¡Buenos días! Bienvenido a mi nueva historia, sé, sé que dije que la terminaría cuando estuviera completa pero las ganas me mataron y terminé subiendola a FF aún cuando no he desarrollado la historia de Clávame una estaca. Les prometo que no las abandonaré, pero tenía que subir este dilema que no para de rondar mi cabeza.
calificación de la historia: M (ONLY MATURE)
Es importante que destaque este tema porque no quiero gente llorandome por lo antimoralista que suena esto (créeme, estoy bien versada en el derecho de la ley no escrita a la hora de escribir) Y... Audrey, ¿cómo se te ocurrió esta trama? me conseguí algo por ahí que retractaba este contexto pero las tramas dejaron mucho que desear.
Y la historia se me terminó de aclarar a la mente cuando estaba estudiando derecho civil para mis exámenes y me conseguí con las leyes de prohibición en mi país de matrimonios o uniones entre primos hermanos y primos segundos. Me sorprendió un poco la contundencia con la que están escritas esas leyes, todo lo contrario en un país como el reino Unido que es dónde se desarrolla esta historia. Después de todo, si alguien quiere recordar, podemos recalcar el matrimonio entre primo hermanos de Walburga y Orion o el de Clarissa Tremblay con Corvus Lestrange. En el mundo muggle y en el mágico la gente no hace escándalo por eso
En todo caso... ¡Empecemos!
Introducción...
A diferencia de muchos niños, jóvenes o adolescentes, Albus consideraba que crecer era un paso aterrador que no deseaba experimentar tan rápidamente.
Sabía que la adultez conllevaba a mirar la vida de forma incolora. Y presentía a ciencia cierta que su vida nunca sería fácil. Tal vez era el presagio de llevar dos nombres en las que sus tocayos nunca tuvieron una vida fácil, o tal vez solo era ese mal presentimiento que tuvo cuando su prima Rose estrechó una amistad con Scorpius Malfoy. Desde ese día, sintió que todos se vinieron abajo.
Novela Newadult Albus, Scorpius y Rose.
1
De cómo todo comenzó.
No sabía a ciencia cierta cuando había ocurrido. Pero cada vez que su mente intentaba escarbar una respuesta a su incógnita, sus sentidos se trasladaban a una pintoresca imagen donde él yacía en el descolorido sofá de su apartamento compartido, arremangado sobre una colcha infantil heredada de su padre, o cabe destacar, la única posesión que quedaba que alguna vez su abuela Lily había creado para su padre cuando era bebé. Los amplios ventanales mostraban un cielo encapotado con enormes gotas azotando el vidrio. No hacía frío, no, de hecho, acababan de salir de un embravecido verano que los había hecho arrepentirse de haberse quejado del interminable invierno en las islas británicas.
Ese mismo día había anochecido más temprano y los insectos del invierno asomaron su cabeza por primera vez en mucho tiempo para invadir su apartamento. Nunca sabría porque ese recuerdo persistió con los años cada vez que su mente se trasladaba su infancia, su adolescencia y recién comenzada adultez.
O tal vez era porque ese día algo en su interior se avivó como unas cenizas que regresan a la vida y como un shock que termina de desaparecer, se dio cuenta de que era el primer año en mucho tiempo que no se preparaba para ir a la escuela. En junio había sido su último día de clase.
Ser adulto con responsabilidades aterraba. Le hacían sentir que todo se le estaba escapando de las manos, el tiempo, la vida, los momentos, y ella…
Sobre todo ella. ¿Cuándo se enamoró de ella?
Pareció que ocurrió una eternidad desde el momento en que envió su solicitud para el entrenamiento de auror hasta su aceptación y sus estudios bajo la rigurosa y habilidosa tutoría de su padre. No había sido fácil, pero todos creían que ser entrenado por el jefe de auror era un privilegio único y un honor.
Eran algo que esperaban. Todos los Potter parecían encaminados para ser auror como su padre, un orgullo familiar que se llevaba en la sangre. Por eso la familia esperaba lo mismo con Rose Granger-Weasley.
