Capítulo 5. Porque es su madre I.
Natsuko y su hijo se quedaron mirando el uno al otro entre el gentío sin atreverse a acercarse, hasta que su cuñada Kasumi, que también vestía un yukata, hizo acto de aparición con el carricoche de su hijo después de haber estado viendo un puesto.
–¡Hola, Yamato! –saludó Kasumi contenta de ver a su cuñado y obviando la tensión que se vivía entre madre e hijo. Natsuko, con cara de "qué remedio" siguió a su nuera hasta Yamato. –¡Qué coincidencia!
–Así que también has venido al matsuri. –dijo Natsuko. Entonces Natsuko hizo un gesto con la cabeza a la acompañante de su hijo, que fue recíproco.
–Ella es Natsuko, mi madre. –presentó Yamato. A Sora se le heló la sangre cuando supo quién era esa mujer. Ahora comprendía de quién había heredado Yamato sus bonitos ojos azules.
–¿Qué te ha pasado?¿Te ha pillado la lluvia? ¿Te has caído? –preguntó Natsuko al ver que la ropa de Sora estaba empapada y algo sucia.
–Algo así, pero no es nada. –dijo Sora restándole gravedad. Entonces, Natsuko sacó un fular de su bolso y se lo pasó a Sora por los hombros.
–Perdona, es un poco de abuela. –dijo Natsuko ante la sorpresa de Sora. –Hijo, ¿cómo la dejas así? Podría pescar un resfriado.
–Estoy bien. –dijo Sora.
–¿Volvemos? –preguntó Yamato a Sora.
–Sí.
–Adiós, entonces. –se despidió Natsuko.
–Adiós. –respondió Yamato.
–No podemos decirle quién soy, ¿verdad? –dijo Sora.
–Si se lo decimos, ella…–pero Yamato no sabía cómo continuar esa frase, porque realmente no sabía cómo reaccionaría su madre.
–Tu madre es muy amable. –opinó Sora. Al fin y al cabo, le había prestado aquella prenda para que no cogiera frío sin ni siquiera haber sido presentada.
–Todavía no me ha perdonado por salir y dejar a mi hermana sola. –dijo Yamato.
Ambos jóvenes volvieron a la furgoneta de Yamato para llevar a Sora a su casa.
–Hace tiempo me disculpé y justo como ahora, en ocasiones hemos coincidido frente a la estación, o en la calle. Un día le pedí perdón por lo que le pasó a Aki. Y entonces, me dijo que todo está bien y que lo entiende.
–¿Entonces? –preguntó Sora, que no comprendía por qué se respiraba esa tensión entre ellos.
–Cuando estás bien no dices eso. Precisamente se dice cuando no se está bien. –dijo Yamato. Además, el trato frío que tenía hacia él se lo confirmaba. –¿Es por aquí cerca?
–Sí. Vivo en una casa que tiene mi tío. –contestó Sora mientras se soltaba el cinturón de seguridad.
–¿Os mudasteis por lo que le pasó a mi hermana? ¿Por el acoso de los medios y la gente?–quiso saber Yamato antes de que la chica se bajara.
–Sí. Más o menos. Empezamos a recibir llamadas algo inquietantes. –dijo Sora.
–¿Para perturbar a tu familia?
–Quiero disculparme contigo. Lo cierto es que pensé que eras tú o tu padre quien estaba detrás de esas llamadas. Por eso averigüé dónde vivíais y me presenté en tu casa el otro día. –confesó Sora.
Tal y como le dijo a su padre cuando le preguntó quién era, él pensó que era alguien que fue allí a acabar con su vida. No era extraño que la gente que quería suicidarse fuera a hacerlo en plena naturaleza. Pero Sora acababa de confirmarle el verdadero motivo por el que apareció en su vida de la nada.
–¿Creías que era yo?
–Pero ahora sé que no y me disculpo por haberlo pensado. Debe de ser otra persona.
