Capítulo 13. En la oscuridad de su corazón I.
La salida de su trabajo fue de lo más accidentada. De repente, un hombre y una mujer jóvenes se plantaron frente a ella pidiéndole hablar sobre Taichi Takenouchi y, aunque intentó huir, fue alcanzada sin mayores problemas por el chico rubio.
–¿Sabes quién es Aki Ishida? –preguntó él. Meiko pareció reaccionar ante ese nombre. –Yo soy su hermano mayor.
Aunque Yamato tenía una mirada fría y dura, también vio desesperación en sus ojos.
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Goro decidió ir a hablar con su hija. Sabía que conocer la verdad sobre Kenji la había alterado sobremanera, y no la culpaba. Acababa de enterarse de que el chico con el que prácticamente habían estado conviviendo había matado a una niña sólo dos años mayor que su nieta Rika.
–Miyako, voy a entrar. –avisó su padre. Pero al intentar abrir la puerta de la habitación, se percató de que estaba bloqueada con todo tipo de muebles y trastos. –¿Qué estás haciendo?
Goro consiguió ver a su hija por un hueco que había conseguido generar entre tanto obstáculo. Miyako velaba el sueño tranquilo de su hija, que parecía ajena a todo.
–¿Estás solo?
–Sí.
Tras asegurarse de que el castaño no rondaba por allí, permitió entrar a su padre quitando algunas cosas de en medio para desbloquear la puerta corredera.
–¿Por qué no me dijiste que Taichi Takenouchi era un asesino cuando traje a Rika aquí? –preguntó Miyako.
–Es Kenji Yagami. –rectificó Goro.
–¿Y qué más da? Mató a una niña de siete años. –argumentó Miyako.
–Él ya pagó por su crimen y es un buen trabajador. –lo defendió el hombre. –Incluso a ti te gusta Kenji.
–No me tomes el pelo. Ante todo, soy madre. La madre de Rika. –dijo Miyako. –Estoy asustada. Muy asustada.
–Lo sé.
Por su parte, Taichi se encerró en su cuarto y se puso a hacer uno de sus característicos dibujos.
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Después del trabajo, Takeru fue a hacer unas compras y se dirigió al lago Mifune. Cuando bajó del coche, miró con duda la casa donde ahora vivía su madre. Sería la primera vez que la visitara desde que se trasladara allí. Se le hacía extraño no verla por casa, pero ella lo había querido así.
–Hola, Takeru. –saludó Natsuko, que estaba recogiendo unas revistas que habían dejado unos clientes sobre la mesa.
–Hola. –dijo él dejando las bolsas encima de la mesa.
–Creo que has comprado demasiado. –dijo ella al ver el volumen de las bolsas.
–¿Dónde está Yamato? –preguntó él. Natsuko percibió que el tono de Takeru era más frío de lo que para él era lo habitual. Para Natsuko no pasó desapercibido que la relación entre los hermanos se había deteriorado desde que Yamato comenzara a actuar y a tener un papel más activo.
–Ha ido a hacer una visita. –dijo ella.
–¿Qué?¿A quién?
–A una enfermera que trabajó en un correccional de Tokio. –dijo Natsuko. –Pero no creo que tarde en volver.
Entonces, justo en ese momento, entró Yamato, seguido de una chica de pelo negro largo con gafas.
La mezcla de sensaciones que percibió Meiko en los ojos de Yamato, más el hecho de conocer que era el hermano de Aki, la convencieron para hablar con él. Además, quizás, si contaba todo, podría cerrar aquel horrible capítulo de su vida. Así que, accedió a irse con él hasta el lago Mifune. Tras pedir el día libre, ambos viajaron hasta la casa de Yamato.
–Esta es Meiko Mochizuki. –dijo Yamato.
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–Me pregunto si Sora está comiendo como es debido. –dijo Toshiko a su marido mientras servía la comida.
–Me ha enviado un mensaje. –dijo Hikari bajando a toda velocidad de su habitación. Sabía lo preocupados que estaban sus padres, por lo que no quiso demorar la noticia. –Dice que volverá pronto.
