Capítulo 4. Emociones reprimidas II.
El cielo que cubría la Finca Inoue se estaba encapotando. El sonido de tormenta parecía acercarse mientras Goro fumigaba.
–Parece que va a llover bastante. Será mejor que me vaya a casa. –se dijo a sí mismo. Tomada la decisión, fue hasta la caseta del material que tenía casi al lado. –¡Yagami!¡Volvemos!¡¿Yagami?!
Pero Yagami no estaba.
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Cuando Yamato vio la foto de una cámara de seguridad publicada en el periódico, se apresuró a encender la televisión.
–Todavía se desconoce el paradero de Rinka. La policía ha extendido el perímetro de búsqueda de la pequeña. –decía la reportera de la televisión mientras mostraban imágenes de la preocupada madre.
–Podría decirte lo que ocurre ahora mismo en esa familia. El tiempo pasa lentamente y reina el silencio. Pero no es un silencio tranquilo. Es un silencio tenso. Y luego viene el sonido de la puerta. Sólo es un sonido, pero hace que la familia entera se estremezca. –dijo Yamato, como si estuviera reviviendo aquel momento de quince años atrás. Sora incluso apreció cómo a Yamato le recorrió un escalofrío por la columna al dar un respingo. –Si Taichi está detrás de ese caso, quizás la niña esté también en el lago del monte Mikazuki.
Sora lo miró sin saber si el chico hablaba en serio. ¿Estaba sugiriendo que su hermano había vuelto a actuar? No entendía por qué había llevado ese periódico. Quizás fue porque remotamente también pensaba así. No lo sabía a ciencia cierta. No quería que así fuera. Pero no podía negar la similitud con el caso de Aki.
–No. Quizás es demasiado rebuscado. –dijo Yamato apagando la televisión al ver la reacción casi asustada de Sora.
–¿Vamos al monte Mikazuki? –sugirió Sora, que ya tenía la duda en su cabeza.
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Después de recoger bolsas con ropa de multitud de lugares y llevarlas a la lavandería industrial, se dirigió con premura hacia su nueva casa. Estaba preocupado desde que hacía un par de horas había recibido una llamada de su mujer.
–¿Estás segura de que no es un error? –preguntó Haruhiko a su preocupada esposa.
–No. Ha sido así desde esta mañana. –explicó la mujer.
–Pero vivimos aquí desde antes de ayer. –dijo Haruhiko sin encontrar explicación. Entonces, el teléfono de la casa sonó. Haruhiko contestó. –¿Diga?
Pero nada más contestar, quien estuviera al otro lado de la línea colgó. Con aquello comprobó que lo que decía su mujer era cierto.
–Llaman cada media hora y cuelgan. –dijo su mujer.
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Aunque al principio le sorprendió la propuesta de Sora, Yamato accedió a ir al monte Mikazuki. De todas formas no iban a perder nada por ir.
–¿Hoy también lo traes? –preguntó Sora al adentrarse en el monte.
–¿Te refieres al cuchillo? ¿Y qué si lo traigo? –preguntó Yamato.
–Nada. –respondió Sora con la cabeza gacha.
–¿Por qué Taichi mató a mi hermana? –preguntó Yamato.
–Mi hermano era muy amable. –respondió Sora.
–No hay manera de que lo fuera.
–Lo era conmigo, al menos. Solía jugar conmigo y estábamos muy unidos. –dijo Sora.
–¿Cómo te sentiste al enterarte de que tu querido hermano mató a una inocente e indefensa niña de siete años? –preguntó el rubio.
