Capítulo 9. Buscando su paradero I.
Kenji detuvo la camioneta en medio de la nada y en mitad de la oscuridad.
–¿Qué haces? –preguntó Maki. Él solo giró la cabeza para mirarla con su acostumbrado rostro impasible.
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–¿De verdad vas a buscar al asesino de tu hermana? –preguntó Mimi.
–Sí.
–¿Puedo ayudarte? –preguntó Mimi. Yamato no se esperaba que Mimi se ofreciera a ayudarlo con eso. –Como te he contado antes, el asesino de mi madre se ha suicidado y mi padre y yo no tenemos ahora con qué descargar nuestra frustración. Por eso me gustaría serte de ayuda, aunque sea un poquito.
Yamato asintió con la cabeza comprendiéndola. Además, Mimi había resultado ser una gran fuente de ayuda. Quizás, con su apoyo pudiera llegar hasta Taichi.
–Hola. –saludó Sora entrando, aunque no esperaba ver allí a Mimi. Después de enterarse de que Toshiko no era su verdadera madre, salió para despejarse y después de andar durante un rato sin rumbo fijo, sus pies la llevaron automáticamente hasta el lago Mifune, como si tuvieran el camino interiorizado. –Siento haber interrumpido.
–Hola, Sora. –saludó Mimi.
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Kenji le había ofrecido ir hasta la ciudad y ella había aceptado gustosa, pero finalmente, el castaño paró la camioneta en medio de la naturaleza y la oscuridad y bajó del vehículo. La única iluminación que había era la que proporcionaba los faros del coche. Maki comenzó a enfadarse.
–¡Mañana tengo que madrugar! –se quejaba Maki, que no le gustaba que le hicieran perder el tiempo.
–¿Crees que el mañana llegará? –preguntó Kenji. Pero Maki no respondió. –¿Sabes por qué el mañana llega?
–Realmente eres un asesino. –dijo Maki comenzando a asustarse mientras daba unos pasos hacia atrás. Kenji la acorraló y la cogió del cuello.
–¿Cómo me llamo? Dime cuál es mi nombre. –dijo Kenji fríamente. Entonces Maki pensó que Kenji la había engañado para acorralarla por haberle provocado con su verdadero nombre.
–Kenji Yagami. –contestó Maki asustada.
–Exacto. No lo olvides. Si lo olvidas, te dejaré en este oscuro lugar. –la amenazó el castaño. –¿Entendido?
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Yamato preparó unos fideos udon para los tres. Como Sora apenas había probado el curry de su hermana, se unió a la cena, ya que el hambre comenzaba a dejarse notar.
–Entonces, ¿aviso a mi padre de que me quedo aquí a dormir? –preguntó Mimi, ya que se había hecho demasiado tarde como marcharse a Tokio.
–Sí, claro. –dijo Sora.
–Decidme, ¿os conocéis de hace mucho? –preguntó Mimi.
–Sí. Desde que éramos niños. –contestó Yamato. En realidad sabían de la existencia del otro, pero no comenzaron a conocerse en profundidad hasta ese mismo verano, pero Yamato no tenía ganas de dar explicaciones y lo resumió así.
–¿Entonces sois amigos de la infancia? –dijo Mimi. –Entonces lo sabréis todo el uno del otro.
–Supongo. –dijo Yamato sin ahondar en el tema. Sora asintió con la cabeza.
–¿También eras amigo del que mató a tu hermana, verdad? ¿Era tu compañero de clase? –preguntó Mimi.
–Sí. Pero Sora todavía estaba en primaria. –dijo Yamato.
–Sí, es cierto. –confirmó Sora.
–Decidme. ¿Sois novios? –preguntó Mimi, que era donde realmente quería llegar. Tanto Yamato como Sora casi se atragantan con los fideos al escuchar la pregunta.
–No es el caso. –dijo Yamato.
–Definitivamente no. –dijo Sora.
