Capítulo 3. Emociones reprimidas I.

Si no fuera porque los coches seguían circulando bajo el puente peatonal, Yamato habría jurado que se había detenido el tiempo. Sora le acababa de confesar que era la hermana del asesino de Aki.

–No lo entiendo. –fue lo único que fue capaz de decir. Necesitaba asimilar aquello, por lo que sin más, se marchó de allí hasta llegar al aparcamiento donde tenía aparcada la furgoneta. Mientras se quitaba la chaqueta y se deshacía la corbata, Sora llegó por detrás lentamente, como si se acercara a un animal herido.

–Solías ir a mi casa a menudo. Incluso alguna vez te quedaste a cenar. Una vez me descuidé y te manché la camiseta con la salsa de la carne. Lloré un montón por lo mal que me sentí, aunque fuera una tontería. –dijo Sora para demostrarle que realmente era la hermana de Taichi.

Aquello era cierto. Recordaba que Taichi tenía una hermana pelirroja pero a la que apenas le prestó atención. Y desde la muerte de Aki había enterrado en lo más profundo de su mente cualquier cosa relacionada con Taichi, incluso con Aki. Hasta que gracias a su padre y los dibujos de su hermana comenzó a despertar.

–¿Sabes dónde está Taichi? –preguntó Yamato fríamente.

–No. Ni yo ni mi familia sabemos nada del paradero de mi hermano. Tienes que creerme. –dijo Sora afectada. –No sabemos nada de él. Después de que lo arrestaran no lo volvimos a ver. Hasta hoy. Es la primera vez que lo veo en quince años.

–¿Por qué no lo habéis buscado durante todo este tiempo? –preguntó Yamato duramente, haciendo caso omiso a lo afectada que se sentía Sora. –Es un asesino y dejarlo solo ha sido una irresponsabilidad por vuestra parte. ¡Podría volver a matar a alguien!¡Si lo dejáis solo podría haber más víctimas!¡Quizás incluso sea demasiado tarde! Puede que en los ocho años que lleva en libertad se haya cargado a dos o tres personas.

–Creo que estás exagerando. –dijo Sora al verse regañada.

–¿Acaso no hay casos de niños desaparecidos? –preguntó Yamato. –¿Quién te dice que no esté implicado?

–Me niego a creer eso. Sólo puedo decirte que lo siento. ¿De verdad pensabas matar a mi hermano?

–Por supuesto. Si no te hubieras entrometido ten por seguro que lo habría hecho. –aseguró Yamato.

–Yo no…

–Suficiente. Ahora eres mi enemiga. –sentenció Yamato antes de subirse a la furgoneta. Cuando arrancó, Sora se puso en medio mientras sacaba un papel y bolígrafo de su bolso. –Aparta. ¿Quieres que te atropelle?

–Espera. Este es mi número de teléfono. –dijo Sora metiendo el papel por la ventanilla antes de que Yamato emprendiera el camino de vuelta.

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–Me pregunto si hay algún videoclub cerca de la casa del tío. –dijo Hikari mientras la familia Takenouchi se dirigía por carretera a su nueva casa, que pertenecía al hermano de Toshiko.

–Creo que sí que hay uno, aunque no es una gran cadena comercial. –dijo Toshiko. La mujer sabía que así era porque volvían a mudarse muy cerca de la casa en la que vivieron cuando Taichi cometió aquel macabro crimen.

–Entonces me apuesto lo que sea a que no tienen la cuarta temporada de la serie que estoy viendo. –dijo Hikari, que como en aquel entonces no había nacido cuando la familia vivió en la zona, nunca había estado allí.

–Si quieres te la busco cuando vaya a hacer el reparto. –dijo Haruhiko, que había conseguido un empleo de repartidor en una lavandería industrial.

–Sólo espero que no me hagan la vida imposible, que no me echen cuando consiga un trabajo ni que me dejen los novios cuando consiga uno. –dijo Hikari describiendo lo prácticamente había sido la vida de su hermana Sora, que permanecía callada mientras miraba por la ventanilla de la furgoneta.

–Hikari, no te pases. –le advirtió Toshiko. La mujer sabía que Sora no tenía culpa de todo lo que le había ocurrido ni quiso ahondar más en aquello, por lo que decidió cambiar de tema. –Hacía mucho que no pasábamos por esta carretera.

Sora seguía sin mencionar una sola palabra. Tan sólo seguía sumida en sus recuerdos.

Flashback.

Era verano y Sora paseaba con una amiga mientras veían cómo los lugareños engalanaban las calles para el matsuri de aquel año, aunque el ambiente era un poco molesto porque un par de helicópteros no paraban de sobrevolar la zona. La noticia de que Aki, la hija pequeña de los Ishida había aparecido muerta fue sobrecogedora para el pueblo de Matsumidai.

