Capítulo 16. La decisión de cada uno II.
A la mañana siguiente a la nueva agresión de Taichi, Maki bajó y se puso a rebuscar en la cocina algo para comer. Mientras lo hacía, escuchó a alguien entrar.
–¡Señor Inoue, vamos a entrar! –lo siguiente que vio Maki fue a cuatro hombres vestidos de negro y una retahíla de agentes uniformados y de la policía científica. El que estaba al mando enseñó su placa. –Venimos de la comisaría de Sodegaura. Hemos venido a buscar pruebas para la investigación.
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Haruhiko había pasado la noche en la furgoneta en el aparcamiento del hospital. Apenas había podido pegar ojo con todo lo sucedido. Con todo lo que estaba aconteciendo no podía evitar recordar cuando hacía quince años, los medios de comunicación se apostaron a las puertas de su casa. Los medios no hacían más que añadir más dolor a él y a su familia. Esta vez, se sentía en la obligación de hacer lo que fuera por evitar eso.
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Rika había pasado la noche en el banco del hospital, con una mantita que ya casi se había desplazado hasta el suelo y bajo la atenta mirada de su conejo de peluche.
Yamato y Takeru estaban en los asientos de enfrente. También habían pasado la larga noche allí sentados, aunque sin apenas pegar ojo. Yamato se levantó y le acomodó la mantita para que la niña no cogiera frío.
–¿Crees que la madre de esta niña podrá abrazarla algún día? –preguntó Takeru. Pero Yamato no contestó. Entonces el señor Inoue apareció por el pasillo cargado con una bolsa.
–Esto es para vosotros. Para daros las gracias. –dijo Goro sacando algo para que los hermanos pudieran comer. También sacó algo para su nieta, que colocó en el asiento. –¿Dónde está Takenouchi?
–Si quiere puedo dárselo cuando vuelva. –dijo Yamato tomando la bolsa. Entonces Goro se acercó a la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos, donde habían llevado a Miyako tras la operación.
–Parece que aún no podemos entrar a verla. –dijo Goro. Entonces la niña se incorporó somnolienta.
–¿Ha terminado ya la operación? –preguntó la niña.
–Sí. –dijo su abuelo sentándose a su lado.
–¿Mamá ya no tiene fiebre? –volvió a preguntar la niña.
–Todavía tiene un poco de fiebre. –respondió su abuelo.
–¿Quiere que le preguntemos a alguien del hospital? –se ofreció Yamato. Entonces llegó el doctor acompañado de la policía.
–Señor Inoue. Vienen de la comisaría de Sodegaura. –informó el médico señalando a los detectives, un hombre y una mujer.
–Déjenme ver a la víctima. –pidió el detective.
–Sí. Por aquí. –dijo el médico.
–Esperen. –dijo Yamato interponiéndose. –¿No deberían su padre y su hija verla primero?
–Lo siento, pero se trata de una agresión y hay una investigación abierta. Espero que lo comprendas. –dijo el médico.
–¡Pero…!
–Déjalo, joven. –dijo Goro. –Está bien. Gracias. Que pasen.
Una vez que la policía entró, Yamato decidió salir para entregarle la bolsa con el desayuno a Haruhiko, pero cuando salió, no lo vio. Tan sólo vio la puerta corredera de su furgoneta abierta, pero ni rastro de Haruhiko.
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Era tal la conmoción de Haruhiko y el terror de que se volviera a repetir la historia que comenzó a deambular sin rumbo fijo. El cansancio comenzó a hacerle mella e iba tan ensimismado que se desvió del arcén de la carretera hacia el centro. Cualquiera que lo viera diría que estaba borracho, aunque en realidad estaba desorientado y ensimismado. Los conductores comenzaron a increparle con los claxon al tener que esquivarlo cada vez que pasaban.
