Fui un hombre que cometió muchos errores en su vida. Soy ese hombre. Fui aquel joven que creyó no tener más opción que obedecer; fui aquel que creyó tener siempre el poder de hacer que otros cedieran ante sus deseos. Fui un niño malcriado, necio, quejumbroso, mimado, consentido; uno que siempre obtuvo todo lo que quería y más. Fui un hombre con dolor, con arrepentimiento; sin una guía de cómo cambiar.
Cometí el error de creer en las palabras de mi padre, aquel que juraba que mi sangre abriría todas las puertas que hiciera falta, aquel que le juró lealtad y le dio su vida a un hombre al que todo aquello le importaba poco. Puedo recordar fácilmente todas las veces que quise ser como él al punto de lastimar a otros así como él me lastimaba a mí. Yo era tan solo un niño y, aún así, mi apellido me hacía actuar como un adulto.
Cometí el error de escoger el mismo camino de mi padre, ese que prometía gloria pero me obligaba a arriesgar todo. Puedo recordar todas las veces que lloré en un baño del colegio, perdido en la sensación de soledad y miedo. Toda duda que pude haber tenido antes de tomar la decisión de aceptar el desafío, se materializaba y me atormentaba en esos días. Allí solo, no había duda que era un error.
Cometí un error cuando creí que podía dejar que las cosas siguieran su curso, como si eso me fuese a alienar de la responsabilidad. Me encegueció el miedo y dejé que el otro bando ganara; una parte de mí cree que de todas maneras eso quería en el fondo.
Cometí otro error cuando la conocí. Este fue el error que más feliz me hizo. Recuerdo besarla, recuerdo tenerla en mi cama, víctima de mi cariño y yo de su corazón cálido. Ella me dio vida. Repito, fui feliz. Este error duró clandestinamente más de un año, y terminó hace tan solo tres meses.
Terminarlo fue el peor error que he cometido en mi vida.
En ese momento creí que ella merecía mejor; que yo era un estorbo en su vida; que ella merecía que la quisieran en la luz del día y a toda hora, no como yo, que solo la podía disfrutar en la madrugada; que era mi momento de seguir el (estúpido) legado de mi sangre y mi apellido. Estando de pie en este salón de baile junto a mi futura esposa, y observando a la rubia que se dejó lo mejor de mí danzar con otro hombre, no puedo razonar cómo llegué a esas tontas conclusiones.
Podía ver su cabello rubio recogido sobre el hombro, rebotando en danzantes rizos dorados, y recordaba todas las veces que ese mismo cabello se pegaba a sus hombros gracias al sudor de una noche de pasión. Veía su escote pronunciado y mi mente traía a colación sus pechos perfectos en contacto con mis pectorales. Veía su boca perfectamente maquillada y recordaba los gemidos de placer que lanzaba al aire mientras era presa de mis movimientos lujuriosos. Sobretodo, podía ver el collar espectacular que descansaba en ese cuello que había besado tantas veces. Plata fría y una increíble piedra zafira que encajaba perfectamente con su tono de piel; un regalo.
- ¿Bailamos? - preguntó mi pareja suavemente. La miré. Ella era sencillamente perfecta. La mujer ideal para desposar. De buena familia, buena bruja, elegante, adinerada, y una mujer dócil.
La tomé de la mano y la llevé hasta la pista de baile. La música era lenta. Le di una vuelta antes de posicionarla frente a mí, una mano en su cintura y la otra todavía sostenía la suya. Para mi desgracia, desde allí podía observar mejor a la rubia. Trataba de concentrarme en la morocha que tenía en frente, en vano.
Entonces, la rubia me miró. Su sonrisa flaqueció levemente, tan solo por un segundo, y dirigió sus ojos celestinos a su pareja. Mi corazón se aceleró. Acerqué a mi pareja más a mi propio cuerpo, escudándome de aquella mujer dorada. Soy un cobarde.