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–Lo que voy a contaros no es algo que pueda aliviaros vuestra angustia. –comenzó a decir Meiko sentada frente a Yamato, Natsuko y Takeru. –Puede que incluso añada más dolor. Si aún así estáis dispuestos…
–Adelante. –dijo Yamato. Takeru era el más reticente. Su apática postura en la que mantenía la mirada perdida y la mano sobre la cara, como si estuviera aburrido se lo decía. Aún así no dijo nada. Pero sabía que su madre sí estaba dispuesta a escuchar, a pesar de la advertencia de Meiko.
–Hace nueve años comencé a trabajar en la prisión juvenil de Tokio. Taichi Takenouchi ya estaba allí y sólo le quedaba un año para que lo pusieran en libertad. Cuando yo llegué su tratamiento estaba casi completado.
–¿A qué te refieres con "completado"? –preguntó Yamato.
–Significa que se arrepentía de su crimen y podría volver a integrarse en la sociedad como una persona normal. –explicó ella. –Taichi estaba prácticamente rehabilitado. O al menos, todo el mundo lo creía, excepto una persona.
–¿Quién? –preguntó Yamato.
–Él mismo.
Flashback.
Principios de verano del año 2002.
Una horda de chicos jóvenes subía unas escaleras de la institución mientras dos enfermeras bajaban por ellas.
–La segunda planta es para chicos con problemas mentales diagnosticados y la tercera para aquellos con algún problema psicológico. –explicaba la enfermera Kawato. Era la mayor de ellas y le estaba enseñando las instalaciones a Meiko. –La cuarta planta es para chicos que tienen que pasar aquí mucho tiempo. Los llamamos los "chicos especiales".
Meiko Muchizuki acababa de comenzar a trabajar en aquel correccional y le habían asignado el módulo masculino.
Una vez abajo, llegaron a un patio. Como parte de su tratamiento, unos practicaban deportes de equipo mientras que otros hacían gimnasia.
–Como ves, están separados en grupos para hacer ejercicio o para estudiar. –dijo Kawato. –Ponemos a los chicos con características, diagnósticos y tratamientos similares en el mismo grupo.
–¡Eh, Enfermera Kawato! –la solicitó un joven.
–¡Voy!
Mientras su guía atendía al joven, Meiko echó un vistazo panorámico al lugar. Entonces, vio sentado y solo a un chico de pelo castaño alborotado. A diferencia de los demás, estaba dibujando en un cuaderno. Curiosa, se acercó a él.
–¿Qué dibujas? –preguntó ella.
–El lago Mikazuki. –contestó él.
–No sé dónde está. ¿Por qué dibujas un lago? –volvió a preguntar ella.
–No lo sé. –tras responder eso, el joven se levantó y se marchó de allí.
–Ese chico es de la cuarta planta. –dijo Kawato acercándose a ella. –Aquí lo conocen como Kenji, pero no es su verdadero nombre. ¿Te acuerdas del asesinato de una niña de siete años en el lago Mikazuki?
–¿En el lago Mikazuki? –preguntó Meiko. Era el lago que ese chico estaba dibujando hasta hacía unos instantes. –¿Es el asesino?
–Pero no te preocupes. Está casi rehabilitado. –dijo Kawato. No quería que Meiko se asustara en su primer día de trabajo.
Fin del Flashback
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Como Rika se estaba aburriendo, se plantó frente a la puerta de Kenji con un par de raquetas de bádminton y comenzó a llamar al joven.
–¡Kenji, Kenji!¡Vamos a jugar! –comenzó a exclamar la niña.
–¡Rika!¿Qué estás haciendo?¡Ven aquí! –le ordenó Miyako. Desde que supo la verdad tenía mucho cuidado de que su hija no se acercara a aquel asesino, pero la niña aprovechaba cualquier descuido en el que ella cocinaba o iba al baño para acercarse a Taichi.
–Pero quiero jugar al bádminton. –se quejó la niña.
–Olvídate de eso ahora. –dijo Miyako cogiéndola para bajarla.
