Capítulo 10. Buscando su paradero II.

Debido a su trabajo, finalmente Sora no acompañó a Yamato a Tokio. Pero al salir de la cafetería, compró unas cervezas y se fue directamente hacia el lago Mifune con la esperanza de que Yamato hubiera llegado ya. Necesitaba saber qué había descubierto en Tokio. Cuando llegó, encontró a Yamato dormido sobre la mesa, con la cabeza apoyada sobre su brazo derecho extendido. Ni siquiera con el ruido de la puerta corredera ni al dejar la bolsa con las cervezas sobre la mesa despertó. Entonces, sin saber por qué, Sora comenzó a extender su brazo lentamente para coger la mano del chico. Justo cuando tocó la punta del dedo índice, Yamato pareció sentir algo y comenzó a despertar.

–¿Qué? –preguntó él algo atontado mientras ella apartaba su mano rápidamente.

–Lo siento. Sigue durmiendo. –dijo Sora.

–¿Qué hora es? –preguntó él con la voz todavía adormilada.

–Alrededor de las diez o diez y cuarto.

–Tengo que llamar a Mimi. –dijo él de repente mientras se levantaba y sacaba su móvil. Pero entonces se detuvo.

–Adelante. Por mí no te cortes. –dijo Sora.

–No importa. Es demasiado tarde.

–Claro que no. Llama. Las diez de la noche no es tan tarde. –insistió Sora.

–Quizás sea su hora del baño.

–No imagines esa clase de cosas. –le riñó Sora.

–¿Qué crees que me estoy imaginando? –preguntó Yamato con perspicacia.

–Es que te estás mostrando demasiado tímido. –dijo Sora.

–Claro que no. Aunque sea un poco tímido no quiere decir que estuviera imaginando cosas indecentes. –se defendió Yamato.

–¿Y te las estás imaginando ahora? –preguntó ella mientras sonreía de forma pícara.

–¿Imaginar a alguien tomando un baño es indecente? Que yo sepa, todo el mundo se baña. –contraatacó Yamato. –¿O acaso tú no te bañas?

–Yamato, ¿me estás imaginando tomando un baño? –preguntó Sora cubriéndose con los brazos la parte superior, como si estuviera desnuda, pero sin borrar su sonrisa.

–Claro que no. –dijo él. Entonces cogió el sobre que le había dado Mimi, pero antes de que desapareciera, Sora lo interrumpió.

–¿Por qué huyes?

–Voy a preparar la cena. –dijo él. Cuando llegó a la cocina, tiró el sobre a la basura y sonrió por la extraña conversación que habían tenido.

–¿Siempre cenas ramen de fideos udon? –preguntó Sora una vez sentados a la mesa, ya que recordaba que cuando cenaron la última vez con Mimi, la cena era la misma.

–Sí.

–Si puedes salir a esta hora, puedo esperarte en el bar para ir por ahí. –dijo Sora.

–¿En el bar?

–Estoy trabajando a media jornada en un bar-cafetería frente a la estación. –dijo Sora.

–¿En serio?¿Y cuánto te pagan?

–Novecientos yenes la hora. –dijo Sora.

–No es mucho, pero siempre viene bien, ¿no?

–Sí. He tenido suerte.

–¿Por qué no te compras algo?

–Quizás lo haga.

–¿Ropa, quizás?

–¿Por qué?¿Crees que visto de forma rara? –preguntó Sora mirándose su ropa. En realidad Yamato lo había dicho porque acababa de llegar de Tokio y la gente en la ciudad solía vestir de forma mucho más sofisticada y simplemente lo soltó sin filtro, no porque no le gustara la forma sencilla en la que vestía Sora.

–Hoy he ido a Tokio. La gente allí va muy a la moda. No hay demasiada gente como nosotros. –dijo Yamato, incluyéndose en la categoría de sencillo.

–Para mí esto es suficiente. –dijo Sora.

–Para mí también. –dijo Yamato refiriéndose a su propia ropa. –Si pudieras tener una habilidad, ¿qué harías?

–¿Qué haría?¿Y por qué debería hacer algo? –preguntó Sora de forma juguetona.

–¿Por qué te emocionas tanto? –preguntó Yamato sonriendo.

–Contesta tú primero. –le pidió Sora.

–Está bien. Me gustaría atreverme a ir a un karaoke. –dijo Yamato.

–¿No crees que eso es demasiado pequeño? –preguntó Sora.

–Claro que no. –negó Yamato.

–Está bien. Lo mío es bastante gordo. Quizás te sorprendas. –dijo Sora.

–Adelante.

–Quiero ser capaz de doblar una cuchara. –dijo Sora. –¿No crees que es genial?

