Capítulo 6. Porque es su madre II.
En lugar de coger su autobús, Sora había decidido volver para hablar con Yamato después de lo que ocurrió con su madre. Cuando llegó a toda prisa, encontró a Yamato pelando unos cacahuetes que estaba tomando como aperitivo junto con una cerveza.
–Yamato, tienes que salvar a tu madre. –le pidió Sora.
–¿Qué?
–En estos quince años no sólo ha estado llena de tristeza, también ha estado asustada. Tan asustada que ha estado temblando todo este tiempo. Es tanto el miedo que no se ha atrevido ni a preguntarle a nadie.
–¿Preguntar qué?
–Si Aki fue violada. –dijo Sora con dificultad.
–No, eso no puede ser. –dijo Yamato, que ni si quiera había pensado en esa posibilidad en aquellos quince años.
–¡Es su madre!¡Se trata de su hija!¡Tiene el derecho a saberlo! –dijo Sora. –Para ella, pensar tan sólo en esa posibilidad…
–Pero mi hermana sólo tenía siete años. –dijo Yamato, que se resistía a creerlo.
–Pero esas cosas ocurren. Por desgracia existen esa clase de personas. –dijo Sora.
–Pero tú eres su hermana. Tú puedes decir si tu hermano haría algo así. –dijo Yamato.
–Ya no. Yo ya no sé nada. –dijo Sora. Entendía que Yamato se resistiera en creer aquello porque no quería que fuera verdad. A ella le ocurrió lo mismo a la hora de aceptar la culpabilidad de su hermano. –Creo que deberías averiguar la verdad.
–¿Cómo voy a hacer eso?
–Debe de haber algún tipo de prueba. Los forenses y la policía debieron de haberlo comprobado con la investigación. –dijo Sora.
–Y si fuera así, ¿qué conseguiríamos?
–Aún así creo que es mejor que lo sepa. No saberlo la tendrá siempre en un sin vivir. –argumentó Sora.
Entonces, Yamato se puso a rebuscar por los cajones de la habitación que fue de su padre. Después de extender un montón de tarjetas que fue recopilando a lo largo de la investigación que Hiroaki llevó a cabo, hasta que dio con la que buscaba.
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–Buenos días. –saludó Miyako a Kenji, que reparaba un pequeño tractor en aquel momento.
–Buenos días. –saludó él.
–Yagami. Aquí está la nueva empleada de la que te hablé ayer. –dijo Goro yendo hasta ellos. Tras él iba una joven de pelo castaño y un aspecto tan serio que podía percibirse como rudo.
–¿Una mujer? –preguntó Miyako.
–Yagami, quiero que fumigues los viñedos.
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Sora había conseguido sembrarle la duda a Yamato, por lo que fueron juntos a unos juzgados de Tokio para averiguar si Aki fue violada tal y como se temían.
–Dijeron que son diez mil yenes por una hora, lo que significa que media hora serían cinco mil yenes. –dijo Yamato haciéndose sus propias cuentas mientras esperaban. No es que le sobrara el dinero precisamente.
–Esto no es un karaoke. –dijo Sora.
–Gracias por esperar. –dijo el funcionario pasándole una tarjeta. –Siento decirles que la persona que buscan ya se ha jubilado.
–Entonces, ¿podríamos ver los testimonios escritos? –preguntó Sora.
–Sí. ¿Cómo los podemos conseguir? –preguntó Yamato.
–Lo siento mucho, pero el periodo en el que podemos retener esos testimonios es de cinco años. –informó el funcionario.
–Pero los necesitamos. ¿No hay alguna manera de conseguirlos? –preguntó Sora, al ver que Yamato estaba bloqueado. Sora intuía que desde que le planteó la posibilidad de que Aki fuera violada pasó una fase de negación para pasar a una de temor porque así fuera.
–Es un caso que ocurrió hace quince años y debemos tener en cuenta los derechos civiles del agresor. Es muy difícil. –dijo el hombre.
En una mesa cercana, una guapa chica castaña que ojeaba unos papeles no pudo evitar escuchar la conversación. Con la respuesta que dio, sabía que el funcionario no ayudaría a aquella pareja.
Cuando Yamato y Sora se dirigían hacia la salida, la chica castaña metió sus papeles en un gran sobre y los siguió hasta alcanzarlos.
–¡Disculpad! –dijo la chica. –Soy Mimi Tachikawa. ¿Vamos a tomar algo?