–¿Y eso importa? –preguntó Sora. Pero al ver la mirada de Yamato decidió contestar. –Mi mente se quedó en blanco. Yo tenía diez años. Y mi familia también se quedó en blanco. Por alguna razón sólo podía pensar en qué hacer de cenar. Y entonces llamaron y dijeron que había confesado. Luego vino mucha gente y dijeron que mi familia ya no podría seguir viviendo allí por la presión mediática y social. Mis padres me enviaron con mis abuelos en Odawara. Apenas me dio tiempo a recoger nada de lo rápido que se dio todo. De todas formas no sabía ni qué llevar. Al final cogí unas muñecas con las que nunca jugaba y un par de cosas inútiles. Mis padres dijeron que me recogerían pronto pero no fue así. Si miro atrás, lo único que hacía era hacer los deberes que no necesitaba hacer mientras esperaba. Un día, mientras hacía los deberes, mi padre apareció en televisión para disculparse. Su cara estaba pixelada. No veía su cara pero sabía que era él por su voz y porque estaban hablando del crimen de tu hermana.
Entonces, Sora tropezó con la raíz de un árbol y cayó. Lo que no se esperó es que el chico extendiera su mano para ayudarla a levantarse. Su acto reflejo fue tomarla pero justo antes de aceptar su mano, la chica se detuvo. Sentía que debía levantarse sola. Que no merecía su ayuda. Bastante mal lo estaba pasando como para que encima aceptara su amabilidad. Por lo que decidió mantener algo de orgullo y acabó levantándose sola para seguir caminando por el bosque.
–¿Te gustan los gatos? –preguntó Sora.
–¿Qué?
–Cuando estaba en el jardín de infancia mi hermano y yo solíamos ir al río a jugar. Un día había una caja de cartón flotando, de la que se escuchaba un maullido. Había varios gatitos. Mi hermano se tiró al río y los salvó, pero sólo quedaba uno vivo. Nos apresuramos en llevarlo al veterinario, pero cuando llegamos, murió. Vi a mi hermano muy afectado y lloró durante casi una semana. Ni siquiera quería comer. Taichi adoraba a los animales y tenía buen corazón. Cuando en la televisión salían países pobres usaba el dinero del aguinaldo para donarlo a fundaciones. Era el tipo de persona que cedía su asiento a las personas mayores y siempre me decía que mi comida era deliciosa. Tan sólo recibí una carta suya una vez.
–¿Una carta?
–No he hablado con él desde entonces.
–¿No se la envío a tus padres?
–No. Estaba dirigida a mí. Fue un año después de que lo arrestaran. Creo que estaba en un correccional de Tokio. –dijo Sora.
–¿Qué escribió en la carta?
–Sólo había una línea. Decía "Siento que el matsuri se haya cancelado". Sólo eso. El verano anterior mi abuela me había regalado un yukata. Taichi sabía la ilusión que me hacía llevarlo durante el matsuri. Pero con todo lo que ocurrió cancelaron el festival. Me sorprendió que lo recordara y que se disculpara.
–¿Dices que se disculpó? ¿Incluso ahora quieres a tu hermano? –preguntó indignado. –¡Golpeó en la cabeza a una niña de siete años incontables veces con un martillo y luego la tiró al agua como si fuera un objeto y la abandonó! Cometió un crimen horrendo.
–¡Eso no es verdad! –replicó Sora, defendiendo la inocencia de su hermano.
–¡¿Qué no es verdad?! –le gritó Yamato indignado.
–Bueno, podrían ser falsas acusaciones. –dijo Sora con la boca pequeña. En el fondo sabía que Taichi hizo aquellas cosas horribles a Aki, pero el Taichi que ella conocía distaba mucho de un asesino y se negaba con todas sus fuerzas a que Taichi hubiera cometido aquel crimen.
–¿Qué?
–Cabe la posibilidad de que esos cargos sean falsos, ¿no? Ocurre de vez en cuando. Quizás el asesino sea otro.
–¿De qué hablas?
–¡De que no hay forma de que Taichi hiciera eso! –dijo Sora intentando convencer al chico de que Taichi era buena persona. Yamato la cogió de los brazos y la empujó tirándola al suelo.
