Capítulo 8. Verdad expuesta II.

Era otro día de trabajo para Haruhiko. Tras cargar la furgoneta con los repartos del día, se subió al vehículo y se detuvo un momento al ver junto al obento que contenía su almuerzo en el asiento del copiloto, el hyoganatsu que olvidó Sora el día anterior. Irremediablemente recordó a Taichi. Desde que lo vio aquel día descargando cajas de esa fruta del camión comenzó a asociarla con su hijo. Entonces recordó que Sora le dijo que aquella pieza de fruta era del lugar donde había estado su antigua casa en Matsumidai. Por lo que sin pensar más, arrancó y se marchó decidido hacia allí. El reparto podría esperar un poco más.

Lo que Haruhiko ignoraba era que Yamato, desde su furgoneta, había esperado a que saliera para seguirlo. No tenía ni idea del trabajo que desempeñaba el padre del asesino de su hermana hasta que no vio la furgoneta de la lavandería industrial el día anterior cuando acompañó a Sora a casa.

Cuando Haruhiko llegó, bajó de la furgoneta y miró la parcela donde había estado su casa antes de introducirse entre la maleza para intentar llegar al árbol. Era tanta la maleza que apenas veía nada, hasta que en un momento dado, tras llegar a un claro después de abrirse camino vio en un lado en el exterior de la parcela a un joven hombre rubio de ojos azules que le resultaba un tanto familiar.

–Soy Yamato Ishida. –dijo Yamato. Al escuchar aquel apellido, supo de inmediato que era el hermano de la víctima de su hijo, por lo que se inclino formando un perfecto ángulo de noventa grados para mostrar su respeto.

Tras la presentación, ambos fueron a la cafetería más cercana que encontraron y se sentaron en la mesa más alejada del resto de clientes que encontraron.

–¿Qué quieres tomar? –preguntó Haruhiko intentando mostrarse amable, a pesar de los nervios que sentía. Entonces llegó el camarero y Yamato le pidió un té helado directamente sin aceptar la carta. Haruhiko pidió lo mismo casi por inercia y visiblemente incómodo. Cuando despertó aquel día no pensaba que se vería en aquella situación. –Sé que debería visitar a tu familia y disculparme formalmente por todo.

–No se trata de eso. No es lo que necesitamos. –dijo Yamato. –Quiero que me cuente lo que sabe.

–Lo siento, pero no he estado con mi hijo desde que lo detuvieron. En aquel entonces rechazaron nuestras solicitudes de visita cuando intentamos verlo. –explicó Haruhiko con la cabeza gacha.

–¿Por qué?

–Creo que era porque él no quería verme. –confesó Haruhiko.

–¿Por qué? –volvió a preguntar Yamato. Pero Haruhiko sólo suspiró. –¿Significa eso que lo ha dejado de lado todo este tiempo?

–Lo siento.

–No necesito que se disculpe. ¿Por qué Taichi mató a Aki? –preguntó Yamato sin tapujos. –¿Cómo se siente por lo que hizo?

–No lo sé.

–Pero usted es su padre. –alterándose un poco.

–Lo siento.

–¡He dicho que no necesito sus disculpas! –exclamó Yamato indignado y llamando la atención del resto de clientes. –¿Cómo puede ser que trate este tema como si fuera un asunto ajeno a usted?

–¿Usted es Takenouchi? –preguntó una mujer que tomaba café con otra señora al notar que en una mesa cercana alguien parecía alterado. –¿Me reconoce? Soy Koumoto.

–Buenos días, señora Koumoto. –saludó Haruhiko al reconocer a una de sus antiguas vecinas.

–¿Ha vuelto?

–No. –contestó él. Entonces la mujer se fijó en el joven.

–¿Yamato? –pero él no parecía acordarse. –Soy tu maestra de caligrafía. Eres Yamato, ¿verdad? El hermano de Aki. ¿Por qué estás con este tipejo?

–Negocios. –mintió Yamato.