Mientras tanto, Taichi permanecía sentado con la espalda apoyada en la puerta del armario, sosteniendo uno de los dibujos que había estado haciendo. El suelo estaba lleno de folios con dibujos que había estado haciendo casi compulsivamente. Las voces sordas tras la puerta se iban alejando. Entonces se levantó, colocó las manos tras su cabeza y comenzó a hacer sentadillas, tal y como solía hacer en prisión.
–1, 2, 3…
Flashback.
–…4, 5, 6.
–¿No lo dirías verdad? –preguntó Kawato durante la formación de Meiko. Ambas miraban desde la ventana de uno de los pasillos como los chicos de la cuarta planta hacían sentadillas.
–¿El qué?
–Que un chico con esa cara de no haber roto un plato pudiera golpear hasta la muerte a una niña y lanzarla al lago. Según el diagnóstico del psiquiatra, tiene un trauma severo provocado por la negligencia de su padre hacia su familia y la muerte repentina de su estricta madre en un accidente de tráfico. Al final, él es el único que sabe por qué mató a la niña.
Tras decir aquello, retomaron su camino para continuar con la ronda.
–Dime, ¿es cierto el rumor que dice que gastaste tres millones de yenes para ayudar a un hombre del hospital en el que estabas antes? –preguntó Kawato.
–No fueron tres millones. Fueron treinta. –dijo Meiko para sorpresa de Kawato.
Tras el ejercicio físico, los chicos de la cuarta planta subieron a por su toalla y comenzaron a bajar para darse un baño, momento que aprovechó Meiko para abordar a Taichi, o a Kenji, tal y como lo llamaban allí.
–Toma, coge esto y escóndela. –dijo Meiko ofreciéndole una pastilla de jabón. Pero el chico no hizo ni el más mínimo movimiento, por lo que Meiko le puso la pastilla en el bolsillo. –No te preocupes. Has despertado interés en mí y quiero ayudarte. ¿Realmente estás curado, tal y como se comenta por aquí?¿No estarás fingiendo estar curado? Bueno, como no hablas y te tienes que ir, dime si necesitas algo cuando tengas oportunidad.
–Un pincel. –dijo él entonces cuando Meiko ya empezaba a marcharse.
Y así lo hizo. Meiko le consiguió un pincel y unas acuarelas. Lo primero que hizo con ellas fue pintar unas amapolas.
–Este pincel es de pelo de ardilla, pero también había de mapache. Si quieres te traigo otro día. –se ofreció Meiko. Entonces, Taichi sacó un pez de papel rojo hecho de origami y se lo dio a Meiko. –¿Esto es para agradecerme por el pincel?
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Otro día, Meiko estaba asistiendo al médico que hacía revisiones médicas. Tras varios internos, le tocó el turno a Taichi.
–Tómale la tensión. –ordenó el médico tras la evaluación visual.
–Sí, doctor. –aprovechando que el médico salió, Meiko le pasó un tubo de pintura, que Taichi le agradeció con otro pez de origami de color rosa.
Aquella comenzó a ser su dinámica. En cuanto tenían oportunidad, aunque fuera durante un momento al cruzarse por un pasillo, Taichi le regalaba un pez de origami por los favores que Meiko le hacía desde que llegó allí a trabajar. Acumuló tantos peces y de tantos colores que en casa preparó una botella de plástico bastante ancha y los fue metiendo allí, como si fuera una pecera, con la ventaja de que no necesitaba agua, no tenía que limpiarla ni echarles de comer.
Fin del flashback.
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Hacía ya un buen rato que Taichi no salía de su habitación, pero justo cuando el señor Inoue iba a comprobar si estaba bien, Maki lo interrumpió diciéndole que tenía una llamada.
Dentro de la habitación, Taichi observaba a Rika, que regaba contenta con una regadera unas coloridas flores de una jardinera junto a su madre.
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–¿Diga? –dijo el señor Inoue cuando atendió al teléfono.