Cuando Sora le dijo aquello, a Yamato en seguida se le vino a la cabeza quién podría estar detrás de aquel acoso.
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Cada vez que el teléfono sonaba en la residencia de los Takenouchi, a los miembros de la familia se les ponía los pelos de punta. Eran demasiadas las llamadas anónimas las que habían recibido a lo largo de todos los años tras la muerte de Aki. De alguna manera, comenzaron a vivir una especie de boicot contra la familia.
Estando Sora en la cocina y Haruhiko leyendo el periódico antes de marcharse al trabajo, el teléfono volvió a sonar. Toshiko se apresuró a ir a la cocina cuando escuchó el teléfono, expectante por saber si era una llamada normal u otra llamada anónima. Cuando vio que su marido colgó, supo de inmediato que se trataba de otra llamada anónima.
–Si ocurre algo llámame. –dijo Haruhiko resignado. –Sora, si vas a buscar trabajo puedo acercarte al centro.
–Sí, voy a por mi bolso. –aceptó Sora. Entonces, el teléfono volvió a sonar y los tres miraron el teléfono como si fuera un aparato endemoniado cuyo sonido comenzaba a tornarse espeluznante. Nunca antes había pasado tan poco tiempo entre una llamada y otra, lo que hacía que la situación fuera todavía más perturbadora.
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Natsuko limpiaba el baño con energía cuando el teléfono interrumpió su tarea. Era de la agencia de detectives que tenía contratada. Debía ir cuanto antes a realizar un nuevo pago. Por lo que cuando acabó con el baño, se arregló y fue hasta la cafetería en la que había quedado.
–6, 7, 8, 9 y 10. Todo correcto. –dijo el detective al contar los billetes. Después le mostró una carpeta. –Esta es la relación de llamadas telefónicas. Hemos seguido llamando, tal y como solicitaste. Y esta es su nueva dirección.
–No hay necesidad. –dijo Natsuko.
–Como quiera. Tan pronto como recibamos el siguiente pago distribuiremos este poster por el vecindario. ¿Le parece bien?
En él se afirmaba que en una casa vivía la familia del asesino de una niña.
Cuando Natsuko salió de la reunión no salió satisfecha. Nunca estaba satisfecha porque su dolor seguía intacto. Pero era lo único que se le ocurría hacer por su hija. Hacer que la familia del agresor no viviera en paz, al igual que ella. Ese acoso comenzó hacía ya varios años y sólo su hijo Takeru sabía que los tenía contratados. No obstante, aunque aquello no hacía que se sintiera mejor, no pensaba detenerse.
Fue entonces que vio a la joven que acompañó a su hijo en el matsuri de la otra tarde salir de una tienda. Vestía una falda marrón y una camiseta blanca en cuya espalda había el dibujo con la cabeza de un gorila.
–¡Perdona, chica del gorila! –la llamó Natsuko, pues se había dado cuenta que no sabía cómo se llamaba. Sora, que acaba de salir de la tienda de pedir trabajo se giró y vio a Natsuko. –Perdona por lo del gorila.
–No importa. –dijo Sora. –Gracias por lo del otro día.
–¿Puedo preguntarte tu nombre? –preguntó Natsuko.
–¿Te refieres a mi nombre y apellido? –preguntó Sora.
–Ambos, si quieres. –dijo Natsuko.
–Saku Bandou. –mintió Sora un poco titubeante. No podía decirle su verdadero nombre o podría meterse en problemas. Por lo que sacó el nombre de un cartel que había pegado en un establecimiento, aunque un poco modificado.
–¿Saku? Bonito nombre.
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Yamato buscaba unas cosas por Internet cuando Takeru entró en el negocio con una bolsa. Al verlo entrar, cerró el portátil para centrarse en su hermano.
–He dejado a mi mujer y a mi hijo en casa de una amiga. Te he traído unas mazorcas de maíz. –dijo Takeru sentándose y cogiendo una él mismo para comerla.
–¿Qué haces?
