Capítulo 2. Encuentro prohibido II.

Como ya era muy tarde, los dos jóvenes volvieron al paraje para dormir.

–Usa la caseta número 3. –dijo Yamato.

–Espera. –dijo Sora. –¿Todavía detestas al asesino y a su familia?

–El asesino se llamaba Taichi Takenouchi. –comenzó a explicar Yamato. –No tengo ni idea de por qué lo hizo o qué ha sido de él. En cualquier caso, sólo pienso que quien mató a mi hermana fui yo mismo.

–Entiendo.

–¿Conoces la historia de "El Perro de Flandes"? –preguntó Yamato de repente. –Al personaje principal nunca le ocurrían cosas buenas. ¿No habría sido mejor que no hubiera nacido?

–¿Me estás hablando de tu hermana? –preguntó Sora, sin saber que aquella misma pregunta se la formuló la malograda Aki a su hermano. –¿De verdad piensas así de tu hermana?

–Olvídalo. Buenas noches. –dijo Yamato tras unos segundos ensimismado.

–Buenas noches.

Cuando Yamato desapareció de su campo visual, Sora suspiró abatida.

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A la mañana siguiente, Sora llamó a sus padres desde el embarcadero, asegurándoles que estaba con una amiga para que no se preocuparan. Cuando terminó de hablar, fue hacia la recepción, de la que salía un apurado Yamato.

–¿Qué pasa? –preguntó Sora al verlo un poco agitado.

–Mi padre ha desaparecido. –dijo Yamato. Cuando se disponía a ir hacia la furgoneta para ir a buscarlo, sonó el teléfono. Cuando colgó, se dispuso a contarle a Sora. –Por alguna razón, ha cogido un cuchillo y se ha montado en un tren hacia Tokio. Dicen que está en comisaría.

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–Siento haberles causado problemas. –se disculpó Yamato por su padre en comisaría mientras Sora esperaba allí también. –Vámonos, papá.

–Creo que lo he encontrado. –dijo Hiroaki.

–¿A quién?

–Al culpable. –dijo Hiroaki.

–Vamos al hospital. –dijo Yamato, no muy seguro del estado de salud de su padre. Al fin y al cabo, se había escapado del hospital el día anterior.

–Vamos a casa. Vamos a casa en Matsumidai. –le pidió Hiroaki a su hijo.

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A pesar de no estar muy seguro de que aquello fuera bueno para la salud mental de su padre, Yamato accedió a darle el gusto y llevarlo a la casa en la que una vez fueron una familia feliz, pero que todavía no habían conseguido vender.

Cuando llegaron, Hiroaki se bajó con prisa. El jardín estaba lleno de maleza y la casa estaba oscura, aunque por la puerta y las ventanas entraba suficiente luz. Cuando entró, se sentó muy cansado en las escaleras que llevaban al piso de arriba.

–¿Se encuentra bien? –preguntó Sora preocupada.

–Suficiente. Vámonos. –dijo Yamato después de haber revisado la planta baja.

–Es extraño, ¿verdad? –comentó Hiroaki sin moverse. –Cada vez que vengo aquí siento como si pudiera encontrarme con Aki. El otro día recordé la vez en la que fui a recolectar uvas con ella.

–¡Lo he entendido!¿No es suficiente? –preguntó Yamato bruscamente. Sabía que su padre iba allí de vez en cuando. Pero a él aquel lugar le hacía daño. Y de alguna manera, también sabía que a su padre también. –¡Eres el único que habla de Aki!¡¿Acaso no fuiste tú el que dijiste que nos olvidáramos de ella?!

–Pero como ves, es imposible. –dijo Hiroaki. –¿Sabes? Aquel día, cuando salí del pachinko, estaba muy contento porque previamente le había comprado los zapatos rojos que quería por su cumpleaños. Antes de montar en el coche, vi la cometa blanca que Aki estaba volando en aquel cielo veraniego. Pero entonces, la cometa comenzó a descender. Entonces no sabía qué había ocurrido, pero algo se removió dentro de mí y mi corazón comenzó a acelerarse. Pensé en ir hasta allí, pero hacía muchísimo calor y decidí volver a casa. No fui capaz de salvarla. Cuando llegó la noche y Aki no aparecía me arrepentí de no haber ido hasta el lago. Después de aquella noche le siguió un largo día.

–¿Qué sentido tiene que digas todo esto ahora? –preguntó Yamato, mientras que Sora se limpiaba las lágrimas al ver el dolor de aquel padre. –También es mi culpa.