–No sé cómo eres capaz si quiera de reunirte con alguien. –dijo la señora Koumoto haciendo referencia a Haruhiko y dejando de tutearle, como si no mereciera respeto alguno. –Tu hijo mató a una niña encantadora y tú sigues viviendo como si nada. Ya eras bastante arrogante en el pasado. Deberías agachar la cabeza, ponerte de rodillas y disculparte.

–Déjelo, señora Koumoto. –le pidió Yamato al ver el ensañamiento que tenía con Haruhiko y la vergüenza que le estaba haciendo pasar, pero ella hizo caso omiso.

–¿Es que no escuchas? ¡No te quedes callado y di algo! –insistió la mujer levantándose.

–Le he dicho que pare. –dijo Yamato levantándose también, pero mientras tanto, Haruhiko se puso de rodillas y agachó la cabeza.

–Es un asesino. Debería de traer a Aki de vuelta. –dijo la mujer, que aún no parecía satisfecha, a pesar de que aquello no tenía nada que ver con ella. Hasta las amigas en su mesa le dijeron que ya era suficiente.

–Pare, por favor. –le dijo Yamato a Haruhiko, que se había agachado junto al arrepentido hombre. Cuando se levantó, decidieron que era mejor salir de allí. Era evidente que en el barrio todavía se acordaban de ellos.

–Visitaré a tu familia y me disculparé. –dijo Haruhiko una vez que salieron de allí y se marchaban caminando en busca de sus respectivos vehículos.

–Taichi y yo solíamos comer takoyaki y hacer los deberes en ese puesto de takoyaki. –dijo Yamato señalando a un puesto por el que pasaban en aquel momento. –A veces hablábamos de nuestro futuro.

–¿En serio?

–Y allí comprábamos nuestras zapatillas deportivas; y allí los CDs de música–decía Yamato señalando a las diferentes tiendas. –Entonces éramos amigos.

–Entiendo.

–Oiga. ¿Le importa que mate a Taichi? –preguntó Yamato como quien pregunta la hora. A Haruhiko aquella pregunta le pilló tan desprevenido que no le salía ni la voz. –Aunque no sé dónde está, tengo mi trabajo e incluso leo mangas. Tengo una vida de lo más aburrida. Pero si se diera el caso, probablemente lo mate. De todas formas, no parece que vayas a buscarlo.

Aquello removió a Haruhiko, aunque seguía sin saber qué decir.

–Verá, mi difunto padre era bastante patético, pero al final, ¿cómo lo diría? Tomó una decisión. Quizás pensara durante mucho tiempo cómo quería vivir y cómo quería morir para poder tomar una decisión. Y aunque hay muchas cosas tristes, espantosas e ilógicas, en sus últimos días tomó la decisión de no huir y hacerle frente a todo. Sólo por eso le tengo un gran respeto a mi padre. Sora me dijo que estaba muy apegada a usted. Taichi también me dijo que sentía bastante apego por usted mientras comíamos en el puesto de takoyaki.

Sin decir nada más, Yamato se adelantó hasta llegar a su furgoneta, dejando a Haruhiko pensativo. ¿Acaso le estaba diciendo que se ganara el respeto de sus hijos encarando las cosas y dejando de huir?

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Cuando Yamato llegó al lago Mifune, donde tenía su casa y negocio, no esperaba ver allí a Mimi Tachikawa. No vestía de forma tan sofisticada como cuando la conoció en Tokio, pero para Yamato la ropa de Mimi era como vestir de gala.

–Qué alivio verte. Pensé que te había pasado algo. Como no contestabas al teléfono decidí venir. –dijo Mimi a modo de saludo.

–Lo siento. Es que se me cayó al lago. Justo vengo de conseguir uno nuevo. –explicó Yamato.

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Cuando Sora llegó a casa se extrañó de ver la furgoneta de empresa de su padre tan temprano, pero aún se extrañó más de ver a su padre dentro mientras miraba ensimismado el hyuganatsu, por lo que decidió sacarlo de sus pensamientos tocando el cristal de la ventana. Una vez que entraron, Haruhiko se sentó a la mesa a seguir mirando la fruta mientras su hija preparaba algo de té.

