Estás a punto de comerte uno de esas enormes copas de batido de chocolate, con varias bolas de helado de distintos sabores, sirope de caramelo y una cereza culminando la cima. Te llevas la primera cucharada a la boca salivando pues llevas bastante tiempo esperando probarlo, desde que viste el anuncio de la apertura de la cafetería en una revista, cuando una melodía empieza a irrumpir tu maravilloso sueño…
Despiertas desorientada y automáticamente suspiras al darte cuenta que ese delicioso helado aún espera por ser probado. Protestas y te das la vuelta en la cama para volver al sueño pero la melodía de tu móvil suena de nuevo. Respondes malhumorada.
-¿Dónde estás? – te preguntan al otro lado del altavoz - ¡No me digas que te has quedado dormida en el primer día de clase!
Te incorporas tan veloz que la habitación se mueve. Miras la hora.
¡Maldita sea! Exclamas colgando la llamada y lanzas el móvil a la cama. Corres al cuarto de baño. ¡Qué mala cara tengo! Ni con maquillaje conseguirás borrar esas enormes ojeras precio que has tenido que pagar por haberte quedado leyendo manga Bl hasta bien entrada la madrugada pero eras incapaz de dejar de leer pues la historia había entrado en momento tan tierno y cargado de tensión entre los dos protagonistas…
Vuelves de nuevo a la habitación. Te quitas el pijama para ponerte el vestido que habías elegido para esa ocasión y que cuelga del perchero que tienes detrás de la puerta. Sales de la habitación con paso acelerado rumbo de nuevo al baño. Te peñizcas las mejillas para darle un poco de color a tu pálido rostro, te pasas el peine por el cabello dándote por vencida pues tu aspecto sigue siendo lamentable.
Sales al salón. No te da tiempo a prepararte ese desayuno con el que anoche tuviste la idea de tomarlo y coger fuerzas. Finalmente decides comerte por el camino un bollito de chocolate. Agarras la chaqueta, cierras la puerta con llave y sales a la calle siendo recibida por un magnífico y espléndido día primaveral.
Por fortuna, conseguiste encontrar un apartamento pequeño y con un alquiler barato para estudiantes cercano a la Universidad. Otra de tus ideas desechadas para el primer día de ir dando un paseo disfrutando del buen día bien alistada, peinada y maquillada y no como si te acabase de atropellar un tanque.
Si empiezo así el primer día… ¿Cómo acabaré el último? Piensas enfadada contigo misma. A lo lejos ves la entrada y tus pasos se aceleran, sin embargo, el semáforo se pone en rojo y tienes que detenerte. Coches y coches pasan sin darte la oportunidad de correr por el paso de peatones sin ser atropellada.
-¡Qué semáforo más largo! – murmuras irritada.
El muñequito rojo empieza a parpadear y cambia al verde. ¡Vuelta a la carrera! Sin embargo querida, la suerte hoy no está de tu parte. La verja de entrada al campus está cerrada.
-¡Cómo es posible! ¡Debería estar abierta durante todo el día! ¡Es la Universidad!
Protestas golpeando los fríos y duros barrotes. Luego te das cuenta que es una Universidad privada. La puntualidad y la asistencia a clase es de vital importancia para tener un expediente formidable de cara a la búsqueda de empleo al graduarte.
Derrotada, porque sabes que no vas a poder asistir al primer día y tu expediente ya está manchado, estás a punto de dirigirte a casa cuando alguien pasa a toda velocidad por tu lado y con una impresionante agilidad tigresa ha saltado la verja para caer al otro lado. Observas la figura que ha caído dándote la espalda. Un chico delgado, de pelo oscuro desordenado, vistiendo tejanos, una sudadera y abrigado con chaqueta larga grisácea sin mangas se incorpora como si nada. Tienes el corazón a mil por hora. ¡Ese salto ha sido espectacular!
-¿Necesitas ayuda, gatita?
Su voz es tan penetrante como la mirada con la que te acaba de atravesar. Ojos cristalinos, hechizantes; y jurarías que has sido capaz de ver su burlona sonrisa bajo la mascarilla que utiliza.
-¿A quién llamas gatita? – protestas molesta. Es la primera vez que un chico te llama de forma tan vulgar.
-A la gatita de ojos hinchados, mejillas ruborizadas, frente brillante por el sudor y cabello desordenado a causa de la carrera patética que te has metido para llegar a clase y quedarte a las puertas.
Sientes como tus mejillas se ruborizan aún más de irritación. ¡Pero de qué va este tío! ¡Será imbécil!
Decides no contestarle, y le das la espalda dispuesta a regresar a casa y aguantar la bronca que te espera por parte de tu madre en cuanto te pregunte por las clases y nuevos compañeros y descubra que te has quedado dormida. Pero antes de dar un paso ese chico ha vuelto a saltar para colocarse justo a tu lado.
-Era una broma, venga, te ayudaré.
-No necesito la ayuda de nadie.
-Como quieras.
El tono de voz que usa es burlón pero hay algo en ese chico que te atrae. No sabes si son sus misteriosos ojos o la curiosidad por saber si su sonrisa es bonita. Ves que se cruza de brazos y apoya el hombro en los gruesos barrotes. Está esperando por verte saltar. Dudas. Miras la verja. Es alta pero si das unos pasos hacia atrás y coges carrerilla lo conseguirás. Él no sabe cuán atlética eres. Estás más que dispuesta a dejarle sin palabras pero cuando vas a saltar te acuerdas que llevas vestido. Intentas frenar la carrera y al hacerlo te tambaleas perdiendo el equilibrio. Vas a ser el ridículo si te estampas contra el suelo frente a él y para evitarlo mueves los brazos como si te estuviese dando un ataque. Cuando consigues recuperar el equilibrio escuchas una explosiva carcajada.