–Es imposible. –dijo él.

–Si tú lo dices. –dijo Sora.

–¿Crees que las cosas irán bien al final, aunque lo de la cuchara sea imposible? –preguntó Yamato cambiando drásticamente de tema, aunque la forma de plantear la pregunta hizo gracia a Sora. –Yo creo que sí. Ocurrirán muchas cosas en el camino. Y algunas pueden ser muy dolorosas. Pero al final creo que todo estará bien.

A Sora le dio la sensación de que Yamato intentaba animarla, y entonces recordó que la charla que mantuvo con su padre sobre su verdadera madre fue en aquella misma mesa.

–¿Acaso escuchaste lo de mi madre? –preguntó Sora. Yamato se removió un poco incómodo, pero fue suficiente para saber la respuesta a aquella pregunta. –Comenzaba a preguntarme por qué estabas siendo tan amable hoy. Pero ahora ya lo sé.

A Sora se le comenzaron a empañar los ojos mientras trataba de disimular agarrar los fideos con los palillos.

–Me alegra que siempre tengas fideos. Es como si fuera lo único seguro que hay en mi vida ahora mismo. –dijo Sora intentando controlarse.

–Siempre he tenido. Y siempre tendré. –dijo Yamato.

–¿Puedes decirlo una vez más? –le pidió Sora. Ambos sabían que lo de los fideos sólo era una metáfora, por lo que Yamato dejó los palillos y alargó el brazo para coger su mano, pero su timidez salió a relucir y se detuvo antes de cogerla. Sora se sintió un poco decepcionada de que no lo hiciera.

–Siempre tendré fideos. Todo irá bien, Sora. –dijo él. –Irá bien porque te esfuerzas mucho.

–Gracias. Es muy amable de tu parte. –dijo Sora con voz emocionada.

Como ya era tarde, Yamato le propuso volver a quedarse allí a dormir, por lo que Sora se ofreció a lavar los cacharros de la cena a cambio.

–¿Te parece bien la habitación del otro día? –preguntó Yamato entrando en la cocina.

–Sí, claro.

–Bien. Voy a preparar el futón. –dijo Yamato.

Cuando Yamato salió y Sora acabó de fregar, se percató de que de la papelera sobresalía el sobre que había cogido Yamato después de despertar. Con curiosidad, lo cogió y lo abrió.

Una vez que Yamato preparó el futón volvió a bajar, Sora no parecía estar allí. Entonces vio encima de la mesa el sobre que previamente había tirado a la papelera junto con una nota diciendo que se marchaba a casa. Aquello sólo podía significar que Sora lo había visto y que probablemente se había hecho una idea equivocada.

00000000

Hikari andaba un poco preocupada por su hermana. Si para ella había sido difícil asumir la noticia de que Taichi y Sora sólo eran sus hermanos por parte de padre, no quería ni imaginarse cómo debía de sentirse su hermana al descubrir que la madre con la que se había criado no era su madre biológica.

Era tarde y su hermana todavía no había vuelto, por eso en cuanto le sonó el teléfono contestó rauda y veloz.

–¿Sora?¿Qué estás haciendo? –preguntó Hikari preocupada. –Papá y mamá te están buscando. ¿Dónde estás?¿Por qué no cogías el teléfono?

–Estoy en casa de una amiga. –mintió Sora. –Diles que no se preocupen.

–Está bien. Oye, ¿quieres ir a Disneyland algún día? –preguntó Hikari. A pesar de que siempre intentó marcar las diferencias con su hermana, la quería y ahora más que nunca necesitaba demostrarle su cariño.

–¿A Disneyland?

–Sí. Ya sabes, entre unas cosas y otras nunca hemos ido. –dijo Hikari.

–Claro.

–Bueno. En realidad yo sí que he ido en secreto con amigos el año pasado. –confesó Hikari. –Aunque yo siempre he querido ir contigo.

–Entiendo. –dijo Sora con una sonrisa triste. –¿Te molesta que no hayamos ido nunca?

–Siempre he querido que fuéramos en familia. –dijo Hikari.

–Yo también.

–Entonces, tenemos que ir. –dijo Hikari.

–Está bien. Tengo que colgar.

–Espera, Sora.

–¿Qué?

–Nada. Sólo quería llamarte.

–Hikari.

–¿Qué?

–Nada. Sólo quería llamarte. Buenas noches. –se despidió Sora. Pese a que no estaban cara a cara, hacía tiempo que no recordaba estar tan cerca de su hermana. Aquella llamada la conmovió más de lo que le gustaría admitir. Hasta tal punto que intentó limpiarse las lágrimas antes de comprar un billete de tren a Tokio.

