Capítulo 17. ¿Dónde está el alma? I

Kasumi estaba escuchando los gritos de su suegra, pero el niño al final no sólo se hizo pipí, por lo que hasta que no terminó con él no pudo bajar.

–¿Qué ha pasado? –preguntó Kasumi una vez que bajó. Pero no se esperaba encontrar aquel panorama. Su suegra y aquel cliente estaban tirados en el suelo. Por lo que se agachó para atender a su suegra. –¡Natsuko!

–Él es Taichi. Taichi Takenouchi. –dijo Natsuko llorando.

–¿Qué?

–Rápido, llama a Takeru. –dijo Natsuko. –Llama a Yamato, a Yamato.

–¡Está bien! Mejor llamo a la policía. –dijo Kasumi incorporándose.

–¡Primero llama a Yamato! –insistió Natsuko.

Entonces Taichi, todavía un poco aturdido por el golpe con el taburete comenzó a levantarse con dificultad. Cuando Natsuko vio que pretendía huir, lo volvió a agarrar de la camiseta.

–¡Dime por qué!¡Dime por qué Aki! –dijo Natsuko. Taichi se deshizo de su agarre empujándola y se llevó la mano a la cabeza donde había recibido el golpe del taburete.

–Porque se cruzó en mi camino. –dijo Taichi. –En realidad podría haber sido cualquiera.

Tras decir aquello, salió del establecimiento. Natsuko se quedó en la puerta mientras veía cómo Taichi se alejaba.

–¡No huyas!¡No huyas! –pedía Natsuko.

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–Siento haber dicho que me quería morir. –se disculpó Sora.

–No te preocupes. –dijo Yamato.

–¿A dónde iríamos? –preguntó Sora.

–¿Y si vamos dónde piensa ir Taichi? –preguntó Yamato.

–Cuando estuve con mi hermano me habló del lugar de donde es nuestra verdadera madre. Él me pidió ir allí con él. –dijo Sora. Pero la conversación se vio interrumpida por una llamada al teléfono a Yamato.

–¿Diga?¿Qué?¿Dónde?¿Por qué Taichi ha estado ahí? –cuando acabó de hablar, Yamato colgó y emprendió la marcha a toda velocidad.

Fue entonces cuando en la guantera, que se había abierto tras el frenazo, Sora vio un mango que escondía algo en un cartón. Había estado ahí todo el tiempo pero no se había fijado hasta ahora. Cuando Sora fue a coger el cuchillo, Yamato cerró la guantera de un golpe seco.

Tras la llamada, Yamato se dirigió directamente a su casa, en lugar de llevar a Sora.

–¿Habéis llamado a la policía? –preguntó Yamato ya en casa. Su madre estaba sentada a la mesa mucho más calmada pero muy seria.

–Acaban de estar aquí. Han dicho que tenían que hablar con la policía de Chiba. –dijo Natsuko.

–¿Te ha herido? –preguntó Sora.

–No. Debéis de tener hambre. Iré a preparar algo. –dijo Natsuko levantándose. Estaba claro que necesitaba distraer su atención.

Cuando su madre salió, Yamato vio el nombre falso de Taichi en el registro de clientes.

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–Su hijo está siendo buscado por la policía oficialmente. –le informó la agente que había estado en el hospital con el detective a cargo. –Si se entera de algo, avísenos, por favor.

–Está bien. Atrapen a mi hijo. –dijo Haruhiko, consciente de que su hijo representaba un peligro, por más que le pesara.

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Pese a que su madre dijera que no iba a permitir que la situación afectara a sus vidas, Hikari comenzó a remover las cosas de su cuarto para preparar una nueva mudanza.

–Tu padre ya viene de camino. –avisó Toshiko a Hikari.

–¿Cuántas veces me he podido poner el uniforme? –preguntó Hikari mirando el uniforme del instituto. –Ha sido una pérdida de tiempo gastar el dinero en él.

Entonces Toshiko escuchó la puerta de la entrada. Aunque le parecía demasiado pronto, bajó esperanzada de ver a su marido, pero no se encontró con él precisamente. Al ver quién había llegado, a Toshiko le fallaron las piernas por un momento.

–¿Taichi?¿Cómo has sabido dónde vivimos?¿Y Sora? –preguntó Toshiko.

–¿Molesto? –preguntó Taichi al ver los nervios de la mujer que lo crió.