–Hola. Verá, estoy buscando a alguien. ¿Tiene usted un empleado de veintiocho años? –preguntó Haruhiko. Había recopilado una lista de fincas donde cultivaran frutas. Había realizado un montón de llamadas sin éxito, y esta vez llamó a la del señor Inoue porque era la que tocaba.
Mientras tanto, su mujer y su hija menor tendían la ropa fuera. Cuando llegó el momento de colgar una camisa de Sora, Toshiko se entristeció, lo que no pasó desapercibido para Hikari.
–No es tu culpa que Sora se marchara de casa. –dijo Hikari para animar a su madre. –De todas formas, ya tiene veinticinco años.
Toshiko sonrió. Tenía razón. Tarde o temprano se marcharía de casa para vivir por su cuenta.
–Salgo. –dijo Haruhiko.
–¿A dónde vas?
–A un huerto de Chiba.
–¿Has encontrado a Taichi? –preguntó Hikari.
–Todavía no.
–¿Y qué vas a hacer si lo encuentras? –volvió a preguntar su hija, pero Haruhiko no respondió.
–Eres su padre. Lo sabrás cuando lo veas. –dijo Toshiko al ver las dudas en la mirada de su marido. –Cuando lo veas, sabrás la clase de persona que es.
Su marido asintió, aunque lo cierto era que aunque Toshiko intentó animar a su marido, ella también tenía sus dudas.
–Me marcho.
–Vamos a confiar en papá. –le dijo Toshiko a su hija cuando vieron cómo la furgoneta de la lavandería se alejaba.
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Flashback.
–33, 34, 35… –los internos iban repitiendo la contabilización de las sentadillas que iba indicando el monitor mientras Meiko y la enfermera Kawato los observaban desde el ventanal de un pasillo de un piso superior del edificio. Parecía haberse convertido en una costumbre colocarse allí para observar y charlar.
–Hay rumores rondando sobre uno de los chicos. –dijo Kawato. –Dicen que Kenji y tú os veis a hurtadillas. Si eso se filtra y sale a la luz, tu vida se convertirá en un completo desastre. ¿Me estás escuchando?
Pero no le quitaba el ojo a Taichi, y sólo reaccionó cuando el castaño pareció flaquear del cansancio de las interminables sentadillas. De hecho, el joven se sintió mareado y fue llevado a la enfermería.
Una vez atendido y mientras descansaba en la camilla con los ojos cerrados, Meiko se sentó a su lado y le colocó un termómetro en la axila.
–Pronto saldrás de aquí, ¿verdad? –comentó Meiko.
–Sí. –respondió Taichi sin abrir los ojos.
–¿Estás contento?
–Sí. –volvió a responder con un monosílabo.
–¿Estás contento porque vas a ser libre?
–Estoy contento porque estoy curado.
–¿Estás curado?
–Sí. El doctor me dijo que estoy curado. –respondió él.
–Comprendo. Entonces, ¿por qué estás feliz por estar curado? –insistió Meiko. Taichi abrió los ojos lentamente.
–Porque matar a gente no está bien. –respondió él. Entonces, el termómetro comenzó a sonar, indicando que ya había hecho su trabajo. Meiko lo cogió para mirar la temperatura corporal del chico.
–Cuando ya no estés aquí…
–Tengo que pedirte un favor. –la interrumpió Taichi, mirándola por primera vez.
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Cuando el doctor le dio el alta de la enfermería, Meiko acompaño a Taichi a la biblioteca del correccional, tal y como le había pedido en la enfermería. Pero a esas horas la biblioteca estaba cerrada y no estaba permitido estar allí a aquellas horas, por eso Meiko lo coló. La joven echaba un vistazo a las estanterías mientras Taichi, una vez que encontró lo que buscaba, se quedó mirando el libro. Curiosa por ver lo que Taichi miraba con tanta atención se acercó por atrás.
–¿Rubens? –preguntó Meiko al ver en el libro una foto de la obra "La elevación de la cruz", que mostraba la tensión existente entre una multitud de hombres musculosos tratando de levantar la cruz y el peso aparentemente insoportable de Cristo en la cruz. Taichi la miró un poco sorprendido de que conociera a Rubens. La gente joven no solía tener esos intereses e inquietudes. –En realidad no entiendo de arte. Pero lo conozco porque lo mencionaron en el último capítulo de "El perro de Flandes". Eres igual que Nello, ¿verdad? ¿Te gusta este cuadro?