Mi abuela me ha traído un yukata. Es rosa claro y tiene un estampado de hortensias. –dijo Sora ilusionada por vestir aquella prenda.

Dice mi madre que quizás se cancele el matsuri por la muerte de esa niña. –dijo la amiga de Sora. Entonces, ambas vieron un gran despliegue de medios de comunicación y policía por la zona.

Pues si se cancela, el asesino se merece la pena de muerte. –dijo Sora, ignorando que hablaba de su propio hermano.

Una vez que se despidió de su amiga y llegó a su casa, vio que estaba custodiada por un montón de policías que interrumpieron su entrada, puesto que debían comprobar quién intentaba entrar en el domicilio.

¡Espere, señorita! –dijo el policía a cargo.

Hemos asegurado la zona y vamos a llevarnos al sospechoso. –dijo otro policía. Entonces vio cómo sacaron a Taichi esposado y lo llevaban hacia un furgón policial.

¡Taichi! –dijo Sora sin dar crédito. Taichi la miró antes de que los subieran al furgón y esa fue la última vez que vio a su hermano. Una vez que se lo llevaron, Sora entró en casa.

¿Ha notado algo anormal en el comportamiento de su hijo? Cualquier cosa, aunque piense que es algo trivial. –preguntó uno de los detectives Haruhiko. Su madre estaba sentada en el sofá con la mirada perdida y sin poder creer lo que había hecho Taichi, mientras se tocaba su abultado vientre. No podía creer que la recta final de su embarazo fuera a ser tan amarga debido a la detención de su hijo y la muerte de esa pobre niña.

Mamá, ¿a dónde han llevado a Taichi? –preguntó Sora. Aunque en el fondo intuía la respuesta, Toshiko no contestó. Que medio cuerpo policial estuviera en tu casa no podía significar nada bueno.

¿Sabe lo que hizo su hijo el ocho de agosto? –seguía preguntando el detective.

¿Taichi volverá? –interrumpió Sora al detective y a su padre.

¡Hemos encontrado el arma! –exclamó uno de los oficiales que participaban en el registro. Sora fue hacia donde venía la voz. El oficial sacó un martillo del falso techo del dormitorio de Taichi. –¡Que alguien traiga una bolsa de plástico!

Fin del flasback.

Cuando por fin llegaron, todos se pusieron a descargar la furgoneta. Era una casa muy pequeña y algo vieja, pero dada la situación en la que vivían desde hacía quince años, no podían aspirar a algo mejor y de alguna manera, habían aprendido a conformarse.

En la lejanía se escuchaban los tambores y flautas típicas de los matsuris veraniegos.

–Parece que el festival de verano se acerca. –dijo Toshiko.

–¿Todo bien? –preguntó el hermano de Toshiko llegando hacia la familia.

–Sí. Gracias por ayudarnos en todo. –agradeció Haruhiko. Su cuñado no sólo le había dado alojamiento, sino que también le había conseguido el empleo de repartidor en la lavandería industrial.

–La hemos limpiado durante esta semana. –dijo el hombre refiriéndose a la casa.

–Gracias también por el empleo.

–Es una pena que un fabricante de relojes como tú haya acabado en un trabajo tan poco cualificado. –dijo el hombre, haciendo referencia a la época en la que todo iba bien en su familia.

–En absoluto. –dijo Haruhiko.

–Gracias, hermano. –dijo Toshiko. Entonces se acercó un policía en bicicleta con unos carteles.

–¿Puedes poner este cartel en tu negocio? Una niña de ocho años ha desaparecido. –preguntó el oficial.

–Sí. Recuerdo que salió en el periódico el otro día. –dijo el hermano de Toshiko.

–¿Vive cerca de aquí? –preguntó Toshiko.

–Sí. Una cámara de seguridad grabó cómo un joven con una gorra se la llevó. –dijo el policía. Al decir aquello, la familia Takenouchi se removió incómoda. Era como una advertencia de que su nueva vida allí no sería fácil.

Sora miró al cielo. Dos helicópteros sobrevolaban la zona. Era igual que el día que se llevaron a Taichi detenido.

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–Sólo queda media hora. –dijo Takeru vestido con traje negro a su hermano, que estaba sentado en un bordillo, también vestido de luto mientras comía unos fideos instantáneos mientras esperaba a que comenzara el funeral de su padre. –Esto es para ti.