–Puedes comerlas crudas. Pruébalas. –lo animó Takeru. –Por cierto, ¿tienes novia? Kasumi me ha dicho que os vio en el matsuri y que es muy mona. Dijo que hacíais buena pareja. Parece que a mamá también le gusta.
–¿Cómo ha estado mamá últimamente? –preguntó Yamato evitando el tema de Sora, pero preguntando con toda la idea. Necesitaba confirmar que fuera ella la de las llamadas anónimas a la familia Takenouchi.
–¿Cómo ha estado? –preguntó Takeru un poco extrañado. Era consciente de la fría relación entre ellos.
–Sí. ¿Has notado algo extraño en ella? –aclaró Yamato mientras pelaba la mazorca.
–¿Extraño? ¿Hablas de la agencia de detectives? –preguntó Takeru.
–¿Detectives?
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–¡Vaya! –se quejó Natsuko al ver que le quedó un bolo en pie. Le caía muy bien la amiga de su hijo mayor, por lo que cuando se encontraron, la invitó a jugar una partida de bolos para conocerla mejor. El hecho de que su relación con Yamato fuera fría y distante no significaba que no quisiera a su hijo. Quería lo mejor para él y pensaba que la joven pelirroja era buena para él, a pesar de que había notado cierta tristeza en ella. –¿Sabes? Cuando estoy de bajón a veces vengo aquí a jugar para sentirme mejor.
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–Ha pagado grandes sumas de dinero a lo largo de todos estos años para investigar a la familia del asesino y acosarlos con llamadas telefónicas. Ha sido así durante los últimos cuatro o cinco años. –explicó Takeru. Entonces recibió una mirada inquisitoria de su hermano. –¿Por qué me miras así?
–¿Lo sabías y la dejaste hacerlo? –preguntó Yamato.
–Sí.
–¿Por qué no la paraste?
–Porque ahora ese es su propósito en la vida. ¿Sabes cómo han tratado a mamá desde que murió Aki? La gente la ha juzgado preguntándose cómo había podido dejar sola a su hija pequeña. ¿Por qué la culpan a ella? Para ella seguir adelante es complicado. Es un completo misterio, y nadie puede decirle cómo seguir adelante después de que maten a tu hija. Por eso, acosar a esa familia es el único refugio que mamá ha encontrado para seguir viviendo.
–Pero, ¿va a ser feliz haciendo eso? –preguntó Yamato.
–¿Acaso tú no has investigado un poco? –preguntó Takeru, cogiendo un papel en el que ponía Prisión Juvenil de Tokio.
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Era el turno de Sora, pero se notaba que no había jugado nunca a los bolos porque en su tirada la bola se marchó por el costado izquierdo, dejando los diez bolos intactos. Aquello hizo que Natsuko soltara una carcajada. Sora tampoco pudo evitar reír.
Después de un par de tiradas más se sentaron a descansar mientras tomaban de sus bebidas. Entonces, Natsuko se fijó en el dibujo del gorila de la camiseta de Sora.
–¿Sabías que todos los gorilas tienen el grupo sanguíneo de tipo B? –preguntó Natsuko.
–No. Qué raro. –dijo Sora sonriendo.
–¿Sabes? Quizás ella sería más o menos de tu tamaño. –dijo Natsuko de pronto.
–¿Se refiere a su hija?
–Mi hija se hacía notar hasta para limpiarle los oídos. –dijo Natsuko con nostalgia. –¿Yamato te ha contado cosas?
–Sí. –admitió Sora.
–Lo del grupo sanguíneo de los gorilas me lo contó Aki. –dijo Natsuko con nostalgia.
–¿No habla de este tipo de cosas con su hijo? –quiso saber Sora. –Creo que a Yamato le hubiera gustado hablar de estas cosas con usted. Lo siento, no soy quién para decirle eso.