–¡¿De qué diablos estás hablando?! –gritó Yamato. Entonces se acordó de lo que le contó su hermano Takeru. –¡¿Fue divertida la Navidad?!¡¿Estaba rica la tarta?! Tú y tu familia fuisteis a comprar una tarta la Navidad de ese año, ¿me equivoco? ¡No hubo Navidad para mi familia!¡Y no sólo Navidad!¡Tampoco tuvimos el Festival de las Niñas, Tanabata ni cumpleaños! ¡No tuvimos nada!¡No hemos tenido nada de eso en los últimos quince años! Los que sufrimos aquel crimen no podemos olvidar. Pero los que causan el daño sí. ¿Y si te hago experimentar lo mismo que experimentó Aki?
Sin aguantar más, Yamato se abalanzó sobre ella, que seguía sentada en el suelo y la cogió del cuello. Sora se ahogaba mientras Yamato, que estaba fuera de sí le gritaba si lo entendía. Cuando Yamato fue consciente de que Sora se quedaba sin aire volvió en sí y la soltó, aunque seguía encima de ella. Sora intentaba recuperar el aliento.
–Adelante. Hazlo. –dijo Sora una vez que recuperó un poco de aire. –Lo entiendo. Y mi familia también. Porque todo el mundo nos lo ha estado recordando desde entonces. No te haces una idea de cuánta gente le ha deseado la muerte a toda mi familia. Incluso nos han dicho que deberíamos suicidarnos todos para redimirnos.
Yamato apretó las mandíbulas y se apartó, quedándose arrodillado a un lado.
–No quiero morir, pero tampoco quiero vivir. Hasta mi hermana pequeña me restriega que no he elegido mi propia vida. Pero yo no pensaba así en absoluto. Elegí. Y este es el resultado de mi decisión. No me arrepiento ni nada. Soy quien soy y esta es mi vida. Adelante. Acaba lo que has empezado. No le diré a nadie que me has matado. Bueno, ¿cómo iba a decirlo estando muerta?
Pero Yamato sólo descargó su frustración dando golpes en el suelo. Después se levantó para marcharse.
–No comí de aquella tarta. –dijo Sora, haciendo que Yamato se detuviera. –El dueño de la pastelería me la regaló, pero cuando llegué a casa mi padre dijo que no podíamos comerla. Quizás lo que viste no fue a mi familia comprando una tarta, sino cuando fuimos a devolverla. Mi padre le dijo al pastelero que no podíamos comerla.
Entonces se puso a llover y Yamato se marchó de allí. Sora ni siquiera hizo el intento de levantarse, quedándose allí tirada.
Cuando Yamato llegó a su casa, la lluvia comenzó a caer más fuerte. Tras secarse un poco, encendió la televisión. En las noticias estaban contando las novedades de la niña desaparecida, por lo que decidió llamar a Sora. A pesar de escuchar su teléfono sonar, no lo cogió. Era como si la discusión con Yamato la hubiera dejado agotada y lo único que quisiera hacer era quedarse allí tirada mojándose con la lluvia. Suerte que era verano y el agua la refrescaba del intenso calor.
Por su parte, la única voz que escuchó Yamato fue la del buzón de voz pidiéndole que dejara un mensaje.
–Parece que han encontrado a la niña. –informó Yamato. –No fue un secuestro ni nada de eso. Estaba con su padre divorciado. No se trataba de Taichi.
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–Papá. Voy a comprar. ¿Puedes cuidar de Rika? –dijo Miyako a su padre, que estaba lidiando con las cuentas de su empresa. –Está montando en bicicleta delante de casa.
–¿Con la bicicleta?¿Te refieres a la que está medio destartalada? –preguntó Goro preocupado de que su nieta se hiciera daño.
–Kenji la ha arreglado. –dijo Miyako mientras metía su monedero en el bolso. –Parece que se hizo una herida y todo al arreglarla. Pero ahora está como nueva.