–No. –dijo Toshiko con voz temblorosa. –Pasa.

Entonces bajó Hikari. A pesar de ser hermanos por parte de padre, era la primera vez que se veían. Taichi decidió marcharse. Al verla sintió que no encajaba allí.

–Ella es Hikari. Es tu hermana. Tu padre llegará pronto a casa. Está deseando verte. Ven a esperar dentro. –lo invitó Toshiko, a pesar de albergar muchas dudas.

Toshiko le sacó unas zapatillas de casa para que usara. A pesar de estar muy nerviosa, decidió darle la oportunidad, tal y como habían decidido. Taichi se descalzó, pero no hizo caso a las zapatillas de casa y entró, no sin pisar una de ellas antes.

–¿No te pones las zapatillas? –preguntó Toshiko.

–Esas son de invitados, ¿no? –preguntó Taichi. Toshiko asintió con la cabeza comprendiendo el mensaje. Si realmente era bienvenido, no usaría las zapatillas de invitados porque en teoría, él era uno más de la familia. –¿Puedes cerrar la puerta, por favor?

–¿Qué?

–La policía me busca y no quiero que me encuentren. –dijo Taichi.

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Una vez que se aseguró de que su madre estaba bien, Yamato salió afuera, donde estaba Sora.

–Te llevaré a casa. –se ofreció Yamato.

–Cogeré el autobús. –dijo Sora.

–Taichi podría intentar contactar contigo. –dijo Yamato.

–Lo sé. ¿Qué le dirás si te lo encuentras? –preguntó Sora, que no dejaba de pensar en el cuchillo de la guantera.

–Podría no hablarle. ¿Conoces el muñeco que se usa para estudiar el cuerpo humano en el colegio? –preguntó Yamato comenzando a caminar.

–Sí. –asintió Sora perdida por aquella mención.

–Hace mucho tiempo, después de la muerte de Aki, cada vez que veía ese muñeco me preguntaba dónde estaba su alma. –dijo Yamato.

–¿Su alma?

–Ese muñeco tenía un corazón, un cerebro, un hígado y un par de pulmones, pero no veía el alma por ninguna parte. –dijo Yamato.

–Comprendo.

–Entonces pensaba que quizás, yo era igual que ese muñeco. Y quizás Taichi también lo sea. Quizás no tenga alma. Así que no hay forma de que hable con él. –tras decir aquello, se montó en la furgoneta y esperó a que Sora se montara. A pesar de que dijo que se iría en autobús, se montó con él.

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–Gracias por traerme. –le agradeció Sora.

Al escuchar un vehículo, Toshiko casi salió a hurtadillas para recibir a Sora. Al ver la cara de preocupación de la mujer, Yamato también bajó de la furgoneta. Lo que ignoraban era que Taichi los vigilaba desde la habitación de arriba.

–¿Sabes algo de Taichi? –preguntó Sora.

–No. –mintió Toshiko.

–Gracias otra vez. –le dijo Sora, haciéndole ver que todo estaba en orden.

–Si sabes algo de Taichi… –dijo Yamato de forma que Toshiko no lo oyera.

–Te llamaré a ti antes que a la policía. –acabó Sora la frase.

Yamato se montó en la furgoneta y se marchó.

–Hola. –saludó Sora a su hermana mientras se quitaba las zapatillas. Pero su hermana tenía una cara muy seria. –¿Qué pasa?

–Ha vuelto. –dijo Hikari. Entonces Taichi bajó y se presentó ante Sora. –Dice que quiere quedarse aquí.

–¿Habéis llamado a la policía? –preguntó Sora.

–No. –respondió Toshiko. –Vamos a esperar a que vuestro padre llegue a casa.

–¿Dónde voy a dormir? –preguntó Taichi. Ya había visto el parte de arriba y la casa era bastante pequeña para cinco personas.

–Hikari, Sora y yo compartiremos cama. –respondió Toshiko. –Tú puedes compartirla con tu padre.

–Esta casa es realmente pequeña. –dijo Taichi sentándose a la mesa.

–Lo es. –respondió Sora.

–En nuestra antigua casa tenía mi propia habitación; y tú tenías la tuya. –le recordó Taichi a Sora.

–Bueno, pues ahora no tenemos elección. –dijo Sora.

–¿Es que papá no tiene un trabajo decente? –preguntó Taichi.