00000000

Yamato comenzó a recoger los desayunos de unos clientes que acababan de marcharse cuando sonó el teléfono del negocio.

–¿Diga? No, mamá no ha venido. ¿Qué no sabes dónde está?

00000000

Sora llegó muy temprano a Tokio y se fue directamente a la residencia de ancianos donde estaba internada su abuela. Cuando entró en su habitación, vio a su abuela acostada en la cama.

–Abuela, soy Sora. ¿Te acuerdas de mí? –preguntó Sora sentándose en un taburete junto a su cama. Pero la mujer no contestaba. En una mesa móvil que había a sus pies había tres peces de colores hechos de origami, lo que hizo sonreír a la joven. Además, su abuela tenía uno más en la mano. Seguramente se quedó durmiendo mientras los hacía. Aunque le resultó un tanto extraño, ya que la mujer apenas tenía motricidad fina como para realizar una manualidad así. –Vaya, abuela. Qué peces más bonitos. ¿Los has hecho tú o los han doblado para ti? ¿Puedo quedarme aquí un rato? Estoy cansada.

00000000

Tras la llamada de su hermano, Yamato se dirigió hasta su casa. Las horas pasaban y no había ni rastro de Natsuko. Takeru había llamado a todos los lugares que se le ocurrían pero nadie sabía nada.

–Tu madre estará bien. Ya lo verás. –dijo Kasumi intentando animar a su marido.

–Si le ocurre algo a mamá, ¿cómo te vas a responsabilizar? –preguntó Takeru duramente a Yamato. Aunque siempre habían estado muy unidos, la relación con su hermano parecía haberse enfriado y tensado a raíz de que Yamato comenzara a implicarse más activamente en el asunto de Aki. Takeru estaba harto y no hacía más que recordárselo a su hermano. –Últimamente lo único que haces es venir a lavarle el cerebro y molestarla. Si supieras cómo ha vivido durante los últimos quince años no hablarías tan a la ligera. ¿No podías limitarte a apoyarla hasta que poco a poco pudiera tomarse la vida de forma más positiva? ¿No vas a decir nada?

–¡Takeru! –avisó su suegro al ver que se lanzaba a por su hermano. –Aunque responda no puede hacer nada. Vamos a llamar a la policía.

–Está bien. –dijo Takeru preparándose para llamar. –Tú márchate.

Entonces Natsuko entró en casa.

–¿Dónde estabas? –pregunto Takeru alterado.

–Lo siento. Tengo algo que deciros. –dijo Natsuko.

–¡¿Qué es?!¡¿Sabes lo preocupados que estábamos?! –preguntó Takeru todavía muy alterado. –¡Estábamos a punto de llamar a la policía!¡¿Dónde estabas?!

–En el lugar en el que murió Aki. He vuelto a casa después de casi quince años. A la casa donde vivíamos en aquel entonces. Estuve allí hasta las doce y media y salí cogiendo la misma ruta que siguió Aki aquel día. A las mismas horas. He escuchado la campana de su escuela y me he preguntado que estarían haciendo sus amigos. Si se habrán olvidado de ella o si para ellos sólo es un mal recuerdo. Mientras pensaba todo eso, he cruzado el puente. En la esquina donde había una lavandería, la calle se bifurca en dos. Aquel día Aki quería ir al parque y podría haber tomado cualquier dirección. Normalmente Aki tomaba la calle donde estaba la estatua budista de Ojizou, porque es el guardián de los niños. Pero aquel día tomó la calle de la oficina de correos porque en la calle de Ojizou había muchos coches. Fui yo la que siempre os decía que evitarais el tráfico. Al coger esa calle, Aki encontró al chico del martillo y yo encontré lo peor de mi vida. Han pasado quince años de aquello. Ahora mismo, si alguien me mirara pensaría que estoy recompuesta, entera y calmada. Pero la verdad no puede ser más diferente. Cuando alguien se muestra amable conmigo no hago más que pensar en qué sabrá esa persona sobre cómo estoy yo. Sólo ver a padres saliendo con sus hijos hace sentirme desagradable.

Al decir aquello último, Kasumi se sintió muy incómoda y lo único que se le ocurrió fue sentarse. Al fin y al cabo, la veía continuamente con su hijo.