Hablando de errores que cometí, mi prometida era uno de ellos. Hace más de dos años mi madre nos presentó y todo nuestro futuro matrimonio quedó arreglado. Nunca dije que sí, menos con la idea de ver a la rubia horas más tarde; pero jamás me negué. Siempre que mi madre mencionaba a la joven Greengrass, yo tan solo guardaba silencio. Sin embargo, hace tres meses yo mismo le envíe una carta.
"Pon fecha al matrimonio. Noviembre funciona para mí"
Era todo lo que decía. Ella aceptó.
. . .
Esa noche de ebriedad me costó dos errores en pocas horas. Ahora estaba oficialmente comprometido, y había perdido a la única persona que me había llenado de alegría en toda mi vida.
Ese día, horas antes de comprometerme, había salido a hacer unas compras. Fui a la joyería de siempre, esa que a ella le encantaba, en busca de algún regalo que adornara su piel desnuda esa noche. La rubia no necesitaba nada de aquello, por supuesto, yo lo sabía; pero era magnífica la manera en que hacía lucir cualquier joya como un pedazo de basura al compararla con la luz que irradiaba en el sexo.
Solía gastar casi un millón de galeones en una mujer que era mía a medias, que no era oficialmente mía. Compraba joyas, prendas, lencería, juguetes, y cualquier otro instrumento que pudiesemos compartir en la intimidad. Lo hacía con mucho gusto, y es que, al pagar cada producto, podía imaginarme la cara de felicidad de la rubia.
Vi en el escaparate un collar espléndido: una cadena gruesa de plata fría, con un colgante de zafiro que podría ser del tamaño de dos galeones juntos. Era perfecto. Vi el precio y supe que aquello era casi el triple de lo que solía gastar en un solo mes. Pero no importó. Podía verlo en ella, quería verlo en ella. A paso decidido, entré en la tienda.
La chica que trabajaba en la joyería se me acercó, dispuesta a ofrecer ayuda. Le dije del collar y ella se encargó de envolverlo. Aunque no quería admitirlo en ese momento, estaba feliz y emocionado por ver la cara que pondría la rubia.
Pagué por el collar y salí de la tienda, ignorando el suspiro de la chica, que cada vez que iba a la joyería tenía la misma reacción. Con una sonrisa, caminé por el pasillo, en busca de un lugar donde Desaparecer.
- ...La chica Lovegood - decía una voz. Voltée discretamente. Un hombre hablaba animadamente con una mujer de cabello cobre en la terraza de una crepería. Inundado de curiosidad, me detuve y examiné mi reloj de muñeca, como si realmente ocupara saber el alineamiento astral en ese preciso segundo.
- Jamás. - decía la mujer - Si Rolf Scamander no tiene buen juicio, al menos su familia lo tendría. Es imposible que ellos estén juntos, es decir, ¿con la lunática de Hogwarts?
- Al parecer ambos se irán en una excursión a Asia, a estudiar criaturas mágicas - dijo el hombre.
A pesar de las súbitas ganas de echar unos cuantos cruciatus, me encaminé rápidamente a la mansión Malfoy, donde residía solo desde que mi madre se había retirado. Estaba respirando aceleradamente y mis manos temblaban levemente. Dejé el paquete con el collar en el sofá, y en cuestión de segundos tenía una de mis botellas de whisky de fuego añejado en una mano. Bebí más de la mitad antes de que ella llegara.
- Draco, tengo que contarte… Draco… ¿Estás bien?
La vi arrodillada frente a mí, con una mirada de preocupación. Su mano se posicionó en mi rodilla y el simple tacto me dolió tanto que cerré los ojos. No cabe duda de que era evidente mi miseria y mi embriaguez. Ella trató de levantarme y, cuando fracasó, decidió sentarse en mis rodillas. Me quitó la botella casi vacía del whisky, y con una suave caricia levantó mi rostro para que la pudiera ver a los ojos. Sin una palabra, obedecí y la miré.
- Vete. - dije.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó, un tanto dolida.
- No quiero verte nunca más. Vete.