Takeru le ofreció un fajo de billetes para colaborar en los gastos del funeral de su padre, pero Yamato no lo cogió, por lo que Takeru, simplemente lo metió en el bolsillo de la chaqueta de su hermano.

–Dame, tienen buena pinta. –dijo Takeru quitándole el bote de comida, a lo que Yamato no opuso ninguna resistencia. –¿Sabes? Mi suegro me ha preguntado si quieres venir a cenar antes de volver a casa.

–¿Por qué?

–Me ha dicho que mamá está preocupada por ti. –dijo Takeru con la boca llena.

–Lo he visto. –dijo Yamato sin más.

–¿A quién? –preguntó Takeru concentrado en los fideos.

–A Taichi Takenouchi. –cuando Yamato dijo aquel nombre, Takeru lo miró sin poder creerlo.

–¿No está en la cárcel?

–Parecía estar bastante bien.

–No le digas nada de esto a mamá. –dijo Takeru.

–Devuélveme mis fideos. –dijo Yamato.

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Cuando casi habían terminado de realizar la mudanza, Sora ojeaba los periódicos buscando detalles de la niña que había desaparecido. Necesitaba comprobar que Taichi no estuviera implicado en aquella desaparición. Lo cierto es que Yamato la había hecho dudar con lo que le dijo.

–Sora, ¿sabes dónde están mis gafas? –preguntó Haruhiko mientras Sora recogía los diarios apresurada. Si había algo que no quería era preocupar a sus padres, por eso ni siquiera había mencionado que había visto a Taichi después de tanto tiempo.

–Ni idea. –dijo Sora.

–¿Mamá y Hikari han ido al instituto? –preguntó Haruhiko.

–Sí.

A pesar de no querer preocupar a nadie, Sora decidió preguntar a su padre.

–Papá, ¿cuándo fue la última vez que viste a la otra parte? –preguntó Sora mientras colocaba unos platos en un armario de la cocina.

–¿A qué te refieres con la otra parte? –preguntó Haruhiko mientras buscaba sus gafas entre el desorden.

–A la familia de Aki Ishida. –aclaró Sora.

–¿Por qué lo preguntas? –preguntó Haruhiko, aunque Sora no dijo nada. –No los hemos visto desde que ocurrió todo. ¿Los has visto?

–No. Claro que no. –mintió Sora. –Pero este lugar no está lejos de allí. ¿Y si nos encontramos en la estación?

–Fingiremos no conocerlos y seguiremos nuestro camino. –respondió Haruhiko.

–¿No crees que si habláramos con ellos nos comprenderían? –preguntó Sora. –Al fin y al cabo, ya han pasado quince años. Las cosas han cambiado desde entonces. Quizás acepten nuestras disculpas.

–¡Sora! –interrumpió Haruhiko al ver que su hija iba a volver a hablar. –No podemos esperar eso. Somos la familia del asesino de su hija. Nada de lo que digamos podrá ayudarles a sobrellevar el dolor.

–Está bien. –aceptó Sora, que no quiso insistir más con eso, pero todavía quería preguntarle algo más.

–Quizás me haya dejado las gafas arriba. –dijo Haruhiko para sí.

–¿Qué harías si Taichi volviera a casa? –preguntó Sora. –Bueno, no importa. No tenemos suficientes habitaciones.

Pero aunque no contestara, a Haruhiko aquella pregunta sí le afectó.

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Ante la insistencia de su hermano, Yamato finalmente aceptó la invitación a cenar. Cuando llegaron, el suegro de Takeru, el señor Hiragi estaba jugando con Ryota, el hijo de Takeru, que apenas tenía un año. Un velatorio no era lugar para un niño, por lo que él se quedó a cargo. El padre de Kasumi era un hombre de edad similar a la de Natsuko, pero enviudó hacía unos años y también vivía con la familia de su hija y Natsuko. Lo que no se esperaba era que el hijo mayor de Natsuko también llegara con ellos. En sus manos llevaba la urna con las cenizas de Hiroaki.

–Siéntate, por favor, Yamato. –le pidió su cuñada Kasumi con amabilidad. Mientras tanto, Natsuko ponía la mesa y Takeru cogió los restos de su padre para ponerlos en un lugar donde no molestaran para cenar.

–¿Hay alguna comida que no te guste? –preguntó el padre de Kasumi.

–No.

Una vez que se pusieron a cenar, el silencio reinó en la mesa. Un silencio que se tornó bastante incómodo.

–Dime, ¿has pensado en cerrar el negocio? –preguntó el señor Hiragi para romper el hielo. –He oído que no se te dan mal las matemáticas. Quizás podrías ayudarnos en la administración de mi empresa.

–Creo que abriré mañana. –dijo Yamato, haciendo ver que no estaba interesado en aquella oferta.