Hasta que por fin alguien lo agarró y lo apartó de la carretera, cayendo los dos al suelo. Aquello pareció despertar a Haruhiko, que miró a su salvador. Era Yamato, que había intuido que algo no andaba bien al ver la furgoneta abierta de par en par. Por eso había salido del aparcamiento del hospital hacia la carretera. Por suerte, no andaba demasiado lejos.
–¿Cómo voy a ser capaz de vivir y redimirme del pasado? –preguntó Haruhiko visiblemente frustrado. –¿Podré arreglarlo alguna vez? Después de quince años no he conseguido redimirme, y ahora vuelve todo otra vez.
Yamato no sabía qué hacer ante el sufrimiento de aquel hombre. Por lo que lo único que se le ocurrió fue ofrecerle la bolsa que llevaba.
–El padre de esa chica te ha comprado esto. –dijo Yamato, mostrándole una botella de té y algo de comer. Entonces, el rubio se percató de que la cartera de Haruhiko había caído abierta al suelo del impacto. De ella, sobresalía una fotografía de familia. En ella se veía a unos sonrientes Haruhiko, seguido de Sora, Hikari y Toshiko. Cualquiera que viera la foto, no se imaginaría el drama y el sufrimiento de esa familia.
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Con el niño en un brazo y el carricoche plegado en la otra, Kasumi consiguió bajar del autobús que la dejaba cerca de la casa de su cuñado. De ese mismo autobús, bajó Taichi, que intentaba decidir hacia dónde ir.
–Disculpe. –dijo Taichi mientras Kasumi peleaba por desplegar el carricoche con una sola mano.
–¿Sí?
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Cuando Yamato llevó de vuelta a Haruhiko, Takeru jugaba con la niña para distraerla. Entonces, su hermano le indicó dónde estaba la policía.
–¿Dónde estaba su hija cuando la encontró? –cuando Haruhiko entró, vio a un detective interrogando al señor Inoue.
–En la habitación de mi empleado. –respondió Goro.
–El empleado desaparecido se llama Kenji Yagami, ¿verdad? –preguntó el detective.
–Sí, pero ese no es su nombre real. –puntualizó Goro.
–¿Es un alias?
–Su verdadero nombre es Taichi Takenouchi. –respondió Goro.
–¿Taichi Takenouchi? –preguntó el detective, al que parecía que le sonaba ese nombre. –¿No es el del caso del lago Mikazuki?
–Exacto. –dijo Goro.
–Contacta con la comisaría. –dijo el detective a la agente que lo acompañaba. Aunque entre la gente de a pie era un caso casi olvidado, en los círculos policiales todavía lo recordaban bien.
–Sí, señor. –dijo la agente.
–¿Por qué no nos ha contado esto antes? –preguntó el detective.
–Lo siento. –se disculpó el señor Inoue.
–Así que fue él desde el principio. –dijo el detective.
–Disculpen. –intervino Haruhiko. –Yo soy el padre de Taichi Takenouchi.
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Natsuko esperaba sentada noticas desde Chiba, cuando vio a su nuera entrar sujetando a su nieto.
–Hola. –saludó Kasumi.
–Kasumi. –dijo Natsuko, que no se esperaba la visita de la esposa de Takeru.
–Hay un cliente. –avisó Kasumi dejando pasar a Taichi, cargado con el carricoche que finalmente no se pudo abrir por algún tipo de atasco. –Gracias, puedes dejarlo ahí.
Pero a Natsuko se le borró la sonrisa al ver quién era. Aunque había crecido desde que lo vio por última vez con catorce años, lo reconoció al instante. Era evidente que su nuera no lo conocía, si no, no actuaría de forma tan relajada.
–Me lo he encontrado en la parada de autobús. Buscaba el lago Mifune y yo no podía abrir el carricoche, así que ha resultado ser de gran ayuda. –explicó Kasumi.
–No ha sido nada. –dijo Taichi.
–¿No ha llegado Takeru? –preguntó Kasumi a su suegra, que disimulaba delante de ella para no asustarla a ella, ni a su nieto.
–Se ha ido ya. –mintió Natsuko.