Después de cenar, ambas chicas fueron a una habitación con dos futones que preparó Yamato. Sora envió un mensaje a su padre para que no se preocupara diciendo que se quedaría en casa de una amiga y que volvería al día siguiente.
–Sora.
–¿Si?
–Quizás ya te hayas dado cuenta de cómo me siento. Tú te sientes igual, ¿verdad? –preguntó Mimi.
–Apagaré la luz. –dijo Sora. No sabía qué decir.
Mientras tanto, Yamato terminaba de recoger. Entonces vio en el genkan las estilosas sandalias de Mimi y las sencillas zapatillas de Sora. Se agachó y alineó las zapatillas de Sora poniéndolas con la punta hacia la salida, tal y como estaban las sandalias de Mimi.
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Un nuevo día llegó al huerto del señor Inoue. Maki comía una tostada muy callada y reflexionando sobre lo que ocurrió la noche anterior con Taichi, o mejor dicho, con Kenji.
–Maki. ¿Saliste anoche con Kenji? –preguntó Miyako algo celosa. Parecía que no le había pasado desapercibido la salida de aquellos dos.
–Sólo fuimos al pachinko. –mintió Maki.
–¿Kenji juega al pachinko? –preguntó Miyako, que jamás habría imaginado que al castaño le gustaran los lugares así.
–El trabajador que estuvo antes que él iba bastante. –intervino Goro.
–¿Dónde está Kenji? –preguntó Maki.
–Ha ido a Tokio a hacer reparto. –dijo Goro.
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Mimi había partido a Tokio muy temprano. Yamato ya había desayunado hacía rato y Sora desayunaba en ese momento. Entonces sonó el teléfono de Yamato y desapareció de la estancia para volver poco después con lo que parecía un colgante.
–Sí, estaba en el baño. Te lo llevaré cuando vaya la semana que viene a Tokio. –dijo Yamato. Al parecer la castaña se había olvidado un colgante antes de irse. –Sí, cuídate.
–"Cuídate" ¿eh? –dijo Sora una vez que Yamato había colgado.
–¿Perdón?
–Nada. Quizás deba ir yo también a Tokio. –dijo Sora, que no sabía por qué había hecho aquel comentario.
–Ya son las diez. –dijo Yamato mientras guardaba el colgante en una cajita.
–Lo siento. No he dormido demasiado bien. –dijo Sora ante la indirecta.
–Perdona. No quería sonar grosero. –se disculpó Yamato. –¿Por qué viniste tan tarde?
–Gracias por todo. –dijo Sora mientras recogía su desayuno para llevarlo al fregadero. Mientras lo hacía, no esperó ver allí a su padre, vestido con un traje y corbata negra sobre camisa blanca. Una vez dentro, Haruhiko se inclinó.
Yamato lo dirigió al cuarto que había sido de su padre para poder hablar y se arrodillaron en el tatami.
–¿Hay alguna posibilidad de ver a tu madre? –preguntó Haruhiko. –Quiero disculparme, aunque sea con quince años de retraso.
–¿Qué hay de Taichi? –preguntó Yamato sin responder su pregunta.
–Estoy decidido a buscarlo. –contestó Haruhiko.
–¿Cómo vas a hacerlo?
–Hay un árbol que da hyuganatsus en la parcela donde vivíamos antes. Él estaba repartiendo esa fruta cuando lo vi un día por Tokio. Voy a buscar huertos que cultiven esa fruta. Lo llevaré a casa tan pronto como lo encuentre y haré que se redima por su crimen.
Tras la explicación, Yamato se giró y sacó algo de un cajón.
–Este es el dibujo de Taichi que le pasaron a mi padre. –dijo Yamato entregándole el papel plegado. El hombre lo desplegó sin quitarle ojo. –No es de poco después de lo que pasó. De hecho, lo dibujó poco antes de salir del correccional. Taichi no se arrepiente en absoluto por lo que hizo.