–He conseguido un trabajo a tiempo parcial en el bar que hay frente a la estación. –informó Sora.

–Genial. Me alegro mucho. –dijo Haruhiko. Tras unos segundos de silencio, el hombre volvió a hablar. –Quiero ver a Taichi y traerlo de vuelta a la familia. Para serte sincero, ni siquiera sé cómo hacerlo ni por dónde empezar. Tampoco sé qué le diría. Sólo quiero volver a vivir con él, comer juntos, trabajar y seguir viviendo. Quiero redimirme del pasado junto a él.

Cuando escuchó aquella confesión de su padre, Sora se alegró mucho y sintió un orgullo renovado por su padre. No sabía qué le había hecho cambiar de parecer, pero se alegraba de que hubiera reflexionado al respecto.

–Ya estamos en casa. –dijo Toshiko seguida de Hikari.

–Hola. –dijo Sora.

–Después de mucho tiempo Hikari dice que va a hacer curry. –dijo Toshiko que entraba cargada de bolsas de compra.

–Tampoco ha pasado tanto tiempo. –dijo Hikari. Mientras madre e hija discutían sobre si había pasado o no mucho tiempo, Sora miró a su padre, consciente de que el curry de Hikari fue una de las cosas que recordó él cuando vio a Taichi por casualidad en Tokio, y lo que lo decantó por elegirlas a ellas.

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–Bueno, debo irme ya. –dijo Mimi a Yamato después de haber conversado durante un buen rato. Mimi lo puso al día sobre el juicio por la muerte de su madre y por cómo lo llevaba anímicamente.

–Te llevaré a Tokio. –se ofreció Yamato.

–Ni hablar. Está demasiado lejos. –se negó Mimí.

–De todas formas iré a Tokio mañana o algún otro día. –dijo Yamato.

–¿Y eso?

–Por lo que hablamos el otro día. –dijo Yamato, que sacó un papel de un cajón. El papel tenía escrito un nombre. –Mi padre encontró a esta enfermera que sabía algo de Taichi.

–¿Y está en Tokio?

–No estoy seguro.

–Entonces tienes que contactar con ella de la manera adecuada. –dijo Mimí cogiéndole el papel y sacando su teléfono móvil.

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La residencia de los Takenouchi comenzaba a impregnarse del intenso olor a curry que preparaba la pequeña de las hijas. Mientras Hikari no le quitaba ojo a la cazuela mientras removía la comida, Toshiko y Sora ponían la mesa. Tras dejar unos platos, Toshiko cogió una cerveza de la nevera y se la llevó a su marido, que esperaba fuera hasta que la cena estuviera lista.

–Toma.

–Gracias.

–¿Ha venido esa mujer otra vez? –preguntó Toshiko al notar a su marido tan pensativo.

–No.

–¿Entonces qué ha pasado?

–Ya hablaremos después de cenar. –dijo Haruhiko.

–Cuéntamelo ya. –le pidió Toshiko, que no quería posponer nada. Entonces Sora también salió. Sabía lo que su padre tenía en mente y cuando vio salir a su madre intuyó que se lo iba a contar.

–Estoy pensando en buscar a Taichi. –confesó Haruhiko finalmente. Aquello dejó descolocada a Toshiko.

–¡Mamá!¡¿Añado ajo al final?! –se escuchó la voz de Hikari desde el interior.

–¡Sí! –respondió Toshiko a su hija.

–No creo que pueda conseguir su dirección fácilmente, pero la acabaré encontrando. –continuó Haruhiko como si no hubieran sido interrumpidos.

–¡¿Bajo el fuego?! –volvió a preguntar Hikari desde la cocina.

–¡Sí! –volvió a responder Toshiko, aunque con su cabeza en lo que le acababa de contarle su marido.

–Quiero que vuelva con nosotros. –añadió el hombre. El rictus en el rostro de Toshiko era más que evidente. Aquello podía romper el frágil equilibrio en sus vidas y que todavía estaban intentando consolidar. –Comprendo tu preocupación. No sé qué clase de persona es Taichi ahora, pero quiero que creas en mí.