–¡No me digas que nos hemos cruzado! –dijo Kasumi. –¿Estás sola?
–Ahora vuelvo. –dijo Natsuko. Necesitaba salir de allí. No sentía más fuerzas para seguir disimulando. El asesino de su hija estaba allí y eso jamás se lo habría esperado. Lo único que se le ocurrió fue ir hacia el pequeño altar dedicado a su ex marido, como si eso le fuera a infundir fuerzas. Pero Natsuko estaba muy nerviosa. Tanto, que incluso comenzó a hiperventilar.
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Cuando acabaron de interrogar a Goro, salieron todos en comitiva hasta la sala de espera.
–Abuelo, se me ha caído el zapato. –dijo la niña, que iba en brazos de su abuelo. Haruhiko, lo cogió y se lo puso a la niña para que el hombre no tuviera que agacharse.
–Gracias. –dijo Goro.
–No es nada. –dijo Haruhiko. Él era un hombre amable por naturaleza, pero cualquier cosa le parecía poco para poder reparar el daño que había causado su hijo.
Entonces, mientras los agentes salían, Sora llegó a las puertas del hospital. Había cogido el autobús para salir del lago Mifune, luego un tren hasta Chiba y por último, un taxi hasta el hospital.
–Iremos en este coche. –le dijo la agente a Goro.
–Papá. –dijo Sora al verlo salir.
–Sora. –dijo Haruhiko, pero el más sorprendido de verla allí era Yamato. –Tranquila, todo irá bien.
–¿Esa es su hija? –preguntó Goro una vez que metió a su nieta en el coche de la policía. Haruhiko asintió. Sora hizo una inclinación con la cabeza para mostrarle su respeto. –Así que tiene una hija. ¡Devuélvame a mi hija!¡Devuélvamela!¡Devuélvamela!
El enterarse de que Haruhiko tenía una hija y que la tenía delante pareció eliminar cualquier rastro de amabilidad en él. Haruhiko tan sólo aguantaba el chaparrón. Era lo menos que podía hacer. Ni siquiera se esforzó por mantener el tipo. Tan sólo podía avergonzarse por lo ocurrido. Jamás diría que se avergonzaba de Sora, porque no era así. Pero en cierta forma, comprendía la sensación de injusticia que aquel hombre estaba viviendo.
Cuando Goro comenzó de los gritos al intento de agresión, los agentes lo cogieron por detrás para llevárselo de allí, mientras seguía gritando que le devolviera a su hija.
–Señor Takenouchi. Es hora de irnos. –dijo uno de los agentes.
–Volveré a casa. –le dijo Haruhiko a su hija.
–No es tu culpa. –dijo Yamato, una vez que los coches policiales emprendieron la marcha.
–Es mi culpa. –le dijo Sora.
–Claro que no. –volvió a insistir Yamato.
–Mi hermano me dijo que pasó todo esto porque no quise ir con él.
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–¿Me sujetas al niño? –le preguntó Kasumi a Taichi.
–Claro. –dijo Taichi tomando al niño.
–Será sólo un momento. –dijo Kasumi.
Justo en ese momento, bajaba Natsuko. Había subido para calmarse a sí misma, pero no le gustó nada que aquel ser sujetara a su nieto.
–Natsuko, ¿me prestas la cocina? –preguntó su nuera.
–Sí. –dijo ella. Kasumi entró en la cocina con un biberón mientras Natsuko intentaba mantener el tipo y guardar las formas.
–Disculpa. Mi hijo ha salido, así que realmente no sé qué hacer. –mintió Natsuko fingiendo que no sabía quién era y tratándolo como a un cliente.
–No importa. –dijo Taichi.
–¿Me apuntas tu nombre? –preguntó Natsuko ofreciéndole el listado de registro de clientes y un bolígrafo. –Perdona, puedes darme al niño.
–Estoy bien. –dijo Taichi. Mientras con un brazo sujetaba al niño, con la otra escribió su nombre.
–¿Yagami? –preguntó Natsuko al leer.
–Sí.
