Das un largo suspiro a pesar de estar en una fiesta.
En tu primera fiesta universitaria, más bien.
Sin embargo, eres incapaz de divertirte, de reír con tus nuevos compañeros, hablar con ese chico que intenta captar tu atención con chistes malos debido a sus nervios, y es que no dejas de pensar en el chico de mirada congelante y piel marcado por el fuego.
No le has vuelto a ver, y de ese encuentro ya han pasado más de dos semanas. Era más que evidente que no ibais a estar en la misma clase, es mayor que tú, ni tampoco estudiando la misma carrera pero tal vez un encuentro casual estilo manga shojo por el campus, en la biblioteca, en el comedor a la hora del almuerzo…
Nada…
Se ha evaporado como el vaho de la madrugada más fría de invierno.
Te disculpas con ese chico y vas al baño. Has ido a la fiesta por petición de tu amiga quien tenía muchas ganas de ir, y también por si daba la casualidad de encontrártelo en el bar al haber estudiantes mayores, pero no ha habido suerte. Te miras al espejo. Te has puesto tan guapa por si estaba… No te has maquillado mucho, prefieres ir natural, pero hoy te ves arrebatadora y sexy con esos labios pintados de un rojo intenso. Lanzas un beso al espejo decidida a olvidar al fantasma que te persigue en sueños y regresas a la fiesta pero al abrir la puerta el mismísimo fantasma está frente a ti comiéndote con la mirada.
-Te has equivocado de baño. El de hombres es el de la izquierda.- dices con indiferencia para que no note ni un solo ápice en tu rostro de lo feliz que te hace el volver a verle ni que pueda escuchar el grito fangirl que tu corazón acaba de dejar escapar.
-¿Semanas sin vernos y es así como me saludas, gatita?
-No me llames así.
-Te llamo así porque es lo que eres… Mi gatita… - susurra posando sus cálidos dedos sobre tu barbilla para buscar tu mirada y perderte en el océano de sus ojos. Ya has caído. Estás hechizada. No hay salvación. Envenenada. No hay antídoto. Tampoco lo quieres.
-¿Qu-
-Shhhhh – te calla casi rozando tus labios cerrando la puerta. Acabas de darte cuenta. No lleva mascarilla. Notas el calor de su respiración como si fuera la tuya propia al salir de tu boca – Sé que me estabas buscando.
Va diciendo mientras sus pies se comen los tuyos hasta llevarte a donde quiere. A la pared.
-Yo no te he buscado.
-Claro que sí… Me has buscado por el campus, y en tus sueños cada noche… Dime ¿Qué deseas de mí?
-Todo.- se te escapa. Estás embobada. Dirías todo lo que él te pida. Harías cualquier cosa que él te pida. Estás ardiendo en deseo. Sufres por besarle. Te humedeces con solo pensar en cómo será besarle.
-¿Todo? – pregunta socarrón – Dime qué quieres que haga y lo haré, gatita.
-Deja de llamarme gatita…- gimes al notar su lengua en tu cuello para luego girarte y darle la espalda. Notas su nariz por tu espalda. Sus dedos colándose por debajo de la blusa de seda que llevas.
-Pa-para… si alguien entra…
-Si alguien entra que se una a la diversión.
-Imbécil.
-Tengo nombre ¿Sabes?
Callas otro gemido. La falda ha caído a tus pies. Tus braguitas de encaje también. Menos mal que he elegido ropa interior bonita, piensas perdiéndote en el intenso deseo que sientes ahí abajo al notar sus dedos correteando juguetones por tus muslos.
-Gime mi nombre, princesa.- te muerde en el hombro y ahogas un gemido al notar como sus dedos entra en ti al mismo tiempo que te ha abierto las piernas metiendo la suya entre medias. – Gímelo, grítalo… Grita Dabi, princesa. Ahógate de placer con mi nombre…
Aprietas los dientes ante la intensidad que provoca saber que sus dedos entran y salen despacio, sin prisa, haciéndote disfrutar. Su pulgar frota tu clítoris al mismo ritmo que te masturba. Empiezas a marearte, a perder el sentido. Te apoyas en la pared para aguantar tu propio peso y no caer pero Dabi te sujeta con ternura y fuerza para que eso no suceda. Quieres tocarle a él también. Quieres besarle pero sus labios siguen entretenidos en tu cuello.
-Regálame tu hermoso orgasmo, princesa. Déjame saborearlo. Disfrutarlo. Masticarlo lento.
Tu corazón no puede aguantar más. Tus entrañas se sienten extrañas, como si te dieran pequeñas descargas. Sus dedos se sienten tan bien en tu interior… pero quieres más. Le quieres a él. Quieres que Dabi entre dentro de ti y te haga el amor con la misma lentitud y ternura con la que te masturba.
-Ya se acerca, lo noto… - murmura. Sus dedos notan como se empieza a contraer ahí abajo – Córrete para mí, princesa.
Tragas saliva intentando callar gemidos para que nadie ajeno a lo que ocurre en el baño sea testigo pero te susurra que no calles, que gimas sin miedo, que tu voz es preciosa.
-Tus gemidos me están volviendo loco, princesa.
-Da-Dabi…
-¿Sí? ¿Qué queréis, princesa? ¿Acelero el ritmo? A mí me gusta lento, muy lento.- su voz es jodidamente sensual y penetrante. Tanto que parece que es su voz, o incluso su lengua, la que entra y sale de tu interior en vez de sus dedos - Me gusta ver cómo te estremeces entre mis brazos. Ver que soy yo el culpable de ir provocando el orgasmo poco a poco hasta explotar poniéndote piel de gallina.
