Capítulo 11. Los no invitados I.
Por más que no apartara su mirada de él, Sora todavía no podía creer que Taichi estuviera ahí en carne y hueso. El castaño dejó otro pez de papel encima de la mesa de la cama. Con ese hacían cuatro, más uno que la abuela tenía en su mano. Tras dejarlo, salió al balcón, desde el cual se podía ver el mar.
Taichi estaba más alto que la última vez que lo vio y su voz también era algo más grave. Su cuerpo estaba bastante bien formado debido al trabajo físico que debía realizar cada día en el huerto. Lo que seguía prácticamente igual era su revuelto pelo castaño, aunque lo llevaba algo más corto que cuando era adolescente.
–Si hubiera sabido que ibas a estar aquí habría comprado manzanas de caramelo en un matsuri que había de camino aquí. –dijo Taichi. –Recuerdo que te gustaban mucho. Siempre que ibas a un festival te atiborrabas a manzanas de caramelo y la boca se te quedaba llena de manchas rojas.
Sora no pudo contener la emoción y comenzó a llorar. A pesar de todo lo que había ocurrido y el tiempo que había pasado, Taichi seguía acordándose de detalles así.
–¿Qué pasa, Sora? ¿Te apetece comerlas? –preguntó Taichi. Su hermana se limpió las lágrimas.
–Bienvenido a casa, Taichi. –dijo Sora sonriendo.
00000000
A pesar de estar frente a frente, tan sólo se escuchaba el cantar de las chicharras del verano. Era como si nadie supiera qué decir ni cómo reaccionar.
–Hola. –saludó Natsuko.
–Hola. –saludó Toshiko.
–Haré un poco de té. –dijo Natsuko.
–No se preocupe. Estoy bien. –dijo Toshiko. Aunque Natsuko no sólo lo dijo por hospitalidad, sino por tener algo de tiempo de asimilar que la madre del asesino de su hija estaba frente a ella. Así que se marchó a la cocina igualmente para hacer la infusión, dejando asolas a Toshiko y a Yamato. –Disculpa, ¿ha venido Sora por aquí?
–No. ¿Ha desaparecido? –preguntó Yamato con un deje de preocupación.
–No, no te preocupes. –dijo Toshiko. –Llamó a su hermana para avisar que no llegaría a dormir.
–Su marido trajo esto el otro día. –dijo Yamato sacando una caja de bombones. Pensó que lo podría acompañar con el té que estaba haciendo su madre.
–Oh, sí. Me preguntó qué podría llevar a unos clientes habituales, pero parece que no se trataba de clientes. No tenía ni idea de que vino de visita. –dijo Toshiko reconociendo la caja.
Entonces salió Toshiko con una bandeja con vasos de té. Todavía se encontraba como desorientada. Tanto que cuando llegó a la cocina para preparar el té abrió el grifo del agua sin poner la tetera.
–Hace calor afuera, ¿verdad? –comentó Natsuko con evidente incomodidad.
–Sí. Bastante.
–¿No hay nada mejor? –preguntó Natsuko a su hijo al ver que puso la caja de bombones ya abierta sobre la mesa.
–La verdad es que no.
–¿Cómo ha venido hasta aquí? –preguntó entonces Natsuko.
–En autobús. –respondió Toshiko.
–¿En la línea Minobu?
–Sí. Hacía tiempo que no nos veíamos. –dijo Toshiko.
–Sí. La última vez fue con el Profesor Osaki. –dijo Natsuko.
–Sí, en el edificio de la estación.
–Tercera planta.
–La que olía a moho.
–¿De qué estáis hablando? –preguntó Yamato, que se había perdido en la extraña conversación.
–Solíamos pasar bastante tiempo juntas cuando íbamos a clases de costura. –respondió Natsuko.
–Sí, en el centro cultural, frente a la estación de trenes. –añadió Toshiko. Entonces el sonido de su teléfono la sobresaltó. –Lo siento.
–Adelante. –dijo Natsuko.
–No importa. Debe de ser mi marido.
–Cójalo.
–Está bien. Disculpad. –dijo Toshiko saliendo fuera para hablar. Entonces Natsuko se sentó y soltó aire, como si hubiese estado todo el tiempo sin respirar.
–¿De dónde has sacado esto? –preguntó Natsuko, refiriéndose a la caja de bombones. Cada bombón estaba en una bolsita y tenían forma de galletas de jengibre.
–Me lo dio su marido. –respondió Yamato.
–¿Por qué sacas algo que nos han dado ellos mismos? –preguntó su madre.
–Perdonad. –dijo Toshiko interrumpiendo. –Mi marido dice que también le gustaría hacer una visita.
–Claro, adelante. –dijo Natsuko medio aturdida por la situación. Toshiko volvió a salir para seguir hablando con su marido. –¿No hay otra cosa que ofrecer?