–¿Ha conseguido arreglar ese trozo de chatarra? –preguntó Goro asombrado. –Oye, ¿no vas demasiado escotada?
–¿Hago carne para cenar?¿O prefieres sukiyaki? Creo que mejor hago carne. Nos vemos luego. –preguntó Miyako cambiando de tema nerviosa. En realidad no le dejó ni contestar, y en cuanto se decidió por la carne, salió de casa prácticamente huyendo.
Cuando acabó con la contabilidad, Goro se dirigió al huerto, donde su empleado, Kenji Yagami estaba recolectando los frutos de un árbol. Tras un rato, Goro se sentó en una de las cajas para descansar, ya que no tenía el mismo aguante que antaño.
–¿Qué piensas de la idiota de mi hija? –preguntó Goro.
–¿Perdón? –dijo Kenji al no esperar la pregunta, y menos que su propio padre la insultara.
–Bueno, quizás yo haya cometido muchos errores en el pasado, y es por eso que quizás, para reparar mis errores, durante mucho tiempo he estado contratando a gente recién salida de prisión. Y lo cierto es que todos hicieron bien su trabajo. Nadie es malo por naturaleza. Pero sólo contigo tuve mis dudas. Cuando supe de tus circunstancias, pensé en rechazarte. Pero ahora es diferente. Incluso creo que quizás no fueras tú quien hiciera ese tipo de cosas. Es sólo que en lo concerniente a mi hija me siento un inepto. No puedo evitar preocuparme por ella. –confesó Goro. Para él era frustrante que pudiera ayudar a otras personas pero no a su propia hija. No sabía ni siquiera por qué le había dicho eso a su empleado. –Olvídalo.
–Señor Inoue. No tiene que preocuparse por ella. No querré a nadie de nuevo. Ni dejaré que nadie me quiera en lo que me reste de vida. –dijo Kenji, intuyendo de que lo que le preocupara a su jefe fuera que Miyako se enamorara de él.
Cuando Goro escuchó aquello, asintió con la cabeza y se marchó más tranquilo.
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La lluvia seguía cayendo sin descanso. Después de asomarse, Yamato vio que Sora se había dejado olvidada la barra de labios. Lo cogió, lo abrió y fue a pintar en el periódico también olvidado que ella había traído. Pero la pintura estaba seca.
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Con la mudanza era común no encontrar algo, y era lo que le estaba pasando a Hikari. La castaña buscaba algo, pero como no lo encontraba, decidió cogérselo prestado a su hermana. Cuando abrió una pequeña caja de zapatos, mientras buscaba, vio una carta de Sora dirigida a Taichi, sólo que ésta había sido devuelta porque el destinatario no fue encontrado. Parecía que la había enviado al correccional donde fue ingresado, pero por lo visto, Taichi ya había sido liberado, aunque Hikari no tenía ni idea de ello.
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Tras un rato mojándose bajo la lluvia, Sora decidió volver sin poder evitar pensar en momentos vividos con su hermano.
Flashback.
–Hermano, aquí tienes unas gachas de avena. –dijo Sora llevándole una bandeja a la habitación, donde Taichi permanecía acostado y tapado hasta las orejas. –Si no comes, no tendrás energía para ir al matsuri. Por cierto, ¿has visto mi yukata? Es precioso. Oye, ¿por qué sigues teniendo esto?
Sora había cogido un sobre con una foto donde había amapolas rojas. Era un sobre con semillas. Taichi se giró para ponerse boca arriba, pero se mantuvo en silencio. Tan sólo miraba el falso techo, que estaba un poco abierto.
Fin del flashback.
En aquel entonces Sora no entendió por qué su hermano miraba con tanto detenimiento el techo de su habitación, ni tampoco sabía que le gustaran las amapolas. Pero aquel recuerdo se le vino a la mente al ver delante de ella unas amapolas de rojo intenso. Sora se arrodilló entre aquellas amapolas y comenzó a llorar, dándose cuenta de que aquello que se había esforzado en creer no era cierto. Yamato tenía razón.