Afectado, Haruhiko fue bajando las manos que sostenían el dibujo poco a poco, pero Yamato se lo quitó antes.
Después, volvieron abajo, donde encontraron a Sora durmiendo sobre la mesa.
–Sora. –la llamó su padre.
–Parece que anoche no durmió demasiado bien. –explicó Yamato. –¿Ha ocurrido algo?
–Pues…–pero Haruhiko no sabía cómo continuar. Yamato, al verlo, pensó que quizás aquello no era asunto suyo, pero lo invitó a sentarse y le dio espacio con su hija mientras él iba a sacar la basura.
–Papá. –musitó Sora.
–Vaya. ¿Estabas despierta? –preguntó Haruhiko.
–Sí, sólo dormitaba. –dijo Sora sin cambiar su postura.
–Volvamos a casa. –propuso él.
–Vale.
–Sora, antes de irnos, quiero disculparme contigo, pero Toshiko es la única madre que tienes. –dijo Haruhiko, aunque Yamato, que ya volvía de sacar la basura se detuvo al escuchar aquello antes de volver a entrar. Pero no entró. Esperó afuera a que padre e hija acabaran aquella charla que parecía importante para ambos.
–¿Desde cuándo empezó a ser mi madre? –preguntó su hija.
–Desde que tenías un año.
–¿Te volviste a casar?
–Sí.
–Claro. Como tenía un año no me acuerdo de nada. –dijo Sora.
–Así es.
–Entonces Taichi tenía cinco años. –dedujo Sora. –Me pregunto si recuerda que cambió de madre.
–Sí lo recuerda. –confesó su padre.
–Entiendo. ¿Dijo algo?
–Pero Toshiko os trató tanto a ti como a Taichi como sus verdaderos hijos. –trató de explicar Haruhiko.
–¿Puedo preguntarte una cosa? –preguntó casi sin dejarle terminar. Ella ya sabía que Toshiko los trató como a sus propios hijos.
–Claro.
–¿Nuestra madre biológica está viva o murió?
–Murió. –respondió el hombre tras una pausa.
–¿Tienes fotos suyas?
–Ninguna.
–¿Hay algo relacionado con ella?
–El furisode que llevaste en la ceremonia de tu mayoría de edad. –dijo Haruhiko. Por la reacción de Sora, supo que su hija recordaba el kimono de mangas largas que llevó en aquella ocasión. –Mamá lo guardó para ti.
Tras la conversación, se despidieron de Yamato y volvieron a su casa. Hikari esperaba fuera preocupada, hasta que por fin vio la furgoneta de la lavandería.
–¡Mamá!¡Papá y Sora ya están aquí! –avisó Hikari. Al escuchar a su hija, Toshiko salió para recibirles.
–La comida está preparada. Ve a lavarte las manos. –dijo Toshiko en forma de saludo.
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–¿Cómo va el negocio? –preguntó el suegro de Takeru a Yamato.
–Eso no puede ir bien. De todas formas, no es la temporada. –intervino Takeru, que había invitado a su hermano a cenar a casa.
–Yamato no es el más adecuado para los negocios del sector servicios. –dijo Natsuko volviendo de la cocina.
–¿Entonces para qué sirve? –preguntó Takeru.
–Era bastante bueno moldeando arcilla. –respondió Natsuko.
–¿Artista cerámico? Eso sería muy bonito. –dijo Kasumi, la esposa de Takeru. –Podrías enseñarme algún día.
–Tengo algo que hablar contigo. –le dijo Yamato a su madre, haciendo caso omiso a la conversación sobre sus posibles salidas laborales.
–¿Qué pasa? –preguntó Takeru.
–Es asunto de tu hermano y tu madre. –le riñó Kasumi a su marido.
–Lo sé, por eso pregunto. –dijo él, pero Yamato le echó tal mirada que Natsuko decidió que fueran a hablar asolas a una habitación.