Pero en su lugar, Rose eligió tirar sus éxtasis en el lago negro, tomó el mango lujoso de su escoba de último modelo y aterrizó en el teatro nacional de magia y se convirtió en Ivy Weib. La joven que antaño el mundo conoció como la hija mayor de Hermione Granger y Ron Weasley tomó un camino difícil al elegir cambiar totalmente su personalidad, su físico y se dedicó en lleno al mundo del espectáculo, la música y el modelaje.
Los primeros años fueron rudos. Scorpius y Albus compartían un apartamento cerca del edificio donde Dominique y Rose compartían el suyo. Ellos nunca tuvieron problema en ponerse al día con el arrendamiento y sus impuestos. Rose y Dominique, por otro lado, estuvieron a punto de dormir bajo un puente en más de una ocasión, y de no ser por la intervención monetaria de Albus o Scorpius, esos chistes dichos en momentos de ebriedad u ocio, se habrían hecho completamente real.
¿Qué se podía esperar de dos chicas intentando triunfar como actriz y la otra como cantante? No era un camino fácil y tomó seis años para que el mundo pudiera mirar a Ivy Weib por primera vez sobre el escenario. Pero Albus sabía que su prima iba a lograrlo. Era de esas personas con un encanto irresistible, donde ella llegaba, su sonrisa era una llamarada de atención inmediata, sus increíbles ojos azules eran unas ventanas a la amabilidad y su larga estatura como su escultural y delgado cuerpo era la corona para ser clasificada como esas chicas de las mitologías griegas. Etérea, elegante e inolvidable.
Esa era Rose Granger-Weasley. Ella estrechaba los ojos con burla cuando te miraba, pero te sonreía cálidamente al mismo tiempo, te sacaba una enorme sonrisa cuando compartía el mismo aire contigo. Su voz era fuerte, pausada y tenía un tono rico enronquecido que volvía loco a muchos hombres. Su cuerpo estaba programado para moverse con elegancia, su actitud era un don para atraer las pobres almas del mundo como un escarbato al oro.
Al contrario de lo que la creencia popular creía, Rose y Albus no crecieron como mejores amigos en la familia. De hecho. Eran como un gato y un ratón. Y Albus lamentaba admitir que era ese ratón que Rose había perseguido, y había trastocado para convertir en un ser celoso y resentido social. Ella era perfecta, o lo parecía, porque a estas alturas ya estaba perfectamente familiarizado con sus defectos, mucho más que cualquier otra persona.
Pero un día fue diferente.
Albus estaba sentado encima de la encimera de la diminuta cocina tratando de alcanzar la bombilla muggle que se había quemado y apenas tenía idea de cómo funcionaba la maldita electricidad muggle, cuando un timbre le anunció la presencia de personas en su puerta. El rabillo de su ojo captó más de un par de zapatos por debajo de su puerta y entonces se bajó para recibirlas.
Soltó un suspiro y decidió que usaría velas como los magos normales. Como todos los magos y brujas de su familia.
—¡Albie, cariño! —Dominique resaltó con esa cabellera rubia fresa en el acto con una sonrisa sugerente. Enarcó una de sus muy pintadas cejas en su dirección—. ¿Dime que esta noche tienes bebidas para nosotras? ¡Tenemos que celebrar, ahora!
Sobre el marco de la puerta, Rose descansaba con su mejor look de ojos ahumados y enorme Oxford negra tapando hasta sus rodillas, sus piernas rodeadas de unas mallas largas con enormes orificios llenos de purpurinas y un cigarrillo descansaba entre sus dedos, mientras tarareaba con una enorme sonrisa. Sus largas piernas la acercaron a él y ella inclinó su cabeza hasta abajo para darle un beso húmedo en la mejilla de Albus.
Se sintió idiota y diminuto cuando Rose se colocó tacones de al menos quince centímetros y lo miró desde arriba.