Al principio Sora y Yamato se miraron extrañados, pero la joven insistió al decirles que había escuchado todo, por lo que finalmente, acabaron sentados en una cafetería.
–Mi madre también fue asesinada hace cinco años. –confesó Mimi. –El asesino fue un joven de diecinueve años sin ningún tipo de relación con mi familia. Mi madre simplemente tuvo la mala suerte de estar en el momento y el lugar equivocado. Ahora mismo estoy en medio del juicio contra él. Si no lo hiciera, no podría ver los informes y testimonios. Es extraño que los agresores puedan gozar de sus libertades, mientras que las víctimas no. Estoy en contacto con un periodista que sigue casos de delitos juveniles. Cabe la posibilidad de que él si pueda conseguir los informes que buscáis, si es que no lo ha hecho ya. Vuestro caso fue bastante sonado y estoy segura de que investigó en su momento.
–¿Lo dices en serio? –preguntó Yamato.
–¿Estaréis mañana en Tokio? –preguntó Mimi.
–Sí. –contestaron a coro, aunque la idea era volver al no conseguir nada.
–Entonces intentaré dar con él. –dijo Mimi.
–Te lo agradeceríamos. –dijo Sora.
–¿Puedo preguntaros algo? –preguntó Mimi.
–Adelante. –dijo Yamato.
–¿La tristeza desaparece tras quince años? –preguntó la castaña. –Siento preguntar algo tan raro.
Pero para Yamato no era una pregunta rara. Sólo que no se la esperaba.
–Yo huí de la tristeza, aunque siempre acaba alcanzándome. –confesó él. –A diferencia de mí durante todos estos años, tú estás encarando la situación. Creo que aunque lo hagas, la tristeza nunca desaparece del todo. Pero quizás seas capaz de encerrar bajo llave ese sentimiento y seguir adelante.
–Quizás tengas razón. –dijo Mimi agradecida con una gran sonrisa. Siempre fue una persona optimista y alegre y sentía que Yamato había dado en el clavo al percibir cómo llevaba su propia situación. –Gracias.
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Sora y Yamato no pensaban quedarse Tokio cuando no obtuvieron ningún resultado positivo en la institución gubernamental a la que fueron. Pero con la providencial aparición de Mimi Tachikawa pasarían un día más en la ciudad, por lo que buscaron un hotel asequible a sus maltrechos bolsillos.
Finalmente optaron por alojarse en un manga-café de Shibuya, una opción que solía utilizar la gente que pierde el último tren o que está de paso, aunque también suele haber huéspedes que están durante varios días. Este tipo de hoteles constaban de compartimentos muy pequeños con un sillón o una colchoneta en el suelo y una mesa con un ordenador. En la zona común tienen una biblioteca con libros de diversas temáticas, máquinas con bebidas frías o calientes incluidas en el precio y zona de duchas.
–Sólo nos queda una habitación con colchón doble. ¿Les parece bien? –preguntó el recepcionista. Yamato miró a Sora sin saber qué responder.
–A mí no me importa. –dijo ella.
–Vale. Nos la quedamos. Pero no somos pareja. –aceptó Yamato puntualizando, aunque al recepcionista le importaba más bien poco lo que fueran esos dos.
Una vez que se cogieron un libro cada uno, se metieron en el cubículo, donde había una colchoneta doble realmente cómoda, presidida por una mesa baja con un ordenador.
–¿Cómo te sientes al enfrentar las cosas? –preguntó Sora.
–¿Perdón? –preguntó Yamato, que estaba concentrado en el libro.
–Antes has dicho lo de encerrar bajo llave la tristeza para seguir adelante.
–¿Me tomas el pelo? –preguntó él.
–Claro que no. Siempre que voy a tu casa en el autobús paso por delante de la casa en la que vivía de pequeña y sólo quiero cerrar los ojos. Me asusta. Ni siquiera sé cómo está la casa porque no puedo mirar.
–Entiendo.
–Quizás vaya la próxima vez.
–¿Es cierto lo que me dijiste el otro día? ¿Lo de que Taichi intentó matarte un vez? –preguntó Yamato.
–Sí.
–¿Por qué haría algo así?
–No tengo ni la más remota idea.
–¿Cómo fue? –preguntó Yamato.
–Utilizó una bufanda. Pensé que era un sueño. Pero no lo fue. Si hubiera muerto yo, Aki probablemente no habría sido asesinada, porque lo habrían atrapado antes de que pudiera hacer nada. Lo siento.
