la invitó a hacer lo mismo, pero ella se sentó en la orilla, con los pies a remojo y la botella a un costado. Parecía divertirse. La salpicó, como si fuese un crío.

—Venga, vamos. Está caliente.

—No sé nadar.

—¡Excusas!

—Es la verdad. Me hundo como un peso muerto.

Eren se sumergió y reptó por el fondo de la piscina para emerger justo delante de ella. Apoyó las manos en sus rodillas.

—Tienes un hombre al que agarrarte, ¿no?

Mikasa respiró hondo, dio un saltito y se zambulló en la piscina con su negro vestido de Givenchy, aferrándose a sus hombros. Eren soltó una risita: era cierto, no sabía nadar. Parecía temer que el agua le llegase al cuello.

—No tenses los músculos. No vas a ahogarte. ¿Crees que me gustaría explicar a la policía que Mikasa Ackerman se ha ahogado en mi piscina? —Eren rodeó su cintura con fuerza, alzándola un poco. Los tirantes se deslizaron por los brazos de la mujer; podía quitarle el vestidito de un tirón—. No sé qué clase de idiota podría separarse de una mujer como tú.

—Soy bastante insufrible, lo creas o no. —Ella se acercó a sus labios, rozándolos, aclimatándolos a la frescura de su hálito.

Me está volviendo loco, pensó Eren. Como nunca. Pero, si la besaba, entonces callaría y no podría escuchar nunca más sus palabras porque no habría vuelta atrás, se acostarían y ella se marcharía. Y entonces se convertirían en anécdotas el uno para el otro. Siempre sucedía. Ya estaba acostumbrado, pero esta vez le resultaba doloroso. ¿Por qué? ¿Eran los ojos? ¿Era el pelo? ¿Era la figura solitaria apoyada en una balaustrada? ¿Era la voz?

—Ya somos dos —reiteró él.

—¿Cómo va esto? ¿Tienes que poner una recopilación de tus highlights para excitarte?

—Hay cosas más excitantes. —Y, cuando estaba a punto de tocar su boca, su acompañante se removió inquieta. Eren alzó las cejas—. ¿Sucede algo?

—Aquí no. El agua me provoca ansiedad.

—Si no te marchases mañana, podría enseñarte a nadar.

—Es psicológico. Estuve cerca de ahogarme cuando era pequeña.

Eren fue a por un par de toallas y, cuando regresó, su mandíbula se desencajó levemente. Mikasa escurría el vestido negro, convertido en una tela arrugada. La ropa interior también era negra: ya se imaginaba quitándosela.

—¿Quieres otra copa?

—Quiero una buena hamburguesa del McDonald's, no los platillos cutres de las fiestas de ricos.

—¿Pido a domicilio?

—Eres deportista profesional. No llames al McDonald's. ¿Por qué no me enseñas tu habitación?

Mi habitación, pensó Eren, está en Berlín. Con los póster, los trofeos y los secretos de adolescente. Era algo que ninguna mujer había visto y Mikasa no sería la primera. Le ofreció una mano y la guio por el interior de la casa hasta el segundo piso. La cama era enorme y blanda, lo que más le gustaba de su propia casa, y las señoritas a las que invitaba siempre se arrojaban sobre ella entre risitas. Ese solía ser el punto de no retorno. Cuando se levantaban, a la salida del sol, se iban corriendo al trabajo o a ver al novio y le daban las gracias por la velada.

Mikasa se acercó a la mesilla y observó el retrato de una mujer sonriente tras el cristal.

—Dios mío, el parecido es asombroso. ¿Es tu madre?

Eren asintió.

—Carla Jaeger. Vive en Alemania, para mi desgracia. Esta casa ganaría mucha vida si ella estuviese aquí.

—Tendrías que buscarte otro picadero.

—El Bernabéu.

—¿Hablas en serio…?

Eren se encogió de hombros.

—No se me ocurre otro lugar.

—Ven aquí. —Mikasa le hizo un gesto con el dedo y le regaló una sonrisa ladina—. Esta tensión sexual no resuelta pide solución.

