6. Empezar a querer como nunca había querida

—Y Stephen esto, y Stephen lo otro... ya estoy cansado —suspiró Steve, quejándose con Bucky, quien se limitó a resoplar divertido—. Digo, estoy feliz por él, pero ya, también quiero hablar de su día... sin Stephen.

—Creo que en la calle, a eso, le llaman celos —sonrió Bucky, encantado (de manera muy culpable) con todo lo que le relataba Steve. Porque tal vez, y solo tal vez, ya se iba dando cuenta que él y Tony eran almas gemelas que debían estar juntos sí o sí.

Bueno, tal vez no tan así, pero sí que merecían estar juntos, porque se hacían mucho bien y muy felices; sacaban lo mejor del otro, y, demonios, si eso no es ser perfectos para el otro, entonces que lo parta un rayo (mentira, Zeus; Bucky aprecia su vida).

Steve rodó los ojos y se limitó a seguir en lo suyo, en esos molestos ejercicios de matemática que se supone debería estar haciendo en lugar de darle tantas vueltas al asunto de Tony. Pero no podía evitarlo, menos cuando era Tony su compañero de cuarto y su amigo, su enamorado amigo, su enamorado amigo que le gus- le agradaba, le agradaba pasar tiempo con él. El castaño era divertido y, una vez te lo ganabas, fácil al trato.

Al inicio fue difícil; la cantidad de gritos y malas caras que habían, porque ambos eran muy tercos y se rehusaban a hacerse buenos buenos amigos; hasta que fueron forzados por el resto del grupo, más la convivencia en los cuartos y las clases compartidas... se acostumbraron al otro, y se agradaron. A Steve le agradaba mucho Tony, tal vez bastante, tal vez demasiado. Pero le agradaba. No le gustaba ni estaba perdidamente enamorado de él, como todos creían y decían. Es decir, sí, Tony es apuesto y todo lo que se quiera, pero sólo son amigos. Aunque, sus labios se miran suaves, y sus ojos brillan de cierta manera cuando habla de lo que le gusta, y a Steve le gusta ese brillo, a veces lo empuja a salir. Su pelo también se mira suave, como pelito de gato... y los ojos le brillan mucho cuando habla de Stephen, tal vez demasiado para el gusto de Steve. Pero, a él qué le importaba el brillo en los ojos, los labios y el pelo, ¿no?

Mucho. Le importaba mucho más de lo que le gustaría admitir, pero eso no significaba nada, solo... que quería mucho a Tony por ser un buen amigo, el mejor amigo... no como Bucky... es difícil decir.

—Ah, carajo —susurró, dejando caer la cabeza en el cuaderno. Había puesto mal un signo por pensar tanto en Tony... ¡¿y él qué carajos hacía pensando en Tony?!

—Lo mismo pensaste cuando te robaron a Tony —susurró Bucky, empeorando el lío mental que Steve se había creado por pensar demasiado. Steve lo vio feo, casi gruñendo; no estaba para esos chistes, quería despejar su mente y aclarar sus pensamientos.

—Cierra el pico —gruñó, borrando casi toda la ecuación que había hecho.


Cuando, finalmente, terminó el día escolar y eran libres de hacer lo que quisieran, Steve no dudó en salir corriendo a su cuarto y encerrarse en él a luchar contra sus estúpidos pensamientos.

Sam alzó una ceja al encontrarse a Steve sentado a mitad del pasillo, ceño fruncido y de un evidente mal humor.

—¿Te fue mal en mate? —preguntó, y sólo obtuvo como respuesta el pálido dedo de Steve señalando la puerta, en la cual había un cartel colgado que leía "precaución, cachondos en proceso".

—Un día me dijo que iba a hacer un cartel así cada que tuviera sexo, pero no creí que hablara en serio —dijo Steve, y Sam solo pudo reír mucho y muy fuerte, porque eso era algo típico de Tony y la reacción de Steve era, definitivamente, la esperada. Se sentó al lado del rubio, aún riendo, pero con las intenciones de hacerle pasar mejor el amargo trago. Claro, hasta que un fuerte gemido se escuchó salir del cuarto y solo quiso correr, lejos de ahí.

—¿Vamos por una malteada?

—Sí —resopló Steve—. Por qué no.

Terminaron sentados frente al patio, observando a los de primero, que jugaban un amistoso de básquetbol entre ellos. Steve le dio un trago a su malteada de vainilla, ceño muy fruncido.

—Sam, estoy en problemas —dijo, observando la falta en el partido.

—Lávalas dos veces y problema resuelto —respondió—. Aunque, te consejo que es mejor quemarlas, pero allá tú.

—¿Por qué querría quemar mis pensamientos?

—Ah, ¿no hablabas de tus sábanas? —Sam le dio un trago a su malteada.

—¿Por qué querría lavar mi...? ¡Ah! Agh, qué asco —dijo, entendiendo la referencia—. ¿Por qué usarían mi cama teniendo la de Tony? No, no respondas, olvida que pregunté eso.

—¿Por qué quieres quemar tus pensamientos? —preguntó de vuelta Sam. Si era por lo que todos creían que era, ¡finalmente! Ya era hora que Steve se diera cuenta que le gusta Tony.

—Porque luego pienso en mis sábanas y me da pena —murmuró, pero ambos sabían que no hablaba de las sábanas. Bueno, eso pensaba Sam—. Mis sábanas merecen algo mejor, o, en su defecto, estar limpias.

—¿Contrabandeamos cerveza para que te sientas mejor? —propuso, y luego le dio un trago a su malteada de fresa. Steve rió, pero meneó la cabeza, no tenía deseos de ver a sus amigos borrachos y escucharlos destrozar canciones buenas con sus gritos, pero, la intención era la que contaba—. Steve, hay más sábanas en la vida.

—Tengo miedo, no me quiero aferrar a estas sábanas.

—Bueno, las lavas con cloro.

—¿Por qué cloro? ¡Son azules!

Oh, de verdad hablaba de sábanas. Sam tiró la malteada, intentando calmar sus ganas de golpear a Steve por estúpido y ciego.

—¡Ah, imbécil! —exclamó—. ¡Yo pensando que hablabas de que siempre sí amas a Tony y te da pena verlo feliz con alguien más y tú hablas de tus putas sábanas! ¡Por eso es que Tony no anda cogiendo en tus sábanas contigo! ¡Por eso está cogiendo en tus sábanas con Stephen!

—¡Pienso en sábanas para evitar pensar en Tony porque tal vez siempre sí me gusta y yo lo he estado negando para evitar que me lastimen el orgullo y el pene! ¡No sé, tal vez! —se dejó caer de espaldas en el pasto—. Maldita sea, creo que sí me gusta Tony.

—Finalmente —susurró Sam.