—En realidad, solo hay que celebrar otra semana de fracaso —Rose corrigió a su entusiasta prima, esbozando una mueca mientras inhalaba de su cigarrillo muggle—. Pero a Danae le parece que llamarlo fracaso es deprimente. En lugar de ahogar las penas en alcohol, entonces celebraremos haberlo intentado para mañana descansar y el lunes volver con energías renovadas a nuestros esfuerzos.
Albus encontró la perspectiva bastante positivista para su gusto, pero así era Dominique y en su lugar repitió los nombres artísticos de sus primas en su cabeza. Ivy y Danae. Una curiosa forma de llamarse a la hora de exponerse sobre una tarima.
Scorpius eligió ese momento para llegar por la Red flú y se congeló en la sala cuando vio al par de mujeres sobre el sofá de Albus. Su compañero de estudio y ahora compañero de arriendo, lanzó una mirada de refilón a su mejor amigo y decidió presentarse al par de mujeres.
—Scorpius —estiró la mano, deslizando una sonrisilla misteriosa—. Soy el compañero de habitación de Albus.
Rose resopló, su boca abriéndose lentamente cuando el humo abandonó sus finos labios, dando giros específicos y estudiados.
Fue cuando pestañeó que Scorpius la reconoció. Entonces palideció.
—¿Rose?
Su prima le guiñó un ojo y se levantó para saludar a su mejor amigo. Hacía tiempo que habían dejado su enemistad atrás, nunca se habían dado la oportunidad de charlar más allá de las habituales miradas incomodas y o los saludos tímidos. Pero esa noche, Rose dejó sus dilemas morales atrás y tomó la mano de Scorpius con el entusiasmo de un hufflepuff. Dominique se le sumó.
El cuarteto terminó en un acto de ebriedad muy elevado. Y pareció un momento muy divertido a los dieciocho años, con sueños, recién comenzando la vida madura.
Repitieron la ocasión. Y la vivieron hasta que se volvieron una tradición, a veces alguien traía un compañero de trabajo, una cita, a veces solo eran los cuatros pero jugaban juegos mágicos y juegos muggles.
Fueron innovando hasta que la química se volvió insoportable para Scorpius y Rose. Hubo un fuego que entró como un rayo llameante y prendió el lugar de una tensión inaguantable. Y cuando se vino a dar cuenta, su mejor amigo y su ahora prima preferida numero dos dormían juntos en el mismo dormitorio donde Albus dormía.
Al principio le dio igual. Eran ellos contra Dominique y Albus. La pareja melosa que no podía aguantar sus manos quietas, hasta tal punto que Albus había tenido que voltearse en medio de la noche o lanzar un amuleto de silencio para no oír a su amigo follar a su prima.
De pronto, incluso Dominique y Rose pasaron demasiado tiempo en su apartamento compartido. Pero tan rápido como Dominique vino, ella conoció un aburrido maestro de la escuela de la que se enamoró de su dicharachera locura y estilo de vida ambulante. Ambos se mudaron juntos y demasiado pronto quedaron solo ellos tres.
Habían pasado dos años desde el momento en que decidieron hacer una tradición beber y jugar juegos muggles todos los viernes. Malditos viernes y su particular manera de embotar su mente para invocar su guitarra y tocar una triste balada de las que tanto prefería su abuela Molly. Sus dedos rasgueaban las cuerdas, y Rose se animaba sobre el sofá y usaba su hermosa voz para sorprenderlos a ambos usaba su gloriosa gracia para hacer un baile puro y feliz.
Cuando estaba demasiado borracha, tropezaba y caía. Pero en lugar de quejarse, su prima soltaba una carcajada, y cuando Scorpius se acercaba para comprobar que estuviera perfecta, Rose usaba sus piernas para atraerlo y besarlo con demasiada pasión e instinto femenino.
Albus quedaba congelado hasta que se recordaba que no era correcto mirar. Y se iba, dándole privacidad y retirándose a su habitación.