Asintió y se acercó a ella; hizo un amago de besarla, pero le dio un suave empujón y se cernió sobre su cuerpo. Al fin lograba tocarla. Al fin pudo besarla con todo el anhelo de su ser. Quería probar cada parte de ella. Era así, siempre era así. Demasiado pasional. Pero Eren no había quemado sus naves por ninguna mujer y le daba la sensación de que Mikasa tampoco había perdido los estribos por ningún hombre.

—Eres un hombre demasiado guapo —comentó mientras le acariciaba la espalda—, pero no puedo hacer esto con la señora Jaeger mirando. ¿Podrías…?

—Sí, claro. —Eren se echó a reír y tumbó la foto de su madre—. Nunca lo había pensado.

—Típico de los niños de mamá.

Siguieron besándose. En ocasiones, paraban para reírse de todo: de los éxitos y los fracasos, de la foto acostada, de la prensa, de los exnovios. Del hecho de que el mundo los diese por acabados. A veces, no queda más remedio que reír por no llorar. Uno ya no puede jugar noventa minutos y otra no puede dar agudos sin ahogarse.

—Voy a retirarme —susurró Eren—. Nadie lo sabe todavía.

—Ahora lo sé yo.

—¿Y qué te parece?

—Me parece que tienes cincuenta años por delante para hacer lo que te dé la gana. —Mikasa hundió los dedos en su pelo y posó los labios sobre su mejilla—. Cuando dejes el fútbol, sé bueno. Cómprate una casa más pequeña y bonita, ve con tu madre, encuentra a alguien, sé feliz.

—¿Y qué harás tú? ¿Qué harás con tu voz?

—Más bien, ¿qué hará mi voz conmigo? No lo sé. Iré a un especialista, pero no volveré a cantar ópera. Quiero cantar otras cosas.

—¿Nunca podré escucharte cantar ópera?

—Tú no quieres escucharme cantar, Eren. Quieres follar conmigo.

—Para ser artista, no tienes ni un ápice de romanticismo —contestó Eren, divertido; empezó a besarle el cuello—. Esta noche darás el mi bemol.

—Es lo menos erótico que he oído en mi vida. ¿Qué pensarías si te digo que vas a meter el mejor gol de tu carrera?

—Lo metí en 2015, en un partido contra el Bayern. No te vas a quedar ese privilegio.

—Ay, Dios mío. —Echó la cabeza hacia atrás, complacida, pero giró la cabeza cuando escuchó una cancioncilla bien conocida. Dancing Queen—. Tu móvil.

—Siempre igual —bufó Eren; estiró la mano hacia el aparato, todavía acariciándole los hombros, y descolgó—. Zeke, estoy ocupado.

—Aparca tus excusas —dijo su hermano—. Tengo a toda la directiva del Inter esperando tu respuesta. La oferta es buena y los aficionados están encantados con la idea. Eren, es lo mejor para tu carrera.

—¿Cómo sabes que es lo mejor para mi carrera?

—Yo conseguí que ficharas por el Real Madrid y ahora sé que es el momento de que separéis vuestros caminos.

—No insistas más, hermano —sentenció Eren—. Este es el club de mi vida. Me voy a retirar aquí y voy a luchar como si tuviese veinte años.

Mikasa alzó el pulgar y Zeke protestó.

—Tienes la oportunidad de jugar en Italia y competir por todo, con un entrenador dispuesto a apostar por ti.

—Yo ya he hecho mi apuesta, hermano. Te llamaré en otro momento. Ahora tengo cosas importantes entre manos.

—Eren, te voy a-

Colgó y suspiró.

—No llevas ni un día aquí y ya conoces a mi familia. ¿Qué te parece?

—¿Tu hermano? Me recuerda al mío. Se creen mucho más listos que nosotros, como si nacer antes les concediese esa cualidad.

—No me deja en paz, ni siquiera en estos momentos.

—¿Por qué no usas esa boca para algo útil?