–¿Vas a llevar aquello tú sólo? Es imposible. –opinó Takeru.

–Si no quieres trabajar para nosotros, podría presentarte a gente para otros trabajos. –insistió el señor Hiragi.

–Yamato, aunque en nuestra empresa hay suficiente personal, te está ofreciendo un buen trabajo. –le dijo Takeru, que trabajaba en la misma empresa que su suegro. Fue al entrar a trabajar en esa empresa que conoció a Kasumi.

–Papá se disculpó antes de morir. Estaba arrepentido por las cosas horribles que te dijo. –le dijo Yamato a su madre, que estaba enfrente y haciendo caso omiso a su hermano. Lo que menos le preocupaba en aquel momento era su trabajo, que apenas le daba para sobrevivir. –De alguna manera, papá…

–¿Traigo vino? –interrumpió Natsuko, visiblemente incómoda con la conversación que había iniciado su hijo mayor.

–Sí, claro. –dijo el señor Hiragi.

–El vino blanco está en la nevera. –dijo Kasumi, que intentaba darle de cenar a su hijo, que estaba en la trona.

–¡Si estás resentida, que no sea con papá! –estalló Yamato, harto de ver cómo su madre no hacía más que evadir el tema. Aquella intervención hizo que Natsuko se detuviera. –¿No deberías dirigir tu enfado hacia el asesino de Aki, Taichi Takenouchi?

Viendo el cariz que estaba tomando la velada, Kasumi decidió levantarse para marcharse con su hijo a otra parte de la casa, pero con los nervios, lo único que consiguió fue tirar una copa y derramar restos de bebida.

–¡Lo siento! –se disculpó Kasumi.

–¡No menciones ese nombre aquí! –le advirtió Takeru.

–Sigue vivo. –le informó el rubio. –¿Acaso no quieres saber qué hace el asesino de Aki? Papá…

–Yamato, deberías seguir con tu vida. No sólo por ti, sino también por tu padre. –intervino el señor Hiragi.

–Mi padre no quería eso. Será mejor que me vaya. Siento el revuelo. –dijo Yamato. El chico cogió la urna de su padre y fue hasta la furgoneta, donde la depositó en el asiento del copiloto. Mientras lo hacía, Takeru salió afuera para hablar con su hermano.

–¿Sabes? En las navidades del año en el que murió Aki, mamá y yo fuimos de compras y de camino a casa, mientras veíamos las luces, decidimos ir a buscar a papá al trabajo para volver juntos. Y entonces, en la pastelería que había frente a la estación estaba su familia. El padre, la madre y la hermana de ese asesino compraron una tarta navideña allí. Mientras les miraba pensé en todo lo que yo haría si Aki estuviera viva. Yo también pienso como tú. Pero ya lo dijo Jinbe, de One Piece, ¿no? "No pienses en lo que has perdido. Debes pensar en lo que aún tienes".

–¿Quién es Jinbe? –preguntó Yamato.

–¿No has leído One Piece? –preguntó Takeru indignado. Mientras, Natsuko se acercó a ellos cargada con una bolsa.

–¿Tienes horno? –preguntó Natsuko.

–Sí. –respondió Yamato.

–Toma esta comida. Sólo tienes que calentarla. –dijo ella.

–¿Tú también los viste? –preguntó Yamato mientras aceptaba la bolsa.

–¿A quién?

–A la familia de Taichi comprando una tarta. –cuanto Yamato respondió, Natsuko miró a Takeru como un acto reflejo.

–Ya lo había olvidado. Pasó hace mucho tiempo. –contestó Natsuko.

–No creo que papá lo olvidara. –dijo Yamato. –Por eso estuvo buscando venganza hasta su último aliento.

Natsuko elevó los ojos y rió con ironía.

–¿He dicho algo divertido? ¡Porque no es para nada divertido! –exclamó Yamato harto de la actitud que mostraba su madre.

–Sí, sí. Ten cuidado de camino a casa. –dijo Natsuko poniendo fin a la conversación. Cuando entró en la furgoneta, vio el papel con el número de Sora.

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Hikari se maquillaba en su cuarto cuando entró Sora.

–¿Qué haces? –preguntó la pelirroja.

–Mañana empiezo las clases, así que estoy practicando. –dijo Hikari.

–¿Te maquillas para ir al instituto? –preguntó Sora.

–Es lo que se hace normalmente, ¿no? ¿Por qué nunca llevas maquillaje?

–Porque no tengo ocasión y sin él estoy más cómoda. –dijo Sora.