–Le preguntaré a mi hijo ahora mismo. –dijo Natsuko con el móvil en la mano mientras escribía un mensaje.
–Disculpe.
–¿Sí?
–Está húmedo. –dijo Taichi.
–Oh, lo siento. –dijo Natsuko tomando al niño y dejando el teléfono. –Parece que se ha hecho pipí y le ha llegado al pantalón. Kasumi, ¿tienes pañales?
–Oh, sí, claro. –dijo Kasumi que llegaba de calentar el biberón. –Iré a cambiarlo arriba. No quiero que vea esto. ¿Me das el bolso?
Por fin, Kasumi se marchó de allí.
–La caña. –dijo Natsuko, fingiendo que Taichi era un cliente.
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Mientras conducía, Yamato miraba de reojo a una cabizbaja Sora. Como en su pequeña furgoneta sólo había dos asientos y el viaje les llevaría un buen rato, Takeru decidió volver a casa en tren.
–Primero te llevaré a casa. Si no quieres ir allí, puedes ir a mi casa. –dijo Yamato.
–Siento las molestias. Puedes llevarme a mi casa. –dijo Sora sin alzar la mirada.
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Taichi inspeccionaba las cañas mientras esperaba a su hermana. Lo cierto es que era un poco atrevido ir allí, a la casa del hermano de la niña que mató, pero lo que realmente le importaba era ver a Sora.
–¿Sabes cómo usarlas? –preguntó Natsuko refiriéndose a las cañas. –Aunque creo que da igual la que elijas.
Entonces, Natsuko cogió una navaja de pesca que estaba ahí y la colocó en un lugar seguro, gesto que no pasó desapercibido para Taichi. Natsuko decidió entonces dejar de fingir.
–Taichi.
–¿Qué? –que sabía desde que entró que la mujer lo había reconocido, a pesar de no haberlo visto en quince años.
–Yamato no está hoy en casa. –dijo Natsuko. Era como una frase de cuando eran niños y Taichi hubiera ido allí para que saliera a jugar.
–¿Y?
–¿Por qué estás aquí?
–He venido a recoger a mi hermana.
–Tu hermana está con Yamato. Algo ocurrió en un huerto de Chiba. Han atacado a la hija del agricultor. Qué pena. Incluso he oído que tiene una niña pequeña. Creo que es realmente lamentable. ¿Tú no lo crees? –dijo Natsuko. Taichi sabía que hablaba de él.
–No lo sé. –respondió Taichi.
–¿Por qué no lo sabes?
–No lo sé.
–No puedes no saberlo, ¿no? –dijo Natsuko.
–No lo sé. –dijo Taichi un poco más nervioso. Así que decidió salir de allí para esperar a su hermana en otro lugar.
–No hay forma que no lo sepas porque fuiste tú quien lo hiciste. –dijo Natsuko siguiéndole y cogiéndole del brazo para detenerlo. –Fuiste tú quien lo hiciste.
–Lo he olvidado. –dijo Taichi.
–Pues si lo has olvidado, recuérdalo ya. –dijo Natsuko.
–Es imposible. Estoy enfermo. –dijo Taichi comenzando a respirar cada vez más fuerte. –Es esa clase de enfermedad. No hay nada que pueda hacer porque estoy enfermo.
Natsuko le dio un bofetón. Después le cogió de la muñeca y llevó la mano de Taichi hasta su vientre.