–¿Puedes masajearme los hombros? –preguntó Natsuko una vez en la habitación mientras que Yamato cerraba el shoji. Yamato no esperó aquello de su madre, pero accedió. Se arrodilló detrás de ella y comenzó a masajearla. –Parece que tampoco te podrás ganar la vida con los masajes.
–Lo sé.
–Un poco más al centro. Sí. Ahí. Dime qué pasa. –le dijo su madre mientras su hijo mayor la masajeaba.
–El señor Takenouchi quiere verte. –soltó por fin Yamato.
–Más a la izquierda. –dijo ella.
–Quiere verte para disculparse. –prosiguió Yamato.
–Vaya, parece que no eres tan malo. Incluso puedes ser bueno si lo intentas. –dijo Natsuko.
–¿Me estás escuchando? –preguntó Yamato, al que no le parecía nada fácil hablar de todo eso.
–No. Lo siento. –dijo ella.
–El señor Takenouchi…–comenzó a decir de nuevo Yamato, pero se vio interrumpido por su madre. Lo cierto es que había escuchado muy bien.
–No quiero verle. –dijo ella.
–Está bien. Se lo diré. –dijo Yamato, que paró de masajear y mantenía la mirada perdida.
–¿Ya te has cansado? –preguntó ella. Entonces se puso delante de ella.
–¿Por qué no quieres verle?
–¿Por qué debería?
–Si hay algo que quieras decirle, deberías hacerlo. Si quieres golpearle, golpéale. Si hablas con él, quizás tengamos una oportunidad. –dijo su hijo.
–¿Una oportunidad de qué?
–No sé cómo expresarlo. Quizás el tiempo pueda empezar a fluir de nuevo para ti. –dijo Yamato.
–¿Sabes? Lo detesto tanto que podría matarlo.
–Lo sé, pero quiero que seas feliz, mamá. –dijo Yamato.
–Mamá, el baño está listo. –dijo Takeru abriendo el shoji e interrumpiendo.
–Ya me bañaré después. –dijo Natsuko. Yamato se levantó y se dirigió a su hermano.
–¿No ves que estamos hablando? –preguntó Yamato con suavidad pero también con seriedad. Pero Takeru reaccionó empujándolo y tirándolo al suelo.
–¡No me tomes por idiota! –exclamó Takeru.
–¡Takeru! –exclamó Natsuko, que no creía que su pacífico hijo menor hiciera aquello.
–¡Mamá es feliz! Tiene a su nieto, a mi esposa y a mí. –dijo Takeru con dureza. –Todos somos felices aquí. Y esa felicidad la he construido yo. ¿Puedes dejar de romperla?
–Ya es suficiente, Takeru. –le advirtió su madre. Natsuko pensaba que Takeru no estaba siendo justo con su hermano. Era cierto que era el que decía las verdades y desequilibraba su estabilidad, pero era quizás el rol más difícil de asumir. Pero a pesar de ello, la había ayudado mucho con lo del informe de la autopsia. No obstante, también comprendía a su hijo Takeru, que percibía cómo todo lo que había intentado conseguir peligraba con las acciones de su hermano. –Me tomaré ya el baño.
Yamato no contestó, pero en el fondo pensaba que su hermano no hacía más que engañarse a sí mismo si realmente pensaba que su madre era feliz.
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Después de cenar, Haruhiko se salió a la puerta a tomar el fresco. No dejaba de pensar en el dibujo que le había enseñado Yamato y que había hecho su propio hijo. Siempre había tenido talento para el dibujo y le gustaba expresarse a través de él. Aunque Yamato no le hubiera dicho que lo había dibujado Taichi, habría sabido que era de él. Su estilo era indiscutiblemente suyo. Había visto muchos de sus dibujos. Pero lo que no conseguía quitarse de la cabeza era las ondas del agua que evidenciaban que ahí estaría el cuerpo de la niña. Yamato tenía razón. Aquel dibujo no mostraba arrepentimiento alguno.