–Aunque te he ocultado mi enfermedad durante un tiempo, en este último año mi cáncer ha ido avanzando mucho. Con él podré por fin encontrarme con tu hermana. –dijo Hiroaki, como si su enfermedad fuera más una bendición que un castigo. –La vida sólo es un parpadeo con un largo día en medio. Mi vida va a ser corta, pero el día está siendo eterno. Y eso se va a terminar muy pronto. Pero todavía hay algo que necesito hacer.

Hiroaki se levantó y subió hasta la habitación que fue de su hija, seguido por su hijo y aquella desconocida. Entró y se sentó en la silla del escritorio de la niña que estaba junto a la cama.

–Antes de morir hay algo que quiero saber. Quiero saber dónde está el culpable y qué está haciendo. Quiero verle y preguntarle por qué hizo lo que hizo. Quiero saber la verdad.

–Pero no hay forma de que nos digan su paradero. –dijo Yamato.

–Encontré a una enfermera que trabajó en el correccional al que lo llevaron. Esa enfermera me contó cosas que ocurrieron cuando estuvo en esa institución. –confeso Hiroaki.

–¿Ya está libre?

–Desde hace ocho años. –dijo Hiroaki para sorpresa de Yamato, y también de Sora, que se mantenía callada en el umbral de la puerta. –Yo también pienso que estuvo poco tiempo. La enfermera me dio este dibujo. Es el dibujo que hizo antes de que lo liberaran. Es muy bonito.

Hiroaki sacó un papel de su cartera, lo desplegó, le echó un vistazo y se lo pasó a su hijo. Era un dibujo en blanco y negro, sólo que el negro era azul. Los rayos del sol atravesaban el cielo azul hasta llegar a un lago. En el lago, cerca de la orilla cubierta de hierba había una parte con ondas circulares, como si hubiera algo allí. Se notaba que era un dibujo triste y melancólico.

–Aki. –musitó Yamato, intuyendo qué significaban esas ondas.

–Parece que no se arrepiente de sus actos. Para ese chico, eso no es más que un bonito recuerdo. –reflexionó Hiroaki, que también sabía qué significaban esas ondas. Fue entonces cuando el hombre se llenó de rabia y comenzó a golpear el colchón donde durante sus escasos siete años había dormido su hija. –¡¿Por qué?!¡¿Por qué tiene que seguir vivo el que mató a mi hijita?!¡Aki no va a volver y él sigue con su vida!¡¿Cómo lo han dejado libre después de sólo siete años?!¡¿Cómo puede tener la conciencia tranquila?!

Sora, testigo de todo aquel dolor, se llevó las manos a la cara con agobio.

–¡Todavía no ha pagado por lo que hizo!¡Ni siquiera se arrepiente ni un poco!¡Ahora es un hombre sin antecedentes y está en libertad! –gritó Hiroaki frustrado. –¡En alguna parte va por la calle como si no hubiera pasado nada! Pero…, pero estoy seguro de que lo volverá a hacer. Volverá a matar otra vez.

Yamato se arrodilló junto a su padre.

–Entonces, ¿el motivo por el que has intentado ir a Tokio con un cuchillo es…?–comenzó a decir Yamato.

–Para matarlo. –admitió Hiroaki. –He investigado y me he enterado de que el agente de la condicional que supervisaba su caso murió la semana pasada. El funeral se realizará mañana en el templo Zenen de Tokio. Yamato, yo ya no tengo fuerzas. Llévame allí. Y entonces, lo mataré con la poca energía que me queda. ¡Tengo que vengar la muerte de Aki!¡Es tan frustrante que aunque me muera no seré capaz de cerrar los ojos!

Sora no pudo soportar más la desesperación de aquel hombre y se marchó de allí. Entonces, Hiroaki comenzó a retorcerse de dolor, probablemente acelerado por el estado de excitación e histeria en el que estaba.

–¿Papá? –dijo Yamato intuyendo que algo andaba mal en su padre. –¡Papá, papá!

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Un rato después, Hiroaki estaba intubado bajo la atenta mirada de su hijo. Por un momento pensó que se moriría en sus brazos en la habitación que fue de su hermana. Con dificultad consiguió meterlo en la furgoneta y llevarlo al hospital, donde ahora mismo estaba monitorizado y le controlaban las constantes vitales.

Yamato volvió a sacar el dibujo que había conseguido su padre y reflexionó sobre lo que le había contado. De repente se había sentido más cerca de su padre que en los últimos quince años.