–Aki me lo dijo. –dijo Taichi.
–¿Aki?¿Te refieres a Aki Ishida? –preguntó Meiko, que ya estaba al corriente del nombre de la niña que perdió la vida en manos de Taichi.
–Ella me dijo que habría sido mejor que no hubiera nacido. –dijo Taichi.
–Entiendo. ¿Y tú pensaste que se refería a ella misma, y por eso,…la mataste? –preguntó cuidadosamente. Entonces, un golpe en la puerta de la biblioteca los interrumpió.
–Mochizuki, ¿estás dentro?¿qué estás haciendo? –preguntó una compañera. –Abre la puerta.
Con la interrupción, Taichi pareció alterarse porque apretaba un bolígrafo muy fuerte, como señal de frustración, lo que no pasó desapercibido para Meiko.
–Tranquilo. Todo está bien. –dijo Meiko posando su mano sobre el puño que encerraba el bolígrafo y quitándoselo de la mano. Después le arrebató el libro. –Te regalaré el libro en otro momento.
Meiko y Taichi salieron por otra puerta y bajaron al sótano, donde había maquinaria como calderas y bombas de presión de agua.
–Hace un tiempo me pidieron que no me acercara a ti. –le dijo Meiko.
–Lo intuía.
–Mañana sales de aquí, ¿no? Si tienes cualquier problema…–pero el chico no la dejó terminar y le ofreció un papel enrollado. Cuando Meiko lo desplegó, vio el lago, iluminado por rayos de sol que atravesaban las nubes y unas ondas redondas en el agua. –¿Le has enseñado esto a alguien?
Taichi negó con la cabeza.
–No debes enseñárselo a nadie o jamás te dejarán salir de aquí. –dijo Meiko. Entonces señaló con el dedo a las ondas del dibujo. –¿Aquí está Aki Ishida, verdad?
–Es un pececillo. –respondió él. –Un triste pececillo.
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–Taichi Takenouchi. Aquí tienes el informe por escrito de la libertad condicional. Felicidades. –dijo el director del correccional solemnemente, como si fuera una graduación.
–Cógelo, Taichi. –dijo el que sería su agente de la condicional, un hombre calvo y simpático al que se le notaba ya mucha experiencia con muchachos.
–Muchas gracias. –dijo Taichi.
Unos minutos después, Taichi cogió su maleta y fue acompañado hasta la puerta del recinto por el director del correccional y su agente de la condicional, que llevaría su seguimiento en su reinserción en la sociedad.
–Buena suerte, Takenouchi. –dijo el director a modo de despedida. Taichi y su agente se marcharon caminando.
–¿Sabes? Todo el mundo está loco con el ramen. –dijo su agente de la condicional tras emprender el camino. –Tengo entendido que nunca comíais ramen ahí dentro.
Taichi caminaba sin contestar, pero se fijó en un espejo que se ponen en los cruces de poca visibilidad y vio que Meiko caminaba por la acera opuesta varios metros más atrás, ataviada todavía con su uniforme de enfermera.
Evidentemente, su agente de la condicional lo llevó a una taberna donde podrían comer ramen.
–Delicioso, ¿verdad? –preguntó su agente una vez que salió del cuarto del aseo.
–Sí. –se limitó a decir Taichi.
–De ahora en adelante, deberás trabajar duro y vivir de forma honesta y sencilla. –dijo el agente. –Es lo mejor que puedes hacer, por la gloria de aquella niña.
–Sí.
–¿Nos vamos? –dijo el agente. En una mesa, de espaldas a ellos, Meiko escuchaba toda la conversación.
Cuando salieron, Meiko miró al camarero que recogía entre dudas un pez de papel. La enfermera se apresuró a ir y le cogió el pez, hecho con una servilleta. Después volvió a su sitio y lo desplegó. Allí venía escrito que viviría en el barrio de Mitaka, en Tokio, y que continuaría con su nombre falso: Kenji Yagami.