—¿Qué quieres? —Eren miró hacia abajo, hacia los paraísos al sur del ombligo.

—¿Tú qué crees?

—Dilo.

—¿Sabes qué? He cambiado de idea.

—¿Qué?

—Acuéstate y deja que me encargue de ti.

—Vas a… —Eren se quedó sin habla cuando la mujer, poco ceremoniosa, jugueteó con el elástico de los calzoncillos—. Eres preciosa y me entiendes.

Mikasa acarició su torso lampiño y trabajado. Perfilado durante horas de entrenamientos y forjado a codazos en los terrenos de juego. La mano tersa se detuvo sobre su corazón. Y lo tocó.

—Te entiendo —reiteró ella—. Yo sé mucho de la derrota. Puedo ver el derechazo de la vida en tu cara.

—Aun así, aquí estás. —Eren no podía quitarle los ojos de encima—. ¿Crees en todas esas mierdas de superación?

—Esas mierdas no funcionan. Solo puedes reinventarte. Hasta los escombros tienen su utilidad.

—Joder, si lo dices así…

—¿Qué? ¿Te hace sentir peor? Mira, yo también me he convertido en un escombro. Ahora estoy haciendo cosas que antes nunca he hecho para encontrar un poco de sentido.

—¿Qué cosas?

—Esto, por ejemplo.

—¿Acostarte con un futbolista?

—No, no. Hacerlo sin sentimiento. Pensaba que sería incapaz.

—Creo que podría enamorarme de ti —admitió él—. De hecho, creo que empiezo a estarlo.

—Ayer no me conocías.

—Pero hoy sí, y quizá mañana también.

Mikasa sonrió como se les sonríe a los locos y Eren también lo hizo. Lo mejor era que follasen y se acostasen y olvidasen que se habían conocido. Posiblemente, ella desaparecería antes de que él amaneciese. Y se llevaría esa voz y esas reflexiones. Se dio cuenta de que le bastaba con escucharla. Cuidado, pensó, porque es cierto, te estás enamorando. Eso nunca le pasaba. No sabía si era el acento bávaro, la canción en italiano, los ojos grises o el vestido negro. No, no era nada y lo era todo.

—¿Por qué tu exnovio te dejó? —preguntó Eren.

—Adivina.

—No lo sé. Tal vez, eh… ¿Le pusiste los cuernos?

—No, mucho peor.

—¿Hay algo peor que eso?

Mikasa se apoyó en su pecho y asintió.

—Se dio cuenta de que yo no le quería. Pensarás que soy muy mala persona, pero el caso es que lo descubrió antes que yo. Yo no lo sabía.

—Vaya. Debió dolerte.

—¿A mí? ¿No debería dolerle a él?

—No, en absoluto. Tú ni siquiera lo sabías. ¿No te dolió descubrir que no sentías nada hacia una persona con la que estuviste cinco años?

En silencio, la mujer se quitó de encima y se estiró en el colchón, con las manos en el regazo y los ojos en el techo. He tocado una fibra sensible, pensó Eren. Le sucedía a menudo. Uno corre el riesgo de meter la pata hasta el fondo cuando habla con algunas mujeres y estas reaccionan combativas.

—Me puse a pensar —dijo Mikasa— que tenía un problema. Serio, además. Cinco años engañándome a mí misma. ¿Por qué no había conseguido quererlo?

—Quizá no era tu tipo.

—No, no era eso. Era por el éxito. Mi carrera estaba en su apogeo. Los teatros se llenaban y me llamaban de todas partes, de Londres, de Nueva York, de China. Siempre estaba por ahí, así que no tenía tiempo para él. Sencillamente, le necesitaba porque me gustaba encontrar a alguien cuando volvía a casa. Y eso ni siquiera funcionaba. Como si alguien pudiera curarte por entrar a una habitación en la que estás sola. ¿Alguna vez lo has sentido?

—¿La soledad? Muchas veces. Hace un rato, en la fiesta, me sentía solo, como si un abismo me separase de la realidad. Me acerqué a ti porque también estabas en ese abismo. Algo bonito en el abismo.

