Nota: Regalo para mi querido Milo, porque es la persona que más adoro y se merece lo mejor; también, AMO a la Rudbeckia y al Isuke original y su romance trágico. Y no me gustan los actuales -escupe en el canon (?)-.
Todo es muy tranquilo. Tan tranquilo que, parece irreal.
Tan… inesperadamente tranquilo.
¿Será está realmente la muerte, la que tanto añoré?, se pregunta Rudbeckia unos minutos después. Permitiéndose relajarse y soltar un gran suspiro antes de abrir los ojos, parpadeando para aclarar su visión cansada y sus demás sentidos.
Hasta que finalmente es capaz de ver lo que la iglesia predicaba: el infierno.
Aunque al parecer, el infierno donde está, es en realidad una playa.
Con ella acostada sobre la arena, escuchando el calmado ir y venir de las olas deshaciéndose en la orilla mientras lo que parece ser el sol, le ilumina y le brinda una calidez suave; el tiempo no parece existir y sobre todo, los cambios.
Todo parece haberse quedado en un determinado momento, en uno calmo.
Rudbeckia nunca fue férrea creyente (la iglesia dirigida por los Borgia era una porquería). Porque ella le rogó piedad a un Dios que nunca la escuchó, y no creía que existiera realmente un Limbo para expiar tus pecados e ir al cielo.
Pero si el infierno en verdad existía, si el lago de fuego y el crujir de dientes era cierto… esto no sería nada comparado a lo que pasó en vida.
Era ridículamente tranquilo, calmo.
Demasiada paz para una pecadora como ella.
Con lentitud se sienta –porque muchas prisas no tiene–, observando con más detenimiento aquella playa en la que se encuentra, la cual se siente un poco familiar; y no es hasta que se atreve a mirar hacia atrás, que sus ojos mirando con asombro el lugar donde se halla.
Era la mansión de los Omerta.
Los latidos de su corazón se agitaron, ¿Acaso su infierno era el ducado Omerta?
Una sonrisa fue creciendo en su rostro al mismo tiempo que una risa que en segundos se convirtió en carcajadas brotó de sus labios apareció, sin quitarle la mirada de encima a la estructura por unos minutos antes de apartarla y volverla al frente y echarse en la arena con los brazos estirados a ambos lados.
Su infierno y condena era tan irrisoria. ¿De verdad este era el infierno?
No es como si haber estado viviendo con los Omerta hubiese sido diferente a estar con los Borgia. O bueno, tal vez sí; porque podía ser una mujer malvada y darse a respetar a base de miedo (como el Papa), y también, porque no estaba el maldito de Cheshire.
Su carcajada fue desvaneciéndose pero su sonrisa permaneció mientras miraba al cielo.
¿Qué caras habrán puesto su padre y hermano al ver que su querido cuñado tenía en su poder el Santo grial? ¿Qué caras pusieron antes de morir a manos de su amado esposo? ¿Estaría Cheshire retorciéndose de dolor? ¿Y la escoria de Papa?
- Seguramente fue una muerte dolorosa… lástima que no pude verlo – suspiró con decepción, sonriendo esta vez con suavidad –. Aunque me pregunto qué habrá sido de Enzo… Bueno, supondré que está mejor que yo o los demás – desvió su mirada a un lado antes de cerrar los ojos, sosegada –… pero si este es el infierno que me tocó, entonces no está mal.
Después de aburrirse estando solo acostada en la arena, se levantó, apenas notando su falta de calzado a la que le restó importancia. Caminando con parsimonia, dejándose empapar los pies y la parte inferior del vestido; mirando de vez en cuando hacia el mar, el cual estando viva, no se dio el lujo de contemplar.
Se sintió tentada a meterse en el mar y jugar, pero la necesidad de mirar al frente fue más fuerte. Casi imperiosa, que acabó haciéndolo; sólo para notar una figura a lo lejos que le desconcertó e hizo detener sus pasos.
Ese inconfundible uniforme de tonos oscuros contrastando con esos inolvidables cabellos de nieve inmaculada, al igual que esos ojos tan parecidos en los rubíes.
Y a la sangre derramada esa noche.
Su desconcierto pronto se tornó en una agridulce resignación, pintada en una sonrisa calmada.
Si este era su infierno…
Pasó una mano para acomodar un mechón detrás de su oreja mientras una brisa marítima despeinaba sus cabellos de sol apagado.
- Vaya, pero ¿Qué hace mi esposo aquí? ¡Oh, es cierto! Ya no somos esposos…, la muerte nos ha separado – cubrió sus labios, con fingida pena antes de volver a sonreír –… pero parece que incluso si ya no somos nada, vienes a buscarme.