–¡Aquí!¡Mi hija estuvo aquí! ¡Estuvo en mi vientre durante nueve meses!¡¿Qué crees que piensa una madre durante ese tiempo?!¡Sólo una cosa! –Natsuko consiguió poner a Taichi de rodillas sin ni siquiera haberlo soltado. Después, el forcejeo fue constante por los intentos de Taichi de librarse de Natsuko, pero no sabía cómo, aquella mujer parecía tener una fuerza sobrehumana y no dejó de hablarle de su hija mientras intentaba inmovilizarlo. –¡Sólo desea que nazca bien!¡Cada día, durante nueve meses era en lo único que pensaba!¡Y aunque fuera una niña, pesó 3,360 kg cuando nació!¡Luego le hablaba orgullosa de lo grande y fuerte que estaba!¡Luego fue capaz de ponerse en pie apoyándose en algo!¡Luego se ponía en una pared para que la midiera y miraba orgullosa cada año cómo las líneas estaban cada vez más altas!¡Estaba orgullosa de cómo comía!¡Cuando empezó la escuela primaria la mochila era casi más grande que ella, pero ella crecía poco a poco!¡Siempre le decía que cuando pasara a secundaria sería más grande que yo!¡Al poco tiempo de decirle eso, tú la mataste!¡¿Lo entiendes?!¡Tú la mataste!
Taichi consiguió librarse un momento pero Natsuko volvió a agarrarlo mientras insistía en que él mató a Aki.
–¡Aunque fueras un alumno de secundaria y aunque no tengas corazón, no te perdonaré jamás! –gritaba Natsuko.
Taichi, que no aguantaba más, consiguió empujar a Natsuko y comenzó a gritar frustrado. Después se abalanzó sobre Natsuko fuera de sí, se puso encima de ella y la cogió del cuello. Natsuko intentaba deshacerse de él cogiéndole de las muñecas.
–¡Mátame!¡Si puedes matarme, hazlo! –consiguió decirle Natsuko a pesar de que la opresión sobre su cuello dejaba pasar menos aire a sus pulmones. –¡Pero no moriré!¡No moriré hasta que no mueras tú!
Taichi pareció desinflarse y dejó de ejercer fuerza. Tan sólo se quedó encima de Natsuko agotado mientras gemía. Natsuko tampoco se movió por el agotamiento.
–Aki estaba preciosa. –dijo Taichi sin moverse de encima de Natsuko una vez que recuperó el aire. Tras decir eso, incorporó su tronco, viendo a Natsuko desde arriba, como si estuviera a su merced. –Aki flotando en el lago Mikazuki estaba preciosa. Eso es lo único que recuerdo claramente. Por eso no debes estar tan deprimida.
A Natsuko, con los ojos humedecidos comenzó a temblarle el labio. Embargada por la rabia, estiró el brazo derecho con el que cogió la pata de un pequeño taburete de madera y le golpeó en la cabeza, sacándoselo de encima.
–Aki. Aki. –se lamentaba Natsuko desde el suelo y llorando mientras se llevaba la mano a su vientre.
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–Yamato.
–¿Qué?
–El otro día hablamos de que llegaría un día en el que podríamos sentir alegría desde lo más profundo de nuestros corazones. –dijo Sora mientras miraba el paisaje que iba pasando a su lado. –Nos está llevando demasiado tiempo antes de que llegue ese día, ¿no crees?
–Sí.
–No siento que ese día vaya a llegar. –dijo Sora apoyando la cabeza en la ventanilla. –Quiero morir.
Yamato la miró al escucharla decir eso, por lo que tras pensarlo unos segundos, decidió parar, aunque lo hizo casi en seco. Sora se incorporó con el frenazo.
–Morir…Morir también está bien. –dijo Yamato. –Si tú mueres, Sora, creo que yo también moriré.
Ahora era la chica la que se sorprendió al escuchar a Yamato decir aquello.
–¿De qué hablas, Yamato? Tú eres del lado de la víctima y yo…
–¡Y a quién le importa! ¡No te atrevas a insinuar que quieres morir! –gritó Yamato. Tras decir eso, bajó la cabeza y la apoyó sobre los brazos que tenía en el volante. Entonces habló de forma suave. –Si me dices eso yo..., lo olvidaría todo si pudiera. Lo dejaría todo si pudiera. Sólo quiero irme lejos, donde nadie sepa nada. A un lugar donde sólo estemos nosotros dos.
–Sí. –dijo Sora.
–¿Sí? –volviendo a mirarla.
–Sí. –dijo Sora con decisión.
Continuará…