A pesar de haberla reprendido cuando se enteró de quién era realmente, su percepción sobre ella había cambiado. Yamato no comprendía que ella se sintiera culpable por la mala cabeza de su hermano. De alguna manera le estaba diciendo que habría preferido estar en el lugar de Aki para ahorrarles el dolor a ellos. Cada vez se daba más cuenta que Sora también sufría con todo aquello y no debería temer pasar por su casa de hacía quince años ni tener sentimientos de culpabilidad como le reprochó cuando se enteró de quién era ella.
–Me alegro de que estés viva. –confesó Yamato entonces. Sora no se esperaba aquella declaración, ni lo que vino después. –Cuando volvamos te acompañaré a tu antigua casa. Buenas noches.
A la mañana siguiente temprano, el teléfono de Yamato comenzó a sonar, pero él seguía muy dormido. Fue Sora la que intentó despertarlo.
–Yamato, tu teléfono. –dijo Sora dándole varios toques. Yamato se levantó sobresaltado. Al ver que sólo era el teléfono y que era Mimi, se pasó la mano por la cara como si eso le despejara y contestó al teléfono.
–¿Diga? Sí. ¿Informes de la autopsia?
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Natsuko preparaba un sobre con dinero para realizar otro pago a la agencia de detectives que la ayudaba en su particular cruzada contra la familia del asesino de su hija, cuando sonó el timbre de la puerta. Cuando Natsuko abrió se encontró unos ojos azules como los suyos. No esperaba la visita de su hijo mayor.
–Tengo una cita con una amiga. –mintió Natsuko una vez que dejó entrar a su hijo. Natsuko se apresuró a recoger todos los papeles e informes que le habían proporcionado la agencia de detectives.
–Te dije que pararas con esto. –dijo Yamato, que no necesitaba ver los papeles para saber de qué se trataba. Pero ella no hacía caso. –¡Te he dicho que pares!
Natsuko paró, consciente de que no podría engañar a su hijo por mucho que intentara ocultar el papeleo. Hasta ese momento no se dio cuenta que Yamato cargaba un gran sobre.
–Son los informes de la autopsia que le practicaron a Aki. –dijo Yamato al ver cómo su madre miraba el sobre. –Con esto sabremos todo lo que le ocurrió cuando murió, y todo lo que Taichi le hizo. Todo está aquí.
Aunque al principio captó la atención de su madre, al mencionar las palabras "todo lo que Taichi le hizo", Natsuko se fue a la cocina visiblemente incómoda. Entonces se puso a guardar unos cubiertos que estaban en el escurridero junto al fregador.
–¿Quieres saberlo o no? –preguntó Yamato, que ya había sacado el informe del sobre. –¿Acaso no es lo que te ha inquietado todos estos años?
–Ahora estoy ocupada. –dijo Natsuko. Cada vez que quería evitar un tema siempre se ponía hacer otra cosa. Sabía que en el fondo su hijo tenía razón. Quería saber, pero al mismo tiempo, le daba miedo por si no le gustaba lo que oía.
Harto de la estrategia de evitación de su madre, decidió leer él mismo en voz alta el informe.
–Informe de autopsia. La fallecida vivía en el pueblo de Matsumidai, Prefactura de Shizuoka. –comenzó a leer Yamato.
–¡Te he dicho que estoy ocupada! –exclamó Natsuko mientras seguía guardando cubiertos en el cajón.
–Ishida Aki. Siete años. Hembra. –continuó Yamato haciendo caso omiso a su madre. –Hallazgos en la autopsia: depresión en la frente, cinco en la nuca, acompañado de contusiones, de lo que se infiere que el cuerpo fue apaleado con un cuerpo contundente como un martillo romo. Se observa la piel de la rodilla izquierda raspada y algunas abrasiones. Por el estado y extensión de las heridas, la frente fue la primera en recibir el golpe, de lo que se deduce que la víctima cayó de rodillas para acabar recostada boca abajo. Seguidamente, recibió cinco golpes en la nuca. Se concluye que la víctima no murió por ahogamiento y que fue lanzada al lago ya cadáver. A petición del abogado de la acusación sobre si la víctima sufrió una violación, no se observan evidencias en la ropa interior, restos de semen ni daños producidos en los órganos sexuales de la víctima. Por lo que se concluye que la víctima no fue violada durante la agresión. Conclusiones de la autopsia: sólo se observan heridas en la cabeza y abrasiones en las rodillas. La víctima murió a consecuencia del impacto de un objeto contundente en la frente.