Cuando los sanitarios le dijeron que se marchara a casa ya que no podía quedarse allí, Yamato se fue directo a la habitación de su padre, que estaba tal cual la había dejado él por la mañana antes de escapar. Recogió el futón y lo metió en el armario. Entonces, al fondo, vio una caja blanca. Cuando la abrió, vio los zapatos rojos que su hermana ni siquiera tuvo la oportunidad de estrenar. Recordó entonces lo ilusionado que estaba su padre con el regalo. No podía creer que los hubiera conservado durante todos aquellos años. Al fin y al cabo, fue testigo de cómo destruía todo lo relacionado con Aki, o al menos, eso creía. Entonces vio que no sólo había una caja de zapatos, sino un montón. Hiroaki había estado comprando zapatos durante los últimos quince años. Cada año eran un poco más grandes, hasta llegar a unos zapatos con tacón, porque si su hermana viviera, sería una joven de veintidós años.

Después de tener todas las cajas de zapatos desperdigadas, vio la mochila de primaria de Aki. La cogió y dentro había dos folios plegados en cuatro partes. El primero era un autorretrato de ella misma con trazos muy infantiles. El segundo era ella volando su cometa. Al verlo, Yamato escuchó la voz de su hermana.

Flashback.

¡Yamato!¡Vamos a volar la cometa! –escuchó Yamato. Era una de tantas veces que le pedía ir a jugar con ella.

Otro día. –le dio largas Yamato.

¡Vamos a jugar hoy! –insistió ella.

Fin del flashback.

Después volvió a recordar cuando su hermana le preguntó qué sentido tenía la historia de "El Perro de Flandes". Y de repente, el rostro de su hermana se volvió nítido. Su pelo rubio, su mirada azul y su tierna sonrisa.

Yamato bajó y vio la olvidada tarta de cumpleaños que había traído su padre el día anterior. Aquello le hizo recordar el último cumpleaños de su hermana que celebraron. Toda la familia Ishida estaba unida y feliz mientras le cantaban el "Cumpleaños Feliz" para después soplar las velas.

Después del desconcierto que le supuso recordar todo aquello, Yamato reaccionó y fue a buscar algunos materiales y se puso a fabricar una cometa mientras recordaba otros momentos felices vividos con su hermana, como cuando la ayudó a aprender a montar en bicicleta o la primera vez que fueron a volar la cometa. Era como si hubiera estado aletargado todo aquel tiempo. Comprendió que si a su hermana le gustaban tanto las cometas era porque él le fabricó su cometa y le enseñó a volarla. Comprendió cuánto lo admiraba su hermanita. Aki volvió a revivir en él.

Cuando terminó de hacerla y se aseguró de que la cola estuviera seca, se montó en la furgoneta y fue hacia el lago en el que ocurrió todo. Empezó a correr mientras volaba la cometa.

–Qué alta está. –dijo Aki sorprendida. Yamato giró la cabeza. Debía de estar loco porque estaba viendo a su hermana mirando hacia la cometa. –Hermano, eres genial.

–¿Aki? –dijo Yamato. Al principio le sonrió, pero poco a poco fue bajando el brazo que sostenía la empuñadora de la cometa, sin dejar de mirar a su hermana. Yamato acabó de rodillas. De repente dejó de ver a su hermana y no pudo controlar más el llanto que pugnaba por salir.

Cuando la cometa cayó al agua, como aquel fatídico día, Yamato se quitó las zapatillas y se lanzó al agua. Estuvo nadando durante un buen rato con todas sus fuerzas. Era como si necesitara desgastar toda la energía y rabia que había estado conteniendo durante tantos años. Cuando ya no pudo aguantar más, se puso boca arriba mientras miraba el cielo.

–Espérame, Aki.

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–Entiendo. Mañana a la una. –dijo Haruhiko antes de colgar el teléfono. Toshiko tiraba cosas que no necesitarían antes de la mudanza. Mientras tanto, Sora se sentó junto a su abuela con aire decepcionado.

–Abuela. No fue él quien informó sobre nuestra familia. –dijo Sora intentando contener las lágrimas al sentir que le había fallado. –No he podido hacer nada. Lo siento, abuela.

Sora le había dicho a su abuela que intentaría arreglar todo lo que estaba afectando a su familia. Por eso fue al lago Mifune. Tras algunas pesquisas, sabía que el padre de Aki se fue allí a vivir, pero lo que vivió con los Ishida no fue lo que ella esperaba. Y al día siguiente llevarían a su abuela a una residencia donde la podrían cuidar durante todo el día.