Ella no se movió y yo no pude sostener más la mirada. Sentí cómo acariciaba mi cabello y quise deshacer las palabras que acababan de salir de mi boca. Me mordí la lengua para evitar esto.
La verdad es que no me importaba escuchar que ella saliera con ese tal Scamander, al fin y al cabo, ella no podía ser solo mía. Pero sabía que ella intentaría quedarse en Inglaterra, conmigo, a ser parte de un viaje que le cambiaría la vida. Ella no pertenecía en mi mundo y yo no podía ser tan cruel como para pedirle que se quedara. Sabía que tan solo había una manera de manejar esta situación, y me estaba rompiendo cada fibra en mi cuerpo.
- Draco. - mi nombre en su voz era delicioso.
- En el sofá hay algo para ti… Es lo último que te daré. Me casaré pronto y no quiero verte.
Fui lo suficientemente cobarde como para cerrar los ojos y no verla marcharse. Luego escribí aquella nota dirigida a Astoria Greengrass, decidido a sacar a la rubia de mi vida.
. . .
Con otra vuelta que le doy a mi pareja, volví a la actualidad, dejando de lado aquel recuerdo. He perdido de vista a la rubia y me es más fácil enfocarme en mi prometida.
Astoria sonríe elegantemente, disfrutando el momento. Ella no me ama, eso lo sé. Yo tampoco la amo, pero, frente al resto, actuamos como una pareja amorosa. Como debería ser. Acordamos que empezaríamos a vivir juntos luego del matrimonio, así que por el momento, ambos podíamos disfrutar de la no-aparente soltería.
Con un poco de amargura pienso que no quiero disfrutar la soltería. No exactamente. Quiero solo a una persona, aunque eso me convierta en la persona más idiota del planeta. Eso soy.
De pronto veo a ese tal Scamander hablando animadamente con Potter, pero no hay rastro de que Lovegood esté con ellos. Sin pensarlo bien, y apenas termina esa canción, le digo a mi prometida que necesito ir al baño. Sin esperar una respuesta, salgo de la pista de baile y me encamino al pasillo que dirige a los baños.
He estado tantas veces en este salón del ministerio que me lo sé de memoria. Desde niño he estado viniendo a estos bailes oficiales, siempre llenos de personas importantes. Al final del pasillo iluminado con luces doradas flotantes se encuentra una pequeña puerta negra. Y, aunque no sé cómo, sé quién está del otro lado. Mi respiración es ansiosa, rápida y hace que mi pecho se mueva veloz.
Me acercó a la puerta y toco dos veces. Escucho movimiento del otro y, lentamente, la puerta se abre un poco. La rubia me mira sorprendida. Con un poca fuerza logro abrir la puerta lo suficiente para entrar y luego cerrarla detrás mío.
- Pensé que no querías verme - dice, sus ojos grandes brillan.
- Andas puesto el collar - digo, estúpidamente.
- Sí. Es el único regalo que me has hecho.
No es cierto, pero el resto de joyería que compraba para ella permanecía en mi mansión, esperando a ser usados de nuevo. Era un juego que me encantaba, debo admitir. La admiro sin vergüenza, y sé que la estoy devorando con la mirada. Su escote llega encima de su ombligo y, aunque el vestido llega hasta el piso, tiene una abertura en la pierna derecha que empieza desde su muslo. Es negro con patrones plateados.
- ¿Te gusta? - me pregunta al tiempo que pasa su mano delicadamente desde el collar hasta el final del escote. No digo nada. - Ginny lo escogió.
En un segundo la aprisiono contra la pared, mi mano izquierda en su cadera. Me siento como un animal, casi poseído por el deseo. Ella no parece sorprendida por mi respuesta y eso me gusta aún más.
- Si no te dejo ir pronto, ¿vendrán a buscarte?
- No lo sé. Tal vez.
Tomo su pierna derecha, sintiendo la suave piel gracias a la abertura, y la subo hasta mi cadera. La rubia es super flexible y no parece inmutada en lo más mínimo. Subo mi mano izquierda hasta su rostro y lo acaricio. Olvido donde estoy, y todo lo que me importa es ella. Me acerco a su boca y antes de que pueda besarla, ella habla:
- Pero puedo asegurarte que vendrán por tí.