–Mamá, te lo pido por favor. –decidió intervenir Sora. Al parecer su hija se había aliado con su padre.

–¡La cena está lista! –avisó Hikari desde dentro.

–¡Ya vamos! –dijo Toshiko girándose para volver a entrar en casa. Padre e hija pensaron que a Toshiko le pilló desprevenida y por eso evitaba pronunciarse. No obstante, aquella actitud evidenciaba la tensión que se había generado. Justo antes de entrar, la mujer volvió a girarse. –Haruhiko, será mejor que te calmes.

Toshiko dio por finalizada la conversación. La mujer pensó que el hecho de haber visto a la madre de Aki había hecho dudar a su marido y por eso le había expresado aquella ocurrencia.

–¿De qué hablabais? –preguntó Hikari mientras ponía la cazuela en el centro de la mesa.

–De nada importante. De la posibilidad de tener un perro. –mintió Toshiko, que no quería afectar a su hija.

–¿Quieres tener un perro? –preguntó Hikari divertida y sorprendida a partes iguales.

–No estábamos hablando de eso. –dijo Haruhiko. Al fin y al cabo, Hikari formaba parte de la familia y tenía derecho a saber lo que rondaba en su cabeza.

–Deja el tema, Haruhiko. Vamos a cenar. –dijo Toshiko.

–Lo siento, Toshiko. Pero es algo que ya he decidido. –dijo Haruhiko. –Voy a buscar a Taichi.

–¿Qué acabas de decir? –preguntó Hikari sorprendida.

–Claro que no, Hikari. –dijo su madre.

–Voy a buscar a tu hermano. –contradijo Haruhiko a su mujer.

–¿A mi hermano?–preguntó Hikari, que todavía no había digerido la noticia.

–Sí, a Taichi. –confirmó su padre.

–No menciones su nombre delante de Hikari. –le riñó Toshiko.

–¡Es el nombre de un miembro de esta familia! –dijo Haruhiko con contundencia.

–Mamá. –dijo Hikari entre dudosa y asustada.

–Tranquila Hikari. No voy a consentir esto. –intentó tranquilizarla Toshiko.

–Hikari, sé que al igual que mamá debes sentirte insegura al respecto, por eso nos tomaremos nuestro tiempo para hablarlo. –dijo Haruhiko.

–Aunque lo hablemos mi respuesta seguirá siendo la misma. No te preocupes, Hikari. No voy a aprobar esto. Dime, Haruhiko, ¿para qué nos hemos esforzado tanto durante estos quince años? ¿De qué nos sirve haber protegido a esta familia si ahora me sales con esto?

–¡Podemos seguir protegiendo a la familia! –exclamó Haruhiko.

–¡En esta casa no hay sitio para un asesino! –sentenció Toshiko. De repente, se hizo el silencio. –Mató a una niña de siete años. A una niña pequeña. No puede ser una persona decente. No sabemos qué podría hacer.

–Mamá. –intervino Sora, que fue interrumpida por su madre.

–No es una persona decente. –volvió a recalcar Toshiko.

–Pero es de nuestra familia. –dijo Sora.

–Él no es mi familia. –insistió Toshiko.

–No podemos hacer otra cosa más que aceptar que es nuestra familia. –dijo Sora, que no se rendía.

–¡Imposible! –dijo Toshiko, que comenzaba a alterarse.

–Mamá. –dijo Hikari con preocupación.

–Estoy bien. –dijo Toshiko para intentar no preocupar a su hija menor.

–Mamá, vamos a escuchar lo que tiene que decir papá. –dijo Hikari para sorpresa de su madre y de todos. –Yo tampoco lo soporto y me asusta la idea, pero creo que Sora tiene razón. Aunque no nos guste lo que hizo, es nuestro hermano. Es familia. Es inevitable.

–Está bien. Vamos a calmarnos. Hablemos en otro momento. –dijo Haruhiko, que pensaba que debían de estar más serenos para hablar sobre un tema tan delicado. –Te has esforzado mucho para hacernos el curry. Vamos a cenar, ¿vale? Voy a traer el arroz.