–Cuando alguien me pide que viva de forma positiva, me siento como una suicida. –aquello afectó a Takeru especialmente porque él siempre le pedía eso. A pesar de haber estado viviendo con su madre todo el tiempo, no había sido capaz de interpretar sus sentimientos y de alguna manera, había acusado a Yamato, que sin vivir con ella, lo había visto de forma clara. –Lo siento. Siempre he sido así desde que ocurrió todo. Siempre me digo que no puedo seguir así. Yo también me digo que debo vivir de forma más positiva, pero a los cinco minutos sólo deseo dormir y no despertar. Lo siento. Si a una madre le arrebatan a su hijo, no sólo deja de ser madre. También deja de ser persona. Mientras deambulaba por el bosque pensé que moriría sin que nadie lo supiera. Al otro lado del bosque se podía ver el cielo reflejado en el agua del lago. Sólo quería ir hasta allí porque Aki estaba allí. Sólo podía pedirle perdón por no haber ido hasta allí hasta hoy. Le pedía perdón por haberme esperado tanto. Entonces pensé que si veía a Aki en mis sueños, yo me esfumaría y moriría. Pero la persona que apareció en mi sueño fue aquel chico. Y comencé a preguntarle qué hizo Aki para acabar así. Pero el chico no respondía. Sólo me miraba. Y fue ahí cuando me di cuenta de que ese chico era igual que yo. Alguien que ha dejado de ser persona. Me dije entonces que debía despertar. Que si moría así, Aki se sentiría triste y me odiaría. Por primera vez he sentido ansias de vivir. Me he dado cuenta de que también tengo que vivir por ella. Cuando desperté, me lavé la cara con el agua del lago. Cuando Aki murió, la gente decía muchas cosas: que si era por los tiempos que corrían, por la educación, por la oscuridad en el corazón de ese chico, por la ley del menor. Decían que debíamos encontrar la causa de todo pero que no se podía volver atrás. Yo no comprendía nada. Por eso pensaba que Aki murió por haberla dejado sola; por decirle que tomara otra calle; por permitirle haber llevado falda. Pero no pensaba en ese chico en absoluto. Pero no soy cualquiera. No soy periodista ni una profesora de una respetada universidad que comentan el caso como expertos en la tele. Sólo soy su madre y no necesito ninguna razón. Sólo hay una cosa que quiero decir: que me devuelvan a Aki. Encontraré a ese chico y cuando lo encuentre le pediré que me devuelva a Aki.

–Aunque le pidas eso…–comenzó a decir Takeru.

–Gracias por todo lo que has hecho por mí, Takeru. Por preocuparte tanto por mí. –le dijo a su hijo sin dejarle seguir. De sobra sabía que Aki no volvería. Después miró al señor Hiragi. –Gracias por cuidarme. No tengo palabras para agradecerte toda la amabilidad que me has mostrado.

–Natsuko. ¿Te vas? –preguntó el suegro de Takeru, al sonar todo aquello como una despedida.

–No puedo molestarte más.

–No es ninguna molestia. ¿Qué tienes en mente?

–Muchas gracias, Kasumi. –se dirigió entonces a su nuera. –Cría a Ryota para que crezca feliz y sano.

–¡No entiendo nada! –saltó entonces Takeru. –¿Qué pretendes con todo esto?

–Muchas gracias a todos. –volvió a agradecer Natsuko. Después miró a su hijo mayor. –Vámonos, Yamato.

Tras decir aquello Yamato se limpió las lágrimas que se le habían escapado de los ojos tras escuchar el relato de su madre. Él tampoco se esperaba aquello, pero aceptó con completa naturalidad que su madre quisiera marcharse con él. Al fin y al cabo y a pesar de todas las tensiones, Natsuko consideraba que Yamato era el que más paz había conseguido trasmitirle.

–Gracias por haber cuidado de mamá. –agradeció Yamato. –Ahora cuidaré yo de ella.

00000000

–¿Crees que tu padre me odia? –preguntó Natsuko mientras deshacían su equipaje.

–Claro que no. –dijo Yamato.

–¿No crees que huele un poco a moho? –preguntó ella.

–Ahora limpiaré. –contestó su hijo.

–¿Hacemos turnos para cocinar? –preguntó Natsuko.

–¿No vas a cocinar para mí? –preguntó él.

–¿Acaso no tienes edad para cocinar? –contraatacó Natsuko.

–¿Por qué te crees que te dejo quedarte aquí? –dijo Yamato en tono de broma. Natsuko sonrió ante la ocurrencia de su hijo.

–Qué idiota eres. –dijo ella. Entonces escucharon la puerta de abajo, por lo que Yamato bajó seguido de su madre. Lo que no esperaban era encontrarse allí a Toshiko Takenouchi.

00000000

Sora permanecía dormida sentada en el taburete y apoyada sobre la mesa de la cama de su abuela. Entonces, entró alguien. El sonido de la puerta fue suficiente como para despertar a Sora. Al girarse, no podía creer lo que veía.

–¿Taichi?

–Hola, Sora.

–¿Taichi? –volvió a preguntar Sora para cerciorarse de que no era un sueño.

–Sora, ¿quieres venir conmigo?

Continuará…