–Es por no llevar que no tienes ocasión. –dijo Hikari. –No seré como tú. Yo elegiré la forma en la que quiero vivir. Sinceramente, creo que tu vida está demasiado condicionada por Taichi.

Cuando Hikari salió para bañarse, Sora cogió la barra de labios de su hermana y la miró por curiosidad. Mientras lo hacía sonó su teléfono.

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–¿Estará bien Hikari en el nuevo instituto? –preguntó Haruhiko a su mujer mientras ésta hacía la cena.

–Espero que sí. Al menos espero que lo lleve mejor que Sora. –dijo Toshiko.

–Bueno, si hay algo que Sora no ha perdido ha sido su corazón. –dijo Haruhiko.

–Si hubiera sido Hikari, no creo que hubiese podido aguantar la vida que llevábamos entonces. Por suerte no había nacido y luego era demasiado pequeña como para recordar nada. –añadió Toshiko. –Gracias a Dios, su hermana menor era Sora.

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Un nuevo día llegó a la finca del señor Inoue. Era un campo de gran extensión con espacios con invernaderos. Pero no sólo era una tierra de labor y cultivo, allí mismo vivía el dueño de todo aquello, Goro Inoue, un hombre viudo al que comenzaba a notarse los signos de la edad. Goro era un hombre muy trabajador. El hecho de ser propietario de una finca y de tener varios empleados no le hizo perder la humildad, precisamente porque sabía lo que le costó levantar todo aquello. En cualquier caso, tampoco era un hombre rico.

En la casa no sólo vivía él. También lo hacía su hija Miyako, que hacía no mucho se había separado de Ken Ichijouji, el padre de su hija Rika y que se desentendió totalmente. Pero además de ellas, que eran parte de su familia, también lo hacía Kenji Yagami, un joven castaño de pelo revuelto y empleado de la finca.

Goro y su nieta Rika estaban desayunando cuando Kenji bajó.

–Buenos días. –saludó Kenji.

–Buenos días, Yagami. –saludó su jefe. –¿Saliste anoche?

–Sí.

–¿Adónde fuiste? –volvió a preguntar Goro.

–Papá, deja de investigar cada cosa que hace. –se quejó Miyako, que estaba en la cocina abierta preparando algo.

–Eras tú la que anoche estaba preocupada. –le recordó su padre. Tras hacer un gesto de disculpa con la cabeza, el castaño se dirigió al frigorífico y sacó una botella de té.

–¿Qué es eso? –preguntó Miyako al verle una herida en el brazo. –¿Lo has desinfectado bien?

Goro miró a su hija, preocupado por la excesiva preocupación que mostraba por el joven.

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A pesar de que Sora prácticamente le lanzó el papel con su número a Yamato, no pensaba que la llamaría. La última vez que estuvieron juntos el chico estaba doblemente enfadado con ella. Por una parte, por impedirle que alcanzara a su hermano; y por otra, al enterarse de la verdad. No obstante, Yamato la llamó para que se acercara a su casa.

Cuando Sora llegó, se asomó con timidez, viendo que Yamato bebía agua del pitorro de la tetera.

–Bonita mañana, ¿no? –dijo Sora en modo de saludo. –¿Puedo entrar?

Yamato no la saludó, pero con un gesto de la cabeza le dio a entender que tenía permiso antes de sentarse.

–¿Dónde has aparcado? –preguntó Yamato, extrañado de no haber escuchado el coche.

–He venido en autobús. El coche de la otra vez era de alquiler. Han pasado cosas y mi familia y yo nos hemos mudado. Ahora vivimos en Shizuoka. –explicó Sora. Entonces la joven vio que Yamato estaba con la contabilidad del negocio y que parecía bloqueado. –¿Necesitas ayuda con la contabilidad?

Pero cuando tomó la iniciativa de acercarse, se cayó un periódico y una barra de labios del bolso. Yamato la cogió y se la pasó.

–Nunca habría creído que un familiar de un asesino llevara un pintalabios. –dijo Yamato.

–Lo siento. En realidad se lo he cogido a mi hermana. –dijo ella.

–¿Taichi ha contactado contigo? –preguntó Yamato, que en realidad le importaba muy poco el mundo de la cosmética.

–No, te juro que no. Te lo prometo. –se apresuró a contestar Sora.

–Sólo preguntaba. –dijo Yamato al ver la reacción nerviosa de la pelirroja. Tras una pausa, volvió a coger el periódico y lo extendió sobre la mesa, donde se podía leer la noticia de una niña desaparecida.

–Pero he visto esto. Está muy cerca del monte Mikazuki. Y la silueta del secuestrador es parecida a la de Taichi. –dijo Sora.

Continuará…