–Cacahuetes. –dijo Yamato cogiendo una bolsa que estaba allí mismo. Su madre le lanzó una mirada inquisidora. –¿Qué quieres que haga si no tengo otra cosa?
–Disculpad. Enseguida viene. –dijo Toshiko.
00000000
Taichi y Sora bajaron hasta la playa.
–¿Cómo sabías que la abuela estaba aquí? –preguntó Sora.
–Preguntando en muchas residencias. –respondió Taichi.
–¿Echabas de menos a la abuela? –preguntó de nuevo la chica. Pero él no contestó, por lo que intentó probar con otra pregunta. –¿Dónde vives?¿Cuál es tu número de teléfono?¿No puedo preguntarte?
–Dime Sora. ¿Ya no te gustan las manzanas de caramelo? –preguntó Taichi sin responder ninguna de las preguntas de su hermana.
–No demasiado.
–Ya veo. –entonces le extendió un pez de origami y se sentó en la playa.
–¿No quieres ver a papá y a los demás? –preguntó Sora. Pero Taichi seguía sin contestar. Por lo que decidió decirle la verdad. –El otro día me enteré de todo. Sé que tú y yo tenemos otra madre. Sé que lo sabes, pero te lo has guardado para ti.
–Sora. –dijo Taichi volviendo a levantarse. –Me voy.
–¡Iré contigo! –dijo Sora siguiéndole. –Llévame contigo.
00000000
–Qué calor hace. –se quejó el señor Inoue entrando en casa.
–Hola papá. ¿Kenji vuelve a hacer el reparto? –preguntó Miyako mientras preparaba bolas de arroz junto a su hija.
–No. Me pidió el día libre. –dijo Goro.
–Supongo que volverá a su casa. –dijo Miyako.
–No. No tiene casa. –dijo Goro.
–Así que no tiene familia. –comentó Miyako, algo que a su padre no le pasó desapercibido.
00000000
Aprovechando que Kenji no estaba, Maki registraba los cajones y el armario de su habitación mientras hablaba por el móvil.
–Ya te he dicho que lo sé. No, no estoy dudando. Ya te dije que encontraré la manera. Sí, yo también te quiero, Daigo. –dijo Maki mientras buscaba en una caja que había extraído de un armario. Sonrió al encontrar al fin lo que buscaba. Su cartilla de ahorros y una tarjeta de crédito.
00000000
–¿Qué hora es?¿Ponemos la televisión? –preguntó Natsuko mientras hacían tiempo hasta que llegara el señor Takenouchi.
–Vale. –dijo su hijo.
–Creo que va a empezar ya. –dijo Natsuko.
–¿La telenovela? –preguntó Toshiko.
–Sí. ¿La sigues?
–Sí. –respondió Toshiko.
–La protagonista se ha quedado embarazada. –comentó Natsuko.
–Sí, me pregunto qué harán ahora. –dijo Toshiko. Yamato encendió la televisión y salió afuera al escuchar un vehículo. Era Haruhiko.
–¿Dónde está mi mujer?
Ambas mujeres estaban viendo cómo la protagonista le decía a un chico que era el padre de su hijo no nato pero que no podía seguir con él. Entonces, Yamato entró seguido de Haruhiko.
–Hola. –dijo Haruhiko haciendo una inclinación para mostrarle sus respetos a Natsuko, que no le quitaba ojo a la televisión.
–Está terminando la escena. –dijo Natsuko. –Haré té.
–No se preocupe. –dijo Haruhiko, pero al igual que ocurrió cuando llegó Toshiko, Natsuko entró en la cocina seguida de su hijo.
–Mejor hago café. –dijo Natsuko nerviosa.
–Sólo tengo café en polvo. –dijo Yamato.
–¿Por qué no compras nada para servir a tus invitados? –le recriminó Natsuko.
–No son mis invitados. –dijo Yamato.
–Quizás tengan hambre. –dijo Natsuko abriendo el frigorífico. –¿Tienes fideos?
Yamato fue a buscarlos. Cuando cogió un paquete de fideos somen, vio a su madre que sostenía una verdura y un cuchillo de cocina, pero no se movía.
–Yo lo cortaré. –dijo Yamato arrebatándole el cuchillo. Con los nervios a flor de piel como los tenía su madre prefería ser precavido.
–No haría algo así. –dijo Natsuko, intuyendo que su hijo creía que podría reaccionar de cualquier manera con un cuchillo de esas dimensiones en la mano. Una vez que acabó de cortar la verdura, Yamato salió.
–Mi madre está hirviendo fideos somen. –informó Yamato para justificar la tardanza.
–No os molestéis. –dijo Haruhiko, pero Yamato casi se había esfumado. Unos minutos después, los cuatro comían los fideos en un incómodo silencio roto sólo por los sorbidos al comer.