–Yo voy a calentar el curry. –dijo Sora, puesto que seguramente se habría enfriado.

–Vamos a cenar, mamá. –dijo Hikari mientras le cogía del hombro en señal de apoyo, aunque Toshiko sentía que se había quedado sola en aquello.

–Hikari, no se trata de eso. Verás, tu hermano…–comenzó a decir Toshiko.

–Toshiko. –dijo Haruhiko en tono de advertencia. Temía que pudiera confesarle la verdad a su hija.

–Taichi no es mi hijo. –confesó Toshiko, cumpliendo los temores de Haruhiko. –Yo no soy su madre biológica.

–¿Qué? –preguntó Hikari.

–Por eso no tienes por qué aguantar esto. –dijo Toshiko.

–¿Entonces, quién es su madre?

–No necesitas saber eso. –dijo Toshiko.

–Sora, ¿tú sabías esto? –preguntó Hikari.

–Déjalo, Hikari. –le pidió su madre. ¿Cómo iba a dejarlo después de soltarle aquella "bomba"? –Simplemente, las cosas son así.

–¿Y yo? –preguntó entonces Sora, que tampoco tenía ni idea de aquello. Pero Toshiko había conseguido sembrar la duda.

–¿Qué? Sora, tú eres mi hija. –dijo Toshiko mirándola con ojos llenos de anhelo. Pero Toshiko se derrumbó. A Sora también se le comenzaron a aguar los ojos. Entonces comprendió por su mirada que aunque fue la mujer que la crió, no era su verdadera madre.

–Sora. –dijo Haruhiko.

–Está bien. –dijo Sora intentando mantenerse serena. –Terminaré de calentar el curry.

Mientras Sora intentaba digerir la noticia, Toshiko no hacía más que llorar.

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–Me ha dicho que recuerda a tu padre y que si puede, te ayudará. –le dijo Mimi a Yamato.

–¿En serio? –preguntó Yamato esperanzado.

–Sin embargo, no es la enfermera que estuvo a cargo del asesino directamente. Es una compañera. –dijo Mimi pasándole su teléfono móvil.

–Hola. Soy Yamato Ishida, el hijo de Hiroaki. –dijo Yamato contestando al teléfono. –Gracias por ayudar a mi padre. Verás, me gustaría hablar con la enfermera que tenía a cargo al asesino de mi hermana. ¿Qué?¿Cómo que está desaparecida?

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Kenji conducía la camioneta del señor Inoue por las calles ya oscurecidas. A su lado estaba Maki Himekawa con una sonrisa en la cara.

–Estaría bien que hubiera un karaoke. –dijo Maki animada.

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–¿Entonces está desaparecida? –preguntó Mimi a Yamato tras terminar la conversación telefónica.

–La enfermera que tenía Taichi asignada se llama Meiko Mochizuki. No mucho después de que liberaran a Taichi, desapareció de repente. –dijo Yamato. –No entiendo nada.

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Haruhiko no recordó una cena tan tensa como la de aquella noche. Cuando fue a darse cuenta después de la cena, Sora ya había salido de la casa. Sabía que aquello había afectado a su hija. Era normal. Después de todo, acababa de descubrir que la que pensaba que era su madre, no lo es.

–¡Sora! –llamó Haruhiko fuera de la casa. Haruhiko comenzó a buscarla por los alrededores, pero Sora ya no estaba por allí. Antes de salir, había cogido el hyagunatsu. Entonces, la joven se paró y miró el fruto.

Flashback.

Taichi, de catorce años y Sora, unos años más pequeña paseaban por el bosque cogidos de la mano.

Tú y yo somos iguales. –dijo Taichi entonces. –Vimos la oscuridad.

¿La oscuridad?

Sí. Vimos la misma oscuridad.

Fin del flashback.

No sabía por qué recordó aquello en ese momento. Así que, lo único que se le ocurrió hacer fue lanzar el hygunatsu como si fuera un lanzador de béisbol.

Continuará…