–Papá es repartidor en una lavandería industrial y trabaja muy duro para mantenernos a todas. –dijo Sora indignada. En aquel momento le parecía un niñato malcriado.

–¿Y la cena? –preguntó Taichi sin hacer caso al creciente enfado de Sora.

–Miraré a ver qué puedo hacer. –respondió Toshiko. –Hikari, ¿puedes ir a comprar unas cosas?

–No hace falta. Comeré cualquier cosa que tengas. –dijo Taichi. –Si se marcha de casa podría delatarme.

–Ella es tu hermana. –dijo Toshiko.

–Pero no había nacido cuando me enviaron a la prisión juvenil. –dijo Taichi levantándose.

–¿De qué hablas? –preguntó Sora, que no le gustó que dudara de las intenciones de Hikari. –¿Sabes por lo que hemos pasado en estos quince años?

–¿Acaso no estás resentida conmigo? –preguntó Taichi.

–¡Jamás he estado resentida contigo! –gritó Sora mientras golpeaba a su hermano en el hombro. –¡Somos una familia!¡No tienes ni idea de lo difícil que ha sido!

–¡Sora! –intervino su madre para que dejara de golpear a su hermano.

–¿Por qué lo hiciste?¿Por mi culpa? Si es así, deberías matarme. –dijo Sora.

–¡Sora! –gritó Toshiko, sorprendida de que su hija diera algo así.

–¡Es demasiado tarde para deshacer lo que has hecho!¡¿No lo entiendes?! –insistió Sora. –¡Lo que hiciste no fue robar dinero o alguna otra cosa!¡Fue robar una vida!¡No puedes arreglar eso!

Taichi desvió su mirada y vio una foto familiar en la que evidentemente, no estaba él. Entonces, cogió unas tijeras que estaban detrás. Al temerse lo peor, Toshiko apartó a Sora de él.

–¿A quién le importa una persona muerta? –preguntó Taichi. –Su vida acabó una vez que murió, pero quien mata, tiene que seguir viviendo. ¡Soy yo quien debe dar pena!

Haruhiko por fin llegó a casa, pero no esperaba encontrar a su hijo sujetando unas tijeras y una palpable tensión en el ambiente.

–Taichi. –dijo Haruhiko acercándose despacio a él y sujetándolo del hombro delicadamente. –Bienvenido a casa.

–Hola. –dijo Taichi intentando controlarse a sí mismo.

–Has crecido mucho, pero no tanto para pasarme. –dijo Haruhiko.

–Es que tú eres demasiado alto. –dijo Taichi.

–¿Y tus pies han crecido?¿Cuánto miden? –preguntó Haruhiko quitándole las tijeras suavemente.

–Veintiséis centímetros. –respondió Taichi.

–Estás muy moreno. –continuó su padre.

–De trabajar en el campo. –respondió él.

–Haré algo de comer. –dijo Toshiko una vez que recibió el asentimiento de su marido dándole a entender que la situación estaba controlada.

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Mientras Yamato volvía, le sonó el teléfono, por lo que paró el coche a un lado. Era un mensaje de Sora en el que decía que su hermano estaba en su casa. Una vez que lo leyó, dio la vuelta inmediatamente.

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Los Takenouchi al completo comenzaron a cenar, aunque en realidad, el único que estaba comiendo era Taichi. El hecho de que Haruhiko estuviera allí tenía mucho más tranquilas a Toshiko, a Hikari y a Sora. Pensaban que con él allí, Taichi no se atrevería a hacer nada. A pesar de todo, la tensión seguía reinando en el ambiente.

–He pensado que podemos ir a las montañas. –dijo Haruhiko intentando romper aquella atmósfera viciada. –Antes de encontrar trabajo como repartidor iba a menudo. Siempre he tenido en mente que si te volvía a ver, podríamos montar una tienda de campaña, subir a la cumbre, ver arroyos y ríos y hablar bajo las estrellas. No me importaba cuántos años nos llevara. Siempre he pensado en retomar mi relación contigo. No es que me haya rendido al respecto. No importa cuántos años pasen. Esperaré a que vuelvas. Así que, cuando acabes de cenar, iremos juntos a la policía. Entrégate. Yo iré contigo.