Tiene razón, por supuesto. Ella siempre tiene razón. Abro los ojos y la vuelvo a mirar, sintiendo el fuego que me quema por dentro al verla con tanta ropa.
- Me estás provocando al usar el collar - murmuro, respirando en su cuello.
El deseo no me deja pensar claramente y no quiero esperar más.
- No. Te provoca verme con el collar, y eso es muy diferente.
- Maldita sea.
- Draco.
Es suave. Parece casi un susurro perdido en el viento, pero es más que suficiente para llevarme al borde de la locura. Me alejo de ella lo suficiente para verle el rostro. Es hermosa. Debo admitirlo antes de perder cualquier rastro de cordura y conciencia: amo que diga mi nombre.
- Luna - digo en una voz ronca, inundada en lujuria. El sonido de su nombre en mi boca tiene la reacción que esperaba: ella respira diferente ahora y en su mirada no hay rastro de la expresión soñadora de siempre. He visto ese rostro antes, cada noche por más de un año, para saber lo que significa.
- Dilo.
Su voz es autoritaria y me hace sentir por un segundo vulnerable, pequeño. No es la primera vez que la oigo darme órdenes y no será la primera vez que desobedezca. Ya nada importa en ese momento, ni mi pareja, ni la de ella, ni el hecho de que estamos en una fiesta del ministerio, ni que estamos en un baño público, ni que en cualquier momento podría venir alguien.
- Dilo.
Su mano ha llegado al botón de mi pantalón. Soy presa de ella, de la rubia y su pequeña mano.
- Luna… Por favor.
La rubia abre mi pantalón con un solo movimiento al tiempo que su boca busca desesperadamente la mía. Correspondo al beso como si estuviera sediento en pleno desierto. En pocos segundos, su vestido está en el suelo junto con toda mi vestimenta. Para mi deleite, ella no lleva más que unas bragas debajo. Comienzo a besar su quijada, mientras puedo sentir sus caricias en mi erección, tratando de saborear su piel como nunca antes.
Nunca antes había sentido una urgencia como esta. No solo era el hecho de que siempre tuvimos todas las horas de la noche para nuestros encuentros, sino que la deseaba como nunca antes. No estoy seguro de cómo llegamos a esto, pero la tengo arrinconada contra la pared, sus piernas amarradas a mi cadera. Me es fácil cargarla así e ingresar en ella.
Luna inhala fuerte ante mi presencia y me complace recibir esa reacción en ella. Puedo ver sus manos tratando de aferrarse inútilmente a algo en la pared, necesitando un soporte. Cuando no encuentra ese algo, sus uñas se encarnan en mi espalda y dejo salir un leve gemido de dolor.
Alguien toca la puerta y ambos nos detuvimos. Nos miramos a los ojos, dubitativos.
- ¿Draco? ¿Estás ahí? - dice la voz de mi prometida.
La rubia levanta una ceja y, con lo que parece ser un poco de venganza, comienza a mover su cadera. Cierro fuertemente los párpados, como si eso fuese a evitar lo que esta mujer está provocando en mí.
Estando en esta posición, lo único que puedo ver es su pecho y el collar danzante en su clavícula, pero es más que suficiente para hacer de la escena algo increíble. Ella se aferra más a mí y trata de hablar en un susurro, sonando lo más tranquila posible:
- Haz que se vaya, Draco, o será peor para ti.
Carraspeó un poco antes de poder contestar, todavía presa de esta rubia:
- A-aquí estoy… A-Astoria.
- Bien hecho - me dice Luna al oído antes de morder el lóbulo de mi oreja.
- ¿Estás bien? - pregunta Astoria.
Por supuesto que lo iba a preguntar, si por culpa de la rubia terminé sonando altamente constipado. De seguro mi prometida estaba preocupada. Luna sonrió y se mordió el labio al tiempo que aumentaba el ritmo, tan solo disfrutando de verme intentar disimular.