-¿Querías saltar o impresionarme con un extraño baile?
Tu corazón, tu rostro, se han fusionado para convertirse en un volcán. Balbuceas, quieres responderle, quieres huir. Es tu primer día y no solo te has quedado en la calle sino también tienes que aguantar las burlas de un idiota desconocido.
-Era más que evidente que con ese vestidito no ibas a poder saltar.- te mira de arriba abajo – Me gustan tus zapatillas… y tus piernas… - te guiña un ojo provocativo. Ahora sí que no eres capaz de controlarte. Levantas ambos manos para propinarle un fuerte empujón cuando sientes como te elevas en el aire cogiéndote por la cintura.
-¡Bá-bájame! – protestas muerta de vergüenza - ¡Te he dicho que me bajes!
-Deberías agradecerme el querer ayudarte. No soy tan amable, y aunque seas una chica tampoco me gusta serlo, es más me va más ser rudo, no sé si me entiendes.
Te atrae hacia él pegando su pecho en el bajo de tu estómago. Tus manos tiemblan. Tus labios tiemblan. Todo tu cuerpo está temblando. No entiendes a ese chico. No entiendes por qué se da tantas libertades para atreverse a cogerte, a tocarte, pero allá donde sus dedos rozan deja un camino de calidez y hormigueo que nunca antes habías sentido. El sonido de tu alrededor ha desaparecido tras el bombardeo de tus latidos.
-Dime gatita, ¿Quieres saltar o te vuelves a casa con el rabo entre las piernas?
-Te he dicho que no me llames gatita.
-Entonces dime tu nombre y dejaré de llamarte gatita.
Sientes como sus brazos se aferran más a tu cuerpo y tú, que intentas no tocarle, caes ante la tentación de colocar tus manos sobre sus hombros. Son delgados. Evitas mirarle a los ojos pero él mueve la cabeza buscando los tuyos.
-Si no hablas te seguiré llamando gatita los años que pasemos juntos en la Universidad.
¡Eso sí que no! Estallas mentalmente.
-Me llamo (tu nombre).- murmuras ruborizada.
-¿Eeeeeh? Así que (tu nombre).- canturrea. El escuchar tu nombre en su melodiosa y misteriosa voz te estremece, te calienta, te hace querer escuchárselo decir una y otra vez en distintos tonos. En distintas situaciones - ¿Preparada para saltar?
Sin darte tiempo a responder, te coloca sobre su hombro como si fueses un saco de patatas con una de sus manos sobre tu trasero.
-¿En dónde crees que estás tocando?
Pataleas, le golpeas la espalda, pero ese chico es resistente, aparte que está ignorando todas las blasfemias que se escapan por tu temblorosa boca. Da un par de pasos hacia atrás, un par de saltitos para entrar en calor y corre dirección a la verja. Cierras los ojos, bajas la cabeza y te aferras a su chaqueta totalmente aterrada. Sin embargo, el salto no sucede. Tu cuerpo ha pasado de dar pequeños botes sobre su hombro a detenerse por completo. Cuando te animas a abrir los ojos descubres que estás dentro del campus.
-¿Pero cómo…?
No tienes ni idea de lo que ha pasado. ¿Estabas tan asustada que no has sido capaz de notar el salto? No. No ha sido eso. Y te das cuenta unos segundos más tarde cuando has levantado la cabeza y has visto una pequeña puerta a pocos metros de la verja principal.
-Esa puerta siempre está abierta. Haya clase o no.- dice el muchacho.
¡No das crédito! ¡Estás tan anonadada que no eres consciente que sigues subida sobre su hombro hasta que empieza a bajarte lentamente y vuestras frentes se saludan rozándose!
-Eres…eres… ¡Un maldito imbécil! – gritas dándole pequeños golpecitos en el pecho- ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Podía haber entrado sin tener que montar ese ridículo numerito! ¿Y si nos hubiese visto alguien?
-Era una excusa para tenerte entre mis brazos.
Estáis tan cerca el uno del otro que por un segundo has creído que ha posado sus labios sobre los tuyos con la mascarilla como muro. Enfadada, avergonzada, vuelves a la carga con los golpecitos. El chico intenta tranquilizarte mientras te baja al suelo pero en uno de esos movimientos se te engancha la gomilla de la mascarilla en tus dedos y sale disparada dejándote ver lo que escondía.
Sí. Tiene una sonrisa bonita. Sí. Es un chico muy atractivo. Y sí. Tu corazón ha palpitado con demasiada fuerza al perderte de nuevo en el océano de su mirada. Pero por nada del mundo hubieses esperado que a pesar de tener medio rostro, de nariz para abajo, lleno de cicatrices de quemaduras ha empezado a consumirte y a hechizarte.
Mantenéis el contacto visual apenas un minuto. Ves tu propio reflejo en su mirada. Te asusta verte a ti misma porque nunca antes te habías visto tan hermosa. Cuando tus pies tocan suelo, él te deja marchar separándote con algo de rudeza. Toma la mascarilla y se la vuelve a poner sin nada más que decir.
Tú quieres hablar. Sientes curiosidad por esas cicatrices pero jamás te armarías de valor para preguntarle pues tras ellas tiene que haber un pasado doloroso, un pasado que ha dejado huella en una mirada tan intensa y destructiva como la suya.
-Ya nos veremos, gatita.
Sus ojos sonríen una última vez y tú te quedas allí, de pie, viendo como se aleja.