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Tras encontrar la carta que Sora intentó enviar a su hermano, Hikari decidió dársela a sus padres, que la leían en la cocina.
¿Cómo estás, hermano?
Estos días ha hecho mucho calor, ¿no te parece?
¿Estás comiendo bien?¿Estás bien de salud?
Yo estoy bien. Cada día cojo el metro de la línea de Ginza para ir al trabajo.
¿Sabes lo que es el sistema de navegación de los coches? Sirve para guiar a los conductores. No había muchos cuando éramos niños, pero ahora estoy trabajando en una empresa que los fabrica. A día de hoy soy una oficinista de pleno derecho.
También soy buena maquillándome y debo reconocer que no me veo mal con el traje de tipo ejecutiva. Te envío una fotografía para que veas cómo soy ahora.
Es un trabajo que merece la pena y tengo la confianza de mis jefes. Mis compañeros también son muy amables. También me llevo bien con mis antiguos compañeros del instituto. En ocasiones comemos juntos. A veces me dicen que disfrutan de mi compañía. Y yo siempre respondo que mi hermano, que me adora, se parece a mí.
Papá y mamá están bien de salud. Papá sigue trabajando en la fábrica de relojes. Este año lo han ascendido a jefe de departamento.
Mamá ha mejorado sus habilidades con la costura para poder enseñar a sus alumnos.
Y en cuanto a nuestra hermana Hikari, le gustas. Te preguntarás cómo puede ser eso si nunca te conoció. Por supuesto, es porque yo le he contado todo sobre ti.
Todos esperamos que vuelvas a casa. Hasta que llegue el día en el que vuelvas, te esperaremos. No tienes que preocuparte de nada. Tan sólo vuelve a casa. Te esperaré. Incluso a día de hoy, pienso y siempre pensaré que eres inocente.
P.S: ¿Hay ventanas donde estás? Cuando te sientas afligido, puedes mirar al sol de la mañana. Yo siempre lo hago. Cuando lo miro, mis esperanzas se renuevan para seguir adelante.
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Por fin dejó de llover. Sora no había vuelto a hacer acto de presencia y aunque le dejó un mensaje, seguía sin contestar al teléfono. A pesar de que no le debía nada a aquella chica, decidió ir a buscarla. No estaba en el lugar en el que estuvieron la última vez, por lo que siguió hasta llegar al lugar donde Aki murió. Allí, entre las amapolas, la vio sentada entre las flores.
–¿No tienes frío? –Preguntó Yamato cuando llegó hasta ella. Pero ella no contestó. –¿Por qué no te vas a casa? Aunque vengas aquí no encontrarás ninguna prueba, por mucho que insistas en que es inocente.
–Es mi hermano. –dijo ella.
–¿Qué?
–Mi hermano es un asesino. –dijo Sora llorando, pero aceptando la realidad que se esforzó en negar. –Mi hermano mató a Aki.
–¿Por qué?
–Taichi y yo plantamos muchas flores como estas en la tumba de los gatitos ahogados. –dijo Sora. –Son amapolas rojas. Lo siento mucho.
–No necesito tus disculpas. –dijo Yamato duramente al ver que Sora no dejaba de disculparse una y otra vez.
–Mi hermano podría matar otra vez. Quizás sea un asesino en serie. –dijo Sora utilizando los mismo argumentos que utilizó él.
–¡Exageré! –dijo Yamato visiblemente incómodo. No sabía por qué, no gustaba ver a Sora llorar. –Probablemente le di demasiadas vueltas. La verdad es que no lo sé.
–Yo sí lo sé.
–¿Por qué?
–Porque Taichi intentó matarme una vez. –confesó Sora. Aquella confesión sí que pilló desprevenido a Yamato.
Flashback.