Hacía un rato que Natsuko había dejado de guardar la vajilla. De hecho se quedó inmóvil al guardar los platos en un armario bajo, justo cuando su hijo leía la parte en la que su hija caía de rodillas. Estaba siendo muy duro escuchar con detalle cómo fue la muerte de su hija, aunque eso ya lo sabía. Natsuko percibió cómo su hijo parecía coger aire cuando llegó a la parte de la violación, puesto que era lo que nadie sabía y le había perturbado durante tanto tiempo.
–Lo que tanto te preocupaba no ocurrió. –añadió Yamato. –Aki murió en el acto.
Aunque el resultado seguía siendo la muerte de Aki, tanto a madre como a hijo les aliviaba que la niña no hubiera sufrido, a pesar de que Taichi se cebase con ella. También era un alivio que no le hubiera robado la virginidad a su hija. A pesar de ello, Natsuko no podía contener las lágrimas.
–No es tu culpa, mamá. –dijo Yamato con voz suave.
–¿Has investigado todo esto por mí? –pregunto Natsuko. A pesar del momento tan duro que acababa de escuchar, también le emocionaba que su hijo mayor, al que había tratado de forma tan fría y distante se hubiera esforzado por conocer aquello que tanto la perturbaba. Si él no hubiera tomado la iniciativa, probablemente jamás habría sabido la verdad. No había sido plato de buen gusto escuchar cómo se había desarrollado la muerte de su hija, pero su hijo había conseguido quitarle cierto peso de encima, ya que había vivido agobiada durante mucho tiempo por la duda.
–Sí.
–Gracias. Gracias, Yamato.
–Lo siento. Si no hubiera dejado a Aki sola no habría muerto. –se disculpó Yamato. Ahora era él el que parecía derrumbarse. Al percibir que sus lágrimas se escapaban de sus ojos, se lavó la cara en el fregadero mientras seguía pidiendo perdón. A pesar de lavarse la cara, las lágrimas no dejaban de caer. –Lo siento, lo siento, lo siento.
–No, Yamato. No es culpa tuya. –dijo Natsuko. Aunque se había negado a verlo, por fin había tomado conciencia de que su hijo había sufrido al menos tanto como ella durante quince años. –Nunca he pensado que fuera culpa tuya.
–No importa cuántas veces me disculpe. No puedo arreglar nada. –dijo Yamato.
–Eso no es cierto. Me has quitado un peso de encima al conocer la verdad. Y Aki jamás te lo habría echado en cara. Tus sentimientos seguro que llegarán a Aki. –dijo Natsuko. –Si lloras, Aki se reirá de ti.
Yamato por fin dejó de lavarse la cara y su madre le pasó un paño para que se secara.
–Quería venir a animarte y al final mira cómo he acabado. –comentó él. Natsuko no aguantó más y abrazó a su hijo.
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Una vez que Yamato se fue, Natsuko se puso a regar las plantas del jardín mientras reflexionaba sobre lo que había ocurrido con su hijo mayor. Hacía muchísimo tiempo que no vivía un momento tan íntimo con él. De hecho, la última vez que estuvo tan cerca de Yamato fue cuando él sólo era un niño. Tras la desgracia se distanciaron y su actitud evasiva no ayudó en nada, ni a ella ni a él. Finalmente se dio cuenta de que su actitud no hizo sino alimentar el sentimiento de culpa de su hijo, que de por sí ya lo pasaba mal. Sabía que a pesar de algunas actitudes provocadas por su adolescencia, Yamato siempre había adorado a Aki. No había más que ver cómo interactuaban entre los dos. Aki siempre le tuvo más apego a Yamato que a Takeru, aunque los dos la adoraban. Era difícil no querer a Aki. Y con su muerte, algo dentro de Yamato murió con ella. Siempre fue un chico alegre, pero a raíz de aquello, se volvió taciturno y serio. A todo ello se le sumó su divorcio con Hiroaki, que también supuso la separación de su hermano Takeru. Además, Hiroaki no supo llegar a él sino hasta el final de sus días, por lo que desde que ocurrió la desgracia, Yamato vivió él sólo su dolor y su sentimiento de culpa.
Después de reflexionar sobre su hijo, comenzó a recordar a su hija.
Flashback.
Era un día de verano cualquiera. Su marido estaba trabajando y sus hijos estaban jugando por el barrio. En casa sólo estaban ella y su hija. Aki leía un libro de animales mientras ella doblaba ropa. A Aki le encantaban los animales y si aprendía algo interesante, no dudaba en compartirlo.