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Taichi Takenouchi, o mejor dicho, Kenji Yagami comenzó su nueva vida como hombre libre. Su agente de la condicional lo incluyó en un programa de reinserción que le permitía trabajar en un taller mecánico donde hacía pequeñas reparaciones como aprendiz y lavaba los coches de los clientes.
Unos días después de comenzar con ese trabajo, vio a Meiko Mochizuki de espaldas. Parecía esperarlo. Estaba claro que había leído el mensaje que le dejó en la servilleta.
En pocos días, se fueron a vivir juntos y llevaban una vida de lo más sencilla y tranquila. Meiko había sacado los peces de papel de la botella y los colgó por el salón, porque ya eran libres como su creador.
–¿Sabes? Me hace muy feliz ver que te tomas tu trabajo tan en serio. –le dijo Meiko estando acostados en el futón. –Has cambiado, y conocerte también me ha cambiado a mí.
–¿Estoy curado? –preguntó él.
–Sí. Estás curado. –respondió ella.
–¿Desaparecerá?¿Desaparecerá mi imagen de asesino? –volvió a preguntar él.
–Ya ha desaparecido. Ya no eres un "chico especial". Ya no matarás a nadie. –dijo ella. Él le regaló una sonrisa y ella se acercó a él para besarlo. Aquella noche se entregaron el uno al otro.
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Meiko se extrañó de no encontrar a Kenji junto a ella. Ni si quiera había amanecido. Se vistió y abrió la puerta para comprobar si estaba afuera. Efectivamente, estaba abajo haciendo sentadillas como las que solían hacer en el correccional. Meiko pensó que eran muchos años. Era difícil de borrar una rutina tan marcada.
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Unos días después, Meiko salió del hospital tras hacerse una revisión médica. Nada más salir, cogió su teléfono y le dio la noticia a Kenji, que estaba trabajando en el taller.
Ya en la oscurecida tarde, Kenji subió las escaleras para dirigirse al apartamento que compartía con Meiko. Llevaba una bolsa con un cartón de leche que acababa de comprar. Una vez arriba, miró a las escaleras que acaba de subir.
–Hola. ¿Tienes hambre? –dijo Meiko, que ya había preparado la cena. Pero el chico no contestaba. Se limitó a poner el cartón de leche sobre el kotatsu. –¿Qué te pasa?
–Cerveza.
–¿Quieres una? –preguntó ella. Él sólo asintió.
–Es raro en ti, pero no tenemos. Ya compraré mañana. –dijo ella. Pero él seguía inmóvil. –Está bien, iré ahora mismo.
Tras coger su monedero, Meiko salió. Mientras, Kenji cogió el libro de arte que Meiko le prometió que le regalaría y buscó a Rubens. Pero esta vez, no se detuvo en "La elevación de la cruz", sino en "El descendimiento de la cruz". Al igual que el otro, era un óleo de estilo barroco en el que predominaba el claroscuro y todo giraba a la figura contorsionada de Cristo ya muerto, que parecía deslizarse por una tela de lino blanco, ayudado por la Virgen María, María Magdalena y otros personajes de gran musculatura, característica propia de la pintura de Rubens. A pesar de ser un momento trágico, la escena parecía trasmitir serenidad y calma.
Entonces, escuchó el golpe. Kenji se asomó y vio a Meiko tirada en el suelo, llevándose la mano a su vientre.
Fin del flashback.
–Él puso aquella bolsa de plástico adrede cuando llegó de comprar la leche. La caída fue tan fuerte que sufrí un aborto. Seguía siendo el mismo chico de catorce años. Cuando me dieron el alta del hospital, encontré un diario. En él había algunas ilustraciones. En cada una, el ser humano era un pez de cola roja. Para él, los seres humanos son tristes pececillos dentro de una pecera. Él siempre tuvo el impulso de sacarlos y destruirlos. –relató Meiko.
Continuará…