Sora estaba durmiendo cuando un día, Taichi se puso encima de ella y le cubrió el cuello con una bufanda. Comenzó a tirar de los extremos, empezando a ahogarla. Sora se sorprendió al ver quién era el causante de que el oxígeno no llegara a sus pulmones. El muchacho mostraba una expresión neutra cuando estuvo a punto de culminar la tarea, se detuvo y se marchó como si nada hubiera pasado.
Fin del flashback.
–Si hubiera muerto aquel día, quizás Aki seguiría viva. –se lamentó Sora.
Tras aquello, las cosas cambiaron para los dos.
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A pesar de que había oscurecido, Kenji le estaba dando unos retoques a la bicicleta rosa de Rika.
–¿Sabes, Kenji? Aunque eres menor que yo, parece que tengas mucha experiencia. –dijo Miyako colocándose a su lado. –Dime, ¿dónde estabas antes de venir aquí?
Pero el chico no contestaba. Cuando Miyako fue a tocarlo para llamar su atención, él la interceptó cogiéndola de la muñeca.
–Es peligroso. –dijo él, haciendo referencia al martillo con el que golpeaba partes de la bicicleta. Pero ella no se dio por vencida y lo besó en los labios. Él la apartó bruscamente tirándola al suelo. Miyako sólo vio cómo Kenji se integraba en la oscuridad.
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Yamato acercó a Sora a la estación para volver a casa. El ambiente estaba animado. El sonido agudo de las flautas japonesas se escuchaba en el ambiente.
–Muchas gracias por traerme. –dijo ella agradecida.
–Parece que el matsuri está cerca. –dijo Yamato. –¿Quieres ir?
Sora se sorprendió que Yamato le ofreciera ir al festival después de todo. Yamato tampoco supo por qué lo dijo, pero de alguna manera quería compensarla por no haber podido disfrutar del matsuri el verano en el que murió Aki.
Sora aceptó y comenzaron a pasear tranquilamente hacia el festival.
–¿Ya no te pones el yukata que te regaló tu abuela? –preguntó Yamato.
–No. Y aunque me lo pusiera me llegaría por la rodilla. –respondió Sora.
–No lo entiendo. En aquel entonces Taichi era mi amigo. –reflexionó Yamato cambiando de tema. –No sé nada de él, excepto lo que sabía de cuando éramos amigos. Al igual que tú no sabes nada de él, excepto que era un buen hermano. Sería mejor si te detestara, pero no pareces la clase de persona a la que odiaría. Bueno, cambiaré de tema. ¿Viste la Copa del Mundo el año pasado?
–¿Perdón? –preguntó Sora, que no se esperaba aquel drástico cambio de tema.
–Ya sabes, el mundial de fútbol.
–Sólo lo que capté de la televisión del sitio en el que trabajaba a tiempo parcial. –respondió Sora.
–¿Conoces a un jugador que se llama Endo? –preguntó Yamato.
–¿Uno rubio?
–No, ese es Honda. Endo marcó un golazo de penalti. Todos los jugadores se abrazaron y se creó ese sentimiento de "lo hemos logrado" por todo el país. –dijo Yamato.
–Sí. Recuerdo que donde trabajaba también se creó esa atmósfera.
–¿Tú también lo sentiste, entonces? –preguntó Yamato.
–La verdad es que no.
–Yo tampoco. Creo que en eso nos parecemos. No hay mucha diferencia entre nosotros. Yo soy familiar de la víctima y tú del asesino. ¿Vamos a hacer esto de ahora en adelante? –preguntó Yamato mientras se adentraban entre la gente que recorría el matsuri.
–¿El qué?
–¿Seremos capaces de sentir que lo hemos logrado mientras posamos así? –preguntó Yamato levantando los brazos como si hubiera ganado algún juego. Aquello hizo que ambos sonrieran, pero la pelirroja percibió que a Yamato le duró poco la sonrisa al ver a una mujer ataviada con un yukata.
Continuará...