–Mamá, ¿sabías que todos los gorilas tienen el mismo grupo sanguíneo? Todos tienen el grupo B.
–¿De verdad?
–Sí. ¿Y sabías que la bolsa de los canguros apesta?
–¿En serio?¿Por qué?
–Por las cacas de los bebés canguros. Por suerte no soy un bebé de una familia de canguros.
–Sí, menos mal. –dijo Natsuko riendo.
Fin del flashback.
Natsuko sonrió al recordar aquella anécdota. Le gustaba recordar a su hija así, pero le apenaba no volver a tener esos momentos con ella. Entonces, sumida en sus pensamientos, escuchó la voz de su hija, como si ella siguiera doblando ropa y ella siguiera con su libro de animales.
–Mamá, ¿por qué me han matado? No es tu culpa, ¿no? Ni tampoco culpa de Yamato, ¿verdad? Ni de papá. Ni de Takeru. Entonces, ¿por qué me han matado?
Al escuchar aquello, Natsuko soltó la pistola de la manguera, se le humedecieron los ojos y cayó de rodillas. Aquello último no fue un recuerdo. Sabía que era producto de su imaginación, pero había sido muy real, como si hubiese sido parte de su recuerdo. Quería interpretarlo como el perdón de Aki. Su hija no culpaba a nadie, pero no entendía por qué la mataron.
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Yamato bajaba de la furgoneta con el sobre que contenía el informe de la autopsia de su hermana cuando Sora lo llamó por teléfono.
–¿Diga?
–¿Te ha ido bien con tu madre? –preguntó Sora interesada.
–Sí. He conseguido acercarme a ella. También me ha dicho que dejaría de acosar a tu familia.
–Gracias, Yamato.
–No, gracias a ti.
–En absoluto. –dijo Sora.
–Oye, ¿quieres que vayamos a tu antigua casa?
–Claro.
Un rato más tarde, Yamato recogió a Sora en la estación.
–Gracias. –dijo Sora una vez que se montó en la furgoneta.
–No es nada. Tú me acompañaste a Tokio.
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Natsuko llamó a la agencia de detectives que tenía contratada y les pidió que dejaran las llamadas telefónicas y que no repartieran los poster. Pero como último favor les pidió la dirección actual de la familia del agresor.
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Según iban acercándose a la antigua casa de Sora, Yamato recordó cómo fue con su amigo Jou a buscar a Taichi, como tantas veces hicieron. Mientras tanto, Sora casi no se atrevía a mirar.
–Sora. –dijo Yamato. Cuando alzó la mirada, la casa ya no estaba. Tan sólo estaba la parcela sin construir llena de broza. –Parece que ha estado así durante mucho tiempo, ¿no?
–Sí. –contestó ella mientras se acercaban. Entonces Yamato vio algo. Cuando se acercaron, vieron algo parecido a un naranjo cuyos frutos le resultaban muy familiares.
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Una vez que obtuvo la dirección de la familia Takenouchi, un taxi la llevó hasta allí. El buzón le confirmó que era el lugar que buscaba. Entonces, vio a una joven castaña salir que no le quitaba el ojo a su teléfono móvil. La reacción de Natsuko fue ocultarse tras la puerta del taxi. La joven iba en dirección contraria y no la vio. Pero Natsuko se quedó helada al ver la camiseta de la joven. Por detrás tenía el dibujo de un gorila. Ella conocía esa camiseta. Era de Saku. Una vez que la joven se perdió de su campo de visión, Natsuko volvió a armarse de valor y se fue acercando hasta la casa. Entonces, llegó una furgoneta con el rótulo de una lavandería industrial. De nuevo, la reacción de Natsuko fue darse la vuelta, pero Haruhiko vio a la mujer, y aunque no la llamó, Natsuko lo miró cuando cerró la puerta de la furgoneta. Haruhiko reconoció entonces a esa mujer.
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En la finca de los Inoue, Kenji cargaba un remolque con cajas de fruta. Después, fue hacia donde estaba Maki Himekawa, la nueva empleada que contrató el señor Inoue.
–Vuelvo ya. Voy a llevar esta caja al almacén. –dijo Kenji a la chica.
–Oye, Takenouchi. ¿Qué hago con esta ramita? –preguntó Maki. Pero Kenji se detuvo no por la pregunta, sino porque lo llamara Takenouchi. –Dime, ¿qué hago con ella, Taichi Takenouchi?
Continuará…