Todo aquello era un juego para ella, un juego que pronto acabaría si me dejaba llevar por las sensaciones que me provocaba estar con ella. Luna abre la boca, dispuesta a soltar uno de sus gloriosos gemidos, pero inmediatamente coloco una mano en sus labios, impidiéndole. Me mira amenazante antes de sonreír malévolamente, aún así, permanece en silencio. Inhalo, tratando de tranquilizarme un poco.
- Estoy bien, en un rato te alcanzo.
- Bueno, amor.
Podemos oír los pasos de la mujer con la que me casaré alejándose, y no pasa mucho tiempo para que ambos nos enfoquemos en lo que está sucediendo. Doy por terminada mi tregua y retomo mi juego, embistiéndola más rápido y fuerte que antes. Luna se derrite enseguida, sabe que no hay vuelta atrás y que nada de lo que haga me hará detenerme.
Una parte de mí quiere transmitirle todo el deseo que siento por ella, pero sé que el enojo que me he guardado todos estos meses por haberla perdido están involucrados. "No es culpa de ella", me digo a mí mismo, tratando de no causarle daño al penetrarla. Ella me mira y algo me dice que entiende perfectamente lo que pasa dentro de mi cabeza. Cuando une sus labios con los míos, hay algo en su beso que va más allá de la lujuria y que me reconforta. En ese instante, puedo sentir sus cálidos adentros cerrarse alrededor de mi miembro, y su orgasmo me lleva al mío en dos segundos.
Luna suelta un gemido glorioso que hace eco en la recamara y yo le acompaño, un poco más grutural, dejándome llevar en la sensación al tiempo que me escudo en su cuello. Mi última embestida es fuerte y profunda, una excelente manera de concluir esta furtiva ocasión.
Ambos respiramos entrecortadamente. Ella abre los ojos y me mira un trato traviesa. Busca mi boca y me besa tiernamente. Sin despegarme de sus labios la dejo llegar al suelo, todavía presa entre la pared y mi cuerpo. Me besa de la manera más deliciosa que puede y debo controlarme para no comenzar de nuevo.
Una vez que ambos estamos vestidos, presentables y sin evidencia del encuentro que acabamos de tener; nos quedamos dentro del baño, sin decir una palabra.
- Pensé que estabas en el extranjero con Scamander - le digo, tratando de sonar casual, mientras reviso el estado de mi vestimenta.
- Ya hicimos la primera visita. No pensé que te importaba mi trabajo.
- Me importas tú.
Ella me mira y sonríe. Caigo en cuenta de que caí en su trampa, pero no me importa. No es el lugar, pero es el momento de hablar con ella.
- Mi vida personal no involucra a Rolf, ¿sabes? - la miro sin entender. Las personas se refieren a la pareja como el dúo ideal en magizoología. - Es estrictamente laboral.
Entonces caigo en cuenta. No solo soy el idiota que la dejó ir, sino que el error fue no escucharla aquella de noche. Probablemente ella me iba a contar de la oferta de trabajo que le hizo Scamander y yo asumí que eran una pareja. No era secreto que el tipo tenía otras intenciones, pero ella lo había rechazado.
- Gracias por el collar - me dice, seductoramente. - Es momento de que me vaya. Hasta pronto, Draco.
Antes de que se marche, me tomo el tiempo de pronunciar cada una de estas palabras, para que se entienda que es un hecho:
- Nos veremos, Lovegood.
La dejo marcharse en paz. Tengo una sonrisa estúpida en mi cara y cuando me encuentro de nuevo con mi futura esposa, no puedo disimularla. La noche continúa aburrida y lenta, aunque la idea de ver nuevamente a la rubia me mantiene la mente ocupada.
Soy un hombre que ha cometido muchos errores en su vida, pero no soy uno que comete el mismo error dos veces. Jamás me perdonaría por dejar de ver a Luna Lovegood. Sabía que de ahora en adelante los encuentros no serían tan constantes pero aquello solo significaba que los aprovecharía más.