–¿No vas a abandonarme de nuevo? –preguntó Taichi. La familia se miró algo incómoda. De alguna forma, Taichi estaba reconociendo que se sintió abandonado. –Una vez me viste en Tokio. Yo estaba haciendo un reparto y tú conducías un taxi. Fingí no verte cuando me di cuenta de que eras tú. Te deshiciste de mí porque era una molestia. Porque soy una molestia.

Al principio Haruhiko iba a negar con la cabeza, pero acabo asintiendo y bajando la cabeza avergonzado.

–Lo siento. –se disculpó Haruhiko.

–Ocurrió lo mismo con mi madre. La dejaste morir. –dijo Taichi. Después se levantó y miró a Toshiko. –Gracias por la cena. Estaba deliciosa. Ha sido como viajar a los sabores del pasado. Siempre fuiste buena cocinera. –tras elogiar a la mujer que lo crió se dirigió a Hikari. –Siento haberte asustado. Aunque tenemos el mismo padre, no nos conocemos de nada. Céntrate en tus estudios. Adiós.

–Taichi. –dijo Haruhiko antes de que se marchara. –¿Por qué has dicho que dejé morir a tu madre? Tu madre estaba en el balcón recogiendo la ropa que había tendido.

–¡Mamá saltó de ese balcón frente a mis ojos y frente a Sora! Tú también lo viste, Sora. Sólo eras un bebé y por eso no lo recuerdas, pero viste cómo se deslizó en la oscuridad de la noche. –dijo Taichi.

–¿Pero qué dices? La policía llevó a cabo una investigación. Incluso hubo testigos fuera. –rebatió Haruhiko.

–Mamá perdió la esperanza contigo y estaba cansada de lidiar sola con nosotros, por eso se suicidó. –dijo Taichi. Después se acercó hasta Sora. –Sora, vente conmigo.

Pero Sora negó con la cabeza.

–Sora. –volvió a pedirle Taichi con la mirada. Pero su hermana volvió a negar con la cabeza.

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Mientras que Yamato volvía a casa de Sora ya había oscurecido. Cuando llegó, se quitó el cinturón, y cuando se disponía a bajar, recordó el cuchillo de la guantera. Lo sacó y lo desenvainó del cartón, pensando en si sería capaz de hacerlo. Lo volvió a envainar y lo volvió a meter en la guantera. Sin apagar las luces de la furgoneta, salió de ella. Justo en ese momento, salió Taichi. Él levantó la mano para saludarlo. Yamato, aunque un tanto sorprendido, le devolvió el saludo.

–Taichi. –salió Haruhiko para intentar detener a su hijo. Taichi aprovechó para echar correr, pero Yamato salió tras él. La familia Takenouchi salió al completo. Cuando Haruhiko vio que Sora también iba a salir corriendo, su padre la detuvo. –Llama a la policía.

Tras pedirle eso, su padre también emprendió la carrera, aunque la juventud se notaba y no iba tan rápido como Yamato y Taichi.

La policía llegó a casa de los Takenouchi en tiempo récord. Sora seguía inmóvil mirando a la dirección por donde Taichi había huido.

–¿Ha contactado con usted antes? –preguntó un policía a Toshiko.

–No. No lo hemos visto en quince años. –respondió Toshiko.

–Entendido. Señor, parece que ha sido visto y se dirige a la carretera. –informó otro agente que estaba hablando por radio.

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Tras cruzar una gasolinera, Taichi cruzó la carretera repleta de coches. Yamato hizo lo propio pero Haruhiko tuvo que detenerse si no quería que un camión lo atropellara. Debería confiar en que Yamato lo atrapara.

Taichi llegó a un aparcamiento de camiones de una empresa y se escondió tras uno. En cuanto vio aparecer a Yamato, Taichi lo atacó por sorpresa dándole un puñetazo que lo tiró al suelo. Pese al golpe, el rubio se levantó rápidamente y detuvo la siguiente envestida del que fue su amigo. Mientras forcejeaban, Yamato consiguió atraparlo contra la cabina del camión. Con el forcejeo, el castaño consiguió ventaja en varias ocasiones, pero finalmente, Yamato consiguió reducirlo en el suelo. Aún así, Taichi era muy escurridizo y consiguió librarse. Cuando iba a volver a emprender la huida, Taichi estaba muy cansado y Yamato consiguió frenarlo de nuevo, volviendo a tirarlo al suelo. A pesar de todo, Taichi consiguió ponerse encima otra vez. Ambos estaban tan fatigados que se separaron y se miraron desde el suelo. Cuando cogieron un poco de aire, volvieron a enzarzarse. Entonces, Taichi consiguió acorralar a Yamato contra una pared. A consecuencia de su ataque, Yamato se golpeó la cabeza. Fue tal la violencia del golpe que se deslizó hasta quedar sentado en el suelo inconsciente. Tras mirarlo con la respiración agitada, Taichi aprovechó para huir.