–No te preocupes. –dijo Natsuko, aunque aquello la dejó pensativa. Nunca había pensado en lo que podría haber necesitado Yamato. Al fin y al cabo, él también perdió a su hermana y ella, de alguna manera, no se había percatado que con su actitud hacia él, el mensaje que le mandaba continuamente era que fue su culpa por dejarla sola. Siempre se había centrado más en Takeru.
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Tras la visita de su hermano, Yamato se puso a quemar leña. En un descuido, se hizo daño en el pulgar con una astilla, por lo que fue en busca del botiquín. Entonces escuchó voces femeninas. Extrañado, fue hacia la cocina, de donde provenían las voces. Al haber estado fuera no se había percatado de que hubiera alguien.
–Hola, hijo. –dijo Natsuko al ver a su hijo en la puerta de la cocina. Ya estaba sorprendido de ver allí a su madre, pero todavía le sorprendió más verla con Sora.
–Saku está asando este maíz. ¿Le echamos salsa de soja? –preguntó Natsuko.
Yamato seguía sin poder articular palabra. ¿Saku? ¿Era así como se llamaba Sora de cara a su madre?
–Sí. ¿Dónde tienes la salsa de soja? –preguntó Sora.
–Debe de estar en el frigorífico. –dijo Natsuko.
–Sí, aquí está. –dijo Sora cogiendo la salsa de la nevera. Después, echó un poco de salsa sobre el grill en el que se estaban cocinando un par de mazorcas. –¡Tienen buena pinta!
–¿Qué te pasa? –preguntó Natsuko, al ver a su hijo inmóvil.
–Las mazorcas de maíz se comen crudas. –dijo Yamato en tono de funeral.
–¿De verdad? –dijeron Sora y Natsuko a coro. El contestar a la vez les causó la risa. Yamato se acercó a Sora con gesto serio, la agarró del brazo y la arrastró al exterior para hablar a solas.
–¿Saku?
–Lo siento. Me la encontré en la calle y me preguntó mi nombre. –explicó Sora. Yamato entró un momento, sacó su bolso y se lo dio a Sora.
–Mi madre es la que ha estado acosando a tu familia. Si se entera de que eres la hermana menor de Taichi… –pero él mismo se interrumpió, puesto que no sabía cómo continuar la frase. –Intentaré convencerla de que pare. No por ti, sino porque no creo que sea algo bueno para ella.
–Lo entiendo. Será mejor que me vaya. –dijo Sora.
Una vez que se marchó, Yamato volvió a entrar para enfrentar a su madre. Pero antes, vio una carpeta que sobresalía de su bolso. La cogió y comenzó a ojear los documentos de la agencia de detectives.
–¿Dónde está Saku? ¿Os habéis peleado?–preguntó Natsuko apareciendo de la cocina con un plato con las mazorcas de maíz. Entonces se fijó en lo que tenía su hijo entre las manos, dejó el plato y se lo quitó. –¿Por qué miras las cosas de los demás sin permiso?
–Deja de hacer estupideces. Takeru también lo sabe. ¿Acaso no te das cuenta que hacer que el padre pierda el trabajo, que no puedan vivir en ninguna parte o que las hijas sufran en el colegio está mal? –recriminó Yamato.
–¿Mal, dices?
–Hacer esas cosas…
–No voy a parar. –sentenció Natsuko interrumpiendo a su hijo. –Mataron a Aki y viven como si nada hubiera pasado.
–Quien mató a Aki fue Taichi. –dijo Yamato negando con la cabeza. –Ellos son familiares.
–Es lo mismo. Su familia es igual. –juzgó Natsuko.
–¿Cómo puedes decir eso?
–Yamato. ¿De qué lado estás? –preguntó Natsuko.
–Del tuyo, por supuesto. Sólo quiero que seas feliz.
–Perdona, pero una madre que no ha podido proteger la vida de su hija no merece vivir. Tras la muerte de Aki, yo también morí. Estoy muerta. –tras decir aquello, Natsuko se marchó, dejando a Yamato y a las mazorcas de maíz.