Rudbeckia estaba segura que el Isuke que ella veía no era más que una ilusión. Una alucinación proporcionada por su infierno para su eterna condena; pues si de algo se trataba el infierno era de sufrimiento a base de añoranzas, arrepentimientos y deseos frustrados jamás cumplidos.
(Y estar con Isuke, el hombre al que quiso y amó, era el deseo convertido en un arrepentimiento pesado con el cual debía cargar para toda su eternidad).
Ignoró la punzada que sintió su corazón al ver la tristeza teñir sus ojos. Y apartó de sí el deseo de abrazarlo como nunca pudo estando viva.
Su sonrisa reflejó su cansancio.
- ¿No te parece irónico como nos amamos a pesar de ignorar la existencia del otro? – el silencio fue la respuesta a su pregunta, el cual ya esperaba (Ruby dejó de esperar hasta el final) –. ¿Sabes? No logro comprender por qué me amas… Maté a tu hermana, maltraté a la servidumbre de tu casa, te ignoré adrede, fui una mujer conflictiva sin contar que yo era parte de los Borgia. Una mujer malvada y una esposa detestable – suspiró, mirando al armonioso mar –… más bien, no te entiendo porque nunca te conocí a fondo, Isuke – un bufido como una risa salió de ella –. Pero ¿sabes? Tampoco me entiendo a mí misma… la razón por la cual, te amé y… te sigo amando.
Su sonrisa se desvaneció.
- Nunca fui merecedora de ti… estoy tan rota y podrida.
(A nadie le gustan las cosas rotas y maltratadas.
Y lo podrido se desecha y tira lejos).
- Pero fuiste lo más bonito que se me permitió tener, Isuke.
(Pero nunca fuiste mío, sólo fuiste prestado).
- Gracias… por ser mi esposo y dejarme amarte.
Aunque nunca aprendí a amar, creo que sí te amé.
-… Adiós – susurró, dándose la vuelta. Yéndose al otro lado de la interminable playa para alejarse, entrelazando sus dedos detrás de su espalda mientras apretaba los labios para aplacar el molesto nudo en su garganta y no llorar. Suficiente había llorado en vida.
Sin embargo, cuando pensó que todo había acabado, unos brazos la rodearon por detrás. Con cuidado, casi cariño y con desesperación; enmudeciéndola del asombro, haciéndola mirar sus pies acariciados por el agua salina.
Rudbeckia cerró los ojos, convenciéndose de que esto era el infierno atormentándola. Se sintió tentada a reír; el infierno la haría descender a la locura pero nuevamente, nadie escucharía sus ruegos por piedad.
(En el infierno no se puede ser feliz, los pecadores no son merecedores).
- Por favor, déjame ir…
Lo único que consiguió fue que el abrazo se apretará un poco más, y con ello, el nudo en su garganta.
- Isuke… déjame ir.
-… Si te suelto, te irás.
- Es por tu bien… suéltame.
- Rudbeckia…
- No hagas esto más difícil…, Isuke – suspiró, con una sonrisa dolida –. Mereces ser feliz… pero no conmigo.
Isuke la volteó hacia él con brusquedad para su sorpresa, tomándola por los hombros –. ¡Tú no decides qué es lo mejor para mí y tampoco mi felicidad! – Se estremeció ante esos ojos sangrientos destellando en rabia, por primera vez –, ¿Acaso no entiendes lo miserable que me sentí cuando te maté?
- Era mi deseo, te lo dije… no me arrepiento de eso.
-… Eres tan egoísta como siempre.
- Soy una mujer malvada, después de todo – sonrió levemente –. Soy egoísta hasta el final, y lo sabes.
Los rubíes miraron con impotencia a los cansados zafiros, sin decir o pronunciar una palabra. Porque no existía algo coherente para decir que no fuesen reclamos cargados de sentimentalismos.
Al menos, por un indefinido momento hasta que Isuke acarició su mejilla, con ternura. Haciéndola titubear y desear alejarse al sentirse vulnerable.
Y al descubierto cuando un suave beso descansó en su frente.
- Entonces yo… también seré egoísta.
Las lágrimas le nublaron la vista y se quedó tan quieta como ese momento donde la espada cortó su cuello. Nuevamente, se sintió tan querida y preciosa para alguien.
Y aunque esto pueda ser el infierno y esto sea una alucinación producto de mi deseo… una mentira para hacerme sufrir por toda la eternidad, la acepto.
Y Rudbeckia se rompió (otra vez) con amor.