–¿Piensas en Sora? –preguntó su mujer saliendo hacia donde estaba su marido, pero su silencio era delatador. –Piensas en Taichi.
–Quizás deberíamos habernos separado. Si lo hubiéramos hecho, al menos tú y Hikari podríais llevar una vida diferente. –dijo Haruhiko. Toshiko sonrió y se sentó a su lado.
–Nunca he dudado ni una sola vez de la vida que llevamos. Y tampoco me arrepiento de haberme casado contigo, ni de convertirme en la madre de Taichi y Sora. Todavía recuerdo la primera vez que sostuve la mano de Sora. Ella también me la sujetó y me pregunté cómo un bebé podía tener tanta fuerza. Entonces pensé que debía ser porque no podía vivir sola y que tenía que protegerla. Que era su forma de pedirme que la protegiera. Pero Taichi fue el único que no cogió mi mano.
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Unos días después, Yamato fue a Tokio para reunirse con la persona que les daría información sobre Taichi. Cuando llegó, Mimi ya lo esperaba en la puerta y entraron en la cafetería en la que habían quedado. La trabajadora del correccional ya estaba allí. Era una mujer bastante joven y se la veía bastante coqueta y alegre.
–Cuando empecé a trabajar en la prisión juvenil fue poco antes de que lo liberaran. Por eso no lo vi demasiado. Pero encontré este dibujo mientras limpiaba y lo cogí de recuerdo. –dijo la mujer, que sostenía un dibujo muy parecido al que Yamato tenía en su haber. Seguramente fue ella la que le diera el dibujo a su padre.
–¿De recuerdo? –intervino Yamato.
–Sí. Ya sabes, era muy popular. De hecho me recuerdas a él, con ese aire serio y taciturno. –dijo la mujer.
–¿Qué sabes de la enfermera de la que me hablaste el otro día por teléfono? –preguntó Mimi al ver que se iba por las ramas.
–¿De Meiko Mochizuki? Es sólo un rumor, pero la gente decía que esos dos estaban juntos. –dijo la mujer.
–Perdón, pero, ¿eso está permitido en una institución así? –preguntó Mimi.
–No lo sé, pero se trata de un hombre y una mujer. –dijo ella, queriendo decir que al final esas cosas brotan. –Pero sólo era un rumor.
–¿Qué hay del hecho de que Meiko desapareciera casi al mismo tiempo de la liberación de Taichi? –volvió a preguntar Mimi.
–Ella dejó la puerta sin cerrojo, haciendo ver que volvería en seguida de tirar la basura. Y entonces, simplemente desapareció. –dijo ella. –Ocurrió hace ocho años, así que ahora mismo Meiko debe rondar los treinta años.
Cuando salieron de la entrevista con aquella trabajadora del correccional, a Yamato se le quedó mal cuerpo.
–Contactaré con la familia de Meiko y les preguntaré si podemos reunirnos. –dijo Mimi mientras caminaban por la calle.
–Gracias por ayudarme siempre. –dijo Yamato.
–También deberemos pensar en una demanda. –dijo Mimi.
–¿Una demanda?
–Contra la familia del asesino. –dijo Mimi de forma natural. Pero aquello hizo a Yamato detenerse.
–Mejor no.
–¿Por qué no? La familia debe asumir su responsabilidad. –argumentó Mimi.
–No necesito eso. –dijo Yamato emprendiendo el camino.
–Espera. –dijo Mimi alcanzándolo y pasándole un enorme sobre que había estado cargando todo el tiempo. –Toma esto.
Yamato lo cogió y extrajo unas fotografías en blanco y negro en las que aparecía Sora varios años más joven con un paraguas y con una amiga.
–Es Sora, ¿verdad? ¿Cómo has podido relacionarte con la familia del asesino de tu hermana? –preguntó Mimi, que había descubierto la verdad en su investigación. Su amigo periodista estaba más informado de lo que Mimi creía en un principio.
Continuará…