Albus siempre había sido alguien tranquilo del que era fácil olvidarse. Era callado, a veces un tanto tímido y un recipiente a las burlas en sus círculos familiares y amistades. No era extraño que la pareja ambigua se olvidara de él demasiado a menudo y solían descontrolarse en sus manoseos en su frente. Albus tomaba uno de los cigarrillos de Rose, lo encendía, lo atrapaba en sus labios y se largaba. Un día fue tan normal, estaba dormido cuando un ruido lo despertó, abrió los ojos, tocándose los parpados para aclararse la visión. Entonces captó los cuerpo de su amigo y su prima moviéndose escandalosamente sobre la cama de al frente.
Y en lugar de apartar la mirada como lo venía haciendo los últimos largos meses, él los miró. Sus ojos absorbieron sus pieles, una pálida y nívea y la otra llena de diminutas pecas, también siguió el rastro de sus manos necesitadas, sus oídos captaron sus jadeos, sus gemidos y sus gruñidos de placer. En su retina quedó grabada la visión en el momento en que Scorpius levantó su torso, usando sus brazos para abrir las piernas de Rose, ocasionando que la cabeza de su prima cayera como peso muerto sobre el colchón, abriendo la boca para dejar ir un gemido demasiado audible. Las embestidas se volvieron animales, necesitadas, más fuertes y Rose aspiró cada una de ellas, arqueando su espalda su espalda para dejar ver sus hermosos pechos moverse al mismo ritmo frenético de sus cuerpos.
Albus adoró cada momento. Su corazón se aceleró, su respiración abandonó su cuerpo cuando comprendió que quería volver a mirarlos. Y tal como predijo, no fue la única vez que parecieron olvidarse de él e hicieron de las suyas.
Tal vez pensaban que Albus seguiría siendo honorable hasta el final y siempre huiría. No lo sé. Pero tal como estaban las cosas, un día estaba sentado sobre el sofá de su pequeño departamento, su prima y Scorpius llevaban un año junto cuando pilló la puerta abierta. Observó la silueta de Scorpius erguirse sobre una sonriente Rose, entonces ambos se atacaban entre manos y ataques de cosquillas hasta que Scorpius, por obvias razones, lograba maniobrarla, usando su cuerpo para detenerla y usando sus labios para besarla alrededor de sus muslos.
Fue verla allí, derretirse bajo sus atenciones que lo hizo darse cuenta de algo. Estaban tan acostumbrados a vivir juntos, a estar en la vida del otro, a compartirse los sueños y los fracasos de ambos. Se dio cuenta de que estaba enamorado de Rose.
Su mano detuvo su toque sobre su propia excitación. Su mente corrió a una velocidad alarmante, traspirando el miedo al reconocer que estaba irreverentemente enamorado de Rose.
Él, Albus, enamorado de su prima preferida.
La realización lo golpeó como bloques de concretos en sus hombros. Y fue cuando se sacó la mano de su entrepierna, maldiciendo mientras trató de limpiarse su palma con la franela puesta e interrumpió la escena. Su prima abrió los ojos, sorprendiéndose y gritando una exclamación, usando sus manos para atraer la cara de Scorpius a su intimidad y negarle alejarse.
Estaba tratando de tapar su modestia. Una modestia que Albus conocía de sobra, que soñaba con incluso con tocar él mismo.
Qué ironía. ¿Le importó antes cuando habían hecho cosas peores delante de su nariz en su cama? Hipócritas. Todos ellos. ¿Por qué hacían eso y no eran normales como el resto del mundo?
—Al menos tengan la decencia de no exponerse tanto —Albus se quejó, suavizando su voz para no hacerle ver su consternación acerca de su recién descubrimiento—. Sé que ustedes creen que me da igual y que no tengo vida sexual. ¿Pero saben qué? Soy humano, y verlos… no hace que tenga las mejores de las…
Pero Albus no pudo terminar la frase, poniéndose nervioso ante la sonrisa de Scorpius y una Rose avergonzada. Su mejor amigo usó su magia para atraer su varita y vestir a Rose. Los dos se levantaron, viéndose tímidamente.