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Cuando Yamato volvió a casa, no dejaba de pensar en su padre. En todo lo que le había contado y en la sed de venganza que tenía contra el que truncó la vida de su hermana, y por extensión, destrozó las suyas.

Comprendió entonces que su padre quería pasarle el testigo, consciente de que su enfermedad le impediría culminar aquel deseo de acabar con el asesino de Aki.

Después de cenar, buscó en el cajón el cuchillo que su padre había cogido para llevarse a Tokio. Había decidido coger ese testigo. Fue entonces cuando llamaron por teléfono. Era la llamada que sabía que llegaría en cualquier momento.

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A la mañana siguiente, Yamato se acercó a la casa de los Takaishi vestido con traje y corbata negra y se encontró con su madre justo cuando salía de casa.

–Me has asustado. No esperaba verte. –dijo Natsuko aliviada de ver a su hijo, el cual heredó sus profundos ojos azules.

–Papá ha muerto. –dijo Yamato sin preámbulos.

–Iba a comprar algo de leche para Ryota. Kasumi está en casa. Entra y espérame. –dijo Natsuko, que se apresuró para ir a comprarle la leche a su nieto.

–No tengo tiempo. Sólo he venido a decírtelo. –dijo Yamato.

–Entiendo. Ven a comer con nosotros de vez en cuando. –lo invitó Natsuko antes de girarse para marcharse.

–¿Eso es todo lo que vas a hacer? –preguntó Yamato con ironía y haciendo que Natsuko volviera a mirarlo. –Puede que papá fuera débil, pero dentro de su debilidad, intentó a su manera proteger a la familia. Pero parece que eso no fue suficiente para ti. Estaba lleno de remordimientos. Murió después de decir que incluso después de morir, no sería capaz de descansar en paz. ¿Ir a comprar leche e invitarme a comer es lo único que puedes hacer? ¿Ni si quiera vas a llorar un poco por él?

–Ya he perdido todas mis lágrimas. –dijo Natsuko seriamente. –Porque no hay nada más triste que perder una hija.

Natsuko volvió a girarse para marcharse.

–Mamá.

–¿Qué?

–Pese a todo, seguiré viviendo. –dijo Yamato. Sintió que se lo debía a Aki, y también a su padre.

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Después de la decepcionante visita a su madre, Yamato se fue directamente al templo Zenen, en Tokio, donde su padre le dijo que se celebraría el funeral del agente de la condicional del asesino de su hermana.

Debió ser alguien bastante respetado, puesto que había bastantes jóvenes con apariencia de haber tenido problemas. Yamato supuso que aquellos ex delincuentes estarían agradecidos al difunto si les ayudó a cambiar sus problemáticos estilos de vida. No le costaría pasar como uno de ellos.

Él no conocía de nada a ese hombre, pero tenía la esperanza de encontrar también a Taichi. Esperaba que aquel hombre hubiera sido lo suficientemente importante para él como para ir a su funeral.

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–Mamá, todo irá bien. –dijo Haruhiko a su madre una vez que la montaron en la furgoneta que la llevaría a la residencia de ancianos.

–No te sientas mal, Haruhiko. Has hecho todo lo que estaba en tu mano. –dijo Toshiko, mientras unas vecinas cuchicheaban sin disimulo sobre ellos. Incluso tenían unas octavillas. Parece que ya se habían enterado de lo que ocurrió hacía quince años.

–Estoy enviando a mi madre a una residencia. ¿No crees que me preferiría a su lado?

–Sí, pero sólo lo haces por proteger al resto de la familia. Ingresada podrá estar al margen de todos los problemas. –dijo Toshiko apretando la mano de su esposo en señal de apoyo.

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Yamato entró dentro del templo donde los monjes realizaban sus rezos por el alma del difunto, pero al no ver a nadie que se pareciera a Taichi, volvió a salir fuera. Fue deambulando fijándose en todos los chicos de su edad con la esperanza de verlo, pero no había ni rastro de él, aunque evidentemente, había pasado mucho tiempo y probablemente habría cambiado.

Ya no sabía hacia dónde mirar, por lo que salió fuera del recinto del templo. Entonces escuchó una voz familiar.

–Yamato. –dijo Sora vestida de luto riguroso sin comprender por qué estaba allí.

–Ayer desapareciste de repente. ¿Qué haces aquí? –dijo Yamato sin que se le ocurriera nada más que decir.

–Lo siento. No pude evitar escuchar la conversación con tu padre. –dijo Sora.