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–¡Yamato!¡Yamato! –lo llamaba Haruhiko. Cuando consiguió llegar hasta allí, se temió lo peor al ver a Yamato allí tirado. Tenía la cara ensangrentada y estaba inconsciente, pero fue un gran alivio comprobar que respiraba. Yamato comenzó a abrir los ojos lentamente. Cuando su vista fue capaz de enfocar, reconoció a Haruhiko. Entonces le sobrevino un fuerte dolor en la parte trasera de la cabeza y se llevó la mano al lugar donde se golpeó mientras Haruhiko lo ayudó a incorporarse.

–¡Aahhh! –gritó Yamato frustrado al comprobar que Taichi había vuelto a escapar.

Haruhiko ayudó a Yamato a llegar hasta su casa y lo sentó en una silla. Después se fue a hablar con la policía. Una vez que Haruhiko se marchó con la policía, Sora le dejó unos pañuelos para que se limpiara la sangre mientras preparaba hielo en una bolsa para el golpe de la cabeza.

–Voy a ponerte el hielo en la cabeza. –avisó Sora. Yamato dio un respingo cuando notó el contacto. –¿Te duele?

–No te preocupes. Sólo está frío. –Yamato tomó la bolsa con hielo y se la sostuvo él mismo.

–¿Te duele en alguna otra parte? –preguntó Sora.

–La ceja.

–¿La ceja?

–Me escuece.

–¿Aquí?

–Un poco más arriba. Ahí.

–Tienes un buen arañazo. ¿Necesitas algo más? –preguntó Sora tras curarle la ceja.

–No, estoy bien.

–Puedo prepararte algo de comer, si quieres. –insistió Sora.

–Está bien, reitou mikan, entonces. ¿Puedes hacerlo? –dijo Yamato. A él le gustaban mucho las mandarinas, y aunque es una fruta propia del invierno, muchos japoneses suelen meter algunas en el congelador para que perduren hasta el verano. Aunque lo propio es comerla con un aspecto escarchado, por lo que hay que esperar antes de poder pelarlas.

–Claro. Creo que cualquiera puede hacerlas. Sólo hay que meterlas en la nevera. –dijo Sora.

–No es en la nevera. Es en el congelador. –rectificó Yamato.

–Eso no es un plato. Sólo es un aperitivo. Te prepararé unas gachas de arroz. –dijo Sora.

–Ha huido. Aunque lo tenía ahí mismo, tan cerca. Ni siquiera llevaba el cuchillo. Por alguna razón, lo dejé donde estaba. –se lamentó Yamato.

–Pues yo me alegro de que lo dejaras. –dijo Sora, que percibió la mirada inquisitorial de Yamato. Entonces, sintió que debía justificarse. –No por mi hermano. Es sólo que no quiero que te conviertas en un asesino. No te pega. Los cuchillos no te quedan bien. Creo que las mandarinas escarchadas te sientan mejor.

–¿Me estás pidiendo que lo deje? –preguntó Yamato dejando la bolsa de hielo sobre la mesa.

–La policía lo busca. –dijo Sora.

–¡Y pasarán otros quince años! Ni hablar. ¿Me estás pidiendo que siga mi vida pensando eso? –preguntó Yamato.

–Entonces era un menor y ahora es…

–¡Los psiquiatras dirán que no se puede controlar y que es incapaz de asumir su responsabilidad, y entonces le impondrán una pena liviana otra vez! Ha olvidado a Aki y a la gente del huerto. Seguirá con su cara sin emociones y viviendo despreocupadamente en otro lugar. Y entonces, le hará lo mismo a otra persona. –argumentó Yamato ante los ojos humedecidos de Sora. Después suspiró. –Ya he tenido suficiente. La próxima vez no olvidaré el cuchillo.

Tras decir aquello, volvió a colocar el hielo en su cabeza.

Continuará…