—Lo siento, Albie —Rose lo miró tímidamente, jugueteando con uno de los mechones delanteros de su cabellera con uno de los mechones delanteros de su cabellera—. Parece que siempre nos olvidamos de ti, ¿no? Trataremos de ser más discretos, lo prometo.
Albus se agitó el cabello con un gesto nervioso. Y asintió.
—No pasa nada, Rose, no me molesta —le advirtió, como si sintiera un impulso por aclararle aquello—. Solo que no deseo que se conviertan en seres lujuriosos y que un día no les importe follar sobre la mesa cuando estoy comiendo. O peor, follando sobre mi propia cuando no estoy presente.
Las miradas que ambos compartieron le hicieron darse cuenta de que Albus no estaba equivocado.
Afortunadamente, la pareja se volvió más discreta, pero se volvió más seria y melosa en su vida privada. Rose se mudó al apartamento porque el casero la había corrido por el atraso de dos meses. Ivy Weib no había despegado en el teatro o sobre el modelaje de manera profesional. Y fue con el pasar de los días que Albus se empezó a dar cuenta de que la situación le empezó a sobrepasar.
Empezó a soñar con Rose. A desearla, a querer mirarla, a querer tirar su caballerosidad para espiarla cuando dormía. Empezó a adorar los momentos que pasaban a solas cuando Scorpius estaba de turno, esos momentos que ambos cantaban, que se abrazaban y veían una película de terror.
Se enamoró de su estilo oscuro, de su preferencia por el color negro, de su café negro sin azúcar, copió su adicción por el exceso de azúcar en las madrugadas cuando el ataque de ansiedad por sus constantes fracasos le venía a tocar la puerta. Scorpius tenía el sueño pesado, pero Albus no, y era quien presentía cada vez que Rose abandonaba la segunda cama del dormitorio para salir a comer, fumar o deprimirse sobre el alfeizar del mini balconcillo.
Fueron momentos de lloriqueos, risas y cantos que se quedaron grabados en su memoria.
Hasta que un día Ivy Weib se hizo real. Estaba sobre el sofá, cuando la puerta de su habitación se abrió para admitir a una llorosa Rose que usaba su mejor vestido sexy negro con unas botas de piel dragón que le llegaban hasta las rodillas. Su cabello pelirrojo caía salvajemente sobre sus hombros, pero de manera cuidadosa, como si ella lo hubiera planificado para que fuera brillante y hermoso…
—¡Me dieron el papel! —Rose gritó, su voz grave torciéndose una octava infantil—, ¡Oh, Merlín! ¿Es esto real! ¡Albie! ¡Me dieron el papel! Oh, Albie, esto es genial…
Su prima se lanzó sobre su regazo y lo envolvió con sus talones. Albus se puso rígido, sintiendo como estaban demasiado cercas y de una manera que no era apropiada para nadie. Él se estiró, tratando de que su erección no alertase a Rose de un mal entendido…
—Eso es genial, Rose —Albus ofreció, su voz llena de felicidad y sinceridad—. ¿Pero puedes pararte? Me estás aplastando.
Rose había rodado los ojos, haciendo un sonidito de burla con su garganta.
—¡Siempre tan delicado, Albie! ¿Por qué odias que te toquen?
Ella no tenía ni una maldita idea. Albus no odiaba el tacto de nadie. Le molestaba precisamente su tacto y de una manera que ella no lograría comprender.
Pero con una sonrisa relajada y típica, celebraron entre los dos y esa noche fueron a la madriguera a anunciar el éxito reciente de Rose. Ella estaba de la mano con Albie, saltando emocionada por soltar los frijoles. Scorpius estaba visitando a su familia materna, por lo que no pudo estar presente para la revelación, sin embargo, Albus ocupó ese papel encantado.
Pero nunca estuvo preparado para la segunda noticia.
—¡Madre, padre! —Rose llamó la atención de todos, separando su brazo del Albus con una enorme sonrisa. Luego levantó su dedo para enseñarlo—. ¡Me voy a casar!
Ese fue el día que su vida se jodió.
Porque nunca nada de lo que hicieron Scorpius y Rose le había dolido hasta ese día.