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Sora iba camino a la parada de autobús cuando vio venir a Natsuko. Al intentar esconderse para evitarla, tropezó y cayó en la maleza, lo cual llamó más la atención de Natsuko. A Natsuko le hizo gracia lo torpe que podía llegar a ser la joven.
–Saku, ¿estás bien? –preguntó Natsuko.
–Sí.
Finalmente, ambas se dirigieron a la parada de autobús.
–¿Vas en aquella dirección? –preguntó Natsuko al llegar a la parada.
–Sí.
–Mi autobús va en la contraria. Ten cuidado al volver. –dijo Natsuko.
–Lo tendré.
–Tienes un poco de sangre en la rodilla. –apreció Natsuko. –Te limpiaré. Siéntate.
Natsuko sacó un botellín de agua de su bolso, humedeció un pañuelo y lo aplicó en la rodilla de Sora.
–Cuando llevas falda y te sientas siempre se sube un poco. –dijo Natsuko.
–Sí.
–Por alguna razón que desconozco, a Aki le gustaba eso. Le encantaba sentarse para que se le subiera un poco la falda. Desde que tenía dos años le gustaba llevar faldas cortas. –relató Natsuko mientras abría una tirita y se la colocaba a Sora. –Pero yo no le compraba.
–¿Por qué?
–Aki arrastraba un poco la pierna derecha cuando andaba a consecuencia de unas fiebres muy altas al poco de nacer. Sin darme cuenta, creo que intenté disimular y fingir que no lo sabía. Siempre me preguntaba por qué no le compraba faldas cortas y yo siempre le contestaba que era para protegerle las rodillas. Le decía que así no se las rasparía ni cuando se cayera. –dijo Natsuko.
–Bonita excusa. –dijo Sora.
–Por eso las rodillas de Aki eran preciosas. Y cuando se las tocaba le entraba una risita. –explicó Natsuko, lo que provocó las risas. –Pero durante el verano en el que cursaba primero me dijo que quería llevar una falda sí o sí. Al final, claudiqué y la llevé a la tienda.
–¿Le compró una?
–Sí. Una que se le subía hasta un poco más arriba de la rodilla cuando se sentaba. Aki la quiso llevar de vuelta a casa. Mientras íbamos en el tren, se pasó todo el tiempo levantándose y sentándose.
–Me imagino que estaría muy contenta.
–También la llevó en su último día. –dijo Natsuko. –Estaba un poco molesta cuando la dejé llevarla para después irme a trabajar. Pensé que quizás era demasiado corta. Pero tenía prisa. Le dejé un panecillo dulce y me marché. Siento hablarte de esto.
–No importa.
–Parece que el autobús se retrasa. –dijo Natsuko levantándose. Pero después volvió a retomar el tema. –En la morgue, bajo aquel pañuelo blanco en su cara, yacía Aki. La pequeña Aki llevaba la falda. Tenía la rodilla raspada. A pesar de tocársela, no reía.
Tras recordar aquel momento amargo en el que tuvo la esperanza en que al tocarle la rodilla la niña volviera a reír, Natsuko se sentó en el suelo abatida, apoyada en el quitamiedos. Aquello fue como la confirmación final de que la pequeña Aki realmente estaba sin vida.
–¿Se encuentra bien? –preguntó Sora acercándose a ella.
–Estaba asustada. Estaba tan asustada que ni siquiera le pude preguntar a la policía. –dijo Natsuko con la voz afectada.
–¿Preguntarles qué?
Entonces, el autobús dio la curva y apareció en el horizonte.
–Ya llega el autobús. –dijo Natsuko levantándose y buscando dinero en su monedero. –¿Por qué la dejaría llevar aquella falda?
El autobús paró y Natsuko, apresurada y obviando que se le había caído varias monedas que Sora se apresuró a recoger, se subió y desapareció.
Cuando Sora despertó aquel día, no se imaginaba que iba a conocer cuánto dolor guardaba Natsuko en su interior. Entonces comprendió qué pregunta no pudo realizar aquella mujer a la policía.
Continuará…