–Hay más. –dijo Natsuko al ver que Haruhiko y Toshiko dejaban de comer.
–Estamos bien. –dijeron ellos.
–Pues cómetelo tú, Yamato. –dijo Natsuko acercándole el bol con los restos. –Mi marido y mi hijo han vivido aquí solos todo el tiempo. No tiene nada más que esto. Lo siento.
–No importa. –dijeron los Takenouchi.
–Aunque tiene veintinueve años no le hace falta afeitarse cada día. –dijo Natsuko hablando de Yamato como si no estuviera allí. –El haber vivido con su padre lo ha hecho un poco descuidado en algunos aspectos. Dígame, señor Takenouchi. ¿Tiene usted buena salud?
–Sí, supongo que sí. –dijo Haruhiko.
–A mi marido le gustaba demasiado el sake. –dijo Natsuko.
–A veces nos reuníamos en el pasado. –dijo Haruhiko.
–¿En el snack-bar City Hall?
–Exacto. –dijo él.
–Lo regentaba una señora. Sé que de vez en cuando se escabullía para ir allí. –dijo Natsuko. –Un día le pregunté cómo se llamaba la dueña. ¿Cómo se llamaba?
–Pues…
–¿Ya no va allí?
–No.
–Mi marido no va a esa clase de lugares. –intervino Toshiko. Natsuko se levantó y se dirigió hacia la otra mesa, desde la cual se sirvió té helado de la jarra. Intuyendo que no podría evitar durante más tiempo el tema, se sentó dándole la espalda a todos.
–Señora Ishida, nosotros queríamos…
–No, ya no soy Ishida. Mi marido y yo nos divorciamos. Pero no fue porque frecuentara ese bar. –dijo Natsuko.
–Ya han pasado quince años desde que ocurrió. –comenzó a decir Haruhiko.
–¿Desde que ocurrió? –preguntó Natsuko.
–Quería decir, desde que mi hijo causara el incidente. –rectificó Haruhiko.
–¿Incidente?
–Desde que mi hijo le arrebató la vida a su hija. –dijo Haruhiko, que hasta el tercer intento no atinó con las palabras. –No hemos olvidado lo que hizo nuestro hijo. Por supuesto, tampoco buscamos su perdón.
–¿Sabe? Nuestra tortuga se resfrió. ¿Verdad, Yamato? –comenzó a decir Natsuko.
–Sí.
–¿Sabía que las tortugas pueden resfriarse? Pueden estornudar y tener neumonía. Después de que Aki muriera, a ninguno de nosotros le importó, así que la tortuga se resfrió.
–¿Te acuerdas, hijo?
–Sí. Fuimos a liberarla al río. –dijo él.
–Cuando la soltamos, el agua estaba muy fría. Y entonces recordé que la mano de mi hija también lo estaba. Cuando fui a coger su mano, estaba helada. –dijo Natsuko.
–¡Lo sentimos mucho! –exclamó Haruhiko, seguido de su mujer. –Siento mucho no haberme responsabilizado como padre.
–¡¿Es que no lo entiende?!¡Esa no es la cuestión! –Natsuko se levantó de repente y alzó la mano para pegarle, aunque no lo hizo. De repente era como si la hubieran desconectado de alguna parte y recordara que tenía invitados. –Voy a cortar sandía.
–No. No se preocupe. –dijo Toshiko. Pero Natsuko se fue a la cocina.
–Por favor, cómanse la sandía. –les pidió Yamato. –Y después márchense. Creo que por hoy es más de lo que puede soportar.
Los Takenouchi así lo hicieron. Una vez que se comieron el postre se marcharon y Yamato fue a la cocina para secar los platos que estaba lavando su madre.
–¿Por qué no le pegaste? –quiso saber Yamato.
–Habría sido mejor si lo hubiera hecho, ¿verdad?
–Quién sabe.
–Pero recordé algo sobre un bol de arroz.
–¿Un bol de arroz?
–Tu padre me dijo que una vez, yendo en coche pasó por su casa. Llovía y aquel día, en la entrada, había repartos de cuencos de ramen, boles de arroz, gyozas apiladas y la lluvia se iba acumulando. Al ver aquello tu padre pensó que para ellos también debía ser duro. Yo no podía creer que pensara así.
–No tienes que compadecerte de ellos. –dijo Yamato.
–¿Y me lo dices tú?¿Acaso no te llevas bien con la hermana del asesino? –dijo Natsuko.
–No.
–¿No? –preguntó extrañada. Natsuko incluso llegó a pensar que era su novia, hasta que descubrió quién era realmente y comprendió que aquello era mucho más complejo.
Yamato no contestó.
00000000
Sora y Taichi se fueron al zoo. Era una forma de recuperar un poco del tiempo perdido entre hermanos. Sora, muy contenta, saludaba a un gorila, cuando su hermano llegó por detrás y le ofreció un helado.