–No importa. Oye, aunque me alegra de que te preocupes por mí aunque apenas nos conozcamos, esto no tiene nada que ver contigo. –dijo Yamato.

–Yamato. ¿Vas a intentar matar al asesino de tu hermana? –preguntó Sora.

–Acabo de decirte que esto no tiene nada que ver contigo. –insistió Yamato mientras seguía buscando con la mirada.

–Sí que tiene que ver conmigo. –dijo Sora.

–¿Qué?

–Yo conocía a tu hermana. –dijo Sora.

–¿Qué quieres decir?

–Me dijiste que eras frío con tu hermana. Te diré lo que pienso. Para una hermana menor, aunque su hermano le haga miles de cosas horribles, si es amable con ella aunque sólo sea una vez, ella sentirá que por encima de todo es su hermano y querrá jugar siempre con él. Si ha experimentado su amabilidad aunque sea en contadas ocasiones, siempre piensa que volverá a ser amable. Por eso no creo que tu hermana te odiara.

–¿Quién eres tú? –preguntó Yamato sin entender a qué venía todo aquello. Sora agachó la mirada en señal de disculpa. Entonces, Yamato vio en el puente peatonal del fondo un chico castaño muy familiar vestido de luto. Aquel cabello rebelde era inconfundible para él.

–Soy… –pero Sora vio cómo la atención de Yamato se fue hacia otro lado. Sora lo fue siguiendo sin entender nada, hasta que ella también lo vio.

–¿Taichi? –se dijo Yamato a sí mismo intentando asumir quién era. Entonces empezó a correr hacia los escalones que daban acceso a la pasarela mientras sacó el cuchillo del bolsillo interior de la chaqueta. Sora confirmó entonces las intenciones de Yamato y lo siguió.

–¡Corre, hermano! –gritó Sora.

Yamato casi cae de la impresión al escuchar lo que dijo la pelirroja. Tanto, que la chica consiguió atraparlo. Aquello puso en alerta a Taichi.

–¡Suéltame! –le gritó Yamato mientras lo agarraba del pie. Cuando logró zafarse de su agarre y subió, Taichi ya no estaba allí. Había bajado por el otro lado. Yamato vio cómo se subía a un taxi y se alejaba. La única prueba de que Taichi había estado allí era algo parecido a una naranja que había dejado en la barandilla del puente.

Entonces, Sora llegó hacia donde estaba él.

–Soy la hermana menor del asesino de Aki. –confesó Sora. Ya no tenía sentido ocultarlo más. –Soy Sora Takenouchi.

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En un huerto de Chiba, el señor Goro Inoue trabajaba afanosamente cuando apareció su empleado de pelo castaño revuelto.

–Ya estoy aquí, señor Inoue. –dijo el empleado, que vestía con traje negro.

–¿Has expresado tu gratitud como es debido? –preguntó el hombre, consciente de que el chico venía del funeral de su agente de la condicional.

–Sí, señor.

–Hola, Yagami. –dijo Miyako, la hija de de Goro. Tenía el pelo largo y llevaba gafas.

–Deja de perder el tiempo con esa ropa. –dijo Goro al ver a su hija.

–¿Es que una mujer divorciada no puede llevar falda? –preguntó Miyako.

–¡Kenji!¡Mi cometa no vuela bien! –dijo Rika, una niña de unos seis años dirigiéndose hacia el chico con una cometa que era casi más grande que ella. El joven se agachó y le sonrió a la niña mientras le acariciaba el pelo.

Unos minutos después, Kenji acompañó a la niña y a su madre a volar la cometa. Cuando consiguió hacer que la cometa volara, le dejó los hilos a la niña, que empezó a correr contenta por el prado. Mientras tanto, Miyako y el empleado de su padre se sentaron mientras el castaño dibujaba.

–Ayer le leí a Rika el libro ilustrado que nos diste. –dijo Miyako.

–¿"El Perro de Flandes"?

–Sí. Pero es una historia poco esperanzadora. –dijo Miyako. –¿Por qué existe una historia tan triste?

–Porque los seres humanos son seres tristes. –respondió Kenji sin apartar la vista de su dibujo. Era un dibujo idéntico al que estaba en poder de Yamato, con la única diferencia de que al fondo, estaba la silueta de una niña volando una cometa.

Continuará…


Notas de autora: simplemente quería expresar mi agradecimiento a Annavi21 por haber dedicado unos minutos de su tiempo a romper el hielo con los comentarios y valorar una historia de este tipo. Un saludo.