-Pue-puedo… ¿Besarte?
Te gira la cabeza hacia él nada más formularle la pregunta. Te pierdes en su sonrisa traviesa. En la inmensidad de su mirada rebosante de placer. Acorta distancia dejando ver el piercing de su lengua. Estás a punto de llegar al orgasmo y dejar que Dabi se lo trague cuando sientes un fortísimo golpe.
Te acabas de caer de la cama.
Era un sueño.
Te incorporas con dificultad. Te has golpeado la cabeza con el suelo y es más que probable que te salga un chichón, pero lo que más te preocupa ahora es que estás muy mojada y tus piernas no dejan de temblar. Si aún te hormiguea el orgasmo ha muerto en tus labios al ser un sueño… ¿Cómo sería tener al Dabi real entre tus piernas…?
****
-Estás muy callada hoy.
-Estoy algo cansada.
-¿Otra noche leyendo bl? – te pregunta tu amiga.
No. Peor. Otra noche soñando con el que todo el campus conoce como el Príncipe Oscuro, Dabi. Supo su nombre tras verlo días atrás rodeado de chicas y decírselo otro compañero de clase que lo conocía del instituto. Te pareció ridículo ese apodo. Ese día vuestras miradas se encontraron pero te ignoró. Desde entonces no has dejado de tener sueños eróticos con él.
-¿Vendrás esta noche a la fiesta?
-Hoy no. Quiero dormir.
Tu amiga se encoge de hombros y continúas el camino hacia la siguiente clase. La última de la mañana antes del almuerzo. No tienes apetito. Tampoco tienes ganas de estar allí. Estás apática. Distante. Avergonzada por tener esos sueños. ¿Por qué no dejo de pensar en ese imbécil? Te preguntas cada día.
-Gatita~ ¿Ya no saludas?
Tus pies se detienen y está allí, asomado a la ventana de la planta baja y rodeado, como no, de un grupo de chicas que te miran con desdén y rivalidad.
-¿Le conoces? – pregunta tu amiga asombrada.
-Es un imbécil, ignórale.
Aceleras el paso seguida de tu amiga pero te frenas de golpe al notar cómo te agarra por la muñeca con rudeza y te hace girar hacia él. Acabas de olvidar como se respira al verte reflejada en esos ojos que para nada tienen que ver con los que ves en sueños. Bajas la mirada y suspiras aliviada al verle utilizar la mascarilla. ¿Aliviada o molesta?
-No nos hemos visto desde tu gran entrada a la Universidad.
-¿De qué habla? – le quitas importancia a la pregunta de tu amiga agitando la mano - ¿Tienes alergia? Pobre, yo también lo soy y pronto estaré como tu – se señala la cara refiriéndose a la mascarilla.
-Lleva mascarilla porque va de príncipe guay.- contestas-
-Exacto, princesa.
Tu corazón grita. Te acaba de llamar igual que en tus sueños.
-Me llamo (tu nombre). Grábatelo en la cabeza.
-¿Eeeeeh? – canturrea - ¿Eso significa que no quieres que me olvide de ti? – acerca su rostro al tuyo – Tranquila, nunca me olvido de unas bonitas piernas.
Te guiña el ojo y consigues soltarte de los dedos que aún siguen conectados a tu muñeca.
-¿Quién es, quién es?
Un chico rubio con los ojos pintados con eyeliner e incluso más atractivo que el conocido Príncipe Oscuro acaba de aparecer dejando caer sus brazos por los hombros de éste.
-Una gatita.
- A mis ojos parece más una linda conejita.- su sonrisa no puede envidiarle al color de sol de sus preciosos ojos - ¿Es tu nueva conquista?
-Solo la estoy saludando.
-Entonces si no la quieres, ¿Dejas que este halcón le clave sus garras?
Retrocedes un paso ante su sonrisa diabólica.
-Alto ahí, primero tengo que degustarla yo. Si me gusta lo que pruebo tal vez te deje probarla.
-Siempre dices lo mismo y luego no me dejas nada que pueda probar.
-Eso es porque las dejo tan satisfechas que no quiero que te sientas mal contigo mismo.
Sus voces cada vez te parecen más lejanas. Hablan de ti y de otras chicas como si fuerais un trofeo. Un trozo de carne. Una muñeca de jugar un rato y luego tirarla a la basura al aburrirte. Aprietas los puños. Es más imbécil de lo que ya me pareció a primera vista, piensas apretando la mandíbula.
-Gatita~ ¿Estás libre? Hey, gatita. Gatita~
-¡Que no me llamo gatita, capullo!
Gritas al mismo tiempo que le agarras del brazo, te lo cargas al hombro y lo lanzas al suelo con fuerza utilizando una de las muchas llaves de kárate que conoces. Los testigos se han quedado en shock. El Príncipe Oscuro acaba de ser derribado frente a su plebe.
-¡Escucha! No soy tu gatita, ni tu conejita.- dices levantando la mirada hacia el otro chico que se ha quedado pálido – No vuelvas a llamarme así. No vuelvas a tocarme con tanta confianza. No me hables como si te perteneciera. No te me acerques. ¿Te ha quedado claro, imbécil?
Sigues tu camino echa un basilisco. Odias a los tipos así. Creídos, besugos, dándose aire de poder tocar a toda chica que se cruza en su camino solo por el simple hecho de ser del género opuesto. ¡Lo odias! Y mientras te alejas vas dejando atrás una nube de carcajadas.