–Aquí tienes. –dijo él pasándole el cucurucho.
–Gracias. ¿Dónde está el tuyo? –preguntó al ver que él no tenía helado.
–No me apetece. –dijo él. Tras acabar con el gorila, siguieron paseando. –¿Trabajas?
–Hace poco he empezado a trabajar en un bar-cafetería a media jornada. –explicó Sora.
–Entiendo. Tienes dificultades para encontrar trabajo. Y me imagino que en el instituto tampoco lo debiste pasar muy bien. –dedujo Taichi.
–En absoluto. –negó ella nerviosa para evitar que Taichi se culpara. Pero entonces se le cayó el helado y se apresuró a cogerlo del suelo.
–Tranquila, Sora. Te compraré otro. –dijo él, arrebatándole el cucurucho del suelo.
–Lo siento. –se disculpó ella por su torpeza.
–No te preocupes. Estoy trabajando y tengo unos ahorros. –dijo él mientras tiraba el helado a la basura.
–¿Ahorros?
–Sólo un poco. –dijo él. –No es mucho, pero comprar un helado no me va a hacer más pobre.
Taichi sacó su cartera y le extendió algo a Sora.
–¿Qué es esto? –Sora desplegó el papel. Era publicidad. –¿Un ferri?
–Sí. A Innoshima. Está en el mar interior de Seto, en la Prefactura de Hiroshima. –especificó él. –Están contratando gente. Bueno, encontré esto hace dos años, así que las contrataciones habrán acabado ya. Pero si viviera allí, podría encontrar otro trabajo.
–¿Por qué allí?
–Porque fue donde nació nuestra madre. También sé dónde está enterrada. Sora, ¿vendrías conmigo? –preguntó Taichi.
–¿Cómo llegaremos allí? –preguntó Sora después de varios segundos de silencio.
–Podemos ir como queramos. En coche, en barco, en tren o en avión.
–Prefiero el avión. Nunca he montado en uno. –respondió ella. –Estaría bien ir en avión.
Taichi sonrió por el motivo que planteó su hermana. Entonces, el teléfono de Sora comenzó a sonar. Sora suspiró un poco molesta al ser interrumpida, pero Taichi empezó a hablar y no lo cogió.
–No hay tiempo que perder. –dijo Taichi.
–¿Qué?
–Nos vamos mañana. –dijo Taichi.
00000000
Yamato agotó todos los tonos de llamada, pero Sora no se lo cogía. Nada más colgar, le sonó a él, pero no era Sora, sino Mimi.
–Meiko Mochizuki está viva. –le informó Mimi.
–Bien. Iré a Tokio mañana mismo y podremos ir juntos. –dijo Yamato.
–También quería decirte que Satsuwaka, la enfermera del otro día me ha enseñado una foto de Meiko de hace ocho años. Te la enviaré. –dijo Mimi. Tras quedar y colgar, el rubio recibió la foto. Tenía el uniforme blanco de enfermera, el pelo negro largo pero recogido. Tenía semblante serio, llevaba gafas y sostenía una carpeta con una mano, de la cual sobresalía lo que parecía un papel rojo.
00000000
Rika jugaba en el jardín a hacerle la merienda a su conejo de peluche bajo la atenta mirada orgullosa de su abuelo.
–Tú también eras muy mona de pequeña. –le dijo Goro a su hija en un rato de descanso.
–Sí, pero el campo era la mitad de lo que es ahora. –dijo Miyako.
–Es verdad.
–Te esforzaste mucho para poder cuidar de mí. –dijo su hija reconociendo la importancia de lo que hizo su padre cuando ella tan sólo era una niña.
–Porque eres el tesoro más importante que tu madre me confió antes de morir. –dijo Goro.
–No digas esas cosas, que me pongo roja.
–Je, je. –rió Goro mientras iba a colocarse unos guantes para seguir trabajando.
–Dime, papá, ¿qué puedo hacer para hacerte feliz? –preguntó entonces Miyako.
–¿Qué quieres decir?
–Ya sabes, para que mamá se sintiera orgullosa. –concretó Miyako. –Como casarme con un jugador de béisbol famoso.
–Ja, ja, ja. En realidad, es muy fácil hacer felices a unos padres. –dijo Goro.
–¿Cómo?
–Viviendo más que nosotros, o casándote con alguien que ames. –contestó Goro. Pero Miyako tenía la duda de que a su padre le gustara esa persona que ella tenía en mente.
00000000
En la habitación de Taichi, Maki seguía registrando su habitación. Ya tenía en su poder su cuenta de ahorros y una tarjeta, pero necesitaba las claves, así que siguió buscando, hasta que encontró una fotocopia de una tarjeta con su clave bancaria.
Continuará…