—Bueno, no sé si yo soy una flor al borde del abismo, pero aprecio el halago.

—Creo que no deberíamos acostarnos. Al menos, no esta noche.

—Opino lo mismo. Solo necesitamos hablar.

—Bien, entonces —Eren se giró hacia ella—, háblame de la ópera.

. . .

Cuando se despertó, estaba solo. Tal y como había predicho. El lado donde ella estaba frío, como si nunca hubiese estado. Quedaba, sin embargo, algo de su perfume flotando en la habitación. Eren miró el reloj: casi las nueve de la mañana. Por suerte, estaba de vacaciones y la liga no empezaba hasta la semana siguiente. Todo lo que sé del fracaso… Sonrió con cierta amargura porque ella tenía razón. Eren tenía que hablar con el entrenador, con el preparador físico, con sus compañeros, con su hermano. Todo lo que sabía sobre el fracaso es que no era definitivo, que todos esos panfletos elaborados con la bilis de los periodistas no eran las páginas finales del libro de su vida deportiva. Se levantó de un salto. Se pondría a entrenar y no para cerrar la boca de todos los que lo catalogaban de exjugador, sino para demostrarse a sí mismo que era capaz de reponerse. Por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas.

—Ah, al fin apareces.

Eren se asomó a la cocina, invadida por el olor del café.

—¿Puedes beber de esto o tu nutricionista te matará? —preguntó ella—. Eren, ¿me estás escuchando?

—Pensaba que te habías ido.

—¿Irme? ¿Qué hora es?

—Las nueve y cinco.

—¡Mierda! Mi avión sale en menos de una hora y mi maleta sigue en el hotel. —Mikasa apuró su taza—. Me meteré en un buen lío si lo pierdo. Tengo unos asuntos en Turín.

—Vamos, sube al coche. Yo te llevo.

—¿No te importa?

—No, claro que no. Date prisa.

Apenas tardaron treinta minutos en pasar por el hotel y enfilar hacia Barajas. Según le dijo, un empresario turinés la había contratado para cantar en el cumpleaños de su mujer esa misma tarde.

—Recuerda lavar la cafetera —le dijo Mikasa.

—¿Te volveré a ver?

La mujer se acercó a él, le dio un beso y susurró:

—He apuntado mi número en una servilleta de tu cocina. Llámame.

. . .

¡Qué pase de Eren Jaeger! Balón para Falco Grice. La aguanta, la esconde. Jaeger se desmarca, Falco lo ve. ¡Qué jugada, Dios mío! Corre el Cazador, solo ante el portero. ¡Jaeger, Jaeger, Jaeger! ¡Lo regatea y goooool! ¡Gol, gol, gol, gooool del alemán! ¡Una jugada para enmarcar! ¡Un dúo inolvidable! ¡Juventud y veteranía! ¡Un partido inolvidable de Eren Jaeger! ¡Qué jugador! ¡El público grita su nombre! Se besa el escudo, sus compañeros se acercan a abrazarlo. La mejor temporada de su carrera. El Balón de Oro ya lleva su nombre. Cuarenta y siete goles y quince asistencias entre liga y Champions. Histórico. Los jugadores del Liverpool se miran. ¡Nadie entiende qué ha pasado! ¡Cuando todo el mundo creía que este equipo estaba muerto, apareció! ¡El Cazador alemán!

. . .

Eren se acercó a la grada entre vítores, con la copa de Europa al hombro. El público rugía. Mikasa sonrió, orgullosa, y le abrazó. El hombre cerró los ojos y buscó su boca. Por un instante, se olvidó del trofeo. Su madre los interrumpió.

—Hijo mío, lo has logrado. Y no me refiero a ganar este partido.

—Tienes razón, Carla —asintió Mikasa—. Ha conseguido que me ponga una camiseta blanca con un escudo redondo en el pecho.

—Y no será la última cosa blanca que te pongas, hija —comentó Carla entre risitas.